El cuarto de siglo transcurrido desde la
creación del SELA nos ofrece la ocasión de hacer, por encima de la retórica festiva, un
balance descarnado y honesto de su significación para la región.
Empecemos recordando que el SELA es la única
organización latinoamericana. Ni la OEA, ni el BID, ni la CEPAL lo son por su
composición. Ni ALADI por su membresía restringida.
El SELA fue, en cierto modo, una creación
tardía. Para 1975 hacía un cuarto de siglo que Europa se comenzaba a organizar como
comunidad, y hacía tiempo que existían la Liga de Estados Árabes y la Organización de
la Unidad Africana.
Pero fue una decisión histórica, de un coraje
y una visión sin precedentes. Establecer por primera vez una organización exclusivamente
latinoamericana -lo que en buena cuenta quería decir con Cuba y sin Estados Unidos,
Canadá o los países con colonias en la región- donde los latinoamericanos pudieran
coordinar sin los vetos ajenos, las restricciones estatutarias y los tapujos de las
otras organizaciones la defensa de sus propios intereses fue un paso revolucionario
y emancipador en la construcción de la institucionalidad latinoamericana, que la América
Latina debe a Carlos Andrés Pérez y a Luis Echeverría.
Pronto se advertiría, sin embargo, que
atajado por los temores atávicos, las inhibiciones geopolíticas y los prejuicios
ideológicos había sido un paso a medias. En el mundo de hoy no se puede separar la
concertación económica de la concertación política, particularmente si no existe un
foro institucional donde hacer esta última, como era y es el caso de Latinoamérica. Y
esa contradicción paralizante empezó pronto a cobrar su alto precio.
Al reducir su concertación a lo económico, la
posibilidad de reforzar la presencia y gravitación de América Latina en la negociación
del poder mundial y en el proceso de adopción de las grandes decisiones que afectaban su
destino resultó debilitada, particularmente si se considera que sólo cinco años antes
había podido presentar, en el Consenso de Viña del Mar, una plataforma conjunta de
reivindicaciones al Presidente de Estados Unidos, que quince años después ya no sería
capaz de hacer, maniatada y sojuzgada como estaba por la deuda.
Incluso la función de "consulta y
coordinación" que, al lado de la "cooperación económica", los
negociadores del Convenio de Panamá habían logrado trabajosamente introducir, ante la
renuencia de los gobiernos a darle competencias políticas expresas al SELA, era resistida
tan pronto se salía del ámbito puramente técnico-economicista, con lo que muchas veces
se frustraba.
Consecuentemente, Latinoamérica aparecería,
cuando sus grandes crisis de la década del 80, como una región incapaz de reaccionar y
de defenderse, resignada a la expoliación, la intervención y el abuso. Sólo el SELA
mantendrá viva y, con una unanimidad que no se dará en ninguna otra organización, la
defensa de sus causas, sus intereses y sus principios, propiciando la concertación para
enfrentar el peligro de la deuda, preservar la soberanía en Nicaragua y organizar la
solidaridad regional cuando las Malvinas.
Frente a la situación de asfixia y muy pronto
de acoso que implicaba el recorte de las atribuciones de concertación del SELA y de su
propia capacidad de iniciativa, la Secretaría Permanente comenzó a jugar, desde el
primer día de creada, un papel determinante.
Debió enfrentar el hostigamiento de los
regímenes militares conservadores y básicamente los de Argentina y Brasil. En el caso
del primero, por su reacción visceral a la sola idea de integrar un organismo con Cuba.
En el caso del segundo, porque el régimen militar de entonces creía que su destino no
estaba en abanderar la unidad latinoamericana sino en frustrarla, para alcanzar la
grandeza solitaria con la que lo habían engolosinado Nixon y Kissinger. La restauración
democrática devolvería en ambos países la perspectiva y la conciencia de la unidad
regional.
En esta recapitulación histórica, es de
justicia reconocer que en esa tarea de demolición, los regímenes militares del Uruguay,
de Bolivia e incluso de Chile no participaron activamente y fueron bastante más abiertos
al diálogo y a la cooperación regionales.
El primer gran desafío lo trae al SELA la
revolución nicaragüense. El segundo será la deuda, que Latinoamérica no había
solicitado pero que los prestamistas la indujeron a contraer en un volumen diez veces
superior a su endeudamiento regular para salir de sus inmensas cantidades de petrodólares
y, una vez contraída, la triplicaron, incrementando en esa proporción los intereses.
América Latina no supo, no quiso o no se atrevió a oponerse a esa expoliación, que
condenó a sus pueblos a cadena de deuda perpetua y que los mantiene en los mismos niveles
de ingreso real que en la década del 80. Pero durante veinte años el SELA batalló
incansablemente por organizar la resistencia concertada a esa expoliación. Y la historia
tampoco olvidará.
Apenas triunfante en 1979, el régimen
sandinista debió definir su ubicación política e ideológica, amenazado como estaba por
los republicanos de Reagan resueltos a liquidarlo. Proclamando su independencia y su
equidistancia de los extremos, el nuevo gobierno nicaragüense eligió la opción
latinoamericana del SELA y acudió a la reunión del Consejo Latinoamericano, que se
celebraba esos días, en busca del amparo y la cooperación de la región.
Como resultado, los 26 Estados participantes en
el Consejo Latinoamericano, crearon el CARN (Comité de Ayuda a la Reconstrucción de
Nicaragua), que movilizó y canalizó una importante asistencia internacional al nuevo
régimen, pero también, funcionando como un paraguas protector regional, permitió
preservar a Nicaragua de la injerencia externa en tanto se constituyeron los Grupos de
Contadora y Apoyo, que lograrían detener definitivamente la intervención directa.
Pero allí se produjo también el primero de
los problemas de fondo. No obstante ese rol pionero del SELA en proteger la soberanía de
un Estado Miembro, los ocho Estados que integraban Contadora y Apoyo todos miembros
del SELA actuaron al margen y con prescindencia del organismo regional
latinoamericano. El caso se repetiría en todas las iniciativas latinoamericanas, además
de Contadora, como Cartagena o el Grupo de los Ocho y otras.
Es cierto que esas iniciativas también se
sustraían a la jurisdicción de la OEA, que resultaría igualmente debilitada, pero eran
situaciones distintas porque la OEA no había levantado, unánime y militantemente como el
SELA, las banderas de las reivindicaciones latinoamericanas, por la simple razón de que
por su composición que incluía, en su caso, a los acreedores, los
intervencionistas y los aliados de Inglaterra en el conflicto de las Malvinas estaba
incapacitada de hacerlo.
A estas debilidades se unió la deserción de
la dirigencia política latinoamericana. Mientras tres presidentes latinoamericanos
(Alberto Lleras Camargo, Galo Plaza y César Gaviria) han sido Secretarios Generales de la
OEA, ninguno ha sido del SELA, que es mirado por los líderes regionales como un desafío
más riesgoso y menos rentable en política, pese a corresponder exactamente a los ideales
bolivarianos y a los de los otros libertadores latinoamericanos, cuyas citas llenan sus
discursos.
Pero si las dirigencias escudan su desánimo
latinoamericanista y selista tras los oportunos argumentos de la globalización y del
neoliberalismo, los pueblos que comienzan a ponerlos en duda sí reclaman la
presencia vitalizadora y unificadora del SELA, tanto más hoy que los gobiernos son en su
gran mayoría democráticos y de origen popular, y que esa homogeneidad debería favorecer
la defensa efectiva de los intereses de la región, que en cambio se presenta más
aleatoria y endeble que en el pasado.
Mientras la heterogeneidad política de los
años 70 no impidió que América Latina se manifestara colectivamente en el Consenso de
Viña, en la CECLA (Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana) y en una rica
gama de iniciativas regionales, hoy la relativa homogeneidad democrática es, más bien,
apocada, infecunda y callada.
La experiencia histórica nos sigue demostrando
que, a diferencia de sus contrapartes europeos, árabes, africanos y asiáticos, los
presidentes latinoamericanos sólo se reúnen todos cuando son convocados por el
presidente de los Estados Unidos o por el Rey de España, o por alguna motivación
conmemorativa, también de carácter paternalista.
Nunca por espontánea e independiente
iniciativa propia, debida y oportunamente preparada y con continuidad en la acción y en
el tiempo. Sencillamente porque no hay órgano preparador y coordinador, ni secretariado,
que puedan asegurar un proceso articulado de definición de los intereses y objetivos
claves de la región y la concertación estructurada de su defensa efectiva.
Hasta las Cumbres Iberoamericanas, que
empezaban a agotarse en un difuso ceremonial aunque cumplieran un inédito papel
unificador, han tenido que establecer un secretariado técnico. Y no se podría concebir
una Cumbre europea que no estuviera preparada por la Comisión, ni una del Grupo de los
Diez no sustentada técnicamente en la OCDE. Esta verdad de Perogrullo debe aún abrirse
camino en la región.
Si América Latina quisiera corregir esos
defectos y vicios, que debilitan su efectividad y que empobrecen su imagen, debería
empezar por hacer de la Secretaría Permanente del SELA el secretariado técnico y
funcional de las Cumbres latinoamericanas. En muy poco tiempo veríamos el cambio.
Ojalá este aniversario, de obligada reflexión
introspectiva y retrospectiva, sirva para inspirar a nuestros gobernantes y revelarles en
toda su trascendencia, el costo de veinticinco años de oportunidades tantas veces
malgastadas. Nunca estarán más cerca de enfrentar con éxito su responsabilidad
colectiva ante la historia.