Globalización y relaciones
externas
de América Latina y el Caribe
Edición Nº 53.
Enero-Junio 1998.
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América
Central, por un renovado
ejercicio de integración regional |
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Eduardo
Stein
Ministro de Relaciones Exteriores
de la República de Guatemala. |
Transcripción de la
conferencia pronunciada el 30 de enero de 1998 con motivo de su visita oficial a la
Secretaría Permanente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), en Venezuela.
Queridas amigas y queridos
amigos: yo pensé que el Señor Secretario Permanente del SELA hablaba de otra persona,
conforme lo escuchaba, porque al entrar en esta sala, de repente, me vinieron a borbotones
todas las imágenes de incontables horas que pasamos aquí peleándonos sobre temas de
desarrollo latinoamericano, votando, porque en muchos de estos lugares se vota, se
obstaculiza, se aprueba y se trata de avanzar. Veo varias caras amigas que pasaron y
seguramente siguen pasando incontables horas, hasta la madrugada, en estos mismos salones.
Nunca en mi vida esperé estar metido en esta aventura con el Presidente Arzú, pero
alguna idea tenía mi Presidente de que podíamos integrar parte de su equipo, en este
esfuerzo que en el fondo lo que ha intentado hacer en estos dos años es contestarse tres
preguntas: si sabemos lo que queremos hacer, si lo podemos hacer y si tenemos la voluntad
política de hacerlo.
I.
América Central frente al nuevo milenio
Hablar de Guatemala,
en estos momentos, es algo que a nosotros, todos los que estamos participando en este
proceso, nos apasiona; pero hablar de América Central es verdaderamente epidérmico. Así
que pido anticipadas disculpas porque trataré de presentar un marco somero de aquello en
lo que hemos afincado parte de nuestras esperanzas, para ver si nuestra región puede ser
viable en el advenimiento del nuevo milenio. Y lo del milenio, la verdad, es que está
siendo quizás demasiado abusado, pero ya viene, y no nos sentimos preparados desde el
istmo centroamericano, a pesar del enorme cúmulo de transformaciones que nos han estado
ocurriendo en los últimos años.
El agotamiento del istmo, de
toda una etapa económica y política que en pocos años nos llevó del mayor intercambio
comercial de nuestra historia en el Mercado Común, a un proceso de deterioro que nos puso
al borde de una guerra regional que apenas comenzamos a sobrepasar, nos ha enfrentado de
golpe a una reconfiguración de nuestras agendas y a lo que parece ser, por lo que los
abuelos nos cuentan y lo que hemos podido investigar, el más intenso, el más amplio y el
más profundo esfuerzo de revisión de nuestra institucionalidad nacional y regional.
Por otra parte, la importancia
y la trascendencia de los cambios internacionales que todos ustedes conocen, tanto
geopolíticos como tecnológicos y la velocidad en que se están dando los reagrupamientos
económicos, han hecho sentir su influencia en el istmo centroamericano, no sólo de
múltiples maneras, sino, si se me permite, de manera brutal. Quizás la más obvia es la
de tratar de no quedarse atrás, afuera de la evolución mundial, pero esas influencias se
conjugan todavía en América Central, con presencias y presiones externas antiguas y
nuevas, que tratan de imponer decisiones y modos de hacer en América Central.
La región está signada por
procesos de democratización, apertura y ajustes, que comparte con el resto de América
Latina, pero "por primera vez coexisten en América Central, durante esta década de
los noventa, seis gobiernos surgidos de procesos democráticos" en vías de
consolidación que han recibido el mando de seis gobiernos igualmente electos por el voto
popular. Hasta esta década nunca en la historia de América Central habían coincidido en
todos los países gobiernos electos democráticamente, que pudieran entregar a sus
sucesores, igualmente electos por la vía del voto popular.
II. Los vestigios de la
Guerra Fría
El replanteamiento también
viene signado y exigido por nuestros mismos rezagos, nuestros mismos desequilibrios y
nuestras mismas carencias. De golpe, pueblos y gobiernos centroamericanos tienen que
medirse con una agenda de reconstitución interna, a la vez que tienen que buscar la
manera de sintonizarse y, de ser posible, prenderse del tren internacional de la historia
en donde, para la América Central, y disculpen si repito obviedades, pero son realidades
políticas, económicas y sociales muy rotundas para nosotros hay como dos polos de
desciframiento sobre los cuales estamos trabajando con mucha intensidad: uno es lo que
significa el fin de la Guerra Fría y otro es lo que significa para América Central el
tan manoseado fenómeno de la globalización. En realidad, en América Central, uno de los
últimos escenarios en donde se luchó un capítulo de la Guerra Fría con la mayor
ferocidad, decir que esa etapa se terminó con el derrumbamiento del Muro de Berlín, no
implica que esté de hecho erradicada, borrada y suprimida de la realidad centroamericana
la manera tan pervivente y tan global en que esa Guerra Fría nos abarcó.
Aunque oficialmente se decretó
su certificado de defunción, quedan todavía en el área muchos vestigios actuantes de la
misma y sobre todo, marcos mentales que tienen aún reflejo en decisiones políticas,
tanto a nivel público oficial como a nivel de los grupos organizados políticamente. Por
lo tanto, estamos viviendo muchos de los elementos de la agenda de la Guerra Fría y
muchos de los procedimientos heredados de esa Guerra Fría, impuesto sobre todo a través
de marcos autoritarios de relacionamiento societal que estamos buscando transformar de la
forma más rápida, sin que esto a su vez produzca nuevos desequilibrios políticos que
afecten peligrosamente la gobernabilidad de nuestros países.
Las grandes palabras
contemporáneas de descentralización, desconcentración, participación, privatización,
ustedes las pueden encontrar en todos los prontuarios y planes de Gobierno de América
Central y podemos ver muy intensos ejercicios para que esto ocurra en la práctica, pero
todavía luchamos contra atrasos institucionales fenomenales, y yo diría que uno de los
principales obstáculos en América Central para este ejercicio es precisamente su
debilidad institucional.
¿Cuál es entonces la mayor
riqueza que se percibe hoy en América Central? Después de todo lo que nos pasó y no voy
aquí a recordar el pasado reciente, doloroso, que además es conocido de todos ustedes,
quizás hemos regresado al establecimiento de una verdad que todos conocimos todo el
tiempo, pero que no se nos dejaba disfrutar y hacer florecer: la mayor riqueza de América
Central está en su gente y en su naturaleza. Es cierto, tenemos una geografía
privilegiada que nos ha colocado, según escritores, poetas y políticos, en la cintura de
América, pero esa cintura de América es hoy por hoy también un corredor predilecto para
el narcotráfico, para el tráfico ilegal de tesoros coloniales y arqueológicos, de
manera que nos encontramos ante el umbral de nuevos procedimientos de saqueo y
depredación, incluso ecológica, que amenazan de formas distintas la estabilidad y la
sustentabilidad del Istmo. Es por ello que a la hora de tratar de respondernos a esas tres
preguntas: ¿qué es lo que debemos hacer? ¿cuál es el tipo de expresión concreta de
nuestra voluntad política para llevarlo a cabo? y ¿con qué contamos realistamente para
que eso sea práctico, viable y sustentable?, es decir, si sabemos a dónde ir, si se
quiere ir allá y si podemos.
No hay manera humana, técnica,
financiera y política de que los países centroamericanos salgamos adelante, si no es a
través de un renovado ejercicio de integración regional. Aunque eso se ha estado
trabajando durante muchos años de hecho el impacto de nuestra propia conflictividad
interna hizo casi zozobrar el esfuerzo integracionista curiosamente, en lo más
encarnizado de los combates internos y en lo más delicado de las fricciones vecinas,
fueron precisamente estas instituciones de integración del antiguo Mercado Común
Centroamericano las que mantuvieron mesas técnicas de colaboración, mientras las mesas
políticas estaban decidiendo si se hundía o si se resucitaba el Istmo centroamericano y
desde el seno de esta organización del SELA, América Latina en su conjunto le apostó a
que sí era posible y apoyó a una parte de sí misma. El SELA creó un Comité de Acción
en Apoyo del Desarrollo Económico y Social de América Central, que en un tiempo se le
llamó pretenciosamente el brazo económico de Contadora, pero en la práctica cumplió
una función política fundamental y es permitir que los centroamericanos nos siguiéramos
juntando sobre temas técnicos de interés común regional, como la seguridad alimentaria,
como el desarrollo cerealero regional, como la interconexión eléctrica, etc., mientras
que en la mesa política el Grupo de Contadora conseguía empujar hasta el nivel necesario
para que los propios centroamericanos resumiéramos el control de nuestra agenda, y es
cuando los Presidentes concretan en las cumbres de Esquipulas el acuerdo regional para una
paz firme y duradera.
Estamos en un esfuerzo, como
dije, más profundo y abarcador de nuestra historia por reconstituir nuestra
institucionalidad regional, y quisiera de manera sencilla recorrer algunos de los avances
sustantivos y tal vez mencionar algunos de los desafíos más complejos.
III. Un proyecto propio de
desarrollo regional
A los muy generosos
comentarios del Secretario Permanente del SELA en su introducción, el pensamiento
regional que aquí se ha alumbrado durante varios años, tenía sobre todo un conjunto de
incógnitas que iban viviendo su propia evolución de acuerdo a los movimientos
políticos, técnicos de toda las distintas participaciones de la región, comenzando
quizás por el más rotundo principio de acuerdo regional que en 1980 se plasmara en el
Plan de Quito para entendernos con la deuda, pero en donde al final no nos pusimos de
acuerdo continentalmente a tiempo. Cuando por fin nos pusimos de acuerdo, ya los
acreedores nos llevaban dos años o más de ventaja. Menciono esto como antecedente porque
para Centroamérica, habiendo sido vital el poder encontrar fuera de su geografía lugares
donde encontrarnos para ver que no éramos tan enemigos unos de otros, como nos querían
hacer creer en agendas impuestas desde afuera, también era importante reconocernos como
centroamericanos en el concierto regional, ese reconocimiento en el concierto regional ha
hecho surgir hoy quizás más dudas que certidumbres en lo que América Central está
intentando, pero yo quisiera rápidamente recorrer un conjunto de decisiones tomadas por
los Presidentes centroamericanos el año pasado en dos reuniones cruciales en Panamá y en
Nicaragua.
La primera de ellas, quizás la
menos publicitada, pero para algunos de nosotros la más fundamental, es el reconocer que
Centroamérica en su conjunto, por lo abrumadora de la agenda político-militar en su
etapa más conflictiva y luego por las exigencias tan feroces en la etapa de su
reconstitución en las agendas internas de cada país, no se había permitido un esfuerzo
de reflexión estratégica sobre su propio proyecto regional; es decir, una de las
conclusiones, por lo tanto, de carácter estratégico más importante, fue el coincidir
por parte de los mandatarios en una ausencia de proyecto regional y en una
autolimitación, o si se quiere amputación de un pensamiento estratégico renovado que
permitiera desde América Central la generación de un proyecto de región que fuera
propio. Tal vez estoy usando demasiada palabrería, pero lo que quiero indicar con esto, y
me disculpo, es que América Central recibió durante la etapa de los conflictos internos,
digamos durante los últimos 19 a 20 años, más propuestas de una regionalidad istmeña
externa, o sea, propuestas venidas desde afuera, que propuestas generadas desde adentro.
Para el principio de esta
década, después de que todos nos lamentábamos de la década perdida de los 80, término
acuñado por la CEPAL, que por cierto nos resulta un poco incómodo, porque tal vez fue
perdida en algunas cosas, pero inadvertida en otras, porque se venían gestando
movimientos de renovación de los que ahora estamos cosechando, pero fue un momento en
donde el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la CEPAL misma, generaban las
propuestas que al decir de expertos y especialistas, era lo que le convenía hacer a
América Central.
Quizás lo que ha marcado el
ejercicio de renovación integracionista ahora, en estos años, incluso en este año y
medio, es el deseo de los equipos gubernamentales de encontrar los elementos, los
ingredientes y los términos de un proyecto propio, que tal vez no sea tan nítido, no sea
tan perfecto, no sea tan técnicamente consistente, como los especialistas y expertos lo
prepararían, pero es el nuestro y es viable y sustentable con el apoyo de los pueblos
centroamericanos porque lo reconocen como propio.
Este no es un pensamiento
separatista ni chovinista que busca distanciarnos del resto del conjunto de energías y de
procesos y de dinámicas continentales, sino que lo que busca es atender el que esta
reconexión internacional, continental y mundial sea sobre bases que incorporen
puntualmente las necesidades, deseos y aspiraciones de los propios centroamericanos, y que
no sea meramente una reconexión y una incorporación acrítica de modelos externos, que
son en buena cuenta parte de las razones de nuestros padecimientos recientes.
El segundo elemento crítico
importante en esta renovación, luego de haber constatado el déficit de propuesta
estratégica, es el de buscar el adelgazamiento y la agilización de nuestro andamiaje
institucional, a sabiendas de que nos corremos un riesgo, y la manera como lo estamos
conversando es la manera como se los platico. Sabemos que no tenemos todavía un proyecto
global, depurado y consensuado entre nosotros, plenamente desarrollado. Hay un embrión de
proyecto regional, si se quiere, pero no podemos tardarnos más en pretender que se puede
ir perfilando un plan perfecto escrito en 80 tomos, cuando la historia está corriendo
enfrente de nuestras narices. Teníamos, por lo tanto, que jugar a una apuesta que nos
permitiera, aún no teniendo certidumbre y claridad en lo que aspiramos, renovar nuestra
propia institucionalidad sobre la base de aquellos elementos que entran ya a nivel de
acuerdo regional en lo que pueda ser un proyecto estratégico más acabado; 13
secretarías y comisiones regionales que hoy buscan fundirse e integrarse en una sola
secretaría de servicios para todo el proceso de integración, sin perder las
características e identidad de los servicios sectoriales.
¿Como se hace esto? La verdad
es que no sabemos. Para algunos es imposible y es mejor dejar las instituciones que están
porque algún resultado están produciendo; para otros, es imposible mantener esta
diversidad institucional tan costosa y tan poco productiva para Centroamérica. Alguno
decía que es tan difícil lograr éxito en esta integración y fusión como ordeñar a
una hormiga con guantes de box, pero en la práctica está comenzando a suceder de manera
operacional modesta, comenzando por la Secretaría de Integración Social, que tenía sede
en Panamá. Este país generosamente ha dicho que no le interesa mantener una oficina
regional de esa u otras características, con el objeto de permitir el surgimiento de este
esquema integrado de servicios, de manera que los servicios en materia de temas sociales,
educación, vivienda, salud, etc., de todo el esfuerzo de integración, se mudan a una
sede única que será en San Salvador.
En el caso del medio ambiente y
en el caso de la integración económica, existen compromisos jurídicos que probablemente
harán que esta fusión todavía tarde un año y medio o dos en lo que se agotan este tipo
de compromisos, pero lo importante de destacar aquí es que existe no sólo la idea, la
visión de rumbo, sino la voluntad de hacerlo. El con qué y el cómo se ha ido
encontrando de manera precisa, gracias al acompañamiento generoso y respetuoso de la
cooperación externa latinoamericana y europea sobre todo.
IV. Los desafíos
Respecto de los desafíos
que estamos advirtiendo, quisiera comenzar con uno que es el más resbaladizo de todos y
que por supuesto se nos critica mucho a los que tenemos origen académico de darle
demasiada importancia, pero creemos que es uno de los elementos fundamentales que debemos
atender, o de lo contrario vamos a encontrar bombas de tiempo o minas enterradas por todo
el camino, y es el problema de identidad y el vacío de nuestra propia historia.
¿A qué me refiero? Por
razones de nuestra propia conflictividad interna, la historia en América Central
pareciera interrumpirse en la década de los 50, cuando empiezan a endurecerse los
esquemas más impositivos de la Guerra Fría, y se esfuma al principio de la década de
los 80. La mayor cantidad de trabajos sobre nuestra propia historia y nuestra propia
identidad ha sido escrito en los últimos 15 años por extranjeros y no es sino hasta
principios de esta década que comienzan a aparecer, de manera regular y de manera
general, esfuerzos endógenos de reescritura y reinterpretación de nuestra historia. Con
esto lo que quiero decir es que no sabemos a plenitud todavía lo que nos pasó. Todavía
están funcionando comisiones de la verdad, comisiones de esclarecimiento histórico, como
parte de los esfuerzos de reconciliación que sí quieren develar las partes más
horribles del conflicto armado porque tratan de esclarecer, para que no lo volvamos a
repetir, aquellos abusos incluso colectivos a los derechos humanos de poblaciones enteras,
por lo menos en tres de nuestros países.
Producto de esa confrontación
también hay una especie de temor compartido por muchos de develar las cosas tal como de
verdad ocurrieron porque en algunos casos, inclusive, pueden tener consecuencias
jurídicas importantes. En temas de propiedad, por ejemplo, todos conocemos las capas de
abuso sucesivo que hubo desde fines del siglo pasado y principios de éste con la
introducción de cultivo de café en toda América Central. De nuevo a partir de la
instalación de las dictaduras en los años 20, de nuevo a partir de las renovaciones de
gobiernos en la década de los 60 y 70; entonces hay capas sucesivas de incertidumbre
jurídica sobre la propiedad de fincas, de casas, etc., y aunque el caso más publicitado
hoy por hoy pudiera ser el de Nicaragua, en realidad la situación se repite en todos los
países centroamericanos, de manera que parte de la reconstrucción de lo que somos es
indispensable también para darle certidumbre jurídica a la población respecto de lo que
tiene o de lo que no tiene.
Otro elemento importante que se
abre ahora como un nudo de dificultades para nosotros es aquel que tiene que ver, junto
con la certidumbre jurídica, con nuestra propia institucionalidad para resolver los
problemas de seguridad ciudadana: el crimen común y, a la vez, el crimen organizado, que
si bien por demasiado tiempo se ha tratado como un expediente separado y distinto de la
problemática económica y social, si se quiere es ahora un elemento indispensable de
contemplar dentro de las agendas de desarrollo.
Nuestros gobiernos son cada vez
más incapaces de hacerse cargo de brindar los servicios que la ciudadanía está
demandando en términos de participación política, social y económica, de ahí quizás
lo rápido que ha prendido el concepto de descentralización y de desconcentración. Pero
en el corazón de estos esfuerzos se encuentra también la responsabilidad de los Estados
y de los gobiernos de brindar seguridad a la ciudadanía, a sus familias, a sus bienes y
esto está probando ser uno de los obstáculos más complejos de enfrentar y de superar
para los gobiernos centroamericanos y también, sin embargo, está probando ser uno de los
temas en donde más rápidamente se están llegando a acuerdos de manejo regional, porque
al igual que los zancudos, que no reconocen en dónde está la frontera de ningún país y
vuelan por encima o por debajo de los rótulos aduaneros, el crimen organizado hace igual
y tiene una capilaridad montada a lo largo y ancho de toda América Central que ha
encontrado, incluso, gracias a las enormes cantidades de dinero de corrupción que maneja,
socios capitalistas eficientes que no considerándose involucrados directamente en el
narcotráfico, brindan sus pistas de aterrizaje a razón de 50 mil dólares por
avionetazo, para permitir el trasiego de lo que sea, mirar para otro lado y callarse la
boca.
Muchos de los empresarios
algodoneros de América Central lograron pagar sus deudas con la banca, cuando el algodón
colapsó, porque permitieron que avionetas del narcotráfico aterrizaran en sus fincas y
saldaron sus libros en rojo con los bancos. Esto que quizás se menciona demasiado de
prisa, se ha convertido tal vez en uno de los desafíos mayores para la estabilidad de los
Estados y ha provocado que en 1995 los Presidentes centroamericanos reunidos en Honduras
firmaran un Acuerdo de Seguridad Democrática para Centroamérica, que brinda un marco
verdaderamente moderno para darle tratamiento integral a los problemas de seguridad del
Istmo, no sólo desde la exclusiva óptica policial y mucho menos militar, sino desde una
óptica incluyente de desarrollo económico y social. Y esto es lo que nos ha permitido el
empezar a vernos a nosotros mismos como una región interesante, al empezar a tratar de
manera integral los temas o digamos los problemas heredados de la cauda de conflictos
armados y los desafíos de oportunidades de desarrollo.
Pido me disculpen por volver a
referirme al caso nicaragüense, pero esto puede ilustrar muy bien la etapa tan dinámica
en que nos encontramos. Una Nicaragua en donde hace unos pocos años, cuando uno estaba en
los hoteles, nos recomendaban no cambiar más que una poca cantidad de dólares en la
mañana porque al mediodía ya el cambio había bajado y en la tarde otra vez todavía
más, está ahora siendo el territorio de mayores inversiones centroamericanas en el
Istmo; capitales salvadoreños, guatemaltecos, costarricenses están invirtiendo en
Nicaragua porque, hoy por hoy, es el país con el índice más alto de crecimiento de
Producto Interno Bruto de toda la región, es decir, es un vuelco de la historia que nos
permite vislumbrar, como los estudios precisamente hechos en el marco de este Comité de
Acción del SELA en los 80, que Nicaragua, con su vocación agrícola tan diversificada y
tan fecunda y su poca gente, con la correcta inversión agraria o agroproductiva, podría
resolver todo el problema de desempleo de América Central. Esta visión de conjuntos
productivos es bastante nueva en el área porque hasta hace muy poco sólo nos veíamos
como focos mutuos de dificultades para cada vecino y hemos aprendido, muy recientemente a
vernos como un venero de oportunidades compartidas en donde ningún país, y de eso
estamos todos conscientes, puede salir solo, sólo podemos salir todos juntos.
Quisiera terminar este rápido
pantallazo leyendo, porque no me resisto, unas líneas de un poeta guatemalteco que
escribió desde una de las áreas montañosas de bosques húmedos tropicales guatemaltecos
más bellos de mi país, siendo guerrillero:
"Hoy sabemos que el
regreso a las primaveras es irrealizable, que el hábito de explicarse las cosas
acalambradas de contradicciones es la fuente de toda lucidez y que el oficio de
conspiradores para cambiar el mundo es la única manera de no envejecer". Esto
retrata en buena medida el sentimiento compartido de grandes grupos de centroamericanas y
centroamericanos en donde la edad media de la región es de 19 años, la mitad de la
población centroamericana es de 19 años para abajo, o sea, que es, si se quiere, una
región irresponsable por su propia juventud, pero una región con una enorme vitalidad,
en donde, al igual que muchos de ustedes, compartimos ese horizonte de conspiradores para
cambiar por lo menos nuestra región, sino el mundo.
Y más adelante dice el mismo
poeta: "Es cierto que los días que habremos de vivir nunca serán suficientes, sobre
todo si nuestros actos son mayores que las palabras que digamos". Yo creo que si algo
es una realidad hoy en América Central es que todos estamos más pendientes de producir
resultados que de seguir hablando hasta la eternidad, como algunas de nuestras tradiciones
culturales nos marcaron.
Muchísimas gracias.