II.
CRISIS FINANCIERA Y RIESGO PAÍS
Conviene ahora
profundizar el análisis de las relaciones existentes entre las crisis financieras, la
evolución de las condiciones macroeconómicas fundamentales y la percepción del riesgo
país.
Habida cuenta que una fuerte proporción del
financiamiento externo de la región proviene de la emisión de obligaciones soberanas en
el mercado de bonos y que este mercado, en la mayoría de los casos, se rige por la
percepción general de la relación riesgo/rendimiento[2] (el primero medido como la probabilidad asociada al riesgo de default,
o riesgo de incumplimiento de las obligaciones soberanas de un país y el segundo medido a
través la tasa de interés deducida una ganancia sin riesgo en general, la tasa de
interés de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos), resulta interesante observar la
evolución objetiva del riesgo país y de los diferenciales asociados tanto a las nuevas
emisiones como a las cotizaciones de los bonos existentes en el mercado entre 1997 y 1999.
Para poder construir una escala latinoamericana
de riesgo país, estudiar su evolución y poder comparar con la percepción de los
operadores del mercado de eurobonos, que se expresa a través del nivel de los
diferenciales negociados, se ha utilizado una técnica tendiente a reducir un gran número
de variables cuantitativas en una pocas que resuman la información total contenida en el
conjunto: el análisis factorial de correspondencias múltiple (ver Recuadro 1).
El análisis se realizó para 19 países de la
región y con los datos macroeconómicos correspondientes a los años 1997 y 1999. El
gráfico 2 muestra el resultado del análisis: el eje horizontal F1 puede ser interpretado
como una variable representativa del estado de los equilibrios externos (crecimiento de
las exportaciones, nivel de endeudamiento, saldo en cuenta corriente, ...) y el eje
vertical como una variable representativa del estado de los equilibrios internos
(crecimiento del PIB, inflación, saldo presupuestario, nivel de inversión, ...).
La dirección positiva del eje horizontal F1
asocia las economías latinoamericanas con endeudamiento elevado. La dirección positiva
del eje vertical F2 asocia las economías del continente que presentan tasas de
crecimiento y de inversión débiles con respecto a la muestra de países. En
consecuencia, la región (cuadrante nordeste) delimitada por ambas direcciones positivas
puede definirse como una zona de condiciones macroeconómicas frágiles (o fragilizados
por la existencia de shocks externos desfavorables). De manera simétrica, la región
delimitada por las direcciones negativas de ambos ejes (cuadrante sud-oeste) representa
una zona de condiciones macroeconómicas sólidas[3].
El Gráfico 3 muestra la proyección de los
países en el espacio definido por las condiciones macroeconómicas fundamentales.
El impacto de la crisis financiera
internacional (particularmente las crisis asiática y rusa) sobre América Latina se
traduce en un deterioro relativamente marcado de las condiciones macroeconómicas
fundamentales de la región, a través de los canales de transmisión señalados
anteriormente.
En el Gráfico 3 se observan estos
desplazamientos: fuerte deterioro relativo de las condiciones macroeconómicas
fundamentales de Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Uruguay, Chile, Paraguay e
incluso (aunque en mucho menor medida) de México.
Este deterioro de las condiciones
macroeconómicas fundamentales debe traducirse necesariamente en degradaciones importantes
en la percepción que los operadores en el mercado financiero internacional tienen del
riesgo país de las economías de la región. Consecuentemente, dichos mercados
financieros tenderán a disminuir los precios de los activos en cartera (cotización de
los bonos) y aumentar la tasa de rendimiento exigida (aumento de los diferenciales), tanto
para mantenerlos en cartera como para aceptar nuevas emisiones (Recuadro 2).
Este proceso de alza de diferenciales (de baja
de las cotizaciones de los títulos soberanos) y la consecuente baja en la liquidez de los
mercados financieros internacionales (dificultades crecientes para la colocación de
títulos) genera un proceso en retorno: un alza de los tipos de interés
internos y una contracción del crédito (internacional e interno) para los países de la
región y como resultado de ello, una degradación aún mayor de las condiciones
macroeconómicas fundamentales.
En suma, se advierte una significativa
fragilización de numerosos países de la región que es consistente con la importante
pérdida de puntos de crecimiento de América Latina entre 1997 y 1999 (ver Cuadro 1).
Recuadro 1
El análisis factorial de correspondencias
múltiples (AFCM)
El análisis factorial de correspondencias
múltiples (AFCM) permite estudiar una asociación de variables que se funda sobre una
dicotomización de cada una de ellas en torno de la mediana calculada para la muestra. Es
posible entonces caracterizar los países de la muestra conforme ellos se sitúen por
encima o por debajo de la mediana. Este método de análisis es extremadamente sensible a
la manera como es definida la muestra. Esto supone siempre un razonamiento en términos
relativos. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, el cociente Deuda Externa/Exportaciones
no se juzga elevado en lo absoluto, sino simplemente en el seno de la muestra utilizada.
Este método constituye un instrumento adecuado
para analizar la estructura subyacente a un gran número de variables. Ello permite de
reducir un gran número de variables (cualitativas y/o cuantitativas) en un pequeño
número de variables independientes (los factores). Estas últimas, que resultan de la
combinación de variables de base en función de su grado de asociación, constituyen los
ejes factoriales ortogonales. Estos ejes definen los espacios en los cuales los países de
la muestra son proyectados.
Recuadro 2
La relación riesgo-país y el diferencial
(spread) de las obligaciones soberanas
Tomando como base los resultados del AFCM y a
partir de los promedios anuales de cotización de las obligaciones soberanas de los
países de la región para 1997 y 1999, se estimó la ecuación siguiente:
Diferencial = C + a Eje F1 + b Eje F2 + c Eje
F1² + d Eje F2² + e Corto Plazo + f D1999
Diferencial: corresponde al rendimiento
de 63 bonos soberanos latinoamericanos (en puntos de base con respecto a US T-bills de
idéntica duración).
C: una constante, representativa del
diferencial promedio de la región, con condiciones macroeconómicas fundamentales para
cada país idénticos al promedio regional. Su signo esperado es positivo.
Eje F1: corresponde a las coordenadas
del país con respecto al eje factorial consignado. De acuerdo con los resultados del
AFCM, la direcciones positivas de los ejes deberían mostrar un aumento del diferencial,
por lo que se esperan signos positivos de los coeficientes asociados a dichas variables.
Eje F2²: corresponde al cuadrado de las
coordenadas del país con respecto al eje factorial consignado. Esta variables permiten de
captar efectos no lineares (acumulativos). Su signo puede ser negativo o positivo.
Corto Plazo: variable dummy (binaria) que
señala los bonos de plazo de vencimiento inferior a siete años desde 1997. Esta variable
capta la diferenciación que realiza el mercado entre colocaciones de corto plazo y de
largo plazo. Dado que, a mayor riesgo, la preferencia por la liquidez aumenta, el
coeficiente de esta variable debería ser negativo.
D1999: Variable dummy que
toma valor 0 si el diferencial utilizado es medido en 1997 o el valor 1 si es medido en
1999. Esta variable debería captar aumentos del diferencial entre 1997 y 1999 no
explicados por los fundamentales (por ejemplo, una percepción del riesgo latinoamericano
que denotó una desconfianza generalizada en la capacidad de pago de la región).
Los resultados son plenamente satisfactorios.
El signo de los coeficientes es el previsto y el ajuste aparece de muy buena calidad
econométrica: el coeficiente de correlación es cercano a la unidad (R²=0.97) y el DW
demuestra la ausencia de autocorrelación de errores. La ecuación fue calculada
eliminando los problemas de heterocedasticidad (heteroskedasticity).
En la estimación fue necesario agregar una
variable binaria para el caso de Ecuador, habida cuenta de la inestabilidad que sufrió
este país desde 1997, que desembocó en el default de 1999. Estas dos variables
binarias son fuertemente significativas.
Es importante subrayar dos resultados:
El primero tiene que ver con las
condiciones macroeconómicas fundamentales: la fuerte significación de los coeficientes
asociados a los ejes (sean lineares o cuadráticos). Ello implica que los mercados
financieros tienen en cuenta el estado de las condiciones macroeconómicas fundamentales
para fijar los diferenciales.
El segundo, expresado en la
significación econométrica importante de la variable D999: paradójicamente (o
independientemente del estado macroeconómico de los países de la región), los
diferenciales verificados en 1999 son 258 puntos de base superiores a los que se hubieran
negociado los bonos, teniendo en cuenta únicamente la deterioro de las condiciones
macroeconómicas fundamentales. En otras palabras, esta variable representa el
comportamiento de exacerbación de la percepción negativa de los inversores con respecto
a la región.
III. CRECIMIENTO Y
FINANCIAMIENTO EXTERNO
Si se analiza el crecimiento de la región desde
comienzo de la década del 90 se advierten varios ciclos claramente diferenciados: dos
fases de expansión, de 1990 a mediados de 1994 y de mediados de 1995 a mediados de 1997,
y dos fases de desaceleración del crecimiento: mediados de 1994 a mediados de 1995 y
mediados de 1997 a mediados de 1999 (Gráfico 4). A partir de esta fecha la región ha
entrado en un nuevo ciclo, con una nueva etapa de expansión que todavía no alcanzado su
techo.
Más allá de las diferencias entre los distintos
ciclos, una de las similitudes más importantes es la asociación existente entre la
disponibilidad de financiamiento exterior y las fases de crecimiento. A su vez, el
comportamiento procíclico del gasto interno, tanto público como privado, y de los flujos
de capital extranjero, sostiene y amplifica los impulsos favorables derivados de la
abundancia de financiamiento externo. Inversamente, dicho comportamiento procíclico
acentúa las tendencias recesivas en las fases de escasez de financiamiento externo
(CEPAL, 2000).
La mayor o menor disponibilidad financiamiento
exterior se traduce en un menor o mayor costo de los fondos externos. Como se advierte
claramente en el Gráfico 4, existe una correlación evidente entre la evolución de los
diferenciales y la dinámica del crecimiento latinoamericano. En ese marco, los puntos
más bajos del crecimiento corresponden a los períodos de fuerte variación positiva de
las primas de riesgo.
Esta constatación ilustra perfectamente la
dependencia de la región respecto de las tasas de interés efectivamente pagadas y
muestra los límites de una visión optimista de la relación entre endeudamiento externo
y crecimiento sostenido.
Teóricamente, para las economías caracterizadas
por una baja tasa de ahorro inicial, el endeudamiento externo constituye un medio para
desarrollar su potencial de crecimiento. La entrada de recursos que financien la
inversión en el sector de bienes transables debe permitir el desarrollo de nuevas
capacidades de exportación. Esto se traduce, a su vez, en un incremento progresivo del
ahorrro y en una disminución progresiva de la deuda externa. Los países que se endeudan
de este modo pasan, llegado el momento, de una situación de «nuevo prestatario » al
estatuto de « prestamista evolucionado ».
Sin embargo, esta teoría del « ciclo de la
deuda » nunca se ha verificado realmente, porque subestima la importancia del costo de
financiamiento : si las tasas de interés son más elevadas que el ritmo de incremento de
las exportaciones netas (a las cuales se pueden agregar las entradas de capitales no
generadores de deuda, como la inversión extranjera directa o las inversiones de cartera),
la transferencia financiera neta es negativa. Salvo que se asegure un crecimiento de las
exportaciones y de las inversiones directas más rápido que el de los intereses, las
economías se verán obligadas a realizar un ajuste forzado, basado en la reducción de la
demanda interna y, por consiguiente, de la inversión.
En el pasado reciente, este mecanismo de ajuste
forzoso fue perfectamente ilustrado por la crisis de la deuda de los años 80. Como se
sabe, al comienzo de esa década, los países fuertemente endeudados fueron afectados por
el endurecimiento de la política monetaria de Estados Unidos y el deterioro brutal de la
condiciones de crédito. A partir de ello, se asistió a un proceso autosostenido en el
que el nuevo endeudamiento progresaba al mismo ritmo que el de la carga de intereses.
Así, el alza de las tasa de interés dio lugar a
un ajuste recesivo. Sólo gracias a la recreación de un contexto de transferencia
financiera neta positiva, a través de los programas de reestructuración y de reducción
de la deuda, pudo encontrarse una salida a la crisis. Estos programas, junto con la baja
de las tasas de interés, permitieron, a partir de comienzos de los años 90, el
restablecimiento de una dinámica positiva en materia de crecimiento.
Sin embargo, el endeudamiento ha seguido siendo,
en los años 90, la principal fuente de financiamiento de los países emergentes. En ese
marco, América Latina sigue presentando indicadores de endeudamiento relativamente
elevados, a pesar de que, a partir de 1994, los flujos de inversiones directas han
alcanzado una proporción creciente (SELA, 2000). Pero, como el conjunto de las regiones
emergentes (e incluso más, como se verá más adelante), los países de América Latina y
el Caribe se caracterizan por una participación cada vez mayor de las deudas contraídas
en los mercados de obligaciones (bonos Brady y euro-obligaciones soberanas y corporate).
Esto ha expuesto nuevamente la región a fases de extrema tensión a nivel de las tasas de
interés, como se vio en 1995 o en 1998-1999, y plantea el problema del endeudamiento
externo en términos bastante alejados de la visión positiva del « ciclo de la deuda ».
A corto plazo, empero, la evolución de los
mercados internacionales de capitales parece más bien favorable, a pesar de la
volatilidad que éstos han mostrado en el primer semestre de 2000.
Como se advierte en el Gráfico 5, en el primer
trimestre de 2000 las emisiones de bonos soberanos (casi 20 mil millones de dólares) se
caracterizaron por una franca recuperación, aún cuando no se haya alcanzado el pico del
tercer trimestre de 1997. Paralelamente, sin embargo, los diferenciales, que habían
caído a partir del tercer trimestre de 1999, se incrementaron. Este incremento, más
marcado en el segundo trimestre de 2000, coincidió en ese momento con una
reducción de las emisiones. Los mercados fueron afectados por la tendencia alcista de las
tasas de interés en Estados Unidos y la volatilidad de los mercados bursátiles de los
países desarrollados, en particular el Nasdaq. Es sabido que en fases de exacerbada
volatilidad los inversores tienden a replegarse hacia los valores seguros. Así, los
títulos riesgosos como las obligaciones soberanas emergentes pierden peso en las carteras
de los inversionistas.
Con todo, los signos de confirmación de un
escenario de « aterrizaje suave » de la economía de Estados Unidos y, consecuentemente,
el fin previsible de la fase alcista de las tasas de interés de ese país auguran una
perspectiva relativamente estable para el financiamiento externo de la región
latinoamericana. Sin subestimar los efectos de la persistencia de la volatilidad en los
mercados bursátiles desarrollados, la mejora de las condiciones de acceso y de costo del
financiamiento externo debería reforzar, en los meses venideros, la reactivación
económica de la región.
Pero esto no debería hacer olvidar que el
financiamiento de mercado, la modalidad principal del endeudamiento externo de la región,
conlleva numerosos riesgos e impone límites a una perspectiva de crecimiento sostenido.
IV. FINANCIAMIENTO
DE MERCADO: LÍMITES Y RIESGOS
Con la
normalización de las relaciones financieras internacionales producida a comienzos de los
90 -gracias principalmente a los planes Brady-, numerosos países en desarrollo -y entre
ellos la mayor parte de los países latinoamericanos- aceleraron los procesos de reforma
estructural iniciados en la segunda mitad de los años 80. Los programas de apertura y
liberalización financiera implementados en estos países constituyeron uno de los
principales aspectos de las reformas. Estos programas precipitaron la inserción de la
región en el proceso de globalización financiera.
Concomitantemente fue aumentando la
participación de los compromisos externos constituidos por la emisión de obligaciones en
el total de la deuda externa de los países emergentes, alcanzando casi 30% en 1999. Esta
proporción se elevó a poco más de 45% en el caso de los países latinoamericanos
(Gráfico 6).
Los años 1995-1997 fueron muy favorables en
términos de emisión de bonos. Pero, como ya se señaló, con las crisis asiática y rusa
los diferenciales aumentaron fuertemente. Las condiciones en los mercados primarios se
degradaron instantáneamente y la oferta se retrajo. Esto se tradujo en una fuerte
contracción de las emisiones de bonos a partir de 1997. Así, los flujos netos de
emisiones de bonos sólo fueron de 25 mil millones de dólares en 1999, contra más de 62
mil millones en 1996 (Cuadro 3). Esto se explica por el hecho que, en caso de dificultad,
el emisor no logra « colocar » sus títulos debido a la caída de la demanda (ventas
masivas en el mercado secundario y/o precio de equilibrio de la transacción que pone en
peligro la solvencia a mediano plazo del deudor, desalentando así la demanda).
Así, en una situación de crisis el
financiamiento desintermediado se revela mucho más peligroso que el
financiamiento bancario. Como se advirtió en los años 80, tras la crisis de la deuda
externa, los bancos internacionales promovieron una reestructuración sistemática de las
acreencias que, sin asegurarles el reembolso del principal, les permitía percibir los
intereses. Dicho de otro modo, el racionamiento del crédito que sufrieron en aquella
oportunidad los países deudores se operó sobre el acceso a nuevos créditos y no sobre
el stock de la deuda, que era reconducido como consecuencia de las reestructuraciones. De
hecho, las moratorias fueron evitadas en este período. Esto permitió que el bloque
acreedor ganara tiempo para buscar una salida de crisis, que se concretó finalmente con
la titularización inducida por el plan Brady.
En una situación como la actual, en la que
predomina la finanza desintermediada, el racionamiento que se opera a través del mercado
es inmediato (Laurent, Miotti, Quenan y Ricur-Nicolaï, 1999). En un contexto de
tensión, los nuevos flujos de deuda son más caros y mucho más difíciles de obtener.
Los países más fragilizados que deben refinanciar sus deudas o cuyos títulos llegan a
vencimiento se encuentran, entonces, en situación de cese de pagos. Este ha sido el caso,
recientemente, de Pakistán, Ucrania, Costa de Marfil y, en América Latina, de Ecuador.
A partir de ello, la renegociación de la deuda
en obligaciones se revela sumamente difícil. Durante los años 80, la renegociación de
la deuda bancaria desembocó en mecanismos de coordinación entre establecimientos poco
numerosos : una decena o a lo sumo una veintena de bancos internacionales detenían el
grueso de los créditos otorgados a los países en desarrollo. Estas instituciones
financieras eran además bastante homogéneas, a pesar de la diversidad de los marcos
regulatorios nacionales, principalmente en materia de tratamiento contable y fiscal de las
provisiones. Esto facilitó la coordinación del conjunto de los acreedores en un contexto
de asimetría en las renegociaciones. En efecto, los bancos acreedores se organizaron en
cartels, bajo la dirección de un comité de coordinación (steering committee),
mientras que los países deudores eran tratados « caso por caso » en el marco del Club
de Londres. Esta asimetría permitió a los grandes bancos, sumamente expuestos en los
países deudores, impedir que éstos pudieran concertarse en función de sus intereses
comunes y que los bancos pequeños « abandonen la plaza ».
En cambio, no hay reglas claras en lo que
atañe a la formación de un comité de tenedores de bono « bondholders-committee
» capaz de negociar una salida de crisis con un país en default fuertemente endeudado
respecto de los mercados (Eichengreen y Mody, 2000 y Sgard, 2000). La divergencia en
materia de objetivos y de estatutos jurídicos hace mucho más difícil la representación
de los intereses de los inversores, numerosos y muy diversos : fondos de pensión, fondos
de inversión, compañías de seguros
Por otro lado, si, como ocurre a menudo, las
cláusulas de los contratos imponen la unanimidad para cualquier modificación de las
condiciones originales, los pequeños inversores pueden bloquear cualquier posibilidad de
reestructuración de la deuda.
A los problemas de coordinación se agrega la
cuestión de la repartición del fardo entre los diferentes tipos de acreedores, públicos
y privados (Institute of International Finance, 1999). La cuestión del riesgo compartido
(burden sharing) apareció con fuerza con las recientes crisis financieras de
mercado (en particular con las crisis asiática y rusa), tras los planes de salvataje
implementados por el FMI con la participación decisiva de Estados Unidos y otros países
desarrollados. Estos planes permitieron reflotar los países en crisis. Frente a esta
situación de riesgo moral (moral hazard), que puede acentuar la toma excesiva de
riesgos por parte de los inversores, la idea que « el dinero público no debe servir para
auxiliar a los prestamistas privados aventureros » ganó terreno entre los responsables
de los países desarrollados y en el seno de las instituciones multilaterales.
Ahora bien, la aplicación del principio que
establece que el costo de una crisis debe ser afrontado por el sector privado enfrenta
numerosos obstáculos. Los que se oponen no dejan de señalar que, cuando fueron
implementados los planes Brady, los acreedores privados soportaron una buena parte de las
« quitas de deudas ». Frente a este argumento, otros sostienen que, en ocasión de la
crisis de los años 80, los contribuyentes de numerosos países desarrollados soportaron
el fardo como consecuencia de las medidas fiscales de acompañamiento que facilitaron la
constitución de provisiones por acreencias dudosas. Por último, en el contexto actual es
claro que, mientras las deudas públicas de los países llamados intermedios (excluidos,
por definición, de la categoría de los más pobres) renegociadas en el Club de París
permanezcan « protegidas » y las reducciones ad hoc (como las concedidas a
Polonia y a Egipto a comienzos de los 90) no sean contempladas, los inversores privados
serán reticentes a las proposiciones que buscan comprometerlos en las operaciones de
salvataje y de reestructuración de deudas de los países en dificultades.
Así, los intentos de implementación del
riesgo compartido (burden sharing) son por el momento puntuales (caso de Ucrania,
donde se trata de evitar que los créditos del FMI sirvan para financiar el retiro de los
prestamistas privados), mientras que las instituciones multilaterales no dan señales
claras sobre sus orientaciones de fondo en la materia.
Como quiera que sea, al expresar su voluntad de
hacer asumir al sector privado el costo de eventuales crisis, las instituciones
internacionales pueden promover, indirectamente, un alza permanente de los diferenciales.
Esta situación podría acentuar el riesgo de marginalización de los países pequeños
que no parecen capaces de desatar una crisis sistémica. Al mismo tiempo, un apoyo
excesivo de las instituciones internacionales a los países que pueden ser el epicentro
del riesgo sistémico, considerados « too big to fail » puede contribuir decisivamente a
la acumulación de tensiones, como ocurrió en el caso de Rusia.
En suma, el financiamiento de mercado se revela
extremadamente riesgoso. Los flujos pueden interrumpirse bruscamente debido a la
inestabilidad inherente a la lógica de racionamiento que impera en los mercados de
euro-obligaciones. Además, en caso de cesación de pagos, el país involucrado puede
quedar durablemente marginalizado del mercado en virtud de los problemas de coordinación
que dificultan las reestructuraciones de deudas. Por lo tanto, este tipo de
financiamiento, cuando representa la mayor parte de los flujos de endeudamiento,
constituye un límite para la perspectiva de un crecimiento estable.
CONCLUSIÓN
La crisis financiera internacional que explotó
en Asia, prosiguió en Rusia y desembocó en Brasil ha brindado nuevos elementos para el
análisis de la relación entre financiamiento externo y crecimiento. A nivel
internacional, se ha desarrollado un debate sobre la necesaria reforma de las estructuras
financieras globales con el objetivo de prevenir y, llegado el caso, solucionar las
crisis.[4]
En el plano de los países emergentes, y en
particular de la región latinoamericana, que muestra una elevada dependencia respecto del
financiamiento vía emisión de bonos en los mercados internacionales, parece claro que el
principal objetivo a largo plazo debe ser la reducción de esta fuente de vulnerabilidad.
Como se vio, la evolución reciente muestra que la percepción del riesgo país en esos
mercados acentúa los fenómenos de contagio y agrava el deterioro de las condiciones
macroeconómicas fundamentales. Además, el financiamiento vía euro-obligaciones está
gobernado por una lógica de racionamiento brutal que, aunada a los problemas de
coordinación que caracterizan a los mercados de bonos en caso de crisis, tiende a
perpetuar y a acentuar la volatilidad del crecimiento.
Los niveles alcanzados en los últimos años
por los flujos de inversión extranjera directa no deberían distraer los países de la
región del objetivo de reducir la dependencia respecto del financiamiento externo. Por un
lado, no es seguro que los flujos de inversión que se concentran en un número muy
reducido de países- se mantengan en niveles tan elevados en los próximos años. Por otra
parte, los montos extremadamente altos recibidos en los últimos años están generando
pagos netos de dividendos cada vez más elevados.
Es necesario entonces que los países de la
región traten, junto con los esfuerzos para promover el ahorro interno, de desarrollar
los mercados domésticos de capitales. El desarrollo de un mercado local de la deuda
pública de largo plazo que caracteriza a la mayor parte de los países
desarrollados- debe figurar en uno de los lugares más destacados de la agenda financiera
regional.
La reducción de la dependencia respecto del
financiamiento externo generador de deuda es, evidentemente, un objetivo de largo plazo.
Entre tanto; el manejo macroeconómico nacional debe orientarse a la creación de
mecanismos anticíclicos que deben ser gestados en las fases de crecimiento en las que se
acrecientan los márgenes de maniobra en el plano fiscal.
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