América Latina y el Caribe
en el próximo milenio
Edición Nº 55.

Enero-Abril 1999.
Las lecciones de la crisis
financiera internacional
José Antonio Ocampo
Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)

Deseo hacer unas reflexiones sobre lo que denomino "las lecciones de la crisis financiera internacional". Quiero comenzar haciendo unas anotaciones sobre el contexto de América Latina y el Caribe y la forma como esta crisis ha incidido sobre nuestras economías. Conviene para ello partir de las condiciones iniciales en la cual se situaban la mayor parte de nuestros países al iniciarse la crisis que se desencadenó en Asia hace un año y medio.

Primero, nuestros países venían realizando importantes reformas estructurales para adaptarse al nuevo contexto de la globalización y además para rediseñar en particular los aparatos del Estado en vista de la propia crisis que había experimentado el Estado latinoamericano y caribeño durante la década de los 80.

Como parte de ese proceso, la mayoría de nuestras economías tenían una gran fortaleza fiscal, lo que se considera como uno de los requisitos esenciales para enfrentar con éxito estas crisis, y también unos sistemas financieros domésticos mucho más robustos de los que en el pasado tuvimos y que generaron crisis importantes en varios países. Debo decir que sobre estos temas –la fortaleza fiscal y la fortaleza de los sistemas financieros domésticos– hemos aprendido que son dos elementos esenciales de fortaleza frente a cualquier crisis de origen externo.

Después de un período de rápido crecimiento económico, con una tasa superior al 5% en 1997, se esperaba que en 1998 las balanzas de pago, especialmente las balanzas comerciales, tuvieran un pequeño deterioro con un crecimiento de alrededor de 4,5 % pero sin contar con los choques externos que experimentamos.

La crisis internacional ha tenido, sin embargo, efectos fuertes a través de tres canales fundamentales. Los canales comerciales, dentro de los cuales sin duda alguna el más importante ha sido el deterioro de los precios de las materias primas exportadas por varios países de la región, especialmente el petróleo y los metales, aunque también algunos productos agrícolas han tenido una depresión como resultado de esta crisis.

Los otros canales comerciales en realidad han tenido un impacto relativamente pequeño, me refiero con esto a la menor demanda directa por parte de Asia, que ha tenido algún impacto en Chile o Perú, países que destinaban una parte importante de sus exportaciones al Asia. O también la penetración de los productos asiáticos a nuestros mercados, o la mayor competencia de estos productos en terceros mercados.

Estos impactos en general han sido mucho menos importantes que los que han tenido el deterioro de los términos de intercambio especialmente en los productos de exportación. Impacto que ha sido profundo en particular en países como Venezuela que ha perdido 5 o 6 puntos del producto interno bruto como resultado de la caída de los precios del petróleo, o en economías como Chile o Jamaica, dependientes de la exportación de productos metálicos.

El segundo canal sobre el cual quiero hacer unas reflexiones, porque conduce más de cerca a mis conclusiones sobre las lecciones de la crisis, ha sido los aspectos financieros. Su reflejo más importante ha sido el cierre de los mercados no bancarios de los Estados Unidos, y en general del mundo entero, debido al incremento considerable del riesgo percibido por los inversionistas.

El tercer canal ha sido las medidas de austeridad que han adoptado los países para mantener la confianza. Aquí creo que vale la pena señalar que, en términos generales, parece ser una regla del nuevo contexto internacional que hay de alguna manera una necesidad de hacer casi un sobre ajuste para mantener la confianza. En otras palabras, de adoptar unas medidas en materia fiscal y monetaria extremadamente austeras para que los inversionistas puedan mantener la confianza.

Durante esta crisis, además, a diferencia quizá de todas las anteriores, ese efecto se ha reflejado en unos aumentos de las tasas de interés que no tienen, hasta donde recordamos, antecedentes en la historia regional. En los meses de agosto y septiembre en particular, en casi todos los países los aumentos de las tasas de interés fueron de 20 puntos porcentuales. Es una magnitud realmente desconocida, que después ha tendido a normalizarse. Pero en casi todos los países permanecen por encima de los niveles característicos antes de ese choque.

En cualquier caso, pese a las fortalezas de las economías latinoamericanas y caribeñas y a la respuesta rápida de las autoridades, los efectos financieros y reales exceden lo que hubiera podido esperarse.

Nuestra región ha tenido, en términos financieros, lo que yo denomino "cuatro temblores", dos de ellos casi terremotos. El primero fue en octubre de 1997, cuando hubo el desplome de varias bolsas del Asia con repercusiones importantes sobre las bolsas latinoamericanas y un aumento significativo en las tasas de interés de deuda pública de nuestra región.

Los dos siguientes fueron más localizados geográficamente pero también fueron importantes en algunos países. Por ejemplo, el temblor de enero y febrero fue fuerte en países como Chile y Colombia. El de mayo fue muy fuerte en el área andina y el de agosto y septiembre fue absolutamente generalizado. Como dije, este último fue prácticamente un terremoto.

Esas repercusiones financieras se reflejaron en nuestros países de diferentes formas. Primero, la caída de los precios de los bonos latinoamericanos en los mercados internacionales, o lo que es equivalente, el aumento en las tasas de interés para esos títulos. En la crisis de octubre de 1997 y la de agosto y septiembre de 1998, esas caídas fueron bastante marcadas. En la primera hubo una caída de alrededor de 20 puntos porcentuales en el precio de los bonos y en la última hubo una caída de aproximadamente una tercera parte en el precio de esos bonos. Lo que es más importante, los diferentes precios de los bonos latinoamericanos tuvieron un comportamiento prácticamente similar. Eso indica, como se dice en el lenguaje de estos debates, que el efecto del contagio fue mucho más importante que la discriminación que hace el mercado entre los diferentes títulos. En otras palabras, que estuvieron dominados por el contagio. O sea, por una apreciación de los inversionistas más que por las condiciones objetivas de cada una de las economías. Afectaron por lo tanto por igual a países que se consideraba que tenían debilidades fundamentales, como podía ser Brasil por su déficit fiscal, y a países que tenían superávit fiscal, como Chile. No hay una clara discriminación del mercado, aunque el comportamiento de distintos títulos ha sido diferente.

El último evento, de agosto y septiembre, tuvo implicaciones profundas. Las tasas de interés de los títulos latinoamericanos que oscilaban en torno al 10 y 12% a finales de julio, subieron a niveles del 15 al 25% a mediados de septiembre, que fue el peor momento, y aunque han descendido aún no han recuperado los niveles del mes de julio.

En términos del acceso al mercado, de los costos del endeudamiento en el mercado de bonos ha habido tres etapas diferentes. Posiblemente estamos comenzando una cuarta.

La primera fue la del último trimestre de 1997 cuando esencialmente cayeron las cantidades emitidas de bonos latinoamericanos, pero no se elevaron tanto las tasas de interés. Se elevaron moderadamente de unos niveles de alrededor del 9% para las captaciones del tercer trimestre del 97 a un 10% en el cuarto trimestre del 97. Sin embargo, las cantidades cayeron abruptamente de unos 20.000 millones de dólares a unos 4.000 millones de dólares.

Después del primer semestre de este año hubo una relativa normalización de las cantidades emitidas de bonos, aunque a un costo un poco más alto que el característico en 1997. Tuvimos colocaciones promedio alrededor de 10.000 a 12.000 millones de dólares por trimestre, inferiores a lo que había sido característico en 1997 pero superiores a la del cuarto trimestre, en que habían sido muy reducidas, y el costo estuvo alrededor de 10 puntos porcentuales.

Después, en el tercer trimestre del 98 y en octubre, que es el último dato disponible, en realidad hubo dos fenómenos simultáneos adversos: la nueva caída de los volúmenes colocados de bonos, y además la elevación significativa de las tasas de interés, de tal manera que los pocos títulos colocados en el mes de octubre, por menos de 1000 millones de dólares, tuvieron un costo del 12% que es muy superior al 9% característico en 1997. En términos domésticos esto se reflejó en unas fluctuaciones fuertes de las reservas internacionales de los países.

El último trimestre del año pasado fue en general de caída de las reservas internacionales. Dependiendo del país, hubo caídas durante el primer semestre, como en los casos de Chile y del área andina, el tercer trimestre fue casi generalizadamente de caída fuerte en las reservas internacionales y, con posterioridad, en octubre y noviembre ha habido una tendencia a la recuperación.

Las tasas de interés, como señalé anteriormente, tuvieron un aumento muy marcado en prácticamente todos los países. Países como Brasil, Venezuela, México tuvieron aumentos de 20 puntos porcentuales en el peor momento. Muchos más, como Colombia, como Argentina, como Chile han tenido aumentos de 5 a 10 puntos porcentuales. Otros han tenido aumentos muchos más modestos. Las bolsas de valores cayeron en relación con el pico de 1997 aproximadamente el 50%. En términos de dólares han tenido alguna recuperación a partir de mediados de septiembre, que es el punto de inflexión.

En términos de actividad económica, en la CEPAL observamos que habrá una caída de alrededor de 2 puntos porcentuales como efecto de la crisis. Nosotros esperábamos, en ausencia de la crisis, un crecimiento de alrededor de 4,5% en la región, pero será de 2.5% aproximadamente, quizás un poco más bajo, porque las últimas cifras de prácticamente todos los países han sido muy negativas.

Sin embargo, esta caída en el año no refleja en verdad la magnitud de la desaceleración que ha experimentado la región. Si uno compara el primer semestre con el segundo semestre, se ve realmente el impacto de la crisis o incluso cuando se compara el último trimestre del año pasado con el último trimestre de 1998.

Por ejemplo, en el cono sur el primer semestre muestra un crecimiento estimado del 6.6%, sin embargo para el segundo semestre estimamos un crecimiento de 2.1%. Lo mismo es cierto de México, que tuvo un primer semestre de más de 5% y un segundo semestre que esperamos que esté por debajo del 3%. Y así sucesivamente hay una desaceleración muy fuerte.

Nosotros creemos que el crecimiento del último trimestre de este año no va a superar el 1% en la región, y si no hay condiciones de estabilidad, o sea si no se mantiene esta recuperación financiera que hemos observado desde mediados de septiembre y con mayor fortaleza en el mes de noviembre, posiblemente tendríamos un crecimiento que quizá no supere el del último trimestre de este año.

Vale la pena señalar que, en términos generales, las economías más pequeñas han tenido una resistencia mayor en la crisis que las economías más grandes. Eso ha sido una característica un poco peculiar y que tiene que ver esencialmente con la menor dependencia de esas economías de los flujos más volátiles del capital, que son los de mercados de bonos, al tiempo que muchas de ellas se han beneficiado de la caída de los precios del petróleo, que es un producto importante de importación.

Algunas economías pequeñas en el Caribe y en Centro América hacen, sin embargo, emisiones en los mercados de bonos que también se han visto afectados. Es, por ejemplo, el caso de Trinidad y Tobago, de Barbados, del Salvador que eran países que ya tenían acceso al mercado de capitales en los bonos.

La caída de este año y la posible desaceleración adicional en 1999 va a significar que el crecimiento promedio de América Latina y el Caribe durante la década de los noventa estará apenas ligeramente por encima del 3% anual, que es significativamente inferior al crecimiento que tuvimos en las décadas de los 60 y 70, cuando la economía latinoamericana y caribeña creció alrededor del 5.1/2%.

Déjenme derivar de toda esta historia las cinco lecciones fundamentales de esta crisis.

Primera lección

Humildad. La incapacidad de predicción de los organismos financieros internacionales ha sido durante esta crisis realmente apabullante, pero igual ha sido la incapacidad del sector privado financiero internacional para poder prever los eventos. Las equivocaciones masivas de las agencias calificadoras de riesgo, por ejemplo, ha sido un hecho ampliamente notado en todos los análisis internacionales que se han realizado.

Además, pese a la sofisticación de los instrumentos, los agentes financieros han tenido el comportamiento que ha llamado la literatura reciente "de manada", o sea de ir en las épocas de auge juntos con un gran optimismo y súbitamente pasarse a un gran pesimismo. Esto lo hemos visto incluso en períodos muy cortos. Por ejemplo, el primer trimestre del año 1997, o incluso en el primer semestre de 1997, fue un período de un optimismo casi desbordado donde cualquier emisión de bonos se sobresuscribía tres o cuatro veces y súbitamente en el segundo semestre del año hemos visto que los mercados se cerraban enteramente y a una velocidad impresionante.

Segunda lección

El mercado financiero internacional es esencialmente inestable, y en general todo mercado financiero es esencialmente inestable. Pero además, durante la coyuntura reciente hemos aprendido que existe una crisis sistémica en ese comportamiento que está asociada a la enorme asimetría entre el dinamismo y la sofisticación del mercado financiero internacional, y la ausencia de un marco institucional adecuado para regularlo.

En otras palabras, no tenemos las instituciones que requiere el mundo para la globalización financiera. Esto posiblemente explica porqué se requiere lo que he llamado un sobreajuste por parte de nuestras economías para mantener la confianza, porque no hay instituciones encargadas de mantener la confianza a un nivel más amplio, como pueden ser, a nivel nacional, los bancos centrales y las superintendencias bancarias cuando se presenta una crisis importante.

Tercera lección

Creo que es una de las que se ha venido aprendiendo claramente y es la necesidad de tomar decisiones de corto plazo en dos frentes fundamentales. En primer lugar, políticas expansionistas de las economías industrializadas. Desde mediados de septiembre, cuando el Presidente Clinton tomó un liderazgo en esta materia y fue seguido por la Reserva Federal de ese país, ha habido en general una tendencia hacia la opción de políticas expansionistas en las economías industrializadas, aunque no ha sido cierto esto en Francia y en Alemania, donde se han mantenido en general las tasas de interés prevalecientes anteriormente, y se ha generado una polémica muy amplia entre los gobiernos y los bancos centrales sobre la naturaleza de las medidas que se deben adoptar.

Pero es claro que las políticas expansionistas de las economías industrializadas no son suficientes y por eso se requieren, como se ha dicho claramente, unos fondos de contingencia especiales para manejar los efectos de contagio. Esto es, fondos a los cuales puedan tener acceso los países antes de que se presenten crisis estructurales de su balanza de pagos. De acuerdo con el reglamento del FMI esa es la condición para acceder a los recursos del Fondo Monetario.

En otras palabras, de unos fondos que sean más preventivos que curativos, dado que la filosofía esencial de Bretton Woods era la de curar más que prevenir. Por lo tanto, habría un cambio fundamental en la filosofía de los recursos del Fondo Monetario como resultado de hecho. El programa brasileño sería el primer caso en el cual se haría uso de estos recursos extraordinarios aunque de alguna manera desde el Programa de Rescate Mexicano del 95 y con los programas de rescate asiáticos del 97 ha habido medidas que antecedieron a las que se han anunciado para Brasil y posiblemente para otros países.

Cuarta lección

Más allá de estas medidas de corto plazo requerimos una reforma profunda de la llamada «arquitectura financiera internacional». Esta reforma abarca una gran cantidad de áreas. Primero, sobre el ordenamiento monetario internacional, lo que llamo la arquitectura financiera en un sentido restringido, dado que no cubre las áreas de financiamiento del desarrollo, que es otra área de la estructura financiera internacional. En esa materia se requieren instituciones más adecuadas para coordinar las políticas macroeconómicas de las economías industrializadas.

Se requiere una monitoría más preventiva por parte del Fondo Monetario Internacional y otros organismos, como lo ha venido señalando el Fondo y lo señaló el Grupo de los 7. Unos mejores sistemas de información, unas reglas más homogéneas en materia de regulación y supervisión bancaria.

Se requiere un contexto más estable para ofrecer recursos contingentes por parte del Fondo Monetario Internacional o de otros organismos, como puede ser el Banco de Pagos Internacionales. Posiblemente esos recursos deben ser ofrecidos con reglas prefijadas o con una menor condicionalidad.

Se requiere, por otra parte, unos sistemas más ordenados para manejar la crisis de sobreendeudamiento de los países, más que una ley de quiebras internacionales, una ley de concordatos internacionales, o sea unas normas que establezcan una forma ordenada de resolver el sobreendeudamiento, que no implique, básicamente, el caos que caracteriza los procesos actuales, en los cuales unos acreedores corren rápidamente para exigir los pagos y algunos otros salen rápidamente de los países en momentos de dificultades, con lo cual los que se quedan enfrentan problemas mucho más severos para obtener sus pagos. De parte de los países, por otra parte, significa una forma bastante desordenada de manejar las relaciones con los acreedores.

Se necesitan además políticas prudenciales mucho más agresivas para manejar los flujos de corto plazo, tanto por los países inversionistas como por los países receptores. La CEPAL ha sido desde tiempo atrás defensora de mecanismos que, incluso, le pongan un sobre costo al endeudamiento de corto plazo en las economías receptoras, como las nuestras.

Se requiere también desarrollar mecanismos regionales mucho más extensos de los que existen hoy en día. Yo estoy convencido de que un mundo en el cual -fuera de las instituciones de carácter mundial como son el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial- exista una gran cantidad de bancos regionales y de fondos de reservas regionales, será mucho más estable que en el que vivimos y en el cual dependemos exclusivamente de unas pocas instituciones internacionales. Lo que la experiencia europea en esta materia ha enseñado, que Europa puede manejar internamente gran parte de sus problemas sin acudir a los organismos de carácter mundial. Si logramos desarrollar instrumentos de esa naturaleza creo que podremos tener gran efectividad.

La Comunidad Andina tiene dos instituciones, el anterior Fondo Andino de Reservas, hoy Fondo Latinoamericano de Reservas, y la Corporación Andina de Fomento, que ha sido un ejemplo interesante aunque muy limitado todavía, pero que demuestra que se pueden tener instituciones de carácter regional que cumplan papeles similares a los de las internacionales y que signifiquen mecanismos de apoyo mutuo en momentos de dificultades.

Más aun, creo que una política de pasar a un sistema de autorregulación entre los países en desarrollo del manejo macroeconómico puede ser un mecanismo útil, donde la monitoría sobre las políticas macroeconómicas no las hagan en Washington en el Fondo Monetario Internacional, sino que se haga mutuamente entre los propios países, para ver qué dificultades se irán presentando a nivel regional.

Esto es solamente una parte del proceso, lo que tiene que ver con la arquitectura financiera en un sentido restringido. Pero se requieren obviamente muchas otras cosas y menciono solamente cuatro adicionales: se requiere fortalecer los fondos para la promoción del desarrollo, ya sea los bancos regionales y subregionales de desarrollo y la ayuda para el desarrollo de parte de las economías industrializadas; se requiere resolver de una vez por todas los problemas de sobreendeudamiento de las economías más pobres a través del programa que ha sido aprobado por el Fondo Monetario del Banco Mundial, el cual ha tenido una aplicación extremadamente lenta; y se requieren unas redes de protección social realmente eficaces, porque en esta materia se habla mucho de las redes de protección social durante los períodos de crisis y es poco lo que conocemos que realmente se hace en la práctica; además, se requiere que en los programas de ayuda, y este es mi último comentario en esta materia, los programas de apoyo a las economías más grandes no excluyan la disponibilidad de fondos para los países más pequeños y los más pobres.

Existe realmente un gran riesgo a nivel internacional de que la magnitud de los programas de ayuda para los países más grandes terminen por captar todos los fondos necesarios, dejando muy pocos para las economías más pequeñas y las más pobres que son de magnitud, a nivel internacional, más reducidas.

Debo decir que todo este proceso, toda esta discusión sobre el reordenamiento financiero internacional requiere un foro más democrático que el que tiene lugar hoy en día. En la actualidad, este proceso viene concentrándose en el Grupo de los 7 con el Fondo Monetario Internacional. Realmente se requiere una discusión mucho más amplia en la cual los intereses de los países en desarrollo y especialmente las economías más pequeñas estén claramente representados.

Quinta lección

Esta crisis nos ha enseñado que tenemos que mejorar nuestra propia capacidad para manejar la volatilidad financiera. No podemos pensar solamente en las instituciones financieras internacionales que regulan estas actividades, sino también en nuestros propios instrumentos de manejo.

Esto significa muchas cosas, pero significa fundamentalmente tres: primero, tener unos instrumentos fiscales eficaces para evitar que durante el auge y la recuperación de los ingresos tributarios nos comprometamos en gastos públicos que no se puedan sostener en el largo plazo. Segundo, evitar que las bonanzas financieras se reflejen en una expansión del crédito doméstico con lo cual se generan unos riesgos en los sistemas financieros que se hacen evidentes durante las crisis posteriores. Finalmente, se requiere evitar que en los períodos de auge de las divisas tengamos unas revaluaciones de las monedas que resultan a la postre insostenibles.

Todo este tema tiene que ver, como he señalado en varias ocasiones, con el manejo de las bonanzas más que de las crisis. Es también una lección importante, porque el manejo de las bonanzas no es otra cosa que la prevención de las crisis.

 

 


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