Globalización y relaciones externas
    de América Latina y el Caribe
    Edición Nº 53.

    Enero-Junio 1998. 

    Nuevo enfoque del multilateralismo
    en una economía globalizada
    Diana Tussie
    Investigadora de la Facultad
    Latinoamericana de Ciencias
    Sociales (FLACSO).

     

    I. Introducción

    La integración de los países en desarrollo a los mercados mundiales -en particular los de América Latina, durante largo tiempo excluidos y auto-excluidos- representa un ejemplo evidente de la transformación de las relaciones económicas internacionales. La nueva "apertura" económica, con un número cada vez mayor de países convertidos en mercados abiertos, no por la fuerza, sino por la atracción de los mercados, plantea un enorme reto a la gobernabilidad internacional establecida en el marco del GATT para reglamentar las relaciones de comercio internacional a raíz de la post-guerra. Los países en desarrollo siempre sintieron que las normas y los procedimientos del GATT los discriminaban, mientras los países desarrollados sostenían que ya que aquéllos adelantaban una política de sustitución de importaciones quedaban excluidos de los beneficios del multilateralismo.

    Quienes estuvieron influenciados por el institucionalismo liberal pensaban que la apertura económica en expansión debería constituir un ambiente propicio para impulsar el multilaterismo, el cual ahora incluiría a quienes fueron segregados en el pasado. La apertura y el multilateralismo siempre se han visto como parte integral de este mismo proceso (Ruggie, 1993). Tomado a priori y si no es axiomático, el proceso de globalización y la convergencia precipitada de los mercados mundiales, que en forma progresiva incorporan a países otrora en la periferia, debería haber generado el fortalecimiento y la profundización de las relaciones comerciales multilaterales. Ya que el multilateralismo también expresa un impulso y una aspiración a la universalidad (Kahler, 1993), el proceso de globalización debería haber surgido en forma natural como parte del auge del multilateralismo.

    Sin embargo, el multilateralismo parece estar perdiendo su preponderancia, precisamente en un momento en el cual más países participan en las relaciones comerciales globales. En la práctica, la globalización y el multilateralismo podrían incluso están divergiendo, en lugar de reforzarse mutuamente. Durante la presente década, la globalización no aceleró sino más bien frenó el ritmo del sistema multilateral de comercio. La respuesta a esta contradicción yace en los cimientos del sistema multilateralista de gobernabilidad, así como en los retos enfrentados por dicho sistema debido a la adopción generalizada de políticas comerciales liberales.

    Este ensayo es producto de la paradoja planteada por la globalización a las interpretaciones institucionalistas de las relaciones comerciales internacionales: ¿por qué la apertura y la liberalización comercial que tiene lugar en los países en desarrollo no está apoyando al sistema multilateralista? Aunque el análisis está inspirado en gran medida en los cambios aparecidos en América Latina, también intenta alcanzar una mayor generalidad conceptual.

    Después de la introducción, siguen cuatro partes. En primer lugar, la descripción de las tendencias comerciales que sirvieron de plataforma para el GATT. La segunda sección resalta los cambios más importantes surgidos a raíz del proceso de globalización en un número cada vez mayor de países. Seguidamente se intenta aclarar y analizar algunas de las implicaciones institucionales producto de la globalización. Aclara asimismo los desafíos enfrentados por las relaciones comerciales multilaterales a causa de la globalización y por qué a medida que ésta avanza, representa una fuente de tensión para el multilateralismo, tal como lo conocemos, y por qué no existe convergencia entre la globalización y el multilateralismo. La dependencia de la trayectoria (es decir, la idea según la cual sólo puede comprenderse la lógica contemporánea si nos remontamos a su progreso), juega un papel primordial en este análisis. La última sección intenta reunir todos los argumentos para presentar una discusión general de las perspectivas.

    II. La naturaleza del comercio mundial a raíz de la post-guerra

    Es bien conocido que después de la guerra mundial, a medida que se desintegró el régimen colonial, surgió una marcada reorientación en las tendencias y composición del comercio internacional. Apareció un sistema comercial centrípeta, con una tendencia exclusionista en contra de los países en desarrollo. Desde los años sesenta, aproximadamente dos terceras partes del comercio mundial de productos manufacturados han estado conformadas por productos químicos y técnicos, es decir, bienes con un bajo nivel de insumos laborales o de materias primas, en comparación con el capital. En otras palabras, el comercio prosperó sobre todo en bienes de uso intensivo de capital.

    Cuatro tendencias estrechamente relacionadas entre sí apuntalaron la orientación y composición del comercio. En primer término, el mercado se concentró progresivamente en la red de inversiones internacionales producto de la movilidad del capital entre los países. El capital y el comercio han estado íntimamente vinculados: las exportaciones de capital no reemplazaron la exportación de bienes; más bien existió una estrecha armonía entre ambos.

    Segundo, tres cuartas partes de las inversiones internacionales se concentraron en los países en desarrollo.

    Tercero, el predominio del comercio intra-industrias entre los países en desarrollo se caracterizó por una especialización parcial por país en los respectivos sectores industriales, y no por una especialización completa o absoluta. El progresivo desarrollo tecnológico de productos que conllevó a la diferenciación de los productos y al deterioro de la competencia de precios en cuanto a calidad o competencia de modelos facilitó este proceso. Tanto las empresas como los países lograron crear nichos en el mercado, debido cada vez más al tipo de producto generado, y no a su precio.

    Por último, a medida que las empresas se internacionalizaron, pudieron dedicarse al comercio inter-empresas, con lo cual obtuvieron beneficios de la especialización internacional, convertida en parte del negocio a medida que internalizaban las ganancias.

    En la intersección de estas cuatro tendencias encontramos la corporación multinacional, que después de haber organizado e internacionalizado la producción, logró ordenar y galvanizar el comercio. La inversión extranjera directa (IED) no sólo sirvió para generar comercio, también propició el orden en el cual funcionaron los patrones comerciales y las inversiones. No existen cifras sistemáticas en cuanto al valor del comercio mundial en manufacturas atribuibles a la totalidad de compañías multinacionales (CMN), pero la mayoría de los estimados concuerdan que aproximadamente dos terceras partes del comercio internacional es atribuible a las CMN.

    En aquellos sectores y países en los cuales no hubo estas transformaciones, las políticas impusieron numerosos obstáculos al comercio (Tussie, 1987). Las fricciones comerciales fueron recurrentes, sobre todo entre los países desarrollados y los de reciente industrialización, los cuales no estaban vinculados por inversiones cruzadas, mientras que el patrón de especialización era inter y no intra-industrial. Los éxitos alcanzados por la liberalización y expansión comercial no surgieron a través de la competencia de precios sino en sectores y países en los cuales las empresas dejaron de influir en los precios internacionales y donde otras formas de competencia prevalecieron sobre la competencia de precios. Aunque las inversiones internacionales fluyeron hacia los países en desarrollo, permanecieron al margen de las tendencias citadas. Exceptuando los recursos naturales, la mayor parte de las IED se beneficiaron de las rentas producto de la protección, generando una segmentación aún mayor del mercado.

    Buena parte de las IED se destinaron al sector industrial de los países en desarrollo, independientemente de su eficiencia, por lo cual la producción no llegó en forma natural al comercio internacional, sino que requirió una participación activa por parte del Estado a través de subsidios directos, exenciones fiscales, etc. Estas instalaciones de alto costo no podían volcarse hacia la exportación en forma fácil. Lo que es más importante, el comercio entre los países desarrollados y en desarrollo, así como entre los países en desarrollo, se basó sobre todo en la especialización industrial; sus economías continuaron compitiendo entre sí, en lugar de volverse interdependientes a través del comercio intra-industria.

    El sistema comercial en el marco del GATT nunca fue un terreno verdaderamente global. El comercio liberalizado fue sobre todo el comercio bilateral de productos, en el cual ambos países contaban con capacidad de producción y posibilidades de especialización intra y no inter-industria. En cambio, las exportaciones en un solo sentido desde el Norte hacia el Sur y desde el Sur hacia el Norte estuvieron sujetas a elevados aranceles y barreras no arancelarias. Los flujos con mayores restricciones en el comercio internacional fueron los que iban del Norte al Sur y vice versa. Los países en desarrollo intentaron derogar las normas del GATT para imponer la sustitución de importaciones o programas de planificación económica; por su parte, los países desarrollados mantuvieron una protección mayor al promedio sobre bienes en los cuales los países en desarrollo eran competitivos o podrían llegar a serlo (Tussie, 1987; de Castro, 1989).

    Al no invertir, los países en desarrollo no estaban en capacidad de utilizar sus exportaciones de capital a fin de sobreponerse a las barreras (es decir, no podían utilizar las inversiones como una alternativa a la exportación de bienes cuando éstos enfrentaban impedimentos en los mercados foráneos). Las compañías multinacionales solían superar las barreras. La internacionalización del capital jugó un papel primordial en generar afinidades entre empresas y gobiernos; por ejemplo, empresas mixtas que desvanecieron aún más los límites de su rivalidad.

    Existen varias facetas de esta integración y subsiguiente creación de intereses mutuos. Una de éstas es el caso de la filial británica de la empresa japonesa Sony, la cual recibió el Premio de la Reina a las Exportaciones, y su gerente japonés fue merecedor de la Orden del Imperio Británico. Existe una etapa más avanzada de intereses mutuos, en la forma en la cual redujeron recíprocamente los aranceles en algunos sectores, método utilizado por primera vez en la Ronda Kennedy y posteriormente de uso más frecuente. Un ejemplo notable fue el acuerdo suscrito entre Japón y los Estados Unidos en 1986 en el campo de los semiconductores, después de sus inversiones recíprocas. Los países en desarrollo no contaban con esta posibilidad de convertirse en receptores de movimientos de capital.

    El mercado internacional siguió el patrón sustentado en una combinación de liberalización y protección, patrón caracterizado por el rumbo de los flujos de capital y la mayor movilidad del capital con respecto a otros factores de producción. Aunque los bienes de uso intensivo de capital experimentaron mayor dinamismo y disfrutaron de más reducciones arancelarias, el intercambio de bienes de uso intensivo de mano de obra continuó estando relativamente protegido, con reducciones arancelarias menores al promedio, así como una mayor incidencia de normas no arancelarias. Entre finales de los cuarenta y comienzos de los ochenta, los niveles arancelarios de los países de la OCDE cayeron de 40 por ciento a 5 por ciento, es decir, a apenas una octava parte de su nivel inicial, antes de la Ronda Uruguay. Desde entonces la liberalización comercial en países en desarrollo parece haber alcanzado el nivel máximo e incluso aumentó en algunos casos. A pesar de haber sido proclamada como un logro importante, la Ronda Uruguay no mejoró significativamente el acceso al mercado de los países desarrollados.

    El proceso más importante de reducción de las barreras ocurrido en la última década fue tomado unilateralmente por los países en desarrollo.1 Esta tendencia hacia un comercio más libre generó un incremento tanto de las exportaciones como de las importaciones en los países en desarrollo.2 Dicha tendencia no sólo aumentó el comercio con países desarrollados, sino lo que es más importante, también entre países en desarrollo (Krugman, 1995). Estos países se están convirtiendo en mercados mutuamente importantes. En muchos países en desarrollo (sobre todo en el hemisferio occidental, donde la sustitución de importaciones fue llevada a niveles extremos), la liberalización unilateral revolucionó todas las premisas que sirvieron de marco a sus relaciones comerciales a raíz de la post-guerra.

    Desde comienzos de la presente década, y conjuntamente con la liberalización, el incremento de la movilidad de capital internacional (fenómeno conocido en la actualidad como globalización) ha alterado -sutil pero profundamente- las bases sobre las cuales se apoyó la exclusión de los países en desarrollo. La exclusión y el rechazo se han convertido en atracción.

    III. El proceso de globalización: una visión panorámica

    En general, la globalización ha sido descrita como la fuerza inexorable de los noventa, aunque es necesario analizarla detalladamente a objeto de interpretarla y estudiarla. Cuando utilizo el concepto de globalización, no me refiero únicamente al hecho de que el capitalismo se ha convertido en un sistema mundial; en otras palabras, no es lo mismo que globalismo. Al utilizar este concepto, me refiero al enorme salto que ha dado la internacionalización de la producción, distribución y comercialización de bienes y servicios. El progreso organizacional que permitió la globalización consiste en la capacidad para dispersar las actividades económicas geográficamente, mientras se reúnen en forma electrónica, y viceversa.

    Los escépticos han presentado pruebas según las cuales hubo más comercio e inversiones antes de la Primera Guerra Mundial que en la actualidad (Krugman, 1997). Sin embargo, los vínculos contemporáneos son más orgánicos que los surgidos a principios de este siglo, y tienen que ver con un nivel sin precedentes de integración funcional de las actividades desmembradas a nivel internacional.

    Para efectos del análisis, también resulta útil distinguir entre los asuntos relacionados con la inversión directa, los flujos del patrimonio en cartera y la deuda internacional. Me concentraré en el ámbito del nuevo patrón de inversiones directas, a fin de describir las características específicas de la globalización.

    El primer elemento notable de la globalización actual es el flujo libre y sumamente veloz de formas tangibles e intangibles de capital, las cuales constituyen el vínculo transfronterizo más significativo hoy en día. Los flujos de capital tienen una nueva envergadura y un renovado dinamismo. Los flujos de inversiones extranjeras directas prácticamente se cuadruplicaron, alcanzando $315.000 millones durante los diez años transcurridos desde 1985. Desde otra perspectiva, estos flujos aumentaron el doble del comercio mundial. Una segunda característica de la globalización, una que es más importante para mi punto de vista de una nueva inclusión, es la reciente distribución de las IED a medida que más países se integran a la red.

    El viraje se caracteriza por los altibajos de capital hacia los países en desarrollo. En la actualidad más de una tercera parte de las IED fluyen hacia países en desarrollo, comparado con una cuarta parte en el prolongado período desde los años sesenta a los noventa. En 1995, los países en desarrollo como grupo recibieron casi $100.000 millones, cifra que ha aumentado sostenidamente desde comienzos de la presente década. Esto es cierto aunque excluyamos a China, país que desde 1992 ocupa el primer lugar entre los países receptores en desarrollo (UNCTAD, 1996).

    El crecimiento incontenible de los flujos de capital ha conscientizado a los gobiernos acerca de los mercados internacionales; éstos han modificado sustancialmente sus políticas y hoy en día compiten como imanes por atraer capital extranjero. Es cierto que la privatización de las empresas públicas ha contribuido enormemente a aumentar los flujos de IED.

    Aunque en principio se supone que debía ser una transacción no repetible, continúan surgiendo nuevas empresas mixtas en gran variedad de sectores, conformadas por compañías extranjeras, nacionales y aquellas anteriormente en poder del Estado. En otras palabras, a medida que se crean nuevas alianzas estratégicas con empresas nacionales, los países anfitriones forman parte de la red de inversiones multinacionales.

    Las empresas ya no invierten en los países anfitriones sólo para superar las barreras comerciales o para abastecer los mercados locales. Su objetivo principal consiste en operar con más eficiencia. La lógica anterior de segmentación del mercado se está orientando hacia una lógica de integración del mercado. A su vez, grandes empresas de países en desarrollo han sabido aprovechar la situación y también están adoptando una estrategia acelerada de internacionalización.

    En 1995, aproximadamente 15% de los flujos globales de IED ($33.000 millones) se originaron en países en desarrollo. La necesidad de imponer economías de escala, así como un entorno financiero más benigno, llevaron a las empresas a buscar nuevos mercados en el exterior, como forma de hacerse competitivas. Encabezando este nuevo grupo está Cemex de México, seguida de cerca por la ahora privatizada Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Argentina, Endesa y Luksic de Chile, etc. En su conjunto, las inversiones transfronterizas aumentaron considerablemente, y con ellas el comercio en diversos servicios.

    Estas características representan un punto de transición; la integración económica se está acelerando en los países en desarrollo. Este es el elemento más resaltante de la globalización. En las cuatro décadas transcurridas desde 1945 a 1985, la integración económica internacional se fortaleció en el Norte. Los primeros veinte años marcaron la época del Atlántico Norte, y el motor de crecimiento se centró sobre todo en esa zona. Posteriormente el eje de crecimiento se amplió hacia una zona Estados Unidos-Japón, y una zona intra-europea, con efectos sobre las regiones circundantes. El centro de la gravedad económica comenzó a expandirse (Mistry, 1995). Gran parte de la expansión surgida durante los años setenta y ochenta se vinculó a la internacionalización de la economía japonesa, la cual se aceleró rápidamente a raíz del desmantelamiento del sistema de Bretton Woods y la primera revaluación del yen, y alcanzó niveles sin precedentes nuevamente después del Acuerdo del Plaza. Aunque posteriormente se frenó la salida de capitales de Japón, continuó el flujo global, atizado por tasas de interés más bajas en los Estados Unidos. La integración económica internacional continuó expandiéndose. Los vínculos Norte-Sur y Sur-Sur son más activos en la actualidad que en cualquier otro momento desde los cincuenta.

    Por otra parte, surgieron nuevas dinámicas del crecimiento. El flujo de inversiones hacia algunas de las áreas periféricas del mundo generó un crecimiento mayor al promedio mundial. Entre 1989 y 1996 hubo un crecimiento sólido no sólo en América Latina, sino también en Europa Oriental y Asia Oriental, a pesar del crecimiento anual promedio lento de 2,5% registrado en los países desarrollados, y se prevé que dicho promedio continuará constante, con escasos altibajos.

    Como resultado de la revolución en las políticas comerciales, la tasa de crecimiento de las importaciones hacia América Latina y Asia Oriental alcanzó la asombrosa cifra de 14 por ciento anual desde 1990, con lo cual casi se duplicaron los promedios mundiales. En otras palabras, hasta cierto punto la tasa de crecimiento de muchos países está distanciándose del crecimiento en las economías centrales. Los motores de crecimiento se han multiplicado.

    Las relaciones económicas mundiales se tornaron relativamente más descentralizadas y proliferan nuevas iniciativas comerciales a lo largo del hemisferio Sur entre países que antes prácticamente no tenían vínculos. Muchos países han sido ayudados por la liberalización unilateral de países vecinos y los compromisos contraídos en el contexto de los acuerdos comerciales regionales.

    En el hemisferio Occidental este proceso es notable sobre todo en el caso del TLCAN y Mercosur, pero es un fenómeno en el cual participan en mayor o menor grado todos los países. En el caso de Mercosur, desde la entrada en vigencia del Tratado de Asunción en 1991, el intra-comercio (tanto exportaciones como importaciones) ha aumentado notablemente, al igual que el comercio con el resto del mundo, aunque a un ritmo más lento.

    Entre 1992 y 1995 las exportaciones intra-Mercosur aumentaron a una tasa anual promedio de 30%, mientras el total de exportaciones subió a una tasa anual promedio de 11%. Brasil se convirtió en el principal socio comercial de Argentina, y representa aproximadamente 30% de sus exportaciones, desplazando así a los Estados Unidos de su posición histórica (BID, 1997).

    Lo mismo puede decirse de Chile: las exportaciones a países vecinos aumentan en forma vigorosa. Japón se convirtió en el segundo mercado de Chile y Perú. El comercio y las inversiones también se expanden a una tasa sin precedentes entre los países asiáticos, sobre todo entre Japón y Asia Oriental y entre Asia Oriental y Asia del Sur.

    La globalización logró derribar muchas barreras económicas. El comercio global de bienes no ha tenido el mismo ritmo que la movilidad de capitales, pero mejoró con respecto a las tasas desalentadoras y más bien erráticas registradas a comienzos de los ochenta. Entre 1990 y 1996 el comercio mundial de bienes aumentó en 8%, a pesar de una contracción en 1993. El comercio de servicios ha tenido esta misma tendencia, al registrar un crecimiento de aproximadamente 7%.

    No contamos con las herramientas ni los conocimientos necesarios para predecir el futuro, por lo que la extrapolación nunca ha sido un ejercicio seguro. Sin embargo, sí nos permite comprender la magnitud de los cambios que estamos presenciando y también ponerlos en perspectiva. Si continúan las actuales tendencias, sobre todo las tasas de crecimiento registradas en Brasil, China, India e Indonesia, países con una elevada población, el mundo en desarrollo (que representó una quinta parte de la producción global real en 1950 y 40% en 1980), probablemente representará más de la mitad de la producción global para el año 2005 (FMI, 1995).

    En su conjunto, se espera que Asia contribuya la mitad del crecimiento en el comercio mundial durante el período que culminará en 2000. Dicho esto, el escenario podría frenarse e incluso retroceder bruscamente, con lo cual no se mantendrían las relaciones relativamente pacíficas ni la aceptación de los costos y beneficios derivados de la interdependencia económica. Las sacudidas negativas de la economía mundial en forma de tasas de interés cada vez más altas no están muy recónditas en la imaginación humana, aunque la interrelación de los mercados, la influencia cada vez mayor de inversiones internacionales y lo que está juego por la interdependencia global, representan poderosos antídotos a un retroceso brusco y grave.

    1. Multilateralismo: pérdida de la supremacía

    En general, a pesar de la exitosa culminación de la Ronda Uruguay y la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el proceso del multilateralismo ha decaído, mientras el eje principal de actividad se orienta hacia las unidades regionales. La década de los noventa fue testigo del cambio en las negociaciones comerciales globales hacia agrupaciones regionales, así como de un número cada vez mayor de países que adoptaron la liberalización comercial y una integración creciente de los mercados. Prácticamente todos los países en desarrollo están consolidando algún tipo de iniciativa de integración regional. Es en este contexto que se afianzó la liberalización unilateral de comienzos de los noventa.

    Es probable que la OMC tenga más influencia sobre el panorama mundial que su antecesor, el GATT, aunque no es el eje central de las relaciones comerciales, ni está dotada adecuadamente para aumentar su fuerza entre los países miembros. Existe una importante excepción a esta pérdida de supremacía, y es el revuelo con el cual los países recurren al nuevo mecanismo de solución de diferencias previsto en el marco de la OMC (Lafer, 1996), fenómeno acertadamente descrito como "el salto hacia la legalidad" (Stiles, 1996).

    Existen aproximadamente sesenta diferencias a la espera de su solución, y una tercera parte de las mismas fueron iniciadas por los más pequeños y débiles. Sin embargo, debe tenerse presente que este "salto hacia la legalidad" es tan sólo un mecanismo defensivo. En sí misma la solución de las diferencias no profundiza la integración económica, sino que ofrece un mecanismo de último recurso, con lo cual se evita que un contratiempo arbitrario no sea sancionado.

    Debemos preguntarnos por qué la globalización ha debilitado el impulso del multilateralismo. ¿Por qué la globalización surgió en una forma que parece desvinculada del multilateralismo? En parte, la respuesta debe buscarse en las definiciones. Aunque ambos conceptos expresan un impulso hacia la universalidad, la globalización tiene que ver con los mercados, mientras el multilateralismo se relaciona con la gobernabilidad: es imprescindible que el gobierno tenga un fuerte sentido de propósito. La globalización, para bien o para mal, no es un fenómeno voluntario; mientras que el multilateralismo está relacionado con la escogencia deliberada de políticas. Son los gobiernos (tanto individual como colectivamente) los que pautan la magnitud, velocidad y orientación del proceso de globalización. Sin embargo, estos límites conceptuales no explican el motivo por el cual los gobiernos no parecen seguir el ritmo y la orientación de los mercados globalizantes hacia el terreno del multilateralismo.

    El debilitamiento del multilaterismo, o por lo menos el surgimiento de modos de asociación que compiten entre sí, puede ser atribuido en primer lugar a la metamorfosis de los Estados Unidos. En efecto, las políticas estadounidenses han dado un vuelco total al dejar atrás una ideología multilateral con una sola orientación, para adoptar el regionalismo como estrategia intermedia. Comenzando con las negociaciones de Libre Comercio de Canadá y Estados Unidos (CUSFA) y posteriormente con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, las políticas estadounidenses han propiciado reacomodaciones en otras partes del mundo. Ahora existe suficiente espacio de maniobra, algo que a menudo faltaba. Debe recordarse que antes de este vuelco en las políticas, el regionalismo y la integración existentes en todas partes (con excepción de Europa), eran, cuando mucho, un espejismo a la luz de la sobrecogedora oposición militar y económica de Estados Unidos. Como líder del multilateralismo durante los sesenta y setenta, Estados Unidos se opuso denodadamente a cualquier intento de crear vínculos regionales más estrechos, sobre todo en América Latina y Asia, regiones que a menudo eran vistas como desafíos potenciales al predominio estadounidense.3 Desde un punto de vista crítico, el multilateralismo se ha opuesto a una forma específica de ejercicio del poder.4

    Estados Unidos es el único país que cuenta con un conjunto de doctrinas y prácticas que favorecen la aplicación extraterritorial de su legislación, fundamentado en su fuerte sentimiento de objetivos y destino. Tradicionalmente, la extraterritorialidad de Estados Unidos tenía que ver con casos antimonopolio y controles de exportación, en el contexto de la seguridad nacional. Sin embargo, también podría utilizarse para asegurar la protección a la propiedad intelectual que desea, al dejar a un lado las normas y procedimientos acordados en forma multilateral en el marco de la OMC.

    En efecto, las autoridades estadounidenses todavía parecen estar dispuestas a determinar cuáles son prácticas ilícitas y cuáles son los países al margen de la ley (Hart, 1994). En el caso de los Estados Unidos, un orden basado en normativas a menudo significó la aplicación de las normas y procedimientos de Estados Unidos al resto del mundo. Si este fue el resultado natural de la hegemonía disfrutada por dicho país durante los años de post-guerra, hoy en día, en un mundo en el cual el poder está más ampliamente disperso, el unilateralismo cuestiona la totalidad del sistema.

    En el caso del multilateralismo, el mayor potencial de erosión consistía precisamente en esto: en la capacidad genuina de los poderosos a imponer su voluntad y no en la imagen de supuestos aprovechadores entre los países más pequeños y débiles.

    Desde la desaparición de los acuerdos de Bretton Woods, surgieron intentos de crear una nueva comprensión estadounidense del multilateralismo en el actual mundo post-hegemónico. Los institucionalistas neoliberales generaron una renovada fe en las estructuras internacionales para evolucionar y madurar "después de la hegemonía" (Keohane, 1984). El desvanecimiento de esta hegemonía fue percibido como una forma de sentar las bases de un nuevo entorno, posiblemente más propicio para alcanzar un multilateralismo genuino, uno en el cual los Estados más pequeños y débiles tenían esperanzas de conseguir un antídoto ante el poderío de los dominantes. Sin embargo, esta imagen no toma en cuenta cómo las instituciones pueden ser utilizadas por países poderosos para crear y hacer cumplir sus valores y normas. Susan Strange presentó acertadamente este punto de vista en su clásico Cave! hic Dragones (1982).

    Por otra parte, la prueba de fuego de un sistema de gobernabilidad depende sobre todo de la disposición de los Estados Unidos a acatar el imperio de la ley, una ley que no siempre puede controlar. Si el multilateralismo va a ser apropiado para los países pequeños, es necesario asegurar que Estados Unidos lo acepte. Dicho país debe estar de acuerdo en probar su propia medicina. En esta situación, también se convierte en un principio oneroso para la gran potencia.

    La sostenida descentralización del poder económico y la liberalización comercial en tantos países en desarrollo plantea varias interrogantes nuevas. En primer lugar, una pregunta matemática. La conversión masiva hacia una posición no autártica ocurre en gran cantidad de países con la misma velocidad y fascinación. En 1950 existían aproximadamente treinta miembros (o "partes contratantes", como se les conoció en aquel entonces) del GATT. En la actualidad dicha cifra se cuadruplicó. Continúa creciendo la cantidad de candidatos que aguardan su admisión.

    Los conflictos planteados por un multilateralismo de grandes proporciones fue descrito y analizado por Miles Kahler (1993), quien demostró cómo el sistema valora una reducción en las cifras y cómo ha intentado imponer dispositivos minilaterales para permitir la toma colectiva de decisiones cuando se dispersa la influencia. Sin embargo, la interrogante no es meramente mecánica ni de cantidades, aunque las cantidades sí presentan problemas de procesos.

    La necesidad de incluirlo todo es un fenómeno reciente desde el punto de vista cualitativo y enfrenta importantes desafíos. En el pasado, la insatisfacción con la situación económica internacional era expresado en primer lugar retirándose de una participación activa. El desacoplamiento, la eliminación de vínculos, la planificación industrial, el comercio entre estados, la cuasi autarquía o elevada sustitución de importaciones, servían para expresar descontento con el orden internacional, así como la búsqueda de distintos grados de inmunidad ante sus efectos. Mientras estas iniciativas no variaron, el equilibrio de poder de retirada durante la Guerra Fría resultó incluso funcional, de conformidad con la lógica de la segmentación del mercado. En realidad no fue motivo de preocupación.

    Posteriormente, con el advenimiento de la Ronda Uruguay, cuando se hizo evidente que ya no era posible alcanzar la inmunidad, ni era algo deseable, una coalición muy variada de países en desarrollo encabezada por Brasil e India impuso una política de obstruccionismo (Kumar, 1993). El desvanecimiento posterior de la brecha entre el Norte y el Sur y entre Oriente y Occidente contribuyó a socavar esta posibilidad y hoy en día la participación activa parece ser la opción preferida. En lugar de tratar de alcanzar la utopía o de obstaculizar el funcionamiento del sistema, los países parecen desear que funcione, lo cual conllevará la adaptación institucional.

    Desde el punto de vista filosófico, el sistema multilateral fue creado a semejanza del proceso de formulación de políticas en Estados Unidos. Desde el punto de vista organizacional, estuvo marcado por dos series de dicotomías: por una parte, el enfrentamiento Oriente-Occidente y por la otra, la brecha Norte-Sur, que constantemente trataban de atraerse. El multilateralismo económico fue forjado por estas dicotomías. Por su parte, el mundo comunista fue en gran parte autoexcluido, mientras los países en desarrollo fueron invitados con desgano, no porque sus mercados tenían importancia en la práctica, sino porque eran peones en una competencia estratégica.

    No es una coincidencia que al finalizar la Guerra Fría hayan perdido terreno tanto el tercermundismo como el argumento de seguridad nacional para la liberalización económica en los Estados Unidos. Al desaparecer "el monstruo", perdió su impacto la imagen de intereses comunes. Los intereses comunes sentaron las bases para las relaciones comerciales, pero tanto dichos intereses como una perspectiva benigna de la hegemonía estuvo limitada a la zona del Atlántico Norte (Deutsch y otros, 1957). Ni siquiera Japón se convirtió en un participante pleno; su especialización comercial fue más inter-industria en la práctica, mientras que su filosofía (percibida o genuina) estuvo fundamentada más en el intervencionismo y manejo económico que en el laissez-faire.

    La desaparición de estos principios organizacionales colectivos permitió la eliminación de las ideologías en los acuerdos comerciales. El objetivo estadounidense también se ha debilitado, como se hizo evidente en la contienda entre el Gobierno y el Congreso acerca de la autoridad para negociar por la vía rápida, requisito previo indispensable para las negociaciones comerciales, tal como fuera previsto en el Area de Libre Comercio de las Américas.

    Por lo tanto, la globalización ha alterado fundamentalmente el contexto en el cual los gobiernos y las instituciones deben funcionar. Nos ha obligado a centrarnos en las oxidadas ruedas ideológicas del multilateralismo. ¿Cuán flexible es el multilateralismo creado en el marco de la hegemonía estadounidense ante la descentralización de las relaciones comerciales? ¿Cuánta reorganización institucional puede soportar? ¿Puede darse por descontada la deserción de una gran potencia?

    En realidad, posiblemente desde la perspectiva de los Estados Unidos existe un elemento defensivo en el regionalismo. En la actualidad, muchas partes de lo que ayer eran el tercer y segundo mundo han pasado de ser testigos a convertirse en participantes comerciales activos. Uno de los desafíos principales será contar con China, un rompecabezas amedrentador. Pero si esto se observa desde la perspectiva de países que otrora fueron excluidos, la tendencia hacia el regionalismo parece ser más progresista. Para muchos de los recién convertidos, pertenecer a una agrupación regional representa una oportunidad para tener acceso al mercado, algo que siempre desearon pero nunca lograron a través de las negociaciones en el GATT. El mercado regional no es un substituto del mercado mundial, en modo alguno; sin embargo, tiene efectos sumamente dinámicos tanto a nivel agregado como en términos de la composición de las exportaciones. Ya que la globalización implica una lógica de multipolaridad, el aspecto primordial de la liberalización consiste en las unidades regionales a las cuales los países han precomprometido sus políticas comerciales. En este sentido, lo importante es cuestionar cuáles serán los acuerdos institucionales que conjugarán el regionalismo y la globalización, tema que se analiza a continuación.

    2. Reinvención del multilateralismo

    El proceso político de gestionar un acuerdo institucional para la globalización no será fácil, sobre todo en ausencia de antecedentes de soluciones cooperativas, tanto entre los bloques regionales como dentro de éstos. De hecho, los antecedentes históricos asocian las unidades regionales de comercio con un corte de raíz de la prosperidad y la paz.

    Puede percibirse que si no se toman en cuenta estas connotaciones negativas, la búsqueda de nuevos caminos hacia el multilateralismo puede tomar una vía de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, a fin de incluir las nuevas unidades regionales en proceso de formación. El proceso de arriba hacia abajo se basa en ideas anteriores (compárese con Curzon y Curzon Price, 1986); fue sugerido por el Secretario General de la OMC y recibió el apoyo de otras personas influyentes en los Estados Unidos (Bergsten, 1996).

    La propuesta consiste en contar con un objetivo espectacular y orientar a la OMC en dicha dirección dentro de un marco de tiempo específico: es decir, la creación de un área de libre comercio global, que eliminaría todas las barreras impuestas en las fronteras, posiblemente para el año 2020, fecha seleccionada porque es la fecha prevista para concretar todos los pactos regionales, y el momento en el cual la APEC espera contar con libre comercio entre todos sus miembros. La idea es que esta meta de libre comercio global debe ser indefinida en cuanto a cobertura y membresía. En última instancia, esta área de libre comercio indefinida se asemejaría al GATT de conformidad a su concepción original, pero además incluiría el auténtico objetivo de libre comercio entre los países participantes, algo que el GATT original no previó.

    Al proponer alcanzar este objetivo, obligaría a todos los pactos regionales a conceder el trato de País Más Favorecido para una fecha específica. Ya que se espera que en el futuro cercano el Este de Asia y América Latina serán las regiones de más rápido crecimiento en la economía mundial, un área de libre comercio global básicamente se fundamentaría en un "gran trato" entre estos dos grupos de países, y América del Norte, Europa Occidental y Japón, los cuales pueden ofrecer acceso pleno a sus mercados. Sin embargo, en la actualidad resulta difícil preveer la materialización de este gran trato como una consecuencia natural de la expansión institucional de la OMC. En este caso también se requiere liderazgo y energía institucional, elementos que parecen estar faltando. Hoy en día, a pesar del "salto hacia la legalidad" y las discusiones acerca de una nueva ronda en el año 2000, la OMC no parece haber sido dotada de combustible suficiente para hacer algo más que servir de mediadora a través de su mecanismo de solución de diferencias.

    En el Hemisferio Occidental, un escenario más realista a corto plazo es la continuación del proceso de abajo hacia arriba, con el Mercosur gradualmente tejiendo una red más o menos flexible de asociaciones regionales en el sur de las Américas, con lo cual tendría suficiente fuerza para estimular a los Estados Unidos a hacer realidad su compromiso de un Area de Libre Comercio de las Américas.

    Por su parte, América Latina escogió el rumbo del "regionalismo abierto"; regionalismo en el contexto de la revolución de políticas comerciales en curso. Aunque los recursos políticos e intelectuales parecen haberse destinado sobre todo al proceso regional, ningún país puede darse el lujo de asumir el regionalismo como única alternativa. La mayoría continúa teniendo una porción importante (y en algunos casos creciente), de comercio con otras partes del mundo. Con la excepción de México en América Latina, la mayoría de las exportaciones de estos países todavía están sumamente dispersas. Todos los países desean contar con la mayor cantidad de alternativas posibles. Hasta los más pequeños, con su comercio más concentrado en la región, desearían suscribir acuerdos globales que funcionen adecuadamente, para contrarrestar el predominio hegemoníaco por parte de las potencias regionales y subregionales. Por lo tanto, el obstruccionismo del pasado cede terreno a la creencia en el papel que deben jugar los acuerdos globales en suministrar un anclaje externo idóneo para sus relaciones mutuas. Esta posición podría no sólo ser propicia para construir un multilateralismo más efectivo en el futuro, sino que podría llegar a ser un requisito indispensable para contar con un nuevo multilateralismo, un multilateralismo que refleje más fielmente la multipolaridad, por una parte, y por la otra, que deje atrás las tácticas obstruccionistas adelantadas por los países en desarrollo.

    Existen por lo menos cuatro motivos por los cuales se justifica una visión benigna del regionalismo. En primer término, el nuevo tipo de regionalismo no es un vino viejo en botellas nuevas. Está impulsado más por los mercados y menos por políticas, decretos arbitrarios o incluso burócratas liberales. Con la excepción de Europa, son pocas las nuevas asociaciones que conforman bloques en realidad (si es que las hay). El nuevo regionalismo del cual somos testigos en la actualidad es, de hecho, producto de la expansión del comercio y de las inversiones transfronterizas entre países vecinos después de la liberalización unilateral.

    En segundo lugar, en algunos casos las negociaciones regionales parecen tener la capacidad de acabar con la dicotomía clásica entre países industrializados y en desarrollo, algo que caracterizó al GATT. Esta dicotomía fue expresada por exportaciones unilaterales (en dirección Norte-Sur o Sur-Norte), repletas de barreras de todo tipo: por otra parte, en un intento poco elegante de compensar el sesgo existente, a los países en desarrollo se les concedió excepciones legales, en el marco del "trato especial y diferenciado", es decir, no se esperaba que brindaran un acceso pleno y recíproco a sus mercados, pero se les dio un acceso preferencial. El trato especial y diferenciado demostró no ser la solución; por el contrario, generó continuas fricciones. Por una parte, los países en desarrollo seguían insatisfechos con el acceso al mercado que habían obtenido, mientras por la otra, los países desarrollados continuamente se quejaban de aprovechamiento y la falta de contribuciones al sistema. En cambio, los acuerdos de libre comercio regional tendían a no distinguir entre los tipos de países o su nivel de desarrollo. En el marco del TLCAN, México prácticamente eliminó todas las restricciones en la frontera, impuestas a 70 por ciento de las importaciones agrícolas e industriales provenientes de los Estados Unidos y Canadá. Se espera que la inclusión de Chile en el TLCAN y las negociaciones para el Area de Libre Comercio de las Américas continuarán con este patrón, es decir, muy poco trato especial y diferenciado, si acaso lo hubiere.

    Tercero, el poder de negociación. Este ha dependido básicamente del tamaño del mercado. Una unidad comercial regional tenderá a poseer mayor poder de mercado que cualquiera de sus miembros por sí solo. Al descentralizar la toma de decisiones y fortalecer los procesos plurilaterales, en un marco que concede algo de voz y voto a los países más débiles, el nuevo regionalismo generará el tipo de multilateralismo en el cual las unidades regionales tendrán mayor poder de negociación. Un puñado de unidades dedicadas a las negociaciones entre los bloques tendería a facilitar las soluciones cooperativas. Tal como lo expresara el Presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso al referirse al Mercosur, "en última instancia, si el objetivo es la reciprocidad, es necesario tener algo que ofrecer, y el tamaño del mercado es el primer premio" (citado en Hurell, 1996).

    Cuarto, el excesivo alcance de las negociaciones comerciales. Estas solían limitarse a negociaciones acerca de productos, rubro por rubro. La liberalización del comercio fue adelantada al tratar los asuntos tal como se reflejaban en las fronteras. Durante la Ronda Uruguay, se trató que el GATT abarcara más allá de las fronteras, al incluir políticas sobre propiedad intelectual, normas de inversión y gran cantidad de asuntos. En la actualidad, se considera que los derechos laborales, las políticas fiscales y de competencia, así como el trato dado al medio ambiente, forman parte integral de los asuntos comerciales. La puerta comercial es utilizada cada vez más para negociar políticas. Esto implica pasar de una integración somera a una más profunda (Lawrence, 1993). Una integración profunda conduce hacia, o da por sentada la armonización o convergencia de políticas. Exige entregar una parte cada vez mayor de soberanía, ejercicio éste que no puede abordarse con otros 120 países sentados a la misma mesa. Este es otro aspecto de primordial importancia en los acuerdos de libre comercio regional. Hoy en día la mayoría abarca la integración o armonización de diversas políticas relacionadas con el comercio.

    Todo esto apoya la visión de la "piedra angular" en el debate acerca de las consecuencias futuras del regionalismo actual (Lawrence, 1993). Ninguna unidad regional parece ser autárquica, y ninguna unidad regional puede darse el lujo de serlo, de crecer aislada de los demás. Los mercados están tan estrechamente vinculados que ninguna unidad puede sacrificar el comercio intraregional a expensas del comercio interregional. Ninguna unidad tiene interés en sustituir el comercio regional por el global. Los países sólo deciden seguir adelante en forma más rápida o en llegar más allá de lo previsto en la vía de las negociaciones multilaterales. Por ello, es posible que el comercio entre las unidades no aumente tan rápidamente como en el interior de las mismas, pero no necesariamente se deteriorará.

    El dilema planteado por la orientación regional hacia los acuerdos institucionales globales exige, en primer lugar, permanecer al margen de las analogías históricas y en segundo término, no estar atados en el contexto actual. La principal interrogante es si continuará adelante la integración económica global. Esto no dependerá de hasta que punto se multipliquen los acuerdos de integración regional, por sí mismos, sino más bien en cuán abiertos son. El grado de apertura representará el vehículo para gran parte de la producción y el intercambio a nivel internacional. Puede surgir un nuevo multilateralismo de las unidades regionales, y los países tendrán la primera palabra directa a nivel regional y no multilateral, como ocurre en la actualidad, ya que las asimetrías del poder son amplias y las afinidades son limitadas. Estas nuevas unidades pueden suministrar ciertas oportunidades para revisar el comportamiento monopolista y el predominio de algunos países. Las políticas acertadas pueden encontrarse en los procesos acertados. No se trata de un nuevo mundo feliz, sino en uno distinto, y seguramente será uno menos amenazador.

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    Notas

    1. Los logros sistemáticos más importantes de la Ronda Uruguay consisten en la creación de un régimen de propiedad intelectual y la adopción de un mecanismo de solución de diferencias que, por una parte, no permite al acusado vetar el proceso o el resultado, y por la otra, se espera produzca resoluciones obligantes, lo cual representa el fortalecimiento del multilateralismo. La solución de las diferencias a través de la negociación podría convertirse en el servicio más importante ofrecido por la Organización Mundial del Comercio (OMC).

    2. Las exportaciones de América Latina crecieron en promedio 9% anual entre 1990 y 1995. Mientras las importaciones globales durante este mismo período aumentaron en 8%, las importaciones de América Latina se incrementaron en 14% a pesar del descalabro provocado por el tequilazo mexicano. Las importaciones hacia Asia Oriental alcanzaron 15% anual durante este mismo período.

    3. Los esfuerzos regionales adelantados durante los años sesenta fueron en realidad indicios del descontento con una economía mundial "multilateralista" dominada por Estados Unidos. Para análisis recientes acerca del caso de América Latina, léase Bloomfield y Lowenthal (1990) y Hirst (1996); y de Asia, a Pempel (1995).

    4. En otras palabras, el multilateralismo ha tenido una impronta cultural: un indicio del sesgo cultural que rodea tanto la práctica como el concepto del multilateralismo es el torrente de producción académica que ha generado en Estados Unidos, en comparación con otras partes del mundo. Ni los europeos ni los japoneses se han preocupado tanto por su definición, mientras que los países en desarrollo no se interesaron mucho (léase Escude, 1995) en un concepto tan plagado de excepciones. Hasta hace poco el multilateralismo era un proceso con el cual soñaban, pero en la práctica no habían podido concebir al GATT como una entidad en la cual sus derechos eran siquiera concebibles. Basta con ver los escasos casos en los cuales países en desarrollo acudieron al GATT para utilizar el mecanismo de solución de diferencias. Sólo después de su conversión y el inicio de un mecanismo menos cargado políticamente en el marco de la OMC es que hay indicios de mayor fe en este proceso.

 

 


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