| 25 años
del SELA: un balance
Edición Nº 60.
Septiembre-Diciembre 2000.
|
Cuatro décadas en la historia
económica de América Latina |
|
Giovanni E. Reyes
Profesor del University College, Universidad de Pittsburgh, EEEUU. |
Introducción
El objetivo de este documento es
presentar un resumen de los principales eventos e interpretaciones concernientes al
desarrollo de las economías de América Latina desde 1960. El aspecto principal es
establecer un estudio comparativo desde un punto de vista histórico con relación a los
aspectos principales que caracterizaron las condiciones externas e internas para las
economías latinoamericanas.[1]
Durante ese tiempo, América Latina
ha pasado desde condiciones relativamente estables durante los años sesenta, a la
creación del problema de la deuda en los setenta, a los escenarios dominados por la
recesión e inflación en los ochenta, para finalmente arribar a las condiciones actuales
de principios del siglo XXI. En la actualidad, lo fundamental se centra en la
continuidad de la aplicación de los planes de ajuste estructural, a la vez que se ha
generado ya cierto crecimiento económico en varios países. El análisis de los
aspectos sociales está más allá de los alcances que se ha fijado este estudio, pero es
importante subrayar que las variables sociales han tenido un significativo retroceso en la
región. Por lo tanto, aún cuando los países latinoamericanos han podido
experimentar algún tipo de estabilidad actual, los índices de pobreza y de marginalidad
sociales para importantes sectores de la población continúan siendo prioritarios
desafíos por enfrentar.[2]
Este documento contiene tres
secciones principales de carácter histórico: (a) las décadas del sesenta y
setenta: desde la estabilidad relativa a la generación de la deuda externa; (b) la
década del ochenta con el inicio de los programas de ajuste económico y la acentuación
de la crisis social; y (c) la del noventa, con sus resultados en términos de crecimiento
de la producción y la continuidad de las políticas de ajuste macroeconómico. Esta
división está basada principalmente en los aportes que al respecto y a manera de
consenso han sido presentadas por entidades tales como el Banco Mundial (BM), la Comisión
Económica para América Latina (CEPAL) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Aunque este estudio se refiere a la
América Latina como una región, se incluyen algunas referencias bibliográficas de
autores que han basado sus contribuciones, datos y análisis sobre países
específicos. Las conclusiones presentan un resumen de las condiciones actuales y de
las principales perspectivas conceptuales para la actualidad que se evidencia en la
región latinoamericana.
Dentro de los escenarios
históricos analizados, los factores políticos han sido determinantes en su impacto para
las medidas económicas y la estabilidad de la región. En este sentido, ha tenido
lugar una mayor transformación durante los sesenta y setenta, así como en los
ochenta: por lo general sistemas democráticos emergieron de regímenes
autoritarios. Es importante mantener presente que, en este aspecto, la legitimidad
política era necesaria a efecto de llevar a cabo las principales medidas de los ajustes
económicos.[3]
Los modelos de ajuste
macroeconómico se han basado en fundamentos económicos de carácter neoliberal.
Las transformaciones que han tenido lugar a raíz de la aplicación de los mismos, pueden
ser interpretadas como parte de un cambio ideológico y cultural a fin de modernizar y
aproximar más las condiciones sociales con los valores culturales de Europa y de Estados
Unidos. En términos económicos el modelo neoliberal se centra, como aspecto
esencial, en la promoción de las exportaciones más que en la utilización de lo que
tradicionalmente se hace en términos de las políticas fiscales y monetarias.[4]
Debido al intento de síntesis del
documento, las conclusiones no tienen el ánimo de sustituir el texto principal, sino de
subrayar lo que se evidencian son las características principales en relación con los
más recientes eventos y tendencias en la región.
I. Décadas del 60 y del
70: Desde la estabilidad relativa a la generación de la deuda externa
Durante los años sesenta, las
economías latinoamericanas tuvieron características propias de lo que en ese entonces se
esperaba fueran las naciones en desarrollo. Las exportaciones primarias dominaban el
comercio internacional y la concentración de la dependencia productiva variaba, pero en
general se mantuvo con índices altos. La industria contribuía con alrededor de un
22 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) teniendo un rango que iba desde 11 por
ciento en Bolivia, hasta 25 por ciento en Brasil. La importación de los bienes de
consumo aún era responsable de cerca de un 17 por ciento en el promedio de las
importaciones totales de la región y de cerca de un 40 por ciento en los casos de
Venezuela y Panamá.
La agricultura proveía un 46 por
ciento del empleo, y menos de la mitad de la población total era urbana. En la
mayoría de los casos el sector rural aún se ajustaba a las características de
sociedades con economías pequeñas, orientadas a la exportación, del tipo plantación
extensiva en muchos casos. Junto al sector moderno coexistían unidades de
producción orientadas a los mercados domésticos y con extenso uso de recursos
productivos, como el caso de las grandes fincas y de gran número de pequeños
productores, rasgos estos de una realidad que aún hoy día es prevaleciente en varios países de la región. Los
intentos de modernizar los aparatos productivos, luego de la Segunda Guerra Mundial, se
centraron principalmente en la aplicación del modelo de sustitución de importaciones en
América Latina.[5]
Los siguientes veinte años que
siguieron a 1960 vieron un crecimiento económico importante, al menos cuando estos
indicadores se contrastan con los resultados de expansión económica logrados durante los
ochenta. La Tabla 1 muestra como entre 1965 y 1973, el promedio ponderado de
crecimiento del PIB en la región fue de 7.4 por ciento, mientras que en Asia alcanzó la
cifra de 4.1 por ciento. Aún más notorio: el sudeste asiático obtuvo un
crecimiento de 8.3 por ciento en esa época. Todavía para los setenta, la tasa de
crecimiento en América Latina era de 5.8 por ciento, no muy lejos del 8.0 por ciento que
se tenía en el sureste de Asia. En Estados Unidos, mientras tanto, el crecimiento
de la economía reportaba un promedio de menos de 4 por ciento por año.
El sector más dinámico en este
patrón de crecimiento fue la industria. La producción manufacturera de América
Latina se incrementó rápidamente durante los sesenta y los setenta. El total
producido medido en precios constantes creció más del 6 por ciento por año durante dos
décadas. Este importante crecimiento llegó a su cúspide en los sesenta y a
principio de los setenta. A pesar del impacto adverso que tuvo en la región el
aumento de los precios del petróleo de 1973, estas respetables tasas de crecimiento
económico se mantuvieron hasta 1980.
Una característica muy importante
de las economías latinoamericanas durante los sesenta, fue el desarrollo de la industria
y la diversificación de las nuevas líneas de exportación. En esta década, el
notable aumento de la producción industrial fue sostenido por el modelo de crecimiento
basado en la sustitución de las importaciones. En la mayor parte de los países,
estos años se caracterizaron por la caída en los coeficientes de importación y por una
reducida capacidad exportadora de productos industriales. En 1965, por
ejemplo, el total de exportaciones de bienes industriales de la región alcanzó un
valor menor de 750 millones de dólares, comparado con un total de exportación de 10.1
mil millones de dólares. En contraste, desde fines de los sesenta, la región
llegó a establecer una rápida expansión de las exportaciones de manufacturas y un
crecimiento paralelo en la importación de bienes industriales.[6]
Las exportaciones de bienes
manufacturados crecieron en la región a una tasa anual de 14 por ciento en estas dos
décadas. Tales exportaciones fueron estimuladas notablemente por la promoción de
políticas públicas para tal efecto. En algunos países, principalmente en México,
Centroamérica y el Caribe se establecieron zonas específicas para producción de bienes
de exportación. Un mercado de muchísima importancia para la región lo ha seguido
siendo Estados Unidos.[7]
Cabe señalar que las iniciativas
de integración en la región que se iniciaron en los 60-70 no demostraron ser una
variable tan importante para la expansión económica como se esperaba. No obstante,
un importante intento de integración regional dio inicio con la formación, en 1960, del
Área de Libre Comercio Latinoamericana (ALIC o LAFTA, esta última por sus siglas en
inglés). El tratado originalmente incluyó a Argentina, Brasil, Chile, México,
Paraguay, Perú y Uruguay. Otras iniciativas de integración económica fueron las
del Mercado Común Centroaméricano (MCCA) con Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua
y Costa Rica (1961); y el Pacto Andino, conformado por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y
Venezuela (1969). El objetivo fue reducir las tarifas dentro de la región a fin de
estimular el comercio y el crecimiento industrial, lo que permitiría reforzar las
economías de escala. Esto era visto como un medio para generar mayor
capacidad competitiva en el comercio internacional.[8]
Sin
embargo, todos estos programas fueron perdiendo fuerza a medida que las concesiones
"fáciles" fueron llegando a su fin, es decir, las concesiones sobre productos
que no eran producidos por dos o más miembros del tratado de integración. Se
demostró que la continuidad en el funcionamiento de estos tratados requería un alto
grado de sofisticación administrativa y de voluntad política, como medios para superar
conflictos de interés y casos de desconfianza entre las partes. Ninguno de esos
elementos se mantuvo de manera constante.
Como resultado de ello, el comercio intrarregional total no
aumentó sostenidamente tanto como se esperaba. No obstante, tanto el Pacto Andino
como el Mercado Común Centroamericano ayudaron a aumentar la producción industrial en
las pequeñas economías de las naciones. Pero en las naciones más grandes, el
cambio de la producción del sector industrial a las exportaciones sólo fue marginalmente
afectado por los esquemas de integración que se llevaron a la práctica. Con base
en ello, y con relación a la región como un todo, el crecimiento de las exportaciones
manufactureras fue determinado esencialmente por las ventas al resto del mundo.[9]
A pesar del rápido crecimiento, los productos manufacturados
se mantuvieron formando parte solamente de una pequeña proporción de la producción
total. Aún cuando los materiales procesados se incluyeran en las manufacturas
exportadas en un sentido amplio, menos de una quinta parte de dicha producción fue
exportada en la mayoría de los países. Más aún, el déficit del comercio
latinoamericano en bienes manufacturados llegó a ser de 56.5 miles de millones de
dólares. Tal cantidad se amplió durante la crisis de la deuda externa.
El cambio más significativo en la estructura de la producción
industrial desde 1960 fue la tendencia de declinación en la proporción de bienes no
durables. Para la región como un todo, esta disminución es resultado del
incremento de la producción de insumos para otras actividades manufactureras. La
proporción de bienes de capital y de bienes durables virtualmente se mantuvo sin cambios
entre 1960 y 1979. Aún en los países más avanzados de la región, como Argentina,
Brasil y México, con la más grande producción de bienes industriales, los bienes de
consumo no durables o perecederos contaron solamente con cerca de una cuarta parte de la
producción industrial, comparada con la mitad que ellos constituían en las economías de
los países más desarrollados en el mundo.
Lo
anterior es un indicador de la naturaleza estrecha del proceso de industrialización que
se implementó. Si la industria de equipos de transporte -una gran proporción de la
cual está conformada por la industria de automóviles- es excluida de las proporciones a
que se hacía referencia en el párrafo anterior, los bienes de capital representan tan
sólo 19 por ciento en Argentina, por citar un ejemplo. Entre los países más
pequeños de la región de los Andes, el peso de los bienes de capital es de menos de 10
por ciento y en Centroamérica, con la excepción de Costa Rica, es menor del 5 por
ciento. Como resultado de esto, la acumulación de capital en América Latina
continuaba siendo muy dependiente de las importaciones de bienes de capital, y la
producción industrial continuaba demandando significativas cantidades de divisas.
No obstante el limitado
crecimiento en el subsector de bienes de capital, durante los últimos veinte años se ha
logrado un impresionante desarrollo industrial en términos de la ampliación de la
capacidad tecnológica. Este aspecto se revela en la mayor proporción de
exportaciones de bienes industriales caracterizados por mayor sofisticación tecnológica,
además de la colocación en la región de mayor inversión foránea en subsectores claves
de este tipo.[10]
Algunas firmas latinoamericanas han llegado a ser más competitivas en el mercado
internacional, no obstante la evidencia de que la brecha tecnológica con los países más
desarrollados ha continuado expandiéndose.
En
Argentina, Brasil, Colombia y México se ha dado el caso de firmas industriales locales
que han utilizado formas productivas agrupadas incluso algunas de ellas se basaron
en tecnologías indígenas- que les han permitido competir exitosamente con
multinacionales y sus subsidiarias domésticas. Aunque el aprendizaje ha ocurrido en las
etapas de la industrialización, solamente en Brasil las empresas han llegado a ser
competitivas a nivel internacional. Con la rápida expansión de su mercado
doméstico, estas firmas han tenido éxito en acercarse a la frontera tecnológica en
industrias como las del acero y la producción de maquinaria. En otros lugares de la
región, sin embargo, la producción en pequeñas escalas ha sido obstáculo para alcanzar
niveles competitivos en la productividad.
Una característica que ha
incrementado tanto la flexibilidad como la vulnerabilidad de manera simultanea, ha sido el
papel central de las multinacionales en el crecimiento industrial. A pesar de que
han contribuido con el desarrollo tecnológico que se ha descrito arriba, ellas también
fueron responsables de debilitar la capacidad empresarial doméstica, incluyendo la
indígena y sus rasgos tecnológicos. En los sesenta, las empresas multinacionales
constituyeron los elementos más dinámicos en el crecimiento de la industria en América
Latina. Las políticas proteccionistas de la era de la sustitución de
importaciones, junto con las políticas liberales hacia la inversión foránea,
establecieron condiciones para que la producción local se siguiera exportando, pero
siempre manteniendo mayor énfasis en la preservación de los mercados latinoamericanos.[11]
Las empresas transnacionales o
multinacionales jugaron un papel muy importante para dinamizar las industrias regionales,
tales como las de químicos, automotrices, productos de hule y de materiales
eléctricos. Su rápida expansión durante este período provocó una relativa
desnacionalización de la industria local. En Argentina, México y Brasil, por
ejemplo, la proporción de multinacionales en la producción de manufacturas se
incrementó de 20 por ciento a principios de los sesentas, a cerca de 30 por ciento para
principios de los setentas. Ellas se mantuvieron actuando dentro del marco de mayor
proteccionismo, lo que caracterizó mucho el escenario económico de la región durante
ese tiempo.[12]
En los setenta, el peso de la
producción industrial multinacional se estabilizó en algunos países y decayó en
otros. En Argentina, por ejemplo, la producción de las multinacionales fue de 30.8
por ciento en 1973 y de 29.4 por ciento en 1983. En Brasil, esa participación cayó
de 34.4 por ciento en 1971 a 22.5 por ciento en 1979. Este declive fue parcialmente
provocado por las políticas restrictivas que la región fue adoptando respecto a la
inversión extranjera en el caso de varios países durante los setentas y, también debido
a cambios que las mismas empresas transnacionales desarrollaron para este tiempo. El
resultado fue el crecimiento de nuevas formas de inversión extranjera que no se basaban
totalmente en la idea de compartir muchas de las acciones con subsidiarias locales.
Se trataba de un resultado no previsto totalmente en el modelo de sustitución de
importaciones.[13]
En Brasil y México la producción
industrial creció por encima del promedio de América Latina. Como resultado de
ello, su peso en la producción industrial regional aumentó de menos del 50 por ciento
para alcanzar más del 60 por ciento de América Latina. Estos dos países han sido
también las economías que consistentemente han atraído más el grueso de la inversión
extranjera con más del 70 por ciento de la misma durante los setenta. Además, han
sido las naciones que más se han endeudado. Los grupos de "maquiladoras"
en la frontera entre México y Estados Unidos han sido un fenómeno particularmente
notorio. Estas empresas centran su acción en el ensamblaje de productos y la
recolocación de los mismos, generalmente, en mercados más desarrollados, aprovechando
zonas libres del pago de impuestos en las naciones en donde ocurren las "líneas de
operación". Se trata de un esfuerzo de reexportación directa.[14]
La experiencia de países del cono
sur, en particular Argentina, Chile y Uruguay ofrece, en cambio, un panorama
contrastante. En 1950 estas naciones eran la más industrializadas en América
Latina, en términos de producción manufacturera per capita. Pero luego
experimentaron tasas más lentas de crecimiento industrial. Tras los golpes
militares de los setenta, estas adoptaron políticas que fomentaron la
desindustrialización por medio, entre otras medidas, del abaratamiento de las
importaciones. Esta tendencia fue muy marcada en Argentina y Chile. Con
inspiración en la crítica neoliberal del modelo de substitución de importaciones, tasas
de cambio en las monedas y altos intereses bancarios en los mercados domésticos,
provocaron cierre de plantas industriales, elevando el desempleo y haciendo que declinara
la producción industrial.[15]
Los países del Pacto Andino,
conscientes del tamaño reducido de sus economías y de lo que esto provocaba en la
industrialización, intentaron desarrollar áreas claves del mercado, mediante la
unificación de políticas y de programas industriales. Con la excepción de
Ecuador, estas naciones habían llegado a tener tasas de crecimiento arriba del promedio
latinoamericano durante los sesenta. Sin embargo, a pesar de los ambiciosos planes,
alcanzaron poco progreso en el desarrollo de programas regionales y sectoriales en
ingeniería, acero, industria petroquímica y automotriz.[16]
Los países del Mercado Común
Centroamericano, en contraste con lo que ocurrió en el Pacto Andino, experimentaron un
rápido crecimiento industrial durante los sesenta, principalmente El Salvador y
Guatemala. Se obtuvo un crecimiento de 8.5 por ciento anual comparado con el 6.7 por
ciento que la región tuvo en la década mencionada. Esta rápida expansión fue
reforzada por el crecimiento de las exportaciones agrícolas, la formación del mercado
común y el incremento del comercio intrarregional. En los setenta, no obstante, el
proceso perdió impulso y la tasa de crecimiento cayó a niveles inferiores a los del
promedio de la región latinoamericana. El descenso se debió en parte a las
interrupciones en el proceso de integración debido a conflictos fronterizos que tuvieron
su máxima expresión con la guerra entre Honduras y El Salvador en 1969, lo que
obstaculizó el comercio entre estas dos naciones por el resto de los setenta.[17]
Mayor
expansión que el fenómeno de las nuevas exportaciones de los bienes manufacturados, tuvo
la diversificación lograda dentro del sector primario de las exportaciones. Esta
tomó lugar con la producción de flores de Colombia, camarones de Ecuador y frutas y
vegetales de Chile, Centro América y de las naciones del Caribe. Este esfuerzo hizo
que se mejoraran los métodos de transporte y de comunicaciones, y que se elevara el nivel
técnico de la producción y del mercadeo. Con ello la región disfrutó de una
acentuada ventaja comparativa sobre todo hacia el mercado de Estados Unidos. Sin
embargo, algunos países mantuvieron patrones de alta dependencia de la exportación de
pocos productos y, por lo tanto, continuaron con la vulnerabilidad en medio de
desfavorables tendencias de los mercados internacionales. Esta condición, en
términos generales, continuó aún durante los ochenta (véase Tabla 2).
II. Década de los 80: ajuste
económico y crisis social
A fines de los setenta, los países latinoamericanos también
llegaron a desarrollar una importante diversificación de sus mercados. En 1975 las
economías de mercados más desarrollados eran el destino del 65 por ciento de las
exportaciones de materia prima de la región, del 80 por ciento de sus minerales y del 72
por ciento de exportaciones de energéticos. Diez años más tarde, los números en
porcentaje eran de 54, 65 y 71 por ciento respectivamente. Entre las naciones
desarrolladas, Japón emergió como uno de los principales nuevos clientes para los
minerales especialmente cobre, hierro y bauxita- de Latinoamérica. El declive
en importancia del peso de los países más desarrollados como mercados concentrados de
destino de las exportaciones de la región contrastó con la ampliación de nuevos
mercados demandantes en la ex-Unión Soviética, Europa del Este y otras naciones en
desarrollo, especialmente en Asia.[18]
En términos de la composición de los productos primarios
objeto de exportación desde 1960, la característica más notoria fue el rápido
crecimiento de la línea de energéticos, lo que se debió básicamente a la
consolidación de México y de Venezuela, y hasta cierto punto de Ecuador, como los
principales exportadores petroleros de América Latina. La proporción de
exportación debida a los energéticos casi se duplicó entre 1970 (26 por ciento) y 1980
(48 por ciento). No obstante, las exportaciones de productos del sector primario por
parte de la región continuaron manteniendo un bajo nivel de valor agregado.[19]
Es necesario subrayar, dentro de las principales
características económicas de América Latina luego de 1980, que la crisis que comenzó
a principios de esa década estableció un período particularmente complejo en las
economías de la región que requirió la aplicación de ajustes macroeconómicos.
La mayoría de los países latinoamericanos se vio forzada a llevar a cabo dichos ajustes
con el propósito de crear mayor estabilidad macroeconómica, lo que a su vez permitiría
una mejor inserción en el mercado internacional y un crecimiento económico
sostenible. Los cambios del ajuste hicieron énfasis en la política económica, en
los compromisos de los gobiernos a mantener la continuidad de los programas de reforma y
al hecho de que muchos de los cambios en varias naciones dependieron al final de la mejora
en las condiciones económicas internacionales.[20]
El factor más visible de la crisis, dentro de las condiciones
domésticas de las naciones, fue la deuda externa. Entre 1978 y 1981, la región
cosechó los beneficios de una mejora en los términos de intercambio del mercado
internacional para sus exportaciones y de una generosa dotación de créditos
internacionales especialmente por parte del sector privado.[21] Estas condiciones posibilitaron que la región
implementara políticas económicas expansivas, las cuales a su vez hicieron que 11
países latinoamericanos mantuvieran tasas de crecimiento económico por arriba de 4 por
ciento (véase Tabla 3). En la mayoría de los casos, empero, estos logros se vieron
acompañados de un excesivo déficit en las balanzas de pagos. Como resultado de
ello, 15 países llegaron a tener un déficit en las cuentas corrientes que sobrepasaban
el 4 por ciento de su PIB y, en 10 de esos casos, el déficit llegó a estar sobre el 5
por ciento del PIB (véase Tabla 4.).[22]
Para 1982 casi todos los países latinoamericanos y caribeños
habían sido afectados por la más profunda y prolongada recesión económica de los
últimos 50 años.[23]
Aunque fuerzas externas fueron determinantes en el agravamiento de la crisis, otros
factores no menos importantes actuaron, como por ejemplo la inconsistencia en el manejo de
políticas económicas, especialmente en cuanto a la adopción de medidas que
favorecieron, sin previsión, altos niveles de endeudamiento externo; la desorbitada
expansión del gasto doméstico en varios casos, y las políticas de estabilización de
precios basadas en el manejo casi único de las tasas de cambio. A esos
aspectos deben agregarse los correspondientes a los métodos de liberalización
financiera, los cuales mantuvieron las tasas de interés muy altas durante prolongados
períodos de tiempo, afectando de esta manera la formación de capital de inversión
directa en los países.[24]
La interrupción de los flujos externos de capital luego de que
México anunciara su moratoria unilateral en el pago de los servicios de la deuda en
agosto de 1982, fue acompañada de una elevación en las tasas de interés en los mercados
internacionales y de un deterioro en los términos de intercambio del mercado
mundial. Esto forzó a la región en general a realizar los procesos de ajuste
económico, los que estuvieron dirigidos, entre otras finalidades, a generar resultados
positivos en las balanzas comerciales para cubrir la brecha que se originaba en términos
financieros debido a los acontecimientos mencionados.[25] Entre 1982 y 1984 el PIB de la región se estancó, la
inversión fija se redujo en cerca de 5 por ciento de la producción anual latinoamericana
y el déficit regional en la cuenta corriente pasó de 3.7 por ciento del PIB en
1978-1981, a 2.1 por ciento. Se trataba del inicio de la crisis económica de los
ochenta.[26]
Para enfrentar este escenario -cuyos problemas económicos se
agravaban debido al problema de la deuda externa- las naciones latinoamericanas llevaron a
cabo los procesos de ajuste.[27]
Los mismos se iniciaron en 1982 y duraron, en una primera fase, hasta 1990. Entre
sus repercusiones se registró una importante reducción en el PIB per capita y el consumo
interno.[28] El coeficiente de inversión en la
región cayó de manera constante, alcanzando sus mínimos niveles en 1987. A partir
de este año este indicador ha experimentado una lenta recuperación, hasta alcanzar un 22
por ciento del PIB para 1989. No obstante, este último nivel ha mejorado,
encontrándose por debajo de las cifras que se tenían a principios de los ochentas.[29]
La naturaleza extraordinaria de los problemas regionales de los
ochenta se reflejó de manera simultanea y sostenida en un descenso de los indicadores
económicos y sociales de América Latina. Se tuvo un decaimiento significativo en
términos de producción, es decir, un severo descenso en las tasas de crecimiento.
La situación del empleo se vio afectada significativamente y los salarios reales
declinaron en la medida que la inflación aumentaba y los problemas de la economía
internacional se profundizaban.[30]
Entre otros factores, debido a los procesos de devaluación de
las monedas, las naciones latinoamericanas experimentaron significativos altos niveles de
inflación. Esta situación fue influenciada por el alto grado de dependencia que la
región mantiene respecto a los bienes de capital y a los insumos productivos provenientes
del exterior. Todo ello con el fin de poder ejecutar en los mercados domésticos los
procesos productivos. En algunos casos el seguimiento de relajadas políticas
monetarias también contribuyó a fomentar los niveles inflacionarios.[31]
En términos de empleo resultó evidente que,
luego de la Segunda Guerra Mundial, latinoamérica alcanzó aceptables niveles de
crecimiento que se tradujeron en crecimiento ocupacional, con tasas de aumento que
llegaron incluso a cifras del 2.5 por ciento anual. La rápida urbanización
influyó para que el empleo en el sector agrícola pasara de 55 por ciento en 1950 a 32
por ciento en 1980. El número de empleos creados por el sector formal urbano
creció a una tasa anual de 4 por ciento, pero este crecimiento no fue suficiente para
absorber los aumentos anuales de la población económicamente activa que buscaba
integrarse a los mercados de trabajo. La tasa de sub utilización de recursos
humanos - desempleo abierto más subempleo y ocupaciones temporales en el sector informal
- se mantuvo en aproximadamente el 30 por ciento en los mejores casos.
La crisis y los procesos de ajuste de los ochenta rompieron con
el frágil balance que se tenía en el empleo, el cual había sido producto del
crecimiento de las décadas anteriores. Los salarios reales se hundieron, se dieron
alzas importantes en el desempleo y subempleo, se elevó la concentración de actividades
agrupadas en subáreas ocupacionales de baja productividad. De manera generalizada
en la región, la fuerza de trabajo urbana en sectores de subempleo se expandió a razón
de 5 por ciento anual.[32]
En contraste, la creación del empleo en el sector formal alcanzó tasas que eran de
alrededor de 2.5 por ciento anual. Estos aumentos ocurrieron por lo general en
pequeñas empresas y en áreas específicas de los sectores públicos.
Durante los ochenta el nivel del gasto público en la mayoría
de los países descendió fuertemente en términos reales como consecuencia de los
procesos de ajuste, todo ello en un marco caracterizado por la preocupación por las
cargas fiscales. Algunas naciones -Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela-
hicieron más bien reducciones progresivas en sus gastos públicos. Mientras tanto,
en otros países - como Costa Rica, Guatemala, México y Uruguay- los niveles de ingreso
tendieron en cierto momento a recuperar sus niveles iniciales luego de la fase inicial de
los procesos de ajuste. En Chile, el gasto del gobierno aumentó y luego descendió,
pero para 1989 tenía casi los mismos niveles que había registrado a principios de los
setenta. En Brasil, Colombia y Paraguay el gasto público había aumentado.
El peso de las cargas financieras debidas a la deuda externa
aumentaron al principio de la década afectadas tanto por la elevación de las tasas de
cambio monetario (depreciaciones y devaluaciones), como por el alza los intereses
bancarios en el sistema financiero internacional.[33] Rápidamente, el costo de la deuda pública ascendió
dramáticamente debido a la mencionada elevación de los intereses en los mercados
bancarios del exterior.
La mayor parte de los ajustes macroeconómicos fue realizada a
principios de los años ochentas, cuando las condiciones para la crisis se manifestaron
con mayor intensidad. Estos ajustes permitieron reducir el déficit fiscal en 6 y 5
por ciento del PIB en la mayor parte de los países de la región. Con pocas
excepciones, no se produjeron todos los beneficios que se esperaban debido, básicamente,
a la persistencia de condiciones adversas en la economía internacional.[34]
De manera general, los procesos de ajuste de la
década de los ochenta buscaron la elevación de los ingresos del Estado de muchas
maneras. Particularmente fueron notorios los casos en los cuales estos ingresos se
generaron como producto de ahorro y privatización en Argentina, Colombia, Costa Rica y
Chile; en impuestos indirectos en el petróleo en Ecuador; en contribuciones de la
seguridad social en Argentina y Uruguay; así como en aumentos de ciertas cargas fiscales
en los casos de Colombia y Uruguay.
Como consecuencia de los ajustes
macroeconómicos, la capacidad de los gobiernos disminuyó sensiblemente, pero durante los
noventa se dieron indicios de que esta tendencia, en algunos casos, podía ser
revertida. Era claro que los mayores ingresos de los gobiernos servían para uno de
los objetivos centrales de los procesos de ajuste: el pago de los servicios de la
deuda externa. Sin embargo ya para los noventas se registran algunos cambios, aunque
escasos. El gasto público alcanzó en 1994 cifras históricamente altas en
países como Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana,
Paraguay, Uruguay y Venezuela. En 1993 Honduras había mostrado una elevación de
los gastos de sus instituciones públicas. Sin embargo, en Brasil los gastos totales
establecidos durante los setenta alcanzaron una cota alta en 1987 y desde entonces han
declinado, con excepción de 1992. En la mayoría de los países restantes, los
gastos públicos se han recuperado en los años más recientes, pero aún con ello y en
promedio, el nivel de los mismos era en 1994 y 1995 menor que el nivel alcanzado a
principios de los ochenta.
III. Década de los 90: crecimiento
económico y continuidad del ajuste estructural
En cierto contraste con lo ocurrido en los
ochenta, el proceso de ajuste de los años noventa involucró a un número menor de
países, fue menos intenso, y se benefició de cargas impositivas más generalizadas, las
que a su vez fueron posible establecer como producto de la reactivación económica de la
última década del siglo XX. Además es importante mencionar que la superación
relativa de los déficit fiscales de los gobiernos se logró por reducciones adicionales
en los gastos públicos, los cuales ya habían sido significativamente disminuidos durante
los ochenta.
La región latinoamericana en su conjunto
mostró condiciones económicas durante los noventa que, hasta cierto punto, contrastaron
con las que se hicieron presente en los ochenta. La producción total de la región
se incrementó 3.6 por ciento en la primera parte de la década y la demanda doméstica
creció en 4.4 por ciento, en tanto que la inversión ascendió a más de 8 por ciento y
las exportaciones tendieron a incrementarse de manera permanente, todo ello a pesar de que
las importaciones se comportaron con menores tasas de crecimiento. En el curso de
los procesos de ajuste de los ochenta y durante la recuperación macroeconómica que han
seguido en los noventa, existen diferencias entre países. Estas se fundamentan,
entre otras causas, en la situación inicial y desarrollada que las diferentes naciones
tenían sobre la deuda, sus desbalances en el comercio, los cambios en los términos de
intercambio del comercio exterior, los montos financieros que recibieron durante el
ajuste, así como el tamaño del sector público y sus déficit.
Ya para 1995, los países en los cuales el crecimiento de la
producción tenía una más prolongada expansión eran Colombia (12 años) y
Guatemala (9 años) consecutivos.[35]
El promedio del aumento anual en términos de producción por persona durante este ciclo
ha sido alto en Chile (4.5 por ciento), hasta cierto punto en Colombia (2.6 por ciento), y
menos en Guatemala (0.9 por ciento).
Respecto a la producción per capita en el período 1980-95,
los países latinoamericanos mostraron diferencias entre ellos. En 1995 este
indicador fue superior a los niveles de 1980 en nueve países (Colombia, Chile, Costa
Rica, Panamá, Argentina, Perú, Bolivia, El Salvador y Venezuela). Estas naciones
se mantuvieron relativamente cerca de alcanzar sus propias fronteras de producción dada
la tecnología y el acceso a los recursos productivos imperante.[36] En contraste, la producción per capita cayó
significativamente desde 1981 en Haití y desde 1984 en Nicaragua. Esta tendencia
esperanzadora pareció haberse interrumpido en 1995, pero para fines de la década los
problemas del petróleo son nuevamente un impedimento importante.
Las condiciones económicas regionales han influenciado
significativamente las inversiones. De 1991 a 1995, solamente Chile, Costa Rica y El
Salvador tenían coeficientes de inversión fija que se aproximaban a los valores que este
indicador había tenido en el período 1978-81. Por otra parte, las inversiones en
Brasil, Ecuador y Venezuela tenían niveles menores que los observados antes de la
crisis. Al respecto, un cambio positivo en los niveles de inversión se ha observado
durante los noventa. Este ha sido producto y es también factor de la
estabilización relativa que se ha logrado, lo que resulta alentador porque, como se sabe,
los niveles de inversión son una de las variables más importantes para asegurar la
continuidad de un proceso de estabilización en el largo plazo. Esta estabilidad fue
puesta a prueba no sólo con el impacto del "efecto tequila", producto de la
devaluación del peso mexicano de diciembre de 1994, sino también en la contención que
la región hizo de la crisis financiera originada en el sudeste asiático en el verano de
1997.[37]
Respecto a la inflación, luego de experimentar valores muy
altos después de la crisis de 1982, muchos países lograron controlar la galopante alza
de precios en los productos a finales de los ochenta y en la década de los noventa.
Para mediados de esta última década, no obstante, Venezuela y Brasil aún tenían
problemas para controlar su inflación, la cual volvió a tener un rebrote importante en
Ecuador a partir de 1996. En esta última nación se adoptó el 9 de septiembre de
2000 el dólar como moneda de circulación nacional en substitución del sucre, como
medida extrema para alcanzar la estabilidad económica.[38]
Los aspectos macroeconómicos repercutieron en el ámbito
social en cuanto a inequidad, desempleo y pobreza.[39] El grado de inequidad en términos de los mercados
laborales ha tendido a disminuir con la recuperación económica en solo dos países -
Colombia y Uruguay - y esto ha sido una condición solamente en la primera parte de la
década. Las circunstancias han vuelto a empeorar en el año 2000.
Especialmente grave para la región es la iniciativa del Plan Colombia, con su componente
armamentista y de seguridad, con la inestabilidad económica que puede traer no sólo para
Colombia sino también para los países vecinos.[40]
Respecto a las condiciones de pobreza, las tendencias varían
aún cuando la tendencia general es a un alza generalizada de los niveles que se tenían
en los sesenta y los setenta, incremento que de momento parece estabilizarse en algunos
casos. Varias economías no han demostrado aún que su crecimiento puede aliviar en
valores significativos este problema, dentro de las condiciones de concentración de
acceso a los recursos productivos que prevalecen en el área. Algunos países en
donde las proporciones de la pobreza se han tendido a estabilizar son Chile, México
(hasta antes de las crisis de 1994) y Uruguay. De ellos, sólo Chile y Uruguay han
demostrado que para 1999 mantenían niveles de pobreza relativamente menores que los
existentes en las condiciones pre-crisis. Las causas para una mejora respecto a los
niveles de pobreza no sólo son las de aumentos en la producción, sino también las de
mejora en los mecanismos de distribución de la riqueza, de empleo y de aumentos en las
tasas de ahorros internos de los países. [41]
Durante los noventa los países latinoamericanos comenzaron
nuevamente a recibir flujos financieros externos. Entre 1993 y 1997 estos recursos
fueron factores decisivos para que la región cubriera al menos parcialmente los déficit
en la balanza comercial y de cuenta corriente. Todo ello aún considerando que esos
déficit se presentaban muy marcadamente en 1992. En ese año, el déficit comercial
¡se registró debido a que las importaciones duplicaron el valor de las exportaciones, y
el déficit de la cuenta corriente llegó a ser de 5 por ciento en nueve países:
Bolivia, Costa Rica, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay y
Perú. En algunos casos, posteriormente, el ingreso de capitales tendería a
compensar estos números.[42]
Dentro de este escenario macroeconómico fue evidente que las
políticas de promoción de exportaciones estaban impactando ya las condiciones de la
región. Entre 1970 y 1990, el volumen de exportaciones de América Latina y el
Caribe se expandió sostenidamente a una tasa promedio de 6 por ciento. Este aumento
fue mayor que el observado en la producción total regional durante los setenta, y
obviamente mayor que en los años críticos de los ochenta. En términos del poder
paritario de compra, sin embargo, los beneficios del mayor esfuerzo exportador se vieron
limitados por la disminución en los términos de intercambio del mercado
internacional. El comercio mundial tendió a acelerarse desde mediados de los
ochenta dándole con ello impulso a las exportaciones regionales. En varios casos
este mayor dinamismo del comercio internacional se hizo evidente con mayor significado
durante los noventa, especialmente en los casos de Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa
Rica, Perú y Venezuela. En estas naciones afectaban las políticas de
liberalización comercial que se habían implementado.[43]
En muchos casos la tendencia a la baja en los
precios de las exportaciones mayoritarias de la región constituyó un freno importante a
los beneficios de reactivación económica y de generación de empleo a los niveles que se
esperaban de los planes de ajuste. De 1990 a 1998, solamente los precios de bananos
y de zinc tenían mayor valor que los registrados en 1980 tomando en cuenta valores
monetarios constantes. No obstante, en el caso del banano la situación ha sido
particularmente inestable e influida en gran parte por las limitaciones unilaterales que
la Unión Europea ha impuesto a la importación de esta fruta latinoamericana desde
1992. Solamente algunos productos, tales como cobre y hierro, vieron declinar sus
precios con menor dramatismo relativo, con un promedio de 13 de declive entre 1980 y 1997.
Otros productos mostraron pérdidas más serias en sus precios
internacionales, llegando algunos de ellos incluso a 40 por ciento. Debe señalarse
aquí que 16 de las 18 exportaciones más importantes de la región han experimentado un
decaimiento sostenido en sus precios internacionales. Esto ha forzado a que la
producción regional en esos bienes haya tenido que aumentar su capacidad exportadora con
tal de que los balances de comercio no profundizaran en sus cifras negativas. Cuando
se hace un cálculo ponderado de las pérdidas de precio en los mercados internacionales,
en función de los volúmenes de venta de las principales exportaciones regionales
-azúcar sin procesar, bananos, cacao, café, carne, pescado, maíz, soya, trigo,
algodón, lana, cobre, hierro, estaño, plomo, zinc y petróleo crudo- dicha pérdida en
los precios es de casi 36 por ciento. La comparación es entre precios de 1980 con
los precios promedio de la primera parte de la década de los noventa.[44] En la segunda parte de la última década
del siglo XX, la tendencia a la baja en los precios internacionales continúa, con la
excepción del petróleo que en 1998 llegó a niveles casi de 10 dólares por barril de
crudo, y para septiembre de 2000 alcanzaba casi los 33 dólares por barril de petróleo
sin procesar.
Este adverso desarrollo ha afectado no solamente a los
productos primarios, sino también a los bienes industriales. De acuerdo a análisis
de tendencias en los índices de precios reales para una amplia gama de productos, aún
los precios de 1992 fueron reportados como los más bajos en los últimos 50 años.[45]
Otro importante factor en términos del comercio internacional
que mostraron los países latinoamericanos durante los noventa fue un uso más intenso de
los recursos naturales en un marco en donde las exportaciones han aumentado. La tasa
de exportación se elevó de 11 por ciento del total del PIB en 1980, a 16 por ciento en
1990 y 19 por ciento en 1998. En general, y no obstante su intensificación en la
producción, la participación de los productos primarios en las exportaciones ha mostrado
ser de una menor proporción con respecto a los bienes industriales o manufacturados, cuya
participación se ha incrementado. La evidencia es que estos bienes industriales se
han basado con mucho en la transformación de materias primas del sector primario. A
pesar de este esfuerzo en el comercio internacional, es de señalar que la posición de
latinoamérica a nivel regional se mantiene aún rezagada con respecto a los países
asiáticos, especialmente de las naciones de reciente industrialización de esa región
(NRI). Mientras que Latinoamérica y el Caribe han hecho esfuerzos por cambiar a
exportaciones de bienes industriales con una mayor demanda en países desarrollados, en
las importaciones de las naciones de la OECD los avances en este sentido han sido
limitados. Además de las condiciones negativas de la crisis de 1997-98, la región
había tenido que soportar con inmediata anterioridad el embate de la crisis mexicana de
diciembre de 1994.[46]
Las excepciones más estables dentro de este cuadro han sido
-en términos de costos y utilidades empresariales- los casos de la industria automotriz
mexicana y la producción de las zonas de maquila en ese país y en otras naciones, como
el caso de República Dominicana y Guatemala. En estos casos, las corporaciones
transnacionales han jugado un papel decisivo. La evidencia sugiere que los países
latinoamericanos y los del sudeste asiático han orientado su esfuerzo exportador por
sendas diferentes, teniendo como factor esencial su diferente acceso a los mercados de la
OECD.
Latinoamérica mantiene aún el desafío de aumentar sus
exportaciones en las áreas de tecnología, las cuales constituyen los sectores más
dinámicos de los megamercados, a la vez que continúa con los esfuerzos en materia de
ajuste económico.[47]
IV. Conclusiones: escenario actual e
interpretaciones sobre el desarrollo
1. Escenario actual:
A)
Los países que relativamente han cambiado su estructura de exportación han sido
Ecuador (petróleo), México (petróleo e industria), Brasil y Haití (industria). Este
último ha desarrollado una industria manufacturera liviana especialmente en la línea de
ensamblaje y maquiladoras;
B)
Las condiciones de mayor estabilidad durante los sesenta, en términos de las
condiciones internacionales, estuvieron asociadas al patrón monetario dólar-oro. Durante
ese tiempo la región experimentó un sostenido crecimiento económico;
C)
Aún cuando las naciones latinoamericanas tuvieron que enfrentar alguna inflación
durante los sesenta, los valores de la misma en esa época fueron significativamente
menores que los niveles registrados en los ochenta;
D)
Desde 1974 y debido principalmente al efecto del alza de precios del petróleo, y a
los regímenes más liberales de la región en cuanto al manejo de las políticas
cambiarias, los países enfrentaron mayores problemas para mantener estables sus
coeficientes de crecimiento económico;
E)
A fin de evitar los procesos de ajuste económico en los países sin capacidad de
exportación de petróleo en la región, varias naciones se embarcaron en la generación
del problema de la deuda externa, algo que llegaría a hacer crisis durante los
ochenta. Por lo tanto, la década de los setenta tuvo un crecimiento económico
producto de la incorporación de recursos de acreedores debido a la alta liquidez del
sistema financiero internacional;
F)
Durante los ochenta, las medidas de ajuste económico fueron inevitables.
Estas medidas vigorizaron el papel de las exportaciones como eje de la recuperación
económica que se buscaba, más que la aplicación tradicional de las políticas fiscales
y monetarias;
G)
El factor más evidente para la crisis, dentro de las condiciones domésticas de la
región, fue la necesidad del pago de la deuda externa. Entre 1978 y 1981,
latinoamérica cosechó los beneficios de mejores términos de intercambio en el mercado
internacional y de un notable y fácil acceso a recursos financieros en el sistema
financiero mundial, especialmente de la banca privada;
H)
Durante los ochenta, las devaluaciones de monedas que tuvieron lugar en la región
fueron unas de las principales causas para que se establecieran los procesos de
"importación de inflaciones" en las economías. Esta situación se basa
fundamentalmente en la dependencia que la región tiene respecto a importación de insumos
de otros países;
I)
Los problemas con la inflación fueron particularmente importantes en los casos de
Perú, Bolivia, Costa Rica, Argentina y Brasil;
J)
Los procesos de ajuste económico hicieron posible reducir los déficit fiscales en
5 ó 6 puntos del PIB en la mayor parte de los países de la región. Con unas pocas
excepciones, esta situación, sin embargo, no produjo totalmente los beneficios que se
esperaban fundamentalmente cuando se mantuvieron condiciones adversas en la esfera de la
economía internacional;
K)
Una comparación entre las condiciones existentes entre la segunda parte de los
años ochenta y los noventa revela importantes cambios en el ambiente macroeconómico,
tales como un moderado aumento de la actividad económica, menor nivel de déficit fiscal
en los gobiernos, una menor expansión de las masas monetarias, así como recuperaciones
en los niveles de inversión y relativo descenso en los niveles de desempleo;
L)
Más aún, las tasas reales de cambio en las monedas se elevaron menos
dramáticamente que como lo hicieron durante los procesos de ajuste en los ochenta. Esto
fue favorecido por nuevos flujos de recursos financieros que llegaron a la región.
En muchos países que basaron sus políticas de estabilización en el uso de recursos
externos, se llegó a registrar ciertas apreciaciones en las monedas, algo que ocurrió en
algunos casos a mediados de los ochenta, como por ejemplo en Costa Rica y Honduras;
A continuación se señalan, sucintamente, las principales
consideraciones interpretativas sobre el desarrollo económico y social en América Latina
producto de las condiciones y resultados de los últimos cuarenta años:
A)
Existe en la región un alto nivel de concentración de poder económico y un
sistema social de la región basado fundamentalmente en la exclusión. Aún durante
la década de los sesenta, cuando la estabilidad y el crecimiento fueron más evidentes,
los patrones de alta concentración de la riqueza y exclusión de beneficios operaron en
el área.[50] El sistema económico general de América
Latina ha demostrado que, a fin de funcionar, concentra beneficios y excluye de
oportunidades a los sectores mayoritarios de la sociedad, lo que profundiza su condición
de pobreza, de marginalidad y de vulnerabilidad.[51] Estas condiciones debilitan las instituciones de los
sistemas democráticos y disminuyen la efectividad de la consecución de estados de
derecho basados en legitimidad concreta, más allá de la legalidad de los sistemas
jurídicos en que se amparan los gobiernos;[52]
B)
América Latina mantiene ante sí el permanente desafío de enfrentar el desempleo
y el subempleo. Muchos de los más severos problemas sociales tienen su raíz en
esos componentes. El subempleo está caracterizado por la carencia que tienen las
personas o grupos sociales de una actividad remunerada permanente. Este fenómeno se
manifestaba en la región aún antes de la crisis de los años ochenta. La
aplicación de los programas de ajuste estructural, a la vez que mejoraron en cierta forma
las cifras macroeconómicas, han tendido a agravar los problemas ocupacionales. Se
estima que para fines de 1999 el desempleo en la región llegaba como mínimo al 13 por
ciento, mientras el subempleo ascendía a 26 por ciento de la población económicamente
activa;[53]
C)
Las políticas de ajuste económico implementadas en la región han tenido
limitaciones estructurales en términos de la naturaleza de las exportaciones. Los
procesos de ajuste macroeconómico favorecieron el estímulo a las exportaciones como
medios para activar la economía, más allá de la aplicación tradicional de solamente
políticas monetarias y fiscales.[54]
No obstante, una de las más significativas limitaciones fue la naturaleza de las
exportaciones del área. Las mismas continúan basándose en los mismos productos,
con poco valor agregado, y con casi inalteradas estructuras productivas en los países de
la región. Esto es particularmente claro en el caso de las economías pequeñas con
exportaciones basadas en productos primarios con poco procesamiento, tales los casos de
América Central, Bolivia y Paraguay;[55]
D)
América Latina como región está enfrentando, más que un fenómeno de
globalización basada en la integración, un proceso de marginalización de los sistemas
económicos internacionales. En 1960 la región participaba con un 8 por ciento del
comercio internacional. Esa participación era de 4 por ciento en 1995.[56] Esto refleja un proceso de
globalización segregativo en la esfera económica mundial. Los sectores sociales
que no logran integrarse en la nueva dinámica económica, dentro de las naciones, y los
países que no logran una mejor inserción en lo internacional, son sujetos de
marginalización. Las condiciones de pobreza tanto extrema como no extrema ilustran
dramáticamente esta condición en América Latina;
E)
La necesidad de estabilización implica también una mejora en las condiciones
sociales y económicas de muchos sectores. Esa mejora es vital para la credibilidad
y la representatividad de las instituciones sociales. Los grupos sociales que están
llamados a apoyar políticamente los regímenes requieren de mejoras en las oportunidades
para elevar su calidad de vida. Si esas condiciones están ausentes, los gobiernos
pueden mantener la legalidad formal de los sistemas, pero pierden el apoyo social en la
aplicación de muchas medidas políticas. En América Latina ha tenido lugar en los
últimos veinte años una seria y rica producción teórica acerca de lo autoritario de
los regímenes "democráticos", los que fueron requeridos para ejecutar las
políticas de ajuste económico. Debido a la carencia de oportunidades de mejora
para los sectores mayoritarios de Latinoamérica, se ha establecido una atmósfera de
inestabilidad y de inquietud social en muchas naciones del área.[57]
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[2] Véase Gwynne, R.
y Kay, C. Latin
America transformed: globalization and modernity. (Londo, UK: Arnold Publs.
1999), pp. 3-17, 21-29, 67-92, 109-126, y 305-324; Schmidt, W. América Latina entre la
polarización del mercado mundial y la apertura. (Quito, Ecuador: CAAP, 1993), en
especial pp. 54-62; Cardozo, E. y Helwege, A. Latin Americas economy.
(Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994).
[4] Ver Comisión
Económica para América Latina y el Caribe. Latin America: the economic experience
of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago, Chile: CEPAL, 1996).
[5] De conformidad con la
lógica del modelo de substitución de importaciones, economistas y políticos unieron
esfuerzos en la promoción de esta vía de la industrialización en Latinoamérica.
Un importante esfuerzo fue el de tomar en cuenta como la carencia de reservas externas
constituía un freno para el crecimiento económico. En un mundo en donde los
términos de intercambio actúan en contra de los productos primarios como exportaciones,
la producción doméstica debe substituir las importaciones no esenciales, liberando las
divisas para los insumos que son necesarios. Más aún, con el progreso técnico en
la agricultura, se generaba un caudal de desempleo que la industria podía absorber en el
crecimiento económico con mayores niveles de producción y productividad. Véase Schmidt, W. América Latina entre la
polarización del mercado mundial y la apertura. (Quito, Ecuador:
CAAP, 1993), especialmente pp. 32-43, 56-67.
[6] En el siglo XX, los países
latinoamericanos han establecido condiciones muchas veces similares en las políticas
económicas que han seguido. Desde los treintas principiaron a adoptarse los
elementos de las políticas de substitución de importaciones. Se pretendía romper
con la dependencia de los productos tradicionales y primarios en la exportación.
Aún cuando ya para fines de esa década se hacían evidentes las limitaciones de esas
medidas, las barreras comerciales asociadas con este modelo aún en la actualidad, no se
han desmantelado por completo en algunos casos. Muchas naciones se endeudaron más
alla de su capacidad de pago y se declararon incapaces de cumplir con los compromisos de
la deuda durante los ochentas. Véase David, B. El nacimiento de los
países latinoamericanos. (Madrid, España: Bruguera, 1989); y Halperin, T. Historia
de América Latina. (Madrid: España, Alianza Editorial, 1990), pp. 8-16, y
21-33.
[7] Desde principios de 1960,
las relaciones entre Estados Unidos y América Latina principiaron a cambiar. El
Acuerdo de Punta del Este, el que formalmente estableció la Alianza para el Progreso, fue
firmado el 17 de agosto de 1961. Hasta 1958, los Estados Unidos consistentemente
rechazaron propuestas para la creación de un Banco Interamericano, y medidas para
estabilizar los precios de las materias primas de exportación, así como la propuesta del
presidente brasileño Juscelino Kubtschek en el sentido de establecer una Operación Pan
América. La violenta y hostil recepción de que fuera objeto la visita del entonces
vice-presidente estadounidense Richard Nixon a Perú y Venezuela en 1956, y la toma del
poder por parte de Fidel Castro y sus seguidores el 1 de enero de 1959 en Cuba, hizo que
Washington prestara atención por fin a las condiciones de estanflación -recesión con
inflación-, inestabilidad y asuntos de distribución de la riqueza en América
Latina. El Banco Interamericano de Desarrollo fue establecido en abril de 1959, y la
propuesta de la Alianza para el Progreso fue firmada por el Presidente John F. Kennedy
seis semanas luego de haber tomado posesión de su cargo. Véase Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994), pp.
63-66.
[8] En los años 50s, Costa Rica, El
Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua establecieron medidas para lograr la
integración económica. En 1960, el Mercado Común Centroamericano (MCCA) era un
mecanismo que intentaba establecer un regimen de libre comercio en la región, excepto
para una lista de productos excepcionales principalmente de producción agrícola.
Se buscaba además la harmonización de tarifas y el establecimiento de un sistema
tarifario común en las naciones integrantes. Después de varios años también los
mecanismos alcanzaron cierta coordinación en las políticas fiscales, aunque la meta
esencial era la creación de una zona de libre comercio subregional, a efecto de estimular
la producción local de bienes que generalmente se adquirían en el exterior. Ver Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994), pp.
75-87.
[9] No obtante, los países
centroamericanos enfrentaban dificultades en el comercio regional. Después de una
fase de euforia, las dificultades se desarrollaron a lo largo de los años sesentas.
Especialmente este fue el caso de Honduras y de Costa Rica y de Nicaragua, debido a que
Guatemala y El Salvador se beneficiaban con mayor intensidad del proceso de
integración. Estas dos naciones estaban ya concentrando la instalación de
importantes plantas industriales para Centroamérica. Además se observaba un
consistente patrón de migración de El Salvador a Honduras. Esta serie de factores
fueron elementos decisivos para el breve diferendo armado que enfrentó a El Salvador y
Honduras en 1969. Honduras luego de ello se separó del MCCA. Véase Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994), pp.
24-45.
[10] Para una discusión más
específica sobre teoría de inversiones internacionales y desarrollo véase Michael
M. International money
and finance. (New York: Harper Collins, 1995).
[11] El modelo de la
industrialización por substitución de importaciones -ISI- tuvo un papel importante en el
fomento de las tasas de crecimiento económico en la región antes de los ochentas, pero
influyó además en desarrollar mecanismos de mercado. Los mecanismos de protección
promovieron la sobrevaluación de las monedas, y por tanto, a una reducción en el
crecimiento de las exportaciones. Las políticas de la ISI reforzaron la
industrialización al costo de castigar la agricultura. Más aún, las manufacturas
con más intensidad en capitales, fueron capaces de absorber unicamente solo una
frácción de la fuerza de trabajo, con ello se puso énfasis en que los estados fueran
empleadores de último recurso. Finalmente, debido a que los ingresos fiscales
disminuyeron por el poco monto de exportaciones, los subsidios a las industrias por el
gobierno, aumentaron las responsabilidades del estado y su presupuesto. La
monetización del déficit conllevó una persistente inflación. Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994), pp.
73-82, 85-88, 90-97.
[12] El nivel general de
protección está medido por la tasa de protección efectiva -TPE. Este indicador
mide el grado de protección de acuerdo al valor agregado de las industrias, tomando en
cuenta los niveles correspondientes de protección en los insumos y los productos.
El valor agregado en una empresa es el valor de sus ventas menos el costo de los
materiales que consume.
TPEi = (VApd / VApi) -1
Donde:
TPEi
=
Tasa de protección efectiva para la industria i
VApd
=
Valor agregado en precios domésticos
VApi
=
Valor agregado en precios internacionales
Sheahan, J. Patterns in Latin
America: poverty, repression, and economic strategy. (Princenton, New
Jersey: Princenton University Press, 1988).
[13] No obstante,
problemas sobre el modelo de industrialización con base en la substitución de
importaciones emergieron en los sesentas, un período de relativamente alto crecimiento en
la región. La tasa promedio de crecimiento en Latinoamérica sobrepasó 4.5 por
ciento entre 1940 y 1968. En comparación con los niveles de 1.2 por ciento
alcanzados en los ochentas, los años de la industrialización por substitución de
importaciones parecen edades de oro. También las tasas de inflación se mantuvieron
bajas en los "buenos años". En donde se presentara una inflación de 100
por ciento en los cincuentas, se veía un fenómeno extraordinario. Se trataba de
niveles bajos de alza de los precios domésticos cuando se compara con la inflación de
tres dígitos que se tuvo en los ochentas. Véase Schmidt, W. América Latina entre la
polarización del mercado mundial y la apertura. (Quito, Ecuador:
CAAP, 1993), pp. 12-24.
[14] El fenómeno de las
maquiladoras como medio para fomentar empleo y cierta industrialización tuvo orígenes
diferentes de aquellos que correspondieron a la industrialización por substitución de
importaciones. Uno de las causas más importantes para el establecimiento de esa
substitución de importaciones se originó en las consecuencias de la Segunda Guerra
Mundial -SGM. Este conflicto bélico aceleró la industrialización. Mucha de
la capacidad instalada para la producción industrial en muchos países se quedó corta en
relación con la demanda que se estableció. Los países latinoamericanos
disfrutaron de un alza en la demanda de los bienes primarios de exportación y fueron
capaces aún de competir con bienes industriales en términos de manufacturas. La
demanda interna también estimuló la expansión de la capacidad industrial
regional. Skidmore, Thomas;
and Smith, Peter. Modern Latin America. (New York: Oxford
University Press, 1992), pp. 34-46.
[15] Una definición común sobre la
tasa real de cambio de una moneda es la que utiliza la tasa nominal multiplicada por el
cociente entre precios domésticos y foráneos. Si el país en estudio es A, y su
moneda el peso, su tasa real de cambio dólar/peso se calcula mediante la fórmula
siguiente:
TCR ù (PAp / PF$) ($ / p)
Donde:
TCR
=
Tasa de cambio real
PAp
=
Precios de país A en pesos
PF$
=
Precios foráneos en dólares
$ /
p
=
Tasa nominal de cambio dólar por peso
Véase Walther Ted. The world
economy. (New York: John Wiley & Sons, Inc. 1997).
[18] También en términos
del comercio internacional, y en los productos agrícolas, la evidencia muestra la alta
inestabilidad de los mercados de los productos del sector primario de la economía.
Además la concentración de producción de estos bienes por parte de los países es un
riesgo. Buenas cosechas a nivel mundial pueden conducir muy bien a un colapso en los
precios agrícolas, especialmente para productos tropicales, muchos de los cuales no se
benefician de los programas de estabilización de precios. Los precios de los
minerales también son inestables. La demanda de estos bienes es altamente sensitva
a recesiones en los países industrializados, debido a que metales como el cobre son muy
utilizados en la construcción y en nuevos equipos. Esta inestabilidad se ve
exacerbada por especulación de mercados de valores y de futuros. Sheahan, J. Patterns in Latin
America: poverty, repression, and economic strategy. (Princenton, New
Jersey: Princenton University Press, 1988).
[20] Los ochentas
mostraron un panorama muy contrastante con el que se había obtenido en las tres décadas
anteriores. Latinoamérica retrocedió en la mayoría de los indicadores mientras
los países asiáticos de reciente industrialización lograban aún continuar consolidando
sus variables. El crecimiento de los países del sudeste asiático -encabezados por
las naciones de reciente industrialización (Corea del Sur, Hong Kong, Singapore y
Taiwan)- obtuvieron en los ochentas una tasa de crecimiento económico de 5 por
ciento. Véase Sheahan,
J. Patterns in Latin America: poverty, repression, and economic strategy.
(Princenton, New Jersey: Princenton University Press, 1988).
[21] Los términos de
intercambio comercial son medidas que establecen la relación entre los precios que una
nación obtiene por sus exportaciones, y los precios que debe pagar por sus
importaciones. Este coeficiente se calcula dividiendo el índice de precios de
exportación de la nación en estudio, entre el índice de precios de importación;
el cociente que resulte se multiplica por 100 para expresar el coeficiente en porcentajes:
Términos de Intercambio = (Indice
precio exportaciones / Indice precio importaciones ) x 100
Véase Carbaugh, R. International
economics. (Belmont, California: Wadsworth publishing Co., 1992), p.57.
[22] Es importante
señalar en este sentido que la sobrevaluación de las monedas es un buen ejemplo de como
las condiciones externas y los procesos de formulación doméstica de políticas
interactuaron en la generación de la crisis de la deuda. En diferentes ocasiones
durante el período de 1978 a 1982, un buen número de países latinoamericanos
experimentaron fuertes apreciaciones de sus monedas seguidas luego ocurrieron crisis en la
balanza de pagos y significativas depreciaciones. Chile y Argentina fueron casos
extremos de este proceso. Véase Schmidt, W. América Latina entre la
polarización del mercado mundial y la apertura. (Quito, Ecuador: CAAP, 1993).
[23] En términos
comparativos, ha ocurrido una tendencia generalizada a la baja en el ritmo de producción
en los países latinoamericanos a lo largo de los últimos cuarenta años. Las tasas
de crecimiento del PDB, en porcentajes han sido: 1965-80: 6.0; 1980-1993:
0.6. Véase World Bank.
World Development Report 1995. (Baltimore: The Johns Hopkins
University Press, 1996).
[24] Las primeras naciones
que lograron regenerar procesos de crecimiento económico en los ochentas, fueron aquellos
países que presentaban menor drasticidad en sus imbalances al principio de la crisis y
que por tanto contaron con mayor oportunidad para establecer políticas graduales en el
ajuste. Estos fueron basicamente los casos de Colombia, Costa Rica y Chile. En
ellos y aún con limitaciones, se pudo seguir contando con cierto acceso a las fuentes de
financiamiento externo. Las medidas implementadas en estos casos proporcionaron
menos incertidumbre a los inversionistas. Comisión Económica para América Latina
y el Caribe. Latin
America: the economic experience of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago, Chile: CEPAL, 1996).
[26] En resumen, el costo del
servicio de la deuda ha generado pobreza en los niveles de vida, hiperinflación, y han
limitado las inversiones y los prospectos de recuperación del crecimiento en el largo
plazo. La falta de capacidad de los gobiernos en mantener los pagos se refleja en el
comportamiento de la deuda de países latinoamericanos en los mercados secundarios.
Por ejemplo, el valor de la deuda de Brasil en los mercados secundarios pasó de 28 por
ciento en abril de 1990 a 18 por ciento en agosto de ese año; la deuda de Colombia
durante el mismo período pasó de 66 al 63 por ciento. Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994), pp.
123-135.
[27] A fin de facilitar recursos
para los planes de ajuste estructural, el Fondo Monetario Internacional -FMI-creó en 1986
las Facilidades para Ajuste Estructural -SAF, por sus siglas en inglés.
Dentro de las previsiones que se establecen en las mismas, el FMI ofrece una linea de
crédito flexible para la nación que establecerá el ajuste. Este ajuste incluye
medidas de reforma fiscal para promover el ahorro interno. Dentro de las SAF se
establecen los fondos de las Facilidades Ampliadas para el Ajuste Estructural -ESAF, por
sus siglas en inglés, establecidas en 1988. Mediante las ESAF el FMI puede extender
préstamos a las naciones menos desarrolladas por períodos de hasta 10 años a tasas de
interés subsidiadas, y por tanto menores que las operan en los mercados
financieros. Véase Walther
Ted. The world economy. (New York: John Wiley & Sons,
Inc. 1997).
[28] Los países latinoamericanos han
experimentado una reducción del consumo. Los datos desde 1965 establecen que las
tasas de crecimiento de esta variable en porcentajes fueron: consumo de los
gobiernos: 1965-1980: 6.5; 1980-90: 4.2; consumo privado:
1965-80: 5.9; 1980-93: 1.2. World Bank. World development report
1995. (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1996).
[29] Los descensos en la
inversión constituyen obstáculos que de manera reiterada deben enfrentar las naciones
del área. Las tasas anuales de comportamiento de la inversión en Latinoamérica
fueron: 1965-80: 8.2; 1980-93: -2.0. World Bank. World development
report 1995. (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1996).
[30] Aún en 1995 la inflación
continuaba afectando en cierto grado a la región, ya sea manteniéndose constante y
bajando relativamente en determinados períodos en 18 de 22 países. La mediana de
la tasa de inflación experimentada en la región pasó de 18 por ciento en 1994 a 17 por
ciento en 1995. Comision Economica para America Latina y el Caribe. Latin America: the economic experience
of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago, Chile: CEPAL, 1996).
[32] A fines de los
ochentas y durante los noventas, los países latinoamericanos tenían ya importantes
variaciones en sus estructuras económicas. Más del 40 por ciento de la fuerza
laboral trabajaba en la agricultura en Bolivia, Guatemala, Honduras, Nicaragua y
Paraguay. Por tanto, los programas de desarrollo económico se centraban en la
modernización agrícola en esas naciones, en la reforma agraria, y la dotación de
servicios al sector rural. En economías altamente urbanizadas, tales los casos de
Argentina, Uruguay, Chile, Venezuela y México, las principales políticas estuvieron
relacionadas con la inversión industrial y el empleo. Véase Inter-American Development Bank. Economic
and social progress in Latin America 1993. (New York: IDB, 1994);
World Bank. World development report 1993. (Baltimore: The Johns
Hopkins University , 1995); y United Nations. Human development report 1992.
(New York: United Nations, 1993).
[33] Una discusión relativa al
debate sobre las tasas de cambio flexibles de las monedas y el desarrollo se encuentra en
Dunn, Robert. The
Many Disappointments of the Flexible Exchange Rates, in Essays in
international finance No. 154. (Princenton, New Jersey: International
Finance Section, Princenton University, 1983).
[34] Si los gastos de
gobiernos sobrepasan los montos recolectados en impuestos, el gobierno debe financiar ese
déficit por medio de préstamos, en lo interno o externo, o de impresión de
moneda. Los medios de financiamiento de los déficit fiscales se determina mediante
la fórmula siguiente:
DG = VB + DE +DBM
Donde:
DG
=
Déficit del gobierno
VB
=
Venta de bonos
DE
=
Deuda externa
DBM
=
Incrementos en la base monetaria
Brue, Stanley; y McConnell, Campbell. Macroeconomics:
principles, problems, and policies. (New York: McGraw-Hill Publishers,
1990).
[35] En 1994, Jamaica completó
ocho años de crecimiento estable en el PDB per capita a una tasa promedio anual de 3.6
por ciento. Uruguay, por su parte, tenía en ese entonces su séptimo año de
crecimiento, con un promedio anual de incremento de la producción per capita de 2.4 por
ciento. Ambos países tendieron a declinar su actividad económica, sin embargo, en
1995. Véase Economic
Commission for Latin America and the Caribbean -ECLAC-. Latin America: the
economic experience of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago de Chile, Chile: ECLAC,
1996), pp. 21-43.
[36] Para 1994, ocho
países tenían un PDB per capita que era igual o superior al registrado en 1980. En
1995, el PDB de Argentina disminuyó. Véase para un análisis de series de tiempo
de esta variable, Economic Commission for Latin America and the Caribbean -ECLAC-. Latin America: the economic
experience of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago de Chile, Chile: ECLAC, 1996),
pp 56-68.
[37] En términos generales, los
países con mayor crecimiento tendieron a tener menos cambios drásticos en la inflación
y altas tasas de inversión en relación al PDB. Debido a la incertidumbre y a la
inestabilidad de los precios y la secuencia de efectos que ello causa, la inflación puede
afectar negativamente el patrón de inversión y su eficiencia en general como medio para
el crecimiento económico de un país. Véase Economic Commission for Latin America and
the Caribbean -ECLAC-. Latin America: the economic experience of the last 15
Years -1980-1995-. (Santiago de Chile, Chile: ECLAC,
1996).
[38] En estos casos es
conveniente notar que el monetarismo explica la inflación como resultado de aumentos en
la masa monetaria. La más común explicación para un crecimiento sostenido de la
masa monetaria consiste en el financiamiento de los déficits de gobierno mediante la
creación de dinero. De conformidad con esta visión monetarista, la inflación es
un fenómeno que no aparecería sin un alza en la masa monetaria en un sistema
determinado. Véase Baumol,
William. Macroeconomics: principles and policy. (Orlando,
Florida: Harcourt Brace Jovanovich, Publishers, 1988).
[39] En 1994, la situación
respecto al empleo era mejor que a principios de los ochentas tanto en términos del
empleo urbano como en los salarios reales en solamente en Chile y Colombia. En otras
naciones como Brasil, Costa Rica y México, el desempleo había descendido y los salarios
reales en las actividades formales habían tendido a recuperarse. Bolivia
experimentaba una combinación de caída del empleo y de reducción significativa en
ingresos reales. En Argentina, Ecuador, Nicaragua, Perú y Venezuela, altos niveles
de desempleo tenían relativamente un acompañamiento con bajos ingresos reales, a niveles
similares a los promedios de los ochentas. En Panamá se tenían mayores niveles de
salarios y alto nivel de desempleo. La continuidad de la aplicación del ajuste
económico ha profundizado y extendido los niveles de pobreza. Casos muy
documentados al respecto y que están asociados a convulsiones sociales especialmente en
la segunda parte de los noventas son los de Ecuador, Nicaragua, Argentina, Venezuela,
Brasil y Paraguay. Véase
World Bank. World development report 1995. (Baltimore: The
Johns Hopkins University Press, 1996); Wood, Adam. North-South trade,
employment and inequality. (Oxford: Oxford University Press, 1994); and
World Bank. World tables 1995. (Baltimore: The Johns
Hopkins University Press, 1996).
[40] Durante los noventas, las
reformas en el área de trabajo han sido más limitadas cuando se les compara con las
transformaciones en otras áreas sociales. Las reformas laborales se han centrado en
moderar relativamente los costos de los despidos y en posibilitar mayor flexibilidad en la
contración de trabajadores temporales. Las reglas que se han impuesto han tratado
de asegurar la seguridad laboral, a la vez que se protegería al trabajador del desempleo,
enfermedad y por vejez. No obstante, estas metas no se han cumplido en la mayoría
de los países debido a los despidos masivos en muchos casos y la presencia de costos
adicionales a la mano de obra y a la debilidad de la organización sindical. Este
panorama dentro de las condiciones de crisis y de continuidad de los ajustes
macroeconómicos ha resultado en fortalecimiento de los mecanismos de la economía
marginal o subterránea. Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Latin America: the economic experience of
the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago, Chile: CEPAL, 1996),
pp. 98-103.
[41] Aún cuando la tasa de
ahorros se incrementó por segundo año consecutivo en 1995, sus montos totales se
mantenían bajos. Mientras tanto, el déficit de la cuenta corriente de la región
disminuyó de 3 por ciento del PDB en 1994 a casi 2 por ciento del PDB en 1995. Inter-American Development Bank. Economic
and social progress in Latin America 1996 report. (Washington D.C.:
IDB, 1996).
[42] Los flujos de capital se
mantuvieron fuertes en la región hasta 1995 y de nuevo a partir de 1998, aún cuando a
niveles de países individuales se produjeron ciertas inestabilidades como las derivadas
del "efecto tequila" -crisis debido a la devaluación del peso mexicano de
diciembre de 1994- y de la crisis financiera originada en el sudeste asiático en el
verano de 1997. Los flujos de capital fueron significativamente altos en 1993
especialmente para las economías de Argentina y México. Véase Cardozo, E. and Helwege, A. Latin
Americas economy. (Cambridge, Massachusetts: MIT, 1994).
[43] La liberalización
comercial en América Latina se profundizó desde los ochentas. En una década de
1985 a 1995, el promedio de las tarifas cayó de 44.6 por ciento a 13.1 por ciento y sus
máximas tasas bajaron de 83.7 por ciento a 41 por ciento. Las restricciones no
tarifarias que cubrían el 33.8 por ciento de las importaciones, tenían en 1995 un valor
de 11.4 por ciento. Inter-American
Development Bank. Economic and social progress in Latin America 1996 Report.
(Washington D.C.: IDB, 1996), pp. 34-48.
[44] Los datos demuestran que el
crecimiento del consumo ha sido significativo durante los noventas, aunque la inversión y
las exportaciones aparecen como las fuerzas más dinámicas asociadas a las fuentes de
demanda agregada. Muchos países han aumentado su consumo en los noventas, pero las
exportaciones y las inversiones han mantenido mucho dinamismo en su aumento en términos
del PDB. Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Latin America: the economic experience of
the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago, Chile: CEPAL, 1996).
[45] Al respecto véase Economic Commission
for Latin America and the Caribbean -ECLAC-. Latin America: the economic
experience of the last 15 Years -1980-1995-. (Santiago de Chile, Chile: ECLAC,
1996).
[46] Los efectos directos de la
turbulencia financiera causada por la crisis mexicana de diciembre de 1994 impactaron
mayoritariamente a México y Argentina. Aún cuando algunas otras naciones también
recibieron efectos más laterales. Debido a que Argentina tiene nexos comerciales
muy importantes con Uruguay, la recesión Argentina arrastró también una caída en la
producción total uruguaya en 1995. La evidencia también demuestra que la drástica
devaluación mexicana disminuyó la efectividad de muchas lineas de exportación de Centro
América y del Caribe, en productos de exportación similares o sucedáneos a aquellos de
México. Se crearon con ello efectos negativos para el comercio de esas otras
naciones que comparten también con México, el mercado de Estados Unidos. Comisión
Económica para América Latina y el Caribe. Latin America: the economic
experience of the last 15 Years -1980-1995. (Santiago, Chile: CEPAL,
1996).
[47] Durante 1995 y con la
crisis financiera de 1997-98, se puso a prueba el conjunto de reformas económicas de
América Latina en la medida que el crecimiento económico disminuía y las tasas de
desempleo se empezaban nuevamente a elevar en varias naciones del área. No
obstante, las reformas económicas no mostraron signos de reversibilidad en la gran
mayoría de países, en particular en México, Argentina, y Brasil, países en los cuales
la crisis había afectado con más drasticidad. Véase World Bank. World
development report 1995. (Baltimore: The Johns Hopkins University
Press, 1996); Wood, Adam. North-South trade, employment and inequality.
(Oxford: Oxford University Press, 1994); y World Bank. World tables 1995.
(Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1996).
[48] Véase Gwynne, R. y
Kay, C. Latin America
transformed: globalization and modernity. (London, UK: Arnold Publs.
1999),
especialmente pp. 21-26, y Bulmer-Thomas, V. The new economic model in Latin America and
its impact on income distribution and poverty. (London, UK: Mcmillan Publs.
1996).
[52] La carencia de resultados
como producto de la gestión de las entidades públicas en relación con la vulnerabilidad
económica de los sectores más pobres afecta también a las naciones más
desarrolladas. Una reciente discusión sobre este aspecto se encuentra en
Ramonet, Ignacio: The United States go global in Le Monde diplomatique, May
2000 (dispatch@london.Monde-diplomatique), también en Bernstein A. Backlash: behind the anxiety over
globalization in Business Week, April 24, 2000 (www.businessweek.com), y en Krugman,
P. Brave new economics in Fortune magazine, March 6, 2000 (www.fortune.com).
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