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IV. Conclusión
Ajena al surgimiento de la crisis financiera
internacional en su inicio, América Latina no ha podido escapar a ella. Insertos en el
proceso de globalización financiera mediante los programas de liberalización y apertura
instaurados desde mediados de los años 80, los países de la región han aprovechado,
indudablemente, las oportunidades brindadas por ese proceso. En particular, los agentes
privados se han beneficiado de un acceso ampliado a los flujos financieros
internacionales, acrecentando de ese modo la capacidad de producción.
Pero la inserción en la mundialización también conlleva
riesgos. La inestabilidad intrínseca de los mercados financieros desregulados acrecienta
la volatilidad de las variables nominales y puede transformar el menor accidente en crisis
global. Es ése riesgo sistémico que se ha concretizado como consecuencia de la crisis
del baht tailandés. La propagación del shock exógeno por los canales financieros y
comerciales ha constituido el primer acto de la crisis en América Latina (recuadro 2).
En efecto, la dimensión externa de la crisis, que encarece
y hace escaso el financiamiento exterior, al mismo tiempo que las balanzas corrientes son
afectadas por la caída de la demanda y de los precios mundiales, se propaga con vigor en
la medida en que las economías presentan fragilidades estructurales: peso elevado de la
deuda externa, fuerte especialización en los productos de base. América Latina, que ha
heredado dichos puntos débiles de su modo de inserción anterior, estaba especialmente
expuesta. Estas desventajas estructurales contribuyeron a reforzar la desconfianza de los
mercados.
Recuadro 2 - La crisis en
América Latina
Ahora bien, simultáneamente, la dimensión externa de la
crisis, al imponer la implementación de políticas monetaria y presupuestaria
restrictivas, se combina con las fragilidades financieras o macroeconómicas internas.
Dicha combinación, en el caso de determinados países de América Latina, caracterizados
por presupuestos todavía desequilibrados, una deuda interna explosiva, sistemas
financieros convalecientes desde las crisis de 1995, regímenes cambiarios con escasa
credibilidad y, a veces, incertidumbres políticas, ha producido efectos virulentos. Los
países que constituían los eslabones mas débiles fueron seriamente desestabilizados:
Colombia, Ecuador, Venezuela y, sobre todo, Brasil. Con la crisis brasileña, el epicentro
de la crisis internacional se ha desplazado finalmente a América Latina. Aunque los
efectos financieros sean limitados hoy en día, el impacto en términos de crecimiento, en
particular a través de los vínculos comerciales en el seno del Mercosur, es
considerable. Con una recesión global estimada en un -1%/-2%, América Latina se prepara
a atravesar el peor año de la década.
A su vez, la crisis de América Latina, como las crisis
anteriores, ha abierto la vía a nuevos debates (recuadro 3).
Recuadro 3 - El difícil
aprendizaje de la globalización
Sin dar cuenta de manera exhaustiva de las abundantes
reflexiones y propuestas elaboradas en los principales medios oficiales y académicos,
resulta obvio que los recientes debates aluden, cada vez mas, a factores institucionales y
sistémicos. A diferencia de la crisis mexicana de 1994, la crisis asiática generó una
amplia discusión sobre el papel y las modalidades de intervención del FMI. La crisis
rusa, que ha sorprendido por la potencia de los efectos de contagio que ha suscitado, ha
aceleró la reflexión sobre los medios de prevenir y combatir, llegado el caso, la
inestabilidad financiera internacional. La propuesta de una « nueva arquitectura
financiera internacional » debería plasmarse, en particular, en una vigilancia
reforzada de las instituciones involucradas en los flujos financieros internacionales -
mediante la instauración de normas contables y de controles -, en una mejora de los
dispositivos de control prudencial que rigen los sistemas financieros nacionales y en una
mayor transparencia de la situación financiera de los Estados y de los operadores
privados. Sin embargo, en la medida en que los progresos de esa nueva arquitectura
financiera internacional son modestos, la cuestión del régimen cambiario más adaptado a
un contexto de fuerte volatilidad asociado a la libre movilidad de los capitales se
plantea, de hecho, a nivel de cada nación o de cada grupo regional, independientemente
del debate relativo a las reglas de juego internacionales.
Así, la crisis brasileña ha suscitado una profundización
de la discusión sobre los regímenes cambiarios. Es en ese sentido que conviene
interpretar, más allá del efecto de anuncio buscado por las autoridades argentinas
cuando se desplomaba el real, la propuesta de una dolarización de ese país.
Los resultados decepcionantes de los regímenes de cambio
fijo, cuasi fijos y flotantes en relación con los beneficios que en teoría se derivan de
ellos, abogan, para ciertos analistas, por la adopción de una divisa supranacional en
América Latina para eliminar el riesgo de cambio: esa divisa podría ser el dólar si las
cuestiones relativas al derecho de emitir moneda (señoriaje), al prestamista en última
instancia y a la estructura de gobierno de la autoridad monetaria son resueltas1. Esa propuesta se basa, entre otras razones, en el
grado elevado de dolarización de hecho que caracteriza muchos países latinoamericanos2.
Otros analistas, escépticos ante la posibilidad de
instaurar la dolarización sin alcanzar un acuerdo con Estados Unidos, considerado como
improbable, y sobre todo reticentes ante la cesión total de la soberanía monetaria que
ello implica, se inclinan más bien por la implementación, en determinados casos, de un
régimen de currency board a la argentina3.
Dado el carácter fijo del tipo de cambio que lo caracteriza y de las restricciones que
conlleva en cuanto a la emisión de moneda, ese tipo de régimen puede efectivamente
aparecer ventajoso desde el punto de vista de la credibilidad. Sin embargo, las
condiciones económicas y políticas de su instauración y de su funcionamiento no están
presentes en muchos de esos países4.
Al mismo tiempo, la experiencia de Chile, caracterizada por
un régimen cambiario « intermedio » con una banda de fluctuación ajustable
en función de las circunstancias y un tipo de cambio de referencia determinado en
relación con una cesta de divisas, demuestra que la capacidad de un país de hacer frente
a la inestabilidad financiera internacional también es el resultado de otros parámetros:
solidez del sistema bancario, salud de las finanzas públicas...
De hecho, la controversia sobre los regímenes de cambio,
uno de los mayores puntos de divergencia en las discusiones entabladas a raíz de la
crisis internacional5, recuerda que no existe un
régimen óptimo independientemente de las condiciones nacionales de su implementación.
Pero, a la vez, esta controversia da cuenta de manera implícita de la dimensión
monetaria de la crisis financiera internacional. En ese sentido, es reveladora de una
inquietud legítima: los avances en el sentido de una « nueva arquitectura
financiera internacional » deben completarse con el inicio de un proceso de reforma
del sistema monetario internacional. Pero ese proceso, que deberá comportar la
definición de los criterios institucionales y operativos del funcionamiento del
prestamista de última instancia internacional, aún no consigue abrirse paso en el plano
político6.
NOTAS
1 Hausmann, Gavin, Pages-Serra, Stein, 1999.
2 En particular Argentina, Bolivia, Nicaragua,
Perú, Paraguay y Uruguay (véase Baliño, Bennett y Borensztein, IMF, 1999.
3 Esa es por ejemplo, la propuesta del antiguo
ministro de la economía de Argentina, D. Cavallo, para Brasil (véase Cavallo, 1999).
4 En particular, el currency board supone una
disciplina presupuestaria estricta, e impide o limita seriamente la capacidad de las
autoridades monetarias de intervenir como prestamista de última instancia; supone pues la
instalación de mecanismos específicos capaces de asegurar la estabilidad del sistema
bancario en el marco de un amplio conjunto de reformas económicas e institucionales
(Eichengreen, 1999).
5 Ocampo, 1999.
6 Aglietta, (1998).
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