América Latina y el
Caribe
en el próximo milenio
Edición Nº 55.
Enero-Abril 1999.
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Lo
que queda de aldea en
América ha de despertar... |
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Embajador
Carlos Moneta
Secretario Permanente del Sistema
Económico Latinoamericano (SELA) |
Desde finales del año pasado
estamos presenciando una crisis financiera de carácter sistémico. Los mecanismos y
apoyos de carácter internacional que se han utilizado para superar las crisis de los
años noventa han tenido un carácter de emergencia. Esto indica que no se cuenta, a nivel
multilateral, con un sistema efectivo para enfrentar situaciones de riesgo cada vez más
frecuentes. Mucho menos, con instituciones y mecanismos capaces de prevenir o de alertar
sobre tales situaciones. Por ello ha resultado necesario recurrir a solidaridades
circunstanciales, a menudo condicionadas y a veces costosas, con el objeto de defender las
economías domésticas y prevenir el desencadenamiento de crisis generalizadas.
En este contexto, la reforma de
las instituciones de Bretton Woods y en particular, de las instituciones financieras,
constituye un factor clave en las presentes circunstancias. La crisis ha afectado
severamente las posibilidades de recuperación y el crecimiento de América Latina y el
Caribe, a pesar de haber adoptado la región políticaLa promoción de los intereses
regionales en el contexto mundial requiere de una visión de conjunto sobre los intereses
de América Latina y el Caribe que sea capaz de dar forma a posiciones claras y coherentes
en los diferentes ámbitos de negociación y ante los diversos interlocutores. Los
diferentes grupos de integración han permitido avanzar a nivel subregional en esta
dirección. Sobre esa base resulta necesario conjugar las ópticas subregionales y
nacionales de manera de avanzar hacia el objetivo compartido de la integración de
América Latina y el Caribe y hacer valer los puntos de vista de la región en la
economía mundial en campos como, por ejemplo, el diseño de una "nueva
arquitectura" del sistema financiero internacional.
Una visión integral
permitiría enfrentar simultáneamente los problemas que plantea la crisis actual y dar
cohesión a las posiciones de nuestros países en los asuntos, cada vez más amplios y
vinculantes, que se discuten en los organismos y foros internacionales, los cuales exigen
una estrecha articulación entre políticas económicas y políticas externas.
La importancia de las
políticas externas, sin embargo, no puede hacer olvidar que las actividades económicas
internas son fundamentales para el desarrollo y la estabilidad de cada país y proveen un
amplio margen de maniobra. Este hecho nos conduce a formular una pregunta: ¿resulta
inevitable la transformación de nuestras economías siguiendo una única dirección?
La experiencia no avala la
existencia de una única vía para el desarrollo. Para alcanzarlo, tanto las instituciones
como las políticas no necesariamente deben ajustarse con rigor al modelo económico
predominante. Los efectos indeseados de la globalización pueden ser condicionados, en
grado variable, por la adecuada y oportuna aplicación de políticas nacionales activas.
La internacionalización de la economía no necesariamente conduce a los Estados a la
impotencia. En ese contexto, el empleo, la inversión y la producción domésticas
constituyen el grueso de la actividad económica y aunque los asuntos económicos
internacionales tienden a constituir el fiel de la balanza que puede inclinar los
resultados finales en una u otra dirección, una economía nacional sólida sigue siendo
condición indispensable para una inserción positiva en la economía mundial y para
evitar los peligros que puede entrañar la globalización.
En efecto, tanto la inserción
en la economía mundial como la necesaria armonización de políticas en los planos
regional y subregional, suponen la adopción de modelos económicos que permitan adaptarse
a las circunstancias actuales. Tales modelos, sin embargo, no deben anteponer las
exigencias de la globalización a las necesidades de los pueblos. Pues, tal como expresara
José Martí: "Cuando el pueblo en que se ha nacido no está al nivel de la época en
que vive, es preciso ser a la vez el hombre de su época y el de su pueblo, pero hay que
ser, ante todo, el hombre de su pueblo".
La región cuenta hoy con
diversas opciones reales de inserción externa, vinculación económica profunda e
integración, que representan varios frentes simultáneos de negociación: ALCA,
articulación privilegiada con la Unión Europea, profundización de los vínculos
económicos con Asia del Pacífico e integración regional e inserción externa por vía
de la vinculación de subespacios regionales y la constitución de redes intra y
extrarregionales de ciudad-región. Además, estos ámbitos presentan interacciones
múltiples. Cualquier beneficio o ventaja en una negociación inter-regional tiene la
potencialidad de extenderse prácticamente a los otros ámbitos de negociación.
Consideremos, por ejemplo,
ALCA, uno de los proyectos regionales más ambiciosos. El resultado de las negociaciones
sobre ALCA definirá, en medida apreciable, la fisonomía de las relaciones entre Estados
Unidos y los países de América Latina durante las próximas décadas, influirá,
además, en el perfil de las relaciones de América Latina y el Caribe con otros países y
regiones e incidirá en el futuro de los proyectos de integración regionales y
subregionales.
Es probable que las
expectativas generadas por el ALCA superen los resultados realmente alcanzables en ese
proceso de negociación, que va a ser afectado, como el de la "Ronda del
Milenio" en el seno de la OMC, por un contexto internacional poco propicio a las
aperturas comerciales. La incertidumbre en torno a las políticas comerciales de los
próximos meses pudieran, pero no debieran, incidir en los proyectos de integración
latinoamericanos y caribeños. Estarán presentes también en la Cumbre que celebrarán el
año próximo la Unión Europea y los países de América Latina y el Caribe, y se
añadirá a la actual crisis financiera de los países asiáticos para determinar el curso
de las relaciones con esa parte del mundo.
Todo este conjunto de factores,
de diversidad de temas, foros e interlocutores, plantea desafíos cuyos términos
políticos y económicos deberían quedar explícitos para adoptar las decisiones
pertinentes. No se puede, sin embargo, esperar un diagnóstico certero para adoptarlas,
porque la dinámica de las relaciones externas de la región no admite dilaciones.
La economía mundial avanza
hacia una nueva configuración, sobre la cual solamente se podrá influir para provecho de
América Latina y el Caribe si los países de la región actúan oportuna y conjuntamente.
Una mente visionaria como la de José Martí, hace un siglo y mucho antes de que se
hablara de globalización o de aldea global, ya lo había visualizado con claridad:
"Lo que queda de aldea en América ha de despertar (
) los pueblos que no se
conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos".
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