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    América Latina en la crisis
    financiera internacional
    (SP / Di Nº 12-99)
    Junio 1999.

     

IV. Conclusión

Ajena al surgimiento de la crisis financiera internacional en su inicio, América Latina no ha podido escapar a ella. Insertos en el proceso de globalización financiera mediante los programas de liberalización y apertura instaurados desde mediados de los años 80, los países de la región han aprovechado, indudablemente, las oportunidades brindadas por ese proceso. En particular, los agentes privados se han beneficiado de un acceso ampliado a los flujos financieros internacionales, acrecentando de ese modo la capacidad de producción.

Pero la inserción en la mundialización también conlleva riesgos. La inestabilidad intrínseca de los mercados financieros desregulados acrecienta la volatilidad de las variables nominales y puede transformar el menor accidente en crisis global. Es ése riesgo sistémico que se ha concretizado como consecuencia de la crisis del baht tailandés. La propagación del shock exógeno por los canales financieros y comerciales ha constituido el primer acto de la crisis en América Latina (recuadro 2).

En efecto, la dimensión externa de la crisis, que encarece y hace escaso el financiamiento exterior, al mismo tiempo que las balanzas corrientes son afectadas por la caída de la demanda y de los precios mundiales, se propaga con vigor en la medida en que las economías presentan fragilidades estructurales: peso elevado de la deuda externa, fuerte especialización en los productos de base. América Latina, que ha heredado dichos puntos débiles de su modo de inserción anterior, estaba especialmente expuesta. Estas desventajas estructurales contribuyeron a reforzar la desconfianza de los mercados.

Recuadro 2 - La crisis en América Latina

 

Ahora bien, simultáneamente, la dimensión externa de la crisis, al imponer la implementación de políticas monetaria y presupuestaria restrictivas, se combina con las fragilidades financieras o macroeconómicas internas. Dicha combinación, en el caso de determinados países de América Latina, caracterizados por presupuestos todavía desequilibrados, una deuda interna explosiva, sistemas financieros convalecientes desde las crisis de 1995, regímenes cambiarios con escasa credibilidad y, a veces, incertidumbres políticas, ha producido efectos virulentos. Los países que constituían los eslabones mas débiles fueron seriamente desestabilizados: Colombia, Ecuador, Venezuela y, sobre todo, Brasil. Con la crisis brasileña, el epicentro de la crisis internacional se ha desplazado finalmente a América Latina. Aunque los efectos financieros sean limitados hoy en día, el impacto en términos de crecimiento, en particular a través de los vínculos comerciales en el seno del Mercosur, es considerable. Con una recesión global estimada en un -1%/-2%, América Latina se prepara a atravesar el peor año de la década.

A su vez, la crisis de América Latina, como las crisis anteriores, ha abierto la vía a nuevos debates (recuadro 3).

Recuadro 3 - El difícil aprendizaje de la globalización

 

Sin dar cuenta de manera exhaustiva de las abundantes reflexiones y propuestas elaboradas en los principales medios oficiales y académicos, resulta obvio que los recientes debates aluden, cada vez mas, a factores institucionales y sistémicos. A diferencia de la crisis mexicana de 1994, la crisis asiática generó una amplia discusión sobre el papel y las modalidades de intervención del FMI. La crisis rusa, que ha sorprendido por la potencia de los efectos de contagio que ha suscitado, ha aceleró la reflexión sobre los medios de prevenir y combatir, llegado el caso, la inestabilidad financiera internacional. La propuesta de una « nueva arquitectura financiera internacional » debería plasmarse, en particular, en una vigilancia reforzada de las instituciones involucradas en los flujos financieros internacionales - mediante la instauración de normas contables y de controles -, en una mejora de los dispositivos de control prudencial que rigen los sistemas financieros nacionales y en una mayor transparencia de la situación financiera de los Estados y de los operadores privados. Sin embargo, en la medida en que los progresos de esa nueva arquitectura financiera internacional son modestos, la cuestión del régimen cambiario más adaptado a un contexto de fuerte volatilidad asociado a la libre movilidad de los capitales se plantea, de hecho, a nivel de cada nación o de cada grupo regional, independientemente del debate relativo a las reglas de juego internacionales.

Así, la crisis brasileña ha suscitado una profundización de la discusión sobre los regímenes cambiarios. Es en ese sentido que conviene interpretar, más allá del efecto de anuncio buscado por las autoridades argentinas cuando se desplomaba el real, la propuesta de una dolarización de ese país.

Los resultados decepcionantes de los regímenes de cambio fijo, cuasi fijos y flotantes en relación con los beneficios que en teoría se derivan de ellos, abogan, para ciertos analistas, por la adopción de una divisa supranacional en América Latina para eliminar el riesgo de cambio: esa divisa podría ser el dólar si las cuestiones relativas al derecho de emitir moneda (señoriaje), al prestamista en última instancia y a la estructura de gobierno de la autoridad monetaria son resueltas1. Esa propuesta se basa, entre otras razones, en el grado elevado de dolarización de hecho que caracteriza muchos países latinoamericanos2.

Otros analistas, escépticos ante la posibilidad de instaurar la dolarización sin alcanzar un acuerdo con Estados Unidos, considerado como improbable, y sobre todo reticentes ante la cesión total de la soberanía monetaria que ello implica, se inclinan más bien por la implementación, en determinados casos, de un régimen de currency board a la argentina3. Dado el carácter fijo del tipo de cambio que lo caracteriza y de las restricciones que conlleva en cuanto a la emisión de moneda, ese tipo de régimen puede efectivamente aparecer ventajoso desde el punto de vista de la credibilidad. Sin embargo, las condiciones económicas y políticas de su instauración y de su funcionamiento no están presentes en muchos de esos países4.

Al mismo tiempo, la experiencia de Chile, caracterizada por un régimen cambiario « intermedio » con una banda de fluctuación ajustable en función de las circunstancias y un tipo de cambio de referencia determinado en relación con una cesta de divisas, demuestra que la capacidad de un país de hacer frente a la inestabilidad financiera internacional también es el resultado de otros parámetros: solidez del sistema bancario, salud de las finanzas públicas...

De hecho, la controversia sobre los regímenes de cambio, uno de los mayores puntos de divergencia en las discusiones entabladas a raíz de la crisis internacional5, recuerda que no existe un régimen óptimo independientemente de las condiciones nacionales de su implementación. Pero, a la vez, esta controversia da cuenta de manera implícita de la dimensión monetaria de la crisis financiera internacional. En ese sentido, es reveladora de una inquietud legítima: los avances en el sentido de una « nueva arquitectura financiera internacional » deben completarse con el inicio de un proceso de reforma del sistema monetario internacional. Pero ese proceso, que deberá comportar la definición de los criterios institucionales y operativos del funcionamiento del prestamista de última instancia internacional, aún no consigue abrirse paso en el plano político6.


NOTAS

1 Hausmann, Gavin, Pages-Serra, Stein, 1999.

2 En particular Argentina, Bolivia, Nicaragua, Perú, Paraguay y Uruguay (véase Baliño, Bennett y Borensztein, IMF, 1999.

3 Esa es por ejemplo, la propuesta del antiguo ministro de la economía de Argentina, D. Cavallo, para Brasil (véase Cavallo, 1999).

4 En particular, el currency board supone una disciplina presupuestaria estricta, e impide o limita seriamente la capacidad de las autoridades monetarias de intervenir como prestamista de última instancia; supone pues la instalación de mecanismos específicos capaces de asegurar la estabilidad del sistema bancario en el marco de un amplio conjunto de reformas económicas e institucionales (Eichengreen, 1999).

5 Ocampo, 1999.

6 Aglietta, (1998).

 

 


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