Opciones frente a la crisis
Edición Nº 57.

Septiembre-Diciembre 1999.

Unidad e integración de América Latina
y el Caribe, la gran meta del SELA
Otto Boye
Secretario Permanente del SELA

 

Quiero comenzar agradeciendo la presencia de todos ustedes.  La interpreto como un apoyo al SELA y a sus importantes funciones.  Este respaldo, que también lo siento como personal al ver en todos caras amigas, es hoy más decisivo y trascendente que nunca, pues comenzamos un nuevo período, basado en los tiempos especiales por los que atravesará la región y en las muy serias reformas acordadas en 1998 y que ya comenzaron a ejecutarse durante el año que pronto termina.  Gracias a estos cambios el SELA renació de cenizas reales y simbólicas, conducido en esa etapa crucial por Carlos Moneta a quien deberemos agradecerle siempre su dedicación plena a las difíciles tareas que los estados miembros le encomendaron.  Permítanme que le exprese todo mi reconocimiento y le rinda aquí el más sincero y merecido homenaje, que hago extensivo al equipo que trabajó con él.

 

He traído a este acto inaugural algunas reflexiones preliminares o introductorias a mi gestión como Secretario Permanente del SELA.  Percibo que estamos entrando a un momento de reflexión total sobre el destino de América Latina y el Caribe, época de balances para discernir lo positivo de lo negativo y de nuevas propuestas.  Por eso no pretendo expresar sino una primera aproximación a este proceso que se está abriendo y que es responsabilidad de todos.  Vendrán, ciertamente, nuevas aproximaciones sucesivas a medida que vayamos avanzando en nuestro trabajo.

 

Quisiera empezar con algunas referencias históricas.

 

En los últimos años de la década de los sesenta germinó una idea-fuerza entre los gobiernos y cancilleres de nuestro subcontinente: el “nacionalismo latinoamericano".  Se plasmó en un notable documento que se llamó "Consenso de Viña del Mar", aprobado el 17 de mayo de 1969, en una reunión de Ministros de Relaciones Exteriores convocada por la Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana, CECLA.  Como en ese momento América Latina, carente todavía del valioso aporte de los países caribeños angloparlantes, vivía en medio de un mundo dividido en dos grandes bloques que se miraban con desconfianza y apuntaban sus arsenales nucleares el uno contra el otro, nuestras naciones consideraban la dependencia de los Estados Unidos como su problema principal.  Como sabemos, esta circunstancia marcó dicha época en todos los terrenos: políticos, culturales, militares y hasta académicos.

 

En Viña del Mar los cancilleres definieron algunos intereses propiamente  latinoamericanos y decidieron comunicarle directamente a los Estados Unidos de América su planteamiento.  Fue el Canciller chileno Gabriel Valdés quien, recibiendo el encargo de sus colegas y acompañado en la Casa Blanca por los embajadores latinoamericanos, le  explicó al Presidente Richard Nixon las resoluciones adoptadas y sus alcances.  Entre las ideas que expuso dijo que por primera vez América Latina había expresado "su unidad en la definición de principios y en la identificación de los problemas que afectan sus relaciones con Estados Unidos de América".  El objetivo era "buscar nuevos términos de relación en el hemisferio".  Y al concluir decía que, en definitiva, el desafío para ambas partes era el mismo: "construir sociedades justas, libres, dinámicas y pacíficas".

 

Aunque el fenómeno histórico de la dependencia no ha desaparecido, la realidad se ha hecho ahora infinitamente más compleja.  Ya no existe el enfrentamiento desconfiado de dos grandes bloques y el mundo se está reordenando casi instintivamente en torno a agrupaciones de naciones que ocupan grandes espacios geográficos, políticos, económicos, sociales y culturales.  Hoy ya no basta con definir nuestros intereses regionales propios frente a una sola contraparte como en los tiempos mencionados.  Hoy debemos hacerlo respecto a un abanico mayor de actores, algunos de los cuales son ya casi tan grandes y poderosos como lo era Estados Unidos de América hace treinta años.

 

El SELA, continuador de la CECLA, en cuyo ámbito se había aprobado el Consenso de Viña del Mar, se fundó en 1975 en un contexto sometido a serias limitaciones políticas.  Su propio nombre, que se refiere solamente a una dimensión de la realidad latinoamericana, la económica, así lo refleja.

 

Conocimos y muchos sufrimos las restricciones políticas y de violaciones masivas a los derechos que se vivieron durante los años 70 y parte de los 80. Pese a ello, el SELA nació como un instrumento válido de la cooperación regional, destinado a facilitar la obtención de objetivos de interés común para los países de nuestra región.  Esto fue, es y deberá seguir siendo una línea central de este organismo.

 

América Latina y el Caribe ha recorrido un largo camino desde mediados de la década del 70, cuando se creó el SELA.  Algunos hechos pueden considerarse como logros positivos: el ingreso per capita de los países ha aumentado; ha crecido el comercio intra y extra-regional; se han fortalecido los arreglos subregionales; la región agrega mayor valor a sus productos primarios; varios países han diversificado sus productos y los mercados donde los venden, hasta el punto que los llamados tradicionales ya no son los principales; la democracia ha recuperado espacios, etc.  Pero existen, igualmente, viejos y nuevos problemas a enfrentar.  Entre los primeros siguen pendientes la distribución de la riqueza y una mayor y mejor inserción en los mercados mundiales.  Entre los segundos destacan el gigantesco desarrollo tecnológico; los desafíos de la globalización, de la liberalización de las economías y de la competitividad internacional; los procesos de regionalización; la nueva naturaleza de los conflictos y de las diferencias entre países.  Han surgido nuevos actores en el escenario internacional.  Actitudes como las de ignorar la fuerza del empresariado, desconocer los aportes de la sociedad civil y no utilizar las ventajas de la revolución del conocimiento pueden equivaler hoy a un suicidio o, a lo menos, a una marginalización grave.

 

En este entorno opera el SELA hoy.

 

El 28 de octubre recién pasado recibí el alto honor y la delicada responsabilidad de ser elegido por el Consejo Latinoamericano, para los próximos cuatros años, Secretario de este órgano permanente.  La designación recibió el apoyo unánime de todos los presentes en la reunión, lo que condujo a una aclamación que, en lo personal, debo confesarlo, me produjo gran impacto, pues sentí en el acto, casi instantáneamente, que el mandato a asumir era mucho mayor de lo que yo imaginaba.  Fueron momentos de gran emoción para mí, que esperaba fuera de la sala y que sentí en la piel los aplausos calurosos que expresaban dicha aclamación.  Algo más tarde fui invitado a pasar a la sala y de nuevo fui recibido con aplausos.

 

Constituyeron instantes -repito- de emoción profunda y si se quiere, momentos en que habló la pasión.  Los dejo registrados en estas primeras palabras mías al asumir formalmente este cargo, porque forman un componente esencial de los tiempos que vienen.  Creo que ellos estarán marcados ciertamente por la razón, pero también muy fuertemente por la pasión.

 

Veo mi elección como la llegada a puerto de un trabajo refundacional del SELA y, por eso mismo, como comienzo de una nueva etapa.

 

Dicho trabajo lo hicimos todos.  Digo y enfatizo este "todos", porque no puedo olvidar el modo ejemplar de trabajar por parte de la Secretaría Permanente y de cada uno de sus funcionarios, así como el esfuerzo sistemático, paciente e ilustrado del Grupo de Trabajo Ad-Hoc, que paso a paso fue dándole perfiles a un nuevo SELA.  Tuve el honor de participar activamente en ese proceso y hoy pienso que ello probablemente tuvo que ver con mi nombramiento.  Asumo esta realidad y el compromiso personal que comporta.

 

Entro ahora a consideraciones muy generales que puedan ofrecer una cierta idea respecto a la visión que tengo al asumir este cargo.  Como ya advertí, se trata de un ejercicio preliminar.

 

Quisiera partir con una pregunta: ¿Por qué sostenemos la existencia de América Latina y el Caribe como un todo y lo expresamos de modo transparente en un organismo como el SELA, cuando dicha realidad aparece muchas veces cuestionada?

 

En efecto, hay voces como una que le escuché al famoso pintor chileno Roberto Matta, que hace poco sostuvo muy convencido que dicha realidad todavía estaba lejos de ser o de existir.  Aunque esta afirmación es bastante polémica, pienso que ella tiene cierto fundamento a la luz de lo que sucede a diario.     Hablamos      virtualmente     desde      la independencia de nuestras naciones de integrarlas, pero hasta ahora no hemos creado una institucionalidad vigorosa capaz de llevar a cabo con éxito esa empresa.  Por eso creo que la respuesta a lo planteado es la siguiente: América Latina y el Caribe son una realidad que tiene ya un perfil histórico y cultural propio, pero a la vez, es verdad que su unidad e integración son todavía un ideal, una meta por alcanzar, que, a lo menos en el SELA, esta “casa de América Latina y el Caribe", como lo llamó el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela José Vicente Rangel en su importante intervención ante el último Consejo Latinoamericano, es compartido por todos sus estados miembros.  La primera gran tarea de la Secretaría Permanente ha sido y será contribuir a hacer realidad ese objetivo.  Vamos a abocarnos al estudio de una institucionalidad fuerte y eficaz para impulsar e implementar un proyecto serio de integración latinoamericana y caribeña.  Esa será una de nuestras principales tareas.  Y la llevaremos a cabo con razón, esto es, recurriendo a todos los instrumentos que nos proporcionen las ciencias sociales y las experiencias acumuladas; pero también actuaremos con pasión, a fin de movilizar no solamente cabezas, sin también corazones.  Convocaremos de esta manera y ya lo hacemos hoy mismo, a una empresa con rostro humano, humanista, pacífica, participativa, a la cual todos están invitados y nadie queda excluido. ¡Nadie está demás en nuestros países para una empresa de tamaña envergadura!

 

Mirando el panorama actual podemos decir al menos que no partiremos de cero.  Comenzando por el propio SELA, que es ya un germen de institucionalidad latinoamericana, sujeta a un convenio con fuerza de tratado, suscrito por 28 estados soberanos, hay iniciativas como el Grupo de Río, en pleno proceso de ampliación; el Parlamento Latinoamericano, que ya tiene en su seno miembros elegidos directamente para integrarlo, como es el caso de Venezuela; la Corporación Andina de Fomento (CAF) y el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR), que se están expandiendo y son instrumentos financieros de alta eficiencia y gran prestigio, que trabajan para la integración; y la ALADI, el MERCOSUR, la CAN, el G-3, el CARICOM y la AEC, que expresan esfuerzos de integraciones parciales de gran importancia y cuentan cada uno con su propia institucionalidad.  No debemos olvidar a la CEPAL y al BID, que prestan grandes servicios a la región. El SELA trabajará intensamente por la cooperación entre todas las instituciones a fin de contribuir a potenciar sus capacidades y hacerlas eficaces para el objetivo de la integración.

 

Este esfuerzo debe realizarse en un tiempo nuevo, dominado por la admirada y también temida globalización, que ha dado lugar a la creación de espacios comunes en las diversas áreas del quehacer humano: la economía, el comercio, las finanzas, la cultura, las comunicaciones y la educación, por nombrar sólo pocas.  Estos espacios comunes tienen alcances diferentes y diversos grados de profundidad.  Pueden conformar ámbitos mundiales, regionales o nacionales.

 

Por ello se presenta, como rasgo característico de nuestros tiempos, una coexistencia entre la globalización y el regionalismo.  Ambas tendencias han venido fortaleciéndose y cada una condiciona las posibilidades de la otra.

 

En nuestro caso, la región de América Latina y el Caribe es vista no solo por los latinoamericanos y caribeños, sino también por los actores de otras partes del mundo, como uno de los protagonistas de esa relación entre globalización y regionalismo.  Nos corresponde ahora conferirle contenido a esa identidad de región que se nos atribuye y darle coherencia a nuestra inserción en la economía mundial y al desarrollo de nuestras relaciones regionales, subregionales y hemisféricas.

 

En el futuro inmediato son varios los escenarios en los cuales debemos cumplir de manera concreta con este imperativo.  En el campo comercial, la llamada Ronda del Milenio se inscribe absolutamente dentro del fenómeno alcanzado por el desarrollo científico y tecnológico en el mundo.  Aprovechar las oportunidades que se derivan de este hecho y lograr que la institucionalidad internacional nos permita hacerlo y reconozca el trato especial que exige la promoción del desarrollo, es una exigencia que debemos enfrentar en esas negociaciones, las cuales nos obligan a adoptar posiciones definidas en lapsos perentorios.  El SELA dedicará esfuerzos especiales para estudiar esta materia y para identificar aquellas materias en las cuales sus Estados Miembros tengan intereses comunes y puedan coordinar posiciones que refuercen su posición negociadora.

 

Los países de América Latina y el Caribe comparten el objetivo explícito de la Organización Mundial de Comercio de lograr unas relaciones económicas internacionales que se rijan por normas y no por relaciones de poder, pero agregando lo siguiente: tales normas deben reflejar un sentido de equidad y no un mero ordenamiento mecánico y legitimador de esas relaciones de poder, así sean injustas y generadores de más desigualdades entre las naciones.

 

La inminencia real, aunque rodeada todavía de incertidumbres varias, de avanzar en las negociaciones del ALCA, obliga a ponderar cuáles asuntos deben tratarse a nivel multilateral y cuáles a nivel hemisférico, manteniendo siempre en mente la necesidad de tener y recobrar espacios para adelantar políticas de desarrollo económico y social.  Contar con tales espacios es necesario, pero mas necesario aún es saber aprovecharlos.  Esto último solo depende de nosotros.  La capacidad que tengamos para coordinar políticas, para profundizar los vínculos entre los países de América Latina y el Caribe y sus esquemas de integración regional de manera tal que no sean absorbidos o anulados por los compromisos multilaterales o hemisféricos, constituirán la clave para hacer valer en las relaciones económicas internacionales la distintiva e irrenunciable identidad de América Latina y el Caribe.

 

Debemos definir nuestra unidad en relación a otras regiones y culturas, pero también debemos definir nuestra identidad desde nosotros mismos, desde las relaciones que podamos establecer entre nosotros como naciones, como pueblos y como seres humanos.  Sólo un sentido de solidaridad y justicia puede hacer que nuestra identidad no sea desvirtuada, se perpetúe, se desarrolle y sea defendida por nuestros pueblos como algo que le es propio.  Tal solidaridad no es hoy un asunto retórico.  Debe expresarse en políticas, leyes, actitudes y posiciones que no admiten postergaciones.

 

No quiero olvidar en ningún momento al destinatario de todos nuestros esfuerzos, al pueblo latinoamericano y caribeño, al ciudadano, o, como hoy también se dice, a la gente.  Es a cada uno y, en especial, a los más débiles y abandonados, a quienes estamos sirviendo.  Nuestras vidas colectivas e individuales solo tienen sentido dentro de esta perspectiva, capaz de darle igualmente sentido a la vida de muchos jóvenes y, en verdad, de personas de todas las edades, inquietos y altamente preparados.  Para llevarla adelante debemos convocar a todos y a cada uno de los actores sociales.  El SELA debe, en esta línea, interactuar con los trabajadores, los empresarios, los profesionales, los jóvenes, los ancianos, las mujeres, las etnias y todas las instituciones que trabajan con estos grupos.  Esta será la única forma de poder expresar lo que verdaderamente es América Latina y el Caribe.

 

Veo al SELA como un instrumento al servicio de una visión latinoamericana y caribeña de los Estados Miembros.  No es un fin en si mismo, sino un medio para cumplir tareas que sus propios miembros definen en sus líneas gruesas y que expresan una direccionalidad hacia lo que me atrevo a llamar bien común latinoamericano y caribeño.  Trataré -me comprometo a ello- de poner todas mis energías en el empeño de encarnar desde el SELA aquellos intereses que todos sienten como comunes, como propios.  Espero el decisivo y necesario apoyo de todos los Estados Miembros y, particularmente, de todos los embajadores acreditados en Caracas, amigos todos muy queridos.  Así el SELA será, con renovado vigor, un vocero válido de los verdaderos y grandes intereses de nuestra región.

 

Termino con esta última afirmación: el gran desafío que tiene América Latina y el Caribe para la etapa que viene no consiste en creer y actuar como si estuvieran ante el fin de la historia, sino en creer y actuar como en lo que de hecho están: al comienzo de una gran historia que, desde el comienzo de una nueva década y nuevo siglo, vamos a escribir unidos para construir la paz y el bienestar de todos nuestros conciudadanos, en diálogo y cooperación con todos los otros grandes bloques constituidos en el planeta de la aldea global.

 

Muchas gracias

 

 


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