América Latina y el Caribe
en el próximo milenio
Edición Nº 55.

Enero-Abril 1999.

 

La nueva agenda interamericana
Abraham F. Lowenthal
Presidente del Consejo del Pacífico sobre Política Internacional, Los Angeles, California, EEUU.

Se están cumpliendo exactamente cien años desde los acontecimientos que se produjeron en Cuba y liberaron a este país del régimen español, a la vez que se confirmaba la nueva posición de los Estados Unidos como una de las grandes potencias mundiales.

Fue precisamente mediante la proyección de su presencia militar, poder económico e influencia cultural en la Cuenca del Caribe y en sus alrededores, a partir de finales de los años 1890, que los Estados Unidos empezaron a ser reconocidos como un actor internacional de primera línea.

Este proceso se aceleró y se fortaleció con la construcción del Canal de Panamá y con las maniobras políticas que aseguraron a los Estados Unidos una «soberanía de hecho» sobre la Zona del Canal, el «derecho» de intervenir en Cuba para proteger sus intereses, y el establecimiento de protectorados virtuales en gran parte de Centroamérica y el Caribe.

A partir de 1898, los Estados Unidos se convirtieron en el centro de influencia y presencia externas más importante en América Latina y el Caribe, primero en el área de la cuenca caribeña, y luego, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, en toda América Latina. En lo que se refiere al último siglo, cualquier discusión en torno a la dinámica de las relaciones externas de América Latina y el Caribe, que es el tema del Panel, debería ciertamente incluir un análisis de las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos.

Se cumplieron exactamente cincuenta años del establecimiento de la Organización de los Estados Americanos, una institución del hemisferio occidental que ha reconocido la primacía de los Estados Unidos y de sus intereses fundamentales en materia de seguridad, a cambio de algunas restricciones multilaterales al ejercicio del poder estadounidense. La creación de la OEA en 1948 ocurrió en el momento de mayor influencia mundial de los Estados Unidos, en las Américas y en otras regiones.

En esa fecha, Estados Unidos representaba por sí solo la mitad de la producción económica mundial, el dólar era «tan bueno como el oro», tenía el monopolio de las armas nucleares, sus bases militares rodeaban al mundo, y Washington y Nueva York eran el centro de una red de alianzas y de organizaciones internacionales dominadas por ese país.

En esos días de extraordinario poder e influencia de los Estados Unidos, los países latinoamericanos, por lo general, siguieron el liderazgo de ese país en los asuntos mundiales, aportando veinte votos a favor de las posiciones de los Estados Unidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas en temas tales como el reconocimiento de Israel, la iniciativa «unidos por la paz» en respuesta a la invasión de Corea del Sur por parte de Corea del Norte, la representación de China, etc. La relación de los Estados Unidos con América Latina fue casi hegemónica o al menos de «presunción hegemónica».

Durante este período, los Estados Unidos usaron una gran variedad de instrumentos, abiertos y encubiertos, para frustrar cualquier potencial movimiento que pareciera, desde el punto de vista de Washington, una amenaza o incluso una clara oposición a la dominación estadounidense. Cuba fue el único país que logró resistir y aparentemente escapar a la hegemonía de los Estados Unidos, pero tuvo que aceptar una «negociación faustina» con la Unión Soviética para que esa excepción fuera posible.

Hace exactamente 25 años, en 1973, el primer gobierno socialista electo en las Américas –el de Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile– terminó abruptamente con el golpe de estado dirigido por el General Augusto Pinochet. Aún persiste la controversia acerca del papel exacto de los Estados Unidos, si es que hubo alguno, en provocar el derrocamiento de Allende, pero nadie pone en duda que el gobierno de los Estados Unidos había trabajado asiduamente durante años para oponerse y frustrar los esfuerzos de Allende.

Como un rayo en una tormenta de verano, la política de los Estados Unidos en Chile ilustró la naturaleza de las relaciones con América Latina, aun cuando las condiciones objetivas en las cuales se llevaban a cabo esas relaciones estaban cambiando, y las bases de la hegemonía de ese país se estaban erosionando.

A mediados de los años setenta, los Estados Unidos ya no podían sentirse absolutamente seguros de su primacía. La Unión Soviética se había convertido en un formidable rival militar, la OPEP se sentía importante y empujaba los precios del petróleo, Japón y Europa Occidental empezaban a competir de manera efectiva en muchos aspectos de la economía mundial, y el «Sur», incluyendo América Latina, empezaba a promover un nuevo orden económico internacional más equitativo.

El SELA nació en esas circunstancias, puesto que la «comunidad» que América Latina había escogido era la que incluía a otros países del Sur, no a los Estados Unidos. El patrón prevaleciente de las relaciones latinoamericanas con los Estados Unidos pasó de la subordinación o de la «cooperación» obligada a la oposición y confrontación directa. Muchas naciones latinoamericanas definieron sus políticas exteriores precisamente tratando de demostrar independencia frente a, o en contra de, las posiciones de los Estados Unidos.

Hoy, en 1998, incluso aquí en La Habana, todos percibimos que el entorno internacional ha cambiado radicalmente. La Guerra Fría terminó, la Unión Soviética ya no existe, y la alternativa socialista, como forma de organización política y económica, ha sido relegada a las cenizas de la historia y a algunos museos del pasado. Vivimos todos en un mundo radicalmente transformado.

El poder, el dinero, la tecnología y la información están ampliamente difundidos. Tanto el dinero como la información fluyen instantáneamente de un lado a otro del mundo, borrando fronteras o haciéndolas virtualmente irrelevantes para muchos fines prácticos, y por ende complicando en gran medida la gestión de las finanzas y el comercio mundiales.

Las tendencias contrapuestas de la integración global y de la fragmentación provincial caracterizan al mundo, mientras que los poderes de los mercados y de las lealtades étnicas y nacionales compiten por dominar.

Mercados cada vez más sofisticados son los principales árbitros del valor económico, pero siguen estando sujetos a impulsos y limitaciones en un período en que la volatilidad de las transacciones excede en mucho la capacidad institucional de los instrumentos de regulación.

Las coaliciones transnacionales organizadas alrededor de temas tales como la protección ambiental, la salud pública, los derechos humanos, la transparencia y las normas laborales tienen una influencia creciente.

Aunque los Estados Unidos sigan siendo el país más poderoso del mundo –con un gran margen en términos militares y tecnológicos, y todavía incluso en términos económicos, culturales y políticos –ya no pueden estar totalmente seguros de que sus intereses están protegidos.

Pueden invadir Grenada, Haití o Panamá y lograr cambios en los gobiernos de esas naciones, pero no pueden controlar lo que sucede después. Pueden bombardear Irak pero no les resulta fácil asegurar el cumplimiento por parte de Irak de las resoluciones de las Naciones Unidas. No pueden imponer la paz en los Balcanes o en el Medio Oriente, no pueden revitalizar la economía japonesa, no pueden consolidar el equilibrio financiero en Brasil, no pueden garantizar la estabilidad política en Indonesia, no pueden inducir políticas democráticas en China o en Cuba y quizás no sean capaces de evitar una devaluación en China.

En todos estos y en muchos otros casos, los Estados Unidos tienen intereses e influencia, pero no tienen la capacidad de imponer su voluntad o de asegurarse que los demás se identificarán con sus intereses. Los Estados Unidos deben encontrar maneras de cooperar con otros países con base en intereses mutuos.

Mientras tanto, América Latina se ha movido de su posición original de alineación casi automática con los Estados Unidos, pasando por un período de confrontación con Washington casi tan axiomático como el anterior. Las relaciones de América Latina con los Estados Unidos son hoy en día mucho más variadas, reflejando los intereses individuales y las perspectivas de las distintas naciones de América Latina y el Caribe, e incluso de sus latitudes y longitudes.

En el fondo de la fácil retórica sobre una «comunidad interamericana» que va desde Alaska a la Tierra del Fuego, la realidad actual es muy confusa. Consideren la variedad de relaciones existentes: Argentina persigue el objetivo de «relaciones carnales» con los Estados Unidos, tal como lo expresó en una oportunidad el Ministro de Relaciones Exteriores argentino. Brasil compite con los Estados Unidos en relación con la influencia regional. Chile ha sido frustrado en su ambición de entrar al Area de Libre Comercio de Norte América. Colombia parece haber iniciado un programa de profundas e intensivas medidas en contra del narcotráfico junto con los militares de los Estados Unidos. México ha atado su futuro a una integración aún más estrecha con los Estados Unidos. Gran parte del Caribe y Centroamérica busca desesperadamente la «paridad con el TLCAN» mientras tienen una creciente tensión con los Estados Unidos en temas relacionados con inmigración, comercio, delincuencia y drogas. Y Cuba sigue atrapada en una relación con los Estados Unidos mutuamente antagónica y tristemente estéril.

¿Cómo se relacionarán América Latina y el Caribe con los Estados Unidos y viceversa en los próximos veinticinco años, o en los próximos doce años hasta el 2010, la fecha que el SELA ha escogido para muchas de sus propias proyecciones?

Estoy muy consciente de la ilustrada opinión de ese sabio norteamericano (ex estrella de béisbol) Yogi Berra, quien señaló una vez que «es siempre difícil hacer predicciones, especialmente acerca del futuro.» Y tal como lo señaló el Presidente Fidel Castro, el futuro es particularmente oscuro en estos días, con pocos antecedentes claros y pocas perspectivas de iluminar lo que pueda venir.

Sin embargo, sé que el SELA espera de mí alguna modesta e informada especulación acerca de la futura dinámica de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, y no quiero decepcionar a mis anfitriones.

Permítanme entonces adelantar ocho propuestas en torno a la posible naturaleza de las relaciones interamericanas en los próximos años.

  1. En comparación con el siglo pasado, y particularmente los últimos 50 años, los puntos focales de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina estarán mucho menos relacionados con cuestiones geopolíticas y de seguridad o con asuntos ideológicos, y mucho más con temas prácticos sobre comercio y finanza, por una parte, y con el tratamiento de problemas compartidos que no pueden ser resueltos por países individuales, por la otra.

  2. Muchos de los temas de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina –en lo concerniente al manejo de las finanzas internacionales, por ejemplo– no serán abordados en el contexto del hemisferio occidental. Se decidirán en otros foros y el impacto sobre América Latina será residual, no intencional. La dinámica de las relaciones externas de América Latina, en estos temas, se originará fuera de la región. América Latina será objeto de acciones y no será por sí misma un actor influyente.

  3. Otros temas, derivados de la creciente interpenetración entre los Estados Unidos y sus vecinos más cercanos, serán «intermésticos», es decir sumamente complejos debido a su combinación de facetas internacionales y domésticas, así como de actores y procesos de decisión.

  4. En lo que se refiere a los principales temas de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, la importancia relativa de los actores privados –empresas, sindicatos, prensa, actores no gubernamentales de varios tipos, incluyendo organizaciones étnicas y basadas en comunidades– seguirá aumentando, mientras que el alcance y la influencia de los gobiernos nacionales seguirá disminuyendo.

    En el próximo siglo Microsoft será mucho más importante para las relaciones interamericanas que los Marines estadounidenses, American Airlines y United Airlines serán mucho más importantes que la 82ª unidad aerotransportada de la fuerza aérea de los Estados Unidos, CNN y los despachos informativos de Bloomberg serán mucho más importantes que la Agencia de Información de los Estados Unidos, AIG (la compañía de seguros) será más importante que la AID, Fidelity y TIAA-CREF al menos tan importantes como el Departamento del Tesoro, Human Rights Watch más influyente que el Pentágono, Wall Street más relevante que la CIA, y el Foro Económico Mundial de Davos más influyente que la OEA. Y mientras el «big business» de los Estados Unidos ha sido visto por muchos latinoamericanos como el obstáculo histórico en contra de sus intereses, la limitación que hoy en día enfrentan las políticas de muchos latinoamericanos no es el «big business» sino el «big labor».

  5. Cuando se trata de la indudable y permanente influencia de los gobiernos, en cambio, la influencia relativa de las distintas partes del aparato gubernamental de los Estados Unidos para las relaciones interamericanas ha cambiado dramáticamente. Hoy en día, para América Latina, Alan Greenspan es mucho más importante que el jefe de la CIA, el Comisionado para Inmigración y Naturalizaciones y los presidentes de los comités del Congreso son más importantes que el Asistente del Secretario de Estado para América Latina, los gobernadores de California y de Florida son más significativos que el general a cargo del Comando del Sur, el sistema judicial federal es más influyente que el Fiscal General de los Estados Unidos. Estas tendencias continuarán.

  6. La diferencia sustantiva entre las relaciones de los Estados Unidos con los países de la Cuenca del Caribe y las relaciones con los países de Suramérica (y en particular aquellos del Cono Sur) también seguirá profundizándose.

    Consideren algunas interesantes estadísticas que revisé recientemente. Todos los países latinoamericanos que exportaron más del 40% de sus exportaciones hacia los Estados Unidos en 1980 registraron un porcentaje aún mayor en 1997. Todos los países latinoamericanos que enviaron menos del 30% de sus exportaciones a los Estados Unidos en 1980 registraron porcentajes inferiores en 1997. Una explicación importante es, por supuesto, la geografía - es decir, la proximidad - pero en realidad la geografía es constante y la proximidad se ha vuelto menos significativa a medida que mejora la tecnología; las diferencias políticas han ido fortaleciendo un patrón bipolar de relaciones con los Estados Unidos.

  7. Ha llegado la hora de reconocer que la naturaleza y la dinámica de las relaciones de los Estados Unidos con la región son únicas. Los Estados Unidos se han convertido en una influencia económica, cultural y política dominante en su zona fronteriza, mientras al mismo tiempo las amplias y crecientes diásporas de mexicanos, centroamericanos y caribeños en los Estados Unidos han cambiado irresistiblemente los contornos y el carácter de las relaciones de los Estados Unidos con estos vecinos más cercanos. Cuba, hasta la fecha, ha escapado parcialmente a esta dinámica, pero esta diferencia no durará para siempre.

    Las compañías aéreas y de teléfonos de los Estados Unidos consideran a México, Centroamérica y el Caribe, para muchos efectos, como parte del mercado doméstico, no internacional. Me atrevería a predecir que dentro de algunos años las «grandes ligas» del béisbol profesional incluirán partidos en México y Monterrey, en Santo Domingo, y también en La Habana, todos con derecho a participar en las «Series Mundiales» que hasta la fecha han sido restringidas a los equipos estadounidenses. Es difícil determinar la frontera entre América Latina y la América anglosajona en 1998, pero ciertamente se sitúa al norte de San Diego en el Oeste y al norte de Miami en el Este.

  8. Permítanme concluir con una observación acerca de la agenda «interméstica» a la cual me referí antes. Se trata de temas –inmigración, narcotráfico, ambiente, salud pública, y la gestión de la frontera– que provienen directamente de la especial y creciente interpenetración que he señalado.

Lo que me llama la atención acerca de estos temas es que el proceso político democrático en los Estados Unidos y en los países vecinos, orienta casi irresistiblemente a la política en una dirección que es diametralmente opuesta a lo que se requiere para que la cooperación internacional pueda resolver o al menos manejar los difíciles problemas que trascienden las fronteras.

El hecho de que los enfoques políticos más atractivos para los públicos nacionales interfieran con la necesaria cooperación internacional, constituye un dilema difícil de superar y no se limita a los Estados Unidos. El impulso de afirmar la soberanía y de dejar la responsabilidad de los problemas más arduos a la otra parte de la frontera es recíproca e interactiva. Es muy posible que se desarrolle una dinámica preocupante y contraproducente en los próximos años, precisamente en las relaciones interamericanas más estrechas e interdependientes, aquellas entre los Estados Unidos y sus vecinos más cercanos.

Mi principal argumento es que la dinámica de las relaciones entre América Latina y el Caribe y los Estados Unidos será considerablemente más compleja y diversa que antes, y es probable que las relaciones sean bastante diferentes de lo que fueron durante gran parte del último siglo. Para entender esta dinámica, necesitamos nuevos conceptos y nuevos «mapas mentales», no esquemas, frases y recetas del pasado.

Una cosa es segura. Las relaciones de América Latina con los Estados Unidos proveerán material para muchos más seminarios y conferencias, organizados por el SELA o por otros.

 

 


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