No resulta fácil analizar en
este momento el tema de las opciones de América Latina en el marco de la crisis que está
enfrentando y, en particular, resulta más complicado analizar esas opciones cuando
precisamente esa crisis afectó la dinámica de la integración en el año 1998 y, más
aún, en el presente año.
En efecto, el 13
de enero de 1999 parece marcar un hito importante en la historia integracionista de
América Latina, al interrumpirse una tendencia que se generaba entre los años 1985 y
1986, cuando Brasil y Argentina tomaron el camino de la cooperación bilateral conjunta, y
cuando lo que en aquel entonces era el Grupo Andino, hoy Comunidad Andina de Naciones
(CAN) comenzaba a transitar el Sendero de su fortalecimiento, luego de un difícil proceso
negociador. Más tarde, con el relanzamiento que se concretó hacia fines del año 1989,
la integración andina comienza a superar definitivamente el complicado período que
debimos enfrentar a principios de los años ochenta, cuando la crisis de la deuda.
Tal vez contagiados por esos primeros hechos, desde inicios de la década actual, se
comienza a vivir una euforia integracionista que llevó a pensar que en el transcurso de
los próximos 6 años se podía llegar a tener, por lo menos entre los 10 países de
América del Sur miembros de la ALADI, una zona de libre comercio plenamente constituida o
en vías de conformación a corto plazo.
Sin embargo, el proceso
negociador se vio retrasado en los últimos años. Ello debido, en primer lugar a la
crisis del tequila, que enfrentó México a fines de 1994, y que repercutió
en otros países de la región, ocasión en la cual se apreció por primera vez en
América Latina, una importante manifestación de la globalización financiera. En segundo
lugar, cuando la crisis de varios países asiáticos en 1997, que se hizo luego
itinerante, pasando por Rusia y que arribó el 13 de enero del presente año nuevamente a
la región, esta vez en Brasil.
Como ya
indicamos, el 13 de enero se debe marcar como de singular importancia, dado que se venía
construyendo trabajosamente el proceso de integración sobre la base de un conjunto de
transformaciones muy importantes, que incluyen la apertura unilateral de los países de
América Latina, realizada sin ningún tipo de contraprestación por parte de los países
desarrollados, acompañada por un conjunto de medidas que procuraban una menor
participación del estado en los procesos económicos nacionales, así como con el
tratamiento de una serie de temas que anteriormente ni siquiera eran considerados como
parte de las políticas nacionales de los países latinoamericanos.
Lo fundamental
es que hoy en día, todas estas transformaciones no sólo hacen parte de esas políticas
nacionales, sino que su generalización implica que necesariamente tengamos que adoptar
posiciones conjuntas para enfrentar los diversos retos negociadores que tenemos enfrente y
que se dan en forma simultánea.
No obstante
los retrasos que han podido verificarse, se ha establecido una importante y significativa
red de acuerdos de integración económica, los cuales contribuyeron a generar un
crecimiento espectacular del intercambio comercial entre los países miembros de la ALADI.
En el año 1997 el comercio intrarregional sobrepasó los 49 mil millones de dólares, lo
cual constituyó el 20 % del comercio exterior total del conjunto de los países miembros
de la Asociación.
Este aumento
sin precedentes del comercio intrarregional, se dio en forma conjunta con una serie de
otros cambios de gran relevancia: en primer lugar, un crecimiento espectacular de las
inversiones, tanto de las foráneas, como también de las inversiones intrarregionales, y,
acompañando a este fenómeno, se produjo un gran incremento de los arreglos
interempresariales, en forma de alianzas estratégicas, y la radicación de empresas de
algunos países latinoamericanos en otros países de la región. De esta forma, se fueron
estableciendo mecanismos de comercialización mucho más fluidos que los existentes en el
pasado y que parecen darle en estos momentos un fuerte sustento al proceso de integración
regional.
Asimismo, se
avanzó también en el campo de la infraestructura y del transporte, tanto del lado de la
oferta como del de la demanda, así como en la explotación conjunta de recursos
energéticos, así como en el intercambio de servicios entre los países latinoamericanos.
Desde un punto
de vista mas general, se marcaron también hitos importantes durante esta última
década. En primer lugar debe subrayarse la incorporación de Cuba a la ALAD, primer
país que adhiere al Tratado de Montevideo 1980 en 19 años de existencia. Asimismo,
debe destacarse la expansión de las relaciones entre los países de la región
latinoamericana, trascendiendo lo económico, y avanzando en el terreno político. Un
ejemplo de ello, que por primera vez sucede y merecería ser destacado con mayor
asiduidad, es el que protagonizaron los países miembros del MERCOSUR (el cual en nuestro
concepto constituye el acuerdo subregional de mayor éxito que se ha ensayado entre los
países de América Latina) los cuales, acompañados de sus dos países asociados que son
Chile y Bolivia dentro del marco de la ALADI, han establecido entre ellos una Zona de Paz.
Esto tiene una
significación de fundamental importancia en materia de cooperación política para la
integración latinoamericana. Es la primera vez dentro de la historia de la integración,
la cual consta de los 20 años que cumplirá la ALADI el año próximo, y de cuarenta
años contando desde los primeros esfuerzos integracionistas con la creación de nuestra
antecesora la ALALC, que 6 países de la región se declaran constituyendo una Zona de Paz
y libre de armamento, hecho de gran trascendencia en materia de cooperación política.
Con frecuencia
se discute acerca de los aspectos institucionales de los procesos de integración en la
región, enfatizando sus carencias con respecto, por ejemplo, a un modelo de instituciones
consolidadas a lo largo de 40 años, como es el caso de la Unión Europea. Al MERCOSUR, en
particular, sistemáticamente se le critican sus problemas institucionales. Es claro que,
en primer lugar, todos los procesos de integración han tenido alguna manifestación de
estos problemas en algún momento de su historia; pero además, lo que sí resulta
definitivo, es que este hito en materia de cooperación política supera ampliamente
muchas críticas que en materia institucional se le puedan hacer a este proceso.
Corresponde en
este momento apartarse de la visión de mediano y largo plazo del proceso de integración,
para detenerse un momento en la coyuntura actual. En el año 1998, como se mencionó
anteriormente, como consecuencia de la crisis asiática, su posterior manifestación en
Rusia y sus consecuencias en los mercados mundiales de commodities y de capital, se
apreció un decaimiento de las relaciones comerciales entre los países miembros de la
Asociación, el cual se está profundizando en el presente año. Estos flujos
comerciales, que habían llegado a sobrepasar los 49 mil millones de dólares en 1997, y
que hasta ese momento venían creciendo a una tasa del 12 % acumulativa anual, sufrieron
una primera caída el año pasado y tendrán una segunda en el presente año, con lo cual
habrá una reducción del comercio intrarregional en el año 1999 con respecto a 1997, que
se estima en un 30% lo cual es, en términos relativos, semejante a lo sucedido
entre los años 1981 y 1983, cuando la gran crisis de la deuda. Es claro, con todo, que en
términos absolutos estamos considerando, aún en crisis, un comercio que alcanza niveles
definitivamente muy importantes, sobre todo para algunos de los países miembros de la
Asociación, para los cuales el mercado de los países copartícipes dentro de la ALADI se
ha convertido en el principal destino de sus exportaciones, así como el principal origen
de sus importaciones.
El incremento
de las relaciones comerciales hasta 1997, y la posterior caída, nos llevan a reflexionar,
por un lado, acerca de los orígenes de la explosión integracionista que se ha vivido
desde inicios de la década; y por otro, en las consecuencias que sobre las posibilidades
de consolidación de los procesos de integración de América Latina, puede tener la
actual coyuntura de crisis.
En este
sentido, no está demás recordar el origen de la dinamización del proceso de
integración, la cual partió de la base de una apertura unilateral realizada por los
países de la región desde mediados de la década pasada (con excepción de Chile y
México que lo iniciaron antes), así como de una profunda reforma de sus procesos
económicos, al mismo tiempo que estaban inmersos en el actual esquema de globalización
financiera, el cual es también parte de la apertura que los latinoamericanos hemos
llevado adelante sin ninguna contraprestación. América Latina ha completado una apertura
económica y financiera muy profunda de sus mercados domésticos, dentro del marco de la
búsqueda de mejorar sus equilibrios macroeconómicos, con la concreción de grandes
privatizaciones, en un contexto de lento crecimiento de las economías centrales las
cuales, con la excepción de los Estados Unidos, han sido poco dinámicas en esta década.
Esto último constituye un hecho importante a ser destacado, ya que explica gran parte del
crecimiento del ingreso de capitales foráneos en los años recientes.
Resulta obvio
que lo que hemos llamado la explosión de la integración, se apoyó,
necesariamente, también en la recuperación del dinamismo económico que se dio de forma
significativa en la región desde inicios de la década actual explicado, en gran medida,
por las reformas estructurales realizadas y las políticas económicas que buscaron
recuperar los equilibrios macroeconómicos.
Con todo, es
necesario destacar que las reformas y las políticas mencionadas, y sobretodo el gran
ingreso de capitales, tuvieron otras consecuencias, más vinculadas a la situación
actual. En primer lugar, se dio una apreciación generalizadas de las monedas domésticas
en la región que, acompañada por la rebaja arancelaria y el desmonte de otros
instrumentos reguladores del comercio, explican los déficit comerciales con los mercados
extrarregionales, así como desequilibrios en los flujos al interior de la región.
En
segundo lugar, dada la debilidad de los sistemas financieros de los países de América
Latina para intermediar adecuadamente los ingresos masivos de capital de principios de la
década, se produjo una inadecuada asignación de tales recursos, con un sesgo mayor al
consumo que a la inversión productiva, por un lado, y con un fuerte peso hacia
sectores de bienes no comerciables de la economía, en detrimento del desarrollo de la
producción de transables, por el otro.
En tercer
lugar, se fue dando, con manifestaciones más evidentes en unos países que en otros, una
creciente fragilidad financiera, con procesos de pérdida de la institucionalidad bancaria
en ciertos casos, en función de la gran concentración de los flujos de capital en
activos de alta liquidez.
Como
consecuencia de todo lo anterior, se han producido procesos recesivos en las economías
regionales, que están contribuyendo al agravamiento del deterioro social y la
marginalidad entre los pueblos latinoamericanos, con peligro de comprometer seriamente la
estabilidad de las democracias instauradas en nuestros países.
Dentro de este
cuadro de crisis, ¿qué opciones se pueden ver para nuestro proceso de integración con
respecto al sistema financiero? Es evidente que este es un tema que ha sido abandonado en
la integración latinoamericana. La función de ALADI en el ámbito financiero está
limitada al Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos entre los países, el cual en un
momento dado sirvió para financiar el 82 por ciento del comercio intrarregional, pero que
en este momento apenas está financiando el 16 por ciento del mismo. Esta tendencia
refleja el hecho de que la globalización financiera ha contribuido a la generación de
una serie de mecanismos de financiamiento del comercio que hace que definitivamente ya no
estén pasando por el Convenio garantizado por los bancos centrales.
Es recurrente
en los foros internacionales, analizar la necesidad de establecer mecanismos reguladores
al ingreso libre de capitales, sobre todo los capitales de corto plazo que se constituyen
en fuente generadora de diversos problemas para las políticas económicas nacionales.
Resulta imprescindible entonces
la necesidad de reflexionar en materia de integración en el campo financiero, y así como
también la búsqueda de alguna forma de domar este potro financiero que
tenemos enfrente, ya que definitivamente los mecanismos de autorregulación internacional,
que en algún momento fueron muy exitosos, parecieran haber sido superados por la propia
realidad.
Algunos países han debido salir
al encuentro de mecanismos que configuren una regulación efectiva mucho más fuerte que
los instrumentados en el pasado, teniendo en cuenta que no es solamente un problema de
regular la entrada, sino también un problema de ver la forma de regular la salida. En el
momento actual, es virtualmente incontrolable; y es a través de ella, debido a efectos
como el de contagio y el de manada, que se provocan los hechos que
se temen, en forma de profecía auto cumplida.
Hay que hacer también una
autocrítica como latinoamericanos, ya que a nuestro entender también existe un elemento
de miopía del desastre: Muchas veces nos alegramos en demasía con las soluciones y los
éxitos de corto plazo que logramos, no solamente en materia nacional sino también en
materia de integración, pero hay una cierta miopía cuando comienzan a aparecer los
primeros elementos indicativos del advenimiento de una crisis, cuando no somos capaces de
identificar medidas o mecanismos preventivos para enfrentarla desde sus inicios.
Sin embargo,
estas soluciones o estas alternativas de la integración financiera que habría que
analizar en América Latina, no solamente están pasando por el ámbito de carácter
regional, sino que pasan también por el ámbito internacional. El Acuerdo de Bretton
Woods ya no responde a nuestras realidades actuales: la estructura de Bretton Woods
resultó útil y eficiente para un momento en el cual, en primer lugar, no habían grandes
movimientos de capitales; y, en segundo término, cuando el comercio mundial no había
alcanzado los niveles en cuanto al monto y ni la calidad que lo caracteriza en estos
momentos. No eran previsibles en aquel entonces los niveles de comercio y las formas de
financiamiento del mismo, del tipo de los que están actualmente instrumentándose en el
mundo.
Es necesario,
entonces, crear una nueva arquitectura financiera. Obviamente, existen resistencias de
carácter político; hay una resistencia muy clara de los Estados Unidos de Norteamérica
frente a este fenómeno, pero es evidente que ya ni el Fondo Monetario Internacional ni el
Banco Mundial son instituciones suficientes para atender la nueva realidad financiera que
vive el mundo.
En el plano
regional, si bien se han planteado algunas ideas, habría que analizarlas muy bien a la
luz de las interrelaciones y la calidad de las interrelaciones que se han establecido
entre los países latinoamericanos. Por supuesto, habría que pensar también en el nivel
nacional, en qué tipos de acciones se deberían adoptar para prevenir este proceso
dañino que puede generar la globalización de los mercados de capitales, a nivel de las
economías nacionales de los países latinoamericanos.
Resulta evidente que en el momento actual el
panorama no es muy claro, aunque es verdad que parecen despejarse algunas nubes en la
región. Las previsiones originales de crecimiento de la región para este año, fueron
mucho más pesimistas de lo que efectivamente está sucediendo y esto ha ido provocando
sucesivas mejoras en las expectativas acerca del crecimiento de algunos países, aunque se
da lo contrario con otros. En todo caso, hay un proceso de contracción del proceso
económico en la región bastante fuerte, y que está incidiendo necesariamente sobre el
proceso de integración de América Latina tal cual lo muestran distintos indicadores
tanto cualitativos como cuantitativos.
La
globalización financiera y los flujos internacionales de capital han jugado un fuerte
papel en la situación económica de la región en el momento actual, con clara incidencia
sobre el proceso de integración. Los intentos de enfrentar este problema por parte de
cada país aisladamente no parecen la forma más efectiva de hacerlo; como otros varios
aspectos de la integración regional y del desarrollo económico de nuestros países,
parece necesario enfrentar la situación, por lo menos, de forma coordinada.