El sector más dinámico en este
patrón de crecimiento fue la industria. La producción manufacturera de América
Latina se incrementó rápidamente durante los sesenta y los setenta. El total
producido medido en precios constantes creció más del 6 por ciento por año durante dos
décadas. Este importante crecimiento llegó a su cúspide en los sesenta y a
principio de los setenta. A pesar del impacto adverso que tuvo en la región el
aumento de los precios del petróleo de 1973, estas respetables tasas de crecimiento
económico se mantuvieron hasta 1980.
Una característica muy importante
de las economías latinoamericanas durante los sesenta, fue el desarrollo de la industria
y la diversificación de las nuevas líneas de exportación. En esta década, el
notable aumento de la producción industrial fue sostenido por el modelo de crecimiento
basado en la sustitución de las importaciones. En la mayor parte de los países,
estos años se caracterizaron por la caída en los coeficientes de importación y por una
reducida capacidad exportadora de productos industriales. En 1965, por
ejemplo, el total de exportaciones de bienes industriales de la región alcanzó un
valor menor de 750 millones de dólares, comparado con un total de exportación de 10.1
mil millones de dólares. En contraste, desde fines de los sesenta, la región
llegó a establecer una rápida expansión de las exportaciones de manufacturas y un
crecimiento paralelo en la importación de bienes industriales.[6]
Las exportaciones de bienes
manufacturados crecieron en la región a una tasa anual de 14 por ciento en estas dos
décadas. Tales exportaciones fueron estimuladas notablemente por la promoción de
políticas públicas para tal efecto. En algunos países, principalmente en México,
Centroamérica y el Caribe se establecieron zonas específicas para producción de bienes
de exportación. Un mercado de muchísima importancia para la región lo ha seguido
siendo Estados Unidos.[7]
Cabe señalar que las iniciativas
de integración en la región que se iniciaron en los 60-70 no demostraron ser una
variable tan importante para la expansión económica como se esperaba. No obstante,
un importante intento de integración regional dio inicio con la formación, en 1960, del
Área de Libre Comercio Latinoamericana (ALIC o LAFTA, esta última por sus siglas en
inglés). El tratado originalmente incluyó a Argentina, Brasil, Chile, México,
Paraguay, Perú y Uruguay. Otras iniciativas de integración económica fueron las
del Mercado Común Centroaméricano (MCCA) con Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua
y Costa Rica (1961); y el Pacto Andino, conformado por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y
Venezuela (1969). El objetivo fue reducir las tarifas dentro de la región a fin de
estimular el comercio y el crecimiento industrial, lo que permitiría reforzar las
economías de escala. Esto era visto como un medio para generar mayor
capacidad competitiva en el comercio internacional.[8]
Sin
embargo, todos estos programas fueron perdiendo fuerza a medida que las concesiones
"fáciles" fueron llegando a su fin, es decir, las concesiones sobre productos
que no eran producidos por dos o más miembros del tratado de integración. Se
demostró que la continuidad en el funcionamiento de estos tratados requería un alto
grado de sofisticación administrativa y de voluntad política, como medios para superar
conflictos de interés y casos de desconfianza entre las partes. Ninguno de esos
elementos se mantuvo de manera constante.
Como resultado de ello, el comercio intrarregional total no
aumentó sostenidamente tanto como se esperaba. No obstante, tanto el Pacto Andino
como el Mercado Común Centroamericano ayudaron a aumentar la producción industrial en
las pequeñas economías de las naciones. Pero en las naciones más grandes, el
cambio de la producción del sector industrial a las exportaciones sólo fue marginalmente
afectado por los esquemas de integración que se llevaron a la práctica. Con base
en ello, y con relación a la región como un todo, el crecimiento de las exportaciones
manufactureras fue determinado esencialmente por las ventas al resto del mundo.[9]
A pesar del rápido crecimiento, los productos manufacturados
se mantuvieron formando parte solamente de una pequeña proporción de la producción
total. Aún cuando los materiales procesados se incluyeran en las manufacturas
exportadas en un sentido amplio, menos de una quinta parte de dicha producción fue
exportada en la mayoría de los países. Más aún, el déficit del comercio
latinoamericano en bienes manufacturados llegó a ser de 56.5 miles de millones de
dólares. Tal cantidad se amplió durante la crisis de la deuda externa.
El cambio más significativo en la estructura de la producción
industrial desde 1960 fue la tendencia de declinación en la proporción de bienes no
durables. Para la región como un todo, esta disminución es resultado del
incremento de la producción de insumos para otras actividades manufactureras. La
proporción de bienes de capital y de bienes durables virtualmente se mantuvo sin cambios
entre 1960 y 1979. Aún en los países más avanzados de la región, como Argentina,
Brasil y México, con la más grande producción de bienes industriales, los bienes de
consumo no durables o perecederos contaron solamente con cerca de una cuarta parte de la
producción industrial, comparada con la mitad que ellos constituían en las economías de
los países más desarrollados en el mundo.
Lo
anterior es un indicador de la naturaleza estrecha del proceso de industrialización que
se implementó. Si la industria de equipos de transporte -una gran proporción de la
cual está conformada por la industria de automóviles- es excluida de las proporciones a
que se hacía referencia en el párrafo anterior, los bienes de capital representan tan
sólo 19 por ciento en Argentina, por citar un ejemplo. Entre los países más
pequeños de la región de los Andes, el peso de los bienes de capital es de menos de 10
por ciento y en Centroamérica, con la excepción de Costa Rica, es menor del 5 por
ciento. Como resultado de esto, la acumulación de capital en América Latina
continuaba siendo muy dependiente de las importaciones de bienes de capital, y la
producción industrial continuaba demandando significativas cantidades de divisas.
No obstante el limitado
crecimiento en el subsector de bienes de capital, durante los últimos veinte años se ha
logrado un impresionante desarrollo industrial en términos de la ampliación de la
capacidad tecnológica. Este aspecto se revela en la mayor proporción de
exportaciones de bienes industriales caracterizados por mayor sofisticación tecnológica,
además de la colocación en la región de mayor inversión foránea en subsectores claves
de este tipo.[10]
Algunas firmas latinoamericanas han llegado a ser más competitivas en el mercado
internacional, no obstante la evidencia de que la brecha tecnológica con los países más
desarrollados ha continuado expandiéndose.
En
Argentina, Brasil, Colombia y México se ha dado el caso de firmas industriales locales
que han utilizado formas productivas agrupadas incluso algunas de ellas se basaron
en tecnologías indígenas- que les han permitido competir exitosamente con
multinacionales y sus subsidiarias domésticas. Aunque el aprendizaje ha ocurrido en las
etapas de la industrialización, solamente en Brasil las empresas han llegado a ser
competitivas a nivel internacional. Con la rápida expansión de su mercado
doméstico, estas firmas han tenido éxito en acercarse a la frontera tecnológica en
industrias como las del acero y la producción de maquinaria. En otros lugares de la
región, sin embargo, la producción en pequeñas escalas ha sido obstáculo para alcanzar
niveles competitivos en la productividad.
Una característica que ha
incrementado tanto la flexibilidad como la vulnerabilidad de manera simultanea, ha sido el
papel central de las multinacionales en el crecimiento industrial. A pesar de que
han contribuido con el desarrollo tecnológico que se ha descrito arriba, ellas también
fueron responsables de debilitar la capacidad empresarial doméstica, incluyendo la
indígena y sus rasgos tecnológicos. En los sesenta, las empresas multinacionales
constituyeron los elementos más dinámicos en el crecimiento de la industria en América
Latina. Las políticas proteccionistas de la era de la sustitución de
importaciones, junto con las políticas liberales hacia la inversión foránea,
establecieron condiciones para que la producción local se siguiera exportando, pero
siempre manteniendo mayor énfasis en la preservación de los mercados latinoamericanos.[11]
Las empresas transnacionales o
multinacionales jugaron un papel muy importante para dinamizar las industrias regionales,
tales como las de químicos, automotrices, productos de hule y de materiales
eléctricos. Su rápida expansión durante este período provocó una relativa
desnacionalización de la industria local. En Argentina, México y Brasil, por
ejemplo, la proporción de multinacionales en la producción de manufacturas se
incrementó de 20 por ciento a principios de los sesentas, a cerca de 30 por ciento para
principios de los setentas. Ellas se mantuvieron actuando dentro del marco de mayor
proteccionismo, lo que caracterizó mucho el escenario económico de la región durante
ese tiempo.[12]
En los setenta, el peso de la
producción industrial multinacional se estabilizó en algunos países y decayó en
otros. En Argentina, por ejemplo, la producción de las multinacionales fue de 30.8
por ciento en 1973 y de 29.4 por ciento en 1983. En Brasil, esa participación cayó
de 34.4 por ciento en 1971 a 22.5 por ciento en 1979. Este declive fue parcialmente
provocado por las políticas restrictivas que la región fue adoptando respecto a la
inversión extranjera en el caso de varios países durante los setentas y, también debido
a cambios que las mismas empresas transnacionales desarrollaron para este tiempo. El
resultado fue el crecimiento de nuevas formas de inversión extranjera que no se basaban
totalmente en la idea de compartir muchas de las acciones con subsidiarias locales.
Se trataba de un resultado no previsto totalmente en el modelo de sustitución de
importaciones.[13]
En Brasil y México la producción
industrial creció por encima del promedio de América Latina. Como resultado de
ello, su peso en la producción industrial regional aumentó de menos del 50 por ciento
para alcanzar más del 60 por ciento de América Latina. Estos dos países han sido
también las economías que consistentemente han atraído más el grueso de la inversión
extranjera con más del 70 por ciento de la misma durante los setenta. Además, han
sido las naciones que más se han endeudado. Los grupos de "maquiladoras"
en la frontera entre México y Estados Unidos han sido un fenómeno particularmente
notorio. Estas empresas centran su acción en el ensamblaje de productos y la
recolocación de los mismos, generalmente, en mercados más desarrollados, aprovechando
zonas libres del pago de impuestos en las naciones en donde ocurren las "líneas de
operación". Se trata de un esfuerzo de reexportación directa.[14]
La experiencia de países del cono
sur, en particular Argentina, Chile y Uruguay ofrece, en cambio, un panorama
contrastante. En 1950 estas naciones eran la más industrializadas en América
Latina, en términos de producción manufacturera per capita. Pero luego
experimentaron tasas más lentas de crecimiento industrial. Tras los golpes
militares de los setenta, estas adoptaron políticas que fomentaron la
desindustrialización por medio, entre otras medidas, del abaratamiento de las
importaciones. Esta tendencia fue muy marcada en Argentina y Chile. Con
inspiración en la crítica neoliberal del modelo de substitución de importaciones, tasas
de cambio en las monedas y altos intereses bancarios en los mercados domésticos,
provocaron cierre de plantas industriales, elevando el desempleo y haciendo que declinara
la producción industrial.[15]
Los países del Pacto Andino,
conscientes del tamaño reducido de sus economías y de lo que esto provocaba en la
industrialización, intentaron desarrollar áreas claves del mercado, mediante la
unificación de políticas y de programas industriales. Con la excepción de
Ecuador, estas naciones habían llegado a tener tasas de crecimiento arriba del promedio
latinoamericano durante los sesenta. Sin embargo, a pesar de los ambiciosos planes,
alcanzaron poco progreso en el desarrollo de programas regionales y sectoriales en
ingeniería, acero, industria petroquímica y automotriz.[16]
Los países del Mercado Común
Centroamericano, en contraste con lo que ocurrió en el Pacto Andino, experimentaron un
rápido crecimiento industrial durante los sesenta, principalmente El Salvador y
Guatemala. Se obtuvo un crecimiento de 8.5 por ciento anual comparado con el 6.7 por
ciento que la región tuvo en la década mencionada. Esta rápida expansión fue
reforzada por el crecimiento de las exportaciones agrícolas, la formación del mercado
común y el incremento del comercio intrarregional. En los setenta, no obstante, el
proceso perdió impulso y la tasa de crecimiento cayó a niveles inferiores a los del
promedio de la región latinoamericana. El descenso se debió en parte a las
interrupciones en el proceso de integración debido a conflictos fronterizos que tuvieron
su máxima expresión con la guerra entre Honduras y El Salvador en 1969, lo que
obstaculizó el comercio entre estas dos naciones por el resto de los setenta.[17]
Mayor
expansión que el fenómeno de las nuevas exportaciones de los bienes manufacturados, tuvo
la diversificación lograda dentro del sector primario de las exportaciones. Esta
tomó lugar con la producción de flores de Colombia, camarones de Ecuador y frutas y
vegetales de Chile, Centro América y de las naciones del Caribe. Este esfuerzo hizo
que se mejoraran los métodos de transporte y de comunicaciones, y que se elevara el nivel
técnico de la producción y del mercadeo. Con ello la región disfrutó de una
acentuada ventaja comparativa sobre todo hacia el mercado de Estados Unidos. Sin
embargo, algunos países mantuvieron patrones de alta dependencia de la exportación de
pocos productos y, por lo tanto, continuaron con la vulnerabilidad en medio de
desfavorables tendencias de los mercados internacionales. Esta condición, en
términos generales, continuó aún durante los ochenta (véase Tabla 2).
II. Década de los 80: ajuste
económico y crisis social
A fines de los setenta, los países latinoamericanos también
llegaron a desarrollar una importante diversificación de sus mercados. En 1975 las
economías de mercados más desarrollados eran el destino del 65 por ciento de las
exportaciones de materia prima de la región, del 80 por ciento de sus minerales y del 72
por ciento de exportaciones de energéticos. Diez años más tarde, los números en
porcentaje eran de 54, 65 y 71 por ciento respectivamente. Entre las naciones
desarrolladas, Japón emergió como uno de los principales nuevos clientes para los
minerales especialmente cobre, hierro y bauxita- de Latinoamérica. El declive
en importancia del peso de los países más desarrollados como mercados concentrados de
destino de las exportaciones de la región contrastó con la ampliación de nuevos
mercados demandantes en la ex-Unión Soviética, Europa del Este y otras naciones en
desarrollo, especialmente en Asia.[18]
En términos de la composición de los productos primarios
objeto de exportación desde 1960, la característica más notoria fue el rápido
crecimiento de la línea de energéticos, lo que se debió básicamente a la
consolidación de México y de Venezuela, y hasta cierto punto de Ecuador, como los
principales exportadores petroleros de América Latina. La proporción de
exportación debida a los energéticos casi se duplicó entre 1970 (26 por ciento) y 1980
(48 por ciento). No obstante, las exportaciones de productos del sector primario por
parte de la región continuaron manteniendo un bajo nivel de valor agregado.[19]
Es necesario subrayar, dentro de las principales
características económicas de América Latina luego de 1980, que la crisis que comenzó
a principios de esa década estableció un período particularmente complejo en las
economías de la región que requirió la aplicación de ajustes macroeconómicos.
La mayoría de los países latinoamericanos se vio forzada a llevar a cabo dichos ajustes
con el propósito de crear mayor estabilidad macroeconómica, lo que a su vez permitiría
una mejor inserción en el mercado internacional y un crecimiento económico
sostenible. Los cambios del ajuste hicieron énfasis en la política económica, en
los compromisos de los gobiernos a mantener la continuidad de los programas de reforma y
al hecho de que muchos de los cambios en varias naciones dependieron al final de la mejora
en las condiciones económicas internacionales.[20]
El factor más visible de la crisis, dentro de las condiciones
domésticas de las naciones, fue la deuda externa. Entre 1978 y 1981, la región
cosechó los beneficios de una mejora en los términos de intercambio del mercado
internacional para sus exportaciones y de una generosa dotación de créditos
internacionales especialmente por parte del sector privado.[21] Estas condiciones posibilitaron que la región
implementara políticas económicas expansivas, las cuales a su vez hicieron que 11
países latinoamericanos mantuvieran tasas de crecimiento económico por arriba de 4 por
ciento (véase Tabla 3). En la mayoría de los casos, empero, estos logros se vieron
acompañados de un excesivo déficit en las balanzas de pagos. Como resultado de
ello, 15 países llegaron a tener un déficit en las cuentas corrientes que sobrepasaban
el 4 por ciento de su PIB y, en 10 de esos casos, el déficit llegó a estar sobre el 5
por ciento del PIB (véase Tabla 4.).[22]
Para 1982 casi todos los países latinoamericanos y caribeños
habían sido afectados por la más profunda y prolongada recesión económica de los
últimos 50 años.[23]
Aunque fuerzas externas fueron determinantes en el agravamiento de la crisis, otros
factores no menos importantes actuaron, como por ejemplo la inconsistencia en el manejo de
políticas económicas, especialmente en cuanto a la adopción de medidas que
favorecieron, sin previsión, altos niveles de endeudamiento externo; la desorbitada
expansión del gasto doméstico en varios casos, y las políticas de estabilización de
precios basadas en el manejo casi único de las tasas de cambio. A esos
aspectos deben agregarse los correspondientes a los métodos de liberalización
financiera, los cuales mantuvieron las tasas de interés muy altas durante prolongados
períodos de tiempo, afectando de esta manera la formación de capital de inversión
directa en los países.[24]
La interrupción de los flujos externos de capital luego de que
México anunciara su moratoria unilateral en el pago de los servicios de la deuda en
agosto de 1982, fue acompañada de una elevación en las tasas de interés en los mercados
internacionales y de un deterioro en los términos de intercambio del mercado
mundial. Esto forzó a la región en general a realizar los procesos de ajuste
económico, los que estuvieron dirigidos, entre otras finalidades, a generar resultados
positivos en las balanzas comerciales para cubrir la brecha que se originaba en términos
financieros debido a los acontecimientos mencionados.[25] Entre 1982 y 1984 el PIB de la región se estancó, la
inversión fija se redujo en cerca de 5 por ciento de la producción anual latinoamericana
y el déficit regional en la cuenta corriente pasó de 3.7 por ciento del PIB en
1978-1981, a 2.1 por ciento. Se trataba del inicio de la crisis económica de los
ochenta.[26]
Para enfrentar este escenario -cuyos problemas económicos se
agravaban debido al problema de la deuda externa- las naciones latinoamericanas llevaron a
cabo los procesos de ajuste.[27]
Los mismos se iniciaron en 1982 y duraron, en una primera fase, hasta 1990. Entre
sus repercusiones se registró una importante reducción en el PIB per capita y el consumo
interno.[28] El coeficiente de inversión en la
región cayó de manera constante, alcanzando sus mínimos niveles en 1987. A partir
de este año este indicador ha experimentado una lenta recuperación, hasta alcanzar un 22
por ciento del PIB para 1989. No obstante, este último nivel ha mejorado,
encontrándose por debajo de las cifras que se tenían a principios de los ochentas.[29]
La naturaleza extraordinaria de los problemas regionales de los
ochenta se reflejó de manera simultanea y sostenida en un descenso de los indicadores
económicos y sociales de América Latina. Se tuvo un decaimiento significativo en
términos de producción, es decir, un severo descenso en las tasas de crecimiento.
La situación del empleo se vio afectada significativamente y los salarios reales
declinaron en la medida que la inflación aumentaba y los problemas de la economía
internacional se profundizaban.[30]
Entre otros factores, debido a los procesos de devaluación de
las monedas, las naciones latinoamericanas experimentaron significativos altos niveles de
inflación. Esta situación fue influenciada por el alto grado de dependencia que la
región mantiene respecto a los bienes de capital y a los insumos productivos provenientes
del exterior. Todo ello con el fin de poder ejecutar en los mercados domésticos los
procesos productivos. En algunos casos el seguimiento de relajadas políticas
monetarias también contribuyó a fomentar los niveles inflacionarios.[31]
En términos de empleo resultó evidente que,
luego de la Segunda Guerra Mundial, latinoamérica alcanzó aceptables niveles de
crecimiento que se tradujeron en crecimiento ocupacional, con tasas de aumento que
llegaron incluso a cifras del 2.5 por ciento anual. La rápida urbanización
influyó para que el empleo en el sector agrícola pasara de 55 por ciento en 1950 a 32
por ciento en 1980. El número de empleos creados por el sector formal urbano
creció a una tasa anual de 4 por ciento, pero este crecimiento no fue suficiente para
absorber los aumentos anuales de la población económicamente activa que buscaba
integrarse a los mercados de trabajo. La tasa de sub utilización de recursos
humanos - desempleo abierto más subempleo y ocupaciones temporales en el sector informal
- se mantuvo en aproximadamente el 30 por ciento en los mejores casos.
La crisis y los procesos de ajuste de los ochenta rompieron con
el frágil balance que se tenía en el empleo, el cual había sido producto del
crecimiento de las décadas anteriores. Los salarios reales se hundieron, se dieron
alzas importantes en el desempleo y subempleo, se elevó la concentración de actividades
agrupadas en subáreas ocupacionales de baja productividad. De manera generalizada
en la región, la fuerza de trabajo urbana en sectores de subempleo se expandió a razón
de 5 por ciento anual.[32]
En contraste, la creación del empleo en el sector formal alcanzó tasas que eran de
alrededor de 2.5 por ciento anual. Estos aumentos ocurrieron por lo general en
pequeñas empresas y en áreas específicas de los sectores públicos.
Durante los ochenta el nivel del gasto público en la mayoría
de los países descendió fuertemente en términos reales como consecuencia de los
procesos de ajuste, todo ello en un marco caracterizado por la preocupación por las
cargas fiscales. Algunas naciones -Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela-
hicieron más bien reducciones progresivas en sus gastos públicos. Mientras tanto,
en otros países - como Costa Rica, Guatemala, México y Uruguay- los niveles de ingreso
tendieron en cierto momento a recuperar sus niveles iniciales luego de la fase inicial de
los procesos de ajuste. En Chile, el gasto del gobierno aumentó y luego descendió,
pero para 1989 tenía casi los mismos niveles que había registrado a principios de los
setenta. En Brasil, Colombia y Paraguay el gasto público había aumentado.
El peso de las cargas financieras debidas a la deuda externa
aumentaron al principio de la década afectadas tanto por la elevación de las tasas de
cambio monetario (depreciaciones y devaluaciones), como por el alza los intereses
bancarios en el sistema financiero internacional.[33] Rápidamente, el costo de la deuda pública ascendió
dramáticamente debido a la mencionada elevación de los intereses en los mercados
bancarios del exterior.
La mayor parte de los ajustes macroeconómicos fue realizada a
principios de los años ochentas, cuando las condiciones para la crisis se manifestaron
con mayor intensidad. Estos ajustes permitieron reducir el déficit fiscal en 6 y 5
por ciento del PIB en la mayor parte de los países de la región. Con pocas
excepciones, no se produjeron todos los beneficios que se esperaban debido, básicamente,
a la persistencia de condiciones adversas en la economía internacional.[34]
De manera general, los procesos de ajuste de la
década de los ochenta buscaron la elevación de los ingresos del Estado de muchas
maneras. Particularmente fueron notorios los casos en los cuales estos ingresos se
generaron como producto de ahorro y privatización en Argentina, Colombia, Costa Rica y
Chile; en impuestos indirectos en el petróleo en Ecuador; en contribuciones de la
seguridad social en Argentina y Uruguay; así como en aumentos de ciertas cargas fiscales
en los casos de Colombia y Uruguay.
Como consecuencia de los ajustes
macroeconómicos, la capacidad de los gobiernos disminuyó sensiblemente, pero durante los
noventa se dieron indicios de que esta tendencia, en algunos casos, podía ser
revertida. Era claro que los mayores ingresos de los gobiernos servían para uno de
los objetivos centrales de los procesos de ajuste: el pago de los servicios de la
deuda externa. Sin embargo ya para los noventas se registran algunos cambios, aunque
escasos. El gasto público alcanzó en 1994 cifras históricamente altas en
países como Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana,
Paraguay, Uruguay y Venezuela. En 1993 Honduras había mostrado una elevación de
los gastos de sus instituciones públicas. Sin embargo, en Brasil los gastos totales
establecidos durante los setenta alcanzaron una cota alta en 1987 y desde entonces han
declinado, con excepción de 1992. En la mayoría de los países restantes, los
gastos públicos se han recuperado en los años más recientes, pero aún con ello y en
promedio, el nivel de los mismos era en 1994 y 1995 menor que el nivel alcanzado a
principios de los ochenta.
III. Década de los 90: crecimiento
económico y continuidad del ajuste estructural
En cierto contraste con lo ocurrido en los
ochenta, el proceso de ajuste de los años noventa involucró a un número menor de
países, fue menos intenso, y se benefició de cargas impositivas más generalizadas, las
que a su vez fueron posible establecer como producto de la reactivación económica de la
última década del siglo XX. Además es importante mencionar que la superación
relativa de los déficit fiscales de los gobiernos se logró por reducciones adicionales
en los gastos públicos, los cuales ya habían sido significativamente disminuidos durante
los ochenta.
La región latinoamericana en su conjunto
mostró condiciones económicas durante los noventa que, hasta cierto punto, contrastaron
con las que se hicieron presente en los ochenta. La producción total de la región
se incrementó 3.6 por ciento en la primera parte de la década y la demanda doméstica
creció en 4.4 por ciento, en tanto que la inversión ascendió a más de 8 por ciento y
las exportaciones tendieron a incrementarse de manera permanente, todo ello a pesar de que
las importaciones se comportaron con menores tasas de crecimiento. En el curso de
los procesos de ajuste de los ochenta y durante la recuperación macroeconómica que han
seguido en los noventa, existen diferencias entre países. Estas se fundamentan,
entre otras causas, en la situación inicial y desarrollada que las diferentes naciones
tenían sobre la deuda, sus desbalances en el comercio, los cambios en los términos de
intercambio del comercio exterior, los montos financieros que recibieron durante el
ajuste, así como el tamaño del sector público y sus déficit.
Ya para 1995, los países en los cuales el crecimiento de la
producción tenía una más prolongada expansión eran Colombia (12 años) y
Guatemala (9 años) consecutivos.[35]
El promedio del aumento anual en términos de producción por persona durante este ciclo
ha sido alto en Chile (4.5 por ciento), hasta cierto punto en Colombia (2.6 por ciento), y
menos en Guatemala (0.9 por ciento).
Respecto a la producción per capita en el período 1980-95,
los países latinoamericanos mostraron diferencias entre ellos. En 1995 este
indicador fue superior a los niveles de 1980 en nueve países (Colombia, Chile, Costa
Rica, Panamá, Argentina, Perú, Bolivia, El Salvador y Venezuela). Estas naciones
se mantuvieron relativamente cerca de alcanzar sus propias fronteras de producción dada
la tecnología y el acceso a los recursos productivos imperante.[36] En contraste, la producción per capita cayó
significativamente desde 1981 en Haití y desde 1984 en Nicaragua. Esta tendencia
esperanzadora pareció haberse interrumpido en 1995, pero para fines de la década los
problemas del petróleo son nuevamente un impedimento importante.
Las condiciones económicas regionales han influenciado
significativamente las inversiones. De 1991 a 1995, solamente Chile, Costa Rica y El
Salvador tenían coeficientes de inversión fija que se aproximaban a los valores que este
indicador había tenido en el período 1978-81. Por otra parte, las inversiones en
Brasil, Ecuador y Venezuela tenían niveles menores que los observados antes de la
crisis. Al respecto, un cambio positivo en los niveles de inversión se ha observado
durante los noventa. Este ha sido producto y es también factor de la
estabilización relativa que se ha logrado, lo que resulta alentador porque, como se sabe,
los niveles de inversión son una de las variables más importantes para asegurar la
continuidad de un proceso de estabilización en el largo plazo. Esta estabilidad fue
puesta a prueba no sólo con el impacto del "efecto tequila", producto de la
devaluación del peso mexicano de diciembre de 1994, sino también en la contención que
la región hizo de la crisis financiera originada en el sudeste asiático en el verano de
1997.[37]
Respecto a la inflación, luego de experimentar valores muy
altos después de la crisis de 1982, muchos países lograron controlar la galopante alza
de precios en los productos a finales de los ochenta y en la década de los noventa.
Para mediados de esta última década, no obstante, Venezuela y Brasil aún tenían
problemas para controlar su inflación, la cual volvió a tener un rebrote importante en
Ecuador a partir de 1996. En esta última nación se adoptó el 9 de septiembre de
2000 el dólar como moneda de circulación nacional en substitución del sucre, como
medida extrema para alcanzar la estabilidad económica.[38]
Los aspectos macroeconómicos repercutieron en el ámbito
social en cuanto a inequidad, desempleo y pobreza.[39] El grado de inequidad en términos de los mercados
laborales ha tendido a disminuir con la recuperación económica en solo dos países -
Colombia y Uruguay - y esto ha sido una condición solamente en la primera parte de la
década. Las circunstancias han vuelto a empeorar en el año 2000.
Especialmente grave para la región es la iniciativa del Plan Colombia, con su componente
armamentista y de seguridad, con la inestabilidad económica que puede traer no sólo para
Colombia sino también para los países vecinos.[40]
Respecto a las condiciones de pobreza, las tendencias varían
aún cuando la tendencia general es a un alza generalizada de los niveles que se tenían
en los sesenta y los setenta, incremento que de momento parece estabilizarse en algunos
casos. Varias economías no han demostrado aún que su crecimiento puede aliviar en
valores significativos este problema, dentro de las condiciones de concentración de
acceso a los recursos productivos que prevalecen en el área. Algunos países en
donde las proporciones de la pobreza se han tendido a estabilizar son Chile, México
(hasta antes de las crisis de 1994) y Uruguay. De ellos, sólo Chile y Uruguay han
demostrado que para 1999 mantenían niveles de pobreza relativamente menores que los
existentes en las condiciones pre-crisis. Las causas para una mejora respecto a los
niveles de pobreza no sólo son las de aumentos en la producción, sino también las de
mejora en los mecanismos de distribución de la riqueza, de empleo y de aumentos en las
tasas de ahorros internos de los países. [41]
Durante los noventa los países latinoamericanos comenzaron
nuevamente a recibir flujos financieros externos. Entre 1993 y 1997 estos recursos
fueron factores decisivos para que la región cubriera al menos parcialmente los déficit
en la balanza comercial y de cuenta corriente. Todo ello aún considerando que esos
déficit se presentaban muy marcadamente en 1992. En ese año, el déficit comercial
¡se registró debido a que las importaciones duplicaron el valor de las exportaciones, y
el déficit de la cuenta corriente llegó a ser de 5 por ciento en nueve países:
Bolivia, Costa Rica, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay y
Perú. En algunos casos, posteriormente, el ingreso de capitales tendería a
compensar estos números.[42]
Dentro de este escenario macroeconómico fue evidente que las
políticas de promoción de exportaciones estaban impactando ya las condiciones de la
región. Entre 1970 y 1990, el volumen de exportaciones de América Latina y el
Caribe se expandió sostenidamente a una tasa promedio de 6 por ciento. Este aumento
fue mayor que el observado en la producción total regional durante los setenta, y
obviamente mayor que en los años críticos de los ochenta. En términos del poder
paritario de compra, sin embargo, los beneficios del mayor esfuerzo exportador se vieron
limitados por la disminución en los términos de intercambio del mercado
internacional. El comercio mundial tendió a acelerarse desde mediados de los
ochenta dándole con ello impulso a las exportaciones regionales. En varios casos
este mayor dinamismo del comercio internacional se hizo evidente con mayor significado
durante los noventa, especialmente en los casos de Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa
Rica, Perú y Venezuela. En estas naciones afectaban las políticas de
liberalización comercial que se habían implementado.[43]
En muchos casos la tendencia a la baja en los
precios de las exportaciones mayoritarias de la región constituyó un freno importante a
los beneficios de reactivación económica y de generación de empleo a los niveles que se
esperaban de los planes de ajuste. De 1990 a 1998, solamente los precios de bananos
y de zinc tenían mayor valor que los registrados en 1980 tomando en cuenta valores
monetarios constantes. No obstante, en el caso del banano la situación ha sido
particularmente inestable e influida en gran parte por las limitaciones unilaterales que
la Unión Europea ha impuesto a la importación de esta fruta latinoamericana desde
1992. Solamente algunos productos, tales como cobre y hierro, vieron declinar sus
precios con menor dramatismo relativo, con un promedio de 13 de declive entre 1980 y 1997.
Otros productos mostraron pérdidas más serias en sus precios
internacionales, llegando algunos de ellos incluso a 40 por ciento. Debe señalarse
aquí que 16 de las 18 exportaciones más importantes de la región han experimentado un
decaimiento sostenido en sus precios internacionales. Esto ha forzado a que la
producción regional en esos bienes haya tenido que aumentar su capacidad exportadora con
tal de que los balances de comercio no profundizaran en sus cifras negativas. Cuando
se hace un cálculo ponderado de las pérdidas de precio en los mercados internacionales,
en función de los volúmenes de venta de las principales exportaciones regionales
-azúcar sin procesar, bananos, cacao, café, carne, pescado, maíz, soya, trigo,
algodón, lana, cobre, hierro, estaño, plomo, zinc y petróleo crudo- dicha pérdida en
los precios es de casi 36 por ciento. La comparación es entre precios de 1980 con
los precios promedio de la primera parte de la década de los noventa.[44] En la segunda parte de la última década
del siglo XX, la tendencia a la baja en los precios internacionales continúa, con la
excepción del petróleo que en 1998 llegó a niveles casi de 10 dólares por barril de
crudo, y para septiembre de 2000 alcanzaba casi los 33 dólares por barril de petróleo
sin procesar.
Este adverso desarrollo ha afectado no solamente a los
productos primarios, sino también a los bienes industriales. De acuerdo a análisis
de tendencias en los índices de precios reales para una amplia gama de productos, aún
los precios de 1992 fueron reportados como los más bajos en los últimos 50 años.[45]
Otro importante factor en términos del comercio internacional
que mostraron los países latinoamericanos durante los noventa fue un uso más intenso de
los recursos naturales en un marco en donde las exportaciones han aumentado. La tasa
de exportación se elevó de 11 por ciento del total del PIB en 1980, a 16 por ciento en
1990 y 19 por ciento en 1998. En general, y no obstante su intensificación en la
producción, la participación de los productos primarios en las exportaciones ha mostrado
ser de una menor proporción con respecto a los bienes industriales o manufacturados, cuya
participación se ha incrementado. La evidencia es que estos bienes industriales se
han basado con mucho en la transformación de materias primas del sector primario. A
pesar de este esfuerzo en el comercio internacional, es de señalar que la posición de
latinoamérica a nivel regional se mantiene aún rezagada con respecto a los países
asiáticos, especialmente de las naciones de reciente industrialización de esa región
(NRI). Mientras que Latinoamérica y el Caribe han hecho esfuerzos por cambiar a
exportaciones de bienes industriales con una mayor demanda en países desarrollados, en
las importaciones de las naciones de la OECD los avances en este sentido han sido
limitados. Además de las condiciones negativas de la crisis de 1997-98, la región
había tenido que soportar con inmediata anterioridad el embate de la crisis mexicana de
diciembre de 1994.[46]
Las excepciones más estables dentro de este cuadro han sido
-en términos de costos y utilidades empresariales- los casos de la industria automotriz
mexicana y la producción de las zonas de maquila en ese país y en otras naciones, como
el caso de República Dominicana y Guatemala. En estos casos, las corporaciones
transnacionales han jugado un papel decisivo. La evidencia sugiere que los países
latinoamericanos y los del sudeste asiático han orientado su esfuerzo exportador por
sendas diferentes, teniendo como factor esencial su diferente acceso a los mercados de la
OECD.
Latinoamérica mantiene aún el desafío de aumentar sus
exportaciones en las áreas de tecnología, las cuales constituyen los sectores más
dinámicos de los megamercados, a la vez que continúa con los esfuerzos en materia de
ajuste económico.[47]
IV. Conclusiones: escenario actual e
interpretaciones sobre el desarrollo
1. Escenario actual:
A)
Los países que relativamente han cambiado su estructura de exportación han sido
Ecuador (petróleo), México (petróleo e industria), Brasil y Haití (industria). Este
último ha desarrollado una industria manufacturera liviana especialmente en la línea de
ensamblaje y maquiladoras;
B)
Las condiciones de mayor estabilidad durante los sesenta, en términos de las
condiciones internacionales, estuvieron asociadas al patrón monetario dólar-oro. Durante
ese tiempo la región experimentó un sostenido crecimiento económico;
C)
Aún cuando las naciones latinoamericanas tuvieron que enfrentar alguna inflación
durante los sesenta, los valores de la misma en esa época fueron significativamente
menores que los niveles registrados en los ochenta;
D)
Desde 1974 y debido principalmente al efecto del alza de precios del petróleo, y a
los regímenes más liberales de la región en cuanto al manejo de las políticas
cambiarias, los países enfrentaron mayores problemas para mantener estables sus
coeficientes de crecimiento económico;
E)
A fin de evitar los procesos de ajuste económico en los países sin capacidad de
exportación de petróleo en la región, varias naciones se embarcaron en la generación
del problema de la deuda externa, algo que llegaría a hacer crisis durante los
ochenta. Por lo tanto, la década de los setenta tuvo un crecimiento económico
producto de la incorporación de recursos de acreedores debido a la alta liquidez del
sistema financiero internacional;
F)
Durante los ochenta, las medidas de ajuste económico fueron inevitables.
Estas medidas vigorizaron el papel de las exportaciones como eje de la recuperación
económica que se buscaba, más que la aplicación tradicional de las políticas fiscales
y monetarias;
G)
El factor más evidente para la crisis, dentro de las condiciones domésticas de la
región, fue la necesidad del pago de la deuda externa. Entre 1978 y 1981,
latinoamérica cosechó los beneficios de mejores términos de intercambio en el mercado
internacional y de un notable y fácil acceso a recursos financieros en el sistema
financiero mundial, especialmente de la banca privada;
H)
Durante los ochenta, las devaluaciones de monedas que tuvieron lugar en la región
fueron unas de las principales causas para que se establecieran los procesos de
"importación de inflaciones" en las economías. Esta situación se basa
fundamentalmente en la dependencia que la región tiene respecto a importación de insumos
de otros países;
I)
Los problemas con la inflación fueron particularmente importantes en los casos de
Perú, Bolivia, Costa Rica, Argentina y Brasil;
J)
Los procesos de ajuste económico hicieron posible reducir los déficit fiscales en
5 ó 6 puntos del PIB en la mayor parte de los países de la región. Con unas pocas
excepciones, esta situación, sin embargo, no produjo totalmente los beneficios que se
esperaban fundamentalmente cuando se mantuvieron condiciones adversas en la esfera de la
economía internacional;
K)
Una comparación entre las condiciones existentes entre la segunda parte de los
años ochenta y los noventa revela importantes cambios en el ambiente macroeconómico,
tales como un moderado aumento de la actividad económica, menor nivel de déficit fiscal
en los gobiernos, una menor expansión de las masas monetarias, así como recuperaciones
en los niveles de inversión y relativo descenso en los niveles de desempleo;
L)
Más aún, las tasas reales de cambio en las monedas se elevaron menos
dramáticamente que como lo hicieron durante los procesos de ajuste en los ochenta. Esto
fue favorecido por nuevos flujos de recursos financieros que llegaron a la región.
En muchos países que basaron sus políticas de estabilización en el uso de recursos
externos, se llegó a registrar ciertas apreciaciones en las monedas, algo que ocurrió en
algunos casos a mediados de los ochenta, como por ejemplo en Costa Rica y Honduras;
A continuación se señalan, sucintamente, las principales
consideraciones interpretativas sobre el desarrollo económico y social en América Latina
producto de las condiciones y resultados de los últimos cuarenta años:
A)
Existe en la región un alto nivel de concentración de poder económico y un
sistema social de la región basado fundamentalmente en la exclusión. Aún durante
la década de los sesenta, cuando la estabilidad y el crecimiento fueron más evidentes,
los patrones de alta concentración de la riqueza y exclusión de beneficios operaron en
el área.[50] El sistema económico general de América
Latina ha demostrado que, a fin de funcionar, concentra beneficios y excluye de
oportunidades a los sectores mayoritarios de la sociedad, lo que profundiza su condición
de pobreza, de marginalidad y de vulnerabilidad.[51] Estas condiciones debilitan las instituciones de los
sistemas democráticos y disminuyen la efectividad de la consecución de estados de
derecho basados en legitimidad concreta, más allá de la legalidad de los sistemas
jurídicos en que se amparan los gobiernos;[52]
B)
América Latina mantiene ante sí el permanente desafío de enfrentar el desempleo
y el subempleo. Muchos de los más severos problemas sociales tienen su raíz en
esos componentes. El subempleo está caracterizado por la carencia que tienen las
personas o grupos sociales de una actividad remunerada permanente. Este fenómeno se
manifestaba en la región aún antes de la crisis de los años ochenta. La
aplicación de los programas de ajuste estructural, a la vez que mejoraron en cierta forma
las cifras macroeconómicas, han tendido a agravar los problemas ocupacionales. Se
estima que para fines de 1999 el desempleo en la región llegaba como mínimo al 13 por
ciento, mientras el subempleo ascendía a 26 por ciento de la población económicamente
activa;[53]
C)
Las políticas de ajuste económico implementadas en la región han tenido
limitaciones estructurales en términos de la naturaleza de las exportaciones. Los
procesos de ajuste macroeconómico favorecieron el estímulo a las exportaciones como
medios para activar la economía, más allá de la aplicación tradicional de solamente
políticas monetarias y fiscales.[54]
No obstante, una de las más significativas limitaciones fue la naturaleza de las
exportaciones del área. Las mismas continúan basándose en los mismos productos,
con poco valor agregado, y con casi inalteradas estructuras productivas en los países de
la región. Esto es particularmente claro en el caso de las economías pequeñas con
exportaciones basadas en productos primarios con poco procesamiento, tales los casos de
América Central, Bolivia y Paraguay;[55]
D)
América Latina como región está enfrentando, más que un fenómeno de
globalización basada en la integración, un proceso de marginalización de los sistemas
económicos internacionales. En 1960 la región participaba con un 8 por ciento del
comercio internacional. Esa participación era de 4 por ciento en 1995.[56] Esto refleja un proceso de
globalización segregativo en la esfera económica mundial. Los sectores sociales
que no logran integrarse en la nueva dinámica económica, dentro de las naciones, y los
países que no logran una mejor inserción en lo internacional, son sujetos de
marginalización. Las condiciones de pobreza tanto extrema como no extrema ilustran
dramáticamente esta condición en América Latina;
E)
La necesidad de estabilización implica también una mejora en las condiciones
sociales y económicas de muchos sectores. Esa mejora es vital para la credibilidad
y la representatividad de las instituciones sociales. Los grupos sociales que están
llamados a apoyar políticamente los regímenes requieren de mejoras en las oportunidades
para elevar su calidad de vida. Si esas condiciones están ausentes, los gobiernos
pueden mantener la legalidad formal de los sistemas, pero pierden el apoyo social en la
aplicación de muchas medidas políticas. En América Latina ha tenido lugar en los
últimos veinte años una seria y rica producción teórica acerca de lo autoritario de
los regímenes "democráticos", los que fueron requeridos para ejecutar las
políticas de ajuste económico. Debido a la carencia de oportunidades de mejora
para los sectores mayoritarios de Latinoamérica, se ha establecido una atmósfera de
inestabilidad y de inquietud social en muchas naciones del área.[57]
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