Globalización y relaciones externas
    de América Latina y el Caribe
    Edición Nº 53.

    Enero-Junio 1998.

    La vía rápida:
    un largo y tortuoso camino
    Craig VanGrassteck
    Presidente de VanGrassteck
    Communications y Conferencista de la
    American University of International
    Service, Washington, D.C.

     

    I. Introducción

    A finales de 1997 el Congreso de Estados Unidos asestó un duro golpe a la política comercial del gobierno de Clinton y a los planes de integración económica de la región, cuando concluyó el período de sesiones sin haber sometido a votación el proyecto de ley para renovarle al presidente la autorización de negociación por la vía rápida. El Presidente Bill Clinton solicitó que la votación fuese pospuesta hasta 1998.

    Si bien es posible persuadir al Congreso para que otorgue una nueva concesión de autoridad de vía rápida a tiempo para dar un inicio favorable a las negociaciones de la ALCA, lo más recomendable sería que los dirigentes económicos de la región planificaran otros escenarios. La ausencia de una autoridad de vía rápida no impedirá que Estados Unidos participe en las negociaciones de la ALCA, pero se registrará cierta incertidumbre en estas y otras iniciativas, a menos que las Cámaras Ejecutiva y Legislativa del gobierno estadounidense logren un entendimiento en torno a la dirección futura de las políticas de su país.

    II. Objetivo y procedimientos de la vía rápida

    La autoridad de negociar por la vía rápida establece normas especiales para la consideración por parte del Congreso de los acuerdos comerciales. La misma permite al presidente someter al Congreso el decreto de promulgación (es decir, el proyecto de ley que estipula todas las modificaciones que deben efectuarse a las leyes estadounidenses existentes) para ciertos acuerdos, que luego se considerarían bajo procedimientos expeditos. La vía rápida contempla dos normas especiales para la consideración de estos proyectos: los mismos deben ser sometidos a votación en ambas cámaras del Congreso en el lapso de noventa días legislativos y no se pueden enmendar. De no existir tales normas, sería mucho más fácil para quienes se oponen a un determinado acuerdo comercial evitar que se lleve a cabo la votación sobre el mismo o examinar minuciosamente y discutir cada uno de los puntos del acuerdo mediante las llamadas "enmiendas asesinas". En los últimos veinte años, la autoridad de la vía rápida ha sido utilizada para aprobar cinco acuerdos comerciales, incluidos los acuerdos de la Ronda de Tokio y la Ronda Uruguay, los acuerdos de libre comercio con Israel y Canadá, así como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

    El propósito que subyace en el acuerdo de vía rápida es lograr un entendimiento entre ambas Cámaras sobre la política comercial de Estados Unidos: el Ejecutivo ha prometido realizar consultas con el Congreso sobre las metas y la conducción de las negociaciones comerciales, mientras que el Congreso, por su parte, promete que cualquier acuerdo que resulte de esas negociaciones será elegible para recibir una consideración privilegiada. La vía rápida representa más que un compromiso legal entre ambas Cámaras y presupone un alto grado de acuerdos políticos entre el poder Ejecutivo y el Legislativo.

    No existen limitaciones a qué puede negociar el presidente con otros países. Desde un punto de vista técnico, no es necesario obtener la autorización de la vía rápida antes de iniciar las negociaciones. Por ejemplo, las Rondas de Tokio y de Uruguay se iniciaron mucho antes de que el Congreso otorgara la autoridad de la vía rápida para estas discusiones. Sin embargo, en cada uno de estos casos el Congreso había dado su consentimiento a los objetivos esenciales de la negociación. Aunque es importante que ambos poderes gubernamentales concuerden sobre los términos según los cuales se aprobará e instrumentará un acuerdo comercial, reviste aún mayor importancia que logren un consenso en torno a las metas de los negociadores estadounidenses. El gobierno de Clinton había iniciado estas conversaciones con la esperanza de poder convencer al Congreso de otorgar la autoridad de la vía rápida mientras se realizaban las negociaciones. Al hacerlo, el gobierno subestimó significativamente el grado de desacuerdo existente en torno a los controvertidos temas de los derechos laborales y el medio ambiente. Ya que los demócratas insistían en que las conversaciones sobre el ingreso de Chile al TLCAN debían ampliar las materias incluidas en este tratado, mientras los republicanos solicitaban excluir por completo dichos temas de las discusiones, los legisladores no pudieron ponerse de acuerdo sobre los términos en los cuales se concedería una nueva autorización de la vía rápida.

    La disputa en torno a los objetivos de la negociación provocó cambios no sólo en las metas manifiestas de la política comercial estadounidense, sino también en la forma como funciona la vía rápida. El H.R. 2621 se apartó significativamente de la forma anterior de ejercer la autoridad de la vía rápida y, de promulgarse la versión de 1997, podría inhibir la introducción de nuevos temas en las negociaciones. En todas las concesiones anteriores de la vía rápida, los negociadores estadounidenses tenían la obligación general de seguir las directrices señaladas por el Congreso. Sin embargo, no existía un requerimiento explícito de que los negociadores debían alcanzar alguno de los objetivos estipulados, ni limitarse exclusivamente a los asuntos identificados por esos objetivos.

    El H.R.2621 establecería límites más estrictos sobre el uso de la autoridad por parte del Presidente. En la Sección 103 (b)(3) del proyecto de ley se estipulaba que las protecciones especiales de vía rápida no se aplicarían a ninguna disposición que pretendiera establecer compromisos asumidos por negociadores estadounidenses sobre asuntos que no hubieran sido aprobados por el Congreso como objetivos de negociación elegibles. Aunque en la sección 102(b) se incluían asuntos laborales y ambientales entre los "principales objetivos de negociación comerciales" aprobados, lo hacía de una forma mucho más limitada de lo que hubieran deseado los demócratas.

    III. Motivos del fracaso de la vía rápida en 1997

    Existen diversos motivos por los cuales fracasó la iniciativa de la vía rápida en 1997. En orden descendiente de importancia, pueden mencionarse los siguientes: las dificultades inherentes para resolver las diferencias partidistas en torno a temas tan delicados como los derechos laborales y el medio ambiente; la incapacidad de los líderes republicanos en el Congreso para reconocer la importancia de hacer concesiones políticas sobre el contenido del proyecto legislativo comercial y las numerosas equivocaciones cometidas por el gobierno de Clinton y el Congreso. A continuación analizaremos cada uno de estos motivos.

    1. Posiciones insuperables acerca
    de los temas más recientes

    El problema fundamental continúa siendo el callejón sin salida que representan los derechos laborales y el medio ambiente. Los temas más recientes adquirieron una alta relevancia política durante los debates que se realizaron antes y después de las negociaciones del TLCAN. Los gobiernos de Bush y Clinton no se esforzaron por conseguir el apoyo de los sindicatos y los grupos ecologistas más estridentes. Los demócratas centristas fueron el blanco de ambas iniciativas. Los formuladores de políticas públicas esperaban que las concesiones sobre estos temas les brindaría cierto "resguardo político" a los legisladores indecisos. En 1991 el Presidente Bush solicitó al Congreso una prórroga de dos años de la autoridad de la vía rápida a fin de completar la Ronda Uruguay e iniciar las negociaciones del TLCAN. Los demócratas en la Cámara de Representantes insistieron en que dicha prórroga estuviera condicionada a la inclusión de los temas laborales y ambientales en la agenda de negociación. La garantía del gobierno de Bush obtuvo el apoyo de Richard Gephardt (demócrata, Missouri), en aquel entonces Líder de la Mayoría en la Cámara de Representantes, así como de otros liberales. El enfrentamiento entre los partidos volvió a surgir en 1992, cuando la fase final de las negociaciones del TLCAN coincidió con la elección presidencial. Existía la preocupación de que el entonces gobernador Clinton podría convertir al TLCAN en uno de los temas de su campaña, siguiendo el ejemplo del candidato independiente Ross Perot. Clinton asumió una posición intermedia al declarar que estaba a favor de la ratificación del TLCAN sólo si éste iba acompañado de "acuerdos complementarios" que incluyeran disposiciones ambientales y laborales. A pesar de los recelos en México y Canadá, las negociaciones sobre estos acuerdos complementarios comenzaron poco después de que Clinton asumiera la presidencia en 1993. El Representante Gephardt y varios de sus colegas se sintieron defraudados ante los resultados y votaron en contra del TLCAN, pero al perder esta batalla podrían haber ganado la guerra. Lograron redefinir los términos de los debates comerciales internos.

    En 1994, el Presidente Clinton propuso que estos temas fueran formulados durante las negociaciones para el ingreso de Chile al TLCAN y en otras negociaciones propuestas. Este planteamiento encontró una firme resistencia por parte de los Republicanos, cuyos aliados políticos naturales son los mismos intereses empresariales que frecuentemente chocan con los sindicatos y los ambientalistas. La oposición republicana fue suficiente para evitar que se produjera el otorgamiento de la autoridad de vía rápida, incluso cuando este partido constituía una minoría. A mediados de 1994, todos los cuarenta y cuatro senadores republicanos enviaron una carta a la administración Clinton resaltando el hecho de que "la autoridad de negociación de la vía rápida era una concesión extraordinaria" que no debía ser otorgada sin que se diera "un consenso amplio y bipartidista sobre la forma cómo debía utilizarse exactamente esa autoridad". En ese entonces el Senado se negó a permitir la inclusión de una renovación del acuerdo de vía rápida en la ley de implementación de los acuerdos de la Ronda Uruguay. Las discusiones sobre los aspectos laborales y ambientales se profundizaron a finales de ese año, cuando los votantes le dieron nuevamente a los republicanos la mayoría en ambas Cámaras del Congreso.

    En 1997, le tocó el turno a los demócratas decir "no". Respondiendo a las demandas formuladas por la mayoría republicana, el gobierno respaldó un proyecto de ley que restringía el tratamiento de vía rápida a aquellas materias que el Congreso hubiese aprobado de manera explícita; evidentemente, los temas laborales y ambientales no estaban entre los objetivos aprobados. Los sindicatos y los grupos ecologistas hicieron una vigorosa campaña contra el proyecto de ley, aparentemente con gran éxito. La Casa Blanca creía contar con el apoyo de una mayoría de republicanos, pero menos de uno de cada cuatro demócratas de la Cámara de Representantes votaría a favor de la medida.

    2. Fallidos intentos de asociación

    El gobierno de Clinton esperaba recurrir al mismo enfoque que han utilizado todos los presidentes desde Richard Nixon para decretar los proyectos legislativos comerciales. Los presidentes que buscan bien sea la concesión de la nueva autoridad de negociación o la aprobación de los acuerdos que han negociado, se dan cuenta que estas propuestas pueden ser fácilmente torpedeadas si avanzan a través del proceso legislativo en forma independiente. Es más seguro conformar un "convoy" de propuestas legislativas, donde cada una de ellas cuente con el respaldo de legisladores clave o de grupos de legisladores.

    Este fue el enfoque utilizado para promulgar cada una de las leyes generales de comercio durante los años setenta y ochenta. Entre ellas están la Ley de Comercio de 1994 (que incluyó la primera concesión de la autoridad de la vía rápida), la Ley de Acuerdos Comerciales de 1979 (el decreto de promulgación para los acuerdos de la Ronda Uruguay), la Ley de Comercio y Aranceles de 1989 (mediante la cual se concedió la autoridad de la vía rápida para los acuerdos de libre comercio con Israel y Canadá), y la Ley General de Comercio y Competencia de 1988 (con la cual se extendió la autoridad de la vía rápida para la Ronda Uruguay y el TLCAN). Cada uno de estos paquetes comenzó con una solicitud presidencial ya fuese para conceder la autoridad de la vía rápida o para aprobar un acuerdo comercial, pero pronto se toparon con las demandas planteadas por una amplia gama de legisladores con intereses individuales. Algunos querían promulgar propuestas para limitar las importaciones, otros promover las exportaciones y otro grupo más deseaba tratar temas más arcanos en materia de medidas públicas, pero en cada caso ponían un precio a su respaldo. Al aceptar incluir tales disposiciones en la ley comercial o al hacer otras concesiones, los presidentes y sus aliados en el Congreso lograban garantizar una cantidad suficiente de votos para promulgar dichas leyes comerciales.

    Al igual que varios proyectos legislativos anteriores, el H.R. 2621 podría haber sido el barco principal de un convoy. El presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes, Bill Archer (republicano por el estado de Texas), optó por no utilizar este enfoque, insistiendo en que se redactase una ley "limpia" que no estuviera recargada con lo que él consideraba asuntos ajenos. La decisión de Archer quizás haya sentenciado el fracaso de la propuesta sobre la vía rápida. Era sumamente difícil lograr que el proyecto legislativo fuese aprobado tal y como se introdujo, en vista de la férrea negativa de Archer y otros líderes republicanos a permitir que se realizaran negociaciones en torno a temas laborales y ambientales. Sin embargo, tal vez habría habido algunos demócratas dispuestos a votar por el proyecto de ley si éste hubiese contenido asuntos de interés para ellos.

    Uno de estos grupos de legisladores era el Cónclave de Congresistas Negros (Congressional Black Caucus o CBC), en el cual varios de sus treinta y nueve miembros apoyaban los planes del gobierno de Clinton de promover el intercambio comercial con Africa. En 1997, el gobierno de Clinton propuso un proyecto de ley que habría alentado a Estados Unidos a buscar acuerdos de libre comercio con los países del Africa sub Sahariana, con la meta de establecer algún tipo de acuerdo de libre comercio para el año 2020.

    El gobierno de Clinton esperaba que esta propuesta le ayudaría a conseguir el respaldo necesario para el proyecto legislativo de la vía rápida. Pero el plan fue desbaratado por dos decisiones de Archer: su negativa a convertir el H.R. 2621 en una ley general y el enfoque partidista que éste asumió hacia los temas laborales y ambientales. Aunque Archer hubiese estado dispuesto a que se anexara la iniciativa comercial africana al proyecto de la vía rápida, los miembros del CBC estaban tan desilusionados con las disposiciones laborales y ambientales contenidas en el proyecto legislativo que perdieron todo interés en negociar.

    El presidente del Comité también habría podido conseguir más apoyo para el proyecto legislativo de la vía rápida si hubiese anexado su propio proyecto de ley (H.R. 2644) para otorgar catorce meses de "trato paritario con el TLCAN" a los países beneficiarios de la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (ICC). Según la "Ley de Asociación Comercial entre Estados Unidos y el Caribe", a los países de la ICC se les habría concedido un tratamiento similar al del TLCAN en materia de exención arancelaria para los textiles y prendas de vestir, artículos de calzado, productos petroleros y otros productos que siempre han estado excluidos de las preferencias de la ICC. El H.R. 2644 habría estado en vigencia desde el 15 de mayo de 1998 hasta el 15 de julio de 1999. Durante ese tiempo, los países de la ICC podían prepararse para negociar su ingreso al TLCAN o a cualquier otro acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Esta es otra propuesta respaldada por los miembros del CBC, así como por los numerosos miembros del Congreso de origen hispanoamericano. A los demócratas de origen hispanoamericano también les preocupaba que el TLCAN no haya beneficiado a la comunidad hispanoamericana residente en Estados Unidos. Es posible que algunos de estos legisladores se hubiesen podido ganar para la causa de la vía rápida mediante promesas de responder a sus preocupaciones, por ejemplo aumentando el financiamiento para el Banco Norteamericano de Desarrollo o cumpliendo otras de sus demandas.

    Como el presidente del Comité de Medios se negó a permitir la anexión de estas u otras iniciativas al proyecto legislativo comercial, el gobierno de Clinton se vio obligado a realizar por sí solo todo el proceso de negociación. Aunque sin la garantía de una ley general de comercio, el ejecutivo sólo podía hacer promesas condicionales. Pudiera haber prometido, por ejemplo, decretar como ley un proyecto legislativo si éste era aprobado de manera separada por el Congreso. Algunas de estas promesas habrían garantizado el respaldo de importantes legisladores. Por ejemplo, la promesa de apoyar la "Ley de Acceso al Mercado para los Productos Agrícolas con Valor Agregado de 1997" (S. 219) convenció al senador Tom Daschle (demócrata por Dakota del Sur). Este proyecto legislativo aplicaría la autoridad "301 Especial" a las importaciones de productos agrícolas e instruiría al Representante Comercial de Estados Unidos a realizar una investigación anual sobre las violaciones internacionales del comercio en productos agrícolas con valor agregado. Sin embargo, incluso esta victoria resulta muy reveladora, porque es de esperarse que como líder de la minoría en el Senado, Daschele brinde su apoyo de manera casi automática a importantes iniciativas del gobierno.

    El gobierno también trató de conseguir votos al presentar el 3 de noviembre una "Declaración de Iniciativas Ejecutivas" en materia de los objetivos laborales y ambientales que el gobierno trataría en las negociaciones comerciales internacionales. Esta declaración constituye una innovación. La administración anteriormente había propuesto que este documento se llamara "declaración de acción administrativa", una frase que se utiliza para describir un documento que debe presentarse al Congreso cuando se busca la aprobación de un acuerdo comercial por la vía rápida. En dicha declaración se identifican todos los cambios que se harán a las regulaciones estadounidenses, así como cualquier otra modificación en materia de medidas públicas, como parte de la instrumentación del acuerdo. En este caso, el gobierno dio el paso sin precedentes de emitir una declaración similar antes de iniciar las negociaciones.

    La Casa Blanca elaboró o propuso muchas otras concesiones para lograr los votos necesarios que aseguraran la aprobación del H.R. 2621. En última instancia, el gobierno sencillamente no contó con suficiente poder para vencer la oposición existente a este proyecto de ley.

    3. Obstáculos en el Congreso y las equivocaciones del gobierno de Clinton

    El Congreso norteamericano tiene mucha mayor autoridad en la formulación de la política económica internacional que sus colegas de muchos otros países. El problema es más relevante cuando la Cámara Legislativa está controlada por un partido diferente al que ocupa la Casa Blanca, y más grave aún cuando el Presidente enfrenta una oposición política dentro de su propio partido. Los únicos logros importantes del presidente Clinton en el ámbito comercial, a saber la aprobación de las leyes de implementación del TLCAN (1993) y de la Ronda Uruguay (1994), se dieron cuando sus compañeros demócratas aún eran mayoría en el Congreso. Los republicanos tomaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones del Congreso de 1994, y mantuvieron el control del Congreso en las elecciones de 1996. Desde entonces, un gobierno escindido y un Partido Democrático internamente dividido han obstaculizado la posibilidad de que se logre un mayor progreso.

    El presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich (republicano por Georgia) es el líder más poderoso de los republicanos en el Congreso. Aunque Gingrich se presenta a sí mismo como un defensor del libre comercio, demostró en el debate de 1993 sobre la ratificación del TLCAN que por lo menos estaba igualmente interesado en las oportunidades políticas que representaban estos debates sobre comercio. En apariencia, Gingrich cooperó con la Casa Blanca para conseguir votos republicanos a favor del TLCAN, pero a algunos observadores opinan que había contenido sus esfuerzos a fin de exacerbar las divisiones internas de los demócratas. A medida que el Presidente Clinton dependía más de los votos demócratas para aprobar el acuerdo, se veía más obligado a ejercer una inoportuna presión sobre los miembros renuentes de su partido. Cuando se realizó la votación final, quedó en evidencia que Gingrich tenía "en su bolsillo" muchos más votos republicanos de los que había manifestado. Igualmente, en 1997 el apoyo de Gingrich a los esfuerzos del gobierno se vio mitigado por su parcialidad política. Aunque el presidente de la Cámara de Representantes manifestó en varias ocasiones que respaldaba la concesión de una nueva autoridad de la vía rápida, siempre insistió en que dicha concesión estuviera restringida a asuntos "relacionados directamente con el comercio". Junto con otros líderes republicanos, Gingrich no estaba dispuesto a buscar un avenimiento sobre los controvertidos temas de los derechos laborales y el medio ambiente.

    Irónicamente, el Presidente Clinton ha enfrentado mayor oposición de parte del Líder de la Minoría en la Cámara de Representantes, Richard Gephardt (demócrata por Missouri), que de parte de Gingrich. La condición de líder demócrata en la Cámara de Representantes que detenta Gephardt no evitó que éste se opusiera al presidente sobre la ratificación del TLCAN en 1993, mientras que en 1997 solicitó que en las nuevas negociaciones comerciales se diera especial prioridad a los asuntos laborales y ambientales. En ambos casos sus posiciones parecían diseñadas para favorecer sus ambiciones presidenciales. Toda la carrera política de Gephardt se ha centrado en una estrecha alianza con los sindicatos y durante los años ochenta fue el principal vocero del ala proteccionista del partido. Se postuló sin éxito para la candidatura presidencial demócrata en 1988, cuando hizo de la oposición a la liberalización comercial un punto clave de su plataforma. En el primer periodo del gobierno de Clinton, pareció que Gephardt estaba considerando la posibilidad de enfrentarse al Presidente Clinton para obtener la postulación de su partido en 1996, y su oposición al TLCAN se adaptaba muy bien a la estrategia de diferenciarse del mandatario. Aparentemente Gephardt estimó que en el año 2000 tendría más posibilidades de éxito que en 1996 y en la actualidad se prepara para competir con el vicepresidente Al Gore por la candidatura presidencial. Una vez más, oponerse a los planes del gobierno le brinda una oportunidad de situarse como el candidato defensor de los derechos laborales dentro del Partido Demócrata.

    A pesar de contar con un respaldo poco entusiasta por parte de Gingrich y la abierta hostilidad de Gephardt, es posible que el gobierno de Clinton hubiese podido ganar la batalla por la vía rápida en 1997. No obstante, para lograrlo, habría tenido que negociar numerosos acuerdos con los miembros del Congreso y llevar a cabo una hábil campaña de relaciones públicas. Como señalamos anteriormente, la negociación fue acaparada por los líderes republicanos. La propia Casa Blanca es la culpable de no haber montado una efectiva campaña para defender su iniciativa.

    A principios de 1997 parecía que la administración pensaba utilizar el tiempo a su favor. En las elecciones de 1996, el presidente obtuvo una victoria decisiva aunque no abrumadora y asumió su segundo mandato a finales de enero. A este momento importante en la carrera política del mandatario seguirían una serie de visitas oficiales de alto perfil del Presidente Clinton a la región, así como de los líderes regionales a Washington. Entre ellas se incluirían la visita del presidente chileno Eduardo Frei a Washington en febrero, la primera visita oficial del primer ministro canadiense Chretien a Washington en abril y las visitas del Presidente Clinton a México, Barbados, Costa Rica, Brasil y Argentina durante abril y mayo. El viaje del presidente estadounidense a América Latina tendría lugar justo antes de una reunión de los ministros de comercio del hemisferio y un foro empresarial de las Américas en Belo Horizonte.

    Este plan se vino abajo a mediados de marzo, cuando el Presidente Clinton tropezó en una escalera, quedando temporal y dolorosamente inválido. El presidente se vio obligado por un tiempo a desplazarse en silla de ruedas, por lo cual el viaje al exterior resultaba poco práctico y nada fotogénico. Este incidente provocó una reducción significativa de las visitas presidenciales previstas a la región, perdiendo así parte del ímpetu anticipado para adelantar la campaña por la vía rápida.

    A partir de ese momento, el gobierno de Clinton adoptó una posición más bien displicente. En varias ocasiones la Casa Blanca y la Representante Comercial estadounidense fijaron y luego incumplieron plazos para una presentación formal de la propuesta sobre la vía rápida, que durante meses parecía estar a dos o tres semanas de distancia.

    El último desliz ocurrió con los torpes manejos del gobierno al someter a consideración el proyecto de ley. El presidente tenía previsto presentar la propuesta del gobierno durante una ceremonia el 10 de septiembre en la Casa Blanca, pero este acontecimiento se convirtió en una verdadero desastre de relaciones públicas. Las negociaciones entre el gobierno y los congresistas republicanos no había concluido para el día que tuvo lugar la ceremonia, el presidente y otros dignatarios allí presentes tuvieron que hablar acerca de un proyecto legislativo que ni siquiera existía aún. El texto de la "Ley de Acuerdos Comerciales Recíprocos de 1997" no se conoció hasta el 16 de septiembre. Para ese momento el proyecto legislativo del gobierno era prácticamente irrelevante: aunque no satisfizo a la mayoría de los demócratas, quienes consideraron que no concedía la importancia necesaria a los temas laborales y ambientales, tampoco complació a los republicanos, quienes por el contrario estimaron que se orientaba demasiado en esta dirección. El proyecto legislativo del presidente pronto fue desplazado por la "Ley de Autoridades sobre Acuerdos Comerciales de 1997" (H.R. 2621), que el presidente del Comité de Medios y Arbitrios Bill Archer (republicano por Texas) introdujo el 7 de octubre. Este proyecto de ley, enmendado y aprobado por el Comité de Medios y Arbitrios el 23 de octubre, se convirtió en el verdadero foco de la atención. Aunque el H.R. 2621 asumía una posición sobre los asuntos laborales y ambientales mucho más restrictiva de lo que le hubiese gustado a la administración, a la Casa Blanca no le quedó otra alternativa que respaldarlo.

    Al no haber podido generar una opinión pública sólida a favor de su proyecto legislativo durante el año, el gobierno trató de comprimir el trabajo de muchos meses en los esfuerzos de unas cuantas semanas. Esto resultó sumamente difícil, especialmente ante los denodados esfuerzos adelantados por sus opositores durante el transcurso del año. Cuando el gobierno comenzó una campaña bien organizada para defender el H.R. 2621, eran escasos los legisladores no comprometidos a quienes podía tratar de persuadir.

    IV. Implicaciones para el proceso del ALCA

    ¿Cómo influye todo esto en el proceso de crear un Area de Libre Comercio de las Américas? ¿Puede Estados Unidos participar activamente en la negociación de un acuerdo que ese país propuso en un principio? Durante 1998 pueden surgir dos escenarios distintos. Uno de ellos es que en realidad se pueda convencer al Congreso de concederle al presidente una nueva concesión de autoridad para negociar por la vía rápida. El otro escenario requerirá que los negociadores estadounidenses y sus homólogos en la región se adapten a las dificultades que implica negociar sin la autoridad de la vía rápida.

    Por supuesto es posible –aunque no probable– que el Congreso realmente promulgue un nuevo proyecto legislativo comercial que contemple la concesión de la autoridad para negociar por la vía rápida al presidente. La administración Clinton probablemente utilizará la II Cumbre de las Américas como un "hecho que obligue a la acción".

    Existen buenas razones para dudar que la administración Clinton tenga un poco más de éxito en 1998 del que alcanzó en 1997. El inminente inicio de la Cumbre de Santiago, convocada para abril, quizás no estimule a muchos legisladores a la acción. En Washington tales acontecimientos siempre son vistos con menos admiración de la que reciben en el resto del mundo. Por otra parte, algunos legisladores escépticos podrían preguntarse "¿Por qué se nos pide que tomemos una decisión hoy con respecto a un acuerdo que quizás no entre en vigencia hasta el año 2005?". Los legisladores están plenamente conscientes de que 1998 es un año electoral y de que habrá tres elecciones parlamentarias más y dos consultas presidenciales entre los actuales momentos y el año 2005.

    Para salir adelante en 1998, el debate sobre la vía rápida tendrá que superar todos los problemas descritos anteriormente. Algunos de ellos están dentro del alcance de los funcionarios encargados de formular las políticas en Washington, tales como la disposición de los legisladores a permitir que se considere una ley general de comercio (con las consiguientes negociaciones en busca de votos). En otros aspectos, 1998 pudiera resultar, sin embargo, mucho más difícil de lo que fue 1997. Esta aseveración es particularmente cierta en lo que concierne a los problemas partidistas, tanto dentro del Partido Demócrata como entre demócratas y republicanos. Ya comenzó la campaña para las elecciones parlamentarias de 1998 y la lucha por la nominación presidencial demócrata en el año 2000 esta cada vez más cerca.

    Es posible que los debates económicos en 1998 también se vean eclipsados por la ansiedad surgida en torno a la crisis económica asiática. Los legisladores y sus correspondientes grupos de electores consideran inquietante el hecho de que el caos de las economías asiáticas ya esté causando bajas en los precios de las acciones estadounidenses. Los problemas probablemente se multipliquen cuando las economías asiáticas disminuyan sus importaciones de artículos estadounidenses y las bruscas caídas de sus monedas conduzcan a un incremento en las exportaciones hacia Estados Unidos. Circunstancias similares sucedidas durante la crisis de la deuda latinoamericana en los años 80 fomentaron un drástico incremento de las peticiones proteccionistas en Estados Unidos. Algunos defensores de que se estrechen los lazos estadounidenses con América Latina pudieran utilizar estos hechos para abogar por las negociaciones del ALCA, pero aquellos legisladores que se muestran nerviosos al respecto quizás estén renuentes a respaldar cualquier propuesta que amenace la vulnerabilidad de Estados Unidos ante los acontecimientos económicos globales. Además, la administración Clinton tal vez se vea obligada a invertir un considerable capital político en la propuesta de un nuevo financiamiento para que el Fondo Monetario Internacional (FMI) "rescate" las economías asiáticas. El tiempo y los recursos dedicados a conseguir el respaldo parlamentario para el financiamiento el FMI tal vez agote los medios que en caso contrario se utilizarían en una nueva batalla por la renovación de la vía rápida.

    El hecho de que no se otorgue una nueva concesión de la autoridad para negociar por la vía rápida no significaría la paralización total de la política comercial estadounidense. Para ser más específicos, la ausencia de una autoridad de la vía rápida no evitará que Estados Unidos participe en el inicio de las negociaciones del ALCA en la Cumbre de las Américas. Por el contrario, esto quiere decir que el presidente tendrá que utilizar otros instrumentos de política comercial. Para esto sería necesario que el presidente recurra a otras autoridades aparte de la vía rápida o inicie negociaciones con la esperanza de obtener una concesión de dicha autoridad en algún momento futuro. Simplificando, hay cuatro tipos de negociaciones que pudieran realizarse al no contar con una autoridad de la vía rápida. Como planteamos a continuación, algunas de estas opciones se están utilizando activamente hoy en día.

    1. Acuerdos que no requieren de modificaciones a las leyes estadounidenses

    La opción más sencilla ante la ausencia de la vía rápida es negociar acuerdos que no requieran de modificación alguna en las leyes estadounidenses vigentes. Dichos acuerdos pueden entrar en vigor sin la consiguiente acción del Congreso. Aunque en algunas instancias el ejecutivo pudiera buscar la aprobación parlamentaria del acuerdo básico, no es necesario que se promulgue el decreto de ejecución en sí.

    Uno de estos acuerdos es la Convención para Combatir el Soborno de Empleados Públicos Extranjeros en las Transacciones Comerciales Internacionales, negociada bajo los auspicios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Estados Unidos originalmente propuso este acuerdo hace cuatro años. Se firmó en París el pasado 17 de diciembre y los 29 países miembros de la OCDE lo suscribieron, al igual que los cinco Estados que no son miembros (incluyendo a Argentina, Brasil y Chile). Mediante dicho acuerdo los signatarios se comprometen a introducir la promulgación de la ley en sus respectivas legislaturas para el 1 de abril de 1998, con la meta de promulgar estas leyes antes de que finalice el año. El decreto de ejecución debe estipular como delito los sobornos relacionados con transacciones comerciales cuyo objetivo sea corromper a funcionarios públicos extranjeros. Dicho decreto de ejecución no se necesitaría en Estados Unidos, ya que tales actividades han sido ilegales desde la promulgación de la Ley de Prácticas Extranjeras Corruptas hace veinte años.

    Los mismos elementos son válidos para los acuerdos negociados en la Organización Mundial de Comercio (OMC) sobre servicios de telecomunicaciones (completados en febrero de 1997) y sobre servicios financieros (culminados en diciembre de 1997). En cada uno de estos casos, los Estados Unidos adaptaron sus ofertas para garantizar que no sea necesario hacer cambios para que las actuales leyes estadounidenses en esas materias estén en conformidad con el acuerdo multilateral.

    El reciente acuerdo entre Estados Unidos y Nicaragua sobre derechos de propiedad intelectual constituye otro ejemplo más de este enfoque. Suscrito en diciembre de 1997, este pacto bilateral es un acuerdo ejecutivo que no requiere de ninguna acción por parte del Congreso. Para todos los fines prácticos, el acuerdo impone nuevas obligaciones únicamente a Nicaragua, país que conviene en ofrecer una protección a los derechos de propiedad intelectual que es más completa que la estipulada en el Acuerdo de la Ronda Uruguay sobre Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). La Representante Comercial de Estados Unidos espera negociar acuerdos similares con otros países de la región.

    Esta opción no sirve de mucho en las negociaciones del ALCA. Sería difícil que los países de América Latina y el Caribe acepten ofertas en las cuales ellos hacen concesiones a los Estados Unidos que no son correspondidas. Pese a ello, este enfoque pudiera ser propuesto por los negociadores estadounidenses para temas específicos.

    2. Acuerdos que no imponen obligaciones a Estados Unidos

    Esta categoría de acuerdos es similar a la primera desde el punto de vista de la ley constitucional, pero encierra numerosas diferencias desde la perspectiva de los socios comerciales de Estados Unidos. Los acuerdos de la primera categoría son recíprocos por naturaleza, pero no imponen nuevas obligaciones a Estados Unidos; los acuerdos incluidos en esta categoría son unilaterales. Algunos analistas ni siquiera los llaman "acuerdos" sino que los identifican como ejercicios en la política del poder.

    Cuando se busca concretar tales acuerdos hay dos opciones principales. Por una parte, se encuentran las leyes de "reciprocidad", mediante las cuales Estados Unidos pudiera amenazar o imponer sanciones a aquellos países que no modifiquen o eliminen prácticas que (según Estados Unidos) violan los derechos comerciales de Estados Unidos. Estas leyes incluyen la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, la 301 Super, la 301 Especial y otras. Las leyes de reciprocidad fueron una importante fuente de fricciones entre Estados Unidos y sus socios comerciales en los años 80 y a principios de los años 90, pero actualmente se invocan con menos frecuencia. Esto se debe principalmente a que la Ronda Uruguay generó una enorme ventaja: la OMC cubre una gama de temas más amplia que el GATT y cuenta con un mecanismo de ejecución más fuerte, pero las medidas de instrumentación unilaterales ahora están prácticamente proscritas.

    Otra opción consiste en utilizar los programas comerciales preferenciales como medio de influencia. Según las leyes estadounidenses, a los beneficiarios del Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) y de otros programas comerciales preferenciales se les puede amenazar con reducir o eliminar sus privilegios de exención arancelaria si lleva a cabo ciertas prácticas (como por ejemplo, violación de los derechos de propiedad intelectual, incapacidad para proteger los derechos laborales, etc.). Desde el punto de vista estadounidense, recurrir al SGP para la imposición de sanciones presenta una sola ventaja: Aunque las acciones emprendidas según lo estipulado en la Sección 301 y otras leyes de reciprocidad están sujetas a la revisión y disciplina de la OMC, los beneficios del SGP no están igualmente protegidos. Por el contrario, se trata de un privilegio concedido a discreción del país que lo otorga, en vez de ser un derecho contemplado legalmente.

    Estados Unidos ha reforzado el uso de las preferencias comerciales como instrumento de influencia. En enero de 1997, la Representante Comercial de Estados Unidos anunció que Argentina perdería la mitad de los beneficios SGP debido a las fallas de su régimen de propiedad intelectual; estas sanciones entraron en vigencia en el mes de abril. En mayo, la Representante Comercial de Estados Unidos determinó que tres de las estaciones de televisión más importantes de Honduras habían retransmitido programas estadounidenses que habían sido captados vía satélite. El otro acto de piratería en Honduras afecta las industrias discográfica y editorial de Estados Unidos. La Representante Comercial de Estados Unidos recomendó al presidente que le retirara a Honduras beneficios por un valor de 5 millones de dólares de acuerdo a lo estipulado en el SGP y la ICC. También se están realizando investigaciones sobre las prácticas de Panamá y Paraguay en materia de propiedad intelectual.

    Estas opciones podrían ser utilizadas por los funcionarios estadounidenses encargados de formular las políticas, pero –uno así lo desea– no serán un elemento importante en las relaciones comerciales con la región. Por el contrario, estos instrumentos deberían utilizarse con más frecuencia en las disputas que surgen entre Estados Unidos y sus socios comerciales en Europa y Asia. El amenazar con medidas de represalia a los países de América Latina y el Caribe marcaría un tono muy negativo para el comienzo de las negociaciones del ALCA.

    3. Acuerdos en los cuales el Presidente ya tiene autoridad

    Se pueden lograr ciertos progresos utilizando la autoridad residual que el Congreso le había otorgado previamente al Presidente. Aunque hay límites al ámbito de aplicación de este poder, que hasta ahora ha sido utilizado en las negociaciones con Asia en vez de ser utilizados en las conversaciones con las Américas.

    El más importante de estos poderes es la autoridad residual que el Congreso otorgó en 1994. La Sección 311 de la Ley sobre los Acuerdos de la Ronda Uruguay le confiere al Presidente el poder de hacer cambios en los aranceles de ciertos productos si entre otras cosas "Estados Unidos conviene en tal modificación o reducción arancelaria gradual en una negociación multilateral bajo los auspicios de la OMC". La autoridad es válida únicamente para ciertos sectores de productos.

    La autoridad también está sujeta al requerimiento de que el Presidente cuente con el consejo de los comités asesores del sector privado y la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos y a que presente un informe a los comités parlamentarios de comercio sobre las modificaciones propuestas. Estos comités tienen sesenta días para revisar el informe y pueden presentar cualquier tipo de objeciones que tengan sobre el acuerdo en ese período. La Administración Clinton utilizó esta autoridad para ejecutar el Acuerdo de Tecnología Informática (ATI). Por su parte las reducciones arancelarias estadounidenses entraron en vigencia el 1 de julio de 1997, y el gobierno piensa utilizarlas ahora para acuerdos sectoriales adicionales.

    Esta autoridad residual de negociación se está utilizando actualmente en las negociaciones realizadas bajo los auspicios del foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico (APEC). Durante la reunión celebrada en Vancouver, Columbia Británica, el 24 de noviembre de 1997, los ministros del APEC respaldaron un programa de liberalización comercial voluntaria en quince sectores. Estados Unidos es uno de los dieciocho países que conforman el APEC, al igual que otros tres países de las Américas (Chile, México y Canadá; Perú se incorporará al grupo dentro de poco). La autoridad residual de la Ronda Uruguay se puede utilizar para negociar e instrumentar acuerdos que reduzcan o eliminen los aranceles en algunos de estos quince sectores. La autoridad rige únicamente en aquellos sectores en los cuales Estados Unidos había propuesto acuerdos de aranceles "cero por cero" en la Ronda Uruguay. Estos incluyen algunos o todos los productos en cuatro sectores que están siendo objeto de negociación en el APEC: juguetes, productos forestales, semillas y productos de oleaginosas, equipos e instrumentos médicos. Se necesitará de otro tipo de autoridad de negociación en las once áreas restantes, que incluyen sectores como la energía y la pesca. La Representante Comercial de Estados Unidos espera que dicha autoridad sea concedida mediante una nueva extensión de la vía rápida en 1998.

    Como sucedió en las conversaciones del ATI, Estados Unidos espera que las negociaciones del APEC tengan un carácter multilateral en la OMC. Estados Unidos y otros participantes llegarán a un acuerdo final sobre estos sectores sólo si una "masa crítica" de países (tanto miembros como no miembro del APEC) presenta ofertas. Los resultados se extenderán según un esquema de NMF a todos los socios comerciales. Chile y México no presentaron ofertas de reducción arancelaria en el ATI, tampoco favorecen las negociaciones sectoriales adicionales que se están realizando en el APEC. Sin embargo, el ATI se aplicará más allá del ámbito del APEC. En total, 43 países se han comprometido a reducir o eliminar los aranceles a los productos cubiertos por este acuerdo (es decir, computadoras, software, semiconductores, etc.) Los funcionarios de la Oficina de la Representante Comercial de Estados Unidos esperan utilizar la autoridad residual para negociar un acuerdo complementario (conocido como ATI-2).

    Existe la posibilidad de que Estados Unidos pueda utilizar la autoridad residual de negociación en ciertas conversaciones con los Países Miembros del Sistema Económico Latinoamericano (SELA). Aunque estas negociaciones serían muy limitadas, porque sólo podrían tratar aquellas categorías de productos que sean elegibles para dicho tratamiento, y además estarían circunscritas a las áreas donde las Américas representan una "masa crítica" de la producción global. Por otra parte, cualquier oferta planteada en el marco de esta autoridad tendría carácter multilateral y por ello no conferiría acceso especial al mercado estadounidense para los países de América Latina y el Caribe.

    4. Acuerdos aprobados como tratados o como proyectos legislativos ordinarios

    La cuarta opción es recurrir a las autoridades originales previstas en la Constitución de Estados Unidos. Los acuerdos pueden ser considerados como tratados formales, los cuales requieren de la aprobación de las dos terceras partes del Senado y –si se necesita hacer algún cambio a las leyes estadounidenses– requieren además de la promulgación del decreto de ejecución por ambas cámaras del Congreso. También es posible en algunos casos aprobar los acuerdos exclusivamente a través de la promulgación de proyectos legislativos ordinarios.

    Ninguna de estas opciones disfruta de las protecciones especiales que contempla la vía rápida. Tanto los tratados como los proyectos legislativos están sujetos a enmiendas, y (lo que quizás sea más importante aún) se pueden demorar indefinidamente debido a las maniobras parlamentarias. El Senado tiene un largo historial de rechazo de los acuerdos internacionales que los presidentes presentan para su aprobación, ya sea en forma de tratados o de proyectos legislativos, y la manera más común de acabar con estos pactos es simplemente evitando que se vote sobre ese asunto. Las reglas del Senado ofrecen varias tácticas dilatorias, tales como mantener paralizado un proyecto de ley en un comité y el obstruccionismo (es decir, los debates interminables). Estas maniobras no existen en la vía rápida, la cual establece que se debe realizar una votación en el lapso de noventa días legislativos.

    Otros acuerdos que se están negociando actualmente podrían ser presentados al Congreso ya sea como tratados formales o como proyectos legislativos ordinarios. Uno de ellos, el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI), el cual se está negociando bajo los auspicios de la OCDE. La administración Clinton tenía la esperanza de que este pacto pudiera tratarse como un acuerdo ejecutivo y que por consiguiente no requeriría de la acción formal del Congreso, pero se multiplican las exigencias de que sea presentado al Senado como un tratado. Los mismos grupos que se oponían a una extensión de la autoridad de la vía rápida ahora apuntan sus esfuerzos contra el AMI. Si fracasan y Estados Unidos adopta el AMI, el acuerdo podría ser suscrito por países que no son miembros de la OCDE. Esto pudiera realizarse al incluir el acuerdo dentro de la estructura legal de la OMC.

    Los Países Miembros del SELA también tienen la opción de negociar tratados bilaterales de inversión (TBI) con Estados Unidos. El propósito de un TBI es establecer un régimen legal más seguro para el tratamiento de las inversiones extranjeras, incluyendo normas para la solución de controversias. Estos acuerdos son considerados como tratados formales por Estados Unidos, lo cual significa que deben ser aprobados por las dos terceras partes del Senado. Aunque el Senado ha dado su aprobación a los TBI con diversos socios comerciales estadounidenses en los últimos años (a saber, Argentina, Ecuador, Jamaica, Panamá y Trinidad y Tobago), todavía quedan algunos tratados pendientes con otros países (Haití, Honduras y Nicaragua).

    Las negociaciones de acuerdos con Estados Unidos bajo un régimen bilateral y a la carta es una de las opciones que tienen los Países Miembros del SELA por separado. Tales acuerdos no requieren de la autoridad de la vía rápida, pero tampoco necesitan pasar por los procedimientos de aprobación en Estados Unidos.

    V. Observaciones finales

    El proceso del ALCA se encuentra en una coyuntura difícil e inusual. Por una parte, los países de la región ahora parecen estar listos para aprobar el lanzamiento formal de estas negociaciones. Por la otra, la economía individual más grande de las Américas tiene, en el mejor de los casos, un ambiguo mandato interno para participar en estas negociaciones.

    Estados Unidos tiene una desafortunada historia de proponer y luego abandonar las principales iniciativas en las relaciones económicas internacionales. Algunas veces se le puede echar la culpa de ello al Congreso estadounidense, que se niega a ratificar los acuerdos que negocia el presidente. Esta fue la suerte que corrió el Tratado de Versalles, que el Senado se negó a aprobar después de la Primera Guerra Mundial (impidiendo así la participación estadounidense en la Liga de Naciones), y de la Carta de La Habana, que el Congreso no quiso aprobar mediante resolución conjunta tras terminar la Segunda Guerra Mundial (acabando de esta manera con la Organización Internacional de Comercio). Otras veces la responsabilidad se puede atribuir al cambiante interés regional de los mandatarios estadounidenses. La Política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt cayó en el olvido cuando la atención de Estados Unidos se concentró en la guerra en Europa y el Pacífico, por ejemplo; así como la Alianza para el Progreso de John Kennedy declinó a medida que la atención de Estados Unidos se dirigía al Sudeste Asiático.

    Con esto no queremos sugerir que las autoridades de la región deberían ser fatalistas con respecto a las perspectivas del ALCA. El hecho de no haber conseguido una renovación de la autoridad para negociar por la vía rápida en 1997 no significa que Estados Unidos no podrá participar en el inicio de estas negociaciones. Existe la posibilidad de que se pueda convencer al Congreso de conceder dicha autorización en algún momento entre 1998 y el año 2005. Aunque la vía rápida en sí jamás vuelva a ser renovada, este mecanismo no agota los posibles medios a través de los cuales se pudieran negociar y promulgar los acuerdos comerciales. Las negociaciones del ALCA pudieran demandar paciencia y voluntad para improvisar. También requerirán que los funcionarios encargados de formular las políticas de los Países Miembros del SELA estén muy atentos a la situación política interna de la política comercial estadounidense en los próximos meses y en los años venideros.

 

 


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