América Latina y el Caribe
en el próximo milenio
Edición Nº 55.

Enero-Abril 1999.

 

Negociar con un gigante o de cómo
Canadá propuso a EEUU firmar
un acuerdo de libre comercio
Vilma Petrásh
Coordinadora de investigaciones del postgrado de relaciones internacionales y globales de la Universidad Central de Venezuela.

Introducción

Los planes para un área de libre comercio hemisférica que permitan alcanzar el viejo pero evasivo objetivo del regionalismo interamericano surgieron a partir del anuncio de la Iniciativa para las Américas en junio de 1990. Dichos planes serían luego profundizados por los Estados Unidos (y avalados por los países latinoamericanos y caribeños) en la primera Cumbre de las Américas, celebrada en diciembre de 1994 en la ciudad de Miami, Florida, donde los 34 Jefes de Estado de las repúblicas de las Américas que asistieron a esa histórica reunión hemisférica adoptaron un mandato explícito para la conclusión de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Al señalar esta etapa es importante recordar que el camino hacia la propuesta del ALCA había sido, en cierta medida, preparado en noviembre de 1993, cuando el Congreso de los Estados Unidos ratificó –después de una campaña nacional del Presidente Clinton y de un intenso cabildeo- el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, un acuerdo trilateral sin precedentes que incluye a los Estados Unidos, Canadá, y México, un importante país latinoamericano.

A pesar de esas señales, las naciones latinoamericanas aún deben enfrentar dilemas cruciales en la ruta hacia el libre comercio hemisférico: ¿cómo deberían proceder para lograr que Washington reconozca su voluntad de negociar acuerdos de libre comercio? Y una vez logrado eso, ¿cómo deberían comunicar sus intereses y preocupaciones y cuáles tácticas de negociación pueden razonable y efectivamente utilizar frente a los Estados Unidos? Al contestar a estas preguntas, los gobiernos latinoamericanos y los investigadores pudieran aprender lecciones y conocimientos importantes de las experiencias negociadoras de otros países hemisféricos con los Estados Unidos.

Es precisamente teniendo en mente este objetivo determinante que se diseñó y emprendió esta investigación: estudiar el "modelo canadiense" de negociaciones de libre comercio con el coloso continental, cuyo éxito puso en marcha el proceso del TLCAN.

I. La "norteamericanización" de los Estados Unidos y Canadá

El resurgimiento del regionalismo es una fuerte tendencia claramente identificable en esta década y en la anterior, después de haber sido un fenómeno en retroceso en Norteamérica desde finales de los años 60.

Una de las primeras y más significativas manifestaciones de estas nuevas formas de regionalismo (además de la muy relevante adopción del Acta Unica Europea a mediados de los años 80) fue sin duda el Acuerdo de Libre Comercio entre los Estados Unidos y Canadá, más conocido por las siglas CUSFTA, propuesto por el Primer Ministro Brian Mulroney al Presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan en 1985 y vigente a partir de enero de 1989, hasta su fusión dentro del TLCAN, el acuerdo trilateral de libre comercio entre los Estados Unidos, Canadá y México.

Este cambio regional de parte de esos dos Estados-sociedades norteamericanos, hasta ese momento renuentes (desde el punto de vista de "percibirse" recíprocamente como miembros inevitables de la misma región geográfica y socios de una densa, multidimensional y compleja "red de interdependencias") fue sin duda un hito histórico.

En efecto, tanto los Estados Unidos como Canadá fueron, hasta principios de los años 80, dos de los más firmes y tradicionales defensores del multilateralismo y del régimen de liberalización comercial del GATT en el bloque occidental.

Ciertamente, para cada uno de ellos, los factores y la dinámica de su vocación multilateral eran sustancialmente diferentes. Es obvio que las diferencias en las estructuras de poder agregadas entre estos dos Estados-sociedades norteamericanos explicaban las divergencias en sus motivaciones. Por ser los Estados Unidos el poder hegemónico mundial, tanto en calidad de artífice como de beneficiario de la arquitectura económica y financiera del "mundo libre", la defensa activa del multilateralismo y del GATT se convirtió en una pauta normal de su política económica exterior de la posguerra. Por consiguiente, cualquier posición contraria al espíritu de no discriminación que sustenta una política comercial hegemónica de esa naturaleza estaba simplemente descartada en los pasillos del poder y la influencia de Washington.

En cambio, para Canadá (y más tarde para México) había –sobre todo hasta principios de los años 80- argumentos políticos muy poderosos en contra de la integración con los Estados Unidos, basados en gran medida en la preocupación de las élites canadienses de proteger su independencia cultural y económica frente a la superpotencia mundial, su único (y predominante) vecino.

Estos temores, junto con la percepción de Canadá como potencia mediana (o incluso "principal") defensora del multilateralismo (una política destinada a balancear, mediante normas e instituciones, el poder de las grandes potencias del sistema internacional y a diluir sus tendencias naturales al unilateralismo), contribuyeron a fortalecer la política comercial multilateral que Canadá había tenido desde la creación del GATT.

El resultado final de este apoyo al multilateralismo por parte de ambos países norteamericanos fue el debilitamiento de las iniciativas comerciales bilaterales. Una excepción notoria fue el Pacto Automotriz bilateral de 1965, que contribuyó enormemente a aumentar el comercio asimétrico, así como la interdependencia densa y compleja entre ambos países, y a profundizar el peso predominante de los Estados Unidos en el comercio exterior de Canadá, volviendo impostergable un acuerdo bilateral entre ambos.

II. El camino inevitable

Los temas de comercio e inversión han sido los de mayor relevancia en la relación entre Canadá y los Estados Unidos, pero más aún desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos sustituyeron a la Gran Bretaña como el primer socio comercial de Canadá, y se convirtieron en su primera fuente de inversión extranjera.

No es de extrañar que, a principios de los años 80, no sólo ambos países se habían convertido en el primer socio comercial recíproco, sino que además habían desarrollado la relación de comercio-inversión bilateral más amplia del mundo, con US$ 80 mil millones en el intercambio, y una inversión agregada de US$ 55 mil millones en inversión extranjera en las dos economías (Garten: 1994).

Fueron precisamente la magnitud y la naturaleza de los flujos de comercio e inversión entre Canadá y los Estados Unidos, los retos económicos globales y bilaterales, así como los problemas que enfrentaba Canadá desde finales de los años 70, los elementos que convencieron al Primer Ministro Mulroney a proponer un acuerdo de libre comercio al Presidente Reagan en 1985.

Recordemos aquí que desde casi todo punto de vista (excepto geográfico), los Estados Unidos es diez veces más grande que Canadá. Por consiguiente, considerando el tamaño absoluto de ambos mercados, y la importancia relativa de una economía para la otra, es comprensible que las presiones para una profunda armonización en la región norteamericana fueran percibidas con mayor fuerza en Canadá que en los Estados Unidos.

Cabe señalar que hasta mediados de los años 80, Canadá y los Estados Unidos se habían limitado a manejar su extensa relación comercial bilateral –de cerca de US$ 200 mil millones anuales– a través del marco legal, institucional y de negociación previsto en el GATT. Sin embargo, como lo señalan Finlayson y Bertasi (1992: 37-39), a principios de los años 80 varios factores se habían vuelto obvios, y habían contribuido a eliminar los sentimientos desfavorables o de suspicacia de parte de los políticos y muchos miembros de la comunidad empresarial canadiense frente a un acuerdo comercial entre los Estados Unidos y Canadá:

  • En primer lugar, Canadá no sólo seguía manteniendo una desproporcionada dependencia del mercado de los Estados Unidos para sus exportaciones, sino que además observaba que esa dependencia había aumentado durante los primeros años de la década.

  • En segundo lugar, los Estados Unidos era indiscutiblemente el mercado más atractivo y más accesible para las manufacturas exportables canadienses. Dicho en otros términos, eso significaba que, a pesar de las iniciativas "alternativas" y las sucesivas rondas de reducciones arancelarias multilaterales en el GATT, Canadá había sido básicamente incapaz de vender productos terminados a los europeos y a los japoneses, que seguían siendo compradores de recursos naturales y de productos canadienses poco elaborados. En cambio, el mercado estadounidense era más abierto a las manufacturas canadienses –rubros que habían aumentado su participación en la composición de las exportaciones de Canadá desde la conclusión del Pacto Automotor– no sólo debido a la vecindad y a los históricos lazos transfronterizos, sino también al hecho de que los mercados europeo y japonés son por naturaleza más cerrados.

  • El tercer factor que se había manifestado a principios de los años 80 era que, debido a las negociaciones multilaterales del GATT –incluyendo la Ronda Tokio concluida en 1979-, las industrias canadienses ya no podían contar con aranceles elevados para protegerse de la competencia internacional en el mercado doméstico. Por consiguiente, aumentó el número de fabricantes que vieron a la exportación como crucial para su viabilidad en el largo plazo en una economía global más competitiva, incluyendo algunas "sucursales" de capital extranjero originalmente establecidas con el único propósito de abastecer el mercado canadiense. Contrariamente a otros países industrializados, Canadá no podía ofrecer a sus industrias exportadoras libre acceso a un amplio mercado de al menos 100 millones de consumidores (Finlayson y Bertasi: 37-38).

  • La cuarta consideración se refería a la frustración de políticos y empresarios ante las limitaciones concretas del complicado proceso de negociaciones multilaterales comerciales del GATT. En efecto, debido a la ampliación de sus miembros a más de cien países, se había vuelto cada vez más difícil lograr consensos y tomar acciones efectivas sobre los principales temas de política comercial desde los años 60. Además, en la opinión de muchos funcionarios y empresarios canadienses, el GATT había demostrado ser ineficiente en reducir las barreras no arancelarias de otros países (sobre todo de los Estados Unidos), que se habían convertido en la nueva cara de los sectores proteccionistas a partir de los años 70.

  • El quinto factor que apoyó los argumentos a favor de un acuerdo comercial bilateral era la creciente popularidad de los acuerdos regionales de comercio, caracterizada por la revitalización de la integración europea en los años 80, después de una década de estancamiento.

  • Por último, pero igualmente importante, había la realidad y la amenaza del proteccionismo de los Estados Unidos. En efecto, alimentadas por el aumento de los déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos, la primera mitad de los años 80 presenció políticas proteccionistas cada vez más importantes en ese país, que se manifestaron mediante una mezcla de políticas y prácticas, como por ejemplo cambios en las leyes de comercio, uso frecuente de las leyes de defensa comercial sobre dumping y medidas compensatorias, y acciones unilaterales para sancionar prácticas "injustas" de los socios comerciales.

Todos estos factores fueron identificados y analizados en varias investigaciones académicas e informes gubernamentales, los cuales contribuyeron significativamente a allanar el camino hacia el acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos.

Cabe recordar que, desde los años 60, esta propuesta conocida como «la segunda opción» había sido recomendada por prominentes economistas canadienses. Sin embargo, había tenido poco eco en el pensamiento oficial debido, en parte, a la intensidad de los temores nacionalistas económicos y culturales y su impacto en la existencia, durante más de un siglo, de sentimientos sociales tanto de atracción como de repulsión de una más estrecha relación comercial con los Estados Unidos.

Un trabajo promovido por el gobierno, y más influyente en la mentalidad de la élite acerca del futuro de la política canadiense en los años 80, fue el que inició la Royal Commission on the Economic Union and Development Prospects for Canada. Tal como lo explicó Michael Hart en una entrevista personal el 9 de septiembre de 1996, la Comisión fue nombrada en 1982 por el Primer Ministro Pierre Trudeau, en medio de una recesión, y fue presidida por Donald MacDonald, Ministro de Hacienda del gobierno de Trudeau.

El programa de investigación de la Royal Commission estaba destinado a examinar cómo la política económica canadiense podría adaptarse al cambio. En otros términos, su principal objetivo era contribuir, mediante una serie de estudios en las áreas jurídico/constitucional, política y económica, a la tarea nacional de reexaminar el papel de Canadá en la economía global y el futuro de la unión política-económica establecida en 1867.

Su producción investigativa incluyó 280 estudios separados en 72 volúmenes, que demostraban una variedad de perspectivas y metodologías derivadas de la diversidad de disciplinas e ideologías de sus autores: profesores universitarios y expertos de institutos de investigación privados y organizaciones con financiamiento público.

Un tema principal de la investigación de la Comisión era sin duda el del acuerdo de libre comercio Canadá-Estados Unidos, una recomendación hacia la cual se inclinaba gran parte de su trabajo durante 1994. Esta recomendación sería abiertamente confirmada por el Presidente de la Comisión en Noviembre de 1984, oportunidad en la cual MacDonald declararía públicamente que los canadienses deberían estar preparados a jurar que tenían la autoconfianza suficiente para lograr la prosperidad mediante una relación comercial más abierta con los Estados Unidos (Hart, 1994: 34).

La declaración valiente pero cuidadosamente apoyada de MacDonald fue hecha dos meses después de la elección de los conservadores. Tal como lo afirma el especialista en Política Pública Canadiense y Profesor Universitario, Bruce Doem, en una entrevista personal realizada el 12 de septiembre de 1995, "al principio, el nuevo gobierno conservador consideró la herencia de libre comercio de los liberales de una manera cautelosa".

Es obvio que algunos prominentes miembros del gabinete tales como James Kelleher, el nuevo Ministro de Comercio Internacional, y Joe Clark, ministro de Asuntos Exteriores, se mostraban renuentes a apoyar un acuerdo de libre comercio global con el primer socio comercial de Canadá, o como lo dijo el propio Kelleher en un discurso en septiembre de 1994, al adherirse a la idea de la creación de una "Fortaleza de Norte América" (Doem y Tomlin, 1991: 22).

Pero luego, en una serie de pronunciamientos políticos, los "Tories" pasaron de la incertidumbre, o incluso la oposición, a un acuerdo de libre comercio al anuncio por parte del Primer Ministro Brian Mulroney en la Cámara Baja el 9 de septiembre de 1985 de que Canadá buscaría el libre comercio con su vecino del sur (Molot: 517).

Es importante destacar que, incluso antes de su elección, Mulroney era considerado por los canadienses nacionalistas (incluyendo aquellos que veían al multilateralismo como una estrategia para compensar el poder de los Estados Unidos y como una alternativa más que un complemento a un arreglo comercial bilateral con ese país) como demasiado favorable a los Estados Unidos.

Había razones para ello, ya que este canadiense de origen irlandés, y ex ejecutivo de la sucursal canadiense de una empresa multinacional estadounidense, había convertido, comprensiblemente, el mejoramiento de las relaciones con los Estados Unidos (o como se decía entonces, las "super relaciones") en una plataforma de su campaña electoral de 1984, aunque como se dijo más arriba y de conformidad con la tradicional posición de los conservadores, había rechazado el libre comercio.

Sin embargo, fueron probablemente sus tendencias pro-Estados Unidos, junto con el trabajo eficiente y persuasivo de funcionarios gubernamentales como Derek Burney, el encargado del Departamento responsable de los Estados Unidos (quien se convertiría en Jefe de Gabinete de Mulroney en marzo de 1987), y Michael Wilson, Ministro de Hacienda, lo que provocó el cambio político requerido para hacer del libre comercio bilateral la decisión más apropiada dentro de un número de opciones de política comercial para Canadá (Molot, 1994: 517).

III. La decisión del libre comercio

Parece evidente que las motivaciones de cada una de las partes de alcanzar un acuerdo de libre comercio eran, sin duda, un claro reflejo de las disparidades de poder económico entre Canadá y los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, estas disparidades, junto con las tendencias económicas globales percibidas como desfavorables para los intereses canadienses por parte de sus sectores políticos, empresariales y académicos (por ejemplo en referencia con el aumento del neo-proteccionismo de los Estados Unidos, las perspectivas de un bloque comercial europeo para 1992, y las incertidumbres acerca del resultado de la Ronda Uruguay del GATT) parecen haber sido fundamentales en determinar la percepción de cada una de las partes de sus respectivas alternativas, nivel de compromiso, y control con respecto al tema del libre comercio bilateral durante la fase de pre-negociación. En definitiva, el tema de la asimetría entre Canadá y los Estados Unidos parecía ser el factor más importante que había originado la decisión canadiense de proponer negociaciones de libre comercio a los Estados Unidos en 1985.

En este sentido es importante recordar que en el marco de Habeeb, las alternativas indican la capacidad de cada actor de lograr el resultado esperado; el compromiso se refiere al alcance y al grado de los deseos y necesidades de un actor de alcanzar el resultado esperado; y el control se define como el grado con el cual una parte puede unilateralmente alcanzar el resultado esperado a pesar del costo que ello implica.

Ahora bien ¿cuáles alternativas tenía Canadá en los años 80 en cuanto al tema del libre comercio Canadá-Estados Unidos, planteado desde hacía mucho tiempo? Según las palabras del experto canadiense Maureen Appel Molot, las alternativas del Estado canadiense, que no se excluyen mutuamente, fueron en realidad pocas: Canadá podía seguir con su énfasis de posguerra en el multilateralismo, confiando en las negociaciones del GATT para ampliar el comercio global; podía intentar ampliar sus socios comerciales; podía acercarse a los Estados Unidos para negociar la liberación comercial sectorial o bilateralmente; o podía seguir la sugerencia del BCNI de crear un marco bilateral a objeto de explorar vías de ampliación de los vínculos bilaterales (Molot: 1994; 515).

Sin embargo, a mediados de la década ya era cada vez más evidente –tal como se refleja en las principales publicaciones oficiales y en los pronunciamientos del gobierno– que los decisores canadienses ya habían aceptado, o incluso se habían "convertido" a la idea de negociar un acuerdo de libre comercio global con los Estados Unidos. Para entonces se había demostrado totalmente (al menos para los principales decisores canadienses, incluyendo el propio Primer Ministro) que debido al desbalance estructural, agregado y específico (es decir, en materia de comercio) entre Canadá y los Estados Unidos, la única manera segura de garantizar su crecimiento y desarrollo sostenido y en el largo plazo, particularmente ante la creciente tendencia proteccionista estadounidense, era obtener un acceso más amplio y seguro al gigantesco mercado del Sur.

Después de todo, en 1986 las exportaciones de bienes y servicios representaban cerca del 30 por ciento del PNB de Canadá, con más de las tres cuartas partes destinadas al mercado de los Estados Unidos. En otros términos, esto significa que las exportaciones a los Estados Unidos representaban más de un quinto del PNB de Canadá (Finlayson y Bertasi: 37).

Contrariamente a Canadá, a principios de los años 80, los Estados Unidos se sentían menos atraídos –aun cuando interesados– en buscar un acuerdo bilateral comercial con su vecino del Norte y principal socio comercial.

En primer lugar, por ser el principal arquitecto y principal beneficiario del sistema multilateral de comercio, y no sólo un firme defensor como Canadá, sus productos eran más susceptibles de predominar en el mercado en una competencia abierta que aquellos de cualquier productor menos eficiente.

En segundo lugar, al ser un "comerciante global", el comercio estadounidense no se concentraba tanto en un solo socio. Por consiguiente, en flagrante contraste con Canadá –donde cerca del 80% de su comercio era con los Estados Unidos- y aun cuando Canadá era su mayor socio comercial, el 80% del comercio estadounidense se hacía con países distintos a su vecino del Norte (Leyton-Brown, 1994: 353).

En tercer lugar, aun cuando el comercio había aumentado su importancia para la economía de los Estados Unidos, representando un 21% del PNB, no era tan crucial como en el caso de Canadá. Por consiguiente los Estados Unidos, a pesar de haber perdido satisfacción y confianza en el funcionamiento del sistema de comercio internacional –debido precisamente a los retos tecnológicos y competitivos que enfrentaba la economía estadounidense– y de su distanciamiento del énfasis tradicional en los enfoques multilaterales para estructurar el sistema de comercio a la preferencia por los acuerdos bilaterales, siempre podían utilizar sus ventajas de poder estructurales para promover sus intereses más globales (o vinculados a los más globales más allá de su naturaleza bilateral) mediante diferentes cursos de acción.

En efecto, a pesar de "efectos colaterales" crecientes y susceptibles de desarrollarse a raíz de la mayor interdependencia con su vecino, los Estados Unidos siempre podían tratar de preservar el "status quo" con Canadá, recurriendo cuando fuere necesario a acciones unilaterales, tales como el uso de cambios en sus leyes de defensa comercial, que ya eran proteccionistas, a objeto de proveer un alivio incluso mayor a los productores domésticos de los efectos perniciosos de la competencia externa, tanto "leal" como "desleal". (Leyton-Brown: 356).

En lo que se refiere al compromiso de cada parte con el tema de la liberalización comercial, es evidente que Canadá estaba mucho más comprometido a alcanzar un arreglo bilateral comprensivo sobre este tema que los Estados Unidos. Está claro que la decisión canadiense de proponer la negociación de un acuerdo de libre comercio a los Estados Unidos surgió ineluctablemente y con fuerza como una respuesta de política comercial al proteccionismo estadounidense, al cual Canadá era sumamente vulnerable a la luz de la importancia del comercio en la composición de su PNB y de la concentración de sus flujos comerciales con un único mercado externo: el de su poderoso vecino.

Por su parte, el compromiso de los Estados Unidos –contrariamente al de Canadá- era más difuso en la medida en que sus intereses y objetivos correspondientes en las negociaciones de libre comercio con ese país se mezclaban con objetivos bilaterales y multilaterales más amplios frente a otras negociaciones comerciales importantes, tales como la Ronda Uruguay del GATT, las disputas con la Comisión Europea en materia de subsidios agrícolas, las disputas con Corea del Sur, Brasil y otros países recientemente industrializados acerca de la Sección 301 sobre demandas por comercio desleal, y las conversaciones sectoriales específicas de apertura del mercado con Japón para aumentar la penetración de importaciones en determinados sectores de la economía (Leyton-Brown, 1994: 358).

En otros términos, el compromiso real de los Estados Unidos era con la liberalización comercial. Esto significaba que al negociar un acuerdo comercial con Canadá había beneficios "complementarios" importantes para los Estados Unidos, tales como señalar al resto del mundo que la apertura del comercio mundial era posible –incluso en un foro diferente (es decir, bilateral antes que multilateral)– y establecer un precedente para la inclusión en la nueva agenda de temas aún no cubiertos por el GATT como el comercio de servicios, inversiones y derechos de propiedad intelectual.

Lo anterior no significa que los Estados Unidos no tenían objetivos bilaterales específicos en las negociaciones comerciales con Canadá, su mayor socio comercial. Por el contrario, tal como lo afirmó el Presidente Reagan en abril de 1986 en una carta al Presidente del Comité de Finanzas del Senado, Robert Packwood2, los objetivos de su administración en la apertura comercial de Canadá eran:

  • Trato comparable para los derechos de propiedad intelectual en Estados Unidos y en Canadá.

  • Eliminación o reducción de aranceles.

  • Mayor acceso para las empresas estadounidenses a los contratos de los gobiernos federales y provinciales.

  • Reducción de los subsidios y medidas de apoyo gubernamental a la industria.

  • Trato no discriminatorio a los proveedores de servicios y protección efectiva contra los problemas de transbordo, donde Canadá era una vía potencial para las exportaciones ilegales.

  • Garantía de que las provincias canadienses firmarían el acuerdo comercial.

Tal como se puede deducir de los objetivos específicamente dirigidos a Canadá, contrariamente a ese país, los Estados Unidos no tenían un plan maestro para la negociación y se sentían, por consiguiente, mucho menos comprometidos a lograr un arreglo de liberalización comercial. Más bien, los Estados Unidos perseguían lo que se denominaba "el enfoque de los obstáculos", que en síntesis implicaba utilizar las negociaciones para lograr que el gobierno canadiense modificara varias prácticas comerciales que habían provocado fricciones entre los dos países (Bello y Winham, 1992: 30).

Finalmente, en lo que se refiere a la capacidad de cada una de las partes de obtener una porción más grande de sus metas en comparación con su interlocutor en la negociación, es evidente que durante la fase de pre-negociación, los Estados Unidos, gracias a sus ventajas de poder –tanto agregadas como específicas en función de ciertos temas- parecían más "capaces" de obtener sus objetivos generales y específicos. Después de todo, por ser la liberalización comercial su meta principal, y al estar convencidos de que los problemas que enfrentaba el comercio de los Estados Unidos provenían básicamente de prácticas desleales de los demás países, incluyendo Canadá, era lógico que los funcionarios estadounidenses, particularmente aquellos de rango medio y superior de la burocracia comercial, pensaran que los problemas comerciales bilaterales podrían ser resueltos en una negociación centrada en la "eliminación de las prácticas canadienses inaceptables", que incluían no sólo los subsidios a las industrias sino también cualquier intento de reestablecer políticas similares a las de la "Agencia de Revisión de la Inversión Extranjera" y del "Programa de Energía Nacional" de los años de Trudeau.

Es interesante y paradójico el hecho de que Canadá tenía –como se mencionó previamente– un objetivo básico de negociación más claramente identificado (es decir lograr un régimen de comercio más abierto, basado en normas y más predecible frente a los Estados Unidos, el primer y principal mercado extranjero, de tal manera de proteger su comercio de las medidas de contingencia de ese país, incluyendo derechos compensatorios, derechos antidumping, y acciones de salvaguardia previstas en la ley de comercio de los Estados Unidos), con lo cual el gobierno canadiense obtuvo más influencia y por lo tanto una mayor oportunidad de lograr las metas más esperadas.

En otros términos, debido a la seriedad de su compromiso con el acuerdo de libre comercio con su poderoso vecino, también tenía desde el principio un mayor control sobre el resultado final de las negociaciones. El control se manifestaba en áreas tales como: (1) una mayor calidad y claridad de los objetivos perseguidos; (2) una mayor calidad de la información que había recopilado sobre la materia mediante muchos estudios gubernamentales y no gubernamentales; y (3) una mejor y más coherente idea de las estrategias diplomáticas y de negociación.

Lo que se ha señalado sobre el mayor nivel de compromiso y de control de Canadá en las negociaciones comerciales con los Estados Unidos parece una demostración empírica de la afirmación general siguiente: "...el país [más] pequeño tiene la ventaja de que concentra su energía en un solo país, mientras que la atención de la gran potencia está inevitablemente dispersa en varias direcciones a la vez" (Keohane, 1982: 58). Esto suele suceder, ya que para un actor débil la negociación tiende a ser más importante que para el actor más poderoso. Por consiguiente, le dedicará más atención y energía a lograr sus objetivos. Este es un proceso llamado asimetría de la atención (Habeeb: 132-133).

IV. Conclusiones

En definitiva, el proceso de negociación del CUSFTA tardó cinco años para Canadá, una "Royal Commission", grupos de trabajo, un equipo negociador de alto nivel y muy competente, un ejército de abogados, una considerable inversión de tiempo, energía e imaginación en el manejo de crisis, y por último, pero no menos importante, una gran dosis de paciencia, valentía, dedicación y visión de conducir y concluir exitosamente las negociaciones de libre comercio con los Estados Unidos.

No es necesario recordar que el acuerdo sería el resultado de dos partes en la negociación, ambas orientadas a conciliar intereses diferentes en un solo documento que debía satisfacer los requisitos y las expectativas en materia de políticas públicas de ambas partes.

En otros términos, al igual que cualquier otro acuerdo destinado a ser sustentable, el CUSFTA fue el resultado de compromisos necesarios, inevitables y/o posibles. Recordemos que en las negociaciones del acuerdo, los Estados Unidos estaban fundamentalmente interesados en obtener nuevas normas en materia de inversión, mientras que Canadá centraba sus energías y sus habilidades negociadoras en buscar nuevas normas para cambiar la legislación de defensa comercial de ese país.

Ciertamente, ninguna de las dos partes realmente logró el tipo de normas deseadas, pero las dos se beneficiarían mucho de normas mutuamente acordadas –correspondientes a los intereses y prioridades de ambas partes- que estaban destinadas a mejorar la incertidumbre, a ayudar cada una de ellas en el manejo de la complejidad temática, y a hacer más predecibles el manejo de temas y problemas identificados y negociados de común acuerdo, reduciendo la capacidad del otro gobierno de actuar de forma desleal o unilateralmente frente a esos temas interdependientes y claramente "intermésticos".

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Notas

1. Este artículo es un extracto de la investigación realizada por la autora entre 1995 y 1997 gracias al financiamiento del gobierno canadiense.

2. Esta información apareció en un artículo escrito en el Globe and Mail por J.Lewington, el 29 de abril de 1986. Citado por Leyton-Brown, op.cit., p.364.

 

 


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