América Latina en la crisis financiera
internacional
Edición Nº 56.
Mayo-Agosto 1999.
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Los países pequeños y la nueva
arquitectura financiera internacional
Este trabajo fue preparado por su autor para el
Sistema Regional de Negociaciones del Caribe, Kingston, Jamaica. |
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Gerry Helleiner
Profesor emérito de la Universidad de Toronto |
Introducción
La inestabilidad
financiera, las fallas en el sistema bancario, las crisis cambiarias y las turbulencias
macroeconómicas que, en términos reales, todas ellas generan, están siendo percibidas,
cada vez más, como una amenaza grave (en muchos casos, nueva) para las perspectivas de
desarrollo de los países pobres. En años recientes, las instituciones de desarrollo
internacional han vuelto a asignar la mayor prioridad a las reformas de políticas
macroeconómicas y del sector financiero en lugar de asistencia a la evaluación de
proyectos y a la "estrategia de desarrollo" (que, de todos modos, sigue siendo
controvertida).
Aparentemente ya no existen
muchas dudas de que la fortaleza, la estabilidad y la efectividad de los sistemas de
ahorro e inversión; la validez general de las políticas cambiarias; un grado razonable
de estabilidad macroeconómica; y la confianza de la opinión en el gobierno y en el
sistema legal son probablemente más importantes para el desarrollo de los países más
pobres que cualquier volumen de asistencia externa o de ajuste (a menudo discutible) de
las políticas comerciales u otras políticas económicas, o sociales internas.
Además, hoy en día, los
problemas potenciales generados por el contagio de los desastres financieros son vistos
como amenazadores para regiones enteras, e incluso mucho más allá. En agosto de 1998,
toda América Latina fue repentinamente excluida de los mercados globales de capital
debido a los acontecimientos de Rusia. El futuro de Sudáfrica es altamente vulnerable
ante los acontecimientos actuales de Brasil.
Aún cuando gran parte del
debate en torno a estos temas se ha centrado en los problemas de las economías
"emergentes" o "en transición", y generalmente en sus implicaciones
sistémicas, los problemas análogos que enfrentan los países en desarrollo más
pequeños han sido relativamente olvidados. En las futuras discusiones del ALCA y de los
acuerdos de post-Lomé IV ya no podrán ser evitados.
Estos "nuevos" temas
financieros ya han adquirido tal importancia regional, e incluso potencialmente global,
que ninguna negociación sobre la cooperación comercial o para el desarrollo puede ser
creíble sin abordar a cabalidad la prevención y el manejo de crisis financieras en el
marco de un "paquete" de cooperación comercial y financiera totalmente
integrado.
Ya no es plausible que algunas
agencias intergubernamentales aborden únicamente los asuntos comerciales (incluso, a
veces, el comercio de servicios financieros) en un foro, mientras otras totalmente
diferentes (por lo general mucho más poderosas) tratan de resolver los asuntos
financieros en forma separada en otro foro. Asimismo, tampoco se puede seguir abordando
estos temas de la "cooperación financiera" como se hacía anteriormente, es
decir como asuntos de competencia de las agencias de asistencia oficial al desarrollo.
A medida que los flujos de
capital aumentan y que las crisis se producen con mayor frecuencia e importancia, los
Ministerios de Finanzas y los Bancos Centrales deben involucrarse directamente en las
negociaciones del ALCA y de post-Lomé. En algunas capitales ya se ha logrado cierto grado
de cooperación y de intercambio de información sobre estos temas; en muchas de ellas es
aún muy limitado. Algunos Ministerios de Finanzas y/o Bancos Centrales han argumentado,
por varias razones, que sus actividades deben seguir siendo independientes.
I. El
nuevo papel de los mercados financieros globales, las crisis y el contagio en los países
en desarrollo
La crisis del este
asiático ha llamado dramáticamente la atención sobre las implicaciones de los flujos de
capital internacional privado en el mundo entero, que han aumentado significativamente
incluso en muchos países en desarrollo, y en particular sobre su capacidad de generar
dificultades importantes no sólo para los países en desarrollo sino para la gestión
macroeconómica global. Hay ahora un amplio entendimiento de que las crisis financieras
pueden infligir un severo daño económico y social a los países, incluso cuando los
gobiernos de esos países golpeados por la crisis han manejado sus presupuestos
prudentemente y no han dado muchas señales previas de que tenían condiciones
macroeconómicas deficientes o un mal manejo económico. Los "efectos del
contagio" en otros países son ahora reconocidos como potencialmente severos.
Es algo bien conocido que los
mercados financieros, en realidad todos los mercados de valores, son cualitativamente
diferentes en su funcionamiento y comportamiento de los mercados de bienes y servicios que
reflejan los "manuales" bien conocidos por los gobernantes. Debido a la
importancia de la información en los mercados de valores, y al hecho de que esa
información no es perfectamente disponible ni simétrica, los participantes en los
mercados financieros responden a veces a "señales" con un comportamiento de
"rebaño" aparentemente perverso. La información disponible siempre está
sujeta a interpretación por parte de los participantes en esos mercados, y las
interpretaciones pueden y deben ser cambiadas rápidamente.
De esto se desprende que los
mercados de valores pueden estabilizarse en múltiples puntos de equilibrio a raíz de las
distintas interpretaciones que le dan los participantes a la información disponible sobre
el futuro. Estos mercados son, por consiguiente, altamente vulnerables a las fluctuaciones
espontáneas y, como en el caso reciente del este asiático, a pérdidas de confianza
"autocumplidas". Las "burbujas" en los precios de los valores, así
como las crisis, son inherentes a los mercados financieros. Ni siquiera aumentando la
información, la transparencia o la supervisión se pueden prevenir las
"corridas", los pánicos y las crisis en los mercados de acciones y de bonos, de
valores inmobiliarios o de divisas. Los bancos centrales nacionales y las agencias
supervisoras financieras han sido expresamente creadas para proteger el interés social en
estas circunstancias y para tratar de prevenir o eliminar sus posibles consecuencias
negativas en la economía real y en la sociedad.
Por supuesto, la economía
global está "subgobernada" en esas (y muchas otras) dimensiones. Tan sólo
tiene los rudimentos básicos de un banco central o de las autoridades de regulación
financiera requeridas a través del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco
Internacional de Pagos (BIP), de la Organización Internacional de Supervisores (IOSCO) y
de varios acuerdos menos formales. Hoy en día está claro que hay importantes
ramificaciones que cruzan las fronteras nacionales. El contagio entre los países y los
mercados es inevitable. Ningún país puede ser totalmente inmune. Lo mejor que los
gobernantes pueden tratar de lograr es alguna disminución en la frecuencia de las crisis
y una mayor preparación para rectificar sus consecuencias, incluyendo sus potenciales
efectos contagiosos.
El contagio económico y
financiero internacional asume varias formas. Los vínculos directos entre las
instituciones financieras son la fuente más obvia de contagio financiero. Hay una larga y
lamentable historia de consecuencias secuenciales del "tipo dominó" incluso
para instituciones financieras aparentemente sólidas y significativas, contagiadas por lo
que inicialmente parecían ser turbulencias bastante menores en instituciones financieras
más pequeñas. Cuando los préstamos y las inversiones empiezan a deteriorarse, las
instituciones financieras tienen obligaciones fiduciarias y a menudo legales para
recuperar sus préstamos, aumentar su liquidez y sus reservas, elevar las primas de riesgo
de sus créditos, y restringir más el otorgamiento de sus créditos e inversiones.
Frecuentemente, las instituciones financieras han enfrentado caídas en las ganancias y
presiones de liquidez en un país que las han forzado a vender valores perfectamente
sólidos en otro país, en situaciones semejantes a las de un embargo.
En el nuevo mundo de la
informática con mercados financieros instantáneamente interconectados las
veinticuatro horas del día y a menudo con inversiones internacionales muy
interrelacionadas y en ausencia de una supervisión internacional adecuada o de
mecanismos de prestamistas de última instancia, un contagio financiero internacional tan
directo puede diseminarse de una forma extraordinariamente rápida. De hecho, la
sofisticación de los actuales mercados de derivados, así como el grado (aún mal
entendido) de vínculos entre las instituciones financieras internacionales y los
mercados, parece haber alcanzado un nivel que supera ampliamente las capacidades de
entendimiento incluso de las autoridades de supervisión financiera más poderosas; su
renuencia a asumir riesgos ante tales limitaciones informativas y analíticas condujo al
fracaso del "rescate organizado", por parte de la Reserva Federal, del LTCM, un
fondo de inversión de tamaño modesto pero evidentemente muy vinculado a otras
inversiones y con mucha influencia, con base en Nueva York. Muchos temen que los actuales
mercados financieros internacionales, tan técnicamente avanzados y tan poco supervisados,
puedan ya ser intrínsecamente frágiles y altamente volátiles.
Quizás una forma más familiar
de contagio (internacional) es la de los efectos psicológicos -es decir el comportamiento
"de rebaño" ya mencionado- típico de los mercados de valores con información
limitada, donde las propias acciones del mercado constituyen señales informativas
importantes sobre las cuales los que están menos informados basan su actividad, forzando
por consiguiente incluso a los bien informados a tomar en consideración esas reacciones
en sus propias decisiones. Como se señaló anteriormente, las burbujas y los
"estallidos" son típicos de los mercados de valores. Un contagio de tal
naturaleza puede, a veces, basarse en la percepción de similitudes en las políticas, en
las estructuras económicas, o en los vínculos reales entre los países, y por ende puede
centrarse en regiones geográficas particulares, por ejemplo el este asiático, o América
Latina, o ciertos tipos de economías, o determinados bienes como por ejemplo los
inmobiliarios o los mercados de valores.
También hay, por supuesto,
razones para esperar los efectos del tradicional contagio "real" transmitido por
el comercio directo u otros vínculos internacionales a través de pagos o de la
producción, y/o la perspectiva de una mayor competencia internacional en terceros
mercados, devaluaciones competitivas y efectos similares. Es obvio que estas distintas
formas de contagio pueden alimentarse mutuamente.
También es importante notar
que pueden haber efectos severos de contagio indirectos para algunos países
pequeños que parecen estar totalmente desvinculados de los mercados financieros
extranjeros o incluso sólo débilmente vinculados a la economía mundial, y que parecen
manejar prudentemente sus propias economías y promover su desarrollo eficientemente. Las
crisis financieras, en cualquier momento en que ocurran, desgraciadamente pero
inevitablemente estimulan efectos negativos reales con algunas consecuencias para el
"equilibrio general" -consecuencias para las inversiones reales, los flujos de
comercio, los precios de los productos básicos, etc.- incluso cuando los propios mercados
financieros no parecen ser muy afectados. Muchos países africanos y caribeños sufrieron
más por los efectos de la crisis asiática a nivel de los precios de sus exportaciones de
productos básicos, que por los efectos directos transmitidos por los mercados
financieros.
Sin embargo, suelen olvidarse,
en el actual debate sobre las causas y las implicaciones de las crisis financieras del
este asiático, las ramificaciones del nuevo escenario financiero internacional para un
gran número de pequeños países en desarrollo en otras partes del mundo, que ya son, por
lo general, muy vulnerables a los impactos exógenos. No es muy conocido el hecho de que
estos países ya han registrado aumentos en los flujos de capital, tanto hacia
adentro como hacia fuera, de dimensiones (en relación con el tamaño de sus economías) exactamente
tan grandes como los registrados recientemente en el este asiático.
Debido a su tamaño pequeño y
sus implicaciones más limitadas para la economía global, estos acontecimientos en esos
países reciben menos cobertura de prensa. Sin embargo, los problemas que les genera la
volatilidad de los flujos de capital privado internacional son al menos igualmente graves,
y probablemente aún más cuando se trata de países pequeños potencialmente más
volátiles, menos flexibles y "menos relevantes" que aquellos con mercados
financieros más "profundos" y capaces de generar consecuencias sistémicas.
El carácter cambiante de las
finanzas internacionales, las nuevas experiencias en cuanto al comportamiento de
"rebaño" de los flujos financieros internacionales y el contagio internacional,
y la nueva sensibilidad ante la potencial severidad de sus consecuencias negativas, todo
ello hace imperativo abrir una discusión centrada en los mecanismos que pudieran ser
desplegados para prevenir un daño innecesario del auge de los flujos de capital privado
internacional en los países más pequeños, más vulnerables y más frágiles.
II. Los problemas en el
manejo de crisis
Al menos cuatro
problemas principales han aparecido en forma prominente en el manejo de la crisis del este
asiático, pueden volver a surgir en futuras crisis, y deberían figurar entre aquellos
para los cuales es necesaria una planificación explícita en los futuros acuerdos de ALCA
o de post-Lomé IV.
1. La distribución de la
carga del ajuste entre los habitantes de los países afectados por la crisis y los
acreedores externos
La típica respuesta a la
crisis se ha concretado mediante la aplicación inmediata de medidas de austeridad para
los prestatarios y, en general, para los residentes de los países golpeados por la
crisis. Esto implica ajustar la actividad económica mediante una recesión del PNB real,
del empleo y de la inversión. En el caso drástico de los cinco países más afectados
del este asiático, se logró un vuelco en la cuenta corriente de la balanza de pagos de
aproximadamente 11% del PNB entre 1996 y 1997, implicando un enorme ajuste real hacia
abajo.
Si, tal como muchos
observadores estiman hoy, la crisis fue producto tanto de dificultades de liquidez de
corto plazo y del pánico, como de un mal manejo económico o debilidades estructurales,
el otorgamiento oportuno de más crédito externo hubiera fácilmente podido obviar la
necesidad de medidas de ajuste tan draconianas. En lugar de permitir que los acreedores
externos se "esfumaran", sin renovar sus créditos a corto plazo, el
"sistema" financiero debería haberlos estimulado, o incluso obligado, a no
cancelar las operaciones en marcha.
Al igual que un banco debe
cerrar sus puertas temporalmente durante una crisis de liquidez, para prevenir más
corridas, no se les debería permitir a los acreedores externos irse precipitadamente,
creando de esa forma un colapso económico innecesario. En lugar de rescatarlos
sacándolos fuera del país, las instituciones financieras internacionales deberían haber
rescatado a esos acreedores privados "adentro", pidiéndoles, como una
condición para obtener asistencia, que congelaran su inversión y que reestructuraran sus
créditos de corto plazo sobre plazos más largos. (En determinadas circunstancias, los
"rescatadores" oficiales pudieran razonablemente pedir la expansión de
los créditos privados y una repartición más equitativa de la carga como
condición para la asistencia oficial.) La respuesta oficial a estas crisis debería
implicar un "estímulo" temprano de la relación crediticia, es decir de los
acreedores al igual que de los deudores, en lugar de imponer únicamente medidas duras
sobre estos últimos. Si se trata realmente de una crisis de liquidez, los acreedores no
sufrirán ningún daño duradero a raíz de estas presiones oficiales, que simplemente
tratan de superar un problema colectivo.
Si en realidad son dificultades
de solvencia, las cuales plantearán problemas en los pagos futuros de los deudores,
cuanto antes los acreedores "aprovechen la oportunidad" e inicien una
reestructuración de la deuda, mejor. En esas circunstancias, se necesitará nuevamente la
intervención oficial para evitar que los acreedores se precipiten para obtener una
"buena parte" inmediatamente. Se requerirá la coordinación oficial y medidas
compulsivas para una reestructuración adecuada en casos de insolvencia al igual que en
casos de crisis de liquidez.
Un enfoque equilibrado de esta
naturaleza en cuanto a la distribución de la carga real del ajuste, implica que el FMI y
otras instituciones oficiales que participen en la respuesta a la crisis financiera
estarían alentando una moratoria en los pagos externos en una etapa bastante temprana y
estarían otorgando préstamos contra deudas vencidas. Por supuesto, existe el precedente
de la crisis de la deuda de los años 80, cuando el FMI otorgaba préstamos contra deudas
comerciales. El artículo VIII del FMI autoriza específicamente la restricción del
servicio normal de la deuda cuando se busca la estabilización. Medidas oficiales
significativas y oportunas para garantizar la equidad y el equilibrio en la carga del
ajuste a la crisis pueden reducir tanto los costos reales que actualmente soportan los
países golpeados por la crisis, como los costos reales de las crisis financieras para la
región concernida, para otros países y para el sistema global. No hay motivo para que
los acuerdos del ALCA y de post-Lomé IV no traten explícitamente de definir mecanismos
formales de esta naturaleza (ver más adelante).
2. La política
macroeconómica interna adecuada y, en particular, la distribución de la carga del ajuste
doméstico en el país golpeado por la crisis
Cualquiera que sea el grado de
contracción real que aún se requiera después de lograr un mejor equilibrio entre los
acreedores externos y el país deudor, quedan pendientes importantes decisiones de
política interna en el país deudor. Un objetivo clave debería siempre ser la
protección de los más vulnerables frente a la contracción macroeconómica interna, los
más pobres y aquellos más afectados por los recortes. Es probable que el logro de este
objetivo implique bien sea una reformulación del presupuesto gubernamental, o un aumento
en los ingresos impositivos para financiar los gastos necesarios, o cierto grado de
laxitud fiscal.
Desde un punto de vista más
general, se plantea el asunto de la combinación adecuada de la política fiscal y
monetaria, dependiendo del grado requerido de contracción en la política
macroeconómica. Los actuales enfoques "ortodoxos" y del FMI enfatizan el papel
de la contracción monetaria y severos aumentos de las tasas de interés para restaurar la
confianza en la moneda. Sin embargo, los fuertes aumentos de las tasas de interés
fracasaron en restaurar la confianza durante la reciente experiencia del este asiático.
Parecieron más bien ser considerados por los inversionistas como una señal de problemas
subyacentes de extrema gravedad. La confianza seguramente no fue estimulada por las
declaraciones del FMI y de otras instituciones señalando que los problemas de los países
afectados eran profundos y estructurales más que de corto plazo (es decir de liquidez).
Las alzas en las tasas de interés, por supuesto, generan enormes efectos colaterales
tales como quiebras en cadena y la disminución del valor de los activos, cualesquiera que
sean las señales que envían a los operadores de los mercados de divisas. De la misma
manera, los valores de las monedas se derrumban. Pueden haber opiniones diferentes en
cuanto a los detalles de la política monetaria y fiscal adecuada para responder a la
crisis, pero caben pocas dudas de que las medidas tomadas en las recientes crisis del este
asiático fracasaron en su intención original.
Otras políticas, aunadas a la
condicionalidad del FMI, también fueron y siguen siendo problemáticas:
El vínculo inadecuado entre
ciertas áreas . Las fuentes de apoyo externo no deberían intervenir en áreas de
políticas no relacionadas con la crisis financiera, tal como lo han hecho en Corea y en
Indonesia. Políticas de desarrollo de largo plazo relacionadas con el papel del Estado,
cuestiones de gobernabilidad, políticas de competencia, apertura a la inversión
extranjera directa, y la liberalización comercial no deberían ser condiciones atadas al
financiamiento externo destinado a atender las situaciones de crisis financieras,
particularmente cuando parecen provenir de problemas temporales de liquidez.
. Reformas estructurales profundas no deberían, en ningún
caso, ser introducidas en el momento crítico de la crisis financiera. Cierres
generalizados de bancos, con tan sólo pocos recursos para la protección de los
depositantes, constituyen, en esos momentos, un grave golpe adicional a la confianza. La
mayoría de las reformas fundamentales toman un tiempo considerable y deberían ser
introducidas con la debida precaución. Ciertamente, el peor momento para la introducción
de reformas estructurales en el sector financiero es el de una crisis financiera.
. En vista de que ahora son muchos los que asignan a la
liberalización financiera prematura, cierta responsabilidad de la crisis, y en
particular, a la liberalización de la cuenta externa de capital, fue ciertamente
inoportuno el haber condicionado el financiamiento a una mayor liberalización de dicha
cuenta. ¡Y cuando menos, extremadamente controvertido! Muchos lo definirían de
temerario.
Existe un sólido argumento
para estimular la liquidez, así como mecanismos de manejo de crisis basados sobre
instituciones más acordes con las realidades de los países específicos que necesitan
asistencia. Se pudiera pensar, por ejemplo, en mecanismos basados en el conocimiento de la
región, en similitudes en las circunstancias económicas (por ejemplo el tamaño o la
estructura de la economía), vínculos lingüísticos, u otros fundamentos legítimos para
una revisión bien informada y objetiva. El grado de concentración del poder y de la
influencia, distantes en todos los sentidos de los países afectados, pero determinantes
para el manejo de una crisis financiera, se ha vuelto claramente contraproducente y, en
muchos casos, políticamente insostenible.
3. El tamaño y la
naturaleza del apoyo financiero externo
Lo que resulta claro de las experiencias de México, del
este asiático, de Rusia y de Brasil, es que la cantidad de los insumos financieros
requeridos para solucionar las crisis financieras en algunos países en desarrollo puede
ser muy importante. Está lejos de ser evidente que el FMI tendrá siquiera una parte de
los recursos para proveer los montos que serán necesarios en el futuro. En todas esas
experiencias recientes, el FMI tuvo que recurrir a varias fuentes complementarias de
financiamiento oficial.
No menos importante, sin
embargo, es la manera en que dicho financiamiento es otorgado. Para atender una crisis de
liquidez hay que inyectar liquidez, es decir financiamiento disponible en un muy corto
plazo, en montos importantes, y casi sin condiciones. Un financiamiento que es
suministrado sólo sobre la base de condiciones negociadas y que es otorgado sólo cuando
se cumplen estas últimas, mediante desembolsos sucesivos, puede ser muy útil para
resolver la crisis. En algunas circunstancias, puede ser suficiente. Pero no es
liquidez. Las futuras crisis de liquidez deberían ser atendidas con respuestas de
liquidez, y todos los países deberían ser tratados de igual manera al respecto.
Llama la atención que los
montos rápidamente suministrados a México durante su crisis fueron ampliamente
superiores a los montos puestos muy lentamente a la disposición de los países del este
asiático y de Rusia en respuesta a sus crisis. Tan sólo una porción del paquete
financiero reunido para el este asiático ha sido desembolsado hasta la fecha. No ha
habido revisiones especiales de los límites previamente acordados para las cuotas de la
asistencia a los países pequeños.
4. Trato nacional para las
firmas financieras extranjeras
En tiempos de crisis
financieras es probable que haya un flujo de capital hacia las grandes instituciones
financieras extranjeras dentro de los países afectados por la crisis, independientemente
de otros destinos del flujo. En estas circunstancias, el "trato nacional"
requerido según los términos del acuerdo de servicios financieros de la OMC puede
resultar inconveniente. Podría ser sensato y debería ser legítimo que las autoridades
nacionales dediquen atención particular a los problemas de las instituciones financieras
domésticas que generalmente son más pequeñas y menos internacionalizadas que las
instituciones de propiedad extranjera. Aunque hay cierto reconocimiento de este problema
potencial en el acuerdo sobre servicios financieros de la OMC, es algo ambiguo en su
formulación y deberá ser puesto a prueba a la luz de casos particulares. Es importante
preparar estos casos con anticipación. Será importante buscar una clarificación
apropiada (es decir, prudente) de este punto en cualquier nuevo acuerdo Norte-Sur que
deliberadamente trate de ir "más allá de la OMC". Advertencias similares se
aplican, obviamente, a otros intentos de ir "más allá" de las normas vigentes
en la OMC u de otras normas, por ejemplo en materia de inversión extranjera (ver más
adelante).
III. La prevención de las
crisis y el control del daño: puntos a tratar en las negociaciones del ALCA y de
post-Lomé IV
En las economías
desarrolladas de mercado se han tomado medidas para reducir la frecuencia y el alcance de
las crisis financieras, y para limitar el daño que pueden causar. Se han creado
instituciones apropiadas bancos centrales, supervisores bancarios y financieros,
garantías de depósitos, etc. y se han instrumentado normas, sistemas de
incentivos y recursos para apoyarlas. Sin embargo, la economía internacional
crecientemente globalizada no tiene rasgos muy comparables. Ni tampoco lo tienen las
agrupaciones regionales o subregionales. Seguramente, se puede hacer más mientras el
mundo sigue buscando su camino hacia un sistema eficiente de gobernabilidad económica
global. Permítanme destacar algunos de los puntos que se evidencian en este sentido, y
que pudieran recibir atención en las próximas negociaciones (que no van a ser de alcance
global).
1. Desincentivos a los
flujos de capital a corto plazo y acuerdos apropiados sobre los regímenes de la cuenta de
capital
A consecuencia de la crisis
del este asiático ha habido un creciente interés por el problema de la volatilidad de
los flujos de capital a corto plazo. Gran parte de la discusión radica ahora en cómo
reducir los repentinos aumentos de los flujos de capital más que, como se planteaba
antes, si es oportuno hacerlo o no. El reciente debate sobre los regímenes que conviene
adoptar para la cuenta de capital en países cuyos niveles de desarrollo financiero son
distintos es un debate adecuado.
Es importante que los países
en desarrollo formulen rápidamente una respuesta coherente a la presión de la OCDE por
una liberalización universal y lineal de la cuenta de capital una presión que
también se encuentra en el FMI, a medida que discute sus nuevos propósitos y su
jurisdicción en materia de cuenta de capital; en la OMC, a medida que completa sus
negociaciones sobre servicios financieros y discute el inicio de negociaciones sobre
inversión extranjera directa; y en la OCDE, a medida que sigue trabajando sobre un
acuerdo multilateral de inversiones. Los países en desarrollo aún deben armar sus
propios enfoques consistentes y coherentes en lo que se refiere a los temas de la cuenta
de capital, y necesitan hacerlo con carácter de urgencia. Por lo pronto, su énfasis, en
el FMI y en otros foros, en la prudencia y el orden en la liberalización es totalmente
correcto, pero debería haber una posición más proactiva (en contraposición a una
meramente defensiva) dedicada expresamente a esos temas (y a las peleas entre el FMI, el
BIP, la OMC y el "AMI" que los rodean). ¿Porqué los países en desarrollo no
deberían presentar sus propias propuestas?
Uno de los malentendidos más
comunes en torno al problema de los flujos financieros, de las crisis y del uso de
controles al capital es que todos ellos guardan relación con las salidas de capital. En
realidad, las mayores dificultades que se le presentan a los gerentes macroeconómicos de
los países en desarrollo para promover la estabilidad se derivan de la volatilidad de los
flujos de capital en ambas direcciones (tanto hacia adentro como hacia fuera).
Aquellos países en desarrollo
que han sido más exitosos en resolver los problemas de la gestión macroeconómica
creados por los flujos de capital volátiles son los que han manejado con mayor
precaución las entradas de capital privado, por lo general con una sabia mezcla de
apreciación real de la moneda, de prudencia fiscal, y el recurso a controles directos o
indirectos de los capitales, particularmente impuestos o controles sobre las importaciones
de capital. Lo fundamental en este éxito ha sido, por consiguiente, mantener la
autonomía nacional en el manejo de la cuenta de capital, incluyendo las transacciones que
pueden ser formalmente consideradas como "inversión extranjera directa". Por
supuesto, aquí se encuentra un área de potencial conflicto político entre los intereses
financieros de los países del Norte y los intereses de los responsables de la política
macroeconómica en el Sur. Será de la mayor importancia no dejar las negociaciones
en materia de comercio de servicios financieros o de inversión extranjera directa
exclusivamente en las manos de las agencias de comercio o de inversión, la mayoría de
las cuales tiene un limitado conocimiento de los potenciales implicaciones, desde el punto
de vista de la gestión macroeconómica, de los potenciales acuerdos sobre comercio e
inversión.
Los negociadores de los países en desarrollo deberían ser
particularmente cuidadosos con los acuerdos que parecen dirigirse en primera instancia a
la inversión extranjera directa, pero que luego definen la "inversión" en
forma tan amplia que engloba las operaciones en portafolio y otras formas de capital de
propiedad extranjera, tal como en el fracasado Acuerdo Multilateral sobre Inversiones de
la OCDE. La inversión extranjera directa también puede ser muy volátil (tal como lo
aprendieron rápidamente los asiáticos, a expensas de ellos, en su reciente crisis). Se
puede transformar rápidamente en capital líquido, por ejemplo mediante préstamos de las
instituciones domésticas con la garantía del capital físico de propiedad extranjera, a
objeto de lograr una salida de capital rápida cuando se presenta una crisis. Por
consiguiente, la inversión extranjera directa debería estar sometida a las mismas normas
generales que las demás formas de inversiones (en portafolio) en lo que se refiere a los
derechos de repatriación.
Nuevamente, no son
simplemente los componentes de libre comercio de los acuerdos de cooperación económica
Norte-Sur, de gran alcance como los que se están proponiendo, los que van a tener
influencia sobre el desarrollo de largo plazo de los países más pobres, aunque sean los
acuerdos los que sigan llamando más la atención de la opinión. Los movimientos
repentinos de capital -en ambas direcciones- no están necesariamente vinculados a la
liberalización comercial; pero sus consecuencias para el desarrollo pueden ser enormes,
incluso catastróficas. De allí se desprende que las disposiciones claves de esos
acuerdos serán aquellas relacionadas con los derechos y obligaciones de los ahorristas
privados e inversionistas; con la solidez de las instituciones que los respaldan; y con la
estabilidad de las condiciones macroeconómicas, en particular las tasas de cambio real
acertadas y estables. Estas disposiciones deberán incorporar la plena autonomía de los
gobernantes locales en el manejo de las cuentas de capital y de sus sistemas financieros
nacionales, en el interés de su propia estabilidad macroeconómica y de su desarrollo.
Cualquier acuerdo del ALCA o de
post-Lomé IV que aspire a ser útil para los países en desarrollo que enfrentan el nuevo
contexto de la turbulencia en el mercado financiero internacional debería incluir, por
consiguiente, disposiciones flexibles para permitir la instrumentación de medidas en
cuanto a la cuenta de capital que frenen las entradas de corto plazo y las salidas de
capital privado. Deberían reflejar mucha prudencia en relación con la liberalización
prematura y total de los flujos financieros internacionales de los países miembros.
Deberían prever, en caso de circunstancias cuidadosamente definidas, medidas a favor de
la banca nacional y de otras instituciones financieras en relación con las de capital
extranjero para solventar las crisis financieras.
Además, hay motivos para que
los acuerdos de esta naturaleza contengan disposiciones específicas para requerir más
intercambio de información recíproco y cooperación técnica entre los bancos centrales
y las agencias reguladoras o de supervisión del sector financiero. El grado de
cooperación bilateral directa entre los países del Grupo de los 10 o los bancos
centrales del BIP es mucho más grande que el que existe entre los bancos centrales del
Norte y sus homólogos en el Sur. ¿Por qué las autoridades financieras del Norte, que
han sido a la vez tan exigentes y tan cooperativas con sus contrapartes del Sur en materia
de lavado de dinero no pueden ser igualmente cooperativas e incluso activas en el
seguimiento y control de los flujos de capital de corto plazo?
2. Las respuestas al
financiamiento de las crisis externas
Es obvio que los recursos del
FMI son bastante inadecuados para proveer la liquidez suficiente que permita enfrentar las
futuras crisis financieras del tipo de las del este asiático. El Director Gerente del FMI
ha hecho un llamado para aumentar significativamente las cuotas del FMI, pero con poco
éxito, y las restricciones impuestas por el Congreso de los Estados Unidos para renovar
su "apoyo" al FMI amenazan la propia integridad de esta institución
aparentemente "multilateral". En consecuencia, los miembros individuales del FMI
no pueden actualmente presumir la existencia de apoyos financieros disponibles en montos
ni siquiera remotamente cercanos a los requeridos para enfrentar sus problemas durante
períodos de crisis de liquidez (o de otra naturaleza).
Stricto sensu, de
conformidad con el Artículo VI de los Estatutos del FMI, se le prohibe al Fondo proveer
recursos "para enfrentar una salida importante o sostenida de capital". Sin
embargo, en años recientes, los consultores jurídicos del Fondo han podido interpretar
esta disposición con flexibilidad, de tal manera que se le ha permitido al Fondo otorgar
apoyo en circunstancias como ésa, y efectivamente se han aportado recursos a algunos
miembros en montos considerablemente mayores a los que se pueden autorizar bajo las normas
vigentes en materia de acceso a los recursos del FMI.
Hasta la fecha, estos
arreglos excepcionales han sido aprobados en circunstancias donde, como en México, Corea
o Rusia, se consideraba que las dificultades a solventar representaban una amenaza
sistémica. Sin embargo, los Acuerdos Generales de Préstamo del FMI y los Nuevos Arreglos
de Préstamo son permitidos sólo en apoyo de actividades que amenazan la estabilidad del
sistema en su conjunto; y su puesta en marcha requiere únicamente el acuerdo de los
países prestamistas en lugar de la mayoría de todos los miembros del FMI, como sería
lógico y simple pensar en una institución realmente multilateral. Aún no existe un
mecanismo acordado para el otorgamiento de un apoyo equivalente (equivalente en términos
relativos) para los países más pequeños cuyas dificultades difícilmente constituyen
una amenaza al sistema monetario y financiero internacional. Por consiguiente, hay un
argumento muy poderoso a favor de la urgente conclusión de acuerdos que permitan otorgar
apoyos de este tipo cuando sean requeridos.
Hay pocas probabilidades de que
los países en desarrollo más pequeños y más pobres puedan acumular reservas
suficientes o acceder a suficientes líneas de crédito para protegerse de manera adecuada
ante las futuras crisis financieras, tales como las que han experimentado otras economías
de mercado emergentes (e incluso crisis de tipo más tradicional). Las normas y los
procedimientos vigentes del FMI no prevén mecanismos para la aprobación de créditos de
emergencia suficientemente grandes para permitir que esos países puedan superar crisis de
liquidez (u otras crisis) comparables. El FMI podría, por suspuesto, actuar en esos
países no tanto como una fuente financiera directa sino como un "líder" y una
"señal" para esas otras fuentes de financiamiento, en particular los bancos
centrales, los bancos privados, y es razonable pensar, incluso el BIP.
Nuevas formas de cooperación
regional, tales como las que fueron esbozadas en respuesta a la crisis asiática pero
desalentadas con miopía por los Estados Unidos y el FMI, representan un nuevo y obvio
camino alternativo. Los acuerdos del ALCA y de post-Lomé IV pudieran proveer mecanismos
para el apoyo de todos los miembros, incluyendo aquellos en los cuales es
improbable que las crisis constituyan amenazas al sistema global o incluso regional, en
circunstancias en las cuales un contagio provocado por causas internas o exógenas
provoque una crisis financiera.
Tales acuerdos pudieran asumir
la forma de "fondos de estabilización" especiales o de acuerdos para la
cooperación directa entre bancos centrales mediante acuerdos swap o mecanismos similares,
a ser activados en casos claramente acordados con anticipación. Este tipo de apoyos
debería y podría ofrecer una ayuda contingente muy superior a la que se prevé bajo los
términos actuales de los acuerdos de financiamiento del FMI. La inclusión de acuerdos
similares en el ALCA y en post-Lomé IV ayudaría a que los compromisos asumidos por los
gobiernos de mantener la liberalización financiera externa, bien sea en la cuenta
corriente o en la cuenta de capital, sean realmente creíbles. Nuevamente, si los bancos
centrales pueden trabajar tan estrechamente en la cooperación contra el lavado de dinero,
resulta difícil entender porqué no pueden actuar en forma similar en otras áreas. Estas
posibilidades y los argumentos correspondientes son expuestos con más detalle en las
secciones siguientes.
3. Regionalismo,
supervisión, transparencia y financiamiento
Tanto entre los países en
desarrollo como a nivel internacional, sigue avanzando la búsqueda por normas nuevas y
más severas, e instituciones más sólidas que funcionen en forma más efectiva en el
suministro de información, supervisión, y cuando sea el caso, regulación. Se deberían
estimular estos esfuerzos a nivel regional, dentro de la Mancomunidad Británica y de la
Francofonía, y en cualquier sitio donde el idioma común, las instituciones o la
experiencia hacen que puedan ser productivos. Hay muchas razones para que la cooperación
y la asistencia técnica en este campo sean una parte integrante de cualquier acuerdo de
post-Lomé IV o de ALCA. Pero si bien estas acciones deben ser estimuladas, tomará cierto
tiempo para que se traduzcan en mejores prácticas. Por consiguiente, las normas no deben
ser establecidas de manera tan inflexible que puedan interrumpir el desarrollo financiero.
En todo caso, hay límites a su capacidad de prevenir nuevas crisis financieras.
Por lo tanto, es necesario
analizar más la relación entre regulación y financiamiento para los países pequeños
en el contexto de un futuro acuerdo "integrado" del ALCA o de post-Lomé IV. En
los debates más amplios sobre el futuro de la arquitectura financiera internacional, un
elemento central es el peso relativo a asignar a: (i) una mejor información, supervisión
y regulación, en comparación con (ii) un volumen significativamente mayor de
financiamiento cuando sea requerido. La extraordinaria magnitud de los montos que
necesitarían hoy en día muchas monedas para incidir en forma efectiva sobre los mercados
globales en tiempos de crisis, y la continua negativa política de prever un verdadero
prestamista de última instancia, ha dejado a los defensores de la reforma con pocas
opciones excepto la de simplemente presionar a favor de una mayor supervisión por parte
de las autoridades nacionales, facilitada por las normas establecidas por el BIP, la IOSCO
o alguna nueva Autoridad Financiera Mundial; todo ello, por supuesto, con más debates
sobre la eficacia de algunas formas de control y/o de impuestos a los flujos de capital.
Pero en el caso de los países más pequeños y más pobres, el peso relativo a ser
atribuido a esos dos instrumentos de políticas básicamente diferentes no es el mismo que
en el caso del argumento convencional.
Se requiere de mucha experticia
y experiencia para la supervisión efectiva de los sistemas financieros nacionales.
Incluso los "boom" financieros de dimensiones modestas en términos absolutos
pueden fácilmente superar la capacidad de las autoridades supervisoras locales en los
pequeños países que generalmente ya están sumamente presionadas con sus
responsabilidades normales. La asistencia técnica externa puede aportar algún alivio,
pero suele ser lenta en reaccionar, con poca experiencia en el medio local, y, en todo
caso, lejos de las prioridades de los centros de decisión en los países acreedores
durante los períodos de turbulencia financiera general, que es cuando son más
necesitados.
Por otra parte, la liquidez de
emergencia requerida (junto con la influencia y el control) para enfrentar el problema
potencial de los flujos de capital privado que entran o salen repentinamente de los
pequeños países pobres, rara vez alcanzará, en términos absolutos, un gran volumen
(aunque, por supuesto, es un volumen potencialmente mayor que los derechos de giro
actualmente permitidos en el FMI), incluso cuando haya importantes crisis simultáneas o
contagiosas en varios países pequeños.
Para los pequeños países
pobres, aunque obviamente deben seguir haciendo todo lo posible para establecer sistemas
financieros sólidos y bien reglamentados, hay buenos argumentos y posibilidades reales
para que construyan sus defensas financieras y de liquidez en el marco de los acuerdos
"subglobales". Al hacerlo, se contribuiría a fortalecer la confianza en los
sistemas financieros domésticos de esos países emergentes. La perspectiva del riesgo
moral, tanto para los países prestatarios como para los prestamistas, aun cuando exista
efectivamente, debería, como siempre, ser evitado en lo posible; pero puede ser
considerado como de segunda importancia, en todo caso desde el punto de vista de su
volumen absoluto. Hay varias posibilidades de proveer concretamente una liquidez adicional
de esta naturaleza, mediante, por ejemplo:
Un fondo similar, para
países pequeños, de desembolso rápido, administrado por un banco regional de
desarrollo, un único país donante de ayuda, o el Banco Mundial;
4. El papel del FMI y del
Banco Mundial
Tal como se señaló
anteriormente, la respuesta efectiva a las futuras crisis financieras requerirá
inyecciones más grandes y más rápidas de liquidez. El FMI puede seguir teniendo un
papel de líder en esta materia pero ya no está equipado para ser el único proveedor.
Además, es el Banco Mundial y potencialmente los Bancos Regionales de Desarrollo, no
el FMI, los que deberían jugar el papel principal en las reformas estructurales en el
sector financiero, y en atender las profundas consecuencias sociales de las crisis
financieras, particularmente aquellas que son mal manejadas inadecuadamente. El FMI, el
Banco Mundial y los bancos regionales relevantes y/o las nuevas asociaciones regionales o
subregionales deben trabajar conjuntamente.
Durante la crisis asiática
surgieron desacuerdos políticos significativos entre los funcionarios del FMI y del BM.
Esto en sí no es inconveniente o sorprendente. Lo que sí es inconveniente es el
intento de eliminar estos desacuerdos profesionales tratando de crear una posición
"de Washington" consistente, y de eliminar o limitar los análisis profesionales
alternativos y legítimos que provienen de la propia región afectada por la crisis. Sobre
la base de la ventaja comparativa teórica, junto con el principio de la
"subsidiariedad" en la distribución de las funciones de gestión, y de la
sostenibilidad y credibilidad política, hay buenos motivos a favor de una mayor
descentralización del poder y de la influencia en el sistema financiero, es decir a favor
de una reducción significativa del papel del FMI y del Banco en el desarrollo y en la
respuesta a las crisis en los países en desarrollo más pequeños y más pobres. (Una
argumentación similar puede ser adelantada en el sentido de una reducción significativa
del papel de las agencias de riesgo, que son únicamente del Norte, así como de otras
instituciones financieras del sector privado).
Lo que la experiencia reciente
también demuestra claramente es que el FMI (y la comunidad internacional) aún sufren por
el hecho de que el FMI no tiene una unidad de evaluación independiente. El reciente
experimento del FMI en materia de evaluación externa de su programa de Facilidad Ampliada
de Ajuste Estructural (ESAF), que puso de manifiesto diferencias significativas entre los
puntos de vista del personal del FMI y los asesores externos, ilustra la importancia
potencial y el valor de esas evaluaciones independientes. Un informe recientemente
publicado por Jacques Polak y otros, preparado por el Center of Concern, con sede en
Washington, también aboga en forma convincente por una mayor transparencia del FMI y por
evaluaciones independientes de sus actividades.
Si el FMI no es capaz por sí
mismo de introducir estos elementos críticos de buena gestión interna, es aún más
importante que fuentes alternativas de análisis profesional sean conscientemente
establecidas en la futura arquitectura financiera internacional, a nivel regional o
subregional, o quizás para el grupo de países pequeños a nivel mundial.
IV. Reflexiones finales
Las negociaciones
del ALCA y del acuerdo post-Lomé IV ofrecen un importante foro potencial para presentar
los puntos de vista de los países en desarrollo sobre: (i) la arquitectura financiera
internacional, al margen de las considerables limitaciones de las reuniones del FMI y del
BM, y (ii) la necesidad de integrar las discusiones financieras con las de los temas de
comercio.
Los Estados Unidos y la Unión
Europea se opondrán a enfoques integrales de esta naturaleza, o al menos sus bancos
centrales y ministerios de finanzas. Algunos bancos centrales, ministerios de finanzas (e
incluso ministerios de comercio) del Sur también pueden temer perder influencia y
oponerse a este enfoque. Pero en algún momento deberá plantearse y se planteará. ¿No
sería conveniente iniciar tales propuestas en el Sur? ¿empujar su inatacable lógica?
¿y tratar de incidir sobre los actuales debates del FMI y del Banco Mundial en torno a la
arquitectura financiera desde un escenario diferente, avanzando al mismo tiempo en la
preparación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Financiamiento del
Desarrollo y en el marco de la UNCTAD?
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