El SELA cumple 25 años de
existencia. Es una institución joven que ha debido incorporar y hacer frente con
resolución, creatividad y cierta cuota necesaria de idealismo, al igual que la juventud
latinoamericana y caribeña, los distintos conflictos que perturbaron a la región durante
el último cuarto de siglo. Quienes hemos compartido la responsabilidad de conducir la
Secretaría Permanente durante los últimos cuatro años podríamos presentar en esta
oportunidad un informe de lo actuado. Estimo que esa tarea ya ha sido realizada. Los
supuestos sobre los cuales iniciamos nuestra acción parecen haber sido corroborados por
la experiencia. Entonces y hoy, consideramos que el SELA, junto con otras instituciones
regionales, tienen un doble papel que cumplir: contribuir a resolver de la mejor manera
posible las situaciones de la coyuntura pero no quedar prisioneros de ella. Una de sus
principales tareas es la de imaginar el futuro, identificar rumbos viables para nuestro
desarrollo, prever, alertar y prepararse para superar los problemas por venir.
A ese futuro dedico
estas reflexiones a partir de un enfoque cultural de los fenómenos, ya que la cultura
comprende actitudes, disposiciones y actividades diferentes[1]: aquellas que permiten alcanzar un conocimiento más o menos
objetivo sobre lo "real" y otra que, a partir de su inconformidad con el
desorden o el orden del mundo procura, además de conocer y planificar, transformar e
innovar.
I.
Interpretación de los acontecimientos
El examen de la
historia latinoamericana y caribeña permite percibir claramente que en casi toda su
extensión ha predominado una alta dependencia de las condiciones y los actores externos.
La región ha actuado con su centro de gravedad económica ubicado en el hemisferio
occidental, en condiciones de intercambio cuando menos, asimétrico. El resto del mundo
por razones entendibles en períodos anteriores, pero hoy no aceptables bajo un
marco de globalización prácticamente no ha existido en la visión latinoamericana
o lo ha hecho de manera intermitente y parcial.
Debemos reconocer,
asimismo, que no hemos alcanzado los objetivos que nos hemos planteado en términos de
desarrollo integral y de inserción externa. La región ha perdido gravitación en la
economía y en la política mundiales y permanecen sin solución problemas tan graves como
los de rezago tecnológico y de gestión, la educación insuficiente e inadecuada y muy
particularmente, los de inequidad y pobreza.
Más aún, nuestros
progresos han estado signados por inestables períodos de avances y de retrocesos, por lo
que no podemos darnos por satisfechos.
La vulnerabilidad que
muestran las economías de América Latina y el Caribe ante los acontecimientos
internacionales nos indica que ni siquiera la estabilidad en los indicadores
macroeconómicos, que considerábamos el mayor logro de la última década, puede darse
por asegurada.
Esta evolución
señala que aún en los casos en que hemos logrado realizar un diagnóstico certero sobre
nuestros problemas, no hemos podido aplicar, como región, un conjunto de políticas
económicas, ecológicas, culturales y sociales que sea capaz de asegurarnos estabilidad,
satisfacción de las necesidades sociales mínimas y crecimiento sustentable.
En ese contexto, las
principales causas que incrementan las dificultades para alcanzar una inserción externa
adecuada de América Latina y el Caribe continuarán no sólo vigentes, sino que numerosos
factores indican que se agravarán en el futuro.
En el marco provisto
por el altamente dinámico e interactivo tapiz de la globalización nos encontramos, entre
otros, con procesos vinculados al incremento de las desigualdades entre países y entre
distintos segmentos sociales; el crecimiento de la violencia bajo forma de revueltas
generadas por la miseria y el terrorismo étnico, político y religioso; con
impresionantes conglomerados urbanos, movimientos migratorios y cambios en las tendencias
demográficas; con la modificación profunda de las identidades nacionales; con enormes
adelantos, de impacto impredecible, en la biotecnología y la informática; con la
generación de nuevas formas de percibir y actuar con respecto al espacio geográfico y a
los recursos naturales que afectan las concepciones actuales de regionalización y
probablemente conduzcan a una nueva "geo-econoecología" y muy
particularmente, mutaciones de valores, normas, regímenes y formas de agrupación,
articulación y canalización de demandas y respuestas en las interacciones sociales,
políticas, culturales y económicas.
Ante esa realidad
compleja y multiforme, en la cual hay que actuar todos los días bajo la enorme presión
de la coyuntura pero ante la cual necesitamos revisar críticamente los dogmas y
condicionamientos automáticos, en donde el acuerdo es necesario y el equilibrio de
poderes, indispensable, la coordinación y cooperación entre los países de América
Latina y el Caribe cobra sentido. Vuelven a adquirir importancia las instituciones que,
como el SELA, fueron creadas para acercar a los países de la región y reafirmar su
presencia en la escena política y económica internacional.
Tenemos por delante un
arduo trabajo teórico y práctico para llegar a comprender a América Latina y el Caribe,
para entender cómo se inserta en la economía mundial y en el proceso de globalización,
para vislumbrar lo que es más conveniente para cada uno de los países y para la región
en su conjunto, y para diseñar acciones para modelar un futuro que se nos impone como
cada vez más complejo.
Se trata de problemas
peculiares de la región que solamente cuando asumamos con criterio propio las posibles
acciones a adoptar, cuando éstas superen su condición de reactivas y el estadio
imitativo, podrán adquirir mayores probabilidades de éxito.
Las crisis y sus
repercusiones han puesto en evidencia la vulnerabilidad de América Latina y el Caribe
ante factores exógenos. Esto implica la necesidad de introducir importantes cambios en
las políticas gubernamentales en el plano nacional, regional e internacional, en la
gestión empresarial y en la concertación de esfuerzos entre los sectores públicos y sus
sociedades. Poder responder adecuadamente a ese desafío -que a partir de la dimensión
económica cuestiona las bases mismas del modelo actual de desarrollo e inserción
internacional de nuestros países- requiere contar con un proyecto regional o al menos,
con su simiente. Necesitamos ideas claras y orientadoras que puedan echar raíces en el
imaginario, en la razón y en la voluntad de las sociedades de América Latina y el
Caribe.
II.
Visiones y contenidos de las sustancias duras: la realidad
En un contexto
proclive a la banalización y a cierta levedad, producto de la ausencia de contenido
sustantivo que esparcen ciertas corrientes mediáticas de la globalización, referirse a
la necesidad de concebir y poner en marcha proyectos nacionales y regionales puede
parecer, cuando menos, romántico, si no desprovisto de sentido. No obstante, mucho de lo
que esta sucediendo en el mundo de nuestros días responde a la aplicación de distintos
proyectos por parte tanto de países como de actores no gubernamentales. Respondieron a un
proyecto la creación de la Unión Europea, el crecimiento logrado durante las últimas
décadas por Asia del Pacífico y los actuales avances del Mercosur y la concentración de
la innovación tecnológica, de riqueza y de gestión en pocos centenares de empresas
transnacionales.
Existe un inmemorial
debate entre quienes consideran que son los condicionantes impuestos por la
"realidad" (entendida básicamente a partir de la identificación de intereses
específicos y de relaciones de poder) los que determinan el rumbo y contenido de la
política interna y externa, y aquellos que asignan un papel relevante en ese proceso a
nuestras visiones del mundo y a la capacidad y voluntad de liderazgo de estadistas y
comunidades. Al respecto, el laboratorio de la historia ofrece múltiples ejemplos de
fracasos y triunfos cuando cualquiera de ellos es hegemónico con respecto al otro. El
secreto reside en saber combinar su dosaje.
La visión que
asumamos de la globalización resulta fundamental, ya que a partir de ella toman forma
distintas evaluaciones del proceso latinoamericano y caribeño y se buscarán soluciones
diferentes a los problemas del desarrollo, de la integración y de la inserción externa
de la región. Las interpretaciones de la globalización condicionan, en gran medida, las
estrategias, las políticas y el comportamiento de los actores e instituciones, así como
el diseño de las normas que se presentan como alternativas viables, obstáculos u
oportunidades para el logro de nuestros propósitos.
En ese contexto
¿cuál es el papel que pueden jugar las instituciones? Esta es una pregunta que aún
carece de respuesta en América Latina y el Caribe. La pulsión entre control nacional de
las decisiones y la necesidad de avanzar hacia nuevas formas de soberanía y decisión
compartida -operables con instituciones intergubernamentales y supranacionales- aún no ha
sido resuelta. Esta situación afecta tanto al SELA como al resto de los organismos
regionales, ya que esas indefiniciones que en muchas ocasiones no responden al plano
formal sino al de la voluntad política disminuyen las posibilidades de alcanzar un
uso óptimo de esas instituciones.
Desde la perspectiva
económica, la globalización se presenta en un doble carácter: el de proceso histórico
vinculado a las nuevas formas de acumulación del capital y como un sistema de pensamiento
orientado a la acción, es decir, como una ideología. En cuanto modelo propuesto, expresa
un ideal de sociedad, impulsando, explícita o implícitamente ciertos valores
económicos, políticos, sociales y morales; asume en este campo ciertas preferencias, en
detrimento de otras. En consecuencia, los sistemas políticos nacionales deberán optar
por las prioridades a asignar a la eficiencia, la competitividad a cualquier costo, la
flexibilidad y la preferencia por las soluciones del mercado vis a vis la equidad, la
estabilidad y la revitalización y permanencia del tejido social.
En este marco, los
análisis económicos pueden ayudar a explicar los problemas asociados a las acciones
colectivas, pero no pueden, por sí solos, dar razón de las relaciones causales
existentes entre poder, objetivos, intereses y resultados alcanzados.
Si bien el análisis
no puede estar desvinculado de los procesos del conjunto de la economía mundial ni de los
que corresponden al ámbito regional e intraregional, debería incluir los factores
culturales, sociológicos, políticos y medioambientales, ya que la globalización actúa
por vía de numerosas estructuras institucionales e informales, organismos y mercados de
bienes materiales y simbólicos, es decir, por múltiples agentes animados de objetivos y
capacidades diferentes.
Al analizar los
fenómenos económicos para intentar aprehender sus leyes y determinar cuáles son las
acciones más convenientes a adoptar en consecuencia, al igual que en cualquier otro
ámbito de nuestra indagación, no observamos al mundo con ojos inocentes. Lo vemos a
través de un lente definido por un conjunto de costumbres, modos de pensar e
instituciones vinculadas con nuestra comunidad. De esta manera, los valores y pautas de
comportamiento de cada conjunto social configuran el universo donde adquiere sentido y
puede ser interpretada la racionalidad económica, actualmente percibida como dominante
por la desvalorización o simplemente ignorancia de ese contexto y de las múltiples y
complejas interacciones existentes.[2]
Por lo tanto, no
existe una visión única de la globalización, de sus elementos constitutivos, de su
evolución ni de sus efectos. Conviven e interactúan distintas percepciones y normativas
sobre qué significa globalizarse.[3]
En consecuencia, uno
de los elementos primordiales que estimamos debería guiar la reflexión en torno a una
agenda integral de desarrollo e inserción de América Latina y el Caribe, se refiere a la
necesidad de superar los estrechos límites que impone a la visión -y consecuentemente, a
las acciones que en ella se originan- la aplicación casi exclusiva de racionalizaciones
teóricas que corresponden a situaciones ideales del paradigma económico neoclásico
fuertemente teñidas de tonos mediáticos, sin tener mayormente en cuenta los aportes de
otros enfoques, la pluralidad cultural en la cual estamos inmersos ni las realidades que
emanan de la esfera política y social. Trabajar hoy en el plano de "lo real"
implica, por petición de principios, superar todo "enfoque único", abrirse a
la incertidumbre y la complejidad, aceptar que existen numerosas vías para arribar al
punto deseado y que la conceptualización de ese punto admite distintos contenidos y
referentes, igualmente válidos y legítimos.
Así, el análisis no
puede llegar a conclusiones y quienes adoptan las decisiones, a propuestas de políticas,
que para satisfacer los requerimientos por la actual "vía única" no tengan en
cuenta los impactos multidimensionales de la globalización. Si se continúa operando de
esa manera, no resultará posible superar las limitaciones que actualmente se enfrentan.
La multiculturalidad,
la construcción en marcha de identidades que impone la globalización no compartimenta
los cambios, pero sí tiende a hacerlo, con resultados negativos, nuestra visión sesgada,
que abarca solamente aspectos y dimensiones particulares de ese proceso. Imaginar cómo
desearíamos que fuera la América Latina y el Caribe del futuro para poder avanzar con
pasos racionales en esa dirección, requiere enfrentar el hecho de que existen culturas
sectoriales en formación en el consumo, en el trabajo, en la diversión, en la
política que incorporan nuevos valores y prácticas, modificando las anteriores.
Esto significa la necesidad de innovar en todos los terrenos, examinando con sentido
crítico los enfoques y creencias que guiaron nuestra acción.
La visión ideológica
y las acciones en pos del "mercado como solución" a casi todos nuestros
problemas cuentan con el respaldo de élites, países, organismos multilaterales y actores
transnacionales muy poderosos. No obstante, se está alcanzando un importante grado de
coincidencias a partir de evaluaciones que se basan en datos objetivos y señalan tanto
los aspectos positivos de la globalización (ej: el impulso dado al comercio de bienes y
servicios y la innovación tecnológica), como su profundo impacto negativo al incrementar
la inestabilidad del sistema global, la exclusión, fragmentación y marginación social,
la concentración de la riqueza y el trabajo y la distribución desbalanceada de sus
beneficios. Profundización de la brecha entre los países de alto desarrollo y la
periferia, enorme concentración del Producto Bruto Mundial en un grupo reducido de
empresas y países, incremento de las desigualdades tanto en las naciones desarrolladas
como en desarrollo, hipertrofia financiera en los núcleos de la economía mundial[4], incremento de la deuda pública en ambos
grupos de países y desaceleración del crecimiento son algunos de los rasgos negativos
fácilmente comprobables.
III.
Palabras, bifurcaciones y construcción de nuevas trayectorias en América Latina
Necesitamos en
mi entender realizar un esfuerzo compartido y sostenido por enriquecer nuestra
visión de los problemas vinculando a la economía con las otras dimensiones de la
globalización, pero ese ejercicio será en vano si no conseguimos anclarlo en nuestras
propias sociedades. Frente a fuerzas que se perciben como todopoderosas, laten las
sociedades y actúan factores culturales que trascienden el orden económico. Existen, por
lo tanto, valores y creencias, mitos y relatos, fuerzas y pulsaciones que expresa todo
colectivo social que reconozcámoslo abiertamente no han sido, en la
práctica, ni movilizadas en favor de los procesos de regionalización e integración ni
reconocidas en su derecho a participar en la determinación de sus orientaciones. Por lo
tanto, casi no contamos con ellas más que por omisión o por reacción a rumbos actuales
de esos procesos que no alcanzan a satisfacer o no son capaces de movilizar el apoyo pleno
de nuestras sociedades.
De esa manera, las
respuestas que se adoptan ante la globalización y la integración quedan en manos de una
emergente comunidad -asimétrica en su influencia y grado de participación- compuesta por
ciertos estamentos de los gobiernos, organismos regionales y subregionales y elites de las
empresas, las finanzas, especialistas y medios de comunicación. En el contexto político
europeo, donde el grado de participación en las decisiones políticas claves es
considerablemente mayor, genera como respuesta el proyecto de la Unión Europea y del
Mercado Unico, es decir, un modelo de integración avanzada, que abarca múltiples
dimensiones político-sociales y culturales. En la región de Asia del Pacífico conduce a
un acuerdo político (con participación preferente de empresas, bancos y gobiernos) a
favor de un regionalismo "abierto" de base liberal.[5]
En América Latina y
el Caribe, bajo el predominio contemporáneo de percepciones de la realidad que no han
podido hasta ahora adquirir un grado adecuado de libertad con respecto al paradigma
vigente, predomina una visión de la realidad básicamente unidimensional y determinista,
regida por el "pragmatismo"[6].
Estamos abocados a una integración cuya esencia aún se limita al plano comercial,
orientada al logro de un crecimiento cuantitativo, exo-orientado y concentrado en los EEUU
y/o la Unión Europea.
Si deseamos superar
esta situación, debemos buscar otras formas de "hacer" política. En nuestro
campo de actividad, significa, entre otros:
i) Explorar el papel
que podría desempeñar la sociedad civil en los procesos de integración, en la
movilización política de fuerzas sociales y en la construcción de alianzas con
organizaciones no gubernamentales (basta recordar al respecto, la OMC y Seattle).
ii) Recrear el espacio
de lo público en el plano nacional y regional.
iii) Iniciar
asociaciones concretas en el campo de la ciencia y la tecnología en el plano subregional
y regional.
iv) Racionalizar las
unidades de representación nacional en el exterior uniendo servicios, reduciendo costos y
optimizando su capacidad operativa.
v) Organizar módulos
de inteligencia estratégica en el campo comercial, financiero, científico y
tecnológico.
vi) Establecer redes
que nucleen a los connacionales en el exterior, estableciendo flujos de información,
conocimientos y bienes en ambas direcciones.
vii) Concretar la
reestructuración de los organismos regionales y subregionales en función de los nuevos
contextos operacionales y de los criterios de gestión esperables en las primeras décadas
del siglo XXI.
viii) Expandir los
vínculos económicos, políticos, culturales y de cooperación con las otras regiones en
desarrollo.
La lista de lo que
puede hacerse aún contando solo con los recursos actuales es casi inagotable, a partir de
la aplicación de unos pocos criterios: apertura intelectual, promoción de la creatividad
y la innovación, uso adecuado de los recursos humanos con que se cuenta, revisión crítica permanente y genuina voluntad política
para transformar las ideas en acciones.
Como señalara con su
habitual lucidez Ilya Prigogine, el futuro no es algo dado. Los acontecimientos son el
resultado de la interacción de distintas influencias. Cada acontecimiento presenta
bifurcaciones, está abierto a una multiplicidad de nuevas trayectorias. En gran medida,
la elección de una de ellas responde a la decisión humana; es una responsabilidad y un
derecho que nos corresponde a nosotros materializar.
Esta concepción del
futuro ya reside en nuestros estadistas. En las palabras que el Presidente del Brasil,
Fernando Henrique Cardoso, pronunciara el año pasado en la sede de la Comunidad Andina:[7] "...el siglo venidero va a requerir cada
vez más conciencia de las situaciones, más objetivos definidos, más gobiernos capaces
de tener apoyo de los grupos que están involucrados en estos procesos y también, más
libertad... se requieren instituciones que permitan esa negociación con libertad y con
información, requiere que se creen las condiciones de prosperidad y requiere que no sea
una prosperidad concentrada... Palabras sí, difíciles de transformar en realidad, pero
si no se empieza con la palabra no se llega a transformar la realidad".