Globalización y relaciones externas
    de América Latina y el Caribe
    Edición Nº 53.

    Enero-Junio 1998. 

    Hechos y ficciones de la globalización

    Aldo Ferrer
    Ex Ministro de Economía y de
    Obras Púbicas de la República
    de Argentina y consultor internacional.

     

    Con la autorización de la editorial, se reproduce una versión extractada del primer capítulo del libro "Hechos y ficciones de la globalización. Argentina y el Mercosur en el sistema internacional", del economista argentino Aldo Ferrer, editado por el Fondo de Cultura Económica en diciembre de 1997.

    I. Introducción

    Desde que existe un orden económico inclusivo de todo el planeta, los vínculos con el contexto mundial han gravitado siempre sobre el desarrollo de los países. La formación de capital, el cambio técnico, la asignación de recursos, el empleo, la distribución del ingreso y los equilibrios macroeconómicos son, en efecto, fuertemente influidos por las relaciones con el sistema internacional.

    De este modo, el diseño de las conexiones entre una economía nacional y su entorno plantea interrogantes fundamentales cuya resolución determina el crecimiento o el atraso. En otros términos, la respuesta al dilema del desarrollo económico en un mundo global constituye el primer desafío que debe resolver la política económica de cualquier país.

    Ese dilema refleja, en primer lugar, la existencia de diversos niveles relativos de desarrollo de las economías que conforman el orden global y, por lo tanto, relaciones asimétricas de poder. Para no quedar atrapados en un sistema de vínculos internacionales articulados por quienes ejercen, en cada momento, las posiciones dominantes, los países rezagados deben cerrar la brecha que los separa de los líderes.

    En definitiva, el debate actual sobre la naturaleza y alcances de la globalización no es nada nuevo. Se refiere al mismo problema histórico; cómo resuelve cada país el dilema de su desarrollo en un mundo global para no quedar atrapado en el sistema de relaciones articulado, en su beneficio, por los intereses y potencias dominantes.

    Se trata de determinar, nada menos, si dentro del orden global contemporáneo, los países rezagados cuentan o no con suficiente libertad de maniobra para la elección del propio destino. Es decir, para diseñar y ejecutar proyectos nacionales viables de desarrollo que los convierta en participantes activos no subordinados de la globalización.

    II. Los hechos

    La globalización de la economía mundial se manifiesta actualmente en cuatro terrenos principales: el comercio internacional, las corporaciones transnacionales, las corrientes financieras y los marcos regulatorios.

    Comercio Internacional. Desde 1945 hasta la actualidad, el comercio ha crecido más rápidamente que la producción. Con fuertes oscilaciones en todo el período, en promedio, entre 1945 y 1996, el producto mundial aumentó la tasa anual del 4 por ciento y el comercio internacional el 6 por ciento. Consecuentemente, en la segunda mitad del siglo XX, el peso relativo de las exportaciones respecto del producto mundial aumentó de menos del 10 por ciento al 20 por ciento.

    Este incremento ocurrió prácticamente en todos los países. Entre 1950 y principios de la década de 1990, en los Estados Unidos aumentó del 3,6 por ciento a más del 7 por ciento, en Alemania del 8,5 por ciento al 24 por ciento y en Japón del 4,7 por ciento a más del 9 por ciento. En el conjunto de países en desarrollo, en el mismo período, la relación pasó del 16,5 por ciento al 20 por ciento.

    Corporaciones transnacionales. Las inversiones privadas directas aumentaron rápidamente en las últimas décadas. En la actualidad operan en la economía mundial 39 mil corporaciones transnacionales que cuentan con 270 mil filiales distribuidas prácticamente en todo el planeta. El stock de las inversiones en estas filiales alcanza a casi tres billones de dólares que generan un producto superior a los 2 billones de dólares anuales. En las 100 mayores corporaciones del mundo, sus operaciones transnacionales representan alrededor del 50 por ciento del total de sus actividades1.

    La internacionalización de la producción al interior de las corporaciones transnacionales se refleja en un intenso comercio de materiales, productos finales, tecnología y servicios entre las matrices y sus filiales. El proceso es de tal importancia que se considera que alrededor de ¼ del comercio mundial consiste en relaciones intrafirma. La revolución electrónica y los consecuentes avances en el procesamiento de datos y transmisión de información han facilitado este proceso de toma de decisiones y organización de la producción de las firmas a escala mundial.

    Corrientes financieras. La expansión del comercio internacional y de las inversiones privadas directas empalidece frente al vertiginoso crecimiento de los mercados financieros globales. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, las operaciones financieras internacionales han crecido de tres a cuatro veces más rápido que las inversiones en activos reales y la producción mundiales. El incremento ha sido particularmente intenso a partir de la década de 1960.

    Considerando sólo un componente de las finanzas globales, a saber, los préstamos bancarios internacionales netos, se observa lo siguiente: por cada 100 dólares de inversión en activos fijos en el mundo los préstamos alcanzan a 6.2 dólares en 1964 y a más de 130 a principios de la década de 1990. Comparado con el comercio internacional, las relaciones son de 7.5 y 105 en aquellos años, respectivamente2.

    Las corrientes financieras consisten principalmente en operaciones de capitales de corto plazo desvinculadas de la actividad real de producción, comercio e inversión. La variedad de instrumentos financieros se ha sofisticado y multiplicado de manera vertiginosa. El objetivo dominante de la mayor parte de las transacciones financieras internacionales es realizar ganancias especulativas. Se estima que el 95 por ciento de las operaciones de los mercados cambiarios, que asciende diariamente a alrededor de 1.3 billones de dólares, consiste en movimientos de fondos que arbitran tasas de interés, tipos de cambio y expectativas de los mercados bursátiles.

    Los mercados financieros son protagonistas decisivos del proceso de globalización. Quienes operan en el comercio internacional y conducen las corporaciones transnacionales tienen una limitada libertad de acción para producir cambios inmediatos en la distribución internacional de recursos. En cambio, los operadores financieros cuentan con una libertad absoluta para el desplazamiento de fondos y montar, en horas, ataques especulativos contra cualquier moneda; con la probable excepción del dólar, el yen y el marco alemán.

    El marco regulatorio. Las transacciones económicas y financieras internacionales se fueron liberalizando desde fines de la Segunda Guerra Mundial. En el terreno comercial, la reducción de aranceles se concentró en los productos manufactureros, principalmente aquellos de mayor contenido tecnológico y crecimiento. Entre 1950 y 1990, el arancel promedio para las importaciones de manufacturas se redujo del 14 por ciento al 4.8 por ciento en los Estados Unidos, del 26 por ciento al 5.9 por ciento en Alemania y en Japón, desde niveles altísimos e indeterminados, al 5.3 por ciento. En cambio, los países industriales mantienen altas las barreras arancelarias y no arancelarias sobre los productos agrícolas de clima templado y otros bienes sensibles, eufemismo empleado para caracterizar las manufacturas (como textiles) intensivas en el uso de mano de obra, en las cuales los países en desarrollo tienen ventajas comparativas.

    El marco regulatorio ha experimentado nuevos cambios como resultado de las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT, que culminó con la formación de la Organización Mundial de Comercio. En este ámbito, por primera vez en la historia, se han adoptado normas comunes y más liberales para el tratamiento de las inversiones privadas directas y los servicios; y más rigurosas para la protección de la propiedad intelectual.

    La tecnología informática facilitó la comunicación de los mercados financieros. Pero el elemento decisivo de su crecimiento fue la desregulación que ha sido generalizada y, prácticamente, total para las transacciones en cuenta corriente, como, así también, en las de capital. Una vez que concluyó la reconstrucción de posguerra en Europa y Japón, las economías industriales se sumaron a los Estados Unidos en la liberación de los regímenes cambiarios y las corrientes financieras.

    Este proceso coexistió con la transformación del sistema monetario internacional desde el régimen de paridades fijas a otro de tasas de cambio fluctuantes. El cambio fue provocado por desequilibrios del balance de pagos de los Estados Unidos y la decisión de ese país, en 1971, de abandonar la convertibilidad del dólar en oro.

    Ninguna de las turbulencias provocadas desde entonces por el cambio de las paridades de las principales monedas y la volatilidad de los mercados detuvo el vertiginoso crecimiento de las corrientes financieras internacionales. En los países en desarrollo, el Fondo Monetario Internacional ha sido instrumental en la promoción de la desregulación financiera.

    III. Las ficciones

    Estos son los hechos dominantes de la globalización del orden mundial contemporáneo. A partir de los mismos se ha construido una ficción de la realidad. Sus contenidos centrales son los siguientes:

    La revolución tecnológica. Los extraordinarios avances tecnológicos, particularmente los fundados en la microelectrónica y la navegación espacial, han puesto en marcha fuerzas que escapan del control de los actores sociales y de los estados. Viviríamos, así, en una aldea global unificada por la revolución informática y el dominio del espacio.

    Comando de recursos. Actualmente, la mayor parte de los recursos de la economía mundial está bajo el comando de actores transnacionales: las megacorporaciones y los mercados financieros globalizados. Las transacciones económicas no se realizarían predominantemente en los espacios nacionales sino en el mercado planetario.

    En consecuencia, la capacidad de resolver sobre la asignación de recursos, la acumulación de capital, el cambio técnico y la distribución del ingreso radicaría, actualmente, en centros de poder transnacional. Las decisiones se adoptan, entonces, fuera de los espacios nacionales. Son los mercados globales los que dispondrían, cada día, cuál es la suerte de cada país integrante del orden mundial. Las fronteras han sido borradas por la revolución tecnológica y los estados son impotentes para influir en las cuestiones cruciales.

    Condiciones de la competencia. En el mercado global compiten firmas, no países. La capacidad de las empresas de sobrevivir y de crecer en el mundo sin fronteras depende de su aptitud competitiva fundada en su propia capacidad de organización de recursos, cambio técnico, acumulación y acceso a las oportunidades que ofrece el sistema global. La firma está inserta en un escenario planetario y es allí donde las empresas libran una batalla de vida o muerte por el dominio de los mercados y los recursos. La globalización ha impuesto inexorablemente un darwinismo económico en el cual sobrevive el más apto para adecuarse a las exigencias del hábitat planetario. Desarraigada de su contexto nacional, la empresa navega por sus medios en el escenario mundial.

    Globalización sin precedentes históricos. Se estaría en presencia, pues, de un fenómeno sin antecedentes. La ficción globalizadora sugiere, en efecto, que la revolución científico-tecnológica contemporánea ha provocado una fractura en el desarrollo histórico de la humanidad y en el comportamiento del orden mundial gestado desde el Renacimiento y la formación de los estados nacionales.

    En materia económica y financiera, al menos, la soberanía de los estados habría sido desbaratada por la globalización. En realidad, la soberanía radicaría actualmente en los mercados. El mundo hoy es una aldea global y en ella el poder decisorio radica en los actores transnacionales. En este sentido, la globalización sería un fenómeno estrictamente contemporáneo. Nunca antes los países habrían estado sujetos a acontecimientos de carácter global que los afectaran tan decididamente y, frente a los cuales, son impotentes.

    IV. La visión fundamentalista

    A partir de estas ficciones sobre la naturaleza y alcance de los vínculos económicos y financieros que prevalecen actualmente en el orden mundial, se ha formado una visión fundamentalista de la globalización. Ella sugiere que el dilema del desarrollo en un mundo global ha desaparecido. Por la simple razón de que, en la actualidad, las decisiones principales no las adoptan hoy las sociedades y sus estados sino los agentes transnacionales.

    El mensaje es, en consecuencia, contundente: lo único que actualmente puede hacerse es adoptar políticas amistosas para los mercados. ¿Cuáles son estas políticas? Aquellas que son funcionales a los intereses dominantes. Ellas incluyen la apertura de la economía, la desregulación de los mercados reales y financieros, el achicamiento del Estado a las expresiones mínimas consistentes en la preservación de la seguridad y el orden jurídico, el equilibrio fiscal y la estabilidad de los precios.

    Las políticas adecuadas permitirían entonces que los actores transnacionales sean atraídos y promuevan el crecimiento económico y la competitividad internacional de los países elegidos. Serían así posibles la acumulación de capital y el aumento de la productividad, presumiblemente también con la expansión del empleo. Por el contrario, las consecuencias de perseguir políticas mal recibidas por los mercados serían la fuga de capitales, la inestabilidad, el estancamiento económico y la marginación.

    Al mismo tiempo, las condiciones vigentes de la competencia global obligan al Estado a facilitar la navegación de las empresas en el mercado sin fronteras. La primera obligación es reducir los costos domésticos de las firmas y, en primer lugar, los laborales. La reducción de los sistemas de seguridad social y la flexibilización de los mercados de trabajo son requisitos indispensables de la competitividad y, en definitiva, de la capacidad de las firmas de generar empleo.

    Los equilibrios macroeconómicos y la estabilidad de precios son elementos imprescindibles en cualquier política responsable. Pero la propuesta fundamentalista va mucho más allá. Propone transformaciones estructurales que implican aceptar, incondicionalmente, las reglas del juego impuestas por los intereses y potencias dominantes en el sistema internacional. Siendo esto así, en efecto no existe más el dilema del desarrollo en un mundo global. En la práctica, no habría alternativas a la adecuación pasiva al orden existente.

    La visión fundamentalista constituye hoy la sabiduría convencional en cuestiones económicas y financieras. Este enfoque rescata la propuesta ortodoxa del libre juego de los actores económicos en los espacios nacionales, en las regiones y en el mercado mundial. Sólo que, ahora, la justificación es menos en función de la racionalidad económica y más en términos de acontecimientos que excederían la capacidad de control de las sociedades y sus sistemas políticos.

    En el enfoque clásico, desde las postulaciones iniciales de David Hume y Adam Smith, estaba implícita la existencia de un orden natural reflejado en la ley de la oferta y la demanda y su impacto sobre la asignación de recursos y la distribución del ingreso. El mensaje político implicaba entonces un alzamiento contra el autoritarismo de la monarquía absoluta y un rechazo al rígido intervencionismo mercantilista. En aquel nuevo orden liberal, una mano invisible garantizaba la convergencia de los intereses privados y públicos. De esta manera, la libertad de las transacciones al interior de los mercados nacionales y de los internacionales en el mercado mundial era el régimen que permitía el mejor empleo de los recursos y el mayor nivel posible de bienestar.

    Actualmente, la perspectiva fundamentalista de la globalización sugiere también la existencia de un orden natural pero fundado, lisa y llanamente, en la estructura de poder del orden mundial contemporáneo. Es el retorno al poder absoluto y al discrecionalismo, no ya de la monarquía sino de los mercados.

    La visión fundamentalista influye, asimismo, en el debate actual sobre la gobernabilidad de la democracia. Si el poder radica efectivamente en los mercados, de lo que se trata es de lograr que las democracias generen políticas amistosas para los mismos. La ingobernabilidad consistiría, entonces, en las resistencias de las sociedades y sus sistemas políticos a ratificar las decisiones de los mercados. Cuando no lo logran se tornan ingobernables.

    Detengámonos brevemente ahora en la interpretación alternativa de la globalización y sus implicaciones políticas.

    V. El mundo real y la globalización

    La observación de la realidad revela que el mundo no se comporta tal y como supone la sabiduría convencional. Veamos algunos puntos principales:

    Los marcos regulatorios y la globalización mediática. Gran parte de lo que se concibe como globalización surge del proceso de desregulación de las transacciones financieras y de la liberación del comercio de bienes y servicios. No es consecuencia inevitable de la revolución tecnológica ni escapa al control de los actores sociales y los estados nacionales.

    La soberanía de los mercados es una profecía autocumplida. Descansa en los marcos regulatorios establecidos por los centros de poder mundial y refleja, por lo tanto, un período histórico y decisiones políticas. Los mercados financieros globales son lo que son actualmente por la desregulación generalizada de sus operaciones. Medidas modestas de intervención, como el pequeño impuesto propuesto por el profesor James Tobin para desalentar los movimientos de capitales especulativos, permitirían a las autoridades monetarias recuperar el control que ahora han perdido. Mientras tanto, los grandes operadores financieros tienen, efectivamente, capacidad de montar ataques especulativos que pueden conmover, incluso, a monedas de países avanzados (como, por ejemplo, el franco, la libra esterlina y la lira) y al mismo sistema monetario europeo.

    El comportamiento de los mercados financieros radica en factores políticos más que en los reales. Antes de la crisis de los años treinta, el patrón oro y la libertad de los movimientos de capitales parecían también regímenes del orden natural. Los hechos demostraron que el sistema multilateral de comercio y pagos se derrumbó como un castillo de naipes bajo el impacto de la crisis de la economía real.

    En buena medida, la globalización es, por otra parte, un fenómeno mediático. Probablemente el 90 por ciento de la información económica que se difunde en el mundo y dentro de cada país se vincula a operaciones y negocios de carácter transnacional: préstamos internacionales, paridades y tasas de interés, bolsas de valores, comercio, inversiones de las corporaciones transnacionales, fusiones, alianzas estratégicas y transferencia del control de empresas, privatizaciones y participación en las mismas de inversores extranjeros, etcétera.

    A su vez, las opiniones dominantes provienen de economistas notorios de los principales centros académicos de los países desarrollados, financistas y empresarios, funcionarios y voceros de los organismos financieros multilaterales, las tesorerías y bancos centrales de las economías principales. En el ámbito interno predominan, al mismo tiempo, los criterios de quienes comparten la visión fundamentalista de la globalización.

    Sobre la base de esta información, abrumadoramente dominada por los negocios internacionales y los enfoques de la sabiduría convencional, no es difícil llegar a la conclusión de que, en efecto todo sucede en la aldea global.

    Sin embargo, la actividad que transcurre fuera de la atención de la globalización mediática comprende la mayor parte del proceso económico. Las pequeñas y medianas empresas que operan en todos los sectores productivos, los servicios básicos de educación y salud, la inversión pública de mediano porte, buena parte de la investigación y desarrollo realizada en universidades, laboratorios y empresas, la vivienda y la infraestructura construidas en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos y otras actividades ignoradas por la globalización mediática constituyen el ámbito en el cual nace, crece, ama, trabaja, cría a sus hijos y termina sus días la mayor parte de las personas. Y es allí donde se genera también el grueso de la producción, el empleo, el intercambio, el ahorro y la acumulación de capital.

    El mercado y el comando de recursos. La mayor parte de las transacciones económicas no se realiza en los mercados globales sino en los nacionales. Más del 80 por ciento de la producción mundial se destina a los mercados internos de los países. Las exportaciones representan menos del 20 por ciento del producto mundial. Alrededor de 9 de cada 10 de los trabajadores del mundo producen para los mercados de sus respectivos países.

    La gigantesca masa de recursos financieros que circula en las plazas globales es una burbuja de transacciones en papeles, opciones, derivados y otros instrumentos que constituyen operaciones desvinculadas en su mayor parte de la actividad real de producción, inversión y comercio. Alrededor del 95 por ciento de la acumulación de capital en el mundo se financia con el ahorro interno de los países.

    Las inversiones de las filiales de corporaciones transnacionales representan actualmente el 4 por ciento de la formación de capital fijo mundial. En años recientes, esa participación se ubica entre el 3 por ciento y 8 por ciento en el conjunto de los países en desarrollo y en América Latina, entre el 3 por ciento y 10 por ciento. Es interesante observar que en Corea, uno de los países de mayor crecimiento de Asia, el valor correspondiente es inferior al 1 por ciento.3

    En varios países, como Argentina y otros de América Latina, una parte significativa de las inversiones privadas directas de las corporaciones transnacionales consiste en compras de activos existentes, particularmente a través de las privatizaciones de empresas públicas. Por lo tanto, la contribución efectiva a la ampliación de la capacidad productiva es menor que la que sugieren aquellos indicadores.

    La participación de las filiales al producto mundial ronda el 7 por ciento. Incluso, en los países industriales, que originan el 85 por ciento de las inversiones privadas directas, la relación entre el producto de las filiales de sus corporaciones transnacionales y su producto nacional es del orden del 6 por ciento.

    Estas participaciones son menores que las correspondientes a las de la economía subterránea (excluyendo las vinculadas a actividades delictivas, como el narcotráfico). Entre un mínimo del 8 por ciento correspondiente a Suiza y un 26 por ciento a Italia, pasando por un 10 por ciento en los Estados Unidos y el 15 por ciento en Alemania,4 la participación de la economía subterránea en el producto total de las economías industriales es de dos a tres veces mayor que la perteneciente a las filiales de las corporaciones transnacionales. En los países en desarrollo la diferencia es aún mayor.

    Las condiciones de la competencia. En el mundo real, los que compiten son países y sistemas antes que firmas. Las corporaciones transnacionales son los que son por sus raíces en la realidad económica, social y política de sus países de origen. Es inconcebible la gravitación de las grandes empresas norteamericanas, alemanas o japonesas si se las desarraiga de la riqueza del tejido productivo y social de sus respectivos países y de las políticas públicas que las respaldan.

    En las economías en desarrollo, el vínculo entre la acción del Estado y la competitividad de las empresas es aún más evidente. En ellas, su atraso relativo impone políticas activas más vigorosas que las que prevalecen en las economías industriales maduras. Pretender, por ejemplo, explicar el desarrollo de las corporaciones de Corea o Taiwán sin el respaldo de sus respectivos estados nacionales sería como intentar narrar las aventuras del Quijote sin el Caballero de los Leones.

    El énfasis de la visión fundamentalista en la rebaja de los costos laborales, a través de la reducción de los sistemas de seguridad social y de la consagración de relaciones industriales transitorias y precarias, es una amenaza directa al crecimiento de la productividad. Esta se basa, esencialmente, en la capacitación de los recursos humanos y en relaciones sociales estables que eleven la calidad de vida y profundicen el compromiso de los cuadros de personal con el desarrollo de las firmas.

    El argumento fundamentalista de que la reforma laboral es esencial para generar empleo es francamente inconsistente. Siempre es posible y preciso mejorar los marcos regulatorios en todos los mercados, incluso el laboral. Pero en el contexto de políticas inspiradas en la visión fundamentalista ninguna rebaja de costos laborales puede compensar la caída de la tasa de crecimiento ni las consecuencias depresivas de la concentración del ingreso.

    VI. Los orígenes de la ficción globalizadora y la visión fundamentalista

    En un mundo unificado en tiempo real por la difusión de información e imágenes no es difícil caer en la ficción globalizadora. La apariencia es, en efecto, de un mundo sin fronteras. Hemos visto, sin embargo, que en el plano real de la producción, la inversión y el empleo, el orden global coexiste con la gravitación decisiva de los mercados y ahorro interno de los países.

    Vivimos, pues, en un mundo paradójico. En él coexisten fuerzas globales reales y simbólicas de enorme gravitación con la presencia insoslayable de los factores internos. Para países periféricos y vulnerables, como los de América Latina, la globalización impone restricciones indudables. Las nuevas reglas emergentes de la Ronda Uruguay y del GATT y su aplicación en el ámbito de la Organización Mundial de Comercio introducen criterios respecto de la propiedad intelectual, los servicios y el tratamiento de la inversión extranjera directa que no pueden desatenderse. Además, los grandes países ejercen el poder en sus relaciones bilaterales. Como, por ejemplo, los Estados Unidos respecto del régimen de propiedad intelectual en el sector farmacéutico.

    Es imposible ignorar la existencia de un orden global y de un sistema de poder en las relaciones internacionales. Pero, de todos modos, la ficción globalizadora y la visión fundamentalista constituyen una gigantesca deformación de la realidad. ¿Cuál es su origen?

    Una primera explicación es obvia y surge de la gravitación de los actores transnacionales. Es natural que desde los centros del poder mundial se vea al resto del mundo como una aldea global, sin fronteras. En ella, los operadores financieros y las corporaciones transnacionales pretenden operar sin injerencia alguna de los estados nacionales. La visión fundamentalista es, de este modo, la ideología del poder en el mundo contemporáneo.

    En América Latina, la deuda externa y la vulnerabilidad financiera contribuyen decisivamente a la formación de la visión fundamentalista. Los servicios de la deuda son causa principal del déficit del balance de pagos en cuenta corriente y de la consecuente demanda de financiamiento externo. De este modo, la política económica debe satisfacer las expectativas de los mercados con políticas alineadas con los criterios neoliberales. Estas abarcan la conducción de las herramientas fiscales y monetarias y los programas de ajuste estructural que incluyen el achicamiento del Estado, las privatizaciones, la desregulación financiera y la apertura de las economías nacionales. La sabiduría convencional sugiere que la aplicación de estas políticas es el resultado inexorable de la globalización y que no existen cursos alternativos posibles sino a riesgo de provocar la fuga de capitales y el colapso financiero y económico.

    La visión fundamentalista tiene, además, otras razones probables y más sutiles. La ficción globalizadora se construye, en gran medida, en los medios académicos. Existe en ellos una constante inclinación por explicar las complejidades de la realidad empleando modelos totalizadores que resumen los factores fundamentales en pocas variables. Las referidas al orden mundial tienen el atractivo de delegar en determinantes globales y supranacionales el comportamiento de las economías nacionales. Según algunos observadores,5 estas inclinaciones revelan una pereza intelectual para aceptar el desafío de la realidad y una claudicación de la responsabilidad política de resolver los problemas concretos.

    En América Latina es también observable una inclinación a construir castillos de naipes hilvanando pocos datos impactantes del mundo global. La repercusión de una declaración del presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos o una megafusión alcanzan para sugerir la existencia de una "nueva fase de la acumulación capitalista" que ha borrado las fronteras nacionales. La sabiduría convencional incorpora estas nuevas evidencias para fortalecer su propia y deformada visión del mundo.

    Pero existen otras razones. Dado que la ficción globalizadora y la visión fundamentalista constituyen la ideología de los centros de poder, cabe afirmar que los países de la periferia, en los cuales prevalece la sabiduría convencional, están sometidos a un proceso sin precedentes de colonización cultural.

    En efecto, la visión céntrica, impartida especialmente en algunas universidades de los Estados Unidos, está formando los cuadros de economistas más influyentes en esos países periféricos. Se está así en presencia de un extraordinario proceso de racionalización de la subordinación y la dependencia.

    Los resultados suelen no ser buenos en el terreno de la producción científica. Compárese, por ejemplo, la sofisticación técnica empleada actualmente en el estudio de cuestiones triviales con la riqueza de las contribuciones de Raúl Prebisch, Celso Hurtado, Carlos Díaz Alejandro y otros eminentes economistas latinoamericanos. El análisis económico predominante en la actualidad ha perdido de vista la dimensión histórica y la complejidad económica, cultural y política del desarrollo. Por lo tanto, resulta, en su mayor parte superficial e intranscendente.

    La aplicación de las ideas predominantes a la realidad produce resultados aún peores, como lo demuestran algunas catástrofes financieras y económicas registradas bajo el liderazgo de economistas con los más altos títulos académicos. De todas maneras, se trata de un proceso circular. Los epígonos del credo fundamentalista son considerados los depositarios de la seriedad científica y este atributo es un requisito para el éxito profesional, sean cuales fueren los resultados.

    La ficción globalizadora y la visión fundamentalista promueven políticas de baja racionalidad y malos resultados. La causa es que tales políticas subordinan la administración de los recursos disponibles, la acumulación de capital y el cambio técnico a los intereses y objetivos de agentes económicos y sociales que comandan una parte minoritaria de los recursos y los mercados.

    No es extraño, por lo tanto, que en varios países se estén fracturando los sistemas productivos entre sectores dinámicos asociados al orden transnacional y la mayor parte del aparato productivo en donde predomina el estancamiento, la marginación y el desempleo. Esto implica un formidable desperdicio de recursos, el deterioro de la productividad media de la economía y una caldera de inestabilidad social y política.

    Conclusiones

    Suele depositarse sobre la globalización la responsabilidad de las asimetrías crecientes en el sistema internacional, el desempleo, la concentración del ingreso y otras tendencias negativas del desarrollo económico y social. Sin embargo, el problema radica en la aplicación de políticas inadecuadas en un contexto internacional globalizado.

    La ampliación de los mercados y la transferencias internacionales de recursos generan, potencialmente, formidables fuerzas de expansión de la producción, el empleo y el bienestar. No obstante, librados a sus propias fuerzas, los mercados contribuyen a profundizar las asimetrías prevalecientes en el orden mundial y en el interior de los países.

    Como propone el reciente consenso de Brasilia, es indispensable gobernar la globalización6. Vale decir, son necesarias políticas nacionales activas y marcos regulatorios internacionales que liberen las fuerzas de crecimiento de los mercados, al mismo tiempo que se controlan sus efectos deletéreos, particularmente en el área financiera. Convendría evitar que los epígonos de la ficción globalizadora y la visión fundamentalista acaben con la globalización y fracturen el orden mundial, riesgo posible frente a la acumulación de tensiones que están a la vista.

    Contrariamente a lo que sugiere la visión fundamentalista, la inmensa mayoría de los recursos disponibles en la economía mundial está potencialmente bajo el comando de los actores privados y públicos de los países. Esto es cierto en los países desarrollados y en gran parte del mundo en desarrollo, incluyendo América Latina. Sólo las economías más atrasadas, como varias del Africa Sud-sahariana, carecen probablemente del potencial y las instituciones para ejercer un comando efectivo de sus mercados y recursos.

    De este modo, la acumulación de capital, el cambio técnico, el aumento de la productividad y la distribución del ingreso dependen potencialmente, en primer lugar, de decisiones de los agentes privados y públicos nacionales. El desarrollo descansa, antes que nada, en factores endógenos tales como la modernización del Estado, la estabilidad institucional, los equilibrios macroeconómicos, los incentivos para la inversión privada y la capacitación de los recursos humanos. Nada de esto puede importarse ni delegarse en el liderazgo de los agentes transnacionales.

    El desarrollo no es posible sin respuestas viables al dilema del crecimiento en un mundo global. El descubrimiento y conquista de América y la llegada de los portugueses a Oriente por vía marítima conformaron el primer orden mundial global. Desde entonces, la experiencia histórica es concluyente. A saber: sólo lograron alcanzar altos niveles de desarrollo los países que se asociaron estrechamente al orden global a partir de su propia integración y desarrollo internos 7. Esto es tan cierto actualmente como en el pasado.

    La resolución del dilema del desarrollo en un mundo global sigue descansando en el ejercicio de la libertad de maniobra con la que cuenta cada país. Que esa libertad se asuma para aceptar incondicionalmente las reglas del juego establecidas, adoptar estrategias inviables o iniciar caminos alternativos de desarrollo autocentrado y abierto depende más de los factores internos que de las restricciones del contexto externo. Esos factores incluyen la dimensión del territorio y la población, las tradiciones culturales y políticas, la cohesión de la sociedad y la calidad de liderazgo de las élites8. En definitiva, todos factores arraigados, en primer lugar, en la realidad interna de cada país.

    La experiencia reciente cuestiona la viabilidad de la sabiduría convencional y ratifica, al mismo tiempo, la necesidad de los equilibrios macroeconómicos y la estabilidad. Estas son condiciones necesarias para sustentar un eventual cambio de rumbo. En efecto, nada se construye en el desorden, el despilfarro y la irresponsabilidad en el manejo de los grandes instrumentos de las políticas fiscales, monetarias y de balance de pagos 9. Asimismo, el intervencionismo público que genera rentas sin crear riqueza ni elevar la calidad de vida constituye una injerencia perversa en los mercados y un obstáculo al desarrollo.

    Respecto de la democracia, el verdadero problema no es el de su supuesta ingobernabilidad. Como las políticas neoliberales suelen agraviar a las mayorías se comprende que los sistemas democráticos resulten ingobernables desde la perspectiva fundamentalista. En consecuencia, el problema que debe resolverse es el de la gobernabilidad de los mercados.

    En verdad, la visión fundamentalista de la globalización es una versión moderna del absolutismo y un desafío a la tradición liberal de las democracias occidentales.

    El cambio de rumbo necesario para gobernar la globalización es mayúsculo. Implica, en primer lugar, un debate amplio y profundo sobre las opciones que confronta la sociedad en un mundo globalizado. Requiere, además, la reconstrucción de los medios de acción pública para compatibilizar la capacidad creadora de riqueza de los mercados con los equilibrios sociales que son, en sí mismos, nuevas fuentes potenciales de crecimiento, empleo y bienestar.

    Reclama, asimismo, un amplio proceso de cooperación internacional para resolver cuestiones globales, como la protección del medio ambiente y la seguridad colectiva. Y, también, para enfrentar el estigma de la pobreza y la marginación cuando los recursos disponibles sobran para construir un nuevo orden mundial y elevar la calidad de vida de la especie humana. Pero la viabilidad de esta cooperación internacional descansa, sobre todo, en las decisiones de los centros de poder y éstos están muy lejos de comprometerse con lo que hay que hacer para construir un nuevo orden mundial.

    Mientras tanto, cada país debe enfrentar su propia realidad y reconocer que, en definitiva, es el responsable de su propio destino.


    Notas

    1. Unctad, World investment report, 1996, Nueva York y Ginebra, 1996.

    2. Unctad, World investment report, 1994. Nueva York y Ginebra, 1994.

    3. Unctad, 1996, ob cit.

    4. The Economist, Londres, mayo 3, 1997, p. 63.

    5. P. Krugman. Pop Internationalism, Cambridge, Massachusetts, The MIT Press, 1996.

    6. Cumbre regional para el desarrollo político y los principios democráticos. Brasilia, UNESCO, julio 6, 1997.

    7. A. Ferrer, Historia de la globalización, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996.

    8. H. Jaguaribe, "Economic development in Latin America and the need of a theory of functional elites", en: Economic and social development……, ob. Cit.

    9. A. Ferrer, Poner la casa en orden, Buenos Aires, El Cid Editor, 1984.

 

 


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