«Cest
par mon ordre et pour le bien de lEtat
que le porteur du présent a fait
ce quil a fait.»
Umberto Eco, Lisola del
giorno prima.
Introducción
Mucho se ha dicho y
escrito en torno al impacto de la globalización sobre los flujos de información, sobre
la volatilidad de los capitales, sobre los avances en la tecnología y en las
comunicaciones. Ya empezamos a entender el impacto del proceso de la globalización en
todas las áreas de la vida política, económica y cultural de los Estados, de las
empresas y de las instituciones de la sociedad. También tenemos una clara conciencia de
que el impacto se hace presente en todas las actividades profesionales y en forma más
evidente en aquellas directamente relacionadas con el proceso de globalización
económica, como las del empresario o del banquero.
En la actividad del
diplomático también se hacen presentes las implicaciones de ese proceso: ese es un tema
recurrente en la literatura sobre la diplomacia actual, sobre las transformaciones en las
relaciones internacionales, o el papel del diplomático en la promoción de exportaciones
e inversiones.
Las reflexiones que se
presentan a continuación se ubican en ese orden de ideas, en la medida en que aspiran a
enfocar uno de los múltiples impactos de la globalización, aún poco analizado en los
estudios dedicados a los cambios que se han producido en las relaciones económicas
internacionales de las últimas décadas. Se trata de poner al centro de la atención al
diplomático encargado de las relaciones comerciales de su país, y más precisamente, al
negociador comercial, al que negocia nuevos acuerdos de comercio exterior y disciplinas
comerciales multilaterales.
El enfoque no va a ser
el de la descripción cronológica de hechos. Tampoco se trata de comentar las
tradicionales técnicas que usualmente utiliza el diplomático en el momento en que actúa
como negociador, y a las cuales recurre para hacer que su negociación sea exitosa.
Nuestro enfoque
pretende ser, en cambio, eminentemente analítico, a objeto de sintetizar aquellos puntos
claves que el diplomático necesita saber y entender en el momento de convertirse en
negociador comercial o de participar en una negociación comercial. Aun cuando los puntos
que se abordan a continuación no constituyen una lista exhaustiva, son suficientes para
visualizar que, en los tiempos de la globalización, la tarea del negociador comercial es
una de las más complejas en el ámbito de la diplomacia contemporánea. Es también una
de las más delicadas desde el punto de vista del desarrollo.
I.-
Las características de las negociaciones comerciales actuales
1. Qué se
negocia, dónde y cómo
Uno de los pocos
elementos que no ha variado mucho en las últimas décadas es el contenido general y
por ende los objetivos finales de las negociaciones comerciales. Hoy en día, al
igual que hace más de un siglo, las negociaciones comerciales persiguen aperturas de
nuevos mercados para las exportaciones nacionales, y aspiran a evitar «guerras
comerciales». Asimismo, los foros de negociación no han cambiado en lo
sustancial, aunque sí se han multiplicado: los acuerdos de libre comercio se siguen
planteando a nivel bilateral con la misma importancia que tenían en las relaciones
económicas de los años treinta por ejemplo. Pero además de los foros bilaterales, desde
finales de la década de los 40, los mismos objetivos de apertura comercial se plantean
también a nivel regional y multilateral: a nivel regional en el ámbito europeo y
latinoamericano (en esa fecha surgen los acuerdos de libre comercio y de integración), y
más tarde en el ámbito de los países asiáticos y africanos, y a nivel multilateral en
el marco del GATT a partir de la Conferencia de La Habana de 1947.
Sin embargo, el
«qué» se negocia, aunque siga siendo fundamentalmente lo mismo, es decir, la
penetración de mercados externos, se ha ampliado en forma radical y acelerada desde los
años 80, desde dos puntos de vista: por una parte, uno de los objetivos centrales de las
negociaciones comerciales de nuestros días sobre todo para los países en
desarrollo es la «inserción» en el proceso de globalización; por otra parte, las
negociaciones ya no se centran en las barreras arancelarias, sino en las medidas de
política económica interna y en las normas comerciales que regulan el comportamiento de
las empresas en los mercados externos y que determinan el grado de apertura de esos
mercados. Veamos en más detalle en qué consisten ambos elementos, y en qué amplían el
objeto de las negociaciones comerciales.
En primer lugar, la
búsqueda de la «inserción» en los mercados globales se ha convertido no sólo en un
objetivo de primordial importancia, sino también en un parámetro que mide el éxito de
toda negociación comercial. Hoy en día, al igual que para las empresas es de vital
importancia entrar en los circuitos globales de compra-venta, distribución, tecnología e
innovación mediante alianzas, fusiones, o negocios que permitan mayor rentabilidad,
asimismo para los Estados se ha vuelto vital «no perder el tren» de los acuerdos
bilaterales, regionales o multilaterales que garantizan la inserción en la economía
mundial. Los acuerdos de libre comercio se han convertido en el primer
instrumento
aunque no el único mediante el cual los Estados materializan sus estrategias
económicas externas a la vez que coronan sus esfuerzos de modernización económica
interna. Por ello, «insertarse» en la economía global es, en primera instancia,
sinónimo de abrir el mercado doméstico al comercio internacional y orientar su
producción hacia los mercados externos.
En este contexto, el
objetivo del libre comercio es más amplio que la simple eliminación de trabas a la
colocación de productos en otros países. El libre comercio es la condición sine qua
non del proceso de globalización en general y de la capacidad de los Estados de
participar en el mismo. Para los países en desarrollo, es particularmente cierta la
afirmación de que no hay desarrollo posible sin inserción en los mercados globales, por
más que se insista, con mucha razón, en que la calidad de la inserción en la
globalización es más importante que la cantidad. Es decir, que la inserción no sólo
debe implicar más importación y exportación, sino también mejoras en el nivel de vida
de los países en desarrollo.
Recientemente, un
Ministro de uno de los países más pobres de la Tierra afirmaba con acierto que hay algo
peor para un país que ser «absorbido» por la globalización, y es el riesgo de ser
excluido de ella. Independientemente de las diferencias en la intensidad y en el ritmo de
las aperturas comerciales y económicas que se han dado y se siguen dando en todos los
países en desarrollo y economías en transición, todos los Estados apuestan a la
participación en los flujos de comercio e inversión, a sabiendas que su capacidad
interna de desarrollarse en forma autárquica es cada día más reducida. La apuesta es,
en realidad, una suerte de vía obligada, en la ausencia de alternativas viables.
Por consiguiente, para
el negociador comercial, el «qué» negociar se limita, en definitiva, a un gran objetivo
único que no plantea muchas opciones alternas: hacer de la negociación comercial un
medio clave para lograr más y mejor participación de su país en el sistema económico
global. De entrada, el reto es importante para el desarrollo de su país, desde el punto
de vista del corto pero sobre todo del largo plazo.
En segundo lugar, el
objeto de la negociación comercial ha cambiado sustancialmente en menos de dos décadas.
Hasta los años 80, el grado de apertura de un mercado se medía con un criterio
principal: el nivel de los aranceles y el alcance de las barreras para-arancelarias (como
las cuotas a la importación, por ejemplo). Al finalizar la última ronda de negociaciones
comerciales multilaterales (la Ronda Uruguay) en 1994, los niveles arancelarios promedio
de los países industrializados y en desarrollo eran tan reducidos que ya no representaban
barreras significativas en ningún sector (con algunas excepciones en cuanto a comercio
agrícola). Asimismo, barreras no arancelarias como las cuotas a la importación fueron
desmanteladas (nuevamente, con las excepciones del sector agrícola y textil). Por
consiguiente, negociar la apertura de un mercado ya no significa principalmente lograr que
el otro país reduzca el arancel aplicable a los productos que nos interesa exportar.
En síntesis, los
aranceles y demás trabas aplicables en el momento en que una importación entra en el
mercado de exportación «las medidas en frontera» ya no son determinantes
para el éxito de la negociación comercial.
A partir de la
conclusión de la Ronda Uruguay, el grado de acceso a un mercado se mide en función de la
existencia y del impacto sobre el comercio de medidas adoptadas a nivel interno tales
como: las trabas y los requisitos sanitarios y fitosanitarios exigidos a los productos
importados; las normas de origen que limitan o encarecen la importación de productos que
contienen insumos de otros países; las normas técnicas que exigen que las importaciones
hayan sido producidas de una manera predeterminada; las normas ambientales que se
convierten en una protección a la industria local; los monopolios que restringen la
actividad de empresas extranjeras en favor de las empresas locales; los requisitos
impuestos a la empresa extranjera de incorporar insumos locales para poder exportar; los
procedimientos burocráticos engorrosos para las operaciones de importación o
exportación.
En otros términos, el
concepto mismo de acceso al mercado ha cambiado para incluir una amplia gama de ámbitos
legales, técnicos y económicos contenidos en las legislaciones domésticas, los cuales,
a su vez, han transformado la naturaleza y el alcance de la negociación comercial.
En este contexto, el
papel del técnico arancelario que conoce dónde se ubican en el arancel los productos de
interés nacional, qué arancel pagan en el otro país, y qué nivel arancelario debería
lograrse en la negociación para que sea rentable la exportación, ya no es tan relevante
como antes de la Ronda Uruguay. El negociador comercial de nuestros días tiene que
entender la importancia de los instrumentos arancelarios, pero no debe invertir todos sus
esfuerzos en esa área, puesto que son los instrumentos no arancelarios y las medidas de
política económica interna del otro país los que pueden representar las verdaderas
trabas al acceso al mercado.
Esta reciente
transformación del concepto de «acceso al mercado» que ha pasado del énfasis en
los aranceles al énfasis en políticas y medidas internas ha incidido en forma
directa sobre el contenido de las agendas de las negociaciones comerciales, tanto
bilaterales como regionales o multilaterales. Anteriormente, hasta antes de la Ronda
Uruguay (1986-1994), y en particular para los países en desarrollo, la mayor
preocupación era evitar que sus productos de interés fueran excluidos de las agendas de
negociación. Les preocupaba por ejemplo que productos básicos que representan porciones
determinantes de sus exportaciones fueran dejados de lado en favor de productos
manufacturados que son prioritarios para los países industrializados.
Hoy en día, los
puntos claves de las agendas de negociación comercial son temas mucho más que productos
temas que se refieren a grandes sectores económicos y a sus políticas
correspondientes (agricultura, por ejemplo, servicios, regímenes de inversión, propiedad
intelectual, medidas ambientales, etc.). La preocupación radica, por consiguiente, en
evitar que la agenda excluya temas de interés para un país, o por el contrario, que los
incluya cuando se trata de temas que no le conviene al país abordar en ese foro.
La negociación de las
agendas siempre ha sido un punto inicial delicado para un negociador. En el caso de las
negociaciones comerciales, se ha convertido en un momento crucial[2] debido, por una parte, a los alcances de temas tan amplios
que trascienden el alcance que tenía la inclusión de una lista de productos; por otra
parte, debido a la fórmula del «compromiso único» adoptada en la OMC (y luego
transferida a negociaciones como el ALCA por ejemplo).
El «compromiso
único» consiste en aceptar desde el inicio del proceso de negociación que todos los
acuerdos sectoriales o parciales negociados formarán parte de un «paquete» final al
cual todas las partes deberán adherir, sin posibilidad de excluir uno de los acuerdos.
Esta fórmula tiene la ventaja, para los negociadores, de facilitar las «concesiones
cruzadas», es decir aquellas que se hacen en un acuerdo sectorial (agricultura por
ejemplo) a cambio de obtener beneficios en otro sector (servicios o aranceles)[3]. También permite a los negociadores no tener
que aceptar en forma definitiva ningún compromiso parcial mientras no haya sido definido
todo el «compromiso único»[4]. Pero la
fórmula también tiene la desventaja de que obliga a no perder de vista todo el proceso
de negociación en su conjunto, a objeto de balancear concesiones y beneficios entre los
distintos acuerdos sectoriales en función de los intereses del país. Esas visiones
integrales no siempre son fáciles de lograr y dependen de la claridad que tenga el
negociador en cuanto a los objetivos e intereses nacionales[5].
En el contexto de la
OMC, la importancia de los temas que conforman la agenda se agudizó en la reunión
ministerial conclusiva de la Ronda Uruguay, en Marrakech (diciembre 1994), cuando algunos
países industrializados indicaron sus intenciones en cuanto a los «nuevos temas»[6] a incluir en la agenda comercial post-Ronda
porque no habían sido incluidos en el paquete del «compromiso único» que se adoptaba
en ese momento. La idea de una «agenda positiva» en la cual los países en desarrollo
incluyan sus propios temas de interés se inserta precisamente en este contexto[7].
2. Quién negocia
Al examinar qué
instituciones tienen, en un gobierno, la responsabilidad de la política de comercio
exterior, vemos que en todos los países la lista se amplía aceleradamente, conformando
equipos de negociadores cada vez más extensos, multidisciplinarios y por consiguiente,
heterogéneos.
En efecto, los
ministerios de relaciones exteriores siguen teniendo a su cargo la formulación de la
política exterior del país, no sólo en razón de sus mandatos constitucionales, sino
porque son las únicas instituciones que disponen de la visión global que requiere la
política exterior. Sin embargo, la consolidación, y en muchos países, el
establecimiento relativamente reciente de ministerios de comercio exterior o de unidades
encargadas de los temas de comercio en los ministerios de relaciones exteriores, implica
una indispensable concertación y repartición de tareas entre los funcionarios
diplomáticos y los negociadores comerciales.
Asimismo, al ampliarse
los temas de la agenda comercial mucho más allá de los temas arancelarios, incluyendo
ámbitos de la política interna que van desde las leyes sobre la propiedad intelectual
pasando por el medio ambiente, un equipo negociador que se limite únicamente a
funcionarios de relaciones exteriores y de comercio no va a ser muy exitoso. Parece
indispensable que todas las instancias gubernamentales relacionadas directa o
indirectamente con los temas en negociación participen en la formulación de la posición
nacional y muchas veces incluso en la negociación propiamente dicha.
Una simple lectura del
índice de las disciplinas multilaterales de comercio concluidas durante la Ronda Uruguay
brinda una idea preliminar de cuáles son los ministerios e instancias gubernamentales
implicadas en ese conjunto de normas comerciales[8]:
en primer lugar, obviamente, los ministerios encargados de políticas económicas
sectoriales como agricultura, industria, transporte. Pero se encuentran igualmente
involucrados ministerios de finanzas, bancos centrales y superintendencias de banca y
seguros no sólo por los aspectos financieros y macroeconómicos implicados en la
política comercial, sino también por los alcances de las normas multilaterales sobre
servicios financieros o sobre comercio e inversión. A ellos se añaden las instancias
encargadas de temas específicos, como por ejemplo las medidas anti-dumping, la
protección del medio ambiente, la defensa de la competencia y del consumidor, la
legislación sobre la propiedad intelectual, y muchas más.
Por un lado, sería
absurdo pretender que el diplomático formado en materia de relaciones exteriores sepa a
priori, por ejemplo, si le conviene o no al país negociar una cláusula de
salvaguardia en servicios financieros o si los servicios de salud tienen que ser incluidos
en la lista nacional de compromisos, o si el artículo 66.2 del Acuerdo sobre derechos de
propiedad intelectual relacionados con el comercio es susceptible de estimular la
transferencia de tecnología. Por supuesto, desde hace muchas décadas, todas las
negociaciones económicas (las financieras en particular) han implicado la conjunción de
esfuerzos entre ministerios de relaciones exteriores y otras entidades gubernamentales. En
muchos casos, incluso, hay que reconocer que el ministerio de relaciones exteriores tiene
un papel marginal en la negociación, y a veces es consultado al final de la misma, cuando
ya «todo está consumado», únicamente para cumplir con requisitos jurídicos.
El grado de
participación del ministerio de relaciones exteriores en las negociaciones comerciales
varía enormemente de país a país, sin que se pueda discernir un «modelo» más
eficiente que otro. En definitiva, le corresponde a cada gobierno, según el tema de la
negociación comercial, asignar responsabilidades a los ministerios del área, sin perder
de vista, sin embargo, dos aspectos claves en toda negociación comercial: en primer
lugar, el hecho de que la política de comercio forma parte integrante de la política
exterior de un país, de la cual es un árbol dentro de un bosque. En este sentido, los
ministerios de relaciones exteriores son los más competentes, en el sentido político y
jurídico del término, para fijar las líneas generales y evaluar los resultados globales
de una negociación comercial. En segundo lugar, el hecho de que el comercio exterior es
uno de los pilares de la economía nacional, y en un país en desarrollo, es uno de los
pilares de la estrategia de desarrollo. Por consiguiente, la visión global y estratégica
que puede proveer el ministerio encargado de la formulación de planes de desarrollo es al
menos tan importante como la del ministerio de relaciones exteriores. Lamentablemente, en
muchos países en desarrollo (y contrariamente a países industrializados), son escasas
las negociaciones comerciales en las cuales se consultan en forma sistemática a los
funcionarios responsables de las medidas de apoyo al desarrollo de nuevas empresas, de
innovación tecnológica, de estudios de competitividad, o de promoción de inversiones.
De hecho, no sería
exagerado afirmar que el éxito de una negociación comercial en el siglo XXI depende en
gran medida de cómo se integre y cómo funcione el equipo negociador, de cómo se hayan
concertado y complementado los funcionarios de los distintos ministerios, y de cómo el
comportamiento del equipo negociador refleje las complejidades del tema a tratar y sus
variadas implicaciones para el desarrollo del país. En una negociación comercial, la
capacidad técnica y multidisciplinaria, así como el apoyo político del equipo son mucho
más determinantes que la estructura formal del mismo, aun cuando en última instancia, a
la hora de tomar decisiones y de comprometer al país, es por supuesto un Embajador el que
asume esa responsabilidad.
Se puede afirmar que
uno de los campos de las negociaciones internacionales que se ha «democratizado» más
aceleradamente en los últimos 20 años es el de la negociación comercial, en el sentido
de haber incorporado a los representantes del sector productivo en todas las fases de la
negociación. Las consultas con el sector privado o con las empresas o asociaciones
representativas de los empresarios previas a la formulación de la posición
nacional ya son rutinarias en todos los países. Asimismo, han mejorado en forma
significativa los mecanismos de información mediante los cuales el Gobierno informa a los
empresarios de los resultados de la negociación y de sus implicaciones. Y al igual que
sucede en muchos países industrializados, son cada día más numerosas las delegaciones
negociadoras que integran a representantes del sector privado en calidad de asesores
técnicos.
Sin embargo, en los
países en desarrollo en general, y en los latinoamericanos en particular, aún falta
mucho camino por recorrer para que se cumplan condiciones que garanticen posiciones
negociadoras realmente representativas del consenso entre el sector privado y el Gobierno.
En este sentido, se han realizado más progresos en cuanto a la participación y consulta
con el sector privado en las negociaciones comerciales bilaterales, regionales o
hemisféricas, que en el ámbito de la OMC.
En efecto, con
contadas excepciones de algunas grandes empresas nacionales, el sector privado tiende a
participar activamente en aquellas negociaciones donde percibe intereses directos e
inmediatos desde el punto de vista de sus operaciones. Cabe reconocer que para la mayoría
de las empresas nacionales, los mercados cercanos corresponden a intereses tangibles de
corto plazo, mientras que la apertura multilateral de los mercados mundiales, que suele
ser mucho más lenta, difusa y menos importante en los acuerdos de la OMC, no es percibida
con la misma urgencia. Las empresas transnacionales y aquellas que tienen una estrategia
claramente vinculada al proceso de globalización, en cambio, no tienen dificultades en
captar lo que está en juego en la OMC. Por consiguiente, su grado de participación en la
formulación de la posición nacional e incluso, en la medida de lo posible, en la
negociación propiamente dicha, será consistente y fundamentado en sus intereses de corto
y de largo plazo. Le corresponde al equipo negociador determinar entonces hasta qué punto
el interés de estas empresas es representativo del interés del sector privado nacional
en su conjunto, y sobre todo, del interés nacional como tal.
La identificación del
interés del sector productivo nacional se dificulta mucho cuando nos encontramos en
presencia de empresas cuyo capital no es mayoritariamente nacional, cuyo mercado no es
únicamente el interno, o cuya tecnología proviene del exterior. La globalización impide
establecer categorías de empresas nacionales y extranjeras definitivas y excluyentes,
donde el negociador comercial realiza consultas sólo con las primeras como si fueran
claramente identificables, o como si fueran las únicas relevantes. Hoy en día, el
término «interés nacional» no forzosamente se identifica con las empresas que
coinciden con la definición tradicional de «nacionales». Asimismo, no hay reglas fijas
e invariables en la influencia que puedan tener determinadas empresas nacionales o
extranjeras en la formulación de la posición nacional: es cada vez más frecuente
observar que la influencia del sector empresarial varíe en función el tema en
negociación o del foro (bilateral o regional). Al ampliarse la agenda de las
negociaciones comerciales, se vuelven más diversificados y variables los intereses de las
empresas, tanto las «nacionales» como las «extranjeras», tomando en cuenta lo relativo
que se han vuelto estos términos. Asimismo, han variado las medidas de política que
aspiran tener las empresas para defender sus intereses: anteriormente buscaban preservar
la protección arancelaria; hoy en día, tienden a apoyar las políticas y legislaciones
anti-dumping, que son instrumentos más acordes con la reducción de los aranceles[9].
Le corresponde al
negociador comercial determinar en qué medida le conviene, desde el punto de vista de los
objetivos de la negociación, involucrar a tal o cual empresa y probablemente lo hará en
forma ad hoc, en función de las necesidades que cada caso imponga.
Se habla cada día
más de la participación de la «sociedad civil» en las negociaciones internacionales
sin precisar cuáles son los grupos de la sociedad a los cuales se refiere ese término.
La definición «implícita» que suele ser la más común es la que habla de sociedad
civil para referirse a todos los actores no gubernamentales, sin distinción entre ellos,
incluyendo al sector empresarial.
Más que intentar
definiciones precisas y universalmente válidas, parece oportuno recordar que el término
de «sociedad civil» y su uso en el lenguaje de las negociaciones económicas
internacionales es relativamente reciente (se consolida hace unos diez años
aproximadamente). Anteriormente, se hablaba de «grupos de presión» de tipo social o
económico, que representaban intereses de ciertos sectores de la sociedad. Según las
circunstancias, y según la capacidad de «presionar» de estos grupos, los gobiernos
tomaban en cuenta sus posiciones en la formulación de sus estrategias de negociación.
Hoy en día, desde el punto de vista práctico, las presiones que se ejercen sobre los
gobiernos por parte de grupos más o menos organizados de la «sociedad civil» son
equivalentes a las de los grupos de presión o «lobbies» que siempre han estado
presentes en todos los países, en mayor o menor grado.
Lo que parece haber
cambiado recientemente es, por una parte, la cantidad de dichos grupos, cada día más
numerosos, y la variedad de intereses que representan[10]. Hasta hace una década, los grupos de presión que tenían interés en las
negociaciones comerciales eran esencialmente empresariales, es decir, aquellas empresas
cuyos productos estaban en la agenda de la negociación. En cambio hoy, como nos mostraron
las recientes imágenes de la Conferencia de la OMC en Seattle, los grupos representan
principalmente temas ambientales, sociales, políticos, culturales. Lo que se refleja con
esta acelerada ampliación de los grupos interesados en las negociaciones comerciales es
el cambio en la naturaleza de la agenda comercial.
En efecto, cuando se
negociaba el acceso arancelario al mercado de determinados productos, los actores no
gubernamentales se limitaban a aquellos empresarios relacionados con la producción,
importación o exportación de esos productos y de los insumos o derivados
correspondientes. Los empresarios cuyos productos formaban parte de listas de
exportaciones e importaciones constituían la «sociedad civil» de esos procesos de
negociación. Eventualmente, la consulta y la participación se extendían a los
sindicatos de los sectores económicos potencialmente afectados por nuevas importaciones.
Pero a partir del
momento en que se negocian normas de conducta interna y externa de los gobiernos y no
sólo de las empresas, disciplinas multilaterales que limitan el margen de maniobra
soberano de los gobiernos, y políticas que inciden directamente sobre la legislación y
la vida económica y social interna de los países, el número de actores que tienen
intereses en los temas en negociación se multiplica. Además, tanto por su número como
por los mensajes que transmiten actores tan variados cuyo acceso a los medios de
comunicación es a veces más directo y efectivo que el de los negociadores, se modifican
las percepciones de la opinión pública en torno al contenido y a los objetivos de las
negociaciones comerciales: en una simplificación típica de lo que pueden generar los
medios masivos de información, muchos de los manifestantes lucen como los «defensores
del bien» frente a los negociadores implícitamente acusados de «malos», o en el mejor
de los casos, de insensibles[11].
Ahora, al negociar,
por ejemplo, el alcance de los subsidios a la exportación agrícola, los interesados son
los exportadores y los productores agrícolas en su conjunto, y ya no solo los productores
de determinados rubros agrícolas; al negociar un acuerdo de liberalización del
transporte aéreo, los interesados son los trabajadores de ese sector, las empresas de
aviación, los fabricantes de aviones, las autoridades de los aeropuertos, las empresas de
servicios relacionadas con la actividad del transporte aéreo. Al negociar un acuerdo de
libre comercio de mercancías que abarca todos o gran parte de los rubros contenidos en el
arancel, los actores interesados son todos los productores y trabajadores del país, pero
también el sector servicios (bancos, transporte, seguros, infraestructura etc.) que
podrá aprovechar de o ser afectado por la liberalización comercial. Al negociar la
defensa de los derechos de propiedad intelectual para las empresas que entran en un
mercado exterior, se plantea el tema de la defensa de la cultura local[12] y del desarrollo de la tecnología nacional. La
eventualidad de que temas de política laboral pasen a formar parte de la agenda comercial
despierta intereses que trascienden ampliamente los de un grupo social o económico
determinado.
Lo que no ha cambiado
en relación con décadas anteriores es, por un lado, el hecho de que los grupos que
supuestamente representan a la sociedad civil no son democráticamente electos y por
ende, algunos argumentan que representan sólo a ellos mismos y son menos «legítimos»
que los gobiernos de un país democrático. Por otro lado, siguen siendo los grupos más
poderosos (financiera y políticamente) los que logran canalizar con éxito sus intereses
hasta las mesas de negociación.
En este sentido,
podemos decir que hay una nueva asimetría en la posición de los países en desarrollo en
el escenario de las negociaciones comerciales multilaterales. Como se ha visto en las
imágenes de la Conferencia Ministerial de la OMC en Seattle, o en las más recientes de
las reuniones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en Washington, los
manifestantes provienen mayoritariamente de organizaciones no gubernamentales de países
industrializados, y cabe preguntarse en muchos casos hasta qué punto son ellos los
«legítimos» representantes de los intereses de los países en desarrollo (para aquellos
grupos que enarbolan argumentos en favor del desarrollo). Cabe preguntarse también
cuáles y cuántos son los grupos no gubernamentales originarios de los países en
desarrollo que logran tener el poder político y financiero suficiente para alterar a su
favor el rumbo de una negociación económica internacional[13].
Por último, al
preparar una negociación, puede resultar de gran utilidad para un país en desarrollo
averiguar cuáles son las organizaciones no gubernamentales tanto nacionales como, sobre
todo, de otros países, analizar sus posiciones, y explorar la posibilidad de que ellas
puedan actuar en apoyo a los objetivos que se persiguen. Se trata, en otras palabras, de
buscar acercamientos tácticos con fuerzas de presión que a menudo tienen influencias y
acceso a mecanismos de decisión distintos de los que resultan accesibles a los gobiernos.
Actualmente, en los países industrializados, existen muchas organizaciones no
gubernamentales técnicamente muy sólidas y financieramente muy poderosas que tienen una
ascendencia directa sobre los congresos en todo lo que concierne, por ejemplo, la
asignación de fondos para la ayuda oficial al desarrollo. Según la posición que
sostengan, pueden ser aliados sumamente útiles.
En síntesis, la
ampliación de la agenda de negociaciones comerciales, tanto a nivel bilateral como
regional o multilateral, ha implicado automáticamente un mayor número de grupos de
interés que los negociadores deberán tomar en cuenta. Si bien el que negocia sigue
siendo el Gobierno, crece aceleradamente el número y la variedad de intereses generados
por la «sociedad civil». La consolidación de la democracia, y la creciente importancia
de los medios de comunicación y de la información, estimulan y facilitan este fenómeno,
aun cuando, en lo formal, los foros de negociación internacional no están diseñados
para incorporar a grupos no gubernamentales. La estructura jurídica de los organismos
regionales y multilaterales, y las condiciones de validez que impone el derecho
internacional público a los acuerdos suscritos por los Estados sigue otorgándole a los
gobiernos competencias exclusivas a la hora de firmar compromisos internacionales, por
más que haya consulta y participación de todos los actores no gubernamentales. Los
problemas de la «gobernabilidad» en las instituciones económicas internacionales se
plantean al mismo tiempo que en los sistemas políticos domésticos de los países, por
razones que son, en lo fundamental, similares, es decir la revolución de la información
y la necesidad de hacer más participativos procesos de decisión reservados a
determinados actores.
Uno de los principales
retos que enfrenta la OMC hoy en día (pero también organismos como el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional) es precisamente de encontrar mecanismos mediante los cuales
se puedan incorporar en los procesos de consulta a los grupos de presión en su nueva
forma de «sociedad civil», mientras la estructura jurídica y los procesos de toma de
decisiones en esas organizaciones no permiten la participación directa de actores no
gubernamentales.
El tema de la
«legitimidad» y credibilidad de la OMC, planteado con mucha fuerza a raíz de los
acontecimientos de Seattle, está vinculado a cómo se logre solucionar la participación
de la sociedad civil en ese organismo y en los procesos de negociación comercial en
general. Tal como lo observa el Secretario General de la UNCTAD, la legitimidad de la OMC
depende de tres componentes: la membresía universal, la participación efectiva en las
decisiones, y la distribución equitativa de los beneficios del sistema multilateral de
comercio[14]. Le corresponde a los
negociadores en la OMC encontrar fórmulas viables que consoliden la legitimidad de la
institución, preserven su efectividad como foro de negociación de normas multilaterales,
y permitan una participación ordenada a la sociedad civil. Las «medidas de confianza»
adoptadas por el Consejo General de la OMC en su reunión de mayo pasado, y el trabajo
interno iniciado por el Director General de la OMC después de Seattle para revisar y
mejorar el funcionamiento de la institución van en este sentido, pero queda mucho camino
por recorrer.
Esto nos lleva a dos
conclusiones en cuanto a las características de las negociaciones comerciales actuales
desde el punto de vista de los diplomáticos: por una parte, es utópico pretender que un
solo funcionario pueda, en forma individual, dominar todos los temas técnicos contenidos
en las negociaciones comerciales modernas los cuales, además, se multiplican a un ritmo
vertiginoso.
Por otra parte, es
cada vez más importante ir formando, desde las universidades, funcionarios
gubernamentales que, además de especializarse en las distintas políticas públicas
(salud, educación, desarrollo industrial, etc.) entiendan el papel que juegan las
negociaciones económicas y comerciales en la formulación e instrumentación de esas
políticas para el desarrollo del país, y que puedan complementar y apoyar la labor de
los funcionarios diplomáticos. Más que en otros ámbitos de la política pública, se
necesita formar estrategas y negociadores que, al formar equipos multidisciplinarios,
sean, a la vez, diplomáticos con visión de economistas, expertos en competitividad con
conocimientos de las políticas y de las normas del comercio internacional, y técnicos
sectoriales con capacidad de integrar su experticia específica en el conjunto de las
decisiones a tomar antes y durante la negociación[15].
II.
Orientaciones para la formulación de una posición nacional en las negociaciones
comerciales multilaterales
1. Los
diagnósticos nacionales para fijar la política comercial.
Como se señaló
anteriormente, la fase de preparación de las negociaciones es al menos tan importante
como la negociación propiamente dicha. Si bien es cierto que una negociación exitosa
depende de la capacidad del negociador de manejar una reunión, presentar sus argumentos,
formar alianzas, facilitar las convergencias, y minimizar el costo de las concesiones que
deberá dar para lograr sus objetivos, todas estas cualidades diplomáticas que se
desprenden del aprendizaje de las técnicas de la negociación no le servirán de mucho si
no reúne dos condiciones básicas: en primer lugar, conocer bien el tema y entender sus
alcances (dentro de las limitaciones que hemos indicado y apoyándose en un equipo
multidisciplinario); en segundo lugar, tener buenas instrucciones, las cuales, a su vez,
dependen de la calidad de la preparación de la negociación a nivel interno.
Cabe reflexionar sobre
este segundo punto, el de las «buenas» instrucciones y de la preparación de la
negociación. En un sentido estricto, las instrucciones del negociador se pueden limitar
únicamente a indicarle en términos generales los objetivos finales que debe alcanzar.
Por ejemplo pudieran ser: «libere el 50% del comercio bilateral con el país X», o
«establezca un acuerdo sobre servicios de telecomunicaciones con el país Y». Es obvio
que, en la realidad, esos objetivos finales se desglosan en múltiples instrucciones
parciales y circunstanciales, a medida que el proceso de negociación va avanzando. En
principio, cada elemento de las instrucciones debería basarse en un diagnóstico interno,
sustentado en la identificación de los intereses nacionales.
Antes de comentar
cómo se puede llegar a una buena identificación del interés nacional en una
negociación comercial, hay que señalar que en la mayoría de los países en desarrollo,
las debilidades de su capacidad negociadora radican en la dificultad de identificar
intereses mucho más que en las debilidades de los negociadores de manejar las técnicas
de la negociación. Como vamos a ver, la identificación de intereses y objetivos, y por
ende, la elaboración de «buenas» instrucciones, requiere un gran esfuerzo analítico y
de coordinación institucional que pocos países en desarrollo son capaces de llevar a
cabo en forma sostenida y sistemática en el campo de las negociaciones económicas y
comerciales.
Es difícil pretender
que existe una metodología ideal para la identificación de intereses nacionales en
materia de comercio internacional. Una metodología única y polivalente, aplicable para
todos los temas de las negociaciones comerciales se asemejaría más a una utopía que a
una doctrina o, como mínimo, a un dogma más que a una doctrina. Sin embargo, se pueden
poner en evidencia algunas pautas que ilustran en qué tipo de elementos se basa la
formulación de una posición nacional y de las instrucciones correspondientes.
Si la negociación se
centra en levantar las barreras «tradicionales» al comercio, es decir, los aranceles y
otras medidas llamadas «de frontera», los intereses nacionales radican, obviamente, en
las exportaciones bien sea reales o potenciales que pudieran tener mayor
penetración del otro mercado si las barreras fueran levantadas o disminuidas. La consulta
con el sector nacional exportador para determinar tanto esos productos como las trabas que
enfrentan es, por lo general, suficiente. Luego, en consulta con el sector importador, los
negociadores determinarán si el costo de las concesiones que inevitablemente deberán
hacerse para lograr levantar esas barreras es proporcional a los beneficios que se espera
obtener de la liberalización comercial, tanto en el corto como en el largo plazo.
Pero hoy en día ya
son muy pocas las negociaciones comerciales que se limitan a las «medidas en frontera».
Como hemos visto, el crecimiento de la agenda comercial impulsado por la
globalización implica que los temas arancelarios no son ni los únicos ni
forzosamente los más importantes. Temas como por ejemplo los que vinculan comercio y
medio ambiente, comercio e inversiones, o comercio y propiedad intelectual, requieren de
metodologías de identificación de intereses muy distintas porque los objetivos de la
negociación son de naturaleza distinta, así como los actores nacionales y los costos y
beneficios.
Veamos por ejemplo
algunas pautas para la identificación de intereses nacionales en materia de servicios.
La primera dificultad
radica en determinar la importancia del sector servicios en la economía y su potencial
exportador, el papel de las importaciones en servicios y los mercados actuales o
potenciales. Al tratarse de sectores como el de los servicios financieros, de transporte
aéreo o marítimo, de telecomunicaciones, de servicios de salud o ambientales, culturales
o energéticos, turísticos o audiovisuales, las informaciones estadísticas se encuentran
(si es que se encuentran) dispersas y fragmentadas, por lo general poco fiables e
incompletas, debido a la naturaleza misma de esos servicios. En la mayoría de los países
(incluso desarrollados), y para la mayoría de los sectores de servicios, no hay una
estrategia de desarrollo y de promoción de las exportaciones de servicios comparable a
las de las exportaciones de bienes. Contrariamente al sector de los bienes, las empresas
productoras y exportadoras de servicios no están bien organizadas en gremios sectoriales
sólidos y preparados al diálogo con el gobierno para la preparación de posiciones
negociadoras en comercio exterior salvo algunos sectores como el de los bancos, los
hoteles, las empresas de transporte. La pequeña y mediana industria de servicios muchas
veces no está consciente de que está exportando o importando un servicio. Es el caso,
por ejemplo, de los artistas que actúan fuera del territorio nacional, de las agencias de
viajes y otras empresas que atienden a los turistas extranjeros, de las enfermeras que
emigran para prestar servicios de salud en el exterior, de los ingenieros, diseñadores, o
arquitectos que exportan sus servicios por correo electrónico, etc.).
Además, hay muy poca
información y conciencia de las barreras que enfrentan las exportaciones de servicios en
los mercados de exportación, porque en el caso de los servicios no se trata de aranceles,
sino de varias medidas derivadas de la legislación o de la política nacional del otro
país, medidas que no son fácilmente identificables en un documento equivalente a un
arancel de aduanas.
Por ejemplo, las
trabas que pueden enfrentar una agencia de viajes o una cadena hotelera se desprenden de
los regímenes de inversión extranjera en el otro país, o de las restricciones
cambiarias, o de la legislación laboral y ambiental. Existen trabas a las exportaciones
de servicios que pudiéramos calificar de orden general (por ejemplo las medidas
regulatorias y las políticas macroeconómicas que inciden sobre todos los sectores de la
actividad económica), y otras trabas de naturaleza específica que atañen a un sector o
subsector determinado de servicios. La tarea de identificar un arancel que encarece la
importación de un bien es evidentemente mucho más sencilla que la identificación de
estas trabas domésticas dispersas y variadas.
Por consiguiente, la
preparación de la negociación en materia de servicios requiere de diagnósticos
nacionales específicos para cada sector o subsector, donde se determine cuáles son las
empresas exportadoras (o con potencial exportador) e importadoras, sus mercados externos,
sus marcos regulatorios nacionales o los del otro país, las políticas económicas
globales o sectoriales que inciden sobre su desarrollo, sus necesidades en materia de
tecnología, información, infraestructura.
Durante la Ronda
Uruguay de Negociaciones Comerciales del GATT (1986-1994) se adelantaron estudios
nacionales de servicios en muchos países en desarrollo. Por lo general, se trataba de
estudios que abarcaban al sector servicios en general, es decir, su relevancia en la
economía nacional. Muchos de esos estudios se vinculaban con los análisis de los
regímenes de inversión extranjera y otras regulaciones horizontales, aplicables a todos
los sectores de servicios en general. Actualmente, el grado de sofisticación de las
negociaciones en servicios impone llevar a cabo estudios nacionales sectoriales,
detallados, que profundizan el análisis de las empresas del ramo, de su competitividad y
de las normas que rigen ese ramo de actividad.
La identificación de
prioridades, de objetivos y posiciones de negociación se debería basar, en primer lugar,
en dichos estudios sectoriales, que deberían incluir proyecciones a mediano plazo de la
competitividad del sector; en segundo lugar, en buenos diagnósticos que abarquen el papel
del sector servicios como tal en las estrategias de desarrollo del país; y en tercer
lugar, de análisis sobre la situación vigente y las tendencias del mercado regional e
internacional junto con la identificación de las barreras que entraban las exportaciones
en los mercados externos.
No hay que perder de
vista que en las negociaciones de servicios en la OMC se intercambian concesiones en
determinados sectores y subsectores y en determinados modos de producción o suministro de
servicios, siguiendo procedimientos de negociación bastante similares a los de las
concesiones arancelarias intercambiadas en el comercio de bienes. Asimismo, se deberían
identificar, por ejemplo, cuáles concesiones se pudieran contemplar en el ámbito del
comercio de bienes a cambio de lograr determinados objetivos en servicios o viceversa.
A la luz del tema del
comercio de servicios lo mismo pudiera decirse de otros temas comerciales como el de
propiedad intelectual, el de competencia, de inversiones, etc. podemos afirmar que
la multidisciplinaridad es indispensable en todos los estudios que sustentan la
formulación de posiciones nacionales de negociación.
Aquí, nuevamente, es
ilustrativa la comparación con lo que se negociaba hace apenas unos diez o quince años:
para determinar la oferta exportable o los aranceles necesarios a la penetración de un
mercado externo, eran suficientes los estudios de tipo económico (micro-económico). Hoy,
para determinar la estrategia comercial en materias como servicios, comercio electrónico,
competencia, compras gubernamentales, medidas sanitarias, o normas técnicas, los estudios
deben trascender la dimensión económica para abarcar consideraciones jurídicas,
financieras, tecnológicas, sociales y ambientales. A ello se añade la necesidad de
considerar las tendencias del comercio internacional y sus implicaciones para la economía
nacional, tarea cada día más difícil porque los cambios tanto coyunturales como
estructurales en los mercados globales se aceleran y se profundizan.
Todo lo anterior nos
lleva a observar el alcance de los diagnósticos previos a la determinación de los
objetivos de negociación: no se trata únicamente de fijar instrucciones para los
negociadores en un momento determinado. Si la tarea de análisis está bien hecha, la fase
preparatoria de la negociación a nivel nacional puede confundirse con la tarea de
definición de políticas de comercio y desarrollo. La determinación de la estrategia de
negociación en la OMC (o en otros foros de negociación determinantes para una economía)
puede representar una excelente oportunidad para fijar estrategias de desarrollo interno y
de inserción en la economía global. Puede implicar, en otros términos, una reflexión
sobre la situación del país en el escenario comercial mundial y sus perspectivas.
En este sentido,
simplificando el panorama de las negociaciones actualmente en marcha en la OMC,
pudiéramos retomar una reflexión que suele hacer el Secretario General de la UNCTAD al
observar que hay dos grandes categorías de países en desarrollo miembros de la OMC: los
que saben qué negociar porque tienen algo que pedir, y los que no saben qué negociar
porque no tienen nada que pedir, bien sea porque su problema trasciende la negociación
comercial y el foro de la OMC, bien sea porque no han logrado hacer correctamente la tarea
interna de identificar sus intereses y sus objetivos.
Esta observación se
inspira en lo que sucedió durante la Ronda Uruguay del GATT, que concluyó con el
establecimiento de la OMC, y en lo que sucedió durante los primeros dos años de
funcionamiento de la OMC, hasta la Conferencia Ministerial de Singapur en diciembre de
1996.
En efecto, las dos
categorías de países en desarrollo mencionadas empezaron a delinearse durante la Ronda
Uruguay. Por un lado, los que impulsaban la liberalización comercial porque necesitan
aumentar sus exportaciones y se enfrentaban a barreras en los mercados de los países
industrializados. Esquematizando, podemos decir que estos países centraban sus
principales objetivos de negociación en los temas de acceso a mercados (eliminación o
reducción de barreras «en frontera» y otras medidas que distorsionan el libre comercio
como los subsidios por ejemplo). Es en este orden de ideas que se ubicaría, por ejemplo,
el Grupo Cairns de países exportadores agrícolas, que comprende tanto países
industrializados como países en desarrollo. También pudiéramos ubicar en esta
categoría a pequeños países exportadores de servicios, como Hong Kong o Singapur, y a
otros países en desarrollo que han introducido aperturas unilaterales en sus economías
antes de que concluyera la Ronda Uruguay. Para países con estas características, la
política comercial está suficientemente bien definida para servir de base a una
posición negociadora clara, donde hay «algo» que pedir, aunque no forzosamente hay un
buen trabajo previo de preparación interna ni diagnósticos nacionales detallados que le
suministren insumos precisos al negociador.
Por otro lado, tenemos
la gran mayoría de los países en desarrollo, sobre todo los menos adelantados, que no
tienen graves problemas de acceso a mercados o, al menos, no perciben estos temas como
prioritarios, simplemente porque su oferta exportable es muy reducida y poco
diversificada. Su problema más apremiante es precisamente la debilidad de la oferta[16]. Si estos países no tienen claro qué
pedir en las mesas de negociación comercial no es tanto porque sus negociadores carecen
de habilidades. Es más bien porque esos foros no son los adecuados para solucionar su
problema, que es de índole estructural mucho más que de acceso a mercados. Para ellos,
la diversificación y el crecimiento de la oferta pasan por soluciones financieras, es
decir de inyección de capital en aquellos sectores de la economía que son competitivos y
que tienen potencial en los mercados externos, y por políticas sociales efectivas, que
permitan poner a valer su capital humano.
Foros como la OMC,
donde se aborda principalmente la apertura de los mercados, no aportan soluciones
satisfactorias en ese sentido. Si bien el comercio es una condición necesaria para el
desarrollo, no es una condición suficiente para países monoproductores y
monoexportadores de productos básicos. La posición adoptada el pasado mes de febrero en
la UNCTAD X por los 190 países miembros de la UNCTAD enfatiza la necesidad de completar
los esfuerzos para integrar a los países en desarrollo en el comercio mundial con
políticas y acciones de cooperación que incluyan los aspectos financieros, tecnológicos
y sociales del desarrollo más allá de la dimensión comercial. Este es el tema que aún
no ha sido debidamente abordado en los foros económicos internacionales, ni en los que se
ocupan de comercio, ni en los que tratan del financiamiento del desarrollo. Al finalizar
la Ronda Uruguay se adoptó la «Declaración Ministerial de Marrakech» sobre la
coherencia entre la OMC, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyos
términos deberían ser precisados e implementados de tal manera que las negociaciones
comerciales multilaterales se articulen en forma coherente con las políticas de las
instituciones financieras internacionales pero no para imponer más condiciones al
financiamiento del desarrollo, sino para proveer a los países en desarrollo de
instrumentos financieros que les permitan superar sus debilidades estructurales e
integrarse en mejores condiciones a las corrientes de comercio global.
En este orden de
ideas, lo ideal sería que los diagnósticos nacionales destinados a fijar posiciones de
negociación comercial se sustenten en una visión integral de la política comercial,
donde el acceso a los mercados de exportación es un tema que puede ser menos importante
que el desarrollo de la oferta de exportación según las necesidades del país.
No es absurdo pensar
que en las negociaciones comerciales que se iniciaron este año en la OMC después del
fracaso de la Conferencia Ministerial de Seattle los países en desarrollo vayan avanzando
en este sentido mediante posiciones negociadoras cada vez más preparadas, mejor
sustentadas en análisis nacionales que se han ido mejorando a raíz de la conclusión de
la Ronda Uruguay y de la implementación de los acuerdos suscritos en esa oportunidad.
El trabajo realizado
en el marco de la «agenda positiva» desarrollada por la UNCTAD durante la fase
preparatoria de la Conferencia de Seattle y que se sigue desarrollando es un
instrumento significativo en este sentido.
2. La
formulación de posiciones nacionales y de propuestas de negociación
En diciembre de 1996,
durante la 1ª Conferencia Ministerial de la OMC celebrada en Singapur, el Secretario
General de la UNCTAD observó con preocupación cómo los países en desarrollo tenían
una participación marginal en el proceso negociador de la Conferencia, no tanto porque
los mecanismos de decisión tendían a excluirlos y a concentrarse entre los «grandes»
países miembros de la OMC, sino por la falta de propuestas propias, es decir, la falta de
posiciones «proactivas» en torno a temas de su interés. En el mejor de los casos, los
países en desarrollo se limitaban a reaccionar ante las posiciones de los países
industrializados. En síntesis, actuaban como «decision-takers» y muy poco como
«decision-makers».
La idea de adelantar,
en el marco de la UNCTAD, trabajos analíticos destinados a suministrar a los países en
desarrollo los instrumentos técnicos necesarios para la formulación de propuestas de
negociación propias y viables, acordes con sus necesidades, surgió en esa oportunidad.
El trabajo de la «agenda positiva» se inició en la Secretaría de la UNCTAD a
principios de 1997. Su primera fase culminó a finales del año pasado, al terminar el
proceso preparatorio de la Conferencia de Seattle, y se encuentra ahora en una nueva fase,
basada en los mandatos recibidos de los Estados Miembros en la UNCTAD X, destinada a
apoyar la capacidad negociadora de los países en desarrollo en las negociaciones en curso
en la OMC.
La primera tarea a
desarrollar en el marco de los trabajos de la «agenda positiva», tanto por parte de la
Secretaría de la UNCTAD como por parte de los países en desarrollo (a nivel individual o
en el marco de grupos a los cuales pertenecen), consiste en determinar los objetivos de la
negociación en función de los intereses del desarrollo. A su vez, la determinación de
objetivos depende de los márgenes de negociación disponibles, es decir, de lo que se
puede alcanzar desde un punto de vista realista. Otra tarea inicial se refiere al
análisis del contenido y de las implicaciones de las posiciones de los demás países,
sobre todo los países industrializados.
Todos estos elementos
deberían conducir a la formulación de posiciones y propuestas propias de los países en
desarrollo.
El trabajo de apoyo
realizado por la Secretaría de la UNCTAD en las actividades llamadas de la «agenda
positiva» consistió en varias tareas, iniciadas a principios de 1997, y realizadas en
función de pautas y prioridades fijadas por los países miembros, tales como: análisis y
evaluaciones de la implementación de los acuerdos existentes desde el punto de vista de
los países en desarrollo; reuniones de expertos y de funcionarios gubernamentales, tanto
en Ginebra como en las capitales de los países en desarrollo, para recabar informaciones
precisas sobre las necesidades de esos países; contactos regulares con las Misiones en
Ginebra de los países en desarrollo para analizar las implicaciones de las posiciones de
los países industrializados y para suministrarles los datos e insumos técnicos
necesarios para redactar sus propuestas.[17]
En síntesis, la
Secretaría de la UNCTAD, en consulta con los Estados Miembros, ha desarrollado varios
instrumentos de apoyo a la capacidad negociadora de los países en desarrollo, tanto en
cuanto a las propuestas específicas relativas a los acuerdos existentes, como en cuanto
al contenido del proyecto de Declaración Ministerial, como en lo que se refiere a
estudios de posibles nuevos temas para futuras negociaciones.
De esta forma, sería
erróneo y simplista afirmar que «la agenda positiva» constituye una suerte de manual de
instrucciones para la negociación de los países en desarrollo en la OMC. En primer
lugar, como se ha indicado, en muchos temas no hay una división «Norte-Sur» de las
posiciones. En segundo lugar, el trabajo técnico realizado en apoyo a la capacidad
negociadora de los países en desarrollo se efectúa sólo en la medida en que los propios
países lo solicitan, tratando de facilitar la formulación de sus propias posiciones,
pero de ninguna manera sustituyendo a los Estados Miembros en esa tarea.
Por supuesto, en
muchos casos, las propuestas formuladas por los países en desarrollo en el marco de la
«agenda positiva» se inspiraron en el proceso de consulta interno realizado para
preparar la posición nacional ante la Conferencia de Seattle, es decir, en las
experiencias vividas por su sector empresarial en el aprovechamiento de la liberalización
acordada en los acuerdos de la Ronda Uruguay, en las necesidades identificadas por las
instituciones nacionales en poner en práctica las nuevas disciplinas comerciales, o en
los estudios nacionales o regionales sobre el impacto de esos acuerdos desde el punto de
vista del desarrollo.
En la fase previa a
Seattle, la tarea de los negociadores en la OMC fue muy intensa en Ginebra, pero en varios
países, y no solamente en los industrializados, las negociaciones a nivel nacional fueron
importantes probablemente más que en el caso de la Ronda Uruguay en la medida en
que ahora hay más información y más conciencia en la opinión pública del alcance y de
las implicaciones de las negociaciones comerciales que hace apenas cinco años, cuando
concluyó la Ronda.
Las consultas internas
llevan a la diseminación y toma de conciencia de que los distintos temas contenidos en la
agenda comercial y las propuestas correspondientes tienen que ser preparados por cada una
de las instituciones o ministerios gubernamentales responsables del tema. De allí la
necesidad de conformar delegaciones multidisciplinarias, que representan a las distintas
instituciones. En efecto, las delegaciones que asisten a las negociaciones en curso en la
OMC, y el personal que integra las Misiones en Ginebra, son cada vez más
«heterogéneos», más que durante la Ronda Uruguay, lo cual enriquece y diversifica la
capacidad de plantear propuestas, si bien la capacidad de los países en desarrollo sigue
siendo limitada por falta de recursos que permitan financiar delegaciones numerosas y
variadas como las de los países industrializados.
Obviamente, la tarea
de formular propuestas viables, que entren dentro de los márgenes de negociación de los
que dispone un país, no es suficiente para garantizar que la propuesta llegue hasta la
etapa final de la negociación, es decir la redacción de la Declaración Ministerial o de
un nuevo artículo de un acuerdo multilateral. De hecho, todo negociador tratará de
ampliar sus márgenes de negociación mediante alianzas con otros países.
En la OMC, desde la
Ronda Uruguay, las alianzas en torno a posiciones y propuestas de negociación tienen dos
características básicas: por una parte, las alianzas suelen ser determinantes e
ineludibles para el éxito de la propuesta, incluso para los países más influyentes en
la OMC (es decir, los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Canadá); por otra parte,
raramente son alianzas automáticas y permanentes, es decir que no forzosamente son
conformadas por los mismos grupos de países para todos los temas. Hay que exceptuar de
esta observación a la Unión Europea, que actúa en la OMC con una vocería única,
basada en su política comercial común.
La «geometría
variable» y pragmática de las alianzas en la OMC hace que éstas puedan ser
muy variadas según los temas. El hecho que más se ha destacado desde la Ronda Uruguay es
la conformación de alianzas que agrupan a países en desarrollo e industrializados en
torno a posiciones de política comercial divergentes, como es el caso del Grupo Cairns en
materia de agricultura. Sin embargo, en la fase previa a Seattle, hubo varios puntos
claves que «aglutinaron» a todos los países en desarrollo, tales como la importancia de
revisar la implementación de los acuerdos de la Ronda Uruguay antes de plantear la
negociación de nuevos compromisos, y la necesidad de preservar mecanismos de trato
especial y diferenciado para los países en desarrollo (aunque haya habido propuestas y
posiciones diferentes en torno a cómo poner en práctica este concepto).
En síntesis, en el
momento mismo en que formula una propuesta, el negociador en la OMC debería identificar
los que puedan ser sus aliados, centrando su búsqueda no sólo en países que son
tradicionalmente sus aliados en otros foros políticos y económicos, sino también en
determinadas posiciones de política comercial que puedan coincidir con las suyas en un
tema específico.
Asimismo, el
negociador debe estar preparado para ofrecer concesiones a cambio del apoyo a su
propuesta, y no siempre se trata de concesiones en el tema al cual se refiere la
propuesta. De hecho, la naturaleza misma de las rondas de negociaciones comerciales
multilaterales con agendas comprensivas estimula «concesiones cruzadas», es decir,
ofertas hechas en un tema a cambio de logros en otro tema. La necesidad de alcanzar, al
final de la ronda, un «compromiso único» («single undertaking»), donde todos
los países tienen que aceptar todos los acuerdos sectoriales en un solo paquete sin
posibilidad de excluir ninguno, impulsa a los negociadores a buscar concesiones en todos
los temas a objeto de maximizar sus resultados globales al final de la negociación.
En teoría, la
posibilidad de pedir y otorgar concesiones en distintos temas a la vez es una situación
ideal para el negociador, en la medida en que eso le permite ampliar sus márgenes de
negociación y compensar costos y beneficios dentro de un balance global más amplio que
el de un sólo sector. Sin embargo, aquí se vuelve a plantear el dilema señalado
anteriormente: para poder tener capacidad de negociación, hay que poder ofrecer algo y
hay que saber qué pedir a cambio. Para los países en desarrollo cuya participación en
el comercio mundial sigue siendo limitada por las debilidades de su oferta exportable, el
hecho de poder ofrecer y pedir concesiones en varios temas de la agenda comercial no les
aporta muchos beneficios. Para los países industrializados, en cambio, los «paquetes»
de acuerdos pueden ser un buen instrumento para lograr varios objetivos de su estrategia
comercial. Es por ello que la Unión Europea sigue insistiendo en tener una Ronda del
Milenio comprensiva a pesar del fracaso de Seattle, ya que en una Ronda amplia cuyo
resultado será un «compromiso único», es posible que su posición en el comercio
agrícola pueda ser compensada por eventuales concesiones en otros temas menos delicados
desde su punto de vista.
Es aún prematuro
especular en torno a las «concesiones cruzadas» que puedan quizás plantearse en las
negociaciones que se iniciaron en la OMC en febrero de este año. En efecto, las
negociaciones que se lanzaron recientemente no tienen el formato de una Ronda, y la agenda
se limita a los temas de revisión y profundización de acuerdos existentes, con base en
compromisos específicamente definidos durante la Ronda Uruguay. Sin embargo, no es de
descartar que aun cuando no haya ninguna obligación de vincular entre ellos los dos
principales procesos de revisión en curso agricultura y servicios-, algunos países
planteen, en el proceso de negociación, un intercambio de concesiones entre estos dos
temas. Las posiciones nacionales deberían tomar en cuenta estos escenarios.
III.
Algunas condiciones necesarias para una negociación exitosa aplicadas al ámbito de
las negociaciones en curso en la OMC.
1. La
relación con las demás partes
Aunque las negociaciones comerciales, tanto
bilaterales como regionales o multilaterales, contengan características específicas
derivadas de su temática, en definitiva, son negociaciones internacionales como las
demás, a las cuales se aplican «reglas de oro» que todos los negociadores conocen y
practican en cualquier foro y para cualquier tema a objeto de maximizar la probabilidad de
alcanzar sus objetivos. Veamos, desde su aplicación al caso de la OMC, algunas de esas
reglas de oro que no fueron aplicadas, por ejemplo, en la Conferencia de Seattle, y que
deberían serlo en cambio desde el inicio de las negociaciones en curso en la OMC si es
que los países miembros aspiran a resultados exitosos.
Entre las primeras reglas se encuentra la de
darle participación (e importancia) a las demás partes involucradas en la negociación:
es decir todas las demás partes, no solamente algunas de ellas. Uno de los errores a
evitar es ignorar los intereses, por ejemplo, de países que no tienen una participación
importante en las estadísticas del comercio mundial, pero que son parte integrante del
proceso de globalización, y no pueden ser excluidos o marginados de ese proceso. Es
posible que la negociación alcance más fácilmente el consenso si abarca un número
reducido de miembros. Sin embargo, el costo de concentrar las decisiones en el grupo de
países que dominan el comercio mundial se paga en términos de credibilidad del organismo
y sostenibilidad de lo acordado.
2. El buen uso de los argumentos
En negociaciones de alto contenido técnico
como las comerciales, el éxito no depende únicamente del poder político o económico,
ni de la capacidad del negociador en manejar bien el proceso. Depende también del buen
nivel de preparación del equipo negociador, es decir, de la solidez de sus propios
argumentos, basados en análisis serios y exhaustivos, del conocimiento que tenga de los
argumentos de las demás partes y de las implicaciones de estos últimos sobre sus
objetivos.
De hecho, el análisis de las posiciones de los
demás países y de sus implicaciones puede ayudar a formular la posición nacional,
porque por esa vía se ponen en evidencia las vulnerabilidades, por ejemplo, de un sector
industrial nacional frente a la competencia externa; o al contrario, se descubren las
potencialidades de un producto de exportación en un nuevo mercado al analizar la
liberalización comercial de otros países.
Como se indicó anteriormente, la construcción
de buenos argumentos y de una buena estrategia de negociación depende un conjunto de
factores que no se limitan a los estudios nacionales propiamente dichos. Una metodología
ideal sería aquella que analiza la competitividad de un sector o subsector productivo,
incluyendo sus necesidades en materia de importación, inversión, tecnología, mano de
obra calificada, y sus potencialidades para el mediano plazo, así como el impacto
positivo o negativo de eventuales marcos regulatorios sobre su desarrollo. Luego el
estudio debería incorporar la capacidad exportadora de ese sector a la luz de las
tendencias del mercado regional e internacional, e identificar cuáles son los obstáculos
a la exportación y entender las políticas y los objetivos de las otras partes. Es
difícil concebir la formulación de una estrategia de negociación comercial sólida que
no abarque todos o al menos la mayoría de estos elementos.
En el ámbito multilateral, es muy importante
hacer valer los planteamientos propios, y una de las maneras más efectivas de hacerlo es
participando activamente en todas las fases del proceso de negociación. Lamentablemente,
este es quizás uno de los obstáculos más graves que enfrentan los países en desarrollo
en la OMC: por un lado, las capitales tienen una capacidad limitada de proveer una buena
preparación de las posiciones nacionales; por otro lado, las misiones acreditadas en
Ginebra son pequeñas, con pocos funcionarios y generalmente encargados de muchos temas al
mismo tiempo. En estas condiciones, el «poder» de los buenos argumentos está limitado
por obstáculos objetivos, difícilmente franqueables. Es aquí donde las alianzas con
otros países son indispensables, sobre todo porque las normas del consenso implican que
«quien calla otorga», mientras que en una votación siempre queda la posibilidad de
votar en contra.
Por último, los buenos argumentos son mejores
si son bien presentados y dados a conocer: es importante aprovechar el creciente papel de
los medios de comunicación para difundir los mensajes que sean más útiles para el logro
de los objetivos de negociación. Como se ha visto en la Conferencia de Seattle, los
medios de comunicación han sido determinantes en la difusión de las posiciones de los
manifestantes, mientras que faltó la comunicación con los medios por parte de los
delegados gubernamentales. En otros términos, al vivir en un mundo dominado por la
información, un buen argumento que no se difunde es un mal argumento - sobre todo cuando
se trata, como en las negociaciones comerciales, de temas que inciden sobre la vida
cotidiana de grupos sociales y económicos muy variados.
3. Cómo evaluar los resultados de la
negociación comercial
La tarea del negociador no termina en el
momento en que firma un acuerdo bien sea comercial o en otro tema. Al contrario, la firma
del acuerdo representa el inicio de una nueva fase, la de la «post-negociación», que
implica, entre otros elementos, evaluar lo que se ha negociado.
Desde el punto de vista del corto plazo, es
relativamente sencillo evaluar los resultados mediante una simple comparación entre las
instrucciones enviadas al equipo negociador y el contenido de los acuerdos, suponiendo que
las instrucciones eran producto de una buena definición de objetivos. Como es
virtualmente imposible que se hayan logrado todos los objetivos contenidos en las
instrucciones, ya que la negociación es, por definición, el intercambio de concesiones
recíprocas, habrá que hacer un análisis costo-beneficio de los resultados.
Al igual que en la formulación de la posición
nacional la consulta y participación de los actores económicos y sociales internos es
determinante, en la fase de evaluación los costos y beneficios no los puede determinar el
gobierno en forma aislada. Primero habrá que lograr un consenso sobre cómo determinar y
cómo aprovechar las nuevas oportunidades de exportación e inversión que se han logrado.
En segundo lugar, habrá que enfrentar el inevitable descontento de los sectores que se
sienten los «perdedores» en la negociación, y si el gobierno lo considera oportuno,
prever compensaciones para ellos. Lo importante, desde el punto de vista del gobierno, es
tener claridad en cuanto al interés nacional, es decir, como se dijo anteriormente, esa
visión global y de largo plazo de la estrategia comercial y económica que integra a
todos los actores y determina prioridades de desarrollo.
En este sentido, la evaluación ya no es
únicamente la comparación entre el contenido del acuerdo suscrito y las instrucciones
originales, sino el análisis costo-beneficio de los resultados desde el punto de vista
del desarrollo en el corto y el largo plazo. Aquí el papel de los investigadores vuelve a
ser determinante para identificar los instrumentos que permitan aprovechar al máximo lo
que se ha logrado (reducciones arancelarias, eliminación de trabas a la exportación,
posibilidades de expandir empresas, etc.) y minimizar los costos (reconversión industrial
para empresas no competitivas frente a la presencia extranjera, co-inversiones con capital
foráneo, modernización tecnológica, etc.).
Por último, la evaluación de los resultados
de la negociación comercial no sería completa si no tomaran en cuenta dos elementos
adicionales, ambos determinantes en la política comercial del país: por una parte, el
contexto de las demás negociaciones en marcha a nivel bilateral o regional; por otra
parte, el desarrollo del país, es decir, en qué medida los resultados logrados
contribuyen a una buena inserción en la globalización y no solamente a un mejor acceso a
los mercados internacionales, y a un mejor nivel de vida.
El contexto en el cual hay que ubicar una
negociación comercial determinada es tanto temporal como espacial: una negociación se
produce en un período de tiempo que, independientemente de que sea largo o corto, está
caracterizado por factores destinados a desaparecer o a modificarse, y en forma muy
acelerada como producto de los avances tecnológicos y de la globalización. Por ejemplo,
los acuerdos de la Ronda Uruguay no alcanzaron a prever cambios en el sistema de comercio
mundial que se produjeron en cuanto concluyó la Ronda o poco después como, por ejemplo,
el sorprendente crecimiento del comercio electrónico por ejemplo, la necesidad de un
acuerdo sobre los productos de la industria de telecomunicaciones, la inserción del tema
de competencia en la agenda de la OMC, o más recientemente, la aparición del tema del
comercio de los organismos genéticamente modificados. En unos cinco años, la agenda
cubierta por la Ronda Uruguay, que fue considerada en su momento como la más comprensiva
jamás emprendida a nivel multilateral, ya es obsoleta e insuficiente para reflejar las
nuevas realidades y las tendencias del comercio internacional. El contexto temporal de una
negociación comercial es, por lo tanto, determinante para el contenido de la
negociación, pero al mismo tiempo variable e inestable, de tal manera que impide
establecer criterios de evaluación fijos.
El contexto espacial es igualmente complejo.
Hoy en día, constituyen excepciones los países que no están adelantando,
simultáneamente, negociaciones en varios ámbitos, con distintos socios comerciales, o a
veces con los mismos socios pero en foros diferentes. Por ejemplo, la negociación del
ALCA se desarrolla al mismo tiempo y con los mismos socios que la de la OMC; muchos
acuerdos comerciales bilaterales se han concluido o se están negociando con varios
países involucrados en esas mismas negociaciones regionales, hemisféricas o
multilaterales. La región latinoamericana y del Caribe es probablemente, en estos
momentos, la que registra la mayor intensidad y variedad de negociaciones comerciales
simultáneas.
La articulación de las posiciones nacionales
en cada uno de los foros donde el país tiene objetivos se ha convertido en uno de los
temas claves para el éxito de corto y largo plazo en las negociaciones. Desde el punto de
vista económico y comercial, el negociador no puede perder de vista eventuales
contradicciones entre lo que otorga a un país o grupo de países vecinos, por ejemplo,
donde lo que está en juego es el comercio regional, y lo que obtiene en la dimensión
hemisférica del ALCA, donde hay actores de mucho mayor peso comercial. Desde un punto de
vista jurídico, deberá evitar violaciones de los acuerdos vigentes al negociar
concesiones que vulneran, por ejemplo, preferencias arancelarias ya otorgadas a otros
países.
También es importante que el equipo negociador
se plantee con objetividad preguntas en torno a la importancia relativa de lo que está
negociando en relación a la política exterior y económica de su país: qué tan
determinante es lo que estamos discutiendo, y qué tan apropiado es el foro para negociar
determinados temas. El tema de las normas laborales y su eventual inserción en la agenda
de la OMC es ilustrativo en este sentido: antes de entrar a discutir el fondo del vínculo
entre comercio y normas laborales, cabe preguntarse si la OMC es el foro apropiado para
ello.
Asimismo, a veces puede ser oportuno evaluar la
importancia de un foro multilateral como la OMC ante la creciente importancia de las
negociaciones comerciales regionales o hemisféricas. En muchos temas, y sobre todo en
materia de acceso a mercados y flujos de inversión, lo que está en juego en foros de
membresía limitada es mucho más relevante y de impacto más inmediato para el país que
las negociaciones multilaterales donde hay que encontrar un piso común entre 137
miembros, como en la OMC. No es una casualidad observar que en muchas consultas internas
que se realizan con el sector empresarial nacional, las prioridades de este último se
concentran en los mercados vecinos o más conocidos, porque no perciben como inmediatos ni
interesantes para ellos los resultados que se puedan lograr de una difusa negociación
multilateral que se realiza en Ginebra entre tantos países.
La visión de conjunto de todas las
negociaciones comerciales en marcha debería permitir también comparar la posición de
los demás países en distintos foros para tratar de obtener lo mismo que han logrado
otros. Por ejemplo, a objeto de determinar en qué consiste el trato especial y
diferenciado en la política comercial de las Comunidades Europeas, es importante analizar
el contenido de los acuerdos recientemente suscritos en el marco de la Convención de
Lomé, aunque el país que nos interesa no sea miembro de esos acuerdos. Asimismo, la
reciente ley de los Estados Unidos que le otorga preferencias a los países africanos
representa una referencia importante en la política comercial de ese país, y cabe
determinar hasta qué punto puede o no puede ser un precedente relevante en otras
negociaciones comerciales con países en desarrollo. Algunos países logran mucha
coherencia en el diseño y en la instrumentación de su política comercial replicando
ofertas y concesiones en distintos foros, y sentando precedentes en un acuerdo para luego
repetirlo en otro. Asimismo, el terreno de la negociación con los países vecinos puede
convertirse en un terreno de ensayo para que la misma estrategia de negociación sea
aplicada, mutatis mutandis, a otros terrenos.
IV. Reflexiones finales sobre la
formación de los negociadores comerciales
En definitiva, la formación de los
negociadores comerciales consiste principalmente en enseñarles el uso de los instrumentos
de análisis para que su táctica y su estrategia de negociación se combinen de la manera
más útil desde el punto de vista de los intereses del país. En esa formación, la
multidisciplinaridad surge como una necesidad fundamental, al igual que el espíritu de
equipo, la claridad de objetivos y la capacidad de liderazgo.
Es difícil identificar el curriculum
universitario que pueda satisfacer a necesidades tan variadas y cambiantes como las que se
han indicado, aunque muchos de los elementos básicos se desprenden de ejemplos recientes
como los de las negociaciones en la OMC. Aprendizajes como los que se obtienen mediante
experiencias vividas en la realidad suelen ser más importantes que lo aprendido en los
manuales. Pero la formación académica, que debe empezar en las universidades mediante la
introducción de materias relacionadas con la agenda económica y comercial internacional
actual, sigue y seguirá siendo el punto de partida para consolidar y mejorar la capacidad
negociadora de los países en desarrollo.
Hay similitudes y vínculos directos entre los
procesos de negociación económica y comercial, que atraviesan varias fases antes de
culminar con la conclusión de un acuerdo, y la formación de los negociadores, que
también abarcan varios aspectos y disciplinas relativas a la sustancia y a la táctica de
la negociación.
En efecto, como hemos mencionado a través de
algunos ejemplos, el proceso de preparación de una estrategia de negociación empieza en
el momento en que se hace el diagnóstico nacional en torno a un tema o a un sector
económico en el contexto de la estrategia de desarrollo del país. En ese momento, lo
más probable es que los insumos provengan de investigadores académicos y del sector
empresarial, y no sólo de las instancias gubernamentales.
Pero para que las instituciones académicas
puedan suministrar aportes útiles y actualizados, tienen que haber previamente integrado
en sus programas de enseñanza y de investigación materias al menos cercanas a las de la
futura negociación económica o comercial. Son evidentes las limitaciones de los
curricula de economía internacional o de relaciones internacionales que se limitan a
estudiar modelos teóricos dejando de lado la evaluación de su puesta en práctica, a
usar sabios manuales escritos por expertos que nunca han visto cómo se toman decisiones
en un gabinete ministerial, o a leer amplias bibliografías que no tienen ninguna
similitud con los textos que se negocian en el escenario internacional. El análisis y el
entendimiento del fracasado proyecto de Declaración Ministerial de Seattle, por ejemplo,
pudiera ser al menos tan rico en información y en enseñanzas para el futuro negociador
como el mejor texto de economía internacional.
En otros términos, el fortalecimiento de la
capacidad de las universidades y centros de investigación de integrar los temas de la
agenda económica y comercial actual en sus actividades regulares es clave para que un
país pueda generar políticas de desarrollo propias, y sobre esa base, sus estrategias de
negociación. Es también en las universidades donde debe empezar a concretarse ese primer
elemento del proceso de formación del negociador que consiste en desarrollar su capacidad
de formular objetivos estratégicos y tácticos, y en conocer y entender la posición de
los demás países junto con sus implicaciones. Todo lo que él pueda aprender en cuanto a
la mecánica de una negociación debería ser visto como un complemento necesario pero no
suficiente para sus éxitos futuros.
En este orden de ideas, el fortalecimiento
institucional de universidades y centros de investigación relacionados con la agenda
económica internacional debería complementar y fortalecer la formación de los
negociadores en un conjunto armónico donde se producen varias fases y se usan varios
instrumentos, al igual que como se ha mencionado anteriormente en un proceso
de negociación que va desde la preparación hasta el logro del consenso final, incluyendo
la evaluación de los costos y beneficios.
Por último, estas reflexiones no serían
completas si no se señalara lo que la UNCTAD está haciendo para avanzar hacia la
complementariedad entre el fortalecimiento institucional, la formación de negociadores, y
el apoyo a la capacidad negociadora de los países en desarrollo en los foros comerciales.
La experiencia de la UNCTAD en estos temas se remonta a la Ronda Uruguay, cuando estuvo
desarrollando varias actividades de información y análisis para asistir a los países en
desarrollo en esas negociaciones multilaterales. Esa labor se fue consolidando hasta
lograr una metodología de trabajo propia en los últimos 2-3 años, con las actividades
de «la agenda positiva», que consiste en elaborar tanto análisis de las propuestas de
negociación de distintos países como proveer insumos técnicos para que los países en
desarrollo elaboren sus propias propuestas. Podemos afirmar que el trabajo analítico que
realiza la UNCTAD en torno a los temas de la agenda comercial, muchas veces en
coordinación con consultores e instituciones locales de los países en desarrollo,
corresponde a la necesidad de apoyar el fortalecimiento institucional, de ver la sustancia
de las negociaciones desde el punto de vista del desarrollo, y de establecer vínculos
coherentes entre las políticas económicas nacionales y las estrategias de negociación.
Al mismo tiempo, este trabajo analítico
realizado se ha ido completando y ampliando con actividades de formación de negociadores
comerciales que han asumido varias formas, recurriendo a los instrumentos más idóneos
según las necesidades de los países receptores. Es así como la formación, al igual que
el apoyo a las instituciones locales y a la capac