I. Las
grandes etapas de la construcción europea
Durante cuarenta
años, la construcción europea había sido ante todo económica, principalmente centrada
sobre el libre intercambio. La idea de liberalizar el comercio entre los países de Europa
Occidental nació en la inmediata posguerra al margen del Plan Marshall, como un medio de
evitar nuevos conflictos entre estos países y anclarlos colectivamente en el campo
occidental. El proyecto tuvo grandes dificultades para imponerse entre los países aún
traumatizados por la guerra, pero terminó por tomar cuerpo en el Mercado Común, con la
firma del Tratado de Roma en 1957.
En 1968, luego de un
período de transición relativamente largo, habían desaparecido todas las tarifas
aduaneras y restricciones cuantitativas impuestas a los intercambios de mercancías entre
seis países europeos (Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Holanda), y sus
políticas comerciales se encontraban unificadas. En la huella del Tratado de Roma, nacía
la Política Agrícola Común (PAC), con el objetivo de asegurar la autosuficiencia
alimentaria de Europa y, más allá de esto, transformarla en una potencia agrícola
mundial.
En 1987 se instauraba
el Acta Única Europea, a fin de asegurar mejor las cuatro libertades fundamentales
pregonadas por el Tratado de Roma (libre intercambio de mercancías y servicios, libre
circulación de personas y capital). El Acta Única impuso la utilización del principio
de reconocimiento mutuo entre países europeos, y emprendió una vasta obra de
armonización de normas y reglamentos. También instaló una política europea con
respecto a la competencia, que desde entonces ha sido muy activa en la apertura de
mercados públicos así como en la lucha contra las distorsiones de competencia
engendradas por las subvenciones públicas. Finalmente, impuso la armonización mínima de
las tasas de IVA. A partir del 1º de febrero de 1993, al permitir la creación de
un verdadero espacio sin fronteras (en ese momento, por cierto, con algunas excepciones
notables, como la de libre circulación de personas y la prestación de servicios
financieros), el Acta Única fue la prolongación natural y la coronación del Tratado de
Roma.
Una señal de su
éxito: paralelamente, la Comunidad Europea se había agrandado, con la entrada de
Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido en 1973, la de Grecia en 1981, España y Portugal en
1986. En 1995, una nueva ampliación de la Comunidad integró a Austria, Finlandia y
Suecia. Con la llegada de países cuyos niveles de vida eran sensiblemente inferiores a la
media de Europa, la construcción europea entraba en una nueva fase. El principio de lucha
contra las diferencias de desarrollo que había enunciado el preámbulo del Tratado de
Roma imponía un esfuerzo real a favor de tales países. Con el Acta Única, se introdujo
en los estatutos de la Comunidad Europea el objetivo de cohesión económica y social
entre regiones europeas. El presupuesto de los fondos estructurales se duplicó en 1988,
con la reforma de la política de cohesión, y luego aumentó en un 50% en 1993.
La Unión Monetaria
constituyó la última gran etapa de esta construcción de Europa «por la economía».
Desde el estallido del sistema de Bretton Woods, la cooperación monetaria había
aparecido como un complemento necesario del Mercado Común y de la PAC, puesto que tanto
la libertad de intercambio como los movimientos de capital se adaptan difícilmente a una
total flexibilidad de las tasas de cambio. Las políticas monetarias europeas estuvieron
cada vez más relacionadas en el seno de la Serpiente monetaria europea (1972), luego del
Sistema Monetario Europeo (1979). Con el tratado de Maastrich, firmado en 1992, la
cooperación monetaria desembocó en el establecimiento de una Unión Económica y
Monetaria (UEM). Al término de un largo y laborioso proceso de unificación monetaria,
once países de la Unión, el 1º de enero de 1999, lograron dotarse de una moneda única,
el euro.
A partir de fines de
la década del ochenta se realizaron algunos avances en el ámbito social, por una parte
para asegurar la armonización mínima de las prácticas, única compatible con una
competencia leal, y por otra, a fin de provocar un diálogo social europeo y responder a
las crecientes preocupaciones de las diversas opiniones públicas europeas con respecto a
la amplitud del desempleo. Progresivamente, entre los países miembros surgió el consenso
para definir un nivel comunitario de los mínimos en términos de relaciones laborales y
lucha contra la exclusión, y en cambio mantener la protección social en el ámbito de
las prerrogativas nacionales. A partir de la cumbre de Essen en 1994, los países europeos
adoptaron los principios de coordinación y convergencia progresivas de sus políticas de
empleo. En la cumbre de Colonia, en junio de 1999, se elaboró un Pacto para el empleo,
pero a falta de acuerdo entre los países sobre la estrategia que se debía adoptar, su
alcance resultó ante todo simbólico.
Finalmente, la
profunda modificación del medio europeo con la globalización y el hundimiento del bloque
comunista, a fines de la década del ochenta, abría nuevos campos de cooperación a los
países de la Comunidad. En Maastrich, la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC)
y la Justicia y Asuntos Internos (JAI) se transformaron en dos «pilares»
intergubernamentales de Europa, en oposición al tradicional pilar derivado de la acción
comunitaria. El acuerdo de Schengen entre una parte de los países europeos especificó
que la libre circulación de las personas no podía asegurarse sin una fuerte
coordinación en materia de policía y políticas de inmigración y asilo. El tratado de
Amsterdam integró esta «adquisición Schengen» al primer pilar. Por lo demás, en abril
de 1999, la cumbre de la OTAN en Washington decidió poner a disposición de la Unión de
Europa Occidental (UEO) a cargo de la elaboración de una identidad europea de defensa, de
medios colectivos (en particular unidades militares) para operaciones decididas solamente
por europeos, en aplicación de la PESC y después de consultar con el consejo del
Atlántico Norte. Con la decisión del Consejo Europeo de fusionar la UEO y la UE en la
Cumbre de Colonia de junio de 1999, numerosos observadores estimaron que en el seno de la
OTAN había nacido la Europa de la defensa.
II. Una
clave para el análisis
En 1950, en una
declaración histórica sobre la creación de la comunidad europea del carbón y el acero,
Robert Schuman decía: «Europa no se hará de una sola vez, ni en una construcción de
conjunto: se hará por medio de realizaciones concretas que creen primero una solidaridad
de hecho». Durante el medio siglo que pasó desde entonces, el proceso de construcción
europea se ha caracterizado en efecto por una progresión gradual, por la existencia de
una dinámica comunitaria propia que tenía una amplia autonomía con respecto a la
cooperación intergubernamental, y por una creciente intrusión de las instancias
comunitarias en los cotos cerrados de las políticas nacionales, que llegó hasta
redefinir el lugar y función del Estado en los países miembros.
La construcción
europea puede ser analizada como la decisión de un grupo de países en el sentido de
constituir juntos una serie de bienes públicos (es decir, de bienes tales que su consumo
por un individuo no limite en nada la utilidad que de él puedan obtener los demás): una
zona de libre intercambio, de libre establecimiento y de competencia leal (Mercado Único,
Acuerdo Social), una zona monetaria (Moneda Única), un mecanismo embrionario de
redistribución y recuperación (fondos estructurales, fondos de cohesión), una defensa
común (PESC), etc. Al participar en cada uno de estos mecanismos o acuerdos, cada país
toma parte en la oferta de bien público correspondiente y crea un entorno positivo
para los otros: amplía el círculo de quienes toman parte en el acuerdo, acrecienta su
diversidad, aumenta su peso con respecto al exterior. La oferta de cada bien público debe
ser determinada de modo centralizado, so pena de quedarse por debajo de lo óptimo. Para
prevenir estos comportamientos oportunistas, los países miembros aceptan someterse a un
régimen común, en general determinado por una autoridad central.
Si los países son
semejantes, las decisiones de esta autoridad central podrán resultar óptimas. En cambio,
cuanto más diferentes sean los países, menos posibilidades tendrá la autoridad central
de ofrecer un bien conveniente a todos los países. De este modo, la política monetaria
única no estará adaptada a un país sometido a un choque particular. Normas sociales
exigentes, si debieran aparecer, no podrían convenir al mismo tiempo a un país rico y a
un país en recuperación.
Un marco de análisis
semejante permite discernir los elementos clave de un proceso cooperativo como la
construcción europea: el ambiente positivo en juego, los riesgos de comportamientos
oportunistas, el grado de heterogeneidad de los países. El lanzamiento del proceso,
incontestablemente, ha sido producto de la voluntad política de comprometerse a una
construcción pese a sus costos inmediatos y a sus grandes incertidumbres. Luego, el
«método comunitario» ha creado su propia dinámica: la constitución de un bien
público acerca a los países miembros, reduciendo así la heterogeneidad, y hace emerger
un nuevo bien público. El libre intercambio y la política de cohesión, como veremos
más adelante, han facilitado la Unión Monetaria.
La ampliación de la
Comunidad Europea, por lo general, ha ido acompañada por la profundización del proceso
de construcción europea. Entre las autoridades internacionales, el papel más importante
en esta dinámica corresponde a la Comisión. Es ella la que identifica los bienes
públicos, propone la agenda de su constitución y la de las ampliaciones, ostenta un
lugar preponderante en el proceso legislativo que determina las modalidades de
participación de cada país en la oferta de bienes públicos y combate los
comportamientos oportunistas.
Este encadenamiento ha
implicado una integración casi mecánica de los países europeos durante cuarenta años.
Si una confederación se caracteriza por la coordinación relativamente flexible de las
políticas nacionales y una federación, por el contrario, se determina por la
transferencia de prerrogativas nacionales a una autoridad supranacional, puede advertirse
que Europa, en muchos sentidos, está embarcada en una construcción federal. A lo largo
de todo el proceso de integración, la reducción de las disparidades entre países ha
desempeñado un papel principal en esta dinámica.
III.
Convergencias europeas
Europa ha contribuido
de manera incontestable a la convergencia de los países que la componen. Con la
instauración del Mercado Común primero, y del Mercado Único después, en todos los
países ha aumentado la parte del comercio intracomunitario. En el comercio entre países
europeos, la parte de los intercambios interindustrias decreció sensiblemente, en
provecho de intercambios intraindustrias de productos de diferentes calidades. La
integración comercial, por consiguiente, ha favorecido cierta diversificación de las
economías europeas. Los flujos de inversión directa progresaron por efecto de la
integración. En el caso de los países llamados de la cohesión (Irlanda, Portugal,
España, Grecia), la acción de los fondos estructurales resultó determinante para el
desarrollo de las infraestructuras. Los niveles medios de los ingresos per cápita de los
países europeos convergieron, en algunos casos de manera espectacular (Irlanda,
Portugal).
Esta convergencia real
se acompañó de una convergencia nominal. El principio de rigor presupuestario, de
dominio de los costos salariales y los precios, piedra angular de la política económica
alemana desde la década del setenta, durante la década del ochenta fue adoptada
sucesivamente por Holanda, Bélgica y Francia y más adelante, por los países de
Europa meridional y el Reino Unido, después de haber sido impuesto como condición de
acceso a la Unión Monetaria por el tratado de Maastrich. Los bancos centrales europeos,
en su totalidad, concentraron su política sobre el dominio de la inflación. Entre 1979 y
1984, los precios habían aumentado como promedio en un 10% anual en el conjunto de los
países de la Unión, y en un 4,5% en Alemania; entre 1991 y 1996 esas evoluciones
resultaron, respectivamente, del 3,3% y el 3,1%.
El último elemento de
convergencia entre países europeos fue exógeno: se trata de la reunificación de
Alemania. En el plano macroeconómico, además de las diferencias en términos de
inflación, fue la amplitud de los excedentes de la balanza corriente alemana lo que
justificaba, hasta 1990, la asimetría entre el marco y las demás monedas europeas y
comprometía a priori las posibilidades de una unión monetaria. Ahora bien, con la
reunificación, en Alemania bajó el índice de ahorro, aumentó el de inversión y la
balanza corriente se hizo deficitaria. A comienzos de la década del noventa, el marco
había perdido su peso en Europa.
La unificación
monetaria de Europa fue larga y laboriosa. El impacto inflacionario de la reunificación
alemana y luego los criterios de admisibilidad a la Unión Monetaria impusieron a los
países europeos un policy mix totalmente inadaptado a su situación económica
durante la mayor parte de la década del noventa. No obstante, el tratado de Maastrich y
la reunificación de Alemania aportaron también su contribución a la convergencia de las
economías europeas. En el momento de comprometerse en la Unión Monetaria, los países
europeos se encontraban en una situación más homogénea que nunca en lo que se refiere a
sus niveles de desarrollo, gestión macroeconómica y también de dificultades
estructurales. En consecuencia, las economías europeas siguen expuestas al riesgo de
choques asimétricos, es decir, choques que no afectarían más que a un país o a un
subconjunto de países de la Unión.
¿De dónde
provendrían tales choques? Es necesario señalar que una gran parte de la asimetría
observada en Europa en el pasado provenía de la evolución de la demanda, especialmente
en respuesta a medidas de política económica. Este tipo de asimetría desaparecerá a
medida que avance la coordinación de las políticas económicas, en especial con la UEM.
En cambio, siguen existiendo fuentes de asimetría nada despreciables entre los países
europeos en el ámbito de los canales de transmisión de la política monetaria y en la
sensibilidad de las economías ante las tasas de interés, así como en el caso de ciertos
pequeños países (Irlanda, Finlandia, Portugal) en la naturaleza y grado de la
especialización. Aunque netamente reducida por cuatro décadas de integración
económica, la heterogeneidad de los países europeos sigue siendo bastante fuerte como
para perjudicar el buen funcionamiento de la Unión Monetaria. Este punto constituye uno
de los datos importantes para el futuro de la construcción europea.
IV.
Federalismo fiscal
La UEM ha concluido un
aspecto de la construcción europea y, según la dinámica descrita más arriba, ha
realizado avances en otros aspectos más urgentes, entre los cuales se cuentan, en primera
fila, la política presupuestaria, la fiscalidad y la política social.
Las políticas
presupuestarias nacionales modifican más el medio económico de la zona en cambios fijos
de lo que lo harían en cambios flexibles, así como cambian el contexto de la política
monetaria común. La consideración de esta interde-pendencia condujo a los criterios del
tratado de Maastrich relativos a la deuda y el déficit públicos, y luego a la
elaboración del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Al instaurar una norma máxima de
déficit presupuestario, se limita uno de los riesgos de comportamiento oportunista, pero
sin embargo no se asegura en nada la coordinación necesaria para la aplicación de una
adecuada policy mix en la Unión.
Frente a esta laguna,
en 1997 se decidió encuadrar las políticas nacionales dentro de las Grandes
Orientaciones de política económica definidas cada año por el Consejo Europeo. En la
cumbre de Luxemburgo, a fines de 1997, se creó un Consejo del Euro (Euro-11) entre los
países miembros de la UEM, presentado por ciertos países como el embrión de un gobierno
económico de la Unión. De ahora en más, estos instrumentos aportan un marco
institucional a la coordinación de las políticas presupuestarias y estructurales, pero
las modalidades de esta coordinación siguen definidas de manera muy vaga. Además, es
preciso señalar que el Consejo Europeo adoptó más tarde una resolución que estipulaba
que el Consejo de Ministros de Economía y Finanzas (ECOFIN) era la única instancia
competente en materia de políticas económicas. En consecuencia, Euro-11
sigue siendo por el momento un recinto sin capacidad efectiva de coordinación.
La
insuficiencia de los procedimientos actuales de coordinación podría hacerse evidente en
caso de choque asimétrico. En las zonas afectadas por un choque desfavorable, pueden
intervenir tres mecanismos correctores: los movimientos de factores, el ajuste de
precios y la política presupuestaria. Los dos primeros parecen relativamente inoperantes
en el interior de la zona euro. La movilidad de la mano de obra es escasa incluso dentro
de cada país europeo, y a fortiori entre ellos. Un ajuste a través de los precios
parece imperfecto, tanto entre regiones de un país como entre países. Esto resulta
particularmente cierto en el mercado laboral, donde la flexibilidad de los salarios parece
siempre insuficiente para paliar la pérdida del instrumento cambiario. La política
presupuestaria, pues, debería llevar sola la carga del ajuste en caso de choque
asimétrico.
Ahora
bien, no existe hoy a nivel comunitario ningún mecanismo de transmisión entre países
que sea susceptible de desempeñar la función de estabilizador automático. A título de
comparación, los presupuestos federales de los Estados Unidos o Alemania amortiguan
respectivamente el 30% y el 50% de las fluctuaciones a corto plazo en el nivel de los PBI
per cápita regionales. A falta de una coordinación eficaz con sus socios, el país
afectado debería contar con su sola política presupuestaria para ajustarse, e incluso
podría ver cómo sus esfuerzos resultan en parte neutralizados por políticas en sentido
contrario aplicadas por aquellos.
La Unión
Monetaria refuerza también la necesidad de una armonización fiscal y social que ya
había sido reconocida e iniciada en el marco de la constitución del Mercado Único. La
desaparición de las tasas de cambio completa la realización de un mercado interno
unificado, en el cual los bienes y servicios, los movimientos de capital y de personas, se
hacen más sensibles ante las disparidades en materia de aportes obligatorios y de
relación calidad/costo de los servicios públicos y la protección social. En este caso,
los países se ven incitados a emprender una competencia dañosa en la cual cada uno
trataría de acrecentar su competitividad y su atractivo a costa de sus socios,
modificando su fiscalidad y su protección social. La redistribución de ingresos a
través de los impuestos puede tropezar con la movilidad de las bases fiscales, y los
regímenes de protección social más generosos pueden enfrentarse con un torrente de
demandas de prestaciones.
La
amplitud de estos factores externos, como se ve, depende del grado de movilidad de los
factores capital y trabajo. Esto explica que a partir de fines de la década del ochenta
haya tenido lugar una intensa competencia entre países europeos en lo relativo a
fiscalidad del capital, entrañando la nivelación hacia abajo de las tasas de imposición
efectiva del capital y la transferencia de la carga fiscal hacia el trabajo. A fin de
revertir esta tendencia, la fiscalidad del capital, durante los próximos años, podría
ser objeto de una armonización mínima bajo el impulso de la Comisión, comparable a la
de las tasas de IVA realizada dentro del Mercado Unico.
En
diciembre de 1997, el Consejo ECOFIN adoptó un código de conducta sobre la fiscalidad de
la empresa, que define (de manera vaga, por cierto) las prácticas perjudiciales, y
propone estabilizarlas y finalmente eliminarlas hacia fines de 2000. Más recientemente, a
pedido del Consejo ECOFIN, la Comisión presentó un proyecto de directiva sobre la
fiscalidad de los ingresos del ahorro. A cada Estado miembro se le ofrecería la elección
entre aplicar una retención del 20 % en la fuente y proveer a los demás Estados miembros
de informaciones sobre los ingresos pagados a los no residentes.
La
gestión de los factores externos presupuestarios, fiscales y sociales condicionará
ampliamente el futuro de la construcción europea. A término, se ofrecen dos esquemas
generales a la Europa fiscal. En el primero de ellos, se consideraría adquirida la
heterogeneidad de los países europeos, y la prioridad sería entonces minimizar sus
consecuencias para el funcionamiento de la Unión Monetaria. En particular, se trataría
de adoptar reformas estructurales en cada país, susceptibles de acrecentar la
flexibilidad de los precios y salarios, a fin de facilitar el ajuste en caso de choque
asimétrico y permitir que los presupuestos nacionales desempeñen plenamente la función
de amortiguadores coyunturales en el intervalo. Naturalmente, este esquema excluye
cualquier armonización de los salarios o las normas sociales entre países europeos, a
menos en el plano fiscal, y deja abierta la puerta a la competencia entre sistemas
nacionales.
En el segundo esquema,
se pondría el acento en la armonización fiscal y social. Se organizarían transferencias
presupuestarias más importantes, con objetivos de redistribución o estabilización. En
su origen, estas transferencias estarían destinadas a mutualizar el riesgo de un choque
asimétrico, por ejemplo a través de un fondo alimentado por un impuesto «europeo»
específico. De este modo, formarían un mecanismo de seguro de los países europeos
contra los choques coyunturales, que sería, de manera verosímil, más eficaz que las
solas políticas presupuestarias nacionales. No obstante, como los choques coyunturales
son indiscernibles de los choques estructurales, a largo plazo este sistema terminaría
evolucionando, al menos en parte, hacia un mecanismo de redistribución. Este sistema
aceleraría entonces la evolución de Europa hacia una estructura federal.
La solución
«federal» comporta sus propios riesgos: la seguridad engendra una incertidumbre moral,
que podría inducir a los países a no realizar esfuerzos de ajuste y a descansar en la
solidaridad comunitaria. Como lo muestran numerosas observaciones en todo el mundo, las
transferencias mal dirigidas o insuficientemente condicionadas a los resultados
económicos de la región beneficiaria pueden llegar a desalentar la recuperación.
Finalmente, la solución «federal», en una visión extrema, podría conducir a alinear
los costos salariales y las normas sociales de los países europeos sin tener
suficientemente en cuenta su heterogeneidad.
Naturalmente, es muy
probable que la construcción europea adopte un camino intermedio entre estos dos
extremos. A largo plazo, sin embargo, Europa estará más cerca de uno u otro de estos dos
esquemas. El pasado de la construcción europea la impulsaría sin duda hacia el
federalismo fiscal, pero esto supondría un grado de solidaridad y una convergencia entre
los pueblos europeos que todavía no existe.
V. La
ampliación hacia el Este y sus consecuencias
Con el hundimiento del
bloque comunista, la Unión Europea se veía naturalmente llamada a abrirse a los países
de Europa central, oriental y báltica. La ampliación de la UE hacia el Este, por su
amplitud, por las diferencias económicas entre países miembros y países candidatos al
acceso, y por la importancia de los logros comunitarios que los países a ingresar deben
integrar (Mercado Único, Moneda Única, JAI, PESC, Europa social), resulta lo más
ambicioso en la historia de la construcción europea. En último término ¡la ampliación
podría llevar el número de países miembros de la Unión a más de treinta! Por sí
solos, los diez países de Europa central y oriental representan el 27% de la Unión
Europea en términos de población, pero sólo el 5% en términos de PBI, con un ingreso
per cápita inferior al 20% del de la UE.
Después del examen de
las candidaturas por parte de la Comisión, en 1988 se abrieron negociaciones con
Hungría, Polonia, la República Checa, Estonia y Eslovenia, así como con Chipre. La
principal dificultad que encuentra Europa en la gestión de la ampliación hacia el Este
es sin duda la de lograr un enfoque en términos de ayudas y exigencias bastante flexible
y adaptado para favorecer el crecimiento y la recuperación. En el pasado, con mucha
frecuencia, la clave de las ampliaciones exitosas resultó ser la gradación de las
integraciones.
La ampliación impone
también una reformulación completa de los mecanismos presupuestarios de la Unión y,
especialmente en la medida en que se intenta evitar un fuerte crecimiento del presupuesto
comunitario, reformas sustanciales de la PAC y de los fondos estructurales, principales
puntos de gasto. En cuanto a la PAC, la ampliación impone una aceleración de la
transición del sostén por los precios hacia pagos directos, de modo de abrir el mercado
agrícola de la Unión a los nuevos países a ingresar sin transferencias presupuestarias
masivas a favor de sus agricultores y sin pérdida redhibitoria de competitividad para la
agricultura de los Quince. El impacto de la ampliación sobre la política de cohesión
será el de implicar, a presupuesto constante, una reorientación masiva de las ayudas
hacia los países entrantes, puesto que tales ayudas se atribuyen en función de los
desfasajes del PBI per cápita con respecto al promedio de la Unión.
Finalmente, la
ampliación necesita también que sean revisados los mecanismos de las instituciones
europeas, a fin de que el número y la diversidad de los países miembros no conduzcan a
su parálisis. El protocolo concerniente al futuro de las instituciones anexado al tratado
de Amsterdam identificó así algunos ámbitos en los que era necesaria una reforma
institucional dentro de la perspectiva de la ampliación: reponderación de los votos en
el seno del Consejo y reducción del número de comisarios a uno por país, extensión del
voto por mayoría calificada, modernización de la Comisión. En la cumbre de Luxemburgo,
en diciembre de 1997, se acordó que se adoptaría un nuevo tratado relativo a las
reformas institucionales antes de que la primera ola de ampliaciones se hiciera efectiva.
En 1997, en su informe
Agenda 2000, la Comisión presentó propuestas relativas a la reforma de la PAC y la
política de cohesión, así como referidas a las modalidades del proceso de ampliación
en el interior del marco presupuestario de la Unión para los años 2000-2006. En la
Agenda se mencionaba, además, la reforma institucional en el marco definido por el
Tratado de Amsterdam. Estas propuestas, que ponen en juego importantes intereses
nacionales, fueron objeto de ásperas negociaciones; finalmente, en marzo de 1999, en la
cumbre de Berlín se llegó a un acuerdo parcial.
Las reformas
propuestas fueron en gran parte actualizadas o suavizadas. Se comprimieron los gastos
comunitarios excepto los de financiación de la adhesión. Los principios de
simplificación y desarrollo de los recursos propios de que dispone la Unión han sido
postergados sine die. En materia agrícola, especialmente, no se aprovechó la
ocasión para separar totalmente las ayudas de la producción, lo que hubiera completado
la reforma de la PAC y reforzado la posición europea durante la próxima ronda de
negociaciones de la OMC. Se estimó en general que la modestia de estos avances
ensombrecía las perspectivas de la ampliación y constituía un fracaso para el
federalismo fiscal.
Paradójicamente, bajo
la presión de la guerra en Yugoslavia, los quince jefes de Estado reunidos en Colonia
decidieron dar un nuevo impulso a la ampliación. La cumbre de Helsinki, a fines de 1999,
preveía oficializar la apertura de negociaciones con miras al acceso de un nuevo grupo 5
+ 1 (Bulgaria, Lituania, Letonia, Rumania y Eslovaquia + Malta). En el seno del primer
grupo, se esperan las primeras entradas para 2002-2003. Previamente, deberán acordarse
las reformas del paquete Agenda 2000 que no fueron resueltas en Berlín. Finalmente, la
Conferencia intergubernamental del año 2000, que debe instituir la reforma institucional,
debería limitarse a las cuestiones mencionadas en el tratado de Amsterdam.
VI.
Perspectivas
La Europa del siglo
XXI se caracterizará por una creciente heterogeneidad, de manera exógena con la
ampliación hacia el Este, pero tal vez también de manera endógena a causa de una
inversión de los efectos de la integración económica sobre la especialización de los
países. Así, ciertos trabajos de economía geográfica prevén una evolución de
Europa semejante a la de los Estados Unidos, cuyas regiones están fuertemente
especializadas. Semejante evolución sometería a la Unión Europea a fuertes tensiones.
¿Podrá hacerles frente?
Durante
los últimos años, la construcción europea ha franqueado etapas fundamentales. Pero
también se ha estancado en ámbitos que condicionan ampliamente el futuro: la
coordinación presupuestaria, la armonización fiscal, la reforma de las instituciones,
las reformas de la PAC y de la política de cohesión. Al mismo tiempo, el método
comunitario se ha visto sensiblemente modificado. El tratado de Amsterdam ha reforzado los
poderes del Parlamento Europeo, en parte a costa de la Comisión, al extender el campo de
la codecisión Parlamento-Consejo en el proceso legislativo europeo. La crisis del primer
semestre de 1999, que condujo a la renuncia del conjunto de la dirección, también
debilitó la posición de la Comisión, mientras que el ascenso de los pilares JAI y PESC
consagraba un regreso de la acción intergubernamental. Por lo demás, el tratado de
Amsterdam introdujo una cláusula de flexibilidad que formaliza la noción de geometría
variable: si la mayoría no puede obligar a la acción a un país, de ahora en más está
claro que un país por sí solo no puede impedir la acción de la mayoría.
Desde
entonces, numerosos observadores han estimado que según la UEM, la construcción europea
había entrado en una fase de estancamiento debido a la falta de leadership, a la
modificación de la distribución geopolítica y al ascenso de los nacionalismos. La
introducción de la geometría variable fue interpretada por algunos como un fracaso del
método comunitario, dirigido hacia la integración y el consenso, y una peligrosa
apropiación del proceso de construcción europea por parte de los gobiernos.
Estos
temores parecen excesivos. En primer lugar, la geometría variable es una respuesta
necesaria ante el aumento del número de países miembros y su diversidad. La extensión
del voto por mayoría calificada es laboriosa y choca inevitablemente con el reflejo de
preservación de la soberanía nacional. Parece fundado, pues, que países deseosos de
seguir adelante con la integración puedan hacerlo, y que su éxito, llegado el caso,
pueda servir de fuerza impulsora a la construcción europea.
Además,
la construcción europea ha sido y sigue siendo pragmática: progresa bajo la presión de
los acontecimientos. Esto explica que avances que son deseables para un buen
funcionamiento de la Unión en el futuro, pero que no presentan carácter de urgencia, se
dibujen con tanta lentitud. Así, no cabe duda de que la necesidad de abrir nuevos campos
de fuerte coordinación a nivel comunitario no resulta todavía imperiosa hasta el punto
de barrer con las diferencias de enfoques e intereses nacionales. En tanto no se compruebe
un choque asimétrico, no parece necesario imponer una coordinación presupuestaria más
marcada que la de hoy. Sucede lo mismo en el ámbito social o en el del empleo: en los
casos en que estaba en juego una externalidad significativa (recientemente, las políticas
de inmigración y asilo, la defensa común), la coordinación ha progresado y desembocado
en la instauración de una política o normas centralizadas. Esto mismo podría producirse
próximamente en los que se refiere a la fiscalidad del capital.
Finalmente,
la extensión del campo de acción intergu-bernamental no es necesariamente sinónimo de
estancamiento de la construcción europea. Por el contrario, como lo muestra el ejemplo de
la PESC, puede ser portadora de un nuevo impulso. Por cierto, en un contexto marcado por
desacuerdos fundamentales entre países europeos, se corre el riesgo de que esta
evolución se traduzca en una marcha de Europa con más obstáculos y más dificultades.
Pero esta fase es sin duda necesaria para la definición de un «modelo europeo» previo a
la búsqueda de la integración. Sólo a este precio los pueblos y naciones de Europa
podrán volver a apropiarse de la construcción
europea.
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