Comentarios del Embajador Roberto Guarnieri, Secretario Permanente del
Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA) durante la conferencia
“Los Altibajos de los Procesos de Integración de América Latina en Contraste
con la Experiencia Europea”, dictada por el doctor Enrique Iglesias,
Secretario General Iberoamericano, en la sede de la Universidad
Metropolitana de Caracas (UNIMET), el 30 de marzo de 2006.
Embajador
Guarnieri:
En primer lugar quiero agradecer muy sinceramente al Rector y a las
autoridades de la Universidad Metropolitana, la invitación que me han hecho.
Créanme que para mí es un honor hablar ante ustedes aunque sea brevemente,
como nos ha pedido el Rector esta tarde. Lo que voy a decir constituye una
opinión personal o un conjunto de opiniones que para nada representan la
posición oficial del SELA, cuya Secretaría Permanente estoy ejerciendo
actualmente.
Sería difícil no estar de acuerdo en general con el planteamiento del
ilustre conferencista. Yo tengo dos o tres elementos sobre los cuáles
quisiera detenerme porque constituyen una perspectiva diferente o
complementaria que me parece que en un ambiente académico como este puede
ser particularmente importante destacarla.
Voy a comenzar por una pregunta que él se hizo y dejó en el aire. Realmente,
decía el ilustre conferencista, hace falta una acción colectiva más fuerte y
¿quién podría decir que no es así? Es evidentemente lo que hace falta. La
pregunta realmente es ¿Por qué no hay una acción colectiva más decidida? Y,
dentro de la complejidad del tema, yo simplifico y sostengo que esa acción
colectiva más fuerte no ocurre porque no hay en el fondo un interés político
común de los países latinoamericanos.
No existe por ahora, realmente, un denominador común de intereses a nivel
político en nuestros países. Esa es una diferencia tajante que separa la
experiencia europea de la experiencia de América Latina y creo que ese es el
punto de partida para entender lo que está ocurriendo acá, porque en Europa
la integración fue un proyecto eminentemente político; tenía un fin político
que era, en primer lugar, por supuesto, evitar un conflicto renovado entre
Francia y Alemania y luego consolidar un bloque de defensa ante la Unión
Soviética en los tiempos de la guerra fría.
Y ese objetivo o fin político tenía un instrumento, que era el instrumento
económico, que fue evidentemente el que se plasmó en los acuerdos de París,
de Roma, entre otros.
Aquí en América Latina, como digo, esa prioridad política, ese objetivo
común, no existe. Creo que nunca existió con la fuerza con que se dio en
Europa. Uno diría que hace falta. Sí, hace falta que exista ese objetivo
político predominante, pero naturalmente tiene que ser un objetivo real, no
puede ser un objetivo artificial. No puede inventarse.
Podría procurarse tal vez y formularse un esquema de acción para intentar
una convergencia hacia ese objetivo político común pero lo veo muy difícil y
concluyo diciendo que esa es la razón por la cual, a mi juicio, no hay ni
habrá a corto plazo una acción colectiva más fuerte para impulsar la
integración de América Latina.
Entre nosotros el objetivo real –no necesariamente el proclamado- ha sido
hasta ahora eminentemente económico y por eso la integración no funciona,
porque económicamente, si uno hace una evaluación de los resultados de la
integración en términos de los parámetros usuales para evaluar el
comportamiento económico, el desempeño nacional o colectivo, de producción,
de ingreso, de incremento del comercio, en fin, se dará cuenta de que los
resultados no son tan halagadores como para que recomienden, por si mismos,
el mecanismo de la integración como un instrumento válido para superar el
subdesarrollo y crear condiciones de mayor bienestar general.
De manera que, en mi opinión, esa es la cuestión que sin duda merece una
discusión a fondo que de hecho ya está en curso y que justificaría una
consideración mucho más detenida de la que podemos hacer aquí.
Simplemente quiero destacar que el problema de la integración en América
Latina fundamentada en sus resultados económicos, es que además de su
insuficiencia en términos absolutos, tampoco se han distribuido de manera
equitativa. Y así como esa distribución de beneficios entre los países
miembros no es satisfactoria hay resistencias válidas, totalmente
comprensibles, a mantener este proceso.
Dicha resistencia es por lo tanto doblemente justificada: hay un problema de
falta de equidad y hay un problema de falta de eficiencia en el espacio
económico ampliado.
Entonces, en términos de criterios de bienestar de lo que llamarían los
economistas, de un óptimo paretiano, estamos muy lejos y no parece que nos
estamos dirigiendo hacia él. No obstante yo creo que un progreso sostenido
en esa dirección es alcanzable el nivel de gobernanza, nacional y colectiva.
De tal manera creo que el proceso de integración latinoamericano debe
enfocarse y corregirse equilibrando sus dos componentes básicos: el
componente de mercado por una parte que es esencial; sin ese componente no
se podría lograr uno de los objetivos mencionados, el de la eficiencia. Pero
también privilegiando el componente de intervención de carácter público, de
interés colectivo. ¿Qué tipo de intervención? Tiene que ser realmente una
combinación de la intervención concertada de los Estados Nacionales y de la
intervención colectiva, supranacional.
Se indicó hace un rato que los estados nacionales individualmente no están
dispuestos a ceder sus soberanías. Es verdad. Y por lo tanto si eso continúa
así va a ser imposible organizar e instrumentar colectivamente mecanismos
que combinen de manera adecuada mercado y equidad para impulsar la
integración.
En Europa ocurrió esa cesión de soberanía por el gran peso del interés
político común. En América Latina también es necesaria esa disposición de
modo que los dos elementos complementarios de eficiencia y equidad, que
requieren una combinación, -que puede ser difícil de lograr-, de
intervenciones públicas, de participaciones y alianzas de sectores públicos
de los distintos países en esquemas cooperativos y que necesitan también de
una gran dosis de incentivos de mercado, se produzcan.
Yo no creo que la cooperación, solamente, equivale a integración. Se puede
hacer muchísima cooperación entre los países latinoamericanos, entre los
sectores públicos y privados respectivos pero eso no va a determinar su
integración económica. La única manera de lograr la integración económica es
consolidando un mercado único como en Europa.
Esa es la integración. Es el mercado único en el territorio de los países
miembros.
En América Latina estamos muy lejos de eso. El hecho de que cooperemos, que
sin duda es en sí mismo un fin muy plausible y muy importante, no nos va a
conducir necesariamente a la integración. De manera pues que mi apreciación,
al tener que concluir esta intervención por limitaciones de tiempo solo
destacando los elementos fundamentales, es que estamos en un proceso de
estancamiento en la integración latinoamericana que difícilmente se puede
recuperar sin una acción colectiva de los gobiernos de los Estados miembros
que reconozcan la gravedad y las razones de estas circunstancias y estén
dispuestos a ceder posiciones e intereses nacionales en beneficio de los
intereses colectivos.
Ustedes ven lo que está ocurriendo en la CAN, lo que está ocurriendo en el
MERCOSUR. Bueno, esos son síntomas de crisis, altamente reveladores de la
gravedad de esta situación y tal vez tengan la ventaja de conducir a una
reflexión a fondo de los líderes políticos fundamentales. Es el tema de la
visión de los líderes que por supuesto no habría tiempo de tratar aquí, pero
ojala se haga realmente un ejercicio al más alto nivel político de esta
situación, se destaque lo que habría que hacer a nivel nacional y a nivel
supranacional para salir de esta crisis del proceso de integración
latinoamericano.
Yo creo que la verdadera integración –en el sentido de mercado único- es
indispensable para todos nuestros países de América Latina y el Caribe,
grandes y pequeños, a los efectos de consolidar a largo plazo una posición
sostenible, de autoridad, en el concierto mundial y en todos los ámbitos,
incluyendo por ejemplo el aspecto monetario al cual se refirió de pasada el
conferencista y sobre el cual quiero hacer una reflexión particular.
Ciertamente, como él dijo, hay una abundante acumulación de reservas
internacionales en América Latina. La cifra es de alrededor de 200 mil
millones de dólares. Es una liquidez muy importante que se mantiene porque
puede proteger ante crisis, ante problemas que se presenten de una manera
repentina. Pero la experiencia de América Latina es que cuando ha habido
crisis de verdad, cuando han ocurrido choques profundos como por ejemplo,
los efectos de contagio de las crisis asiática, mexicana y otras, la
liquidez efectiva que hubiesen requerido los países afectados para
contrarrestar efectivamente sus efectos hubiera superado ampliamente esos
niveles. Y no se pudo obtener de los organismos internacionales
oportunamente, ni en montos suficientes, porque esa liquidez condicional,
esa liquidez de emergencia, no puede ser provista en términos adecuados por
el Sistema Monetario Internacional actual.
Bueno, ¿Qué tiene que ver eso con la integración? Pues mucho, por eso los
países del sudeste de Asia plantearon constituir un Fondo Monetario y por
eso algunos en América Latina hemos adelantado una propuesta análoga en
reiteradas ocasiones.
Diré una cosa: la oposición mayor a ese tipo de iniciativa que constituiría
una decisión colectiva de extraordinaria trascendencia para la integración
económica latinoamericana, no proviene de fuera de la región. Se debe a una
falta interna de apreciación de la importancia de contar con un instrumento
propio en el campo monetario, absolutamente crítico para el proceso de
integración, para reducir la volatilidad económica en tiempos de crisis
externas y para poder mantener inalterados, entre otras variables, los
compromisos derivados de los propios mecanismos de integración.
De manera que la disponibilidad actual de elevados niveles de reservas
internacionales es muy importante en si misma pero debería dirigirse
también, en parte, a constituir un auténtico Fondo Monetario Suramericano
para contribuir a fortalecer la institucionalidad regional y los procesos de
integración económica.
Y otro tema crítico que fue mencionado con cierto pesimismo es la
distribución del ingreso y las posibilidades de su reversión. Ese es un
problema gravísimo, que se viene acumulando desde tiempos inmemoriales en
América Latina. Yo estoy convencido de que puede resolverse gradualmente y
que puede hacerse sin afectar el sistema de incentivos y sin afectar el
sistema de mercado y por lo tanto en un ambiente de crecimiento y de
eficiencia.
Claro que para todo lo anterior hace falta “buen gobierno”. Eso es evidente,
y es el punto crucial con el cual concluyo.
De nuevo muchas gracias al Señor Rector y muchas gracias a ustedes por su
atención.
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