El
extraordinario crecimiento de los flujos de capital extranjero, en particular de la Inversión
Extranjera Directa (IED) es quizás la manifestación más palpable del proceso de globalización
mundial, particularmente por su significativo crecimiento en la década de los noventa. En
1998 los flujos de las inversiones directas en el mundo establecieron un récord
histórico de más de 650.000 millones de dólares, casi 40% más que en 1997, de los
cuales los países desarrollados captaron más del 70% modificándose la tendencia de los
últimos años anteriores, que favorecía en mayor medida a los países en desarrollo.
No obstante, el
impacto de la reciente crisis financiera internacional sobre los flujos de capital, la
inversión extranjera directa hacia la región mostró un sostenido dinamismo, con un
aumento de casi el 11%, al pasar de 69 mil millones en 1997 a más de 76 mil millones en
1998 y un estimado de casi 86 mil millones en 1999, superando a los países de Asia en la
distribución entre las regiones en desarrollo y muy distante del resto de las regiones en
desarrollo.
Para la región, los
flujos de inversión directa han presentado algunas características dignas de subrayar:
por un lado, el extraordinario aumento en el último decenio, en que dichos flujos se
multiplicaron cerca de 8 veces entre 1990 y 1998. Por el otro, su concentración en cinco
países de mayor tamaño económico relativo de la región, que absorbieron el 84 por
ciento del total en 1998. En dicho año, Brasil registró la mayor afluencia, con cerca
del 42 por ciento, seguido por México con un 13 por ciento, mientras que la
participación de Argentina era de 8%, la de Chile un 6% y la de Venezuela un 5,8%, para
completar el referido 84%. Asimismo, en término de modalidades, alrededor del 60%
correspondió a la creación de nuevos activos y el restante 40% a la compra de activos
existentes.
Los datos de la CEPAL
indican que en los dos últimos años las fusiones y adquisiciones se incrementaron, en
tanto el valor de las privatizaciones bajó considerablemente. Finalmente, mientras en
Argentina, Brasil y Chile, predominaron las fusiones y adquisiciones, en México se ha
destacado la actividad relacionada con la creación de nuevos activos.
Por lo que respecta a
la procedencia de la inversión, la casi totalidad proviene de Estados Unidos y Europa.
Una buena parte de la inversión de los dos últimos años (más de la mitad) ha provenido
de España, que ha concentrado sus inversiones en actividades financieras, petróleo,
telecomunicaciones, transporte aéreo, energía y muy poco en empresas manufactureras,
seguida por Estados Unidos, Alemania, Francia y los Países Bajos.
No cabe duda que
este significativo aumento en el flujo de la Inversión Extranjera Directa es en buena
parte el resultado de los importantes cambios operados en las políticas nacionales, tales
como los procesos de democratización que han conducido a una disminución del riesgo
político. En el área económica la estabilización macroeconómica, la apertura
comercial y financiera, una tasa de rentabilidad superior a la de otras
regiones en desarrollo y amplios procesos de privatización han sido las causas del
mencionado aumento. Por otra parte, cabe destacar la consolidación y profundización de
la integración regional, factor éste que garantiza mayores economías de
escala y más amplios mercados a los agentes económicos. Todos estos factores
determinantes de una mayor atracción de las inversiones extranjeras se han visto
consolidados mediante la suscripción masiva de Tratados Bilaterales de Inversión (TBI)
y de compromisos sobre inversión en los nuevos acuerdos de integración y de
establecimiento de zonas de libre comercio.
Como es notorio, en el
transcurso de la década de los noventa han ocurrido importantes modificaciones en las
políticas de tratamiento a la inversión extranjera en América Latina y el Caribe, las
cuales han dejado de ser restrictivas para convertirse en políticas francamente
aperturistas, factor éste que explica en buena medida el crecimiento explosivo que
experimenta la inversión extranjera en la región.
Sin embargo, pareciera
conveniente que las políticas aplicadas actualmente por los países de la región con
relación a la inversión extranjera, destinadas a mejorar el clima general para la
inversión extranjera, garantizar una mayor protección al inversionista extranjero e
impulsar una importante convergencia de normas y disciplinas, debieran ser complementadas
con políticas de fomento industrial y tecnológico de los gobiernos de la región,
incluyendo mecanismos como los llamados requisitos de desempeño que contienen
ciertas exigencias para el inversionista extranjero así como incentivos para
atraer, dirigir o influenciar la inversión con el fin de obtener determinados objetivos
de desarrollo económico y social.
En realidad, estamos
ante una contradicción de difícil solución: por una parte, nuestros países tienen una
imperiosa necesidad de atraer inversiones, en función de lo cual han mejorado y
perfeccionado sus políticas de protección y promoción, bajo diversos mecanismos
jurídicos, pero, por otra parte, se necesita canalizar esos flujos hacia objetivos
nacionales de desarrollo, para lo cual se requieren no solamente políticas
específicamente dirigidas a tales fines, sino también normativas de aplicación
multilateral que no restrinjan ni entorpezcan la consecución de tales objetivos, como son
las que pudieran derivarse de la negociación de un marco multilateral de tratamiento a la
inversión, sea en la OMC o en cualquier otro foro, que no contemple la dimensión del
desarrollo.
En estos años,
tampoco se ha podido determinar una correlación positiva y unívoca entre inversión
extranjera directa y crecimiento económico y, empíricamente, no parece existir mucha
coincidencia entre ambas variables. Frente a la interrogante sobre las razones por las
cuales el espectacular crecimiento de los flujos de inversión extranjera a la región en
los años recientes no ha tenido un impacto correlativo en el desempeño económico y en
los indicadores sociales, el diagnóstico de la CEPAL y de la UNCTAD concluye en tres
causas fundamentales: primero, que una buena parte de los ingresos generados por esa
inversión fue el resultado de transferencias de activos existentes que no condujeron a la
formación de nuevas unidades productivas, contribuyendo muy poco a la formación de
capital fijo; segundo, los ingresos por concepto de privatizaciones fueron
utilizados mayormente en financiar el déficit de balanza de pagos o fiscales, por los
gobiernos de la región y, tercero, la contribución de la inversión extranjera al
desarrollo industrial integral ha sido exigua, como en el caso de la dirigida al
ensamblaje de manufacturas con partes y componentes importados.
Por lo tanto,
las negociaciones sobre comercio e inversión, tanto en el plano bilateral como en el
hemisférico del ALCA y el multilateral de la OMC, plantean el problema de la calidad
de la inversión, debate éste que debería conducir a acuerdos de inversión
suficientemente flexibles como para que los países receptores de inversión directa
puedan materializar sus propios objetivos de crecimiento y desarrollo, al tiempo
que protegen la inversión directa. El cómo lograr una combinación efectiva de las
medidas de protección y liberalización en materia de inversiones directas, con las
políticas públicas de fomento y desarrollo económico, es uno de los importantes retos
que tenemos por delante.
Este foro está
dedicado al análisis de la evolución, características y tendencias de la inversión
extranjera directa en los países de la región. En ese sentido, es de una especial
importancia conocer qué tipo de vinculaciones se deben establecer entre la inversión
directa y el resto de la economía. ¿Cómo lograr que las inversiones no caigan en el
vacío, ni recreen nuevos enclaves? ¿Cómo hacer para que esas inversiones actúen como
impulsoras de un crecimiento que se debe propagar al resto de la economía y la sociedad?
¿Cómo saber donde se han establecido? ¿Cómo medir estos impactos más generales?
También interesa extraer conclusiones relativas a su efecto sobre el empleo, la balanza
comercial y de pagos, su potencial exportador, las formas de su financiamiento. Todo ello
contribuirá a tener ideas más claras para establecer políticas que expandan los
aspectos positivos y limiten los efectos negativos de la inversión extranjera.
Por último, en esta
fase de transición hacia sociedades del conocimiento, interesa, por una parte, apreciar
el aporte tecnológico que pueden efectuar las inversiones extranjeras directas, en forma
de investigaciones básicas y aplicadas y, por otra parte, en qué medida facilitan el
acceso y expansión de la «nueva economía», sustentada en las tecnologías de
información y de comunicación. Como es sabido, si en estas nuevas actividades la
tecnología que se utiliza es elaborada con exclusividad en los países centrales, se
agigantará el abismo que media entre el mundo en desarrollo y el desarrollado.
En esta perspectiva,
el Consejo Latinoamericano, órgano político del SELA dio mandato a la Secretaría
Permanente para seguir considerando esta crucial temática en su programa de trabajo para
el año 2000. Al respecto, albergamos grandes esperanzas acerca de los criterios y
conclusiones que surjan de las deliberaciones de este importante foro, como contribución
al esclarecimiento de una materia que constituye una variable cada vez más importante en
el desempeño y posibilidades futuras de las economías de América Latina y el Caribe.