| Opciones frente a la crisis
Edición Nº 57.
Septiembre-Diciembre 1999.
|
Unión económica
¿alternativa a la crisis? |
|
Roberto Guarnieri
Presidente Ejecutivo del Fondo Latinoamericano de Reservas |
Es a la vez un privilegio y una gran
responsabilidad la invitación del Secretario Permanente del SELA, Dr. Carlos Moneta, en
nombre del Consejo Ministerial, para dirigirme a esta asamblea.
Lo hago como Presidente del FLAR, del
Fondo Latinoamericano de Reservas, una institución financiera establecida hace 20 años
como Fondo Andino de Reservas.
El FLAR sigue siendo, todavía, una
Institución Andina en cuanto a su membresía.
Yo espero que por poco tiempo
mas.
Estamos en pleno desarrollo de una
gestión sistemática dirigida a convertirlo gradualmente en un autentico organismo
Latinoamericano, conforme al propósito que fundamentó su adecuación estatutaria en el
año de 1991.
En estos momentos la Asamblea Nacional
de Costa Rica está considerando el proyecto de ley de adhesión al Fondo.
Otras gestiones bilaterales están en
curso.
Mientras que, con motivo de las
reuniones anuales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, el mes pasado en
Washington, se reiteró nuestro criterio de expansión institucional ante la Asamblea
plenaria de gobernadores de Bancos Centrales Latinoamericanos.
Tal propósito no constituye una mera
formalidad.
Responde a una evaluación rigurosa de
los requerimientos actuales y futuros de los países de América Latina en las áreas que
constituyen el ámbito de acción del Fondo Latinoamericano de Reservas: La
estabilización monetaria y la integración económica.
Nos lo hemos propuesto porque estamos
convencidos de su extraordinaria importancia.
Porque creemos que es indispensable
fortalecer la estructura institucional supranacional latinoamericana en el campo monetario
a fin de compensar de manera efectiva la intensidad del contagio de las crisis externas y
estabilizar las economías nacionales. Por que, a su vez, la estabilidad económica es
crucial, para sostener el proceso mismo de la integración regional y latinoamericana.
En el fondo, nuestro objetivo último
es ese: la unión económica de nuestros países.
Y no abrigamos, duda alguna en cuanto
al camino a seguir para alcanzarlo.
Depende críticamente de la estabilidad
económica, interna y externa.
Pero lo importante, lo
indispensable, es que nuestros Gobiernos y Bancos Centrales estén convencidos de ello y
de sus consecuencias para la formulación de la política económica.
De que ustedes, señores Ministros, lo
consideren un objetivo prioritario del Estado, y respalden su instrumentación.
Por ello, dedicaré el resto de esta
presentación a fundamentar su relevancia.
En particular, me concentraré en la
estrecha relación existente entre moneda e integración.
De su significado para la ulterior
definición de políticas de Estado.
Y, por lo tanto, de sus implicaciones a
los efectos del establecimiento de metas y procedimientos en cuanto a las políticas de
cooperación económica y monetaria entre nuestros países.
Mi punto de partida espero que
inobjetable- es la convicción prevaleciente, en toda América Latina, de la relevancia de
la integración.
Me parece que se aprecia cada vez mas
y el ejemplo europeo es determinante en este sentido- su extraordinaria
trascendencia económica, social y política.
Pero que, al mismo tiempo, hay una
percepción igualmente generalizada de su dificultad.
Y con razón.
Que el camino de la integración es
largo y difícil lo saben bien los europeos.
Pero allí están, orgullosos con
todo derecho- de su magnífico logro: una moneda común, un Banco Central Europeo.
El Euro representa sin duda el símbolo
mas acabado de la culminación de un proceso que sin exagerar se puede calificar de
impresionante, por lo que significa y por el brevísimo lapso de tiempo, históricamente
hablando, que ha requerido.
La moneda ha sido siempre la
representación eximia de unidad política, de soberanía, de afirmación nacional.
Es por lo tanto y por excelencia un
elemento esencialmente integrador.
Anteriormente, a nivel nacional y
ahora, en este nuevo orden económico mundial que se está fraguando, a escala
supranacional.
Y es que sin integración monetaria
siempre será incompleta y precaria la integración de naciones o de regiones.
Con ella, se hace irreversible.
No puede haber integración económica
real y permanente en un espacio geográfico determinado si no se establecen las bases de
una moneda común.
Si creemos realmente en la integración
esa debería ser nuestra meta: La unión monetaria.
¿Es ambiciosa? Ciertamente!
Es de difícil logro? Por
supuesto.
Pero debemos preguntarnos: es
posible? Sin duda.
Está en nuestras propias manos
lograrlo y depende exclusivamente de la voluntad, la decisión y el esfuerzo
propios.
Yo pienso que no solo es posible
hacerlo sino que sería si se me permite- irresponsable, renunciar a ello, si
estamos convencidos que constituye una meta deseable y, en su proyección, un logro
histórico formidable.
Qué hay que hacer entonces?
Muchísimo. No nos equivoquemos.
El trabajo que tenemos por delante es complejo. Requiere inteligencia, decisión,
constancia y tiempo.
Presupone acciones nacionales
sistemáticas y coordinadas y una acción supranacional que las complemente y refuerce.
El punto de partida que a su vez impone
en si mismo la necesidad de una extraordinaria disciplina y visión política, es la
estabilidad de las monedas nacionales.
Mientras no se consolide una situación
de moneda sana en cada uno de nuestros países todo progreso en materia de integración
será precario e incierto.
Este es, sin lugar a dudas, el mayor
obstáculo que confronta la integración de América Latina, la presente
situación de inestabilidad monetaria.
Se han hecho progresos importantes en
años recientes en todas nuestras naciones pero todavía estamos muy lejos de ella.
En algunas, mucho más que en otras.
Pero hay un hecho muy importante y, por
asombroso que parezca, es relativamente reciente.
Y es que en toda América Latina se
está arraigando el convencimiento de la prioridad absoluta que debe tener la estabilidad
monetaria dentro de la política económica general.
Esto es así, en primer lugar, por
supuesto, en los Bancos Centrales pero también cada vez mas en otros sectores y, sobre
todo, a nivel de los propios Gobiernos.
Es un desarrollo muy auspicioso pues
reconoce, aún al nivel político, mas inclinado u obligado, a veces, al cálculo de corto
plazo, la importancia de una moneda sana para sostener continuamente sin
fluctuaciones ni retrocesos- el proceso de crecimiento, la canalización del ahorro a la
inversión productiva, la eficiente asignación de los recursos y, con ello, la mas
efectiva realización del potencial económico nacional.
Pero no basta con la voluntad para
abatir la inflación.
La decisión de hacerlo debe estar
respaldada por instituciones y mecanismos de intervención adecuados para asegurar el
mantenimiento de la estabilidad a lo largo del tiempo.
De instituciones diseñadas para la
neutralización de impactos aleatorios, internos o externos, sobre el curso económico que
atenúen los efectos iniciales adversos de tales choques que de lo contrario producirían
consecuencias acumulativas y la pérdida nuevamente- del equilibrio monetario y con
ello del tipo de cambio.
Porque la otra cara de la estabilidad
de precios es la propia estabilidad de las relaciones cambiarias.
Y destruido, o en estado
precario, el equilibrio de los tipos de cambio entre países que pretenden prosperar hacia
su efectiva integración económica. Qué mercado único que es su esencia-
puede haber?
Estrictamente hablando ninguno.
Conceptualmente, un mercado integrado
presupone ausencia de factores que afecten de manera diferencial la formación de los
precios dentro del territorio relevante.
Significa por lo tanto uniformidad
desde diversos puntos de vista.
El impositivo y arancelario por
ejemplo.
Y por eso será indispensable la
convergencia hacia una normativa común en esta y otras áreas determinantes en la
formación de precios.
Pero eso no basta.
La condición necesaria adicional
-mientras no haya una moneda única- es que sea posible establecer a lo largo del tiempo
las relaciones de valores monetarios en todo el espacio geográfico pertinente, con igual
grado de certidumbre con el cual puede hacerse en cada uno de los países individuales.
Lo cual implica una situación tal de
equilibrio monetario en nuestros países que permita el mantenimiento de tipos de cambio
relativamente estables entre las monedas nacionales.
Es importante apreciar la importancia e
implicaciones de esta condición pues evidentemente no bastaría con fijar por
disposición oficial una paridad entre las monedas.
No, para que ello sea
económicamente válido, es decir para que produzca las decisiones racionales deseadas en
materia de comercio, de consumo y de inversión, esa situación de paridad cambiaria debe
ser apreciada como invariable o con un muy estrecho margen de variabilidad a lo largo del
período de tiempo relevante.
En otras palabras, debe haber ausencia
de expectativas significativas de modificación cambiaria durante el horizonte temporal
necesario para que la toma de decisiones sea eficiente desde el punto de vista económico.
Pero, para eso, es indispensable la
ausencia de inflación.
Y para que se generalice y consolide la
credibilidad en la estabilidad cambiaria, esa ausencia de inflación deberá primero
mantenerse durante un lapso de tiempo relativamente largo
Por ello, el objetivo primordial de
nuestras autoridades nacionales debe ser el de obtener la estabilidad de precios a mediano
plazo a como de lugar.
Pero hay que destacar que esto no puede
ser solamente -ni siquiera a veces principalmente- la resultante del control
monetario.
Es imprescindible, entre otras
condiciones, que haya un grado suficiente de flexibilidad en la formación de precios y de
salarios.
Pues, en una economía dinámica y
eficiente hay necesidad continua de ajustes en los precios relativos.
Solo así podrán asimilarse cambios en
las respectivas condiciones de oferta y demanda sin que se reavive la inflación.
Y solo mediante una adecuada respuesta
de los precios relativos puede haber ajustes en los comportamientos de los participantes
en los mercados de bienes y servicio- de trabajo y de capitales- consistentes con la
eficiencia económica y el crecimiento sostenido, en un contexto de estabilidad.
Por eso la importancia de realizar las
reformas estructurales pertinentes en sectores claves como el fiscal y el laboral que
mejoren la movilidad de los factores productivos.
Este es un aspecto de la mayor
trascendencia para el objetivo de la estabilidad monetaria.
Pero las reformas estructurales
constituyen una tarea difícil por los intereses y ventajas, algunas mas imaginarias que
reales, que se desprenden de la situación prevaleciente, para determinados
sectores. Requieren por lo tanto de una gran voluntad y respaldo políticos.
Lograrlo puede ser políticamente
costoso pero es indispensable para establecer una base firme para el control efectivo de
la inflación.
Además, la adecuación de la
infraestructura normativa e institucional relevante, que abarca particularmente el sistema
financiero y bancario, conjuntamente con el área fiscal y el mercado de trabajo ya
citados, debería cumplirse dentro del contexto del proceso de integración, es decir
sobre bases esencialmente comunes.
Esta es la actividad que corresponde a
lo que se ha denominado armonización y convergencia de políticas, que además del área
institucional y normativa, debe comprender, en cuanto a variables económicas
propiamente dichas, tasas de inflación, coeficientes de deuda externa, balance fiscal,
tasas de interés y, por supuesto, los propios tipos de cambio como resultantes de todas
las anteriores.
Pues, todo eso tenemos que confrontar y
realizar.
Y si se puede.
Internamente, el pivote institucional
de este proceso de estabilización lo constituyen los Bancos Centrales que deben ser
plenamente autónomos en la formulación de sus objetivos y políticas. Eficientes y
creíbles en términos de su autoridad moral y de los instrumentos a su disposición.
Su complemento principal radica en un
sistema bancario interno suficientemente capitalizado, solvente y responsable en la
gestión de intermediación.
Ya es mucho decir.
Pero aún así, en las condiciones
prevalecientes de globalización económica, que es el contexto de referencia de
este panel, eso no basta.
Y no basta porque la incidencia
destabilizadora potencial de choques externos que se manifiestan principalmente a
través de los movimientos de capitales- es enorme y puede trascender la capacidad
financiera e institucional interna de manejarlos.
La propia dinámica de los movimientos
de capitales, su intensidad y duración y, por lo tanto, el impacto sobre las economías
nacionales, los tipos de cambio y los precios también dependerá, críticamente, de la
posición de reservas internacionales de los Bancos Centrales respectivos y de su
capacidad de acceder a recursos adicionales de manera oportuna y en montos adecuados.
Con frecuencia, si los mercados
perciben una debilidad en este sentido, aún en situación de relativa estabilidad interna
inicial y de equilibrio en las variables económicas fundamentales, la generación de
expectativas adversas puede desencadenar movimientos acumulativos indetenibles.
Es en estos casos donde debe entrar en
juego con autoridad y fuerza el sistema institucional Latinoamericano.
Por ello mantengo que para asegurar la
continuidad de los esfuerzos nacionales y hacer frente con éxito a los choques de origen
externo, es de importancia crucial contar con un organismo supranacional propio, de
carácter monetario, que respalde debidamente a los Gobiernos y a los Bancos Centrales
cuando sea necesario.
Puede ser la diferencia entre
estabilidad y crecimiento o volatilidad y recesión.
Entre integración económica genuina o
solo aparente e insustancial.
Y quiero reiterar con énfasis dos
consideraciones: la condición de monetario y el carácter de propio de ese organismo.
Monetario, porque su función es de
estabilización y debe ejecutarse dentro del circuito monetario propiamente dicho:
Los Bancos Centrales y los sistemas bancarios nacionales.
Y propio, porque sus normas y
actuaciones deben ser convenidas por nosotros mismos, sin condicionamientos externos, en
función del objetivo último de la integración y en atención a sus requerimientos
de carácter monetario y cambiario.
Permítaseme decir que el Fondo
Latinoamericano de Reservas, dentro de su ámbito geográfico, ha venido cumpliendo una
acción significativa a este respecto. El crédito a un país miembro de 411
millones de dólares, en octubre del pasado año y la reciente provisión de facilidades
de liquidez a otro, por hasta 500 millones de dólares, son prueba de ello.
Pero, nuestra capacidad actual de
intervención podría verse rápidamente superada por las crecientes necesidades
potenciales de liquidez y de crédito a mediano plazo que las circunstancias económicas
mundiales de volatilidad de las corrientes de capital pueden imponer a nuestros
países.
Y para ese evento debemos estar
preparados.
Para atender con oportunidad esas
posibles demandas.
Para hacerlo en montos y términos
consistentes con el mantenimiento de la estabilidad monetaria.
Para mantener la autonomía de nuestros
países miembros en la formulación de sus políticas económicas.
Para reducir su dependencia de fuentes
tradicionales de liquidez cuya condicionalidad y demora de giro pueden ser inconsistentes
con objetivos nacionales y de integración prioritarios.
Y para ampliar el alcance de su
función estabilizadora al resto de América Latina.
Por ello, el incremento sostenido del
capital actual de 1000 millones de dólares y la expansión de la membresía a otros
Bancos Centrales, constituyen nuestros objetivos fundamentales.
Estamos convencidos de que ambos son
necesarios para respaldar una estabilización monetaria efectiva en la región y para
contribuir a mantener el curso de la integración andina y latinoamericana.
No, por cierto, como aparentemente se
habría comentado durante la recién terminada Asamblea del Banco Mundial en Washington,
para quitarle espacio al Fondo Monetario Internacional.
Ni mas faltaba.
Al contrario, consideramos que debería
haber una acción complementaria entre las dos instituciones.
Nuestros propósitos son sin duda
coincidentes en parte pero la razón de ser del Fondo Latinoamericano de Reservas
trasciende al objetivo del FMI.
Y eso determina enfoques,
procedimientos, mecanismos crediticios y condicionalidades específicas.
Nuestra apreciación de la relevancia
para nuestros países de esta función monetaria supranacional es tal que nos hemos
propuesto convertir al FLAR en un auténtico Fondo Monetario Latinoamericano.
Pocos dudan de que el nuevo orden
económico internacional se articulará sobre la base de bloques de países. La
competencia será integral y cada vez más exigente.
En tales circunstancias la
participación de América Latina dentro del contexto mundial, será mucho más efectiva
si cuenta con una institución monetaria supranacional fuerte y prestigiosa, por su
capacidad financiera y por su autoridad técnica.
De un centro propio de provisión
complementaria, óptima y significativa de reservas internacionales, directamente y
mediante su captación previa de los mercados mundiales de capital, para atender tanto a
los Bancos Centrales como a los sistemas bancarios nacionales, de ser ello necesario y en
términos convenidos colectivamente.
Ese Organismo que vislumbramos y hacia
el cual estamos dirigiendo nuestra gestión será un instrumento esencial para consolidar
la integración económica de América Latina afirmando el camino hacia una moneda común.
La historia nos enseña que la
unificación monetaria ha sido siempre precursora de la unidad política. Y eso, en
el fondo es, para nosotros, la meta.
La culminación de un ideal que
es el ideal bolivariano y que ha estado allí, demasiado tiempo, esperando su
realización.
Señores Ministros
Señores representantes
plenipotenciarios de los Gobiernos Latinoamericanos.
Solo depende de nosotros.
|