25 años del SELA: un balance
Edición Nº 60.

Septiembre-Diciembre 2000.

Instituciones, imaginarios
y realidades en el siglo XXI
Carlos Moneta
Internacionalista argentino. Fue Secretario Permanente del SELA entre 1995 y 1999. Actualmente se desempeña como Consultor Internacional.

 

El SELA cumple 25 años de existencia. Es una institución joven que ha debido incorporar y hacer frente con resolución, creatividad y cierta cuota necesaria de idealismo, al igual que la juventud latinoamericana y caribeña, los distintos conflictos que perturbaron a la región durante el último cuarto de siglo. Quienes hemos compartido la responsabilidad de conducir la Secretaría Permanente durante los últimos cuatro años podríamos presentar en esta oportunidad un informe de lo actuado. Estimo que esa tarea ya ha sido realizada. Los supuestos sobre los cuales iniciamos nuestra acción parecen haber sido corroborados por la experiencia. Entonces y hoy, consideramos que el SELA, junto con otras instituciones regionales, tienen un doble papel que cumplir: contribuir a resolver de la mejor manera posible las situaciones de la coyuntura pero no quedar prisioneros de ella. Una de sus principales tareas es la de imaginar el futuro, identificar rumbos viables para nuestro desarrollo, prever, alertar y prepararse para superar los problemas por venir.

 

A ese futuro dedico estas reflexiones a partir de un enfoque cultural de los fenómenos, ya que la cultura comprende actitudes, disposiciones y actividades diferentes[1]: aquellas que permiten alcanzar un conocimiento más o menos objetivo sobre lo "real" y otra que, a partir de su inconformidad con el desorden o el orden del mundo procura, además de conocer y planificar, transformar e innovar.

 

I. Interpretación de los acontecimientos

 

El examen de la historia latinoamericana y caribeña permite percibir claramente que en casi toda su extensión ha predominado una alta dependencia de las condiciones y los actores externos. La región ha actuado con su centro de gravedad económica ubicado en el hemisferio occidental, en condiciones de intercambio cuando menos, asimétrico. El resto del mundo –por razones entendibles en períodos anteriores, pero hoy no aceptables bajo un marco de globalización– prácticamente no ha existido en la visión latinoamericana o lo ha hecho de manera intermitente y parcial.

 

Debemos reconocer, asimismo, que no hemos alcanzado los objetivos que nos hemos planteado en términos de desarrollo integral y de inserción externa. La región ha perdido gravitación en la economía y en la política mundiales y permanecen sin solución problemas tan graves como los de rezago tecnológico y de gestión, la educación insuficiente e inadecuada y muy particularmente, los de inequidad y pobreza.

 

Más aún, nuestros progresos han estado signados por inestables períodos de avances y de retrocesos, por lo que no podemos darnos por satisfechos.

 

La vulnerabilidad que muestran las economías de América Latina y el Caribe ante los acontecimientos internacionales nos indica que ni siquiera la estabilidad en los indicadores macroeconómicos, que considerábamos el mayor logro de la última década, puede darse por asegurada.

 

Esta evolución señala que aún en los casos en que hemos logrado realizar un diagnóstico certero sobre nuestros problemas, no hemos podido aplicar, como región, un conjunto de políticas económicas, ecológicas, culturales y sociales que sea capaz de asegurarnos estabilidad, satisfacción de las necesidades sociales mínimas y crecimiento sustentable.

 

En ese contexto, las principales causas que incrementan las dificultades para alcanzar una inserción externa adecuada de América Latina y el Caribe continuarán no sólo vigentes, sino que numerosos factores indican que se agravarán en el futuro.

 

En el marco provisto por el altamente dinámico e interactivo tapiz de la globalización nos encontramos, entre otros, con procesos vinculados al incremento de las desigualdades entre países y entre distintos segmentos sociales; el crecimiento de la violencia bajo forma de revueltas generadas por la miseria y el terrorismo étnico, político y religioso; con impresionantes conglomerados urbanos, movimientos migratorios y cambios en las tendencias demográficas; con la modificación profunda de las identidades nacionales; con enormes adelantos, de impacto impredecible, en la biotecnología y la informática; con la generación de nuevas formas de percibir y actuar con respecto al espacio geográfico y a los recursos naturales –que afectan las concepciones actuales de regionalización y probablemente conduzcan a una nueva "geo-econoecología"– y muy particularmente, mutaciones de valores, normas, regímenes y formas de agrupación, articulación y canalización de demandas y respuestas en las interacciones sociales, políticas, culturales y económicas.

 

Ante esa realidad compleja y multiforme, en la cual hay que actuar todos los días bajo la enorme presión de la coyuntura pero ante la cual necesitamos revisar críticamente los dogmas y condicionamientos automáticos, en donde el acuerdo es necesario y el equilibrio de poderes, indispensable, la coordinación y cooperación entre los países de América Latina y el Caribe cobra sentido. Vuelven a adquirir importancia las instituciones que, como el SELA, fueron creadas para acercar a los países de la región y reafirmar su presencia en la escena política y económica internacional.

 

Tenemos por delante un arduo trabajo teórico y práctico para llegar a comprender a América Latina y el Caribe, para entender cómo se inserta en la economía mundial y en el proceso de globalización, para vislumbrar lo que es más conveniente para cada uno de los países y para la región en su conjunto, y para diseñar acciones para modelar un futuro que se nos impone como cada vez más complejo.

 

Se trata de problemas peculiares de la región que solamente cuando asumamos con criterio propio las posibles acciones a adoptar, cuando éstas superen su condición de reactivas y el estadio imitativo, podrán adquirir mayores probabilidades de éxito.

 

Las crisis y sus repercusiones han puesto en evidencia la vulnerabilidad de América Latina y el Caribe ante factores exógenos. Esto implica la necesidad de introducir importantes cambios en las políticas gubernamentales en el plano nacional, regional e internacional, en la gestión empresarial y en la concertación de esfuerzos entre los sectores públicos y sus sociedades. Poder responder adecuadamente a ese desafío -que a partir de la dimensión económica cuestiona las bases mismas del modelo actual de desarrollo e inserción internacional de nuestros países- requiere contar con un proyecto regional o al menos, con su simiente. Necesitamos ideas claras y orientadoras que puedan echar raíces en el imaginario, en la razón y en la voluntad de las sociedades de América Latina y el Caribe.

 

II. Visiones y contenidos de las sustancias duras: la realidad

 

En un contexto proclive a la banalización y a cierta levedad, producto de la ausencia de contenido sustantivo que esparcen ciertas corrientes mediáticas de la globalización, referirse a la necesidad de concebir y poner en marcha proyectos nacionales y regionales puede parecer, cuando menos, romántico, si no desprovisto de sentido. No obstante, mucho de lo que esta sucediendo en el mundo de nuestros días responde a la aplicación de distintos proyectos por parte tanto de países como de actores no gubernamentales. Respondieron a un proyecto la creación de la Unión Europea, el crecimiento logrado durante las últimas décadas por Asia del Pacífico y los actuales avances del Mercosur y la concentración de la innovación tecnológica, de riqueza y de gestión en pocos centenares de empresas transnacionales.

 

Existe un inmemorial debate entre quienes consideran que son los condicionantes impuestos por la "realidad" (entendida básicamente a partir de la identificación de intereses específicos y de relaciones de poder) los que determinan el rumbo y contenido de la política interna y externa, y aquellos que asignan un papel relevante en ese proceso a nuestras visiones del mundo y a la capacidad y voluntad de liderazgo de estadistas y comunidades. Al respecto, el laboratorio de la historia ofrece múltiples ejemplos de fracasos y triunfos cuando cualquiera de ellos es hegemónico con respecto al otro. El secreto reside en saber combinar su dosaje.

 

La visión que asumamos de la globalización resulta fundamental, ya que a partir de ella toman forma distintas evaluaciones del proceso latinoamericano y caribeño y se buscarán soluciones diferentes a los problemas del desarrollo, de la integración y de la inserción externa de la región. Las interpretaciones de la globalización condicionan, en gran medida, las estrategias, las políticas y el comportamiento de los actores e instituciones, así como el diseño de las normas que se presentan como alternativas viables, obstáculos u oportunidades para el logro de nuestros propósitos.

 

En ese contexto ¿cuál es el papel que pueden jugar las instituciones? Esta es una pregunta que aún carece de respuesta en América Latina y el Caribe. La pulsión entre control nacional de las decisiones y la necesidad de avanzar hacia nuevas formas de soberanía y decisión compartida -operables con instituciones intergubernamentales y supranacionales- aún no ha sido resuelta. Esta situación afecta tanto al SELA como al resto de los organismos regionales, ya que esas indefiniciones –que en muchas ocasiones no responden al plano formal sino al de la voluntad política– disminuyen las posibilidades de alcanzar un uso óptimo de esas instituciones.

 

Desde la perspectiva económica, la globalización se presenta en un doble carácter: el de proceso histórico vinculado a las nuevas formas de acumulación del capital y como un sistema de pensamiento orientado a la acción, es decir, como una ideología. En cuanto modelo propuesto, expresa un ideal de sociedad, impulsando, explícita o implícitamente ciertos valores económicos, políticos, sociales y morales; asume en este campo ciertas preferencias, en detrimento de otras. En consecuencia, los sistemas políticos nacionales deberán optar por las prioridades a asignar a la eficiencia, la competitividad a cualquier costo, la flexibilidad y la preferencia por las soluciones del mercado vis a vis la equidad, la estabilidad y la revitalización y permanencia del tejido social.

 

En este marco, los análisis económicos pueden ayudar a explicar los problemas asociados a las acciones colectivas, pero no pueden, por sí solos, dar razón de las relaciones causales existentes entre poder, objetivos, intereses y resultados alcanzados.

 

Si bien el análisis no puede estar desvinculado de los procesos del conjunto de la economía mundial ni de los que corresponden al ámbito regional e intraregional, debería incluir los factores culturales, sociológicos, políticos y medioambientales, ya que la globalización actúa por vía de numerosas estructuras institucionales e informales, organismos y mercados de bienes materiales y simbólicos, es decir, por múltiples agentes animados de objetivos y capacidades diferentes.

 

Al analizar los fenómenos económicos para intentar aprehender sus leyes y determinar cuáles son las acciones más convenientes a adoptar en consecuencia, al igual que en cualquier otro ámbito de nuestra indagación, no observamos al mundo con ojos inocentes. Lo vemos a través de un lente definido por un conjunto de costumbres, modos de pensar e instituciones vinculadas con nuestra comunidad. De esta manera, los valores y pautas de comportamiento de cada conjunto social configuran el universo donde adquiere sentido y puede ser interpretada la racionalidad económica, actualmente percibida como dominante por la desvalorización o simplemente ignorancia de ese contexto y de las múltiples y complejas interacciones existentes.[2]

 

Por lo tanto, no existe una visión única de la globalización, de sus elementos constitutivos, de su evolución ni de sus efectos. Conviven e interactúan distintas percepciones y normativas sobre qué significa globalizarse.[3]

 

En consecuencia, uno de los elementos primordiales que estimamos debería guiar la reflexión en torno a una agenda integral de desarrollo e inserción de América Latina y el Caribe, se refiere a la necesidad de superar los estrechos límites que impone a la visión -y consecuentemente, a las acciones que en ella se originan- la aplicación casi exclusiva de racionalizaciones teóricas que corresponden a situaciones ideales del paradigma económico neoclásico fuertemente teñidas de tonos mediáticos, sin tener mayormente en cuenta los aportes de otros enfoques, la pluralidad cultural en la cual estamos inmersos ni las realidades que emanan de la esfera política y social. Trabajar hoy en el plano de "lo real" implica, por petición de principios, superar todo "enfoque único", abrirse a la incertidumbre y la complejidad, aceptar que existen numerosas vías para arribar al punto deseado y que la conceptualización de ese punto admite distintos contenidos y referentes, igualmente válidos y legítimos.

 

Así, el análisis no puede llegar a conclusiones y quienes adoptan las decisiones, a propuestas de políticas, que para satisfacer los requerimientos por la actual "vía única" no tengan en cuenta los impactos multidimensionales de la globalización. Si se continúa operando de esa manera, no resultará posible superar las limitaciones que actualmente se enfrentan.

 

La multiculturalidad, la construcción en marcha de identidades que impone la globalización no compartimenta los cambios, pero sí tiende a hacerlo, con resultados negativos, nuestra visión sesgada, que abarca solamente aspectos y dimensiones particulares de ese proceso. Imaginar cómo desearíamos que fuera la América Latina y el Caribe del futuro para poder avanzar con pasos racionales en esa dirección, requiere enfrentar el hecho de que existen culturas sectoriales en formación –en el consumo, en el trabajo, en la diversión, en la política– que incorporan nuevos valores y prácticas, modificando las anteriores. Esto significa la necesidad de innovar en todos los terrenos, examinando con sentido crítico los enfoques y creencias que guiaron nuestra acción.

 

La visión ideológica y las acciones en pos del "mercado como solución" a casi todos nuestros problemas cuentan con el respaldo de élites, países, organismos multilaterales y actores transnacionales muy poderosos. No obstante, se está alcanzando un importante grado de coincidencias a partir de evaluaciones que se basan en datos objetivos y señalan tanto los aspectos positivos de la globalización (ej: el impulso dado al comercio de bienes y servicios y la innovación tecnológica), como su profundo impacto negativo al incrementar la inestabilidad del sistema global, la exclusión, fragmentación y marginación social, la concentración de la riqueza y el trabajo y la distribución desbalanceada de sus beneficios. Profundización de la brecha entre los países de alto desarrollo y la periferia, enorme concentración del Producto Bruto Mundial en un grupo reducido de empresas y países, incremento de las desigualdades tanto en las naciones desarrolladas como en desarrollo, hipertrofia financiera en los núcleos de la economía mundial[4], incremento de la deuda pública en ambos grupos de países y desaceleración del crecimiento son algunos de los rasgos negativos fácilmente comprobables.

 

III. Palabras, bifurcaciones y construcción de nuevas trayectorias en América Latina

 

Necesitamos –en mi entender– realizar un esfuerzo compartido y sostenido por enriquecer nuestra visión de los problemas vinculando a la economía con las otras dimensiones de la globalización, pero ese ejercicio será en vano si no conseguimos anclarlo en nuestras propias sociedades. Frente a fuerzas que se perciben como todopoderosas, laten las sociedades y actúan factores culturales que trascienden el orden económico. Existen, por lo tanto, valores y creencias, mitos y relatos, fuerzas y pulsaciones que expresa todo colectivo social que –reconozcámoslo abiertamente– no han sido, en la práctica, ni movilizadas en favor de los procesos de regionalización e integración ni reconocidas en su derecho a participar en la determinación de sus orientaciones. Por lo tanto, casi no contamos con ellas más que por omisión o por reacción a rumbos actuales de esos procesos que no alcanzan a satisfacer o no son capaces de movilizar el apoyo pleno de nuestras sociedades.

 

De esa manera, las respuestas que se adoptan ante la globalización y la integración quedan en manos de una emergente comunidad -asimétrica en su influencia y grado de participación- compuesta por ciertos estamentos de los gobiernos, organismos regionales y subregionales y elites de las empresas, las finanzas, especialistas y medios de comunicación. En el contexto político europeo, donde el grado de participación en las decisiones políticas claves es considerablemente mayor, genera como respuesta el proyecto de la Unión Europea y del Mercado Unico, es decir, un modelo de integración avanzada, que abarca múltiples dimensiones político-sociales y culturales. En la región de Asia del Pacífico conduce a un acuerdo político (con participación preferente de empresas, bancos y gobiernos) a favor de un regionalismo "abierto" de base liberal.[5]

 

En América Latina y el Caribe, bajo el predominio contemporáneo de percepciones de la realidad que no han podido hasta ahora adquirir un grado adecuado de libertad con respecto al paradigma vigente, predomina una visión de la realidad básicamente unidimensional y determinista, regida por el "pragmatismo"[6]. Estamos abocados a una integración cuya esencia aún se limita al plano comercial, orientada al logro de un crecimiento cuantitativo, exo-orientado y concentrado en los EEUU y/o la Unión Europea.

 

Si deseamos superar esta situación, debemos buscar otras formas de "hacer" política. En nuestro campo de actividad, significa, entre otros:

 

i) Explorar el papel que podría desempeñar la sociedad civil en los procesos de integración, en la movilización política de fuerzas sociales y en la construcción de alianzas con organizaciones no gubernamentales (basta recordar al respecto, la OMC y Seattle).

 

ii) Recrear el espacio de lo público en el plano nacional y regional.

 

iii) Iniciar asociaciones concretas en el campo de la ciencia y la tecnología en el plano subregional y regional.

 

iv) Racionalizar las unidades de representación nacional en el exterior uniendo servicios, reduciendo costos y optimizando su capacidad operativa.

 

v) Organizar módulos de inteligencia estratégica en el campo comercial, financiero, científico y tecnológico.

 

vi) Establecer redes que nucleen a los connacionales en el exterior, estableciendo flujos de información, conocimientos y bienes en ambas direcciones.

 

vii) Concretar la reestructuración de los organismos regionales y subregionales en función de los nuevos contextos operacionales y de los criterios de gestión esperables en las primeras décadas del siglo XXI.

 

viii) Expandir los vínculos económicos, políticos, culturales y de cooperación con las otras regiones en desarrollo.

 

La lista de lo que puede hacerse aún contando solo con los recursos actuales es casi inagotable, a partir de la aplicación de unos pocos criterios: apertura intelectual, promoción de la creatividad y la innovación, uso adecuado de los recursos humanos con que se cuenta, revisión crítica permanente y genuina voluntad política para transformar las ideas en acciones.

 

Como señalara con su habitual lucidez Ilya Prigogine, el futuro no es algo dado. Los acontecimientos son el resultado de la interacción de distintas influencias. Cada acontecimiento presenta bifurcaciones, está abierto a una multiplicidad de nuevas trayectorias. En gran medida, la elección de una de ellas responde a la decisión humana; es una responsabilidad y un derecho que nos corresponde a nosotros materializar.

 

Esta concepción del futuro ya reside en nuestros estadistas. En las palabras que el Presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, pronunciara el año pasado en la sede de la Comunidad Andina:[7] "...el siglo venidero va a requerir cada vez más conciencia de las situaciones, más objetivos definidos, más gobiernos capaces de tener apoyo de los grupos que están involucrados en estos procesos y también, más libertad... se requieren instituciones que permitan esa negociación con libertad y con información, requiere que se creen las condiciones de prosperidad y requiere que no sea una prosperidad concentrada... Palabras sí, difíciles de transformar en realidad, pero si no se empieza con la palabra no se llega a transformar la realidad".

 



[1] Nestor García Canclini, La globalización Imaginada, Paidos, Buenos Aires, 2000, pág 11.

[2] Carlos J. Moneta, "El espejismo económico: América Latina y el Caribe frente a la crisis", en SELA, El laberinto económico. La agenda de América Latina y el Caribe ante la crisis financiera internacional, Corregidos. Buenos Aires, 1999, pág. 17.

[3] Nestor García Canclini, La globalización..., obr. cit. Pág 13.

[4] Jorge Berstein, doc. de trabajo, II Conferencia Internacional sobre la Globalización, Asociación Nacional de Economistas de Cuba, La Habana, 24-28 12/2000.

[5] Richard Higgott, "Mondialisation et gouvernance: I'émergence du niveau régional, Politique étrangeré, Nº 2, été, 1997.

[6] Iris Mabel Laredo, "De lo intergubernamental a lo intrasocietal en la integración Latinoamericana", papel de trabajo, Universidad de Los Andes, Venezuela, 1999, pág. 01.

[7] Dr. Fernando Henrique Cardoso, "Brasil y las perspectivas de la integración en América del Sur", CAN, Lima, 22-07-99. 

 

 


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