Hablo hoy por primera vez en
un foro internacional como Secretario Permanente del SELA. Como todos saben, es el único
organismo internacional exclusivamente latinoamericano y caribeño, lo que lo identifica
entre todos los demás y ha servido como guía para su acción durante los veinticinco
años que han transcurrido desde su creación.
Fiel a esa tradición,
cuando se me pidió escoger un tema no vacilé en señalar a la Integración
Latinoamericana ligada a la interrogante de si acaso constituye una respuesta frente a una
globalización unidimensional. Porque, como todos sabemos, América Latina y el Caribe
enfrenta, como todas las grandes áreas del planeta, el reto de la globalización y se
encuentra ante dilemas que deberán resolverse en un futuro próximo y requieren
diagnósticos y acciones que no admiten demoras.
Parece existir consenso hoy
en que el fenómeno de la globalización es, principalmente, resultado directo del
progreso científico y tecnológico alcanzado por la humanidad. Pero sabemos que tiene
además implicaciones económicas, sociales y políticas que han venido afectando
progresivamente sectores cada vez más amplios de la economía y la sociedad e incluso de
la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Por ello es también un fenómeno que ha
derribado fronteras, muros y otros obstáculos y que, en la medida de su avance, tiende a
relativizar cada vez más los espacios físicos y espirituales que separan a los seres
humanos. Pero es también un hecho ambiguo que, como todo en la vida, puede servir para el
bien y para el mal según sea el uso que se le dé.
En este contexto, pienso que
hoy también empieza a producirse un cierto consenso para considerar la globalización
unidimensional como el hecho negativo central que debemos enfrentar. Una humanidad
aplanada por un monstruo uniformador es algo temible y digno de rechazo. Pero es un
peligro existente y actual.
Se manifiesta en la
similitud de la reglas por las que deben regirse los diferentes estados y agentes
económicos si no quieren quedar marginados o incluso ser sancionados; en la manera de
actuar de los agentes económicos, con los peligros consiguientes de lo que ha sido
bautizado como actitud de rebaño; y en el empobrecimiento de la diversidad de
las mani-festaciones culturales. Está presente también en la concentración de los
centros de decisión tanto públicos como privados para la elaboración o generalización
de procedimientos por lo que deben regirse sectores cada vez mas amplios de la población
mundial.
Junto a la globalización se
ha reforzado también, en los últimos años, el fenómeno de la regionalización. El
mejor ejemplo al respecto es la consolidación y eventual expansión de la Unión Europea.
Pero en todas las latitudes -Asia, Africa, América Latina y el Caribe, Europa Oriental-
encontramos movimientos regionales dinámicos y vigorosos, particularmente en el área
económica. De hecho, casi todos los miembros de la Organización Mundial del Comercio
(OMC), que como organismo multilateral es casi un ente emblemático de la globalización,
pertenecen a uno o más acuerdos regionales.
En nuestra región la
integración ha sido especialmente dinámica durante los últimos años. A los acuerdos
tradicionales, que fueron pioneros de la integración entre países en desarrollo, como la
Integración Centroamericana, la ALADI, la Comunidad Andina y CARICOM, se ha sumado el
Mercado Común del Sur (MERCOSUR), que no sólo es el de mayor dimensión en nuestra
región, sino que ha resultado uno de los más dinámicos y exitosos. Además, se ha
añadido una multiplicidad de acuerdos regionales, trilaterales y bilaterales que muestran
una clara voluntad política de acercamiento, pero que también han formado una compleja
red que necesita de orden y sentido de dirección. Esto último es lo que se ha llamado
desde hace varios años la necesidad de articulación y convergencia de dichos esfuerzos.
Por vocación y origen el
SELA es promotor de la integración latinoamericana. Pienso que hoy, más que nunca, este
planteamiento tiene total vigencia. A las razones que hemos dado siempre para favorecerla,
se agrega en la actualidad una que le confiere urgencia: la integración es un camino para
salirle al paso a la globalización unidimensional.
El SELA ha venido actuando
en este sentido e intentará en el tiempo que viene hacer un aporte adicional en la
dirección señalada. Vamos a estudiar e intentar hacer propuestas para fortalecer los
vínculos entre los diferentes esfuerzos de integración subregional y a promover el
mejoramiento de las instituciones de la integración regional. En particular, nos
empeñaremos en encontrar modalidades para que esos nuestros esfuerzos de integración
permitan una inserción en la economía internacional que no empobrezca nuestras
capacidades productivas y nos permitan participar en el progreso científico y
tecnológico, no solo como consumidores sino también como creadores. La realidad nos
indica este camino. Nos parece un paso indispensable para avanzar en el objetivo mayor de
lograr el desarrollo y la equidad.
Hemos hablado mucho de
integración, pero los resultados son todavía insatisfactorios. Se han resuelto problemas
y se han hecho realidad iniciativas que era necesario emprender. Durante la década de los
noventa la integración recuperó el dinamismo que había perdido durante la década
anterior. Pero todavía estamos enfrascados en disputas que parecen anacrónicas. Mientras
se discuten los llamados temas de última generación a lo largo del mundo, seguimos
enfrentados por los viejos temas de las preferencias y niveles arancelarios.
Aceptando que es un hecho la
globalización científica y tecnológica, y que sus efectos tarde o temprano llegan hasta
el último rincón del planeta, tenemos todavía un pequeño margen de maniobra para
tratar de insertarnos en el megafenómeno que nos preocupa, con personalidad propia, y
hacer así un aporte enriquecedor a todo el conjunto. Esto no constituye un mero ideal. Es
una necesidad imperiosa para que todos los habitantes de este vasto territorio no se
sientan aplastados y dominados desde fuera de la región.
Este margen de maniobra es
pequeño con relación a las inmensas fuerzas y a los poderes que ha desatado la
globalización, pero es también reducido en el tiempo. Esto es, se presenta con carácter
de urgencia. Porque existe un proceso nivelador que se manifiesta en reglas y
vinculaciones de alcance suprarregional y si no avanzamos a un paso más rápido que ese
proceso, si no nos integramos con una mayor profundidad que la que nos impone la
inevitable inserción en el proceso de globalización, nuestros esfuerzos propios van a
ser anulados, arropados y convertidos en irrelevantes por lo que nos imponga la fuerza de
los acontecimientos de nivel suprarregional. Y lo que es peor, no vamos a poder tener voz
propia, no vamos a poder participar activamente en el diseño y conformación de tales
acontecimientos.
Tanto en la integración
como en la búsqueda de otras posibles respuestas ante los peligros de la globalización,
así como en la canalización de sus beneficios a favor de los intereses y preocupaciones
de los pueblos de los países en desarrollo, y en particular de nuestra región, los
economistas tienen aquí un gran desafío.
Pero no sólo los
economistas, sino también los profesionales de todas las ciencias sociales que trabajan
para el bien común de nuestras sociedades. Para enfrentar tal desafío se debe entender
que las disciplinas que practican son instrumentos al servicio de la persona humana y de
todos sus derechos y deberes. Su trabajo es servir a la visión de conjunto que mejor
sirva a la totalidad de sus conciudadanos.
Esto requiere diálogo y
confrontación de ideas. Pues así como en la integración regional aspiramos a un
acercamiento en que se potencien y hagan valer sus peculiaridades nuestras afinidades
culturales y económicas, en la comprensión de la interrelación de los diversos
fenómenos que afectan nuestras realidades nacionales podemos encontrar un contrapeso al
proceso uniformador, que se ha vigorizado con la globalización pero no es necesariamente
consustancial a ella.
La globalización, nacida
del progreso científico y tecnológico, se ha manifestado de manera arrolladora en los
intercambios económicos y ha penetrado campos importantes del quehacer cotidiano y
cultural. Pero en la medida en que las regiones, los pueblos y las diferentes identidades
culturales aprendan a manejar ese fenómeno que ahora parece aturdirnos, la riqueza de
contenido de la vida humana hará valer sus fueros y la realidad y necesidad de la
diversidad se hará más patente y nos permitirá entender y promover las interrelaciones
entre los diferentes campos de acción y disciplinas. Así como permitirá un mayor
acercamiento entre los pueblos que se sienten mas afines.
Estamos en un momento de
reflexión total sobre esta temática en una coyuntura que nos señala urgencia. La ola de
cambios en cuya cresta nos encontramos es tan veloz y poderosa, que amenaza con
arrastrarnos a una actitud de virtual parálisis. Despojarse de la pasividad, unir fuerzas
y persistir en esfuerzos que como la integración de América Latina y el Caribe son
objetivos y sueños plenamente compartidos y justificados de nuestros pueblos, deben
constituir una motivación para instituciones como el SELA y para encuentros como el que
actualmente nos reúne.
Por eso felicito
a esta Conferencia de tan selecta concurrencia y a sus organizadores. Los insto a trabajar
para hacer de la globalización una oportunidad mejor para la humanidad, creando los
mecanismos necesarios para que ella se constituya en un mejor ambiente para que todos los
seres de la tierra puedan vivir en justicia y libertad.