Introducción
Para exportar sus
productos, los países en desarrollo tienen que demostrar cada vez más que sus bienes
cumplen con las normas y leyes de los países importadores. Dichas normas y leyes
están destinadas a garantizar, entre otros, que los productos locales e importados sean
seguros y de buena calidad y ocasionen el menor efecto nocivo posible al medio ambiente.
Durante mucho tiempo, la preocupación principal de los países en desarrollo en este
ámbito ha sido el que sus socios comerciales pudieran recurrir con fines proteccionistas
a medidas concebidas para proteger la salud, seguridad y medio ambiente o garantizar la
elevada calidad de los productos.
Por esta razón, los
países en desarrollo han tratado de mantenerse alertas ante la imposición de
regulaciones innecesariamente estrictas y se han opuesto a las modificaciones introducidas
en los Acuerdos sobre Barreras Técnicas al Comercio (TBT) y sobre la Aplicación de
Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (SPS). También han manifestado su desacuerdo con las
modificaciones realizadas al Artículo XX del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio
(GATT), que aborda el tema de las excepciones generales a las obligaciones del GATT.
Dichos cambios fueron propuestos por varios países desarrollados con el propósito de
atender mejor los asuntos no comerciales en el sistema de comercio multilateral,
particularmente aquellos que se refieren a la protección del medio ambiente.
No obstante, la
situación parece haberse tornado más compleja últimamente. En efecto, las
preocupaciones de los países en desarrollo en relación con el acceso a los mercados
siguen haciéndose notar con insistencia, aunque estos países enfrentan hoy en día un
nuevo reto en relación con el comercio de productos cuya seguridad y posible impacto
ambiental no se conocen bien aún: los organismos genéticamente modificados (OGMs) y sus
derivados. El OGM es un organismo cuyo material genético ha sido alterado de una manera
que no ocurriría naturalmente por apareamiento y/o recombinación natural.[1]
La mayoría de los
países en desarrollo no han promulgado aún ninguna legislación en esta materia y
consideran que su limitada capacidad científica, los problemas que enfrentan de manera
recurrente a la hora de inspeccionar productos en la frontera y su capacidad limitada para
evaluar por sí mismos los riesgos y beneficios implicados no les permiten manejar
adecuadamente los desafíos que plantean los OGMs. Por ende, han solicitado que se
establezcan reglas internacionales que regulen esta materia. El Protocolo de Cartagena
sobre Bioseguridad[2], que representa la
respuesta multilateralmente acordada a estos y otros intereses no comerciales,
proporcionará el marco legal necesario para que se desarrolle el comercio internacional
de OGMs, por lo menos entre las partes, aunque todavía no se conoce con claridad su
relación con las disciplinas del comercio multilateral establecidas en los acuerdos de
Organización Mundial del Comercio (OMC).
El Protocolo otorga un
poder discrecional bastante amplio a los países importadores para tomar decisiones en
relación con los bienes que están dispuestos a importar. El marco comercial que
establece el Protocolo de Cartagena es, por ende, bastante distinto del que los países en
desarrollo han apoyado tradicionalmente en el seno de la OMC.
Por consiguiente,
existen dos grupos de desafíos que los países en desarrollo deberán enfrentar. El
primero consiste en conciliar las preocupaciones relativas al acceso a los mercados con
aquellas vinculadas a la necesidad de proteger la salud humana y animal, y el medio
ambiente de productos potencialmente nocivos que podrían introducirse a través del
intercambio comercial internacional. El otro es que los Miembros de la OMC podrían llegar
a la conclusión de que no es posible continuar postergando una decisión en relación con
la necesidad de modificar las reglas que rigen el comercio internacional para dar mejor
respuesta a las inquietudes en materia de salud y medio ambiente. Ello podría llegar a
ocurrir debido a la amplitud de las preocupaciones en relación con el tema de la
biotecnología, una cierta falta de claridad en el Protocolo de Cartagena y las distintas
interpretaciones divergentes que de él existen, así como la indisposición de los
países a dejar la solución de los conflictos suscitados en esta área en las manos de
los paneles y del Organo de Apelación de la OMC.
Existen al menos
cuatro foros que no son mutuamente excluyentes en el seno de la OMC donde pueden abordarse
o ya se han tratado, bien sea directa o indirectamente, temas relacionados con el comercio
de productos de biotecnología: los Comités de Medidas Sanitarias y Fitosanitarias y de
Barreras Técnicas al Comercio; el Comité sobre Comercio y Medio Ambiente; el Comité de
Agricultura (las negociaciones en materia de agricultura se iniciaron en marzo de 2000, de
conformidad con el Artículo 20 del Acuerdo sobre Agricultura); y, en caso de que se abra
una nueva ronda de negociaciones multilaterales, un grupo de trabajo ad-hoc establecido en
el seno de la OMC.
No obstante, la manera
en que se regule el comercio internacional de OGMs probablemente tendrá repercusiones que
trasciendan el sector en particular. Si, por ejemplo, el sistema de la OMC permite que en
el futuro se dé una interpretación más flexible al principio precautorio a fin de
responder a las inquietudes en materia de salud y medio ambiente que están ligadas al
comercio de OGMs, probablemente se aplicará la misma flexibilidad de interpretación a
otros ámbitos, tales como el comercio de productos agrícolas convencionales. Si, debido
a los intereses económicos involucrados, se hace el esfuerzo de aclarar la relación
existente entre las reglas de comercio que forman parte del Protocolo de Cartagena y
aquellas que emergen de acuerdos específicos de la OMC, probablemente se utilice el mismo
enfoque para abordar otros acuerdos multilaterales que contengan reglas de comercio. Cada
foro de negociaciones posee sus propias características y los debates pueden conducir a
resultados distintos dependiendo de dónde se celebren.
Asimismo, el tema de
los OGMs también se está debatiendo en otros foros multilaterales distintos a la OMC,
tales como la Convención sobre Diversidad Biológica, la Comisión Alimentarius Codex y
la FAO. Dichos foros ofrecen algunas ventajas considerables con respecto a la OMC: son
especializados y cuentan con experticia técnica en la materia en discusión. Además, son
foros donde se escuchan las preocupaciones de los países en desarrollo con una actitud
comprensiva. Sin embargo, las decisiones que allí se adoptan pueden ser impugnadas en la
OMC si un miembro de esta última considera que las determinaciones emanadas de otros
foros afectan sus derechos de acceso a los mercados.
Los países en
desarrollo podrían desear prepararse para convertirse en actores activos del debate que
podría iniciarse en esta materia, a fin de cerciorarse de que se tomen en cuenta sus
intereses multifacéticos y se reconozcan y manejen sus debilidades.
I.
Biotecnología: riesgos y oportunidades
La biotecnología es
una tecnología revolucionaria[3]. Ofrece a la
humanidad el poder de modificar las características de los organismos vivientes
transfiriendo información genética de un organismo a otro, a través de fronteras de
especies. Estas soluciones perpetúan la tradición de selección y mejoramiento de los
cultivos y ganados desarrollados a lo largo de los siglos. No obstante, la biotecnología
identifica los rasgos deseables más rápidamente y con mayor precisión que la genética
convencional de plantas y ganado y permite la realización de transferencias de genes que
son imposibles con la genética tradicional. El uso de biotecnología en sectores tales
como la agricultura y la medicina ha producido un número creciente de organismos
genéticamente modificados y sus derivados.
Modificar las
características de los organismos puede aportar beneficios a la sociedad, tales como
nuevos medicamentos y mejores variedades de plantas y alimentos. Sin embargo, la
biotecnología también conlleva riesgos e incertidumbre. Los efectos potenciales del uso
de la biotecnología en el medio ambiente, la salud humana y la seguridad alimentaria
constituyen temas candentes de debate en el ámbito nacional e internacional. Las
posiciones de los países dependen de numerosos factores, tales como su conocimiento de
las políticas, el nivel de riesgo que están dispuestos a aceptar, su capacidad para
llevar a cabo evaluaciones de riesgo en el sector e implantar una legislación adecuada,
su percepción de los beneficios que podrían percibir con la biotecnología y las
inversiones que hayan efectuado en el sector.[4]
Sin embargo, en la actualidad se percibe un marcado contraste entre la aceptación
generalizada que existe en el ámbito internacional de los beneficios de la biotecnología
en el sector farmacéutico y de productos industriales y la preocupación generalizada en
torno a los posibles daños que pueda ocasionar la biotecnología aplicada a la
producción agrícola y alimentaria.
Actualmente, el
público percibe que los cultivos genéticamente modificados producen los siguientes
beneficios:
Mejor
control de las malezas e insectos, mayor productividad y manejo de cultivos más flexible.
Estos beneficios favorecen fundamentalmente a los agricultores y las agroempresas, que
pueden obtener mayores rendimientos a menor costo.
Una
agricultura más sostenible y una mejor seguridad alimentaria, que favorecerían a todo el
mundo, especialmente a los países en desarrollo. Por ejemplo, la reproducción de
especies con mayor tolerancia a las sequías podría beneficiar inmensamente a los
cultivos tropicales, que normalmente crecen en ambientes severos y suelos pobres.
Incrementar la cantidad de alimentos producidos por hectárea podría constituir una
manera de alimentar a la creciente población mundial, sin tener que hacer uso de tierras
empleadas para otros fines, tales como silvicultura, pastoreo de animales o conservación.
Los
científicos han creado recientemente una cepa de arroz genéticamente alterado para
combatir la deficiencia de vitamina A, que representa la primera causa a nivel mundial de
ceguera y una dolencia que afecta a 250 millones de niños. Los expertos en desarrollo
económico describen este arroz como un hito en los esfuerzos que se llevan a cabo para
mejorar la salud de miles de millones de personas pobres, que se encuentran
fundamentalmente en Asia.[5] El impacto de la
biotecnología en la producción de alimentos, pérdidas posteriores a la cosecha y el
valor nutritivo de los alimentos podrían mejorar la calidad de vida de millones de
personas.
La
industria de la biotecnología señala que los rasgos beneficiosos de productos que ya
están incluidos en los productos transgénicos que se encuentran en el mercado son:
Cultivos Bt que están protegidos contra la acción de los insectos y reducen el uso de
insecticidas[6] (ya empleados en el maíz,
algodón, papas y próximamente en la semilla de girasol, soya, canola, trigo y tomates);
cultivos tolerantes a los herbicidas que permiten a los agricultores aplicar un herbicida
específico para controlar la maleza sin dañar los cultivos (ya se emplean en la soya,
algodón, maíz, canola, arroz y próximamente en el trigo y la remolacha); cultivos
resistentes a las enfermedades provistos del equivalente vegetal a una vacuna que los
protege de enfermedades virales destructivas (batata, yuca, arroz, maíz, calabaza,
lechosa y próximamente tomates y bananas); aceites de cocina de alto rendimiento que
generan productos más saludables (girasol, maní, soya); frutas y vegetales de
maduración retardada que poseen un sabor, color y textura superiores, son más firmes
para el transporte y se mantienen frescos por más tiempo (tomates y próximamente
frambuesas, fresas, cerezas, tomates, bananas, piñas); alimentos nutricionalmente
mejorados que ofrecen mayores niveles de nutrientes, vitaminas y otros fitoquímicos
saludables (batata y arroz con contenido proteico; aceite de canola con alto contenido de
vitamina A; frutas y vegetales con más antioxidantes).[7] Se está evidenciando un cambio de la generación actual de características
«agronómicas» a la próxima generación de rasgos de «calidad», que están
destinados a producir alimentos nutritivos y productos forrajeros mejorados y
especializados.
Sin embargo, la
biotecnología también conlleva una serie de riesgos.[8]
Protección de la biodiversidad: las plantas genéticamente modificadas pueden transferir
material genético y rasgos asociados a las variedades convencionales, desarrollando así
malezas más agresivas, amenazando los ecosistemas y perjudicando la diversidad
biológica. La biodiversidad también podría perderse, como resultado del desplazamiento
de los cultivares convencionales por parte de un número reducido de cultivares
genéticamente modificados. Algunos países en desarrollo podrían resultar
particularmente afectados al constituir el hogar de una gran porción de la biodiversidad
del mundo.
Seguridad
alimentaria: los cultivos genéticamente modificados podrían no lograr manejar
condiciones climáticas inesperadamente alteradas. La biotecnología podría transformar
la naturaleza, estructura y propiedad de los sistemas de producción de alimentos. En la
actualidad, los problemas verdaderos en materia de seguridad alimentaria son producto,
más que de la escasez de alimentos, de la inequidad, pobreza y concentración de la
producción alimentaria. Es probable que la biotecnología consolide aún más el control
en manos de unas pocas empresas importantes. Las denominadas «tecnologías
exterminadoras», que emplean el control de la germinación como una herramienta de
protección de propiedad intelectual que obliga a los agricultores a adquirir nuevas
semillas cada estación, han sido desarrolladas fundamentalmente para ayudar a las
empresas agroquímicas transnacionales a incrementar su monopolio sobre la producción de
semillas y recuperar su inversión en investigación y desarrollo.
Consideraciones éticas y religiosas: la biotecnología permite a los científicos
transferir material genético entre límites de especies y colocar, por ejemplo, genes
animales en plantas. Esto podría plantear consideraciones éticas y religiosas. La
posibilidad de patentar algunos aspectos de la vida humana y la clonación de seres
humanos plantean preocupaciones importantes.
Vida o
salud humana y animal: la modificación genética puede cambiar la toxicidad,
alergenicidad o valor nutricional de los alimentos y alterar la resistencia a los
antibióticos.
Consideraciones económicas: la investigación en biotecnología agrícola por parte del
sector privado se ha incrementado drásticamente, incentivada en parte por la posibilidad
de lograr grandes ganancias respaldadas por los derechos de propiedad intelectual.
Además, la industria del sector privado se ha centralizado considerablemente. Lo que en
el pasado fuera una industria donde los pequeños genetistas desempeñaban un papel
importante se ha convertido en un oligopolio mundial dominado por aproximadamente cinco
empresas transnacionales. Se ha emitido una gran cantidad de patentes en el sector. Si los
resultados de las investigaciones en materia de cultivos vegetales continúan
patentándose, existe el riesgo de que se hagan demasiado costosos para los agricultores
de escasos recursos económicos, especialmente en los países en desarrollo. Además, el
sector privado invierte en áreas donde se espera obtener una ganancia, por lo que la
ciencia privada podría concentrarse en aquellos cultivos e innovaciones que sean de
interés para los mercados ricos e ignorar aquellos que interesan a los países pobres.
Consideraciones de equidad: las empresas privadas y los institutos de investigación
podrían obtener el control no remunerado de los genes de plantas originarias de una serie
de países en desarrollo, utilizarlos para producir variedades superiores y luego vender
las variedades nuevas a los países en desarrollo a precios elevados. Si bien el concepto
de «beneficios compartidos» se incluye en la Convención sobre Diversidad Biológica, no
figura en el Acuerdo de la OMC sobre Aspectos Comerciales de los Derechos de Propiedad
Intelectual (TRIPs).
A fin de evaluar los
riesgos relacionados con la biotecnología, se ha sugerido establecer una diferencia entre
riesgos inherentes a la tecnología y riesgos que trascienden la tecnología.[9] Los riesgos inherentes a la tecnología son
aquellos asociados a amenazas que ponen en peligro la salud humana y el medio ambiente.
Pueden abordarse y minimizarse estableciendo una gerencia de riesgo simplificada que tome
en consideración las condiciones ecológicas locales. Deben implantarse principios y
prácticas adecuados de evaluación de riesgos. Dichas evaluaciones de riesgo permitirían
a los gobiernos, comunidades y negocios tomar decisiones fundamentadas acerca de los
riesgos y beneficios que conlleva el uso de una tecnología en particular para resolver un
problema determinado. Es necesario promulgar una legislación que permita garantizar la
producción, transferencia, manipulación, utilización y eliminación en condiciones
seguras de organismos y genéticamente modificados y sus derivados.
Por su parte, los
riesgos que trascienden la tecnología emanan del contexto político y social en el cual
la misma se emplea. La economía mundial y las circunstancias políticas y sociales de
cada país desempeñan un papel clave en la transformación de la biotecnología en un
riesgo (por ejemplo, mediante el incremento de la brecha de pobreza dentro de las
sociedades y entre ellas, contribuyendo a la pérdida de la biodiversidad, repercutiendo
negativamente en los ecosistemas) o en un beneficio para las poblaciones locales (por
ejemplo, mejorando la seguridad alimentaria, reduciendo la desnutrición).
Sin embargo, la
clasificación de riesgos propuesta anteriormente no siempre podría resultar apropiada
para diferenciar con exactitud las consecuencias finales de cadenas causales complejas.
Así, por ejemplo, las repercusiones de los OGMs en la biodiversidad caerían tanto en la
categoría de los riesgos inherentes a la tecnología como en la de los riesgos que
trascienden la tecnología. Los riesgos para la biodiversidad podrían ser producto
directamente de los organismos modificados (a través de, por ejemplo, la transferencia
involuntaria de material genético a especies convencionales) o, indirectamente, de, por
ejemplo, la interacción con otros eventos, tales como cambios en las prácticas
agrícolas o estructura del mercado.
De igual modo, la
seguridad alimentaria podría verse amenazada por riesgos «inherentes», tales como
la incapacidad de los cultivos modificados de manejar condiciones climáticas
inesperadamente alteradas, y riesgos trascendentes, tales como el control oligopólico de
la oferta alimentaria por parte de pocas compañías agroquímicas y de semillas. Los
riesgos «inherentes» y «trascendentes» se cruzan en todas las áreas. Por
consiguiente, parece difícil poder diferenciarlos claramente y utilizar la evaluación de
riesgos para los primeros y otras técnicas para los segundos.
II. El
Mercado de los OGMs
El área global de los
cultivos transgénicos fue de 1,7 millones de hectáreas en 1996; 11 millones de
hectáreas en 1997; 27,8 millones de hectáreas en 1998 y 39,9 millones de hectáreas en
1999, lo que representa un aumento del 2000 por ciento entre 1996 y 1999. Hasta los
momentos, las tasas de adopción de los cultivos transgénicos no han tenido precedentes y
son las más elevadas para cualquier nueva tecnología de acuerdo con los patrones que
caracterizan la industria agrícola.[10]
En 1999, casi el 99
por ciento de la superficie mundial plantada con cultivos genéticamente modificados se
encontraba distribuida entre tres países: Estados Unidos (con 28,7 hectáreas, que
representan el 72 por ciento de la superficie mundial; Argentina (6.7 millones de
hectáreas, equivalentes al 17 por ciento de la superficie mundial) y Canadá, (4,0
millones de hectáreas, que representan el 10 por ciento de la superficie mundial). El 1
por ciento restante se encuentra repartido entre China, Australia y Sudáfrica. Asimismo,
se ha iniciado producción en México, España, Francia, Portugal, Rumania y Ucrania. El
incremento del área superficial dedicada a los cultivos transgénicos en China
constituyó el mayor cambio relativo en 1999, pues pasó de menos de 0,1 millones de
hectáreas cultivadas con algodón resistente a los insectos en 1998 a aproximadamente 0,3
millones de hectáreas en 1999, cifra que equivale al 1 por ciento del total de la
superficie mundial.
Al igual que en 1998,
el mayor incremento de cultivos transgénicos en 1999 se produjo en Estados Unidos, donde
se registró un aumento de 8,2 millones de hectáreas, seguido de Argentina, que reflejó
un aumento de 2,4 millones de hectáreas y por último Canadá, con un incremento de 1,2
millones de hectáreas.
Los siete cultivos
genéticamente modificados que se plantaron a escala comercial en 1999 fueron: soya (54
por ciento de la superficie mundial de cultivos transgénicos), maíz (28 por ciento),
algodón (9 por ciento), canola/semilla de naba (9 por ciento), papa, calabaza y
lechosa.
El mercado global de
cultivos transgénicos ha crecido rápidamente durante el lapso comprendido entre 1995 y
1999. En 1995, se estimó que las ventas mundiales de estos cultivos alcanzaron la cifra
de US$ 75. En 1999, llegaron a los US$2,2 millardos (es decir, se multiplicaron por
treinta). Las proyecciones indican que el mercado global de cultivos transgénicos
alcanzará la cifra aproximada de US$ 3 millardos en el año 2000, US$ 8 millardos en el
2005 y US$25 millardos en el 2010.
No obstante, la
proliferación de iniciativas a nivel nacional e internacional destinadas a proscribir o
someter a control estricto la siembra y comercialización de OGMs y productos GM, difundir
la resistencia de la opinión pública, despertar el rechazo de un número creciente de
fabricantes de alimentos y cadenas de supermercados al uso y la venta de productos
transgénicos[11] y plantear interrogantes
acerca de la responsabilidad, están revertiendo la tendencia al crecimiento que venía
registrando la industria en varios países.
El precio de las
acciones de las compañías de biotecnología agrícola está disminuyendo y las
exportaciones de cultivos transgénicos están mermando. En efecto, las exportaciones
estadounidenses de soya a los países de la Unión Europea se desplomaron de 11 millones
de toneladas en 1998 a 6 millones de toneladas en 1999, al igual que las importaciones
europeas de maíz procedente de Estados Unidos, que cayeron de 2 millones de toneladas en
1998 a 137.000 toneladas en 1999, lo que representa una pérdida combinada de ventas para
la agricultura estadounidense de prácticamente un millardo de dólares.[12] Las exportaciones norteamericanas a Europa podrían
resultar aún más afectadas una vez que se promulgue en la Unión Europea una
legislación que exija la identificación obligatoria del forraje para animales.
El Worldwatch
Institute y la Asociación Americana de Agricultores de Maíz estiman que la siembra de
productos GM podría reducirse en un 25 por ciento en el año 2000 con respecto a las
cifras del año anterior, considerando que los agricultores albergan serias dudas en
cuanto a sus posibilidades de vender cultivos genéticamente modificados. Las compañías
que venden semillas y la Asociación Americana de Soya contrarrestan la aseveración
anterior alegando que las siembras del año 2000 serán probablemente similares a las de
1999. Aunque sólo a mediados de año se dispondrán de datos confiables que permitan
evaluar estos pronósticos[13], sigue
existiendo una prueba pequeña pero significativa de que la resistencia que manifiesta el
consumidor a utilizar alimentos resultantes del empleo de técnicas de bioingeniería
está afectando las decisiones que en materia de siembra deben adoptar los agricultores
estadounidenses.
De acuerdo con el
informe que publicara en el mes de abril de 2000 la Junta de Estadísticas Agrícolas de
Estados Unidos, los agricultores norteamericanos parecen estar disminuyendo el cultivo de
maíz modificado del 33 por ciento (cifra registrada en 1999) al 25 por ciento
(correspondiente al 2000). Las estadísticas son menos drásticas en el caso del algodón
y la soya modificados, aunque existen algunos indicios de que, particularmente en lo que
respecta a la soya, la demanda de los agricultores de semillas modificadas podría estar
estancándose o inclusive disminuyendo ligeramente.[14]
Por otra parte, China
ha comenzado a promover intensamente la comercialización de cultivos genéticamente
modificados, esperándose que, entre los próximos cinco y diez años, la mitad de sus
superficies de cultivo estén sembradas con arroz, tomate, pimentones, papas y algodón
GM. Esta posición obedece a que los cultivos GM requieren un menor uso de plaguicidas y
herbicidas y rinden cosechas más abundantes. La mitad de las semillas genéticamente
modificadas que se utilizan en China han sido desarrolladas por científicos locales: en
el año 2000, China asignó más de US $ 350 millones para la realización de
investigaciones sobre la aplicación de la biotecnología en la agricultura.[15]
IV.
Conclusiones
Como exportadores, a
los países en desarrollo les ha preocupado que las naciones industrializadas utilicen las
medidas destinadas a la protección de la salud, el ambiente y el consumidor como
herramientas para resguardar su industria nacional, con el consiguiente riesgo que ello
les representa en materia de oportunidades de acceso a los mercados.
Como importadores, los
países en desarrollo enfrentan un riesgo diferente en el ámbito de la biotecnología: el
de importar y emplear productos que pueden resultar perjudiciales para la salud y el medio
ambiente. Su preocupación es seria, pues la mayoría de estas naciones posee una
capacidad limitada para revisar los productos en la frontera y llevar a cabo su propia
evaluación de los riesgos y beneficios inherentes y carece de una legislación nacional
que regule esta materia.
Si, en su calidad de
exportadores, los países en desarrollo se han pronunciado en contra de cualquier
modificación de las reglas de comercio multilateral existentes, que permitiría contar
con una mayor flexibilidad para utilizar las medidas de restricción del comercio para la
protección de la vida y salud humana o animal o del medio ambiente, como importadores
potenciales de OGMs, la mayoría de estas naciones han solicitado que se les conceda la
flexibilidad de decidir si aceptan o rechazan productos cuyos efectos sobre la salud y el
medio ambiente no se conocen en su totalidad.
En términos
prácticos, estas distintas preocupaciones se han reflejado, por una parte, en que los
países en desarrollo han solicitado que las medidas sobre TBT y SPS se basen, en lo
posible, en las normas internacionales y evidencia científica, han apoyado una
interpretación estrecha del principio precautorio de los acuerdos de la OMC y han
rechazado las propuestas planteadas por los países desarrollados en relación con la
modificación del Artículo XX del GATT.
Por otra parte, la
mayoría de las naciones en desarrollo han asumido una posición sólida a favor de que se
flexibilice el proceso de toma de decisiones en el seno del Protocolo de Bioseguridad y
han luchado para lograr que el enfoque precautorio se transforme en uno de los aspectos
clave del Protocolo. Estas posiciones contrapuestas no constituyen un signo de falta
de entendimiento de las realidades en juego, sino que más bien demuestran las
dificultades que enfrentan los países, especialmente aquellos de escasos recursos
financieros y técnicos y necesidades en competencia, para adoptar una posición unívoca
en un escenario comercial internacional que se torna cada vez más complejo.
La biotecnología
podría constituir un área sobre la cual a los países en desarrollo no les interese
continuar negociando, particularmente en el seno de la OMC, ya que, de producirse
negociaciones, probablemente enfrentarían distintos riesgos. Traer el tema de los OGMs a
la mesa de negociaciones de dicho foro podría poner en conflicto a las comunidades
comerciales y ambientalistas e incentivar a los países exportadores de OGMs a desarrollar
nuevas disciplinas que pudieran socavar las bases del Protocolo de Bioseguridad. Por otra
parte, podría permitir a otros países desarrollar nuevas reglas referentes al principio
precautorio que abarquen mucho más que los productos GM que constituyen motivo de
preocupación para los países en desarrollo, afectando su acceso a los mercados de
productos convencionales.
Existen foros fuera de
la OMC donde se han planteado y podrían continuar analizándose temas referentes a los
OGMs, tales como el Protocolo sobre CBD/Biodiversidad o la FAO. Las consideraciones
científicas, legales y tácticas justificarían la decisión de sostener allí debates
sobre este particular. Los países se encuentran representados en estos foros por
delegados que poseen conocimientos específicos en este sector; el Protocolo sobre
Biodiversidad se centra en los OGMs, mientras que los Acuerdos de la OMC, tales como los
relativos a las TBT y SPS, se aplican de manera generalizada. Las naciones en desarrollo
suelen lograr hacerse escuchar más en el contexto de la CBD o FAO que en la OMC. Las
discusiones que se sostienen en estos foros pueden resultar sumamente productivas, mas las
conclusiones que de ellas se deriven podrían ser impugnadas en términos de su
congruencia con los principios de la OMC.
Por otra parte, son
varios los foros de la OMC donde podrían plantearse o ya se han planteado, directa o
indirectamente, temas relativos al comercio de productos de biotecnología y, más
específicamente, de OGMs. Cada foro posee sus propias características y el debate
podría traducirse en resultados distintos dependiendo de dónde se sostengan:
Los
Comités de SPS y TBT son de naturaleza técnica y poseen un mandato muy bien definido,
con poca cabida para la concesión, aunque el Acuerdo de la TBT es objeto actualmente de
su segunda revisión trienal.
El
Comité sobre Comercio y Medio Ambiente es un foro donde se presta atención especial a
los temas no relacionados con el comercio.
El
Comité de Agricultura, donde las negociaciones sobre esta materia son permanentes, es el
foro que ofrece actualmente la mayor capacidad de maniobra y las oportunidades más
amplias de negociación. No obstante, también podría ser un foro de riesgo para los
países en desarrollo.
Los países
productores y exportadores de OGMs pueden intercambiar concesiones en el ámbito de la
biotecnología por concesiones en otros campos, tales como subsidios a las exportaciones,
lo que a la larga conduciría a situaciones contrarias a los intereses que las naciones en
desarrollo poseen en el sector. Además, concentrarse demasiado en la biotecnología
distraería la atención de otros temas que son de suma relevancia para los países en
desarrollo, tales como las reducciones arancelarias y el desmantelamiento de los
subsidios, y pondría en peligro los resultados globales de las negociaciones. Podría
también alegarse que el comercio de OGMs es un problema horizontal que tiene
repercusiones que trascienden la agricultura, por lo que el Comité de Agricultura no es
el foro más adecuado para analizarlo. Un grupo de trabajo ad-hoc establecido en el seno
de la OMC podría contribuir a entender mejor el tema. No obstante, los grupos de trabajo
normalmente han constituido el primer paso hacia la negociación de nuevas normas de
comercio.
Si se lleva a la mesa
de discusión de la OMC el tema del comercio internacional de OGMs y sus derivados,
podrían preverse dos escenarios posibles:
Escenario
1
Considerando que
varios socios comerciales poderosos están favoreciendo intensamente algunos cambios en el
sistema de la OMC con el propósito de satisfacer mejor sus requerimientos de índole no
comercial, y considerando asimismo la presión que sobre el sistema están ejerciendo
grupos ambientalistas y de consumidores, es posible que el sistema multilateral de
comercio se torne más flexible en el futuro para permitir a los países hacer uso de las
medidas de restricción comercial para proteger sus mercados de aquellos productos que
podrían ejercer efectos perjudiciales en la vida y salud de seres humanos, animales o
plantas o en el medio ambiente. Por ende, podría darse inicio a negociaciones en la OMC
con el propósito de modificar el Artículo XX del GATT y, posiblemente, el Artículo 5.7
del Acuerdo de SPS.
Una modificación
generalizada del Acuerdo de la SPS y del Artículo XX del GATT, que afectará no sólo el
comercio de OGMs sino también el comercio de cultivos y alimentos no genéticamente
modificados, constituiría una opción de riesgo para los países en desarrollo, puesto
que podría poner en peligro sus oportunidades actuales de acceso a los mercados. Por otra
parte, sería innecesaria para ellos al tratar de proteger la salud y seguridad nacionales
en el ámbito de los OGMs, puesto que pueden recurrir al Protocolo sobre Biodiversidad
para tal fin.
No obstante, si se
modifican las reglas de comercio de la forma descrita anteriormente, los países en
desarrollo podrían asumir la posición de que se les proporcione ayuda técnica y
financiera que les garantice la posibilidad de cumplir con los requerimientos nuevos y
más estrictos que probablemente impongan los países importadores. Es necesario fomentar
entre los países desarrollados la plena aplicación de las disposiciones que en materia
de cooperación y trato especial y diferencial contienen los Acuerdos de SPS y TBT. Deben
preservarse las oportunidades de acceso a los mercados que tienen los países en
desarrollo y mantener inalterado el equilibrio de derechos y obligaciones que emanen de la
Ronda Uruguay.
Esta opción puede
representar un riesgo (se implantarán requerimientos estrictos, pero quizás no se
acompañen de cooperación técnica y financiera, como lo ha demostrado la experiencia con
las cláusulas de esfuerzo óptimo). No obstante, las naciones en desarrollo también
deben tener presente que los comerciantes al detal y los consumidores podrían rechazar
aquellos productos que no cumplan con normas estrictas, por lo que, a largo plazo, la
alternativa más prometedora consiste en desarrollar la capacidad de elaborar productos
seguros y de buena calidad.
Esta opción también
implica acumular conocimientos, destrezas y capacidades en los países en desarrollo.
Fortalecer las capacidades locales en este ámbito tendría efectos secundarios positivos,
puesto que también contribuiría a que los países en desarrollo, en su calidad de
importadores, identifiquen de manera firme el tipo de productos a los que desearían dejar
entrar en sus mercados. De una posición en la que por falta de capacidad para
evaluar los posibles riesgos y beneficios de los productos genéticamente
modificados se muestran escépticos acerca de importarlos y utilizarlos, podrían
pasar a otra posición donde, sobre la base de mayores capacidades científicas y de su
propia evaluación de los posibles riesgos y beneficios, bloquearían el ingreso de
aquellos productos que son o pudieran ser perjudiciales para la salud y seguridad local,
tomando en consideración las condiciones internas, mientras que admitirían aquellos
productos que pudieran resultar beneficiosos para abordar problemas internos graves, tales
como seguridad alimentaria, salud pública o protección ambiental.
En otras palabras,
fortalecer la capacidad de los países en desarrollo de manejar las consideraciones
científicas en el ámbito agrícola mejoraría sus capacidades como exportadores, al
igual que como importadores, y, en el futuro, como productores. Los países en desarrollo podrían beneficiarse de la
biotecnología si logran manejarla y participar en su desarrollo.
Escenario 2
La incertidumbre
jurídica ya está afectando el intercambio comercial internacional de OGMs y sus
derivados, así como los intereses económicos de países exportadores de OGMs,
fundamentalmente Estados Unidos y Canadá. Las empresas transnacionales que han efectuado
inversiones significativas en biotecnología ya están ejerciendo presión sobre sus
gobiernos para que se aseguren de que el sistema de comercio multilateral incluya la menor
cantidad posible de limitaciones al movimiento transfronterizo de productos de
biotecnología. Debido a la presión que ejercen los socios comerciales clave y los grupos
de presión de los fabricantes, los acuerdos de la Ronda Uruguay podrían mantenerse
inalterados.
Los países en
desarrollo podrían asumir la posición de que el escenario comercial actual les plantea
dificultades, puesto que se ven obligados a enfrentar nuevos fenómenos, tales como la
biotecnología, y carecen de las competencias para hacerlo. Por ende, necesitan
asistencia técnica y financiera para desarrollar las capacidades técnicas y políticas
en estos nuevos ámbitos. Podría establecerse un fondo internacional, patrocinado por
contribuciones públicas y privadas y dirigido bajo los auspicios de la Secretaría de la
CBD, la FAO o la Comision Alimentarius Codex, con el propósito de financiar la formación
técnica en biotecnología aplicada a la agricultura y hacer posible que los países en
desarrollo evalúen el riesgo y los beneficios de los productos biotecnológicos.
Con base en dicha
evaluación, decidirían cuáles productos pueden importar o qué semillas deben sembrar
y, a la larga, cuál tecnología desarrollar para estar en capacidad de hacer frente a sus
propios problemas agrícolas y de seguridad alimentaria. La oferta de la FAO/OMS de
brindar apoyo a los países en desarrollo en materia de evaluación de la seguridad de los
alimentos e ingredientes alimentarios producidos por modificaciones genéticas podría
constituir un punto de partida. La cooperación técnica que han ofrecido algunos países
en desarrollo que ya cuentan con ciertas competencias en el ámbito de la biotecnología a
las restantes naciones en desarrollo que aún están en vías de familiarizarse con este
nuevo fenómeno podría constituir una contribución importante a la generación de
capacidades.
La opción del status
quo conlleva menos riesgos que la primera desde la óptica comercial (para poder implantar
medidas comerciales restrictivas compatibles con los principios de la OMC destinadas a
alcanzar objetivos en materia de salud o medio ambiente, los países tendrán que cumplir
con los estrictos requerimientos del Artículo XX del GATT y el Artículo 5.7 del Acuerdo
sobre SPS). No obstante, podría resultar más arriesgado desde la perspectiva de la salud
y protección ambiental a nivel interno, en caso de que las organizaciones internacionales
a quienes competa y los países en desarrollo no proporcionen la cooperación solicitada.
Sin embargo, el Protocolo sobre Bioseguridad contiene disposiciones referentes a la
cooperación técnica, las cuales también deben utilizarse.
Si el status quo
prevalece, las probabilidades de que se ventilen numerosas controversias comerciales en el
sistema de resolución de conflictos de la OMC son bastante altas. Ello obedece a que aún
no se ha resuelto el problema de la relación existente entre las reglas comerciales
contenidas en acuerdos multilaterales específicos y los derechos y obligaciones
contemplados en la OMC. Los paneles y el Organo de Apelación de la OMC ofrecerán
soluciones caso por caso. Los países en desarrollo enfrentan algunas dificultades en este
sentido: ser parte de un caso de resolución de controversia consume tiempo y resulta
sumamente costoso, especialmente si los países deben depender de abogados extranjeros.
Más aún, si una controversia en particular se resuelve de una manera, no significa que
otro caso similar vaya a dirimirse exactamente de acuerdo
a los mismos términos. Por consiguiente, es necesario mantenerse constantemente
pendientes acerca de la evolución de la jurisprudencia de la OMC. Estas son
consideraciones adicionales que han de tomarse en cuenta.