Señor Presidente de la XXV Reunión Ordinaria
del Consejo Latinoamericano,
Señores Jefes de
Delegación,
Señoras y
señores Delegados,
Señores
Observadores e invitados especiales,
Señoras y
señores:
En este Panel,
calificados expertos y autoridades de organismos financieros y económicos de nuestra
región, de Asia y de países de la Unión Europea, han presentado sugestivos análisis y
sugerencias para la acción futura de América Latina y el Caribe.
Permítaseme
abordar el tema con algunas reflexiones de carácter más general. Como ha sido
señalado en documentos de la Secretaría Permanente del SELA, la
región latinoamericana y caribeña ha experimentado, desde los años ochenta, la puesta
en práctica de un paradigma económico aplicado con pocas variantes a economías muy
dispares. Al renunciar a modelos endógenos, la agenda ha sido la misma para la mayoría
de los países: apertura comercial y financiera, privatización y reducción del sector
público, eliminación de subsidios, reformas de los sistemas de seguro social,
flexibilización de los mercados laborales.
Esta
agenda única supone, por una parte, la adopción pasiva de modelos externos y
universales, y por la otra, la existencia de economías estructuralmente
uniformes, donde el comportamiento del mercado es similar. Supone también una doble
premisa: en primer lugar, que el marco institucional doméstico esté listo para
instrumentar los cambios de políticas requeridos por el modelo; en segundo lugar, que el
entorno internacional brinde condiciones favorables sobre todo, estabilidad y
flujos de financiamiento para el desarrollo. Lamentablemente, estas premisas
se hallan lejos de haberse cumplido.
Desde 1997, y de una
manera mucho más nítida que en 1994-95, las crisis del Sureste Asiático y de Rusia,
luego de su fuerte impacto en la región , han evidenciado un fenómeno nuevo,
directamente vinculado al proceso de globalización: a partir de esta década, las crisis
monetarias y financieras tienen amplias, rápidas y profundas ramificaciones sobre las
corrientes de comercio y sobre la capacidad de crecimiento económico.
No estamos en
presencia de turbulencias coyunturales, sino de profundas perturbaciones, cuyas
oscilaciones afectan los fundamentos de las economías nacionales y del sistema global. Al
alcance geográfico se añaden graves repercusiones intersectoriales, que no se limitan a
ajustes cambiarios y crisis bursátiles, sino que trascienden esos ámbitos para generar
desestabilizadoras salidas de capital de corto plazo; aumentan los diferenciales de los
bonos emitidos por la región; deterioran las clasificaciones de riesgo de todas las
economías emergentes; obstaculizan el acceso a los mercados internacionales de capital y
contagian los sistemas bancarios domésticos. Adicionalmente, el impacto se extiende
a las corrientes comerciales inter e intraregionales; se modifican patrones de
competitividad de productos y de países y cambian las perspectivas de penetración en los
mercados.
En América Latina y
el Caribe, los próximos años estarán signados, entre otros factores, por los impactos
financieros y comerciales de mediano y largo plazo de las crisis actuales y por la
preocupación de prevenir y controlar los impactos de crisis futuras. Cabe recordar
que de las cuatro grandes crisis financieras que se produjeron en las últimas décadas,
dos se originaron en nuestra región y las dos restantes la afectaron en forma sustantiva.
Las crisis y sus
repercusiones han puesto en evidencia no sólo la permeabilidad, sino también la
vulnerabilidad de América Latina y el Caribe ante factores exógenos que escapan a su
margen de acción. Esto implica la necesidad de introducir importantes cambios en
las políticas económicas gubernamentales en el plano nacional, regional e internacional,
en la gestión empresarial y en la concertación de esfuerzos entre los sectores público
y privado y el conjunto social. Poder responder con éxito a este desafío -que a
partir de la dimensión financiera cuestiona las bases mismas del modelo actual de
desarrollo e inserción internacional de nuestros países- requiere contar con agentes
aptos y coordinados, por parte del Estado y de la sociedad civil y hacer valedera la
expresión democrática de los pueblos. Nos encontramos ante la necesidad de
propiciar un retorno del papel orientador del Estado.
Un Estado con fuerte
capacidad de iniciativa, creativo, impulsor y sin complejos para emprender políticas
activas. Un Estado que pueda responder innovadoramente no sólo a las compulsiones
externas sino, en primer lugar y en acuerdo con la sociedad civil, a la complejidad de los
cambios que tienen lugar en nuestras sociedades, por la vía de la generación de nuevos
espacios de expresión y articulación política democrática. Es decir, nos referimos a
un Estado que deje atrás las visiones neoliberales y populistas y ponga su centro de
gravedad en acuerdos sociales en torno, entre otros, a la equidad, a la educación, al
bienestar y a la incorporación de los avances tecnológicos. Sólo el desarrollo de
esas dimensiones puede proveerle la inspiración, el apoyo societal y las condiciones de
gobernabilidad que construyan su viabilidad para la acción externa.
Todos conocemos -y
hemos sido hasta cierto punto, víctimas- de la masivamente promocionada tesis de la
declinación del Estado ante el proceso de globalización económica. Aceptando que
los Estados de los países en desarrollo han sido severamente afectados, el examen del
tipo, calidad y efecto de sus respuestas a los desafíos de la globalización señalan
claramente que las distintas regiones y países no reaccionan de la misma forma, dado que
sus estructuras socioculturales y políticas poseen rasgos específicos y diversos,
catalizando y elaborando de distintas maneras los impactos externos[2]. Las diferencias que presentan esas
respuestas estriban, en medida importante, en la distinta combinación de los elementos
que componen la ecuación Estado-Sociedad y, en la percepción de cada país de su margen
de maniobra en el sistema internacional, procurando ampliar los límites de las acciones
permisibles sin incurrir en penalizaciones excesivas.
En ese contexto, un
análisis comparativo de las estrategias y acciones adoptadas por los países de Asia y de
América Latina ante la crisis financiera que se iniciara en 1997, ofrecen un rico y
productivo espacio de reflexión y de constatación fáctica, que puede contribuir a la
determinación de los rumbos y medidas que convendría adoptar en el futuro por parte de
nuestra región. De igual manera, cabe explorar los puntos centrales de interés de
los principales actores económicos, que se expresan prescriptivamente en creencias,
normas y reglas formales de conducta a ser seguidas en la arena mundial. Esas
prescripciones son importantes para determinar el rol del Estado ante los flujos
financieros y comerciales.
La fase básica del
análisis de las acciones adoptadas por los principales países afectados por la crisis
financiera en Asia y América latina y el Caribe, ya ha sido realizada por la CEPAL el
año pasado. Se cuenta, además, con numerosos estudios sobre distintos aspectos del
tema efectuados por instituciones extranjeras y de nuestra región. Creo, sin
embargo, que aun no ha sido adecuadamente examinado un tema central. Asumiendo que
recién iniciamos esta reflexión en nuestra región, ¿cuál ha sido la evaluación que
de su propia experiencia ha hecho Asia del Pacífico con respecto a los cambios a
introducir o líneas a confirmar en sus enfoques estratégicos y sus políticas
económicas?
Con respecto a las
perturbaciones existentes y a su posible resolución en el sistema financiero
internacional, se ha señalado que se trata de una "dictadura de las finanzas
internacionales"[3].
También se ha enfatizado[4], que
nos hallamos más cerca de una situación en la cual los actores más importantes del
sistema financiero internacional y los países sujetos a los vaivenes de los flujos
financieros especulativos comparten en forma mutua -si bien, asimétrica- el carácter de
rehenes. Así, las prácticas actuales con respecto al libre movimiento de capitales
de corto plazo en el sistema internacional podrían conducir a un caos, si los actores
nacionales dejaran de aplicar políticas fiscales y monetarias responsables y de absorber
los brutales costos económicos y sociales de esas operaciones.
Asimismo, los mercados
financieros pueden castigar -como ahora lo están haciendo- a los Estados que no cumplen
con sus normas, pero, en el largo plazo, sus beneficios dependen de la existencia y
funcionamiento de un sistema interestatal-transnacional en el cual las economías
nacionales son conducidas y gerenciadas por actores públicos competentes y
responsables. Más allá de cierto punto, la reducción del poder de intervención
del Estado en materia financiera pueda poner en grave riesgo colectivo la obtención de
beneficios por los actores financieros transnacionales[5].
Se abren aquí dos
vías a explorar: por una parte, un cambio posible de concepción y valores en los
criterios de responsabilidad de quienes adoptan las decisiones: algunas modificaciones en
la dirección adecuada comienzan a observarse en los organismos financieros
multilaterales, pero, lamentablemente, aún continúan plagadas de retrocesos y
oscilaciones. Por la otra, la consideración de escenarios en los cuales los que
movilizan los capitales transnacionales, deseosos de maximizar los beneficios a obtener,
no miden -o lo hacen incorrectamente- los riesgos a que someten a los actores nacionales,
conduciéndolos a sufrir situaciones de altísimos costos económicos, sociales y
políticos. En ese marco de posibilidades, se puede firmemente sostener[6] que el fortalecimiento de la capacidad de
intervención de los Estados en los mercados financieros reduce a condiciones previsibles
márgenes de riesgo que de otra manera, resultarían intolerables. En suma, si el
proceso de globalización económica torna aún más difícil e inviable para los Estados
el ejercicio de su poder regulador en el plano económico, los actores transnacionales
pueden resultar gravemente afectados. En ese sentido, además de otros beneficios
para la sociedad, el fortalecimiento del Estado en los países en desarrollo coincide con
los intereses básicos de los actores financieros transnacionales, aún cuando muchos de
ellos no sean capaces de reconocerlo.
Por último, dos
breves comentarios sobre algunas de las opciones presentes para América Latina y el
Caribe.
Si bien parecen
haberse superado las situaciones más críticas de la crisis financiera internacional,
subsisten sus secuelas negativas tanto en Asia como en nuestra región. De igual
manera, mantiene su vigencia la situación de vulnerabilidad, inestabilidad e
incertidumbre en la arena global. En este contexto, además de los lógicos
esfuerzos a realizar en pos de la restructuración de las relaciones económicas
internacionales, el incremento y cambio cualitativo de la cooperación externa y la
adopción de políticas internas adecuadas, se debería avanzar en profundidad en la
articulación de líneas de defensa financiera a nivel regional y subregional. En
efecto, en distintos foros calificados se ha señalado durante los últimos meses[7], que, por diversas causas no
existen signos de que el "Grupo de los Ocho" esté en condiciones de promover la
introducción de reformas profundas en el actual sistema financiero internacional.
Por ello, las regiones en desarrollo se ven obligadas a realizar un gran esfuerzo para
establecer defensas financieras efectivas en sus propios dominios. Es vitalmente
necesario impulsar el establecimiento de una red de fondos de reserva y de bancos de
desarrollo regionales, como también lo es revisar los vínculos finanzas-comercio y
consolidar en el marco nacional los mecanismos bancarios, el fomento de ahorro y las redes
de protección social.
No es obra de la
casualidad que en este Panel estén presente el Fondo Latinoamericano de Reservas, la
ALADI, la CEPAL y el SELA, acompañados por distinguidos representantes de instituciones
asiáticas y europeas. Creemos que una condición absolutamente necesaria, sin ser
suficiente, es avanzar hacia una muy estrecha coordinación y cooperación en las acciones
de los organismos regionales y subregionales de América Latina y el Caribe en apoyo de
los países de la región. De igual manera, estimamos que existe un amplio espacio
para desarrollar la cooperación con Asia del Pacífico y con la Unión Europea en ésta y
en otras áreas de la actividad internacional vinculada al desarrollo y a la construcción
de un sistema interestatal-transnacional más plural y equitativo.
Señoras y señores
representantes, distinguidos miembros del Panel:
Reconozcamos que
el "mercado" es una categoría dura[8].
Para muchos, es el lugar natural de autoregulación por la vía de la competencia del
capital y del trabajo; para otros, un lugar donde se consuma la explotación de importante
segmentos de las sociedades de nuestros países. La pregunta central que surge es
quién y como determina el mercado. La respuesta: lo determinan las relaciones de
poder. La disciplina de la política económica internacional establece claramente
que los fenómenos económicos internacionales son el resultado tanto de factores
económicos como de factores políticos. Ambos son predeterminados por las
relaciones de poder a escala interestatal-transnacional entre los Estados-naciones y los
grandes operadores privados, cristalizadas parcialmente en las instituciones y regímenes
de la economía internacional. El lenguaje diplomático puede suavizar los tonos y
esfumar los contornos del paisaje, pero esas son las realidades que debemos
enfrentar. La formulación y puesta en práctica de un sistema de restricciones
mutuas que debería regir simultáneamente para los Estados y para los operadores
privados, requiere sostenernos sobre nuestros propios pies con creciente autoconfianza y
vigor. Este sistema estaría destinado a que ambos tipos de actores tengan en cuenta
las externalidades que surgen en un mundo de constante incremento de la
interdependencia. Debemos tener muy en cuenta que junto a la globalización surgen
las diversas formas y localizaciones de la integración regional. En ese sentido, es
dable esperar que la regionalización económica, acompañada de la regionalización
política, dé lugar a regímenes regionales que convivan con la globalización.
Creo que en esa dirección debemos aunar nuestros esfuerzos.