| El impacto del
euro en América Latina
Edición Nº 54.
Julio-Septiembre 1998.
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Lecciones del euro para la integración
Latinoamericana |
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Dra. Manuela Tortora
Asesor-Consultor del SELA |
El 1º de enero de 1999, al
entrar en vigor el euro, se iniciará un proceso de cambios profundos en el sistema
monetario y financiero internacional. En los países de la Unión Europea proliferan
artículos, debates y estudios sobre el impacto que tendrá la nueva moneda única sobre
sus economías. Pese a las divergencias derivadas de posiciones partidistas o proyecciones
diferentes, la mayoría de los expertos coincide en señalar que los cambios que
introducirá el euro son difíciles de prever y evaluar con precisión.
Más impredecible aún es el
impacto del euro sobre la economía global o la de América Latina, excepto pronósticos
de carácter general que se refieren al peso que tendrá el euro en las transacciones
comerciales y financieras o en las reservas internacionales, como fuerte competidor
del dólar, en particular para aquellas áreas o aquellos países cuyos vínculos
económicos con la Unión Europea son importantes. También hay coincidencia en señalar
que el papel del euro en los mercados de capital implicará, a su vez, un creciente papel
de la Unión Europea en la determinación de las tasas de interés a nivel mundial.
En los escenarios que se están
formulando al respecto encontramos todos los grados posibles de optimismo y pesimismo,
dependiendo de cómo se ponderan los principales "factores de riesgo" que
pondrán a prueba la solidez, la eficiencia y en definitiva, el éxito del euro.
Se trata de obstáculos o
incógnitas a la vez económicos y políticos, interdependientes y difícilmente
controlables por parte del futuro Banco Central Europeo, en la medida en que trascienden
sus competencias monetarias, como por ejemplo:
el impacto del creciente
desempleo sobre el comportamiento de las economías europeas;
la reacción de la opinión y
su respaldo al proceso de integración monetaria, que representa una importante cesión de
soberanía nacional;
la capacidad de las empresas
europeas de hacer frente a la competencia internacional y de mantener su posición en los
mercados internos y externos de la Unión;
la tasa de crecimiento de la
economía europea, y junto con ella, la percepción de que el euro, además de traer
beneficios económicos, contribuye al bienestar social;
las implicaciones políticas
e institucionales del hecho de que no todos los miembros de la Unión participarán en el
proceso del euro desde sus inicios;
los riesgos que implica la
fragmentación de políticas macroeconómicas entre distintas instancias, algunas
nacionales y otras supranacionales (el Banco Central Europeo controlará la política
monetaria, pero los ministros de hacienda podrán intervenir en la fijación de la tasa de
cambio, y gran parte de la política fiscal mantendrá su carácter nacional);
y por último, las
potenciales repercusiones de crisis financieras sistémicas (como el reciente "efecto
Hong Kong") que ignoran las fronteras geográficas y pueden afectar incluso a
economías estables y prósperas.
En suma, las incertidumbres y
la prudencia de los expertos en sus análisis de largo plazo en torno al euro se
justifican, en primer lugar, por la acelerada volatilidad que se deriva de la
globalización económica; en segundo lugar por las considerables dificultades políticas
y económicas que aún debe superar el euro, además del tiempo y el ritmo que requerirá
para consolidarse gradualmente como instrumento monetario y financiero dentro y fuera de
Europa; en tercer lugar, por la dificultad de predecir cómo se fijarán las tasas de
cambio de las actuales monedas europeas frente al euro y la del euro frente al dólar y al
yen, determinando el grado de fortaleza de la nueva moneda única; por último, son
forzosamente imprecisos los análisis de índole global que simplifican las diferencias
regionales o subregionales del impacto internacional del euro.
Pero más que los escenarios en
cuanto al futuro del euro y su impacto internacional, desde el punto de vista de América
Latina y el Caribe lo más importante es evaluar las lecciones que implica, para un
proceso de integración, el establecimiento de una moneda única. Es obvio que la Unión
Europea, por sus raíces históricas y su grado de desarrollo, difícilmente puede ser un
modelo reproducible en la realidad de otras regiones. Pero sí puede y debe ser una
referencia que amerita ser estudiada y tomada en cuenta, sobre todo a la hora de abordar,
en lo económico, el tema de la coordinación macro, y en lo político, la puesta en
práctica de un proyecto de largo plazo y gran alcance como es la consolidación de una
integración que incluye elementos de carácter supranacional.
En efecto, la Unión Europea
representa un proceso de integración sofisticado e inédito, donde se han ido acumulando,
en forma gradual pero ininterrumpida pese a inevitables "altibajos" en el ritmo
de avance, múltiples elementos interrelacionados, en particular: una fuerte y precisa
voluntad política inicial, la continuidad en la profundización del proceso por encima de
los vaivenes gubernamentales, el establecimiento de una política supranacional de
comercio exterior (eficiente y en varios casos proteccionista en defensa de los intereses
de los productores europeos), la liberalización y regulación coordinada de la actividad
económica, de los mercados de capital y de las políticas macroeconómicas, y para
coronar y dirigir el proceso, fundamentos jurídicos y mecanismos institucionales
eficientes.
El grado de integración alcanzado hasta ahora, al igual
que el que se logrará si se consolida la unión monetaria y política, se explican por
este exitoso conjunto de continuidad, voluntad, claridad de objetivos y de prioridades
estratégicas.
A ello se añaden las importantes lecciones que se
desprenden de la decisión de poner en vigencia el euro, independientemente de los enormes
desafíos que aún debe superar la moneda única para ser considerada como otro elemento
positivo en el avance de la construcción europea:
La primera lección es la de
la madurez política por parte de los gobiernos que se han comprometido con el proyecto
más ambicioso del proceso europeo y más arriesgado desde el punto de vista de la
aceptación de la población: son pocos los símbolos de la soberanía nacional cuyo
significado es equivalente a la moneda. Aquí, con el euro, la supranacionalidad dejará
de ser un concepto, una norma o una institución para convertirse en un objeto tangible,
literalmente al alcance de las manos de los ciudadanos europeos.
La segunda lección se
refiere al aparato institucional y normativo requerido por el funcionamiento de la moneda
única: el diseño y futuro establecimiento del Banco Central Europeo representan uno de
los mayores éxitos de la Comisión Europea (o de los "eurócratas" de
Bruselas); la competencia atribuida a este Banco concretará un grado de supranacionalidad
particularmente relevante si se piensa que no se trata únicamente de
"coordinación", "armonización" o "convergencia" de las
políticas monetarias, sino de su fusión en una sola.
Otra lección es la del buen
manejo macroeconómico: los "criterios de Maastricht" (sobre todo el del 3% de
déficit fiscal máximo) son exigentes y políticamente costosos, en particular para
algunas economías con altos niveles de desempleo. Pero en términos relativos, si se
compara con la situación macroeconómica de los países europeos de hace 10 o 15 años
atrás, la estabilización y convergencia que ya se están logrando en términos de
reducción del déficit y de las tasas de inflación son significativas. Igualmente
significativo es el cambio que implica ese control sobre el déficit fiscal desde el punto
de vista del papel del Estado: con ese límite, desaparece el tradicional Estado
"benefactor" que sustentó la reconstrucción europea en la posguerra.
La cuarta lección se refiere
al sector empresarial y a su respaldo al proyecto del euro, a pesar de las incertidumbres
y costos que implica, ya que se añade como un factor nuevo adicional a los que ya se
derivan de la apertura comercial y financiera: el intenso proceso de fusiones y
modernizaciones por el que atraviesan en este momento muchas de las empresas europeas
obedece a expectativas de cambios profundos en su competitividad y productividad. En este
sentido parece haber una oportuna articulación entre el empuje político a favor del euro
y el comportamiento del empresariado. Incluso, en opinión de algunos críticos del euro,
una de las causas del desempleo en algunos países de Unión radica en que las empresas se
ven obligadas a recortar gastos y puestos de trabajo ante la perspectiva de políticas
fiscales de los gobiernos cada vez más severas, destinadas a cumplir con los criterios de
Maastricht.
La quinta lección se refiere
a lo que puede representar el euro en el avance global del proceso de integración
europeo, desde el punto de vista político y económico: cuanto más rápido logrará
fortalecerse la moneda común, más se acelerará el proceso de integración en su
conjunto, incluso en campos no estrictamente económicos, gracias a un "efecto
demostración" positivo. El euro fungirá también de "acelerador" o en
todo caso de incentivo al proceso de adhesión de nuevos miembros de la Unión, ansiosos
de incorporarse en un esquema exitoso. De igual manera, el costo de un eventual fracaso o
debilidad del euro puede ser alto para la consolidación de lo que ya se ha logrado a
nivel comunitario y para la credibilidad de la Unión Europea en el escenario mundial.
En conclusión, los gobiernos
europeos, al jugar la carta del euro, demuestran que están dispuestos a correr riesgos
importantes, pero demuestran también su confianza en la validez de largo plazo del
proyecto integracionista. Demuestran, asimismo, que están dispuestos a avanzar en varios
terrenos simultáneamente: el del establecimiento del euro, que equivale a una
profundización de la integración; el de la ampliación a nuevos miembros, que por
definición plantea el riesgo de frenar o diluir el proceso (a más miembros, más
dificultades en la convergencia, más asimetrías y por ende más necesidad de fragmentar
los compromisos); y el de una creciente participación en la globalización de la
economía mundial. Varias señales parecen indicar que de los tres, el primer terreno, el
de la profundización de la integración, es en este momento prioritario, y es concebido
como una fase indispensable para poder enfrentar desde una posición sólida tanto la
ampliación a nuevos miembros como el aprovechamiento de la globalización.
Si la Unión Europea resulta
exitosa en la profundización de sus logros y en la conciliación de estos desafíos, la
última lección la más importante- es la que legará a la historia de la
integración.
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