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Del fantasma de Seattle al espíritu de Bangkok
Edición Nº 58.

Enero - Abril 2000.

La reciente evolución de las inversiones extranjeras directas en América Latina y el Caribe*

Alfredo Eric Calcagno
Consultor del SELA

 

I.   Panorama del financiamiento externo

 

1. Características de los flujos de capitales

 

La evolución del financiamiento externo de América Latina y el Caribe muestra distintas etapas. Desde 1950 hasta 1973, el movimiento neto de capitales extranjeros fue escaso; desde 1974 creció aceleradamente hasta 1981, sobre la base de los créditos de la banca internacional; y desde 1982 hasta 1990 se interrumpió el flujo voluntario de capitales. Así, la década de 1980 fue “perdida”, con una fuerte transferencia de ingresos hacia los países desarrollados. Por último, a partir de 1990 existió un importante aumento de los flujos anuales de capitales, que pasaron de casi 22.000 millones de dólares en 1990 a 116.000 millones en 1997; en 1998 se produjo una disminución.

 

Dentro de esta corriente de capitales, un rasgo importante es que a partir de 1994 predominan las inversiones directas, que en 1998 llegaron a los 57.900 millones de dólares (recuérdese que en 1990 eran de 8.200 millones). Si bien disminuyeron levemente con respecto al año anterior, constituyen el 70% de los flujos de capitales netos que ingresaron a América Latina y el Caribe (en 1990 sólo llegaban al 37% y en 1993 al 20%). En 1998 aumentó la deuda pública y con garantía pública, y cayó la deuda privada no garantizada.

 

El gráfico 1 muestra, para 1990, 1997 y 1998, la importancia relativa de los recursos netos entrados en comparación con pagos de intereses de largo plazo y la remisión de utilidades de la inversión extranjera directa. Puede observarse el elevado nivel de los recursos netos ingresados en comparación con los de 1990, así como la persistente elevación de los intereses de largo plazo y de las remesas de utilidades de las inversiones extranjeras directas.

 

Estos resultados estuvieron influídos en el período 1990-1997 por el fuerte flujo de capitales externos, y en 1998 por las sucesivas crisis del Sudeste de Asia, Rusia y Brasil; este último caso fue el que más influyó en la economía regional, puesto que se trata de la mayor economía latinoamericana. El acceso al mercado financiero internacional sigue siendo difícil y caro; además, los países deben enfrentar vencimientos de sus deudas, que sólo pueden cubrir con nuevas emisiones, por lo que se ven forzados a endeudarse a tasas elevadas.

 

2. La crisis financiera

 

En el corto plazo, en una evaluación global de la situación, se comprueba que la moratoria de Rusia marca una nueva fase de la crisis financiera, pues provocó una importante deserción de los inversores con respecto al conjunto de los países emergentes y una mayor concentración en los países desarrollados. En especial, influyó la falta de una operación de rescate financiero para Rusia, a diferencia de lo que había ocurrido en los casos de México y Sudeste asiático; este hecho debilita –tal vez de modo duradero– la idea de que existe una garantía implícita para las colocaciones en los mercados emergentes y ello aumenta el riesgo para esos mercados (con spreads más elevados[1] y menores cantidades).

 

El Banco Mundial señala que la crisis financiera contribuyó al deterioro en las perspectivas de mediano plazo de los flujos de capitales extranjeros a los países en desarrollo. Sin embargo, puntualiza que permanecen casi todos los determinantes fundamentales del flujo de los años 1990, tales como “el mejoramiento de las políticas y la relación capital-trabajo relativamente baja en los países en desarrollo; las innovaciones tecnológicas; las inversiones en acumulación de información (por ejemplo, en condiciones de mercado, requerimientos legales para el acceso y acuerdos de monitoreo); la remoción de barreras a los flujos de capital; las tendencias demográficas en los países industriales, que tenderán a incrementar los superávit en cuenta corriente en varios países prestamistas; y la convergencia de políticas económicas en países industriales, que aumentaron los beneficios de la diversificación de inversiones en países emergentes”.[2]

 

El análisis del Banco Mundial indica como causas de la menor afluencia de capitales al lento crecimiento del producto global y del comercio internacional, al retroceso en la calificación de deudores soberanos y corporativos que restringen el acceso al crédito, a la percepción de mayores riesgos frente a la moratoria de la deuda de Rusia y la crisis de Brasil, al mayor costo del nuevo financiamiento y a las mayores preocupaciones de los países receptores sobre la reversión del flujo de capitales. Sin embargo -agrega- es necesario diferenciar entre las diferentes clases de flujos: los provenientes del mercado de capitales se retrajeron, pero la inversión extranjera directa pasó a ser la forma de financiamiento dominante.[3]

 

Asimismo, es necesario considerar la influencia que la política económica de los países desarrollados tuvo sobre las crisis de los países en desarrollo. La balanza de pagos en cuenta corriente de los países desarrollados tuvo un superávit de 64.000 millones de dólares en 1997 y un déficit de 9.000 millones en 1998, como consecuencia del colapso de las importaciones de Asia. En este resultado influyó sobre todo el aumento del déficit de Estados Unidos, que de 155.000 millones en 1997 pasó a 235.000 millones en 1998. El flujo neto de capitales de largo plazo hacia el conjunto de los países en desarrollo que había sido de 338.000 millones de dólares en 1997, fue de 275.000 millones en 1998; entre estos dos años, en América Latina, la disminución fue de 116.000 millones de dólares a 83.200 millones.[4]

 

II. La inversion extranjera directa en América latina y el Caribe

 

1. Su magnitud

 

Desde 1994 se incrementó de modo sustancial el flujo de la inversión extranjera directa hacia América Latina y el Caribe: sus saldos netos anuales se cuadruplicaron con exceso en el último quinquenio; de allí que el 39% del acervo de capitales extranjeros se haya acumulado entre 1994 y 1997.

 

2. El acervo de inversión extranjera directa

 

El acervo de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe se triplicó entre 1990 y 1997 y llegó a los 375.414 millones de dólares; de ellos, una tercera parte corresponde a Brasil y otro tanto a la suma de México y Argentina; a su vez una cuarta parte es la suma de las inversiones en Bermudas, Chile, Colombia, Perú y Venezuela. Como se menciona en el punto 3 del capítulo III, gran parte de las inversiones recientes corresponden a la compra por inversores extranjeros de empresas nacionales, tanto públicas como privadas, y ello en los sectores de actividad más variados.

 

3. Los flujos de inversión extranjera directa

 

3.1. Los montos de la inversión

 

Los montos de los flujos de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe presentan tres características fundamentales. Primero, su extraordinario aumento en este decenio, en el que pasaron de 6.800 millones de dólares en 1990, a 53.200 millones en 1998. Segundo, su inflexibilidad frente a la crisis financiera internacional, mucho mayor que los demás rubros de entrada de capitales. Tercero, una concentración en pocos países de los ingresos de capitales, que sigue una tendencia histórica; en 1998, el 70% ingresó a Brasil, México y Argentina.

 

3.2. La distribución sectorial de las inversiones extranjeras directas

 

La orientación de la inversión extranjera directa en América Latina varía según los países. De tal modo, se dirige con preferencia a minería y petróleo en Bolivia, Chile y Ecuador; a la industria manufacturera en Brasil y México; y a los servicios en Argentina, México y Perú. Este hecho se muestra con algunas limitaciones en el cuadro 5, ya que existen omisiones en la información; por ejemplo, no incluye las de hidrocarburos en Venezuela ni las bancarias en Panamá.

 

4. La procedencia de las inversiones

 

4.1. Las inversiones por área de origen y países de destino

 

La casi totalidad de las inversiones extranjeras directas en América Latina y el Caribe proceden de Europa y Estados Unidos. En el período 1995-1997 existió una fuerte concentración: alrededor de la mitad de las inversiones europeas y estadounidenses orientadas hacia la región fueron a Brasil y Argentina; las inversiones europeas predominaron en Colombia y Venezuela y las estadounidenses en México. Asimismo, existió un cierto incremento de las inversiones intrarregionales latinoamericanas. Si se consideran en particular los países de proveniencia de las inversiones, se advierte una predominancia de Estados Unidos. Sin embargo, existió un sostenido aumento de las inversiones europeas, que en 1997 llegaron al nivel de las estadounidenses; dentro de los países europeos sobresale España, seguida por el Reino Unido.

 

4.2. Las inversiones de Estados Unidos en América Latina y el Caribe

 

Estados Unidos es el principal inversor externo en América Latina y el Caribe. En el decenio de 1990 se registraron algunas modificaciones en la estrategia de las empresas transnacionales inversoras, que sin abandonar algunas de sus modalidades tradicionales, introdujeron algunos cambios. En primer lugar, se buscó una mayor eficiencia, que mejorara su competitividad en el mercado estadounidense, amenazada por competidores externos (como los asiáticos); a ese fin, empresas estadounidenses construyeron nuevas plantas en América Latina y el Caribe, en especial en los sectores automotriz (sobre todo en México), electrónico y de prendas de vestir (en la cuenca del Caribe). Al mismo tiempo, otras empresas transnacionales invirtieron en el sector de servicios, para aprovechar mercados locales de alta potencialidad de crecimiento; a tal efecto, participaron en los procesos de privatizaciones de países latinoamericanos, en particular en energía eléctrica, gas natural y telecomunicaciones.[5]

 

En 1997, el acervo de inversiones estadounidenses en América Latina era de 97.500 millones de dólares (excluyendo los paraísos fiscales); de ellos, 35.700 millones correspondían a Brasil, 25.400 millones a México, 9.700 millones a Argentina y 5.200 millones a Venezuela.[6] El sector manufacturero totalizaba más de la mitad del acervo de inversiones de Estados Unidos.

 

4.3. Las inversiones europeas en América Latina y el Caribe

 

Los flujos de inversiones europeas crecieron significativamente durante el decenio de 1990. Desde 1994 los mayores flujos son los de España y el Reino Unido. En 1999, el flujo de España aumentó sustancialmente por la compra de la principal empresa petrolera argentina (YPF) por la suma de 14.855 millones de dólares (véase el punto 5.1 de este capítulo).

 

Como se señala en el informe del BID/IRELA, para algunos países europeos, América Latina y el Caribe representan el principal destino de las inversiones fuera de la OCDE, en especial para Alemania, (60%), Países Bajos (55%) y Reino Unido (44%). Dentro de esos flujos, en 1995 y 1996, la industria manufacturera recibió el 82% de la inversiones británicas, el 81% de las holandesas, el 72% de las italianas y el 67% de las alemanas. Asimismo, con motivo de las privatizaciones, el sector de servicios ha recibido importantes inversiones españolas y francesas. Se espera que en los años próximos estas inversiones se intensifiquen por la aplicación de los acuerdos suscritos por la Unión Europea con el Mercosur (diciembre de 1995), con Chile (junio de 1996) y con México (diciembre de 1997).[7]

 

5. Las inversiones de España en América Latina y el Caribe

 

La inversión extranjera directa proveniente de España adquirió un mayor volumen a partir de su incorporación a la Unión Europea, en 1986, y se intensificó en el decenio de 1990. Los flujos registrados entre 1990 y 1997, por países, figuran en el cuadro 1.

 

Las principales tendencias de las inversiones españolas en América Latina en los años 1990 marcan una expansión de las actividades financieras, un gran incremento en petróleo y telecomunicaciones, así como un auge del transporte aéreo y la energía eléctrica; en cambio, ha sido escasa la inversión en la industria manufacturera. Estas inversiones han consistido sobre todo en la compra o ampliaciones de capital de sociedades ya existentes; una parte importante se realizó con el mecanismo de sociedades holding. Estas operaciones fueron protagonizadas por un reducido número de empresas españolas oligopólicas o estatales.[8]

 

Desde la perspectiva latinoamericana, con ellas se recaudaron importantes ingresos adicionales, en medio de graves problemas fiscales; asimismo, se modernizaron estructuras productivas, sobre todo de servicios.

 

El punto de vista de los inversores españoles ha sido el aprovechamiento de los mercados, los precios baratos de las empresas compradas, las posibilidades de beneficios crecientes y el aumento de tamaño de las empresas, que las coloca en posición fuerte frente a posibles ofertas públicas de compra hostiles.[9]

 

A continuación, se examinarán las inversiones directas de empresas españolas en América Latina y el Caribe, en los sectores petrolero, de telecomunicaciones, de energía eléctrica y bancario.

 

5.1. Inversiones petroleras

 

La mayor operación individual de inversión extranjera directa de una empresa española es la realizada por Repsol cuando compró Yacimientos Petrolíferos Fiscales de la Argentina (YPF) por un total de 14.855 millones de dólares. La operación se realizó mediante una Oferta Pública de Adquisición de Acciones, que le otorgó a Repsol el 97,46% del capital de YPF. Para financiar esta compra, Repsol amplió su capital en 5.655 millones de euros. Además, a través de la filial Repsol International Finance emitió “floating rates notes” por 3.250 millones de euros; mediante esa misma filial lanzó un eurobono por 1.000 millones de euros. En febrero de 1999 había realizado una emisión por 1.400 millones de euros. En total, en el ejercicio 1998-1999, Repsol emitió 5.650 millones de euros en el euromercado.

 

YPF es la mayor empresa de Argentina, que en 1997 había tenido ventas por 6.139 millones de dólares y utilidades por 875,9 millones. Realiza operaciones de exploración y producción de petróleo y gas en Indonesia; producción de petróleo y gas en Ecuador, Bolivia y Venezuela; producción de petróleo y gas y procesamiento de gas en Estados Unidos. Posee derechos de explotación en Perú, Guyana, el Golfo de México, Argelia, Chile y Brasil. Tiene la mayor red de estaciones de servicio en Argentina; también opera varias en Chile; es propietaria de una refinería y estaciones de gas en Perú; y de una refinería de petróleo y estaciones de servicio en Brasil. Distribuye gas natural en Buenos Aires, Bogotá, Rio de Janeiro y Monterrey. Asimismo, tiene centrales eléctricas en Tucumán (Argentina) y Dock Sur (cerca de Buenos Aires).

 

5.2. Inversiones en telecomunicaciones

 

Telefónica Internacional de España es uno de los principales operadores de telecomunicaciones en América Latina, con implantaciones muy importantes en Argentina, Brasil, Chile y Perú.

 

Telefónica de Argentina es la principal operadora del país con 3.929.000 líneas de telefonía fija y 793.000 clientes celulares. Comparte con Telecom el monopolio del servicio de larga distancia.

 

En Brasil es el mayor operador telefónico extranjero. Resultó ganadora en la privatización de las participaciones de acciones del Estado brasileño en Telebrás y participa en la gestión de 4 de las 12 operadoras puestas en venta. Tiene 7.844.000 líneas fijas en servicio y 1.585.000 accesos celulares.

 

En Chile controla la Compañía de Teléfonos de Chile (posee el 43,6% de las acciones), que es la empresa dominante en el negocio de telefonía. Es la principal operadora de tráfico local, con 2.700.000 líneas en servicio, 600.000 clientes de telefonía móvil y 280.000 de TV por cable.

 

En Perú, en marzo de 1994 ganó la privatización del 35% de CPT y Entel-Perú, que se fusionaron y funcionan actualmente como Telefónica de Perú. Opera 2.000.000 de líneas instaladas, 400.000 abonados celulares y 300.000 clientes de TV por cable.

 

5.3. Inversiones en energía eléctrica

 

El grupo Endesa ha expandido su actividad a varios países latinoamericanos. En Chile, realizó la compra de la mayoría accionaria del grupo Enersis, que incorpora 5,4 millones de clientes. En Perú, Etevensa tiene una potencia instalada de 500MW. En Argentina, posee el 40% de las acciones de Edenor y más del 50% de Edesur, que son las dos empresas que distribuyen energía a la ciudad de Buenos Aires y aledaños; la Sociedad Inversora Dock Sur (de la que Endesa posee el 36%) tiene una central de 796 MW de potencia. En Brasil participa en la sociedad Coelce, que distribuye energía en el Estado de Ceará. En Centroamérica participa en el Proyecto Siepac, que se propone integrar a las seis compañías eléctricas de los países.

 

5.4. Inversiones en el sistema bancario

 

En el decenio de 1990, los bancos españoles aumentaron sustancialmente su presencia en varios países de América Latina. Invirtieron alrededor de 10.000 millones de dólares en una estrategia de expansión, de los cuales 4.500 millones corresponden al Banco Bilbao Vizcaya, 4.000 millones al Banco Santander y 1.300 millones al Banco Central Hispano (a principios de 1999 estos dos últimos bancos se fusionaron). Su estrategia consistió en la expansión de su actividad principal –la banca comercial– con su presencia en el mayor número posible de mercados. Diversificaron su actividad y buscaron nuevos negocios, entre los cuales sobresalen la banca de inversiones, los seguros y, en especial, la participación en la administración de fondos de pensiones; además, adquirieron participaciones menores en negocios no financieros, sobre todo en actividades en las que otros inversores españoles están muy activos, como telecomunicaciones y energía.[10]

 

III.        Articulación con las estrategias de desarrollo nacional

 

1. Motivos de los flujos de capitales extranjeros: el punto de vista de los inversores

 

Después de la reanudación del flujo de capitales extranjeros a América Latina en 1991, se enunciaron varias tesis con respecto a las causas que lo motivaron.

 

El pensamiento dominante establece que el flujo de capitales hacia un país depende de las políticas ortodoxas de estabilidad y apertura externa que se practiquen; de tal modo, los países que mejor han “hecho sus deberes” con el Fondo Monetario Internacional (FMI) son los que recibirían el mayor monto de capital externo. Se aplica un razonamiento simple: quien otorga mayor seguridad, recibe más.

 

En un estudio del Banco Mundial, se ponía en primer plano como motivos de los flujos de capital extranjero a los países en desarrollo, incluso en América Latina y el Caribe, a la expectativa de obtener altas tasas de retorno en el largo plazo y la diversificación de riesgos.[11] Allí se hacía referencia a la teoría económica, para sostener que las tasas de retorno serán mayores en los países con poco acervo de capital, siempre que exista seguridad jurídica y política, disponibilidad de mano de obra calificada, infraestructura adecuada y demás economías externas[12] (es decir, que tengan escaso capital con características de países desarrollados).

 

Los programas de ajuste aplicados en los países en desarrollo bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional, han asegurado la liberalización del comercio y del sector financiero, así como la desregulación de las inversiones.

 

La rentabilidad de las inversiones extranjeras directas para un promedio de 8 países de América Latina, que fue de 10,0% en 1971-1980, pasó al 14,5% en 1981-1990, al 17,3% en 1991-1995 y al 17,4% en 1996.

 

La diversificación de los riesgos es otro de los factores que incita a invertir en los países emergentes. Según el Banco Mundial, existiría una cierta divergencia entre el comportamiento de las acciones en los países desarrollados y en desarrollo; es decir; que en general cuando unas suben, las otras bajan. Este hecho, ponderado por el riesgo inherente a los mercados de países en desarrollo, habría llevado a una mayor capitalización de los mercados accionarios de los países emergentes.

 

Una asignación hipotética de fondos de portafolio en mercados internacionales, para que se maximicen las utilidades y se minimicen los riesgos, aconsejaría invertir el 41% en mercados emergentes. Sin embargo, en la actualidad sólo entre el 12 y el 14% de las inversiones internacionales de portafolio se dirigen a los mercados emergentes.[13]

 

Las tesis que critican a las explicaciones neoliberales ortodoxas, sostienen que si hubo flujo de capitales hacia los mercados emergentes fue sobre todo por la modificación del marco general del sistema financiero, que cambió en general la oferta de capitales (en el mundo cayó la tasa de interés de corto plazo); es decir, que la afluencia de capitales no depende tanto de las políticas internas de los países que los reciben. Cuestionan también la creencia de que la apertura de la cuenta de capital lleve a una mayor estabilidad o a un crecimiento más rápido de los países que la practican. Sostienen que la desregulación de la cuenta de capital y de los sistemas financieros internos, han sido la ocasión para rápidas expansiones y fuertes caídas en el crecimiento de la economía, el crédito interno y los tipos de cambio.[14]

 

Con respecto al incentivo que representan las políticas ortodoxas, citan el hecho de que en 1998 el 43% de la inversión extranjera directa neta a países en desarrollo fue a China (42.000 millones de dólares) y Brasil (24.000 millones), dos países que no cumplían con los requisitos de “buena conducta”: uno es socialista y el sector estatal domina en la economía; y el otro adolecía de serios problemas financieros que lo llevaron a una fuerte crisis a principios de 1999 y todavía no había firmado el acuerdo stand-by con el FMI. Estos resultados indican que otras motivaciones tales como la enorme amplitud del mercado o las altas tasas de interés y elevadas utilidades, han prevalecido como estímulos a las inversiones.

 

Otro incentivo para los flujos de capital hacia los países en desarrollo, es la creencia de los inversores en la existencia de una garantía implícita, que provoca que en última instancia el sistema financiero internacional preste a los países afectados los recursos necesarios para salir de la crisis. Como se señaló en el capítulo I, esta especie de seguro funcionó en los casos de México y Sudeste asiático, pero fue negado en la crisis de Rusia y está cada vez más cuestionado a escala internacional. No parece lógico que los inversores tomen riesgos excesivos, como si los protegiera un seguro internacional, por el cual se presta a los países en los que se produce la crisis, para que sus gobiernos puedan resarcir a los inversores afectados. Al final, quienes invirtieron con imprudencia cobran sus acreencias, y los gobiernos quedan más endeudados y con la obligación de ejecutar nuevos ajustes.

 

Por último, otra medida que impulsó la inversión extranjera directa –aunque con mucha menor repercusión que las privatizaciones– fue la creación de zonas de procesamiento de exportaciones y zonas francas industriales. Esta modalidad tuvo especial importancia en México, Centroamérica y la Cuenca del Caribe; constituyó una plataforma exportadora, que permitía sumar el bajo costo de la mano de obra local, con el acceso a las cuotas de importación del mercado de Estados Unidos.[15]

 

2. La situación del país receptor

 

En un planteamiento de síntesis, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) enumera los principales determinantes de las inversiones extranjeras directas, de acuerdo con la situación del país que las recibe. Además de la situación general de la economía y de la facilitación de los negocios que se practique, se refiere a los determinantes económicos que provocan las inversiones extranjeras y a las condiciones buscadas por los inversores. Considera tres grandes causas: la búsqueda de mercados, de recursos/capitales y de eficiencia.

 

Con respecto a los mercados, los inversores tendrían en cuenta el tamaño del mercado, su crecimiento, su potencialidad de expansión, el acceso a los mercados regionales y globales, las preferencias específicas de los consumidores y la estructura de los mercados.

 

El segundo requisito es el referido a recursos naturales y de capital; con respecto a ellos, interesa la existencia de materias primas, el costo del trabajo no calificado y calificado, el estado de la tecnología y la infraestructura física (puertos, caminos, energía, telecomunicaciones).

 

La tercera condición es la búsqueda de eficiencia, para lo cual se preocupa por el costo de los recursos y capitales, ajustado por la productividad de la mano de obra; el costo de otros insumos (transporte y comunicaciones y costo de productos intermedios); y la pertenencia a acuerdos de integración regional que puedan generar redes de vinculaciones corporativas.[16]

 

3. Modos de realizar las inversiones

 

En América Latina y el Caribe, durante el decenio de 1990, existieron diversos motores del flujo de capitales: la compra de activos ya existentes, estatales y privados, las inversiones en privatizaciones, en grandes proyectos de inversión y en la modernización de las empresas extranjeras ya instaladas. Desde 1997 volvió a aumentar la compra de empresas existentes. Según datos de la UNCTAD, se registró un fuerte aumento de las fusiones y compras de empresas ya establecidas, que se elevaron de 11.374 millones de dólares en 1995 a 43.809 millones en 1997. (Véase cuadro 2).

 

Del cuadro 2 se desprenden algunas conclusiones. Primero, que en 1997 las compras y fusiones llegaron al 75% del total de la inversiones extranjeras directas; segundo, que el 28% de la inversión dirigida a la compra de activos existentes y las fusiones se dirigió a Brasil y el 18% a México.

 

Además, se ha calculado sobre la base de informaciones de la prensa financiera, que de la suma total de 43.809 millones de dólares, alrededor de 25.000 millones correspondía a compras de activos del sector privado. Debe advertirse también que tanto en el caso de compras de empresas privadas como públicas, existen transacciones de toma de control de empresas que no involucran la entrada de capitales externos, pues han sido financiadas con recursos obtenidos en el mercado de capitales del país en el que se realiza la operación.[17] Las principales actividades a las que se dedican las empresas compradas son bancos, manufacturas, minería y petróleo.

 

Otro factor determinante de la inversión extranjera directa es la privatización de empresas públicas. Estas inversiones consistieron en una primera etapa en la compra de las empresas públicas; y en una segunda fase en su modernización y extensión, a través en gran medida de la reinversión de utilidades. Las actividades privatizadas fueron, al principio, las telecomunicaciones, la energía eléctrica y algunas líneas aéreas; después se ampliaron a otras áreas, tales como las infraestructuras vial y portuaria, y el correo.[18] De acuerdo con informaciones de la prensa financiera, en 1997 se privatizaron 63 empresas, por un valor total de 28.460 millones de dólares; y en 1998 se vendieron 34 empresas estatales, por un total de 38.056 millones de dólares, dirigidas en su mayor parte a telecomunicaciones y electricidad. Las tres cuartas partes de las privatizaciones de 1998 corresponden a Brasil. La mayor parte de estas operaciones atañen al capital extranjero, aunque en ciertos casos también participaron grupos empresarios locales.

 

4. Articulación de la política económica interna con la inversión extranjera directa

 

4.1. Ventajas de la inversión extranjera directa

 

La afluencia significativa de capitales externos a América Latina y el Caribe que se registró a partir de 1990 tuvo claros efectos positivos en lo que respecta a las inversiones directas y, en el caso de las inversiones de portafolio, solucionó dificultades de corto plazo de balanza de pagos pero planteó problemas de sobrevaluación de la moneda nacional y de volatilidad.

 

En general, al desaparecer o atenuarse la restricción externa, pudo incrementarse sustancialmente el uso de la capacidad productiva, con directa repercusión sobre la producción, los ingresos y el empleo. “La recuperación se basa principalmente en el hecho de que la mayor disponibilidad de ahorro externo ha hecho posible financiar las principales importaciones asociadas a un aumento del uso de la capacidad productiva existente, que mediante su efecto en la producción y los ingresos, ha reactivado la demanda agregada”.[19] En el caso particular de las inversiones extranjeras directas, ha significado también la implantación de procesos de modernización en un gran número de industrias y servicios básicos.

 

Como es obvio, las inversiones extranjeras son instrumentos para la realización de políticas económicas, que deben tender a lograr una estructura productiva deseable y a dinamizar en el mayor grado posible la actividad económica. Debería promoverse un marco regulador que facilite la obtención de estas finalidades y que impida los defectos que en el pasado han dificultado la acción beneficiosa de algunas de estas inversiones.

 

4.2. Peligros a evitar

 

4.2.1. El exceso de importaciones

 

El primer riesgo a evitar es que las empresas extranjeras se conviertan en “máquinas de importar”. Es evidente que tienen una “vocación importadora”, que las impulsa a traer de sus países de origen los equipos, piezas y partes que podrían fabricarse en el ámbito local. La política económica local puede incentivar esa tendencia: cuando existen economías abiertas y algunas veces con moneda local sobrevaluada, las empresas transnacionales suelen convertirse en grandes importadoras, lo que debilita el vínculo “hacia atrás” con el sistema productivo nacional.

 

En los casos límite, se pueden reproducir los problemas de enclave que se verificaron en varios países de la región a fines del siglo pasado; las explotaciones mineras y las plantaciones son ejemplos de grandes inversiones con magros aportes a las economías locales, más allá de lo que tributen. De allí que el régimen impositivo al que estén sujetas sea de gran importancia. Debe evitarse en particular que los beneficios impositivos que se da a las empresas extranjeras para incitarlas a invertir en la región sean de tal magnitud que disminuyan drásticamente o anulen el beneficio económico para el país de la propia inversión.

 

Al mismo tiempo, se pueden desarrollar políticas industriales y mineras que se basen en proveedores nacionales. En el caso de la industria automotriz, en varios países se llegó a la producción nacional de autopartes, que reducía a un mínimo las importaciones. De modo análogo, en la minería -que está tomando un nuevo impulso en varios países gracias a la inversión extranjera directa- sería fundamental que las empresas transnacionales, que naturalmente son importadoras, utilizaran equipamientos nacionales o latinoamericanos. De otro modo, activarían la economía de modo directo sólo en la etapa inicial de las obras civiles, y de manera indirecta con la política impositiva que se haya establecido.

 

4.2.2. Sustitución del ahorro interno por el externo

 

Otro tema que se refiere a las inversiones extranjeras en general es el vinculado con la sustitución del ahorro interno por el externo, hecho que se produjo en algunos países latinoamericanos y que respondió a varios factores.[20] El ingreso de capitales externos puede determinar una mayor actividad económica y alentar el ahorro, pero también la valorización de los activos inducida por esos mismos capitales (con el auge de los mercados de valores e inmobiliario) provoca un aumento del consumo y una disminución del ahorro. Ese efecto se amplifica con la sobrevaluación de la moneda nacional y la disminución de los aranceles a las importaciones, lo cual facilita el acceso a bienes importados, y con una mayor liquidez y créditos internos orientados hacia el consumo. Así disminuye la importancia relativa –y en algunos casos el valor absoluto– del ahorro nacional. De acuerdo con estudios de la CEPAL, “un aumento del ahorro externo en un punto porcentual respecto de su nivel de tendencia, reduce el ahorro nacional en alrededor de medio punto porcentual del producto”.[21]

 

Para revertir esta tendencia, deberían instrumentarse políticas de modo que la afluencia externa de capitales no sea sustitutiva sino complementaria del ahorro nacional. Entre otras medidas, se deberían orientar los créditos a la inversión productiva más que hacia el consumo; mantener un tipo de cambio compatible con una rentabilidad mínima de los sectores productores de bienes transables y que no signifique un subsidio a la importación; establecer una protección arancelaria razonable; adecuar el gasto interno a una meta de saldo en cuenta corriente y al crecimiento del PIB, mediante políticas monetaria y fiscal; practicar una selectividad en la índole y los montos de los capitales que ingresan, de modo que se alienten las inversiones de mediano y largo plazo orientadas a la actividad productiva, y se restrinja la entrada de capitales de corto plazo, de alta volatilidad.

 

4.2.3. Remesas de utilidades que afecten la balanza de pagos

 

Uno de los mayores incentivos para la inversión extranjera directa consiste en la posibilidad de remitir utilidades de inmediato y sin restricciones. Esta condición deseada por el inversor, debe conciliarse con la situación de balanza de pagos del país que debe remitir las utilidades. En los hechos, tales remesas han aumentado del 4,2% de las exportaciones de bienes y servicios en 1991 al 7,5% en 1998. En cifras absolutas, supone un aumento desde 6.400 millones de dólares en 1991 a 24.600 millones en 1998. Por supuesto, el significado de estas cifras depende del aumento de la capacidad exportadora que las nuevas inversiones puedan generar; pero de todos modos, es un punto de política económica a considerar.

 

Para impedir efectos nocivos, se han utilizado con éxito instrumentos de política fiscal que gravan mucho más a las utilidades distribuidas que a las reinvertidas (como fue el caso de la reforma fiscal chilena de mediados de los años 1980).

 

4.2.4. Dificultad para realizar investigación tecnológica original

 

Un tema de importancia para los países latinoamericanos es la posibilidad de realizar investigación tecnológica y que ésta sea adecuada a sus necesidades. Sin que esto implique una división tajante, la investigación pura está radicada en las instituciones públicas o empresas que la realizan y en las universidades; y la aplicada está instalada en las empresas que la aprovechan. Pues bien: con el proceso de privatizaciones, las empresas estatales que tenían masa crítica como para emprender investigaciones, han desaparecido; las empresas privadas nacionales carecen en general de volumen, de recursos o de interés para emprender tales investigaciones; y las empresas extranjeras utilizan la investigación que se realiza en sus casas matrices. De tal modo, se plantean enormes dificultades para que se elaboren nuevas tecnologías en los países latinoamericanos.

 

IV. Marcos legales y acuerdos internacionales

 

Durante el decenio de 1990 se eliminaron la mayor parte de las restricciones que afectaban a las inversiones extranjeras directas en los países latinoamericanos y caribeños, y se implantaron medidas de estímulo a esas inversiones. A continuación se examinarán algunos rasgos básicos de los regímenes legales vigentes en esta materia.

 

1. Trato nacional

 

La aplicación del principio de igualdad de trato al capital nacional y al extranjero ha sido establecida en la legislación de todos los países y en algunos hasta se ha elevado a la categoría constitucional.

 

2. Registro y autorización

 

La mayoría de los países eliminó la autorización previa para toda inversión extranjera y sólo la mantuvo para casos específicos. En las situaciones en las que se mantuvo, se agilizaron los trámites; en algunos países, después de un plazo máximo de trámite se transforma en autorización automática.

 

En la mayor parte de los países se mantiene la obligación del registro para acceder a las garantías sobre repatriación del capital y remisión de utilidades. En Argentina y Bolivia se eliminó la obligación de registrar las inversiones extranjeras.

 

3. Remesas de utilidades y capital

 

En general, se eliminaron las disposiciones que restringían la remisión inmediata y sin límite de monto sobre las utilidades y el capital. Existen algunas excepciones: en Nicaragua y Uruguay el capital sólo puede repatriarse al cabo de tres años; en Chile esta limitación es de un año (los aumentos de capital no tienen plazo para su remisión); en Argentina y Brasil se puede limitar ese derecho en caso de problemas excepcionales de balanza de pagos; en Colombia se autorizan restricciones en el caso de que las reservas existentes sean menores a tres meses de importación y pueden establecerse requisitos especiales para los sectores petrolero y minero; en Costa Rica se puede repatriar el capital después de dos años, a razón del 25% anual.

 

4. Incentivos específicos para el capital extranjero

 

En algunos casos, la promoción de las inversiones extranjeras directas no se limita a suprimir restricciones, sino que establece incentivos y privilegios. Los incentivos más utilizados son los fiscales (tasas preferentes o exenciones, depreciación acelerada, cotizaciones a la seguridad social, tratamiento especial a la reinversión); los financieros (donaciones, créditos preferenciales, garantías de créditos); arancelarios (menores barreras, exención de gravámenes a la importación); canje de deuda por capital social (beneficio del descuento de la deuda externa); zonas francas industriales; y otras medidas análogas, tales como apoyo para la infraestructura, contratos estatales preferentes y provisión de algunos servicios.[22]

 

5. La apertura a la inversión extranjera de sectores “reservados”

 

En la mayoría de los países de América Latina y el Caribe se eliminaron las restricciones que existían para que el capital extranjero invirtiera en ciertas áreas, que quedaban reservadas al sector público o al privado nacional. Sin embargo, en algunos países se mantienen limitaciones a la inversión en medios de comunicación de masas, defensa y seguridad nacional, energía atómica, hidrocarburos y algunos medios de transporte.

 

En general, ahora se admiten inversiones extranjeras directas en las áreas de extracción y explotación de recursos naturales (tales como minería, pesca, agricultura y forestales), en el sector financiero y en los servicios, en especial en telecomunicaciones, energía eléctrica e inmuebles.

 

En el sector de hidrocarburos se ha mantenido en la mayoría de los países el carácter de actividad reservada para las empresas petroleras públicas estatales (excepto en la Argentina, en donde se privatizo YPF, la mayor empresa del país). Sin embargo se admite que el capital privado, nacional y extranjero, realice actividades de exploración y producción con excepción de México, cuya Constitución lo prohíbe. Con respecto a la refinación se mantienen restricciones en la mayoría de los países y, en cuanto a la petroquímica, sólo hay limitaciones en México y Bolivia.

 

En la actividad financiera todos los países se abrieron a la participación del capital extranjero. En Brasil se dejó a criterio del Banco Central la autorización de cada caso. En México se limitó la intervención del capital extranjero en las privatizaciones bancarias realizadas al principio del decenio, pero después se favoreció esa participación por las dificultades emergentes de la crisis de 1994.

 

En cuanto al acceso al sector de servicios, quedó abierto con el proceso de privatizaciones.

 

6. Requisitos de desempeño

 

En general, no existen requisitos que impongan determinadas normas de desempeño al capital extranjero, tales como localizaciones geográficas, sectores de actividad, contenido tecnológico, obligación de exportar y otras análogas. Cuando los hay, se refieren sobre todo al número de empleados extranjeros en las empresas. En ciertos casos, en las contrataciones del gobierno se da preferencia a los oferentes que incorporen la mayor proporción de insumos nacionales.

 

7. Sistemas impositivos

 

En la mayoría de los países latinoamericanos, los regímenes impositivos han tendido a simplificar el sistema tributario, a ampliar los impuestos indirectos y a extender la base de los impuestos a la renta y a las ganancias, junto con una rebaja de las tasas. Se generalizó el impuesto al valor agregado y se suprimieron muchas excepciones. Con estas políticas, se privilegió la mayor recaudación, por sobre las consideraciones redistributivas.

 

La tendencia general fue la de “neutralizar” la política fiscal, aunque se aplicaron algunas medidas fiscales de promoción de ciertas actividades específicas.[23]

 

En el tratamiento específico de las exportaciones, se redujeron al mínimo los estímulos fiscales; se mantuvieron las medidas mínimas de promoción de exportaciones, tales como la eliminación o disminución de los aranceles a la importación de insumos y la desgravación de productos exportables.

 

Además, se crearon zonas de procesamiento de productos destinados a la exportación, en donde se aplican políticas de libre comercio, sin que se afecte la situación del resto del país; un ejemplo de esta modalidad es la industria mexicana de las maquiladoras.

 

Otro importante elemento que incentiva la inversión extranjera directa es la suscripción de acuerdos que eliminan la doble tributación. Se trata de tratados bilaterales que otorgan una mayor transparencia a las operaciones y permiten prescindir de los paraísos fiscales para evitarla.

 

En esta materia es importante que los países latinoamericanos coordinen su acción, para no verse arrastrados a una competencia en la cual las empresas transnacionales negocien por separado con cada uno de ellos y amenacen con emigrar al país vecino si no se les otorga mayores incentivos tributarios. Tales políticas tienen mayor relevancia en los casos de los procesos de integración subregional; a este respecto, el entonces vice-presidente del Banco Mundial, Joseph Stiglitz observó que “existe la preocupación de que la competencia por atraer inversiones (de empresas extranjeras) lleve a amargas guerras comerciales entre los socios del MERCOSUR”; uno de los peligros de esos incentivos, que Stiglitz llama “sobornos”, “es que los mayores beneficios sean, no para los países receptores sino para las propias empresas”.[24]

 

8. Convenios internacionales

 

Las legislaciones nacionales de apoyo a las inversiones extranjeras fueron complementadas por convenios internacionales bilaterales, multilaterales y regionales, a través de los cuales se procura dar garantía y protección a los inversores. En algunos países se establecieron instrumentos de protección jurídica, tales los contratos-leyes en Chile, los contratos de inversión en Nicaragua y los convenios de estabilidad en Perú.[25] Al mismo tiempo, la mayoría de los países de la región adhirió a sistemas internacionales de garantías, como la Agencia Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA) del Banco Mundial y al Centro Internacional de Arreglos de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI).[26] Varios países latinoamericanos y del Caribe están cubiertos por la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero del gobierno de Estados Unidos que, entre otros servicios, asegura contra riesgos de orden político.

 

V. Las inversiones intrarregionales

 

1. La evolución reciente[27]

 

Históricamente las relaciones predominantes de los países de América Latina y el Caribe han sido las bilaterales con países desarrollados, mientras las vinculaciones recíprocas dentro de la región eran secundarias. En los años noventa, si bien continúa la fuerte relación con Estados Unidos y Europa,[28] se intensifica el comercio intrarregional y aunque siguen siendo débiles en el conjunto, han aumentado los emprendimientos transnacionales latinoamericanos y los montos de las inversiones recíprocas. Todavía se trata de relaciones incipientes, pero se están produciendo importantes cambios en la propiedad, las modalidades y el radio de acción de las empresas; si bien en su mayor parte los nuevos propietarios son empresas transnacionales de países desarrollados, existen algunas compras, empresas conjuntas y fusiones entre empresas de distintos países latinoamericanos.

 

Durante el decenio de 1990 aumentó sustancialmente el flujo de capitales extranjeros hacia América Latina y el Caribe, que también alcanzó a los capitales intrarregionales. En estos aportes confluyó la acción de las empresas y de los gobiernos. Varias empresas transnacionales disponen de un gran acervo de capital que utilizan simultáneamente en varios países (por ejemplo, participando intensamente en las privatizaciones de los países en desarrollo). Por su parte, gobiernos y empresas latinoamericanas utilizaron en gran escala la emisión internacional de bonos.

 

Los factores que influyen en el aumento de las inversiones regionales atañen por una parte a la situación general de las inversiones (mayor apertura y liquidez) y por la otra a factores específicos latinoamericanos, tales como la integración regional. A continuación se reseñarán algunos de los factores propios latinoamericanos, en particular los acuerdos bilaterales y subregionales, algunas características de las inversiones intrarregionales y la constitución de empresas transnacionales latinoamericanas.

 

2. Una estimación del acervo de capitales

 

2.1. Las dificultades de información

 

La determinación del flujo y del acervo de capitales intrarregionales presenta varias dificultades. La primera es el registro de la entrada y salida de capitales, cuyo régimen varía según los países. Así, en la Argentina y Costa Rica no existen registros, y en Bolivia no es obligatorio. En Brasil existe para los ingresos (inversión y reinversión), pero las salidas no están obligadas a registrarse. En Chile, la inversión extranjera directa debe ser autorizada y registrada; pero las inversiones directas chilenas en el exterior, sólo se registran si operan en el mercado cambiario formal. En Colombia y Ecuador existe registro y en Perú es obligatorio. En Venezuela existe registro, pero las inversiones petroleras no son registradas.[29]

 

 Otra dificultad radica en las diferentes metodologías utilizadas que llevan a que, por ejemplo, el Comité de Inversiones Extranjeras de Chile triplique el cálculo del Banco Central. Ello se debe a varias razones, entre las que pueden señalarse que el Comité de Inversiones Extranjeras incluye rubros que el Banco Central no toma en cuenta, como son los créditos asociados a la inversión (el Banco Central los considera como préstamos, no como inversión extranjera directa) y además contabiliza las declaraciones de prensa de las empresas.

 

Por último, muchas veces se atribuye la inversión a paraísos fiscales que son sólo lugar de tránsito. Todo ello impide establecer cuadros comparativos coherentes, por lo que la información que sigue únicamente es válida para el país del que se trata.

 

2.2. Un cuadro general de las inversiones intrarregionales

 

A continuación se compilan las informaciones existentes con respecto a las inversiones externas intralatinoamericanas. Como se señaló en el punto anterior, existen graves dificultades para presentar un panorama regional, pues no existen registros sistemáticos ni se han compatibilizado los métodos de recolección y presentación de los datos. Una primera presentación de las cifras disponibles fue incluída en el informe elevado por la Secretaría Permanente del SELA a la XXIII Reunión Ordinaria del Consejo Latinoamericano.[30]

 

El dato inicial para ubicar el tema, es la determinación de la importancia relativa de las inversiones intrarregionales, frente a las procedentes de todo el mundo. En 1995 la inversión extranjera intrarregional (en 15 países latinoamericanos) alcanzó al 9,1% del total. Este porcentaje aumentaría significativamente si se incluyeran las cifras de los paraísos fiscales del Caribe, pero, en tal caso, se le habría “perdido la pista” al origen de los capitales. En 1990, de acuerdo con el Directorio elaborado por la CEPAL, las inversiones intrarregionales llegaban al 5,4% de un total mucho menor. En ese lapso, las inversiones intrarregionales se multiplicaron por 3, mientras las globales se duplicaron. Cabe señalar que estas cifras constituyen estimaciones conjeturales, para cuya construcción se combinó el acervo de inversión extranjera total calculado por la UNCTAD para cada país, con el porcentaje de inversión intrarregional por países que realizó la CEPAL; las metodologías utilizadas no se hacen explícitas en ninguno de los dos estudios. Con todo, sirven para fijar un orden de magnitud.

 

3. Estimación del flujo de capitales

 

Las inversiones directas efectuadas por países latinoamericanos y caribeños en la región durante 1997 consistieron sobre todo en compra de activos existentes. De acuerdo con estimaciones de la CEPAL, basadas en informaciones de la prensa financiera, los inversores latinoamericanos comprometieron 8.365 millones de dólares en los procesos de privatización y en la compra de empresas privadas locales. De ellos, el 58% corresponde a las privatizaciones y el 42% a adquisición de empresas privadas.[31]

 

Los países con mayor participación en estas inversiones son Chile (38%), México (27%) y Argentina (24%). Los principales países de destino fueron Venezuela, Brasil, Colombia y Argentina.

 

4. Los acuerdos bilaterales y subregionales

 

Como se señala en el capítulo IV, en la actualidad, en América Latina y el Caribe se acepta el principio de la no discriminación entre inversionistas extranjeros y nacionales; se ha suprimido el requisito de la autorización previa de la inversión, excepto en Chile y Uruguay; se han reducido los sectores reservados al Estado o a los empresarios nacionales; se permite la remisión inmediata de las utilidades, sin límites de monto; se ha autorizado la conversión de deuda externa en capital, la creación de zonas de procesamiento de exportaciones y de zonas francas industriales. Además, se aplica una amplia gama de incentivos fiscales, financieros, arancelarios, canje de deuda por capital social, apoyo para infraestructura, contratos estatales preferentes y provisión de algunos servicios.[32]

 

En el ámbito de la solución de controversias, se está abandonando la tesis tradicional de los países de América Latina, que es la “doctrina Calvo”, por la que un extranjero debe recurrir exclusivamente a los tribunales de justicia del país receptor de la inversión y acatar su legislación. Actualmente, en muchos casos se está aceptando el arbitraje internacional o la jurisdicción de los países de origen de la inversión.

 

Esta nivelación del tratamiento a la inversión extranjera hace que la promoción de la integración regional y subregional deba recurrir a preferencias específicas, tales como medidas de acceso, fiscales, de subsidios, crediticias y de compras estatales.

 

Desde principios del decenio los países latinoamericanos y caribeños han suscrito un elevado número de tratados bilaterales de inversión, que la promueven y protegen, así como regulan el establecimiento de empresas binacionales. Su texto se ajusta al Código de Conducta de Empresas Transnacionales propuesto por el Centro de Empresas Transnacionales de las Naciones Unidas. Se trata de acuerdos de Argentina con Bolivia, con Canadá, con Chile, con Ecuador, con Jamaica y con Venezuela; de Barbados con Venezuela; de Bolivia con Chile, con Ecuador y con Perú; de Brasil con Chile y con Venezuela; de Chile con Ecuador, con Paraguay, con Uruguay y con Venezuela; de Colombia con Perú; de Ecuador con El Salvador, con Paraguay y con Venezuela; y de Paraguay con Perú.[33] Estos tratados normalmente incorporan el trato nacional y la cláusula de la nación más favorecida; establecen el derecho a la repatriación de los capitales, la subrogación con respecto al pago de seguros contra riesgos no comerciales (tales como nacionalización y expropiación) y las normas para la solución de controversias. Asimismo, se reservan la facultad de conceder tratos más favorables que los otorgados en los acuerdos extrarregionales.[34]

 

Además de estos acuerdos bilaterales, los procesos de integración subregional han dictado normas para unificar el tratamiento de la inversión extranjera. En la Comunidad Andina rige la decisión 291 de 1991, que si bien distingue entre inversores nacionales, subregionales y extranjeros, no otorga privilegios al inversor de la Comunidad Andina con respecto al que aporta capitales desde terceros países y, en general, sigue normas de liberalización de la inversión. También se aplica el régimen de Empresas Multilaterales Andinas, modificada por la decisión 292 de 1991, que tiende a igualar su tratamiento con el de las empresas nacionales de los países miembros de la Comunidad Andina.

 

En el MERCOSUR, el Protocolo de Colonia (Decisión 11 de 1993) promueve y protege las inversiones de los países miembros. Establece para los inversores del MERCOSUR un tratamiento no menos favorable que el concedido a los inversionistas nacionales o a las inversiones provenientes de terceros países. Las controversias entre un inversor y una Parte Contratante se pueden llevar ante los tribunales competentes del país que recibe la inversión, o a un arbitraje internacional, a elección del inversor. Además, se establecen algunas excepciones transitorias al tratamiento nacional; también se regulan las inversiones originadas en terceros países.

 

El Acuerdo de Complementación Económica entre Colombia, México y Venezuela (Grupo de los Tres) establece normas análogas a las de los acuerdos bilaterales de promoción y protección a la inversión, acerca del trato nacional y a la nación más favorecida, la no exigencia de requisitos de desempeño, sectores reservados, expropiación y compensación, transferencias y solución de controversias.

 

Algunos acuerdos de alcance parcial de complementación económica suscritos en el marco de ALADI, incluyen cláusulas sobre el tratamiento de las inversiones, pero en general se limitan a enunciar el principio de promoción y facilitación de las inversiones recíprocas y, en ocasiones, a establecer convenios sobre doble tributación.[35]

 

VI. Caracacterísticas de las inversiones   intrarregionales

 

1.  Modalidades de las inversiones intrarregionales

 

Las inversiones extranjeras directas provenientes de los países latinoamericanos durante los años 1990 han tenido distintas motivaciones y modalidades según los países. En la página siguiente se reproduce un cuadro comparativo de las principales características de las inversiones directas que efectuaron en el extranjero Argentina, Brasil, Chile y México, que son los países que concentran la mayor parte de estas operaciones.  (Véase el cuadro 3).

 

2. Formación de empresas transnacionales latinoamericanas

 

La actual etapa de globalización económica marca la hegemonía de las empresas transnacionales. Entre ellas, es notoria la ausencia de empresas transnacionales latinoamericanas, aun en casos en los que tienen la magnitud para serlo. Las empresas de la región que adquirieron ese carácter fueron muy pocas. Sin embargo, en el último quinquenio, dentro del importante movimiento de adquisiciones y fusiones, se advierte una mayor acción de empresas latinoamericanas fuera de sus fronteras nacionales, sobre todo en otros países de la región.

 

La interacción entre empresas transnacionales, empresas estatales y gran capital privado nacional ha marcado el desarrollo económico y las relaciones de poder. Hasta los años 1980, existía una gran variedad de casos, con los servicios básicos y de infraestructura a cargo del Estado y una creciente influencia de los grupos privados nacionales; las empresas transnacionales tenían sus especializaciones y, en su conjunto, la estructura empresarial era “cerrada”. En general, los grupos económicos nacionales estaban lejos de la transnacionalización.

 

Con referencia a Argentina, Brasil y Uruguay, se ha escrito que “en la región del MERCOSUR, el núcleo de grandes grupos económicos verdaderamente conglomerales está restringido a aproximadamente unos 20. Tales grupos, con pocas excepciones, se encuentran muy distantes de los grupos japoneses (keiretsus) o coreanos (chaebols), caracterizados por una estructura empresaria multisectorial, en la que se combina un núcleo difusor de nuevas tecnologías articulado con otras empresas del grupo con tecnología “madura” (metal-mecánica, automotriz, petroquímica) y un núcleo bancario vinculado con las estrategias industriales, que financia las inversiones de larga maduración. Los grupos conglomerados argentinos, brasileños y uruguayos, son más frecuentemente ‘colecciones de empresas’ que conjuntos articulados tecnológica y financieramente, aunque en el caso de Brasil se presentan las experiencias más avanzadas de articulación”.[36]

 

En los años 1990, se está produciendo una mutación. El proceso de privatizaciones achicó sustancialmente el sector estatal, reduciéndose notablemente en la mayor parte de los países el papel del Estado como productor de bienes y servicios; excepciones importantes las constituyen algunas explotaciones de recursos naturales que el Estado ha retenido para sí en México, Venezuela y Chile (a través de Pemex, Petróleos de Venezuela y Codelco), aunque se desarrollan formas de asociación con el capital privado.

 

Con las privatizaciones se produjo un cambio en el poder económico, que -con diferencias entre países- se transfirió a conglomerados de capital nacional y transnacional, con una cierta hegemonía del capital nacional predominante. Desde 1994 se produjo una “oleada” de compras de empresas y bancos nacionales grandes por empresas transnacionales. Por su parte, varias empresas privadas nacionales grandes optaron primero por una estrategia de especialización y transnacionalización, más que por una estructura de conglomerado; en una etapa más reciente, muchas de ellas fueron vendidas a empresas transnacionales. En otros casos -en particular en Argentina-, los mayores grupos económicos vendieron participaciones en empresas que no constituyen el eje de sus negocios, para invertir en sus actividades básicas en otros países, en especial de América Latina. También existen situaciones en las que han vendido las empresas dedicadas a su actividad principal.

 

De todos modos, la inversión extranjera intrarregional es realizada por empresas que amplían su radio de influencia. La innovación que surge del MERCOSUR, es que ahora también participan empresas medianas y no sólo grandes empresas nacionales o transnacionales radicadas en países latinoamericanos.

 

VII. Algunas conclusiones

 

A lo largo de este trabajo hemos analizado la evolución reciente de las inversiones extranjeras directas en América Latina y el Caribe.

 

La primera conclusión –casi obvia– es que su naturaleza, su magnitud, sus funciones y su acción en el sistema productivo nacional, constituyen uno de los temas fundamentales del desarrollo global de los países latinoamericanos. Su influencia trasciende lo estrictamente económico, pues no se limitan a impulsar el crecimiento de ciertos sectores económicos y áreas geográficas; además –y sobre todo– son fundamentales en la definición de las líneas básicas del crecimiento económico y de la estructura del poder económico, que casi siempre se refleja en el plano político. De allí que el proceso de inversiones extranjeras no sea neutro: desencadena importantes procesos productivos y al mismo tiempo estructura una parte de la élite del poder.

 

Una segunda comprobación es auspiciosa, ya que las inversiones directas, orientadas al largo plazo y a la producción, constituyen el eje de los flujos de capitales hacia América Latina. Sus montos ya han superado con amplitud a las de cartera, muchas de ellas dirigidas a generar beneficios en el corto plazo, con independencia de los resultados productivos; y esta tendencia tiende a prevalecer y a prolongarse.

 

Una tercera constatación muestra que las inversiones no caen en el vacío y que su significado varía según estén articuladas con el proceso de desarrollo global o disociadas de él. En el caso que se integren dentro de una estrategia nacional de crecimiento, los nuevos capitales que se incorporen pueden realizar un aporte sumamente valioso. Si, por el contrario, se decide una parte importante de la política económica del país receptor en función de los requerimientos de los inversores, resultará muy difícil llevar a cabo un proceso coherente de desarrollo. Que se produzca una u otra situación depende de la estructura de poder vigente, de la voluntad y posibilidades de acción de los gobiernos, así como de la índole y de la influencia política de los inversores.

 

Una cuarta consideración es la que señala la necesidad de discriminar entre los diferentes tipos de inversión. Por ejemplo: cuál es su finalidad; si consiste en la creación de nuevas instalaciones productivas o en la compra de las ya existentes; si se dirigen al mercado interno o a la exportación; si vienen con su financiamiento o se proveen de él en el país en el que se radican; qué tipo de aporte tecnológico realizan.

 

Para evaluar cada inversión, deben considerarse en detalle sus objetivos y consecuencias. Un ejemplo virtuoso es el de Intel en Costa Rica, que construyó una planta para ensamblar y probar semiconductores, que con una inversión de 500 millones de dólares, generará en el año 2000 exportaciones por 3.000 millones de dólares, mayores que las tradicionales de Costa Rica; además, se trata de una actividad con un gran poder multiplicador (ya se prevén nuevas inversiones para 40 proveedores de Intel).

 

Otra diferencia importante es si la inversión extranjera directa se dirige a la compra de empresas ya existentes, o se trata de implantar nuevas actividades productivas. En el primer caso, el ingreso de divisas tendrá efectos beneficiosos sobre la balanza de pagos -por lo menos en una primera etapa- y podrá determinar una modernización de la actividad de que se trate; pero es evidente que el impacto sobre la producción será mayor si se generan nuevas industrias.

 

Asimismo debe distinguirse en qué grado las inversiones extranjeras directas se dirigen en mayor medida a aprovechar el mercado interno de los países que las reciben o a generar exportaciones. La oleada de privatizaciones provocó la compra de un gran número de empresas existentes destinadas al mercado interno, como las telecomunicaciones y los servicios eléctricos; para aumentar su efecto multiplicador local, podría negociarse el abastecimiento regional de insumos. En otros casos (como ocurrió en el de Intel), puede negociarse la exportación de parte importante de la producción a mercados controlados por el inversor. Es importante contrapesar la “vocación importadora” de las empresas transnacionales, cuyo flujo de remesas –que adquiere importancia en los años 1990– debe compararse con el aporte de exportaciones que genera.[37]

 

También tiene importancia la forma de financiamiento. La situación varía si el inversor extranjero se financia en su país de origen o en el mercado internacional de capitales; o si extrae sus recursos del mercado financiero del país en el que invierte.

 

Otro tema fundamental es el aporte tecnológico que puedan efectuar las inversiones extranjeras directas. En este punto, debería insistirse en la necesidad de que los países en desarrollo puedan realizar investigaciones básicas y aplicadas que le permitan participar en la “revolución del conocimiento” a la que se enfrenta la humanidad; ello no será posible si la tecnología que se aplica es elaborada con exclusividad en los países centrales y los procesos de compra de las empresas latinoamericanas grandes –públicas y privadas– impiden la constitución de una masa crítica que pueda financiar y aplicar innovaciones técnicas.

 

En conclusión, las inversiones extranjeras directas requieren una visión de largo plazo en los inversores, comprometida con el desarrollo del país en el que se insertan; y una política económica que facilite su articulación dentro de un proceso global de desarrollo. De este modo, podrán ser un elemento fundamental en el desarrollo del país en el que se radican, al mismo tiempo que cumplen con su función de ampliar mercados y generar ganancias a los países sedes de las empresas inversoras.

 

Gráfico 1

América Latina y el Caribe: Flujo de capitales netos y pagos por intereses y utilidades netos, 1990, 1997 y 1998

 

(en miles de millones de dólares)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Fuente: The World Bank, Global Development Finance 1999, Washington D.C., 1999, págs. 166 y 167.

 

Cuadro 1

América Latina y el Caribe:

Distribución geográfica de los flujos de inversión

provenientes de España, 1990-1997

(en millones de dólares)

 

 

Fuente: BID/IRELA, Inversión extranjera directa en América Latina: la perspectiva de los principales inversores, Madrid, 1998 y Paris, 1999.

 

Cuadro 2

América Latina y el Caribe:

fusiones y ventas de empresas, 1990, 1995, 1996 y 1997

(en millones de dólares)

 

 

Fuente: UNCTAD, World Investment Report 1998: Trends and Determinants, Nueva York y Ginebra, 1998, págs. 414 y 415.

 

1/ Incluye los paraísos fiscales.

 

Cuadro 3

Principales características de la inversión extranjera directa

proveniente de países latinoamericanos en el decenio de 1990

 

 

Fuente: Daniel Chudnovsky y Gustavo López, “Las empresas multinacionales de América Latina: características, evolución y perspectivas”, en Las multinacionales latinoamericanas: sus estrategias en un mundo globalizado, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999, pág. 364 y 365.

a/ Con la excepción de Brasil, en los restantes casos se trata de estimaciones que no corresponden al concepto contable de IED tal como se lo emplea en la balanza de pagos, sino al total de activos extranjeros que poseen las firmas de cada país en el exterior. Las estimaciones son, en los cuatro países, “de mínima”. b/ Datos al mes de julio (en los restantes casos, la información es al mes de diciembre).

 



* El texto completo con todos los cuadros y gráficos de este documento está disponible en el website del SELA www.sela.org, sección Documentos/Financiamiento e Inversión Extranjera.

 

[1] Los spreads promedio de los bonos Brady, de su límite inferior de 350 puntos a fines de septiembre de 1997, se elevaron a 600 puntos a fines de octubre de ese mismo año.

 

[2] The World Bank Group, Global Development Finance 1999, op. cit., pág. 33.

 

[3] Ibid., págs. 13 y 14.

 

[4] Ibid., págs. 12 y ss.

 

[5] Véase CEPAL, La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, Informe 1998, Santiago de Chile, 1998, pág. 205.

 

[6] Véase Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Foreign direct investment in Latin America: perspectives of the major investors. An update, Paris, 1999, pág. 63.

 

[7] Véase Banco Interamericano de Desarrollo (BID) e Instituto de Relaciones Europeo-latinoamericanas (IRELA), Inversión extranjera directa en América Latina: la perspectiva de los principales inversores, Madrid, 1998, pág. 49.

 

[8] Véase BID/IRELA, Inversión extranjera directa en América Latina: la perspectiva de los principales inversores, Madrid, 1998 y Paris, 1999.

 

[9] Véase Alvaro Calderón, La inversión extranjera directa de España en América Latina, Santiago de Chile, 1999 (inédito).

 

[10] Véase el análisis de Alvaro Calderón y Ramón Casilda, La banca española en América Latina: inversiones, estrategias y perspectivas, Santiago de Chile, 1999.

 

[11] Sobre el tema, véase Banco Mundial, Private capital flows to developing countries. The road to financial integration, Oxford University Press, Nueva York, 1997, págs. 85 y ss.

 

[12] Ibid., págs. 85 y 86.

 

[13] Véase Banco Mundial, Private capital flows to developing countries, op. cit., págs. 89 y 90.

 

[14] Véase al respecto Informe del Grupo de Trabajo del Comité Ejecutivo de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, Hacia una nueva arquitectura financiera internacional, Naciones Unidas, Santigo de Chile, enero de 1999, pág. 59.

 

[15] Véase CEPAL, La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, Informe 1995, Santiago de Chile, 1995, pág. 101.

 

[16] Véase United Nations Conference on Trade and Development, World Investment Report 1998: Trends and Determinants, Nueva York y Ginebra, 1998, pág. 91.

 

[17] Véase CEPAL, La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, Informe 1998, Santiago de Chile, 1998, págs. 52 y ss.

 

[18] Véase SELA, Financiamiento externo y deuda externa en América Latina y el Caribe en 1997; y América Economía, Edición 1997-1998; y América Economía, 11 de marzo de 1999, pág. 47.

 

[19] Véase  Robert Devlin, Ricardo Ffrench-Davis y Stephany Griffith-Jones, “Repunte de las corrientes de capital y el desarrollo: implicaciones para las políticas económicas”, en Las nuevas corrientes financieras hacia la América Latina. Fuentes, efectos y políticas, Fondo de Cultura Económica, Chile-México, 1995, pág. 323.

 

[20] Véase CEPAL, Quince años de desempeño económico. América Latina y el Caribe, 1980-1995, Santiago de Chile, 1996, pág. 50.

 

[21] Ibid., pág. 51.

 

[22] Véase CEPAL, Promoción de los vínculos económicos entre los esquemas de integración de América Latina y el Caribe, documento preparado por el consultor Eduardo Gana, Santiago de Chile, 1997, págs. 72 y 73.

 

[23] En Bolivia, Brasil y Chile se aplican exenciones fiscales para impulsar el desarrollo de ciertas áreas relegadas; en Brasil se incentiva la inversión en general; en Venezuela se apoya a ciertos sectores con exenciones fiscales; en Argentina se otorgan incentivos fiscales a la minería, y en Perú a los sectores de hidrocarburos, eléctrico, bancario y minero.

 

[24] Declaraciones del Joseph Stiglitz, reproducidas por Reuters, el 26 de agosto de 1998.

 

[25] Véase CEPAL, La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, Informe 1995, Santiago de Chile, 1995, pág. 101.

 

[26] MIGA fue creado en 1988 y ofrece a los inversionistas garantías contra riesgos no comerciales. El CIADI es una institución internacional autónoma vinculada al Grupo del Banco Mundial, establecida por el Convenio sobre arreglos de diferencias relativas a inversiones entre Estados y nacionales de otros Estados, de 1966; presta servicios de conciliación y arbitraje.

 

[27] Sobre los flujos de capital intrarregional en América Latina y el Caribe, véase SELA, Financiamiento externo, deuda externa y flujos de capital intrarregional en América Latina y el Caribe, Puerto España, 1997, págs. 44 y ss.

 

[28] En países como Chile y Perú también es importante la relación comercial con Asia, en especial con Japón.

 

[29] Véase CEPAL, Inversión extranjera directa intrarregional en América Latina y el Caribe: una propuesta para su seguimiento, Santiago de Chile, diciembre de 1996, págs. 61 a 65.

 

[30] Véase SELA, Financiamiento externo, deuda externa y flujos de capital intrarregional en América Latina y el Caribe, Puerto España, Trinidad y Tobago, octubre de 1997.

 

[31] Véase CEPAL, La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, 1998, Santiago de Chile, 1998, págs. 139 y 140.

 

[32] Véase CEPAL, Promoción de los vínculos económicos entre los esquemas de integración de América Latina y el Caribe, documento preparado por el consultor Eduardo Gana, op. cit., págs. 71 y ss.

 

[33] Véase Organización de los Estados Americanos, Acuerdos bilaterales de inversión del Hemisferio Occidental, Washington, 1996.

 

[34] Véase Armando Di Filippo, “Regionalismo abierto y empresas latinoamericanas”, en Pensamiento Iberoamericano, n° 26, julio-diciembre de 1994, págs. 123 y 124.

 

[35] Véase CEPAL, Promoción de los vínculos económicos entre los esquemas de integración de América Latina y el Caribe, op. cit., págs. 72 y 73; y Eduardo Gana, “Los cambios estructurales en la integración latinoamericana y caribeña”, en Pensamiento Iberoamericano, N° 26, julio-diciembre de 1994, págs. 67 a 93.

 

[36] Véase Luis Stolovich, “Los grupos económicos de Argentina, Brasil y Uruguay”, en Revista Mexicana de Sociología, octubre-diciembre de 1995, pág. 181.

 

[37] Véase Luiz Claudio Marinho, Estrategia aperturista y transnacionales, CEPAL, Centro de Proyecciones Económicas, junio de 1997.

 

 

 


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