El año 2000, el primero de mi
mandato como Secretario Permanente del SELA, ha transcurrido para América Latina y el
Caribe en medio de señales de todo orden, cargado así de interrogantes y desafíos
múltiples. Deseo transmitir en este artículo, escrito con motivo de celebrar los 25
años de la institución, algunas ideas surgidas de vivencias y experiencias en torno a
este hecho, pues ellas reflejan bastante, creo, el debate que se realiza en los distintos
ámbitos donde se ventilan las inquietudes sobre el destino de la región, entre las que
se encuentran algunas relacionadas con el papel futuro del SELA.
A fin de conocer de
primera mano las líneas gruesas de la marcha de esta gran zona del planeta, he tratado de
recoger en esta primera fase de mi gestión, utilizando el contacto directo con Jefes de
Estado, Ministros de Relaciones Exteriores, Embajadores y otras autoridades, las
reflexiones y posturas de los máximos responsables de la política exterior de un buen
número de Estados miembros del SELA. Aquí se encuentra la fuente básica de las
siguientes consideraciones.
I.
Tiempos cruciales
Vivimos tiempos
extraordinarios, atravesados por fenómenos que, con extrema rapidez, han modificado por
completo la realidad del mundo. Las transformaciones experimentadas no se han dado
solamente en el ámbito visible de la política exterior, como pueden ser algunos hechos
tan importantes como el fin de la guerra fría y la emergencia de un nuevo orden mundial,
sino que han ocurrido, como las corrientes subterráneas de muchos ríos, en zonas más
invisibles y profundas y, no por ello, menos reales. Es, ni más ni menos, en el propio
nivel del pensamiento humano, donde se están produciendo los cambios de mayor
trascendencia. Ya pocos dudan: estamos en el vértice del paso de una fase histórica, la
era industrial que va quedando atrás, a otra era planetaria de colosales dimensiones. En
esta nueva etapa predomina precisamente el conocimiento. A la vez, ha adquirido gran
velocidad un proceso de globalización que comenzó con el nacimiento del hombre en la
tierra y con su necesidad de explorarla en busca de alimentos y mejores posibilidades de
desarrollo para su familia. Se trata de un período histórico que enmarca realidades
múltiples, como son el vertiginoso avance de la informática y la biogenética y los
gigantescos progresos en todo el complejo campo de las comunicaciones. Sus efectos ya son
palpables en todas partes, aunque se encuentren todavía en una etapa preliminar. Entre
otras cosas, emerge amenazante una nueva forma de marginalidad, entre aquellos que tienen
acceso a este nuevo mundo de posibilidades y tecnologías y quienes lo miran desde afuera,
sin poder entender, por falta de oportunidades para ello, las dinámicas que genera.
Para
América Latina y el Caribe los tiempos actuales son cruciales, pues marcarán muy
decisivamente, desde ahora, su destino. Su inserción en la economía mundial y sus
relaciones con los otros bloques estructurados en el presente escenario estarán en el
primer lugar de su agenda. La aceleración del devenir humano, que ya ha llegado a
penetrar la vida cotidiana de toda la zona, afectando directamente a cada uno de sus más
de 500 millones de habitantes, plantea hoy dilemas claves insoslayables a todos ellos y,
desde luego, en forma muy acuciante a quienes tienen la responsabilidad política de
decidir las grandes líneas por donde conducir a sus países y llevarlos a mejor puerto.
II.
La integración
Para
la zona en su conjunto no existe dilema mayor que el de su integración o el de su
fragmentación definitiva. La primera idea, surgida en la mente visionaria de los grandes
conductores de la independencia, se ha mantenido latente a lo largo de casi dos siglos,
pero ha chocado con obstáculos diversos muy poderosos que la han retrasado y socavado,
haciendo posible hasta ahora la segunda alternativa. Las dificultades provienen, por una
parte, de la herencia colonial manifestada en una política que mantuvo a nuestros países
separados entre sí durante tres siglos y, por la otra, nacen de factores internos muy
característicos, como caudillismos y caciquismos persistentes, que contribuyeron a
generar nacionalismos que hoy resultan, en la aldea global, objetivamente estrechos. A
esto hay que agregar la política exterior de las grandes potencias mundiales, que
constantemente desincentivaron las tendencias e iniciativas integracionistas
latinoamericanas.
En
la actualidad, el fenómeno de la globalización pone de relieve la urgente necesidad de
enfrentar el camino a la integración como una forma de insertarse en él con identidad y
hacerle frente al peligro de que se imponga en el planeta una versión unidimensional del
mismo. Dicha construcción unilateral y reduccionista ya ha hecho algún camino, pero,
como la globalización es un proceso extraordinariamente dinámico y cambiante, existen
todavía ciertos márgenes de maniobra para nuestros países. Estamos, en cualquier caso,
en presencia de un nuevo argumento, caracterizado por un marcado contenido cultural y
político, a favor de la integración, surgido de la realidad presente. Así, no se trata
ya solamente de mejorar la fuerza negociadora de América Latina y el Caribe frente a los
grandes bloques ya establecidos con la finalidad de obtener mayores beneficios materiales,
sino de intentar ser alguien ¡y no simplemente "algo"! en el nuevo
mundo que se está formando.
III.
Contexto en el que nació el SELA
El SELA
surgió en un contexto expuesto aquí en los escritos de mis antecesores. Cuando arreciaba
la guerra fría y en América Latina peligraba la democracia, los gobiernos de la zona
crearon este instrumento. ¿Estaban engendrando un organismo internacional más y una
nueva burocracia? Eso, claramente, habría carecido de todo sentido. En cambio, siguiendo
un proceso abierto en la década del 60 con la Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana, CECLA, el SELA fue coherente con un anhelo
integracionista que se abría paso a pesar de las dificultades.
Hoy estamos en el
contexto nuevo arriba descrito y tenemos la obligación de considerarlo seriamente. Ya no
existe la presión asfixiante de dos bloques disputándose la vida y el alma de las
naciones del planeta. Ese dilema desapareció, ojalá para siempre. Ahora hay que
construir un mundo mejor, sin los esquemas ideológicos que fueron pensados para la
sociedad industrial solamente, tras metas y valores de vigencia permanente, como los de la
libertad y la justicia. La gran tarea, aquella que le da sentido a nuestras vidas,
consiste en buscar y encontrar los caminos que nos permitan encarnarlos en el nuevo
escenario.
Estas consideraciones
no son abstractas, pues tienen lugar en medio de acontecimientos históricos concretos y
algunas señales nuevas muy recientes. Ellos comienzan a abrir caminos a seguir por toda
la región latinoamericana y caribeña. A ellos hay que hacer referencia.
IV. Un
acontecimiento prometedor
El evento de mayores
perspectivas para la zona en el año 2000 ha sido, sin lugar a dudas, la Cumbre de
Presidentes de América del Sur (Cumbre Sur, en adelante), llevada a cabo en Brasilia los
días 31 de agosto y 1º de septiembre recién pasados, gracias a una a mi juicio
visionaria iniciativa del Presidente Fernando Henrique Cardoso. Sus acuerdos
debieran constituirse en un hito de gran trascendencia para las relaciones externas de los
12 países ahí representados, planteando numerosos y positivos desafíos para ellos
mismos y para todos los demás países de América Latina y el Caribe.
Invitado por el
gobierno de Brasil en calidad de observador, tuve la oportunidad de estar en esta Cumbre
Sur. Puedo dar, por eso, testimonio de una atmósfera excelente, creada por el anfitrión
y por Itamaraty, que permitió subrayar la solidez de los acuerdos alcanzados. La idea de
la integración latinoamericana y caribeña tiene, en el "Comunicado de
Brasilia" suscrito por todos los mandatarios asistentes, una nueva carta de
navegación, que se da en forma muy explícita en dos grandes niveles: uno, más reducido,
que abarca solamente a los países de América del Sur y otro, más amplio, referido a
toda América Latina y el Caribe.
Para el primer nivel
se tomaron acuerdos en torno a cinco temas: democracia (¡cláusula democrática!);
comercio (zona de libre comercio sudamericana ¡al 31 de diciembre del 2001!);
infraestructura de integración (plan de acción de diez años con financiamientos del BID
y de la CAF); drogas ilícitas y delitos conexos (más coordinación en todos los
aspectos) y, por último, información, conocimiento y tecnología (modernización y
comunicación intrarregional en todos los ámbitos). Las nueve páginas que abarcan esta
parte reflejan bien la forma decidida en que se tomaron estos acuerdos.
El segundo nivel
también es trascendente, porque aclara, ya en los primeros párrafos del
"Comunicado", que la Cumbre Sur "resultó de la convicción de que la
contigüidad geográfica y la comunidad de valores conducen a la necesidad de una agenda
común de oportunidades y desafíos específicos, en complemento de su tratamiento en
otros foros regionales e internacionales" (Nº 2). Más adelante "los Jefes de
Estado reafirmaron el compromiso con la integración de América Latina y el Caribe",
definiéndola hay que subrayarlo como "meta de política externa que
está incorporada a la propia identidad nacional de los países de la región" (Nº
8). Continuaron declarando que "articular América del Sur significa, por tanto,
fortalecer América Latina y el Caribe" (Nº 9).
Culminaron con el
párrafo 11, que, por su importancia para un organismo como el SELA, cito íntegro:
"La consolidación y la instrumentación de la identidad suramericana contribuirán,
así, al fortalecimiento de otros organismos, mecanismos o procesos regionales de un
alcance geográfico más amplio, de los cuales forman parte países de América del Sur.
Esa visión se aplica, en el ámbito político, especialmente, al Grupo de Río, al
cual convergen las iniciativas de aproximación entre países de América Latina y el
Caribe, a la Organización de Estados Americanos, a las Cumbres de Jefes de Estado y
de Gobierno de las Américas o a la Conferencia Iberoamericana, entre otros foros.
También se aplica, en el ámbito económico comercial, a la ALADI, al SELA o a las
negociaciones para la conformación de un área de libre comercio de las Américas. La
identidad suramericana, que se consolida en países que comparten una vecindad inmediata,
refuerza y complementa los lazos bilaterales y multilaterales con las otras naciones de
América Latina y el Caribe, del continente y del mundo."
Aquí se encuentra, a
mi entender, el meollo del desafío que la Cumbre Sur, en forma consciente y totalmente
deliberada, se ha lanzado a sí misma y a la parte latinoamericana que no estuvo en
Brasilia: el camino grande de la integración latinoamericana y caribeña está vigente y
los instrumentos para seguirlo desarrollando y construyendo deberán fortalecerse.
V.
Señales nuevas
América Latina y el
Caribe en su conjunto deben estar atentos, también, a las nuevas, variadas y
significativas señales que se están produciendo en el mundo y saber sacar provecho de
aquellas circunstancias que le pueden, con un buen manejo político, ser favorables.
El fracaso de la
reunión de la OMC, celebrada en Seattle, fue una primera advertencia seria. La reunión
de la UNCTAD llevada a cabo en Bangkok, aunque en otro sentido, también se constituyó en
una señal importante. En efecto, la primera abrió un paréntesis, para muchos saludable,
a favor de los países menos desarrollados; la segunda, por su parte, les ofreció a
éstos la esperanza de un pensamiento revisionista del llamado "Consenso de
Washington", claramente más adaptado a sus realidades. Ahora en Praga, donde los
"grandes" (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) tenían la palabra
principal que decir, se acaban de valorar por primera vez los esfuerzos subregionales de
integración (tema tabú hasta ahora en ese foro) y de colocar el combate a la pobreza en
un alto nivel de prioridad. Se trata, indudablemente, de grandes avances, buscados en vano
durante largos años y ahora, finalmente, alcanzados. ¡Por ahí se empieza!
VI. Una
nueva etapa del SELA
Mis antecesores, con
sus aportes a este número, han aliviado grandemente mi tarea. Con la experiencia
acumulada, han destacado la gran potencialidad de este instrumento, precisamente en la
hora presente. Para subrayar algunos de sus puntos de vista me permito citar algunos
breves párrafos de sus muy valiosos aportes:
Jaime Moncayo:
"La creación el SELA constituyó un hecho de especial trascendencia, en el proceso
histórico de construir una América Latina unida y solidaria."
Carlos Alzamora:
"(La creación del SELA) fue una decisión histórica, de un coraje y una visión sin
precedentes." "Ojalá este aniversario (...) sirva para inspirar a nuestros
gobernantes y revelarles en toda su trascendencia, el costo de 25 años de oportunidades
tantas veces malgastadas. Nunca estarán más cerca de enfrentar con éxito su
responsabilidad colectiva ante la historia".
Sebastián Alegrett:
"Pienso que el SELA es más necesario que nunca en estos tiempos de globalización.
El debilitamiento de los Estados nacionales sólo puede ser compensado por el
fortalecimiento de la acción colectiva. El SELA tiene su razón de ser en la necesidad
que tenemos los latinoamericanos y caribeños de contar con un punto de encuentro y un
foro propio para el diálogo entre nosotros."
Carlos Pérez del
Castillo: "(...) América Latina y el Caribe debe afrontar sus problemas a través de
enfoques propios, dirigidos a sus necesidades, dificultades e intereses fundamentales. En
otros términos, (...) la región debe desarrollar y aplicar su propio pensamiento para
desempeñar un rol decisivo en la construcción de su futuro".
Salvador Arriola:
"(...) era fundamental mantener la plena vigencia de los objetivos principales del
Convenio de Panamá, consistentes en la promoción de la integración y la cooperación
regional, y de un sistema permanente de consulta y coordinación que permitiera adoptar
posiciones y estrategias comunes sobre temas económicos y sociales, tanto en los
organismos y foros internacionales como con terceros países y agrupaciones
regionales."
Calos J. Moneta:
"(...) consideramos que el SELA, junto con otras instituciones regionales, tienen un
doble papel que cumplir: contribuir a resolver de la mejor manera posible las situaciones
de la coyuntura, pero no quedar prisionero de ella. Una de sus principales tareas es la de
imaginar el futuro, identificar rumbos viables para nuestro desarrollo, prever, alertar y
prepararse para superar los problemas por venir".
Estos testimonios,
bien desarrollados por sus autores en sus respectivos aportes, avalan la idea de que el
SELA puede dar importantes pasos adelante, abriendo una nueva etapa en su caminar. Existen
tareas propias, que ningún otro organismo internacional podría realizar en sustitución
suya con la consistencia que, por su propia constitución, el SELA posee ampliamente. De
allí que miremos con mucha serenidad el futuro, porque los responsables de la política
exterior del continente están tomando conciencia creciente de toda la dimensión de los
desafíos que tenemos por delante y están reaccionando con espíritu abierto y
pragmático a las nuevas realidades.
VII.
Algunos temas a considerar
Antes de concluir
estas breves consideraciones, quiero hacer mención explícita a dos temas que el SELA
está en condiciones de enfrentar. Uno se refiere a la institucionalidad para la
integración y el otro a las relaciones entre los sistemas subregionales de integración.
Aunque íntimamente vinculados, tienen, en la práctica, un tratamiento separado.
Al asumir mi cargo el
1º de diciembre del año pasado me permití plantear mi propósito de "abocarnos al
estudio de una institucionalidad fuerte y eficaz para impulsar e implementar un proyecto
serio de integración latinoamericana y caribeña". Aparte de informar que la
Secretaría emprendió ese estudio y que circulará pronto un primer documento
exploratorio sobre la materia, debo compartir aquí la experiencia recogida en mis
contactos con los dirigentes políticos de la región. En general, hubo siempre una
reacción muy positiva, partiendo por el reconocimiento de que en este aspecto había que
trabajar de nuevo con sentido de urgencia y que el SELA era el organismo apropiado para
emprender este trabajo, dada su composición completa y su marco legal, que lo obliga a
producir una visión latinoamericana y caribeña de los diversos temas regionales. Recogí
también la observación de que debían encontrarse formas ágiles y modernas para caminar
hacia la gran meta, que recogiera con discernimiento lúcido las experiencias vividas por
otros bloques (como el europeo, por ejemplo), separando lo positivo, a fin de imitarlo sin
dejar de hacer las adecuaciones pertinentes, de lo negativo, que obviamente debería
desecharse. Deberemos, entonces, crear un diseño de esas características, que ordene,
sistematice y le entregue nueva potencia a los esfuerzos, hoy débiles, que ya existen,
pero vegetan sin muchos horizontes.
En el marco de esos
empeños integracionistas hoy existentes se inserta el tema de la convergencia de los
sistemas subregionales, como son el MERCOSUR, la CAN, el CARICOM y el Mercado Común
Centroamericano. Aquí existe una enorme tarea por realizar, puesto que se trata de
establecer campos de cooperación y aproximación entre dichos esfuerzos con miras a la
integración de todo el conjunto. También en este punto he recogido una disposición muy
favorable por parte de los responsables máximos de los diversos organismos frente a una
invitación que pudiera hacerles el SELA. Por eso, el programa del año 2001 contempla
iniciativas en este sentido.
VIII.
Razón y pasión
Para terminar, tengo
muy presente lo que dije hace un año en la ocasión arriba aludida. Debemos actuar con
razón y pasión a la vez, para "movilizar no solamente cabezas, sino también
corazones". En esto estamos. Queremos recurrir a la mejor inteligencia que podamos
encontrar, pero no para realizar un trabajo abstracto y frío, terriblemente lejano de lo
que sienten nuestros pueblos. Somos parte de ellos y son sus anhelos, sus necesidades y
sus problemas los que queremos enfrentar cuando luchamos por la integración. Estamos
convencidos, hoy más que nunca, de que ese es el único camino que en el mediano y largo
plazo nos conducirá a mejorar nuestra situación en el mundo y a sacar mayores provechos
de la globalización que hoy nos apremia y nos urge a actuar.
Con estos lineamientos
básicos, el SELA, apoyado por los Estados Miembros, estará en condiciones de iniciar una
nueva etapa fructífera para toda la región.