El
siguiente es un resumen del texto preparado por la Secretaría de la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (CEPAL) para la X UNCTAD.
Introducción
En el transcurso de los
últimos 15 años, los gobiernos de los países de América Latina y el Caribe han hecho
cambios trascendentales en sus regímenes comercial y cambiario. Estos cambios se han
enmarcado dentro del proceso de extensas reformas macroeconómicas emprendido para mejorar
el funcionamiento de los mercados nacionales, reorganizar el sistema de incentivos para el
sector privado, eliminar la predisposición contra las exportaciones y ayudar a
incrementar la competitividad internacional de las unidades de producción ubicadas dentro
de las fronteras nacionales. Se han reducido los aranceles promedio, así como también el
grado de dispersión en torno a la tasa arancelaria promedio[1]. Igualmente, se ha eliminado la mayoría de las
medidas administrativas y no arancelarias que inciden en las importaciones y se han
disminuido los diferentes niveles arancelarios, lo cual ha hecho posible que los países
latinoamericanos adopten estructuras arancelarias más uniformes. Este proceso de
liberalización fue realizado unilateralmente durante más de siete años que duraron las
negociaciones de la Ronda Uruguay.
Como resultado de estos
cambios en materia de políticas públicas, el crecimiento económico en los países de
América Latina y el Caribe ha pasado a depender del grado, la intensidad y la calidad de
su integración en una economía que se ha vuelto tanto globalizada
como regionalizada. La reciente crisis
financiera internacional y el dramático derrumbe en los precios de los productos básicos
son un testimonio elocuente de la importancia que tiene expandir y diversificar las
exportaciones para lograr que una estrategia de desarrollo liderada por las exportaciones
genere un crecimiento sostenido. El acceso confiable a los mercados de bienes y servicios
y la demanda externa dinámica son factores esenciales para aumentar el nivel efectivo de
exportaciones en cualquier rubro de bienes exportables, siempre y cuando la producción
nacional sea eficiente. La reciente crisis ha atraído la atención hacia la
vulnerabilidad externa de la mayoría de las economías de la región, en términos tanto
financieros como productivos[2].
Por otra parte, los países
de América Latina y el Caribe, al igual que otras naciones en desarrollo, están en una
situación particularmente desventajosa para enfrentar las crecientes críticas
provenientes de las sociedades de las economías avanzadas con respecto a las condiciones
laborales, la protección del medio ambiente y la calidad de las instituciones políticas
y legales en sus países. Se sabe que la región tiene el peor índice de distribución de
los ingresos y la riqueza entre los países en desarrollo. La magnitud de la disparidad
social en la región, la debilidad de sus instituciones económicas, legales y sociales y
el cada vez más frágil aparato estatal contribuyen a crear una dramática necesidad de
realizar reformas profundas. Durante la última década, la CEPAL ha argumentado a favor
de una nueva ola de reformas en América Latina y el Caribe, luego de las reformas
estructurales en las áreas de estabilidad macroeconómica, apertura externa y
racionalización del Estado. Sin embargo, estas reformas no pueden verse limitadas
simplemente a una mayor liberalización de los mercados, sino que debe buscar de una
manera pragmática una relación creativa entre el Estado, el mercado y la sociedad civil
para hacer posible el desarrollo de una amplia agenda que incluya la equidad y la
cohesión social, la sustentabilidad ambiental y el desarrollo democrático.
I.
América Latina y la integración global
1. Patrones
comerciales
A comienzos de los años 90
presenciamos una reducción general de los aranceles en los países latinoamericanos y la
virtual eliminación de todas las restricciones cuantitativas a las importaciones, como
parte de sus reformas unilaterales en materia de política comercial. Por otra parte, al
concluir la Ronda Uruguay, la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños
vincularon casi el 95 por ciento de su esquema arancelario y aunque lo hicieron a niveles
superiores a los que realmente se ejecutaban, el compromiso constituyó un punto de
partida frente a Rondas anteriores. En muchos países se han reducido los aranceles
promedio a niveles moderados y la dispersión o gama de aranceles también ha disminuido.
Además, las estructuras arancelarias también se han racionalizado con la eliminación de
la exención arancelaria y la reducción de las bandas de tasas.[3]
Siguiendo las tendencias
generales de la economía mundial, en los años 90 el comercio en América Latina aumentó
a unas tasas sistemáticamente mayores que el PIB. Sin embargo, es necesario hacer dos
advertencias. En primer lugar, en los años 90, las tasas de crecimiento en América
Latina fueron moderadas, con la notable excepción de Chile (y para muchos países en los
buenos años de 1994 y 1997). El crecimiento promedio de la región (3,5 por ciento anual)
no sólo sigue siendo más lento que el nivel considerado por la CEPAL como deseable para
reducir la brecha que separa a la región de la mayoría de los países altamente
desarrollados (de 6 a 7 por ciento anual), sino que además es más bajo que la tasa
promedio (5,5 por ciento anual) registrada por la región entre los años 50 y 70. Lo cual
también refleja la dificultad de recuperar los niveles de inversión registrados en la
fase de mayor crecimiento económico.
Segundo, en parte porque los
programas de liberalización en América Latina fueron instrumentados en presencia de una
fuerte apreciación de la moneda en términos reales, ha habido un drástico incremento de
las importaciones en la región[4].
De acuerdo con los datos de la CEPAL, desde 1991 a 1999, la tasa promedio del PIB regional
fue 3,2 por ciento mientras el valor de las exportaciones aumentó en 10 por ciento y las
importaciones en casi 12 por ciento (en dólares de 1995).
Además, debido a las altas
desviaciones a partir de ese promedio entre las economías nacionales, estas cifras
esconden más información de la que transmiten: de 1992 a 1998, las exportaciones
mexicanas crecieron a una tasa cercana a 14 por ciento, mientras las exportaciones
latinoamericanas (excluyendo a México) no pudieron ir más allá del promedio mundial de
7 por ciento (aunque la economía mexicana se vio seriamente afectada por la crisis del
peso en 1994 y la tasa promedio de crecimiento durante los años 90 fue de apenas 3,1 por
ciento anual)[5].
Los convenios de producción
compartida internacional establecidos mediante la figura de las maquiladoras y dirigidos a los mercados
estadounidenses condujeron a un impresionante crecimiento del comercio mexicano, así como
también de unos cuantos países de Centroamérica y el Caribe, particularmente desde 1997
cuando muchos países tuvieron dificultades para mantener su nivel de intercambio
comercial. Sólo México, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador y Haití
aumentaron el valor de sus exportaciones en los tres últimos tres años de la década.
Desde 1997 hasta 1999, las exportaciones mexicanas aumentaron 23 por ciento, mientras el
promedio para la región apenas alcanzó 3,6 por ciento. En consecuencia, las
exportaciones mexicanas representaron casi 37 por ciento de las exportaciones regionales
en 1997 y cerca de 44 por ciento a finales de la década[6].
Como resultado de estas
diferencias en las tasas de crecimiento, se registró un crecimiento en la cuota de las
exportaciones y las importaciones en el PIB[7].
La cuota de exportaciones subió de casi 12 por ciento en 1989- 1990 a casi 19 por ciento
en 1997-1999, mientras la cuota de importaciones aumentó más drásticamente de menos de
10 por ciento a cerca de 20 por ciento. La cuota de importaciones en el PIB, incluso antes
de la contracción de las importaciones ocurrida luego de la crisis de la deuda, era de
apenas 12 por ciento. Aunque todos los países mostraron la misma tendencia, las
proporciones variaron considerablemente entre los países. Brasil mostró poca variación
en la cuota de exportaciones (de 7 a 8 por ciento) en los dos períodos, aunque la cuota
de importaciones aumentó más del doble (de menos de 4 a más de 10 por ciento). En el
otro extremo, la cuota mexicana de exportaciones en el PIB aumentó de 15 a más de 32 por
ciento mientras la cuota de importaciones subió de casi 17 a más de 33 por ciento.
La diferencia entre el
rendimiento de las exportaciones y de las importaciones ha resultado en déficit
comerciales cada vez más grandes; éstos, junto con los desembolsos por pagos de
intereses y remesas de ganancias, empeoraron los balances de la cuenta corriente. Los
déficit de la cuenta corriente aumentaron gradualmente desde finales de los años 80
hasta mediados de los 90, pasando de 0,18 por ciento del PIB en 1990 a 3,18 por ciento en
1994, el año de la crisis financiera mexicana; luego descendieron en los dos años
siguientes y empezaron a subir de nuevo a partir de 1997, llegando a 3,4 por ciento entre
1996 y 1998. La crisis financiera mundial que comenzó a mediados de 1997 tuvo efectos
negativos en el volumen y el costo de los flujos de capital foráneo hacia la región, y
la CEPAL calculó que el déficit en la cuenta corriente llegó a 4,5 por ciento del PIB
en 1998. Para poder hacer frente a estos desequilibrios externos, los gobiernos tuvieron
que aplicar severos ajustes, controlando el gasto fiscal y aumentando las tasas de
interés, lo cual condujo a una fuerte caída en las tasas de crecimiento entre las
economías de la región. En consecuencia, el déficit de la cuenta corriente regional
descendió a 3,2 por ciento del PIB en 1999[8].
Las importaciones tienen un
importante papel que desempeñar en la modernización del proceso de producción ya que
unos mejores insumos industriales y las máquinas modernas contribuyen al mejoramiento
tecnológico de la base industrial de la región. Durante los años 80, la acumulación de
los excedentes comerciales para atender el servicio de su deuda por parte de grandes
exportadores como Argentina, Brasil y México, fue completamente excepcional en la
historia del desarrollo de estos países. Sin embargo, como mencionamos anteriormente, las
importaciones se redujeron en proporción al PIB en Brasil y Argentina, inclusive en el
período de auge ocurrido en los años 70.
En lo que respecta a la
composición de las exportaciones, ha habido una dilatada tendencia hacia una mayor
participación de las manufacturas en las exportaciones latinoamericanas y la
correspondiente reducción en la cuota de productos básicos no procesados. Después de la
liberalización de las políticas comerciales en la región no se ha registrado ningún
cambio en esta tendencia, debido en parte a que las exportaciones mexicanas tienen un peso
considerable en los promedios regionales. Sin embargo, sí ha habido una tendencia general
hacia el refuerzo desproporcionado de las ventajas comparativas basado en donaciones de
recursos naturales. Algunos países (Argentina, Brasil y Chile) inclusive han mostrado un
incremento en la cuota de productos primarios a finales de la década en comparación al
período 1989/1990.
La composición de productos
en el comercio de mercancías de América Latina y el Caribe reflejaba el patrón del
comercio mundial en general, en el cual se ha reducido la participación de los productos
primarios. Los productos primarios todavía representaban más del 35 por ciento del valor
de las exportaciones latinoamericanas en 1998, pero apenas se ubicaron en torno a 23 por
ciento en 1998. Sin embargo, estos promedios esconden grandes diferencias nacionales, ya
que los dos principales exportadores, México y Brasil, presentan una gran
diversificación y causan una desproporción en el promedio por la composición de sus
exportaciones. Cuando se excluye a México del conjunto, la composición promedio para los
demás países permanece prácticamente estable en torno a menos de 34 por ciento para los
productos primarios y 66 por ciento para las manufacturas. Un grupo de bienes
manufacturados definido como un rubro con alto contenido tecnológico representó una
creciente cuota de exportaciones manufacturadas en la región. Cuando se incluyó a
México, su cuota aumentó de menos de 8 por ciento del total de exportaciones
latinoamericanas en 1988 a casi 22 por ciento en 1998. Si México es excluido, tales
exportaciones representan apenas 8 por ciento en el valor de las exportaciones de los
demás países en 1998. La cuota de estos productos en las exportaciones mexicanas se
incrementó de 15 a 38 por ciento en el mismo período.
El foco geográfico de los
flujos comerciales latinoamericanos ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas,
especialmente en la de los 90. El cambio más impresionante ha sido el incremento de la
cuota estadounidense de las exportaciones e importaciones mexicanas tras la
instrumentación del TLCAN. Si bien los Estados Unidos compraban de 63 a 70 por ciento de
exportaciones mexicanas entre 1965 y 1990, ahora adquiere más de 84 por ciento. Un
segundo cambio importante es el crecimiento continuo de los mercados latinoamericanos como
destino para las exportaciones y origen de las importaciones para todos los países
latinoamericanos a excepción de México. En el caso de los países del MERCOSUR, por
ejemplo, el intercambio comercial entre sus miembros representaba poco menos de 16 por
ciento del comercio total en 1990, duplicándose a casi 33 por ciento en 1996. Este
segmento del comercio, sin embargo, se vio seriamente afectado por las políticas
nacionales que fueron instrumentadas en 1999 para controlar los efectos devastadores de la
crisis financiera internacional.
En principio, son muy pocos
los países latinoamericanos que pueden ser clasificados como "comerciantes
globales. La mayoría de ellos está muy especializado: ya sea en productos o en
mercados. México tiene unas exportaciones bastante diversificadas pero, como
señaláramos antes, las exportaciones mexicanas son enviadas principalmente a los Estados
Unidos.
La magnitud del comercio
mexicano también tiende a causar desproporción en los promedios regionales en lo que se
refiere a su composición geográfica, tal y como vimos que sucede con la composición de
productos. Desde 1991 hasta 1995, México representó 70 por ciento del total de
exportaciones de ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración) a los Estados Unidos
y 61 por ciento de sus importaciones[9].
De allí que la cuota de Estados Unidos como destino de las exportaciones
latinoamericanas, excluyendo a México, aumentara sustancialmente de 33,5 por ciento en
1965 a casi 50 por ciento en 1996. No obstante, cuando se excluye a México, la cuota
estadounidense realmente desciende, pasando de 30 por ciento en 1965 a 27 por ciento
durante el mismo período. El panorama es similar para las importaciones.
2. Flujos
de capital
El comportamiento de los
flujos de capital hacia América Latina en las dos últimas décadas ha presentado
volatilidad a largo plazo y ha sido mucho más variable que los flujos comerciales. Tras
alcanzar un pico en 1981, hubo una salida neta de capitales luego de la crisis mexicana,
la cual comenzó en 1982 y continuó hasta 1990, antes de registrar un nuevo aumento en
los años 90. Por otra parte, las grandes entradas de capital ocurridas durante la
presente década han mostrado una significativa volatilidad a corto plazo y un efecto
mixto en el comercio, a través de un impacto negativo en la tasa de cambio y mayores
dificultades para el financiamiento comercial.
El importante incremento en
el volumen de flujos privados hacia América Latina en los años 90 puede atribuirse tanto
a factores nacionales como a factores internacionales. En primer lugar, las extensas
reformas estructurales llevadas a cabo por los gobiernos de la región lograron su
propósito de estimular el regreso del capital privado. La instrumentación de políticas
macroeconómicas más equilibradas, como la eliminación de los déficit presupuestarios y
políticas monetarias más estrictas, fue crucial para el proceso, aunque en algunos casos
su debilidad realimentaría la vulnerabilidad del sector externo. Las reformas han servido
básicamente para facilitar la entrada de capital extranjero e incrementar la protección
de los derechos de los propietarios de capitales.
Los factores externos
también han sido sumamente importantes. Primero, a principios de los años 90, la
recesión de los países industrializados y la reducción de las tasas de interés en los
Estados Unidos fueron importantes factores que contribuyeron al ingreso de fondos
extranjeros a América Latina. En segundo lugar está un factor más estructural, es decir
la liberalización financiera en los países industrializados y la creciente
diversificación internacional de los inversionistas institucionales que estimuló el
flujo de capitales hacia los mercados emergentes, incluyendo generalmente a América
Latina. Tercero, el contagio de crisis en otros países e incluso en otras
regiones se ha convertido en un fenómeno cada vez más importante en la década de
los 90.
La significativa expansión
en el volumen de los flujos de capital hacia América Latina en los años 90, es en
sí misma un reflejo de la creciente integración de los mercados financieros globales,
estuvo acompañada por una mayor volatilidad de dichos flujos. De hecho, el patrón de
alzas y reveses no sólo se repiten en el tiempo, sino que también se han vuelto más
frecuentes en los últimos años. Dos crisis recientes, la crisis del peso mexicano en
1994-95 y la crisis financiera internacional de 1997-99, han generado violentas
fluctuaciones en los niveles de flujos de capital hacia América Latina, con efectos
devastadores para el crecimiento y el empleo en la mayoría de los países. A pesar de
ello, la región se ha vuelto muy atractiva para los inversionistas extranjeros y las
corporaciones multinacionales.
Desde 1990 hasta 1999, los
flujos de inversión extranjera directa (IED) hacia América Latina aumentaron a un
promedio de casi 17 por ciento anual, pasando de 18,2 a 85,9 mil millones y superando con
creces las tasas de crecimiento del intercambio comercial y el PIB. Aunque las entradas de
capital a la región representaron más de 40 por ciento de todos los flujos de IED a los
países en desarrollo, la región apenas representó menos de 12 por ciento de los flujos
mundiales de IED. Los flujos totales de IED en 1998 se estimaron en 650 mil millones de
dólares, mientras que las entradas de capital a América Latina se calcularon en 76,7 mil
millones de dólares. Las IED siguieron estando concentradas en los países
industrializados. Los flujos de IED en América Latina también están concentradas
geográficamente[10] y, como
mencionáramos antes, los movimientos de las IED en la región están estrechamente
asociados a las fusiones y adquisiciones y a la privatización, mayormente de bienes no
comerciables[11].
Diversos estudios han
sugerido que la liberalización comercial y el sistema asociado de incentivos determinaron
un amplio proceso de reestructuración en las industrias latinoamericanas. En la mayoría
de los casos, mediante la privatización, la desregulación del capital foráneo y las
fusiones y adquisiciones ha habido cambios relevantes en los patrones de propiedad de los
capitales, particularmente en aquellos sectores en los cuales las firmas nacionales no
podían competir en igualdad de condiciones con las firmas extranjeras. Un reciente
documento sobre la participación que tienen en el mercado las empresas de propiedad
extranjera en términos de rendimientos netos en las industrias manufactureras brasileñas
mostró que dicha cuota aumentó de 28 por ciento en 1980 a 43 por ciento en 1995. Por
otra parte, la participación de mercado de las empresas extranjeras aumentó de 36 a 45
por ciento en las industrias con uso intensivo de capital y tecnología mientras que en
las industrias con uso intensivo de mano de obra (industrias tradicionales) la expansión
fue de 7 por ciento a 19 por ciento y en las industrias con uso intensivo de recursos
pasó de 28 por ciento a 43 por ciento[12].
Una tendencia similar se
puede observar en la región como un todo. De acuerdo con los datos de la CEPAL, entre el
comienzo de la década y 1998, en el grupo de las 500 compañías más grandes en
términos de ventas netas (tras los impuestos), las subsidiarias de las corporaciones
transnacionales han sido las grandes ganadoras (su número aumentó de 142 a 202 y su
cuota en las ventas totales subió de 26,6 a 38,7 por ciento) mientras las empresas del
Estado han sido las perdedoras (disminuyendo de 93 a 40 compañías y pasando de 35,3 a
19,1 por ciento de las ventas totales). Por una parte, las firmas privadas locales han
tendido a mantener su participación (aproximadamente 260 empresas y entre 38 y 42 por
ciento de las ventas totales). La mayor parte de estos cambios ocurrió en el período que
va de 1995 a 1998, el cual coincidió con el auge de la IED en América Latina y el
Caribe; esta afirmación es particularmente cierta para las compañías foráneas, cuya
cuota en las ventas totales de las 500 empresas, más grandes de la región incrementaron
de 29.5% a 38.7%. En otras palabras, un claro resultado del proceso de globalización y
del ajuste de las políticas económicas en América Latina ha sido el de reforzar la
posición relativa de las empresas extranjeras[13].
Los cambios ocurridos dentro
del grupo formado por las 100 compañías manufactureras más grandes también han sido
significativos, aunque su participación ya era cuantiosa. Entre 1995 y 1998, las
subsidiarias de las corporaciones transnacionales lograron incrementar su cuota en las
ventas, pasando de 55,5 a 60,7 por ciento, a pesar del hecho de que el número real de
corporaciones transnacionales incluidas entre las 100 principales empresas industriales en
América Latina descendió de 48 a 47. Por el contrario, si bien el número de firmas
privadas locales permaneció constante, su cuota en las ventas totales disminuyó de 42 a
38 por ciento[14].
Además, desde 1995 a 1998,
la participación de las corporaciones multinacionales en las exportaciones totales de un
grupo selecto de países latinoamericanos aumentó de 18 a más de 31 por ciento.
II.
La integración regional latinoamericana
Durante la década de los
90, los países de América Latina y el Caribe han asociado su liberalización unilateral
con la participación activa en las negociaciones multilaterales celebradas en el marco de
la OMC y los acuerdos bilaterales, multilaterales e intrarregionales. La liberalización
comercial y la desregulación de las inversiones en las economías nacionales han
conducido a un crecimiento del intercambio comercial y las inversiones dentro de la
región. Se pueden percibir los avances sustanciales en pos de la integración regional, a
través de nuevos acuerdos subregionales como el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) o el
fortalecimiento de otros esquemas como la Comunidad Andina de Naciones (anteriormente el
Grupo Andino), el Mercado Común Centroamericano (MCCA) y la Comunidad del Caribe
(CARICOM). Por primera vez, la integración económica regional dejó de ser una materia
que únicamente interesaba a los foros políticos y académicos y ha pasado a formar parte
de las estrategias empresariales de grupos corporativos establecidos en América Latina.
Durante la presente década,
la integración en América Latina y el Caribe siguió un curso y mostró un dinamismo que
hubiese sido difícil prever en los años anteriores. Los cambios instrumentados en las
políticas internas de los países de la región contribuyeron a una fuerte recuperación
del comercio intrarregional luego del drástico revés sufrido en los años 80,
manifestándose en un aumento de los volúmenes de intercambio en los siguientes años y
tasas de crecimiento que superaron a las registradas por las exportaciones a terceros
países; para 1998, el comercio intrarregional representaba más de una quinta parte de
las exportaciones totales procedentes de los países de la región[15]. La apertura de las economías de la región y
la consolidación del proceso de integración le brindaron a los países las ventajas de
la proximidad y les permitieron maximizar el potencial de sus mercados naturales en la
región, sobre todo para la venta de bienes y servicios. Los datos agregados muestran que
hubo una genuina creación de intercambio comercial entre los países miembros de los
esquemas de integración, mientras que la desviación del comercio se limitó debido a la
reducción general de los aranceles.
En un documento publicado en
1994, la CEPAL lanzó el concepto de "regionalismo abierto" en América Latina y
el Caribe. Este concepto fue utilizado para describir la tendencia que existía al
concluir la Ronda Uruguay, cuando el dinamismo de los movimientos subregionales se
combinaba con la liberalización unilateral y el avance hacia la integración
hemisférica. El regionalismo abierto se define como la interdependencia entre los
acuerdos preferenciales y la integración «de facto» en respuesta a las señales del
mercado, producto de una liberalización amplia y generalizada (CEPAL, 1994)[16].
La liberalización
unilateral no garantiza la apertura en los mercados de importación. En un contexto
internacional que sigue siendo mercantilista, los gobiernos conservan su función de
definir e instrumentar los derechos de propiedad y de negociar el acceso a su territorio
de personas, bienes, capitales y tecnologías mediante políticas públicas y leyes. En el
contexto actual, estas políticas implican bajos aranceles, que pueden verse acompañados
de restricciones no arancelarias como salvaguardas, medidas antidumping, barreras técnicas y la reciente
reinstauración de los acuerdos voluntarios de restricción a las exportaciones[17]. De esta forma, en un ambiente
económico en el cual se dan simultáneamente la globalización y la profunda
regionalización, los Estados tratan de definir estrategias de integración de mercados
para garantizar un acceso más confiable para sus productos a los mercados de
importación. Además, como se ha enfatizado en la literatura económica, el comercio
intrarregional tiende a incluir una proporción mayor de bienes manufacturados y
tecnología - y/o de productos que requieren de numerosas destrezas - junto con el
comercio de servicios como turismo, transporte, servicios profesionales y otros.
Aunque la región
(excluyendo a México) fue el destino de poco más de 33 por ciento de las exportaciones
procedentes de los demás países latinoamericanos y caribeños en 1998, 41 por ciento de
las exportaciones de bienes industriales fueron a otros países de la región, mientras
que la cifra se ubicó en 74 por ciento para los bienes duraderos y más de 50 por ciento
para los bienes clasificados como fuente de progreso técnico, la mayoría de los cuales
eran bienes de capital[18].
La liberalización comercial
y las condiciones monetarias estables también contribuyeron a incrementar la inversión
intrarregional, la cual, aunque modesta en términos de volumen se ubica entre tres
y cinco por ciento del flujo total de inversiones extranjeras que entra a la región
es significativa en vista de su dinamismo y otras cualidades que la hacen particularmente
importante para la integración efectiva de los sistemas productivo y comercial de la
región. Estimulada inicialmente por las privatizaciones, esta inversión, que
prácticamente no había existido en el pasado, tomó vuelo en los primeros años de la
década; los inversionistas luego trataron de consolidar su presencia en los mercados
subregionales que se estaban integrando a través de acuerdos obligatorios como Mercosur y
la Comunidad Andina de Naciones.
Lamentablemente, el comercio
intrarregional y los flujos de inversión se vieron seriamente afectados por el impacto de
la crisis financiera internacional sobre la demanda agregada de los países suramericanos.
Hasta mediados de 1998, el proceso de integración parecía capaz de soportar el
desfavorable clima externo, pero ahora los estimados indican que se registrará una baja
en el comercio intrarregional en 1999. Los datos disponibles para ese año para los 11
países de la ALADI sugieren que las importaciones procedentes de la región quizás hayan
descendido en casi 25 por ciento. Esta proporción es mucho mayor que el descenso sufrido
por las importaciones provenientes del resto del mundo, el cual se calcula en cinco por
ciento[19]. Sin embargo, debe
tomarse en consideración que estos datos pudieran estar subestimados porque México
también está incluido en los datos agregados de la ALADI. De acuerdo con las cifras
preliminares de la CEPAL y la Secretaría de la ALADI, el comercio intrazonal disminuyó
30 por ciento en el área del MERCOSUR y 33 por ciento en la Comunidad Andina de Naciones.
Esta contracción confirma que los lazos comerciales intrarregionales aún son frágiles y
pudieran verse seriamente afectados por la falta de liquidez financiera y la composición
de esa dirección del comercio[20].
Las repercusiones de la
crisis financiera internacional en la región desencadenaron un debate en torno a la
relevancia de coordinar políticas macroeconómicas clave, tales como las políticas
cambiarias y fiscales, y en particular aquellas dirigidas a atraer inversiones[21]. Tanto los países del MERCOSUR
como los de la Comunidad Andina de Naciones han alcanzado acuerdos orientados a lograr una
convergencia gradual de sus principales políticas macroeconómicas. No obstante y a pesar
de que las exigencias de que haya tal coordinación han aumentado notoriamente, la
habilidad real de estos países para aceptar disciplinas específicas en estas áreas ha
disminuido en la misma proporción que sus políticas nacionales se han vuelto cada vez
más ineficaces para proteger sus economías contra los embates externos. Por otra parte,
en un clima de contracción económica, persisten las dudas en torno a la factibilidad de
imponer acuerdos regionales y subregionales a economías cuyos lazos comerciales dentro de
la subregión siguen siendo débiles[22].
III.América
Latina y el Caribe y una estrategia comercial de múltiples vías
Para que el modelo de
exportaciones que los países latinoamericanos y caribeños han venido utilizando durante
los últimos 15 años resulte en el crecimiento de sus economías, tendría que cumplirse
una serie de condiciones macroeconómicas y microeconómicas. Una de las más importantes
es el acceso confiable y predecible a los mercados de bienes, capitales y tecnologías.
Los acuerdos de la Ronda Uruguay han aumentado la transparencia de las normas y políticas
comerciales nacionales y han ampliado el alcance de las reglas y medidas disciplinarias
multilaterales, las cuales previamente habían estado confinadas a las manufacturas, a fin
de incluir áreas como los servicios y la protección de los derechos de propiedad
intelectual de las empresas, así como a sectores que anteriormente estaban fuera de los
límites del sistema comercial multilateral, como es el caso del comercio de bienes
agrícolas, textiles y prendas de vestir. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos realizados
por los países durante las negociaciones, el resultado de éstas fue sumamente desigual
en lo que concierne a la distribución de los costos y beneficios relacionados con los
acuerdos alcanzados.
Los gobiernos de la región
exigen, por una parte, que se reduzcan las barreras arancelarias a aquellos productos en
los cuales tienen una ventaja comparativa y, por la otra, que los países importadores no
les impidan aumentar su capacidad de exportación mediante el uso de nuevos tipos de
restricciones comerciales y medidas discriminatorias, como las previsiones antidumping y
las salvaguardas discrecionales, y el reciente resurgimiento de medidas similares a la
ahora prohibida modalidad de restricciones «voluntarias» a las exportaciones. Por
último, los gobiernos requieren que no se les prohíba utilizar herramientas de política
pública para modificar las especializaciones de exportación de sus economías y defender
intereses nacionales legítimos, tales como crecimiento, creación de empleo, mejora de
niveles salariales, etc. Por consiguiente, los gobiernos necesitan contar con un medio
para mejorar su capacidad para negociar con las grandes corporaciones transnacionales, las
cuales deberían ser obligadas a cumplir con ciertos requisitos socialmente convenientes
en áreas tales como transferencia de tecnologías, adiestramiento y creación de cadenas
locales de suministro. En consecuencia, en las conversaciones sobre la forma de mejorar
las medidas disciplinarias válidas para el comercio de servicios, los negociadores de la
región no desean abandonar la arquitectura del Acuerdo General sobre el Comercio de
Servicios (GATS), la cual les garantiza el derecho a seleccionar el sector y la manera en
que otorgarán tratamiento nacional a servicios y proveedores y a exigirles a éstos, a
cambio, que estas firmas ayuden al país a mejorar su posición competitiva con respecto
al comercio de servicios.
Varios expertos han
observado que el número de ítems incluidos en la agenda comercial multilateral ha venido
aumentando a medida que desciende el nivel promedio de aranceles sobre las manufacturas y
que han comenzado las negociaciones para abarcar diversos aspectos de los temas internos
referentes a las normativas y las políticas públicas. Al concluir la Ronda Uruguay, se
determinó que los acuerdos alcanzados equivalían a un compromiso único y que los
países debían aceptarlo como tal; en otras palabras, no tendrían la posibilidad de
suscribir unos acuerdos y dejar de firmar otros. Específicamente, los países en
desarrollo acordaron reducir sus barreras arancelarias al mismo tiempo que se
comprometían a establecer ciertas reglas e instituciones sin tener el beneficio de contar
con estimados exactos sobre el costo que conllevaba la instrumentación de convenios como
aquellos relacionados con los estándares técnicos y los estándares de salud vegetal y
animal o el cumplimiento y la vigilancia de las leyes de propiedad intelectual.[23]
A diferencia de las
reducciones arancelarias, las reglas de la OMC en estas áreas no pueden ser
instrumentadas a menos que ya exista la infraestructura adecuada y a menos que se hagan
grandes inversiones en la compra e instalación de equipos, adiestramiento y el
establecimiento de sistemas o mecanismos legales[24].
Aunque en muchos casos estos compromisos se tradujeron en leyes que al final de cuentas
fueron aprobadas por los países en cuestión, su capacidad institucional no ha estado a
la altura para instrumentar cabalmente dichas leyes. Dicho en pocas palabras, la capacidad
para proponer, formular y ejecutar contratos de manera efectiva y económica es un aspecto
básico de un estado avanzado de desarrollo económico y social, pero se trata
precisamente de un aspecto que le hace falta a muchas sociedades latinoamericanas y
caribeñas. Estos países no sólo necesitan tener un cuerpo de leyes coherente y
consistente, sino también organizaciones que cuenten con el personal y el financiamiento
apropiados para poder cumplir cabalmente con sus compromisos.
La frustración de los
países latinoamericanos y caribeños con el resultado de las negociaciones multilaterales
los ha motivado a buscar otros tipos de arreglos contractuales que les brinden acceso a
los mercados de importación. Paralelamente a la creación y operación de la OMC, se han
intentado muchas otras iniciativas en los ámbitos bilateral, subregional, hemisférico e
interregional en un esfuerzo por liberalizar importantes segmentos del intercambio
comercial con socios comerciales específicos y por introducir medidas disciplinarias más
rigurosas que las acordadas en las negociaciones multilaterales.
El regionalismo ha sido
escogido como el mecanismo mediante el cual los gobiernos regionales pueden dirigir el
proceso de integración económica sin perder su autonomía para delinear las políticas
públicas que desea instrumentar y, por consiguiente, su capacidad para influir en los
flujos de comercio e inversiones. Las agrupaciones subregionales brindan un panorama más
claro de las implicaciones que tiene la convergencia y armonización de las políticas
públicas y los diferentes aspectos relacionados con la negociación de reglas internas y
disciplinas pueden ser evaluadas con mayor exactitud por pequeños grupos homogéneos.
Posteriormente, los resultados de este proceso de aprendizaje pueden ser aplicados a
negociaciones similares en los foros multilaterales, hemisféricos e interregionales;
además, los procesos de negociación en cada uno de estos foros se verán enriquecidos
por la experiencia obtenida en los otros.
La CEPAL ha defendido la
idea del regionalismo abierto en numerosos documentos y estudios. Este concepto se basa en
la percepción de que todos los procesos de liberalización unilaterales, regionales y
multilaterales pueden fundamentarse uno sobre otro, siempre y cuando los gobiernos tengan
un claro panorama de los intereses en juego. Aunque las negociaciones simultáneas en los
foros subregionales, regionales, hemisféricos y multilaterales entrañan considerables
exigencias para los escasos recursos técnicos de los países y requieren de un enorme
esfuerzo, también ofrecen una experiencia constructiva y oportunidades de aprendizaje.
Las reglas y medidas disciplinarias multilaterales establecen tanto un piso como un techo
para las negociaciones en otros foros, mientras algunos temas altamente complejos pueden
abordarse con mayor éxito en grupos más pequeños. Todos los países de América Latina
y el Caribe son miembros de la OMC y todos ellos también están participando en acuerdos
subregionales y regionales.
Además, Chile, México y
Perú también forman parte del foro para la Cooperación Económica en el Asia-Pacífico
(APEC), todos los países de la región actualmente están en negociaciones con la Unión
Europea y se están realizando negociaciones intensivas sobre temas relacionados con la
OMC a nivel bilateral entre países de la región y países industrializados. En la Cumbre
de Santiago, celebrada en abril de 1998 en Santiago de Chile, los Jefes de Estado y de
Gobierno de los países americanos también decidieron iniciar negociaciones con miras a
establecer el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), reafirmaron su
determinación para concluir las negociaciones del ALCA para el año 2005 y reiteraron su
compromiso de garantizar que el acuerdo del ALCA será equilibrado, comprehensivo y
consistente con los preceptos de la OMC y que constituirá un compromiso único. Por otra
parte, los delegados asistentes a la Quinta Reunión Ministerial, realizada en noviembre
de 1999 en Toronto, expresaron su respaldo a la apertura de nuevas negociaciones
multilaterales en la OMC, pero también enfatizaron que las negociaciones del ALCA tenían
un objetivo distinto, el cual consiste en crear un área de libre comercio que
funcionaría de manera consistente con las disposiciones pertinentes de la OMC.
De esta manera, los
representantes de los gobiernos de la región están luchando por mantener la prioridad
asignada al establecimiento de reglas multilaterales antes de seguir adelante con los
compromisos hemisféricos, por una parte, y por la otra, para asegurase de que las
negociaciones les garantizará el margen de maniobra que necesitan para promover la
integración económica en los ámbitos subregional y regional. En los últimos años, los
gobiernos de América Latina y el Caribe han concentrado sus esfuerzos en garantizar que
las negociaciones en cada uno de los distintos foros avancen a los diferentes ritmos
requeridos a fin de que la región conserve el margen de maniobra que necesita para
continuar con su proceso de integración económica.
En este sentido, se ha
formado un nexo positivo entre los ámbitos multilateral, hemisférico y subregional y,
como resultado, las relaciones internas han asumido una dinámica que está empujando a
los gobiernos y a la sociedad civil organizada en pos de la definición de sistemas
normativos y medidas disciplinarias que vayan acordes con los intereses de la región.
Para que los esquemas subregionales logren hacer mayores avances, los países
participantes han estado profundizando y ampliando sus mercados subregionales y reduciendo
los costos de la desviación comercial inherente a los esquemas a pequeña escala. Este
curso de acción también tiene como objetivo mejorar la posición de negociación de la
región frente a terceras partes.
Los ministros de comercio de
los países latinoamericanos y caribeños se han comprometido a garantizar que el ALCA
puede coexistir con acuerdos bilaterales y subregionales en casos en los cuales los
derechos y las obligaciones contempladas bajo dichos acuerdos no estén cubiertos o
superen los derechos y las obligaciones establecidas en virtud del ALCA. De esta manera,
los acuerdos subregionales deben funcionar como verdaderas uniones aduaneras, ya que el
ALCA operará como un área de libre comercio y debería establecer derechos y
obligaciones de mayor alcance que aquellas correspondientes al ALCA en áreas específicas
como el comercio de servicios, las políticas de competencia y los derechos de propiedad
intelectual.
Por ejemplo, uno de los
principales desafíos que enfrenta América Latina y el Caribe para el cual las
negociaciones del ALCA han fungido como catalizador tiene que ver con la
convergencia de los esquemas de integración, como en el caso de la iniciativa de
liberalización emprendida por el MERCOSUR y la Comunidad Andina de Naciones con miras a
crear un área conjunta de libre comercio para todos sus países miembros.
Resulta esencial comprender
los aspectos positivos de las negociaciones en múltiples foros, especialmente porque la
mayor preocupación de los países latinoamericanos y caribeños en el contexto del
proceso multilateral es concentrar la atención en el tema de su desarrollo, el cual
subraya la necesidad de emprender acciones afirmativas en nombre de los países en
desarrollo (tratamiento especial y diferencial) y de rectificar las asimetrías generadas
por los acuerdos de la Ronda Uruguay. La meta final aquí es lograr un mayor equilibrio en
términos de las reglas y regulaciones que rigen el comercio internacional de modo tal que
los países de la región puedan asumir un papel cada vez más activo en el comercio
internacional y lograr una distribución más equitativa de los costos y beneficios
asociados con la liberalización y el cambio a nuevos patrones de competencia global.