El
sistema monetario internacional ha evolucionado profundamente durante la década del
noventa; mientras los países europeos realizaban la unión monetaria, y ciertos países
emergentes trataban, con diversos grados de éxito, de instalar regímenes de cambio
extremadamente rígidos (por ejemplo Argentina y Estonia), numerosos países debían
abandonar, en medio de una catástrofe (crisis mexicana, asiática, brasileña), el
anclaje que habían logrado establecer, en general con relación al dólar, para volver,
al menos temporalmente, a la flotación.
La elección de un
régimen de cambio reviste gran importancia. Cuestiona la política económica de un
país, sus márgenes de maniobra y su modo de ajuste macroeconómico. Implica también a
los socios del país considerado, que resultan sensibles a las consecuencias de un
régimen cambiario sobre su competitividad relativa, o que pueden verse conducidos a
sostener una moneda ligada a la suya por un sistema de paridad fija. Los regímenes de
cambio determinan de este modo las condiciones de inserción internacional de las
economías.
¿Qué es un
régimen cambiario?
Un régimen cambiario
es el conjunto de reglas que determinan la intervención de las autoridades monetarias
sobre el mercado cambiario, y por ende el comportamiento de la tasa de cambio. Existe una
gran variedad de regímenes cambiarios, que se distribuyen entre dos extremos: cambios
fijos y cambios flexibles.
Definiciones
Un régimen cambiario
fijo supone la definición de una paridad de referencia entre la moneda del país
considerado y una divisa (o un conjunto de divisas), y supone igualmente que el banco
central se compromete a cambiar según esa paridad. Cuando el mercado cambiario se
liberaliza, el respeto de ese compromiso le impone que intervenga en él cuando la tasa de
cambio se aleja de la paridad establecida, por medio de compras de la moneda nacional si
esta tiende a depreciarse en el mercado cambiario, por medio de su venta en el caso
contrario. Cuando el mercado cambiario está controlado, la moneda es inconvertible, la
paridad está arbitrariamente definida y sostenida de manera artificial.
A la inversa, en un
régimen de cambio flexible, no se toma ningún compromiso con respecto a la tasa de
cambio, que flota libremente (flotación pura) en función de la oferta y la demanda en el
mercado cambiario. La política monetaria encuentra así su autonomía, pero el banco
central abandona el control de la tasa de cambio nominal, que se determina en el mercado
cambiario. La flotación se aplica pues, en principio, a un mercado cambiario
liberalizado, incluso si se puede imaginar un régimen de flotación impuro enmarcado
dentro de un control de cambios.
Entre estos dos
extremos, se encuentran regímenes intermediarios, que se distinguen según las
fluctuaciones que el banco central autoriza alrededor de la paridad de referencia y según
la frecuencia de los realineamientos de dicha paridad. De este modo, el currency board,
que no prevé ningún realineamiento, se opone al régimen de paridad deslizante, que
prevé un calendario de realineamientos. El antiguo SME y el SME bis actual se
sitúan entre estos dos extremos: existe la posibilidad de realineamientos, negociados
sobre la base de los diferenciales acumulados de inflación entre los países afectados.
Todos estos regímenes excluyen en principio los realineamientos discrecionales, lo que
los distingue de la flotación administrada (cf. recuadro 1).
Fuera del caso de la
unión monetaria y de los currency boards, el anclaje de la moneda nacional puede
hacerse tanto sobre un conjunto de divisas como sobre una sola.
Estado actual
En 1944, la
conferencia de Bretton Woods organizaba el sistema monetario internacional alrededor de
cambios fijos. Todas las monedas se definían en relación con el dólar, estando éste
mismo ligado al oro según una paridad fija: era el patrón divisa-oro. Este sistema,
empero, no pudo soportar la extensión del comercio mundial, que reclamaba cada vez más
liquideces, ni los déficits corrientes americanos, que fragilizaban la paridad oro del
dólar. En 1973, el sistema mundial de cambios fijos era definitivamente abandonado para
dejar su lugar a un sistema de cambios flotantes, en el cual ciertos países, pese a todo,
trataban de estabilizar sus monedas entre ellas (primero la serpiente, luego el sistema
monetario europeo). No obstante, la flotación pura de las grandes monedas (dólar, y en y
monedas europeas) mostraría rápidamente sus límites: alta volatilidad de los cambios,
aparición de distorsiones cambiarias duraderas, y las intervenciones de los bancos
centrales en los mercados cambiarios, en particular durante los episodios de coordinación
dirigidos por el G7, manifiestan que el sistema monetario internacional que rige esas
grandes monedas es hoy un sistema de flotación impura.
¿Cuáles son en la
actualidad los regímenes de cambio de las demás monedas? El censo de los regímenes de
cambio tal como lo declaran las autoridades monetarias ante el FMI, presentado en el
cuadro siguiente, ofrece un primer elemento de respuesta.
Aparentemente, los
sistemas cambiarios fijos han sido progresivamente suplantados por los sistemas flotantes.
Sin embargo, la información dada por las declaraciones oficiales es insuficiente, en la
medida en que no precisa las reglas de conducción de la política cambiaria: de modo que
es posible que una flotación dirigida funcione de hecho como un anclaje en relación con
una divisa o un grupo de ellas, sin que la información se divulgue. Al estudiar la
política cambiaria efectiva de 66 países, medida a partir de la volatilidad
relativa de las monedas en relación con tres anclajes potenciales (dólar, marco y yen),
Agnès Bénassy-Queré y Pierre Deusy-Fournier (1994) muestran que la mayor parte de los
países considerados tienen tendencia de hecho a estabilizar su moneda en relación con
una moneda de referencia: el 30 % lo hace en relación con el marco (esencialmente, los
países de la Unión Europea), e igualmente cerca del 30 % en relación con el dólar
(puesto que el yen no aparece como una moneda de anclaje). Estas proporciones serían sin
duda más importantes si se pudieran estudiar también los comportamientos de anclaje en
relación con conjuntos de monedas, y no únicamente con monedas de referencia.
Así, incluso si los
regímenes de fijeza «puros» declinan, se mantienen los comportamientos de
estabilización de las tasas de cambio en relación con una moneda de referencia.
La elección de
un régimen cambiario
La elección de un
régimen cambiario resulta al mismo tiempo de los objetivos económicos del país y de las
exigencias que debe soportar.
Elección de un
régimen cambiario y objetivos de la política económica
El objetivo último de
una política económica y, por consiguiente, de un régimen cambiario, es el de lograr el
crecimiento más rápido y más estable que sea posible. El régimen cambiario, en efecto,
influye sobre la estabilidad y la competitividad de la economía.
Cuando son
previsibles, las tasas de cambio limitan la incertidumbre que sufren los agentes en sus
relaciones internacionales y, por consiguiente, son en principio favorables tanto para la
inversión nacional como para la inversión directa y el comercio. Se trata de un régimen
de tasa de cambio fija que permite alcanzar mejor ese objetivo de estabilidad. Pero tiene
dos inconvenientes.
En primer lugar, la
ventaja de la estabilidad sólo es válida mientras la economía no se ve afectada por un
choque asimétrico, puesto que la rigidez del cambio, por definición, impide amortiguar
el choque por medio del ajuste de la tasa de cambio nominal.
En estas condiciones,
un régimen de cambio fijo no sería deseable más que si los países considerados
constituyen una zona monetaria óptima (ZMO), es decir, si la flexibilidad de los precios
y la movilidad de los factores están en condiciones de absorber las perturbaciones
económicas sin que sea necesario recurrir a un ajuste de la tasa de cambio nominal.
No obstante, un
régimen cambiario fijo puede ser adoptado precisamente en razón de la disciplina
antiinflacionaria que supone. La inamovilidad de la tasa de cambio es utilizada entonces
como una exigencia externa que se impone el país para lograr detener la inflación. La
política de deflación competitiva adoptada por los países miembros del SME reposa en
parte sobre este tipo de mecanismo, que justifica también la política cambiaria de
algunos países emergentes. Por ejemplo, en el caso de la Argentina, la adopción de un currency
board apareció como el último medio posible de preservar la moneda, profundamente
quebrantada por las hiperinflaciones que afectaron al país durante la década del
ochenta.
Esta estrategia de
anclaje se justifica aún más puesto que los regímenes cambiarios orientados
exclusivamente a la competitividad pueden acelerar la inflación: cuando la tasa de cambio
se devalúa regularmente para compensar los desfasajes inflacionarios, puede llegarse a un
proceso de inflación importada, que impone una nueva devaluación, y así sucesivamente.
Entonces se instala un círculo vicioso inflación devaluación, que en casos
extremos puede desembocar en la hiperinflación, y que con frecuencia sólo puede
quebrarse por la instauración de un régimen cambiario fijo.
Restricciones externas para la
elección de un régimen cambiario
Existe cierto número
de restricciones que limitan el campo de los regímenes cambiarios que puede adoptar un
país. Por ejemplo, en un contexto de movilidad perfecta de los capitales, es imposible
tener al mismo tiempo un régimen cambiario totalmente fijo y una política monetaria
perfectamente autónoma. De manera simétrica, cuando un país desea conservar la
autonomía de su política monetaria, está obligado a elegir un régimen cambiario
flexible o limitar la movilidad de los capitales (cf. recuadro 3).
De este modo, con
cambio fijo, una recuperación produce exceso de oferta de moneda o baja de la tasa de
interés, lo que tiende a depreciar la moneda. Esta tendencia no puede ser combatida más
que por medio de compras de moneda, lo que anula la estimulación monetaria. Si bien es
posible escapar de manera temporal a esta restricción, esterilizando la variación de las
reservas de cambio (por ejemplo, el banco central compra títulos en el mercado financiero
nacional, lo que inyecta liquidez en la economía), semejante política no puede ser
sostenida durante largo tiempo.
Con cambio fijo, las
autoridades monetarias deben demostrar a los mercados que también en el futuro aceptarán
las restricciones de un régimen cambiario fijo, a falta de lo cual la moneda se verá
expuesta a ataques especulativos más poderosos cuanto más liberalizados estén los
mercados de capitales y los monetarios. El control del cambio es entonces el único medio
de preservar el régimen cambiario, puesto que limita los movimientos de compra y venta de
la divisa en cuestión. Se trata de una restricción sobre la convertibilidad de la
moneda, que aparece de esta manera como un sustituto de la restricción a la oferta de
moneda (Kurt Schuler, 1999).
Funcionamiento de
los regímenes cambiarios
Eficacia de los
regímenes cambiarios: inflación y crecimiento
Han sido numerosos los
trabajos que intentaron estimar la eficacia relativa de los regímenes cambiarios. Una
síntesis efectuada por el FMI (Gosh et al., 1995) mantiene las siguientes
conclusiones: por una parte, en el pasado, los regímenes de cambio fijo estuvieron
asociados a una inflación menor y una inversión más importante, pero también a menores
aumentos de productividad y por consiguiente de crecimiento. Incluso si es difícil
establecer el sentido de la causalidad, parecería que fuera el régimen de cambio lo que
explica la debilidad de la inflación, y no una situación menos inflacionaria lo que
autoriza la inamovilidad del cambio.
Los regímenes de
cambio verdaderamente flexibles son sin duda los que han funcionado menos bien, con
inflación más fuerte y resultados mediocres en términos de crecimiento. En cuanto a los
regímenes intermedios (paridad deslizante, por ejemplo) son los que parecen haber
garantizado las mejores performances de crecimiento, incluso si por naturaleza han
autorizado más inflación.
De esta manera, la
elección parecía estar planteada sobre todo entre paridad fija y tasa de cambio dirigida
en relación con una divisa de referencia, ya que los regímenes cambiarios verdaderamente
flexibles no daban más que resultados mediocres. Esta conclusión, por otra parte,
coincide con las estrategias cambiarias de un gran número de países, en particular de
los países en desarrollo, tal como se las ha podido observar a partir de fines de la
década del ochenta.
Pero hoy, la
liberalización de los movimientos de capitales y la creciente convertibilidad de las
monedas de los países en desarrollo colocan a estos países en los límites del
triángulo de incompatibilidad de Mundell, en una posición poco confortable: considerando
sus estrategias de anclaje de hecho y la creciente movilidad de los capitales, los países
del Sur deben adoptar políticas monetarias relativamente estrictas para evitar las
derivas inflacionarias. Esto impone tasas de interés nominales relativamente elevadas,
que en Asia han alimentado las entradas especulativas de capitales volátiles y abierto el
camino a las crisis cambiarias. El mal funcionamiento del anclaje al dólar en Asia
impulsa hoy a ciertos autores a preconizar el abandono de los regímenes cambiarios
intermedios, ya sea en beneficio de regímenes estrictamente fijos (como el currency
board argentino), ya sea de regímenes de cambio flexibles (Barry Eichengreen, 1999).
No obstante, estos mismos autores reconocen que una cuasi unión monetaria resulta
difícil de realizar, en particular en un país emergente, y que la libre flotación
produce una volatilidad que puede perturbar el crecimiento.
Este problema suscita
la cuestión de la credibilidad de las políticas económicas (y en particular de la
política cambiaria) y subraya una vez más el carácter crucial de la elección de un
régimen cambiario y las fuertes exigencias que impone.
La evolución de
las estrategias cambiarias
Dos evoluciones
marcarán sin duda el sistema monetario internacional durante los próximos años. Por una
parte, deberán continuar las estrategias de anclaje oficial o efectivo de las monedas de
los países en desarrollo a grandes monedas. Por otra parte, el euro podría imponerse
junto al dólar como moneda internacional, y transformarse en una referencia importante de
las estrategias cambiarias.
Es probable que el
movimiento de anclaje sobre grandes monedas internacionales continúe reforzando sin duda
el papel regional, si no internacional, del euro. Esto es lo que demuestran Agnès
Bénassy-Quéré y Amina Lahrèche-Révil a propósito de los países sudmediterráneos
(PSM) y los de Europa central y oriental (PECO). Si los países cercanos, en términos
regionales, a la Unión Europea adoptan un razonamiento en términos de ZMO para definir
la moneda de referencia de su política cambiaria, sin ninguna duda tendrán interés en
adoptar el euro (más bien que el dólar o el yen), en razón de la importancia de sus
lazos comerciales con la Unión. Por lo demás, si se admite que del mismo modo estos
países tienen como objetivo la estabilización de su saldo externo (lo que implica el
mantenimiento de la competitividad y la estabilización de la carga de la deuda), resulta
evidente que la moneda de anclaje real para privilegiar debería ser el euro, y esto en
proporciones importantes, puesto que esta última moneda representaría, en la mayor parte
de los casos, más del 70% del grupo de anclaje.
Esta doble estrategia
de estabilización probable, nominal y real, de las monedas de los PECO y los PSM según
el euro aboga en principio a favor de la adopción de regímenes cambiarios de paridad
deslizante. Como la mayor parte de los países de América Latina y numerosos países
asiáticos que por otra parte ya han decidido determinar sus políticas cambiarias en
relación con el dólar, se podría ver surgir de este modo dos grandes zonas monetarias
regionales.
Sin duda, esta
evolución reforzará el papel del euro como moneda internacional. Por otra parte, la
doble polarización del sistema monetario internacional y el anclaje de hecho de un
número creciente de monedas a una de las dos grandes anclas monetarias, debería reforzar
la eficacia de las fluctuaciones entre las dos grandes monedas para restaurar los
equilibrios comerciales entre las dos zonas (euro y dólar). La mayor eficacia de las
variaciones cambiarias entre el euro y el dólar podría limitar su amplitud.
Además, esta
evolución hace al mismo tiempo más necesaria y más compleja la gestión de la tasa de
cambio para los países en desarrollo. La creación de grandes zonas monetarias hará que
las estrategias autónomas sean cada vez más difíciles: del mismo modo que la mayor
parte de los países emergentes tratan de anclarse a una de las grandes zonas comerciales
de la tríada, también es probable que intenten anclar sus monedas, aunque más no fuere
porque la elección de la moneda de referencia está relacionada con la zona geográfica
con la cual tienen lugar los intercambios comerciales.
Bibliografía
·
Bénassy-Quéré
A. y Deusy-Fournier P., «La concurrence pour le statut de monnaie internationale depuis
1973», Économie internationale, Nº 59, 3er. Trimestre, 107-144, 1994.
·
Bénassy-Quéré
A. y Lahrèche-Revil A., «Pegging the CEECs Currencies to the Euro», Document
de travail du CEPII, Nº 1988-04, 1998.
·
Bénassy-Quéré A. y
Lahrèche-Revil A., «The Euro and Southern Mediterranean Currencies», in H.
HANDOUSSA (ed.), The Euro Mediterranean Partnership and After, en prensa,
1999.
·
Eichengreen B., Toward
a New Financial Architecture, Institute for International Economics, Washington DC,
1999.
·
FMI, Exchange Rate
Arrangements, 1980, 1998.
·
Gosha, Gulde A.M., Ostry
J. y Wolf H., «Does the Exchange Rate Regime Matter», IMF Working Paper, Nº
95/121, noviembre de 1995.
·
Schuler K., «The Problem
with Pegged Exchange Rates», Kiklos, 52 (1), 1999.
Tasa de cambio
fija
La
unión monetaria: es la forma más estricta. Las tasas de cambio de los participantes se
fijan de manera irrevocable, ya que las monedas locales pueden ser reemplazadas por una
moneda común.
Los currency
boards (cajas de emisión o consejo monetarios): la creación monetaria depende
estrictamente de las reservas de cambio en la moneda de recuperación. Estos regímenes
autorizan una doble circulación monetaria (por ej.: peso y dólar en la Argentina).
Los
regímenes cambiarios fijos más tradicionales definen una paridad fija, que sin
embargo puede ser modificada de manera excepcional para restaurar el equilibrio del saldo
corriente. Es posible definir bandas de fluctuación, a veces estrechas (régimen de
Bretton Woods, SME antes de 1993) o más amplias (SME después de 1993 o SME bis).
Regímenes
intermedios
Paridad
deslizante (o crawling peg): en principio la tasa de cambio es fija, pero la
paridad de referencia se modifica regularmente según parámetros predeterminados (crawlin
peg en sentido propio) o de modo más discrecional (adjustable peg) a fin de
compensar parcialmente al menos los desfasajes de inflación con el país de anclaje.
Flotación
administrada: las tasas de cambio son flotantes, pero las intervenciones puntuales y/o
coordinadas de los bancos centrales informan a los mercados sobre la paridad considerada
deseable. Se trata de una flotación impura.
Flotación pura
Sólo
el mercado define el equilibrio de la tasa de cambio.
Regímenes
cambiarios declarados ante el FMI y número de países declarantes, en 1980 y 1998
Tipo de régimen |
1980 |
1998 |
|
|
|
Anclaje (tasa de cambio fija), de los
cuales |
94 |
55 |
sobre una sola moneda |
57 |
40 |
sobre un conjunto de monedas |
37 |
15 |
Flexibilidad limitada (incluido
el SME) |
12 |
17 |
Tasa de cambio flexible, de los
cuales |
34 |
73 |
flotación dirigida |
- |
38 |
flotación libre |
- |
35 |
Total de países declarantes |
140 |
145 |
Fuente: FMI, Exchange Rate
Arrangements, 1980, 1998.
Recuadro 2: La tasa de cambio real
La tasa
de cambio real compara los precios de dos conjuntos de bienes, expresados en una misma
moneda: r = eP* / P. e es la tasa de cambio nominal (número de unidades de moneda
nacional por una unidad de moneda extranjera); p* y P son los niveles de precios
extranjero y nacional.
Cuando el nivel de los
precios nacionales aumenta más rápido que el de los precios extranjeros, (P* / P
disminuye), si la tasa de cambio nominal e es fija, la tasa de cambio real r aumenta, la
moneda se valoriza y la competitividad se deteriora.
Recuadro 3: El triángulo de
incompatibilidad de Mundell
El triángulo de
Mundell representa los tres principios de organización que permiten juzgar la viabilidad
del sistema monetario internacional: grado de rigor de las reglas cambiarias, grado de
movilidad de los capitales, y grado de autonomía de las políticas monetarias.
Según las
combinaciones de política cambiaria, de política monetaria y de movilidad de los
capitales que se sitúan en el interior del triángulo son viables. De este modo, la
movilidad de los capitales asociada a la estabilidad de las tasas de cambio se sitúa en
el ángulo unión monetaria del triángulo, que es diametralmente opuesto a la
autonomía de la política monetaria.
Rigidez
de la tasa de
cambio Autonomía
de la política monetaria
B
C
Movilidad perfecta de los
capitales
A: Autarquía
financiera. Es posible conciliar cargas fijas y objetivos económicos internos si las
reservas cambiarias son suficientes.
B: Unión
monetaria. La movilidad perfecta de los capitales y cambios fijos impiden toda autonomía
de la política monetaria.
C: Cambios
flotantes. La movilidad perfecta de los capitales y la flexibilidad de las tasas de cambio
permiten la independencia de la política económica.