I. El proceso de globalización
Si bien existen diversos significados para el concepto de globalización, ellos
expresan de manera coincidente la creciente importancia de los aspectos económicos,
sociales y culturales de alcance mundial respecto de aquellos de naturaleza nacional o
regional y subrayan el carácter dinámico y comprensivo del concepto.
Aunque no es un fenómeno nuevo, los avances registrados en las áreas de las
comunicaciones y la información y en la tecnología aplicada a las mismas, así como los
cambios que se han verificado en las nociones sobre el tiempo y el espacio, proximidad y
lejanía, tienden a darle nuevas connotaciones y dimensiones que podrían representar
transformaciones cualitativas sobre sus actuales alcances.
1. Percepciones y alcances de la globalización
¿Cómo se nos presenta la globalización? Hay muchas percepciones individuales o
sectoriales para este fenómeno que ha penetrado en la vida del ciudadano corriente. Desde
la óptica de los empresarios significa la capacidad de operar en todo el mundo,
produciendo y vendiendo donde más les convenga. Para artistas y artesanos supone la
posibilidad de proyectar las formas tradicionales de expresión a escala planetaria,
manteniéndolas vivas en sus lugares de origen. Para los científicos y comunicadores
representa la libertad para crear y difundir información en todo el mundo. Para los
deportistas es la posibilidad de actuar, competir y triunfar sin importar su origen sino
sus destrezas (y si no pensemos en los futbolistas o beisbolistas de la región que se han
incorporado a grandes equipos y son actualmente estrellas mundiales).
A todas estas percepciones positivas se oponen otras que entienden que la
globalización tiene significados nefastos en varios aspectos. Para los conservacionistas
puede implicar la destrucción del medio ambiente. Para los tradicionalistas, la
irrupción de una cultura mediática que destruye las culturas y costumbres tradicionales,
como si una especie de igualdad por abajo se extendiera por el mundo. Para los
trabajadores y otras capas de la población representa el peligro del desempleo y la
marginalización de zonas por la re-localización de actividades a lo largo y ancho del
mundo.
Desde un punto de vista más general también se dispone de un arsenal de
expresiones y de contenidos que se utilizan para caracterizar el concepto de
globalización e, incluso, según el énfasis que se ponga y el orden de prelación que se
asigne a sus variados componentes, se podría incluir a sus autores entre los que tienen
una percepción optimista o pesimista de la situación.
En esta perspectiva, la globalización aparece como una sumatoria de los
siguientes componentes:
a) Un fenómeno con historia que, como dice Aldo Ferrer, "tiene exactamente
una antigüedad de cinco siglos", al remontar su inicio a los grandes viajes de la
última década del siglo XV.[2] Hoy
estaríamos frente a la coronación del proceso que se iniciara con los viajes del
descubrimiento de América y las rutas hacia el Asia y las Indias, que marcaron la
expansión de la economía, la cultura y el poder del Viejo Continente.
b) Un proceso que si bien está presente a lo largo del desarrollo capitalista,
sólo recientemente se torna en la modalidad dominante, de manera que "el capitalismo
del siglo XXI será el de la globalización".[3]
c) Un fenómeno multidimensional y de naturaleza compleja: económica, política,
social y cultural, que se diferenciaría, por eso mismo, del concepto de
"mundialización" que se difundiera unas décadas atrás, sobre todo entre los
autores franceses.
d) Un proceso intenso pero parcial, heterogéneo y desequilibrado, con un núcleo
globalizador de carácter tecnológico y económico y que abarca las áreas de las
finanzas, del comercio, de la producción, de los servicios y de la información. Se
advierte cada vez más la existencia de un "efecto difusor", de acuerdo con el
cual fenómenos que comienzan en un ámbito local se transforman en globales y afectan,
positiva o negativamente, a las otras partes del mundo, como es bien claro en el caso del
medio ambiente.
e) Un fenómeno que transmite la convicción de que cualquier intento de
desacoplarse de él está condenado al fracaso. Cada vez hay menos posibilidades de eludir
sus consecuencias, refugiándose en las aldeas o estados aislados del pasado.[4]
f) Un proceso que califica, por su importancia, a la fase actual del
desarrollo del sistema capitalista, aunque cabe destacar, como dato ciertamente peculiar,
que aún hoy el comercio y la inversión internacionales son notablemente menores que el
comercio interno y la inversión nacional. El mundo sólo exporta entre 15 y 20% de lo que
produce anualmente, en tanto que la inversión directa extranjera representaba el 6% de la
inversión total y equivale al 1.2% del PIB mundial,[5]
pero se debe tener en cuenta que la importancia de lo local frente a lo global es
decreciente y tampoco tiene la misma significación para los países industrializados y
para los países en desarrollo.
2. La globalización: proceso e ideología
El segundo aspecto a considerar es la naturaleza de la globalización. ¿Es
proceso o ideología o es proceso e ideología a la vez?
Según esto, la globalización debería ser vista como un proceso social
(económico, financiero, político y cultural) que pertenece al mundo de los fenómenos
reales, aunque también queda incluida, y de una manera muy controversial, en el mundo de
las ideologías. En tal carácter aparece como una construcción ideológica que defiende
los logros, impulsa las estrategias y difunde las virtudes de la globalización. La
ideología de la globalización, como no podía ser de otra manera, obedece a intereses y
tiene sus ideólogos, seguidores y dispositivos propagandísticos. Hasta ahora ha sido
monopolizada por el pensamiento neo-liberal.
Esta ideología enaltece el fundamentalismo del mercado, exalta la libertad de
comercio, impulsa el flujo libre de los factores de la producción (aunque frecuentemente
se hace una excepción con la mano de obra, a la que se somete a numerosas restricciones
de diverso tipo), propugna el desmantelamiento del Estado, asume la monarquía del
capital, promueve el uso de las nuevas tecnologías (que por lo general ahorran mano de
obra), favorece la homologación de las costumbres y la imitación de las pautas de
consumo y fortalece la sociedad consumista.
Indudablemente, sus partidarios han sido muy exitosos como propagandistas, pues
han logrado muchas veces convencer de las bondades de la globalización incluso a quienes
son potencialmente sus víctimas. Con sagacidad han defendido la idea de que lo que
conviene a los grupos dominantes de los países industriales conviene a todos, como si la
globalización no tuviera ganadores y perdedores.
En el otro extremo del prisma están los que se oponen frontalmente al proceso de
globalización, formando un frente muy heterogéneo pero, en cierto modo, efectivo, como
se demostró en Seattle, Estados Unidos, durante la reunión de la Organización Mundial
de Comercio (OMC) y se ha repetido en estos días en Praga, en ocasión de la reunión
anual del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario Internacional (FMI). El sector más
lúcido no se opone a la globalización como tal, sino a la que da prioridad al comercio
sobre todo lo demás y que estaría al servicio de las grandes corporaciones
transnacionales. Otros se oponen por razones sectoriales, para limitar el desplazamiento
de empresas e inversiones tradicionales o poco innovadoras y otros más por el daño que
podrían causar al medio ambiente grupos empresariales fuera de todo control estatal.[6]
Frente a tan diferentes criterios parece conveniente tomar distancia tanto
de los excesos panegíricos del pensamiento liberal, como de las reacciones
indiscriminadas contra esa ideología. Estas últimas conducen, en sus formas extremas, al
defecto contrario, como es imputarle a la globalización muchas de las deficiencias y
limitaciones que están presentes en su desarrollo, pero que obedecen a problemas
estructurales que la trascienden, como la pobreza, las exclusiones o la degradación del
medio ambiente, donde las responsabilidades son necesariamente compartidas.
3. Efectos de distorsión en la globalización
El tercer aspecto a considerar en torno a la globalización es la distancia que
media entre lo que parecería estar alcanzándose y lo que efectivamente sucede en el
mundo real. Estamos en un momento en que parece posible la consolidación del espacio
económico con una dimensión planetaria y como expresión del desarrollo acelerado y
unificado del sistema capitalista mundial. Pero con la unificación del mercado y la
abolición de barreras se están eliminando también, como uno de sus efectos no deseados,
los mecanismos que proporcionaron diversas formas de amparo y estímulo a los sectores
más débiles, en el marco de sociedades nacionales que parecían ser dueñas de sus
propios destinos y con capacidad para regular y encausar los acontecimientos sociales que
se desarrollaban en su seno.
Actualmente se observa en el plano económico que la competencia pasó a ser la
fuerza central de un mundo crecientemente interdependiente y cada vez más eficiente. Pero
la competencia es siempre un juego que, sin ser de suma cero, tiene sólo algunos que son
ganadores o que ganan más que otros.[7] Están
también los otros, los que ganan muy poco o que incluso están amenazados de no poder
participar en el juego: la amenaza de marginalización se cierne no sólo sobre países,
regiones y continentes del tercer mundo, lo cual es bien explicable históricamente, sino
también sobre sectores sociales y regiones importantes de los propios países
industrializados. Parecería que ni aún en el centro del sistema se ha logrado
compatibilizar la libre competencia con la solidaridad.
En términos concretos e inmediatos se expanden por doquier amenazadores
nubarrones de desocupación, pérdida de beneficios sociales, riesgos de quedar con una
vejez desprotegida ante la quiebra de los sistemas de seguridad social y asistenciales
existentes, especialmente en los países periféricos.
Hasta ahora, la transición en el predominio de las economías nacionales a la
economía global ha resultado errática y también traumática. Según Lester Thurow,
"el mundo va a tener una economía global sin un gobierno global, lo que significa
una economía global sin reglas acordadas capaces de hacerse cumplir, sin guardianes de
comportamientos aceptables y sin jueces o jurados a quienes acudir si se piensa que no se
está haciendo justicia". No existen reglas claras para manejarse en la economía
global ni instituciones capaces de organizarla.[8]
A su vez, George Soros afirma que "tenemos una economía global sin tener una
sociedad global. La situación es insostenible", aunque, en su opinión, es
corregible.[9]
En suma, aun cuando se admita el papel del mercado y el fin de lucro como motores
fundamentales para la innovación y el progreso económico, no es menos cierto que el
dinamismo de la globalización está exigiendo reglas e instituciones a nivel mundial,
regional y nacional que garanticen el bien común, el bienestar social y el medio
ambiente.
4. La gobernabilidad del sistema mundial
El último aspecto a abordar en esta primera parte se relaciona con los problemas
de gobernabilidad del sistema mundial. El mismo está asociado con los desequilibrios
generados por el crecimiento tan rápido y sin contrapartida en la producción de los
flujos monetarios internacionales, que erosiona la estabilidad del sistema y genera
situaciones de difícil control, fomentando el desarrollo de la economía especulativa
sobre la productiva. Los flujos monetarios en los mercados financieros superan largamente
al total del comercio internacional y a las reservas acumuladas por los bancos centrales
del mundo.[10]
Las sucesivas crisis que surgieron con la globalización financiera han generado
una amplia discusión sobre el papel y las modalidades de intervención del FMI y sobre
los medios de prevenir y combatir, llegado el caso, la inestabilidad financiera
internacional. Como solución surgió la idea de una «nueva arquitectura financiera
internacional» que se debería plasmar, en particular, en una vigilancia reforzada de las
instituciones involucradas en los flujos financieros internacionales (mediante la
instauración de normas contables y de controles), en una mejora de los dispositivos de
control prudencial que rigen los sistemas financieros nacionales y en una mayor
transparencia de la situación financiera de los Estados y de los operadores privados.
Empero, con el aflojamiento de la tensión también decayó la urgencia y la profundidad
en el tratamiento del problema.
El llamado "Fantasma de Seattle", surgido después de la fallida
reunión de la OMC de noviembre de 1999, condujo a que en la primera gran conferencia
intergubernamental del siglo XXI, la UNCTAD X, realizada a principios de 2000 en Bangkok,
Tailandia, privara un clima de conciliación y concordia. El carácter no negociador (o
meramente deliberativo)[11] del foro de
la UNCTAD, permitió adoptar la "Declaración de Bangkok", en la que se destaca
que "la mundialización conlleva también el peligro de marginación para los
países, en particular los más pobres, y para los grupos más vulnerables de todo el
mundo... Las asimetrías y los desequilibrios de la economía internacional se han
intensificado. La inestabilidad del sistema financiero internacional sigue siendo un grave
problema, que precisa atención urgente".
En términos más concretos, esta Declaración subraya la importancia de lograr
un sistema comercial multilateral que sea justo, equitativo y basado en normas y que
funcione de forma no discriminatoria y transparente y de manera que resulte beneficioso
para todos los países, en especial los países en desarrollo, mediante, entre otros
caminos, la mejora en su acceso a los mercados de bienes y servicios de particular
interés, la aplicación de los acuerdos de la OMC y el reconocimiento pleno del trato
especial y diferenciado, según el nivel de desarrollo de los países.
No obstante, subsiste la duda acerca de si en los hechos y en el terreno
multilateral se podrá pasar "de la globalización unilateral a la globalización
compartida".
II. Las modalidades de inserción usadas por la región en la
última década
En esta segunda parte del trabajo cabe formular dos preguntas: ¿cómo enfrentó
la región las nuevas circunstancias? ¿Qué pasos se dieron para superar las limitaciones
del pasado y acomodarse al nuevo paradigma neoliberal?
Antes que nada hay que reconocer que los cambios no llegaron sólo por el empeño
y la decisión de los países de la región o por el camino de las negociaciones entre
gobiernos para establecer nuevas reglas del juego y propiciar un nuevo orden económico
internacional. Más bien ellos fueron el resultado de la acción y el efecto combinado de
la crisis de la deuda externa padecida por la región durante la década de los ochenta,
de la condicionalidad impuesta por los organismos financieros internacionales y la
influencia determinante del pensamiento neoliberal, asociada con el proceso de
globalización y la nueva expansión del capitalismo. En esas condiciones predominó una
modalidad de inserción de tipo pasiva, que consistió en una adaptación individual de
cada país a las reglas establecidas a nivel multilateral o hemisférico por los grandes
centros de poder económico y financiero.
Obviamente, esta importante etapa que cubrió todo el decenio de los noventa
tiene sus aspectos positivos y negativos.
1. La democracia como soporte esencial
El primer aspecto, sumamente positivo, que se debe destacar es el papel de la
democracia en la región. Cabe señalar, con bastante certeza, que un soporte esencial
para recorrer los nuevos caminos ha sido la recuperación democrática en toda la región.
Incluso no es osado señalar que la década de los ochenta, calificada como la
"década perdida", ha dejado como legado la reconquista de la democracia como
forma de gobierno y valor fundamental, que se fue extendiendo y consolidando en la década
siguiente.
En los críticos episodios políticos vividos recientemente por distintos países
de la región hay una diferencia esencial con el pasado latinoamericano, pues las
protestas y descontentos populares acaecidos hubieran sido interpretadas por los militares
latinoamericanos como claras manifestaciones que los convocaban a tomar el poder en los
diferentes países. Hoy, en cambio, son los propios mecanismos institucionales
democráticos los que encuentran las fórmulas adecuadas para dar soluciones
constitucionales a los cruciales problemas vividos, y en ello ha tenido gran importancia
el nuevo contexto político que fomentan la globalización y el regionalismo.
En tal sentido, se debería contabilizar en el haber de la globalización el
soporte dado por el entorno internacional a la continuidad democrática y la amenaza de
sanciones internacionales contra el "golpismo" y la violación de los derechos
humanos. Sin embargo, sería inocente suponer que muchos de los defensores externos de la
democracia latinoamericana tienen nuestras mismas preocupaciones. Pero eso es totalmente
entendible: lo que tratan de preservar con la democracia es la paz social y la solución
de los conflictos dentro del marco legal.
En las nuevas circunstancias por otra parte afortunadamente es la
existencia de gobiernos estables lo que da gobernabilidad al sistema y genera las
condiciones que permiten el normal desarrollo de los negocios, para seguir llevando
adelante la inserción de la región en el proyecto "globalizador".
Desde nuestra perspectiva, no se trata sólo de mantener la estabilidad
constitucional, sino de darle la máxima eficacia y eficiencia posible, enlazando la
gobernabilidad y el buen gobierno en un "ejercicio eficiente, eficaz y legítimo del
poder y la autoridad para el logro de objetivos sociales y económicos".[12]
2. Reformas, apertura externa, crecimiento y crisis
Dentro de este cuadro político fundamental, los países de la región iniciaron
o acentuaron en la década de los noventa una serie de reformas institucionales de
carácter interno y alcance internacional.
Entre ellas se destacan, por una parte, el traspaso de empresas del sector
público a empresas privadas nacionales e internacionales, que se inició como una
modalidad de reducción de la deuda externa (por la vía de conversión de deuda en
capital) y de reducción del déficit fiscal, y se transformó en uno de los pilares de
las reformas estructurales promovidas en la región.
Entre 1985 y 1992 se privatizaron en América Latina y el Caribe más de dos mil
empresas públicas en áreas diversas tales como bancos, seguros, telecomunicaciones,
aerolíneas, carreteras, puertos, electricidad, servicios sanitarios, petróleo, minería
y comercio. En el período 1990/1997 se realizaron operaciones de privatización por un
monto de 97.193 millones de dólares. Asimismo, mediante modificaciones legislativas, se
abrieron a la inversión privada sectores anteriormente reservados al Estado y se
establecieron diversas formas de relación entre el sector público y los particulares que
favorecían la participación privada en nuevas áreas.
Al respecto, se pueden identificar tres "oleadas" que predominaron
sucesivamente en las colocaciones de capital extranjero en la región: la primera
correspondió a la transferencia de activos que eran propiedad de los Estados; la segunda
correspondió a la transferencia masiva de servicios públicos, particularmente a través
de concesiones; y la tercera y más reciente a las fusiones y adquisiciones de empresas
privadas de capital nacional por corporaciones internacionales.[13]
Por otra parte, la apertura al comercio exterior fue una de las políticas de
mayor impacto para el funcionamiento de las economías de la región y para su inserción
en los mercados internacionales. La rebaja de los niveles arancelarios y la
simplificación de la estructura tarifaria de manera unilateral por casi todos
los países de la región estuvo acompañada por la eliminación de prohibiciones y
restricciones cuantitativas, y condujo a una dinamización tanto de las exportaciones como
de las importaciones. Se logró, incluso, en cuanto al comercio intrarregional, recuperar
y superar los niveles anteriores a la crisis de la deuda.
Como consecuencia de las reformas emprendidas, el comportamiento de las
economías de América Latina y el Caribe cambió en forma significativa durante la
década de los noventa y ello se reflejó en mayores tasas de crecimiento y menores
niveles de inflación. Importantes incrementos de las exportaciones y de la entrada de
capitales externos, acompañados con políticas de disminución del déficit fiscal y de
estabilización monetaria, contribuyeron a este desempeño. Entre 1991-1999, la tasa de
crecimiento promedio anual del PIB de la región fue de 3.3% y la del producto por
habitante de 1.7%.
3. Consecuencias de la crisis financiera internacional
Otra cuestión de importancia es el costo pagado por la región como consecuencia
de la crisis financiera internacional.
Ya durante los años 1994-1995 se había tenido una primera experiencia de la
vulnerabilidad de la región frente a la volatilidad de los mercados financieros
internacionales y las dificultades para controlar sus flujos y reflujos. Pero el problema
se repitió, agravado, a partir de la crisis asiática, en dos etapas: la primera, de
corto plazo e inmediatamente vinculada a las turbulencias monetarias y financieras que se
originaran en Asia, afectó su capacidad de atraer capitales externos y perturbó
gravemente los mercados bursátiles y las políticas monetarias. La segunda, de mediano y
largo plazo, sujeta en parte a la velocidad de la recuperación de las economías
asiáticas, ha incidido sobre las corrientes de exportación y los términos del
intercambio de la región.
El impacto de ambas etapas, aunado a la recesión global, se evidenció en la
caída en el ritmo de desarrollo de la región que, una vez más, se volvió a alejar del
ritmo de crecimiento necesario para reducir la brecha con los países desarrollados. De
acuerdo con la CEPAL, para ello se necesitaría un aumento anual del ingreso por habitante
de 4%, y para lograrlo el PIB debe crecer cerca del 6% anual, con tasas de inversión del
28% y tasas de ahorro nacional del 25%, para evitar los riesgos de una excesiva
dependencia del ahorro externo.[14]
Lamentablemente, la década se cerró, como consecuencia del
"contagio", con un brusco descenso de la entrada de capitales, importantes
erogaciones al exterior por concepto de intereses y dividendos, fuerte caída del comercio
intrarregional y un bajo precio de los productos básicos (con la excepción del
petróleo). El resultado final indica una transferencia neta de recursos al exterior, por
primera vez en la década de los noventa; una deuda externa, que ascendía en 1999 a $ 750
mil millones de dólares (multiplicándose por 11 en los últimos 25 años), y un
crecimiento nulo del PIB, sobre todo para los países sudamericanos.[15]
Afortunadamente, el estancamiento de los años 1998-1999, en que la región
resultó afectada por las fluctuaciones de la economía internacional y los movimientos
erráticos de capitales, se está superando con un crecimiento del 4,3% para este año y
de 4,5 % para el próximo, apoyados en el fuerte desempeño de México, Chile y Brasil,
según las previsiones del FMI.[16]
4. Asignaturas pendientes: empleo, educación, pobreza
El proceso de apertura en tiempos de globalización incidió positiva y
negativamente sobre la vida social de nuestros países. De los aspectos positivos se
pueden mencionar, entre otros, la difusión de nuevos valores, la defensa del medio
ambiente, la protección a las minorías, la igualdad de géneros y la difusión de modos
masivos de cultura y consumo, aunque éstos a veces involucran aspiraciones insatisfechas
y generan nuevas tensiones sociales de difícil solución (al menos para el grueso de las
sociedades subdesarrolladas de la región).
Los efectos negativos enlazan y acentúan las profundas fallas estructurales que
existen en los países de la región y que se exteriorizan en una realidad secular de
pobreza, y exclusión, desigualdad social. Si bien se logró una cierta reducción en los
niveles de pobreza existentes en la "década perdida", que descendió del 41% de
los hogares en 1990 al 36% en 1997, el número de pobres se mantuvo por encima de los 200
millones de personas hasta 1997 y aumentó durante la crisis en magnitudes todavía
desconocidas".[17] Cerca de la mitad de
ese total que no puede cubrir sus necesidades fundamentales, vive en la indigencia. Y esta
realidad, obvia y lamentable, es estructural y no un simple producto de un fenómeno
reciente, por importante que sea.
En consecuencia, a las dificultades intrínsecas de la coyuntura se añaden
estructuras sociales muy inequitativas que se expresan en indicadores de distribución de
la riqueza mucho más desiguales que en el resto del planeta.[18]
A pesar de los logros en materia de crecimiento económico no se ha podido
reducir la pobreza en forma significativa, ni corregir los elevados niveles de desigualdad
que han tendido a acentuarse, incluso, en algunos países con altas tasas de crecimiento.
Tampoco se ha podido disminuir la desocupación ni mejorar la calidad del empleo. El
desempleo abierto se elevó en muchos de ellos, en tanto que aumentaba el empleo en
actividades que tienen un reducido producto por persona. Un porcentaje abrumador de nuevos
empleos se ha generado en el sector informal, caracterizado por la baja productividad e
ingresos.
En vixta de ello, para amplios sectores de la población de la región ha sido y
será imposible aprovechar las oportunidades de la apertura y la globalización, y aún
simplemente usufructuar, en realidades limitadas, el llamado "efecto de
demostración", si no median políticas explícitas que refuercen la
complementariedad entre transformación productiva y equidad, entre competitividad y
cohesión social. El aprovechamiento de las ventajas de la globalización parece ser un
lujo que está fuera del alcance de los países en desarrollo.
Si se desea consolidar la estabilidad democrática y las perspectivas de progreso
económico en el futuro inmediato, se deberían poner en práctica políticas que
contribuyan a acelerar el crecimiento e incrementar la inversión, que refuercen el
vínculo con la generación de empleo y faciliten el acceso al capital, la tecnología y
la organización empresarial a las pequeñas y medianas empresas, responsables de la mayor
parte del empleo en los países de la región. El desarrollo con equidad y la política
social deberían ser perseguidos con una visión integral, y las políticas educativas,
sociales, de salud y de empleo deberían diseñarse en el marco de una política para el
desarrollo humano integral.
5. Desafíos para el futuro
Como síntesis de lo sucedido en la década pasada se puede afirmar,
razonablemente, que América Latina ha sido una de las regiones que más ha experimentado
los efectos del acelerado proceso de globalización de la década de los noventa. Al
impacto de los cambios internos se añadió la complejidad de la adaptación a las
transformaciones del sistema mundial, produciendo una serie de efectos de
desestructuración en todos los niveles y sectores económicos y sociales que han afectado
una vez más la estabilidad de las sociedades de la región.
Cuando no se había terminado de absorber los fuertes costos del proceso de
reforma económica, reajuste social y de apertura al exterior e inserción internacional,
y cuando se esperaban recoger los frutos por los esfuerzos realizados, aún a costa del
incremento del desempleo y las ocupaciones marginales, estallaron nuevas crisis que
pospusieron, una vez más, el momento del disfrute.
Estas últimas situaciones pusieron de manifiesto las debilidades del nuevo orden
internacional "globalizado", que fue incapaz de detener las acciones financieras
especulativas y de controlar los desajustes estructurales internacionales. Y a pesar del
comportamiento de los países latinoamericanos, que habían alcanzado en algunos casos las
más altas calificaciones, la especulación y la crisis financiera, comercial y social se
instalaron en su seno y afectaron fuertemente a la más grande economía latinoamericana:
el Brasil y por extensión a los demás países del MERCOSUR, generando conflictos
comerciales y crisis de confianza entre sus socios, los cuales, por fortuna, se encuentran
en vías de superación.[19]
III. Estrategias y posibilidades para la región
En esta última parte del artículo se considerarán las posibilidades de la
región de cara al milenio que se inicia, planteándonos dos cuestiones que son
complementarias: una, para reconocer las potencialidades de la integración regional, con
vistas a dar una adecuada respuesta a los retos del nuevo siglo; la otra, para explicitar
la posible estrategia de inserción con integración como fórmula para maximizar los
beneficios de la globalización.
1. Las potencialidades de la integración regional
Todos los países de la región, desde América Central y el Caribe al Cono Sur,
han persistido, desde varias décadas atrás, en la búsqueda de los caminos adecuados
para lograr grados crecientes de integración con sus vecinos y, más en general, han
exteriorizado su voluntad y decisión para participar en un proyecto de integración para
toda la región.
Como lo demuestran las diferentes experiencias de integración regional en
Europa, Asia-Pacífico y también en América Latina, son las relaciones comerciales y
económicas con los países vecinos las que tienden a las mayores tasas de crecimiento y a
las mayores incidencias relativas. En el caso europeo, que contribuye con un 36% al
comercio mundial, más del 60% de sus exportaciones son de carácter intrarregionales.[20] Aunque en otra escala, las
exportaciones intralatinoamericanas, en el ámbito de las subregiones, han crecido con
tasas elevadas y con una participación de manufacturas sustancialmente superior al que
tiene el comercio con el resto del mundo.
En la última década del siglo XX se verificaron progresos considerables en los
diferentes esquemas de integración de la región. Sin embargo, la crítica coyuntura
internacional a la que se ha hecho referencia está desnudando importantes debilidades de
los diferentes procesos subregionales, especialmente por su sesgo comercialista. No
obstante, se puede tener la convicción de que así como se han superado otras situaciones
críticas, se encontrará el camino para seguir avanzando. Así quedarán atrás devaneos
como los que ahora preocupan a la región: ¿Con quién y cómo negociar?, y otros que
atañen a los países afectados: ¿Cómo afrontar los costos de las crisis, de una manera
solidaria y reduciendo al mínimo posible los perjuicios y los conflictos comerciales, que
surgen siempre de intereses sectoriales afectados?
A la hora de hacer un balance de la situación no deberían perderse de vista los
éxitos logrados como son, entre otros, la transformación de relaciones de rivalidad y
conflicto en relaciones de amistad y cooperación los logros en materia de comercio e
inversiones recíprocas, las expectativas despertadas en el resto del mundo, la adhesión
a las formas democráticas de gobierno, que en el caso del MERCOSUR y la CAN ha llevado a
la incorporación de la "Cláusula Democrática" a su normativa.
Aunque no se examinarán aquí las diferentes alternativas, cabe indicar que el
rumbo que, afortunadamente, han comenzado a seguir los gobiernos involucrados en los
diferentes esquemas subregionales, es la vía de la ampliación y profundización, como
única manera para proyectarse hacia el futuro y con él la expectativa de que la región
tenga en el concierto internacional una voz propia e independiente.
Una cuestión central para lograr estos propósitos es la de romper los círculos
viciosos que genera la integración meramente comercialista, proponiéndose objetivos y
acciones en otras materias donde se pueden detectar intereses y percepciones comunes, como
en la coordinación y armonización de políticas, el desarrollo de la infraestructura y
la colaboración en otros campos de la integración cultura, social y
científico-tecnológica. Pero y sobre todo dándole al proyecto
integracionista una dimensión social y política de largo aliento.
De este modo se estará generando una nueva dinámica, más virtuosa, que, a su
vez, responda a la naturaleza compleja del proceso de integración y a la necesidad de
preservar tanto lo que se denomina el "paralelismo" en la construcción de una
Comunidad de Naciones, como el principio de solidaridad que se debe mantener por
encima de todas las circunstancias como principal criterio para diferenciar a un
proceso de integración verdadero de una simple articulación de mercados.
2. Inserción con integración
Una estrategia de inserción activa de los países de la región podría asumir
diferentes modalidades. En una, los países podrían perseguir su inserción en forma
individual, lo cual, dada la escasa o nula capacidad de incidir sobre el escenario
internacional, asume necesariamente un carácter pasivo y de adaptación a las reglas que
se establecen en el ámbito multilateral o hemisférico, con participación protagónica
de los países y grupos hegemónicos. En otra, los países podrían adoptar estrategias
activas propias actuando colectivamente, ya sea a través de los agrupamientos existentes
o mediante la formulación de una estrategia común que propiciara un proceso de
articulación y convergencia de los diferentes esquemas subregionales.
La primera modalidad ha sido la que han seguido, tradicionalmente, los países de
la región, con limitados resultados: los problemas estructurales de desempleo, exclusión
y marginalización persisten, pese a haberse instaurado en todos ellos la economía de
mercado y el aperturismo unilateral. Por lo demás, para los países pequeños y medianos,
la acción aislada pudiera no ser apta para evitar que las inversiones y las actividades
se concentren en los paises de mayor tamaño, quedando sujetos a continuar especializados
en unos pocos productos primarios de exportación. No obstante, esta modalidad
individualista podría continuar vigente, al menos en aquellos países que estimen que
pueden alcanzar un tratamiento especial por parte de algunos países desarrollados o
inversionistas extranjeros.
La segunda modalidad atiende a una percepción generalizada: A pesar de sus
diversidades, América Latina y el Caribe se identifica y es considerada como una sola
región por otros países y regiones. Esto se debe a la continuidad geográfica, al grado
relativamente similar de desarrollo de los países que la conforman y a las raíces
históricas y culturales comunes, así como a la capacidad para relacionarse e
influenciarse recíprocamente. Pero ella puede asumir dos variantes distintas. Una, la de
desarrollar las interacciones y fortalecer los acuerdos subregionales o bilaterales de que
cada país forma parte. Otras, la de considerar que la articulación y convergencia de los
diferentes procesos, sean éstos subregionales, plurilaterales o bilaterales, resulta
esencial para la formulación de una estrategia común de participación en la economía y
el comercio internacional, con vistas a lograr una inserción en condiciones más
equitativas en la economía mundial.
La variante subregional depende de la percepción que cada grupo subregional de
integración tenga de sus posibilidades de seguir una estrategia propia y llegar a
participar activamente en la comunidad de países dentro de la economía mundial. Desde
luego, estas posibilidades son muy reducidas para las subregiones de economías más
pequeñas e incluso pudieran ser dudosas para agrupamientos mayores. No obstante, tanto
por evaluar prioritariamente la necesidad de actuar con rapidez, como por apreciar las
dificultades para lograr en el corto o mediano plazo una amplia convergencia entre todos
los Estados, no se debe descartar que el camino subregional sea continuado por la mayoría
de las subregiones de América Latina y el Caribe.
Cualquiera sea la variante que se siga es necesario acordar ciertos principios y
adoptar ciertas decisiones de carácter general, incluyendo los relacionados con los
complejos problemas que plantea el tratamiento de las asimetrías entre países de la
región, cuyo reconocimiento es fundamental para poder avanzar en este camino. En un
rápido recuento de algunos de los consensos necesarios se encuentran: a) el carácter
intergubernamental o comunitario de las interrelaciones; b) las modalidades para
compatibilizar los acuerdos y el papel que tendrán las instituciones subregionales y su
posible transformación en instituciones comunes; c) el alcance de la articulación, que
podría limitarse sólo al campo y normas comerciales o ser comprensivo de áreas como la
armonización de políticas, el libre movimiento de factores productivos, las áreas
sociales y la cooperación en asuntos específicos (infraestructura, educación, cultura,
ciencia y tecnología). Todo ello queda, a su vez, subsumido en una decisión más
trascendental: si se quiere o no avanzar hasta la unión económica y política o si la
intención es sólo conformar una zona de libre comercio. Esta disyuntiva es como decidir
si se quiere o no una integración verdadera. Este proceso de articulación recíproca
implica, en su proyección externa, alcanzar acuerdos básicos en cuanto a la actuación
coordinada en foros multilaterales y hemisféricos y a la aceptación de principios
compartidos en las relaciones comerciales, políticas, de seguridad y de asociación con
otros países y grupos de países o regiones.
Dadas las urgencias de actuar y las dificultades para articular y acordar cuando
los protagonistas y países son tantos y diversos, se debe tener en cuenta la posibilidad
y necesidad de establecer puentes y caminos entre el enfoque subregional y el escenario
regional. Esto es factible si se acepta que la articulación regional puede ser el
resultado de una estrategia de aproximaciones sucesivas o de círculos concéntricos como
los que parecen dibujarse actualmente en la región: por un lado, los nexos entre la
Comunidad Andina y el MERCOSUR y sus países asociados, para conformar en un corto plazo
una zona sudamericana de libre comercio; por el otro, la expansión de los nexos entre los
países caribeños y centroamericanos y de éstos con México, sin descartar las
aproximaciones cruzadas entre países norteños y sureños.
Todo ello permitiría conformar y dar homogeneidad y coherencia a una estrategia
regional basada en la articulación y convergencia de los procesos subregionales. El
Comunicado de Brasilia, suscrito el 1º de septiembre del año 2000 como resultado de la
Primera Reunión de Presidentes de América del Sur, da respuesta a algunas de las
cuestiones planteadas y define cursos de acción para dos de los mayores procesos de
integración subregionales: la Comunidad Andina y MERCOSUR y sus países asociados. Pero,
en el Comunicado, despejando el riesgo de un nuevo muro a la altura del Canal de Panamá,
los Presidentes también "reafirmaron el compromiso con la integración en América
Latina y el Caribe, meta de política externa que está incorporada a la propia identidad
nacional de los países de la región y manifestaron la convicción de que el refuerzo de
la concertación suramericana en temas específicos de interés común constituirá un
aporte constructivo al compromiso con los ideales y compromisos que han orientado su
proceso de integración".
Deseamos consignar, por último, que si la globalización se concibe como un
proceso que debe dar lugar a mayores posibilidades de desarrollo y equidad para todas las
regiones y continentes, la mejor inserción en el sistema mundial supone, para los países
de América Latina y el Caribe, tomar decisiones, desarrollar políticas y participar
activamente en ella, actuando colectivamente.