Globalización y relaciones externas
    de América Latina y el Caribe
    Edición Nº 53.

    Enero-Junio 1998.

    MERCOSUR y las alternativas
    de ordenamiento mundial
    Helio Jaguaribe
    Decano del Instituto de Estudios
    Políticos y Sociales de Brasil.

     

    I. Introducción

    Este breve estudio tiene por finalidad discutir las alternativas más probables de ordenamiento mundial desde finales del presente siglo hasta el primer tercio del siglo XXI, así como presentar, dentro de este contexto, un análisis sucinto de las posibilidades que enfrenta el MERCOSUR, incluida la hipótesis de la incorporación a este grupo, inicialmente formado por cuatro países, de otros países de América del Sur.

    El presente estudio pretende ser un ejercicio de prospectiva, entendida como la disciplina que intenta prever, para universos sociales de cierta magnitud, de forma racional y aplicando la metodología científica disponible, las probables tendencias estructurales de períodos futuros. La posibilidad de realizar ejercicios de prospectiva depende de la comprensión del proceso histórico-social como fenómeno condicionado por cuatro tipos de factores: factores reales, factores ideales, la libertad humana y el azar.

    Los factores reales son los que condicionan los aspectos materiales de la vida, desde los recursos naturales disponibles para la sociedad o sociedades que se investiga, en determinados territorios y períodos históricos, hasta las fuerzas y modos de producción existentes, incluida su demografía.

    Los factores ideales son los que se refieren a la cultura -entendida en su amplio sentido socio-antropológico- de esa(s) sociedad(es), en ese mismo período histórico, incluyendo, si fuera el caso, las condiciones culturales circundantes que influyen en el sistema estudiado.

    La libertad humana se refiere a la manera en que las personas, que producen efectos significativos en el sistema estudiado, podrían comportarse en el período contemplado.

    El azar se refiere a la forma aleatoria mediante la cual, en cada momento del período contemplado, puedan combinarse los factores anteriormente mencionados.

    Dentro de esta concepción del proceso histórico-social, los ejercicios de prospectiva son sólo válidos con relación a las tendencias estructurales de origen general; es decir, las tendencias que resulten de la forma mediante la cual, para un determinado período, se pueda prever razonablemente el comportamiento de las variables principales condicionadas por los factores reales e ideales. Las previsiones razonablemente posibles son necesariamente de orden general, nunca de carácter específico. Son susceptibles de previsión las principales condiciones reales e ideales dentro de las cuales, en un determinado período futuro, tenderán a actuar los agentes históricos. Nunca se puede prever un hecho o una situación específicos, ni siquiera a corto plazo, en virtud de la imprevisibilidad de la forma por la cual, dentro de las circunstancias generales que en principio pueden ser previstas, actuarán los agentes históricos y la forma específica mediante la cual se le presentarán a dichos agentes (el azar) las circunstancias concretas dentro de las que actuarán.

    Otra limitación importante de la prospectiva tiene que ver con los plazos dentro de los cuales las previsiones estructurales puedan mantener un coeficiente de probabilidad satisfactorio. Todas las tendencias estructurales, a más largo o menos largo plazo, son sometidas a modificaciones parametrales que alteran su dirección o intensidad. Ninguna variable estructural mantiene indefinidamente el mismo coeficiente de crecimiento o de decrecimiento o las características cualitativas y direccionadas de su trayecto inicial. Los plazos dentro de los cuales las previsiones estructurales mantienen un satisfactorio coeficiente de probabilidad varían conforme a los casos estudiados. Para no profundizar mayormente en este punto, baste con señalar que estos plazos difícilmente se extienden más allá del período correspondientes a dos o tres generaciones, en el sentido dado por Ortega y Gasset (15 años por generación). En el caso del presente estudio, el período futuro contemplado se extiende hasta el primer tercio del siglo XXI.

    II. Escenarios alternativos

    Con la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, los Estados Unidos han quedado como única superpotencia mundial de finales del presente siglo. Por otro lado, la Europa surgida del Tratado de Roma ha aumentado significativamente su grado de integración socioeconómica y ampliado el número de países integrantes del sistema -actualmente denominado Unión Europea-, con lo que ha cobrado, desde el punto de vista económico, una importancia igual o aun mayor que la de Estados Unidos.

    Además de la integración de la Unión Europea, el mundo de la posguerra fría presenta nuevas situaciones importantes. Japón -que si bien transita en la presente década por un período de relativo estancamiento económico y, más recientemente, se ha visto afectado por una importante crisis financiera- mantiene su posición como segunda economía nacional más importante del mundo. Rusia, el sistema nacional más importante surgido de la desintegración de la Unión Soviética, a pesar de la gravísima crisis que padece en todas las dimensiones de su vida colectiva en su caótica transición del socialismo comunista a un régimen capitalista democrático, aún dispone -aunque por ahora de manera desorganizada- de factores de poder inigualados por ningún otro país, con la excepción de Estados Unidos.

    Es importante destacar dentro de este contexto la trayectoria emergente de China, que ha superado, a partir de Deng Xiaoping, el irresponsable dogmatismo de Mao Zedong y ha registrado en los últimos veinte años una tasa continua de crecimiento del PIB superior en promedio al 8% anual. Con una población por el orden de los 1.200 millones de habitantes y un importante nivel de capacitación científico-tecnológica, China está gobernada por un régimen que, a despecho de las limitaciones que conserva de su pasado totalitario, tiende a adquirir características neoconfucianas y se revela como capaz de ejercer una administración racional de los factores de que dispone. Dentro de este contexto también es necesario tomar en cuenta el importante potencial de la India, el dinamismo -actualmente contenido por la grave crisis coyuntural- de los países del sureste asiático y el surgimiento del MERCOSUR como sistema de integración de cuatro países representativos del potencial más importante de América del Sur, que tiende a expandirse con la incorporación de otros países de la región.

    Dentro de este marco se vislumbra para este fin de siglo, y con toda probabilidad de mantenerse a principios del siglo XXI, una clara alternativa para el orden mundial ulterior a la guerra fría: la consolidación y ampliación de las condiciones de hegemonía mundial de Estados Unidos, tendientes -independientemente de un propósito deliberado del pueblo estadounidense- a configurar un imperio estadounidense mundial.1 Otra opción sería la consolidación y ampliación de las condiciones tendientes a la configuración de la Unión Europea -más allá de su carácter de sistema económico integrado- como sistema dotado, en términos satisfactoriamente aglutinados, de un proyecto político internacional común, que disponga de las condiciones necesarias para asegurar su puesta en práctica. Cabe añadir que esta opción implica, de manera complementaria, las posibilidades de una recuperación del poder internacional de Rusia, de una consolidación de China como gran potencia internacional, del incremento del peso internacional de la India y, entre otras, de la consolidación y expansión de MERCOSUR.

    Si se configurara la primera alternativa, Estados Unidos detentaría, como nación imperial, un poder político-militar mundialmente hegemónico; lo que no significa necesariamente un poder arbitrario. Si se configurara la segunda alternativa, el orden mundial adquiriría un carácter multipolar que implicaría niveles de influencia fuertemente diferenciados y haría extremadamente relevante y significativamente más independiente el papel internacional de las Naciones Unidas.

    III. El imperio estadounidense

    La opción según la cual el orden mundial, actualmente en proceso de configuración, pudiera caracterizarse por la consolidación y ampliación de las condiciones de hegemonía mundial de Estados Unidos tiene a su favor el hecho de que ya se encuentra en un estado avanzado. La posibilidad de un orden mundial determinado por una Pax Americana depende esencialmente de distintas condiciones que pueden clasificarse con arreglo a tres tipos de factores: (1) factores de índole interna capaces de sustentar un proyecto imperial, (2) la existencia de condiciones internacionales que no impidan la puesta en marcha de un proyecto imperial y (3) la disponibilidad condiciones operativas suficientes como para asegurar la puesta en marcha de un proyecto imperial en términos compatibles con los condicionamientos internos e internacionales.

    1. Condiciones internas

    En Estados Unidos no hay un régimen sociopolítico que favorezca un proyecto imperial. Los imperios que en el transcurso de la historia se han formado y sustentado exitosamente durante períodos más prolongados, lo han hecho bajo regímenes de monarquías divinas, en el Antiguo Oriente; de dictadura del Ejecutivo institucionalmente disfrazada de republicana, como el Imperio Romano de Augusto a Marco Aurelio; o de forma asumida ostensiblemente como condición necesaria para preservar las ventajas de un imperio ya constituido, como el Imperio Romano Tardío; bajo el régimen de monarquías por derecho divino, como el Sagrado Imperio Romano-germánico, o el Imperio de los Habsburgo en sus versiones austríaca y española; o bajo la forma de democracias oligárquicas, como el Imperio Británico.

    Estados Unidos es una democracia de masas que contó, hasta Kennedy inclusive, con una orquestación oligárquica (aunque no un dominio oligárquico) ejercida a través del Senado y de otras agencias por una minoría ilustrada de WASP [siglas en inglés para el grupo caracterizado por ser blanco, anglosajón y protestante] de la costa Este. La Guerra de Vietnam rompió con el consenso nacional y, con ello, surgió la posibilidad de que los liberales de la costa Este pudieran ejercer una orquestación ilustrada, a través del Senado y de otros organismos. Se erosionó considerablemente la condición del ciudadano predominantemente preocupado por lo que consideraba el «interés nacional». En su lugar surgieron distintas formas de ciudadanía: la ciudadanía basada en la pertenencia a una minoría étnica, la ciudadanía regionalizada o la ciudadanía corporativa. Dentro de la primera forma de ciudadanía, que se torna cada vez más importante, podemos hablar del «negro-estadounidense» del «hispano-estadounidense», del «ítalo-estadounidense», etc. La ciudadanía regionalizada o localista es la del californiano, del «Sunny Belt», del «New Yorker», etc. La ciudadanía corporativa es propia de los que intervienen en la vida pública para preservar intereses corporativos, sean sindicales o de los productores de determinados bienes o servicios. Estas múltiples formas de ciudadanía se caracterizan por la prioridad conferida a sus intereses grupales, por la reivindicación, independientemente de otras consideraciones, de políticas y servicios públicos correspondientes a tales intereses y por el rechazo a cualquier sacrificio, ya sea en términos fiscales o de riesgos personales, que se les pueda solicitar en aras del interés nacional y no en provecho de sus respectivos particularismos. Estados Unidos se convirtió predominantemente en una confederación de intereses grupales, en relativo detrimento de su integración nacional, aunque sin dejar de mantener condiciones satisfactorias de gestión nacional.

    Cabe agregar, por otro lado, que la cultura estadounidense conserva, de sus tradiciones cívico-religiosas, valores como la preservación de la vida humana, la libertad, la igualdad básica entre los hombres (el fair play) y el rechazo a la arbitrariedad, entre otros componentes tradicionales de la variante anglosajona de la cultura occidental. El rechazo popular a la Guerra de Vietnam se dio por el hecho de que la televisión transmitía en tiempo real las masacres de niños y mujeres perpetradas con bombas de napalm y, al mismo tiempo, por la pesada carga personal impuesta a los reclutas estadounidenses en la selva vietnamita. A diferencia de lo que ocurre en los Estados Unidos de hoy, los romanos no se apiadaban ante el espectáculo (narrado, no transmitido en vivo) de los galos exterminados por César, ni por el contingente de un millón de cautivos traídos de la Galia para servir como esclavos en Roma.

    Cabe señalar, finalmente, que las democracias de masas, por estar volcadas hacia sus particularismos internos, tienen poco interés por el resto del mundo mientras no se sientan amenazadas, y no presentan condiciones satisfactorias de continuidad en materia de política exterior, la cual es visualizada casi exclusivamente en función de representaciones estereotipadas del mundo y de correlaciones superficiales entre intereses inmediatistas y los acontecimientos externos.

    En condiciones sociopolíticas semejantes cabría suponer que Estados Unidos no dispone de condiciones internas para ejecutar un proyecto imperial. En realidad, como se indicará brevemente más adelante, las condiciones internas de Estados Unidos afectan de varias formas negativas sus posibilidades de ejercer una hegemonía mundial coherente. Pero ello no impide que el proyecto sea formulado ni, aunque de manera imperfecta, parcialmente ejecutado.

    Son dos las principales razones que, a despecho de las condiciones internas desfavorables, hacen viable la ejecución de un proyecto imperial estadounidense. La primera es el hecho de que el proceso de globalización corresponde al ejercicio de una hegemonía mundial de Estados Unidos por la vía económico-tecnológica (de lo que los integrantes del centro de poder estadounidense se han dado cuenta en años recientes). La segunda de estas razones, que quedó patente con la Guerra del Golfo, es el hecho de que la imposición de la voluntad política estadounidense a nivel internacional puede lograrse mediante agresiones militares irresistibles, a un bajo costo financiero, a un costo irrisorio en términos de vidas estadounidenses y prácticamente sin riesgos externos.

    Para entender estas dos condiciones que harían viable la instauración de un imperio estadounidense, a pesar de las condiciones internas desfavorables, es necesario tener en cuenta la distinción entre el pueblo estadounidense y las élites de poder de ese país. Las condiciones inherentes a la complejidad de las sociedades contemporáneas han hecho surgir dos modalidades distintas de élites de poder, que tienden a acentuar sus diferencias mientras más desarrollada tecnológicamente es la sociedad en cuestión.

    Una de las modalidades de élite de poder característica de las sociedades democráticas es la que resulta del voto popular y, en menor escala, del voto sindical. Los titulares formales del poder son elegidos por el pueblo o, en el caso de los sindicatos, por los agremiados. Esta élite de poder es relevante principalmente en lo tocante a la Presidencia de la República y el Senado Federal. Tiende a expresar las características predominantes de la sociedad y, en este sentido, las condiciones internas desfavorables a un proyecto imperial se transfieren a la élite de poder de procedencia electoral. Sucede, sin embargo, que a nivel de la Presidencia de la República -en menor grado- y del Senado Federal -en amplia medida- la élite de poder de procedencia electoral depende para su propia elección de otra élite de poder, tanto más cuanto más altos se van haciendo los costos de las campañas electorales. Por otro lado, la élite de poder de procedencia electoral depende totalmente para gobernar de un consenso mínimo por parte de la otra élite de poder, tanto en lo tocante a las informaciones que necesita, como en lo referente a los instrumentos de aplicación de los que carece.

    La otra élite de poder -de procedencia tecnocrática, que forma, con la asociación selectiva de miembros de la élite del poder electoral, el centro del poder estadounidense- está compuesta por hombres que rigen el sistema productivo en el sentido más amplio del término, que controlan los medios de información, que comandan las Fuerzas Armadas y controlan el aparato burocrático, y que cuentan con la participación de las figuras más eminentes de los sectores académicos (v. gr. Henry Kissinger) que dominan las competencias necesarias para la formulación y ejecución de decisiones públicas.

    Esta segunda modalidad de élite de poder fue la que comprendió en años recientes que el proceso de globalización correspondería, casi linealmente, al de la hegemonía económico-tecnológica de Estados Unidos en el mundo, siempre y cuando las empresas estadounidenses superaran el déficit de competitividad que mantenían con respecto a Japón en los años 80. Escapa a la naturaleza sucinta del presente estudio analizar cómo se superó este déficit de competitividad. Baste señalar que esta superación se dio en el curso de los años 90 y se vio reforzada por la circunstancia de que, en parte como resultado del incremento de la competitividad de Estados Unidos, Japón entró en una fase de relativo estancamiento.

    La segunda condición necesaria para el ejercicio de un proyecto imperial es la capacidad de ejercer internacionalmente, por la vía militar si fuera necesario, un irresistible poder coercitivo. Esta capacidad se reveló insuficiente para Estados Unidos en la Guerra de Vietnam. Por las razones antes referidas, el pueblo estadounidense no está preparado para asumir los sacrificios económicos y de vidas humanas necesarios en intervenciones militares convencionales, ni acepta exponerse por períodos prolongados al espectáculo transmitido por la televisión en tiempo real de la masacre de poblaciones civiles. La Guerra del Golfo le demostró a la élite tecnocrática del poder que Estados Unidos dispone de una capacidad irresistible de destrucción de sistemas vitales de otras sociedades, a bajo costo financiero, con un número irrisorio de bajas del lado estadounidense y prácticamente sin riesgos externos. Lo que se necesita para lograr este propósito es la previa demonización del adversario ante la opinión pública estadounidense, de modo que ésta tolere una cierta tasa de víctimas civiles en las sociedades atacadas. Resulta extremadamente conveniente para ese fin, aunque no estrictamente indispensable, disponer también, para ese tipo de ataque, del consenso del Primer Mundo o del apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

    2. Limitaciones del imperio estadounidense

    El proyecto de una incontrastable hegemonía mundial de Estados Unidos dista mucho de haberse consolidado, aunque se está ejecutando parcialmente. Constituye una de las alternativas de ordenamiento mundial susceptible de configurarse entre el momento actual y principios del siglo XXI. Sin embargo, deberá hacer frente a obstáculos internos y externos que podrían hacerlo inviable, lo que conduciría al mundo hacia la alternativa multipolar.

    Más adelante en este breve estudio tendremos la ocasión de analizar la alternativa multipolar y sus posibilidades de lograr el predominio. Lo que nos interesa en este momento es indicar sucintamente los obstáculos internos y externos que puede enfrentar el proyecto imperial estadounidense.

    Ya mencionamos los aspectos desfavorables para el proyecto imperial que resultan de las condiciones internas de Estados Unidos. Sería preciso analizar en qué medida este proyecto imperial puede superar esas condiciones desfavorables en virtud de las otras dos condiciones antes referidas, como son, por un lado, los efectos que obran automáticamente en favor de la instauración de un imperio estadounidense que se desprenden del proceso de globalización y, por el otro, la capacidad de infligir impunemente, mediante la guerra aero-electrónica, daños devastadores a otras sociedades, a bajo costo financiero y con una tasa irrisoria de bajas estadounidenses.

    La cuestión implica diversos aspectos, tales como la necesidad, para un sólido proyecto imperial, de un firme apoyo de la opinión pública nacional, de la continuidad de las políticas en la ejecución del proyecto, de un satisfactorio respaldo internacional -por lo menos por parte de los países importantes del Primer Mundo-, de la connivencia de las Naciones Unidas y, por último, pero no menos importante, del inherente atractivo internacional del proyecto imperial.

    La enumeración de las condiciones referidas en el párrafo precedente evidencia, desde luego, las múltiples dificultades que se plantean para el proyecto imperial estadounidense. En aras de la brevedad, consideraremos única y sucintamente el último de los aspectos mencionados: el inherente atractivo internacional del proyecto imperial.

    El proyecto imperial que más éxito ha tenido en la historia fue el Imperio Romano. Fueron muchas las condiciones internas y externas que favorecieron su formación y consolidación. Las condiciones internas en Roma, independientemente de las consideraciones de la época histórica, eran completamente diferentes a las que prevalecen en los Estados Unidos de hoy. Por otro lado, en el contexto internacional en que se desenvolvió el Imperio Romano -vencida finalmente una Cartago que casi ganó la Segunda Guerra Púnica- sólo había una civilización comparable a la de Roma -en verdad, superior a la romana-, la de los Imperios Helénicos. Éstos, por ese trágico divisionismo que caracterizaba a la cultura helénica, no tuvieron la capacidad de unirse contra Roma. Muy por el contrario, la Grecia continental apoyó a Roma contra Macedonia, y los reinos de Rodas y Pérgamo apoyaron a Roma contra los Seléucidas.

    Independientemente del hecho de que las condiciones internas de Roma favorecieran su proyecto imperial y de que el contexto internacional, después de la destrucción de Cartago y de la derrota de los Reinos Helénicos, no presentaba otros contendores -con excepción de Persia, que nunca fue conquistada- que pudieran resistirse contra Roma, lo importante es tener en cuenta el hecho de que el Imperio Romano fue coercitivo sólo marginalmente. Es cierto que las legiones de César derrotaron a las fuerzas galas, posibilitando la incorporación de la Galia como provincia del Imperio. Lo mismo puede decirse de la intervención de las huestes romanas en la Península Ibérica, en Egipto, en la Dacia, en los territorios asiáticos contiguos al Mediterráneo, así como en Britania. Lo que importa, empero, no es ese primer momento de conquista militar, sino el hecho de que, una vez consolidado el dominio romano en esas provincias éste pasó a contar con la aceptación y activa colaboración de las élites nativas, con las naturales excepciones que constituyen casos extremadamente minoritarios, como el de los judíos. ¿Por qué se dio este hecho? Porque la Pax Romana era sumamente ventajosa para las élites nativas de las provincias. La Pax Romana implicaba, por un lado, una eficaz protección contra los bárbaros externos y, por el otro, un sistema de equitativo e ilustrado ordenamiento jurídico de las sociedades integrantes de las provincias, que les proporcionaba un régimen legal del que no disfrutaban anteriormente, seguridad personal, igualdad de todos ante la ley, garantía de los contratos, expansión del comercio, desarrollo de la capacidad productiva de cada región, acceso a la educación y a la alta cultura y un trato desprovisto de prejuicios raciales conforme al cual el acceso a los niveles superiores de la sociedad estaba abierto a todos los que adquiriesen por voluntad propia la cultura greco-romana. La Pax Romana reposaba en la equitatividad del Jus Gentium y en la imparcialidad y objetividad legal de Praetor Peregrinus. Roma cayó sólo cuando, por razones que no cabe abordar en este breve estudio, la Pax Romana se convirtió en Oppressio Romana, en las condiciones decadentes de los siglos III y IV d.C. El Imperio Romano cayó cuando dejó de ser atractivo para las élites provinciales.

    Lo que más perjudica el proyecto imperial estadounidense, por razones inherentes al mismo, es el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el caso del proyecto imperial de Roma, no es atractivo para las provincias. Roma experimentó en tiempos de César una profunda transformación interna determinada, precisamente, por la existencia del imperio que se venía formando a partir de la Segunda Guerra Púnica. Roma dejó de ser una ciudad-estado, para la que el imperio era objeto de botín, para convertirse, operativamente con César e institucionalizadamente con Augusto, en centro administrador de un sistema imperial, en beneficio del conjunto del sistema, aunque Roma usufructuase ciertas ventajas como administradora del imperio.

    Estados Unidos, por el contrario, ve en el sistema de dominación que está formando -y que no está concebido como un imperio- una oportunidad de obtener ventajas económicas para la metrópoli estadounidense, independientemente de los intereses de las regiones dominadas. No existe en el sistema jurídico estadounidense el equivalente del Jus Gentium. Muy por el contrario, lo que existe es la arbitraria imposición de las leyes estadounidenses al mundo exterior, mediante una mezcla de intimidación coercitiva y abusivas exclusiones del mercado estadounidense. En vez de desarrollar, como hizo Roma con sus provincias, la capacidad productiva local y asegurarles mercado en todo el Imperio, el proceso de globalización patrocinado por Estados Unidos produce, en nombre de las ventajas reales y supuestas de la libertad de comercio, la inutilización de las industrias subcompetitivas del Tercer Mundo -y muchas de la propia Europa- conduciendo a esos países de vuelta al subdesarrollo de la producción de materias primas y de la importación de productos terminados.

    IV. Sistema multipolar

    La segunda forma alternativa posible de organización del orden mundial hasta principios del siglo XXI es, como hemos indicado, la consolidación de un sistema multipolar de poder mundial. En el horizonte temporal que se extiende hasta el primer tercio del siglo entrante, el sistema multipolar que se configure tenderá a caracterizarse por las grandes diferencias de nivel entre los países miembros de la comunidad internacional. A grandes rasgos, cabe prever la formación de tres niveles: en el superior figuran los países que, aisladamente y/o mediante los sistemas de integración que logren consolidar, ejerzan un papel determinante en el ordenamiento económico-político del mundo, constituyendo informal o formalmente un Directorio Mundial,2 que funcione directamente o a través de las Naciones Unidas. En el intermedio figuran los países que, aisladamente y/o mediante los sistemas de integración que logren consolidar, ejerzan en lo económico-político un papel importante en la regulación de los intereses de sus respectivas regiones y, como tal, tengan un peso no desdeñable como coadyuvantes del Directorio Mundial. El tercer nivel comprenderá a la gran mayoría de los miembros de la comunidad internacional que estén privados de las condiciones para desempeñar un papel internacional de importancia.

    Dentro de este sistema multipolar, la Organización de las Naciones Unidas tenderá a ejercer un papel mucho más relevante e independiente que el que desempeña actualmente. La multipolaridad requiere, mucho más que en la hipótesis de la hegemonía de un país imperial, formas institucionales de procedimiento. La forma mediante la cual se configure la geometría del poder dentro de este posible sistema multipolar futuro, actualmente imprevisible, determinará igualmente la forma mediante la cual las Naciones Unidas puedan desempeñar su papel como instrumento institucional del futuro orden mundial y el grado de autonomía institucional de que puedan disponer.

    En las actuales condiciones del mundo cabe prever que determinados países o sistemas internacionales de integración deberán, casi seguramente o muy probablemente, integrar ese posible Directorio Mundial futuro, mientras que otros países se presentan como posibles candidatos a detentar esa condición. Entre los primeros figuran sin duda Estados Unidos y la Unión Europea. Entre los más probables candidatos para integrar ese posible Directorio futuro figuran Japón, China y Rusia. Son posibles candidatos la India y MERCOSUR, y más remotamente Indonesia y un sistema islámico (si se logra una integración satisfactoria).

    En aras de la brevedad no se analizarán en el presente estudio los aspectos relacionados con los integrantes más probables del segundo nivel. Baste señalar que MERCOSUR, además de la posibilidad de llegar a adquirir las condiciones para el ingreso al Directorio Mundial, tiene las más altas probabilidades de constituirse en uno de los miembros del grupo de países dotados de una relevante importancia regional.

    Las principales características asumidas por el sistema multipolar, de llegar esta alternativa a prevalecer en el horizonte temporal del presente estudio, dependerán esencialmente, por un lado, del perfil político que asuma la Unión Europea y, por otro, del papel que desempeñen Rusia y China. Será igualmente relevante la forma en que Estados Unidos -actualmente orientado, aunque sin la intención expresa o consciente del pueblo estadounidense, hacia el ejercicio de un proyecto imperial- se ajuste al sistema multipolar, en el supuesto de que prevalezca esta alternativa.

    1. La Unión Europea

    A mediano plazo, la alternativa multipolar depende de la medida en que la Unión Europea logre instituir un sistema interno de consenso que permita, de forma coherente, la formulación y aplicación satisfactorias de una política internacional común. A más largo plazo, es probable que las condiciones determinantes de un sistema multipolar dependan de la evolución de Rusia y China.

    En los últimos años de la década de los 90 se ha vuelto evidente el hecho, ilustrado por el caso de la Unión Europea, de que la mera macro-racionalidad económica es insuficiente para impulsar las etapas finales de una integración económico-política. El grado de integración económico-social logrado por la Unión Europea en la década de los 90 ha sido extremadamente elevado y es altamente probable que se llegue a adoptar el euro como moneda común de la mayoría de los miembros de la Unión Europea en la fecha prevista o con una pequeña prórroga. Este hecho, a su vez, deberá estrechar aún más el grado de integración entre los países que adopten el euro, con el correlativo debilitamiento de los vínculos entre estos países y los miembros de la Unión Europea que no lo adopten. Lo que interesa señalar, sin embargo, es el intervalo que separa la macro-racionalidad económica del conjunto de la Unión Europea con, por un lado, las necesidades económico-sociales de cada país y, por otro, la posibilidad de formulación de una política internacional común.

    El problema de la compatibilización entre la macro-racionalidad económica del conjunto y las necesidades económico-sociales de cada país miembro se presenta en todos los sistemas de más profunda integración económica. Escaparía a las sucintas dimensiones previstas para el presente estudio una discusión de este asunto. Baste mencionar el hecho de que, en relación con la Unión Europea, este problema presenta fuertes indicios de que será resuelto. En parte, porque las dificultades de ajuste derivadas de razones económicas son más grandes en los países menores, en los que los mecanismos compensatorios de la Unión Europea han demostrado ser eficaces. El problema se hace más difícil en el caso del Reino Unido, por sus ingredientes socioculturales. Pero en este caso, el análisis del asunto puede emprenderse en el plano político, como se abordará a continuación.

    El problema político que confronta la Unión Europea se deriva del hecho de que, a diferencia de lo que pensaban quienes preconizaban una visión economicista de la sociedad, las opciones políticas no son determinadas primariamente por motivaciones económicas pero sí por motivaciones socioculturales. Las motivaciones económicas son, sin duda, extremadamente relevantes ya que actúan como propulsoras de muchas decisiones políticas y ejercen, por otra parte, un decisivo efecto inhibitorio en muchos otros casos. La opción política, por su parte, es una proyección para un momento futuro de lo que «nosotros» queremos que ocurra. Ese «nosotros» tiene un carácter sociocultural. Abarca a los agrupamientos humanos que experimentan vínculos de solidaridad, determinados por factores socioculturales.

    El problema de las solidaridades socioculturales en la Unión Europea presenta tres diferentes niveles de profundidad. El primero y más general es el que separa la visión insular del Continente, por parte de Inglaterra, y, en grado menor pero no irrelevante, el que separa la visión continental de la insularidad británica. El segundo nivel tiene que ver con los cuatro grandes grupos étnico-culturales en que se inscriben los países de la Unión Europea, grupos estos que serán cinco cuando ingresen los eslavos. Estos cuatro grupos originales son el latino, el germánico, el anglosajón y el nórdico. El tercer nivel es el que contiene las individuales nacionales, tanto más fuertes cuanto más antigua la individualización histórica de los países.

    Cuando se observa la conducta de los países integrantes de la Unión Europea, en relación con cuestiones políticas, se constata que la superación de los parroquialismos nacionales ha alcanzado en la presente década un nivel bastante elevado. Se nota, por otro lado, que la formación de consensos políticos entre latinos y germánicos ha experimentado un extraordinario progreso. Por otra parte, el consenso entre germánicos y nórdicos es fácil y espontáneo, lo que, por la vía germánica, abre un espacio de consenso con los latinos. Las dificultades son bastante considerables, sin embargo, en cuanto a la relación entre la cosmovisión insular y la continental y, en su conjunto, entre la latino-germánica y la anglosajona.

    Dadas estas características, que difícilmente experimentarán modificaciones substanciales dentro de los próximos diez o veinte años, cabe preguntarnos en qué medida la Unión Europea -que tiende, además, a incorporar naciones eslavas- logrará condiciones que le permitan formular y ejecutar razonablemente una política internacional común. Las posibilidades de que llegue a prevalecer, desde nuestros días al primer tercio del siglo XXI, un ordenamiento mundial fundado en un sistema multipolar depende íntegramente de la medida en que una política externa común logre ser objeto de consenso por parte de los miembros de la Unión Europea.

    Planteado este asunto en términos globales la respuesta difícilmente podrá ser positiva, como lo comprueba la historia transcurrida de la Unión Europea, incluso la más reciente. Del mismo modo en que el mundo helénico, que disponía de un nivel civilizatorio y de un potencial económico-militar superior al romano, fue dominado por éste a causa de su divisionismo, la Unión Europea, cuyo nivel civilizatorio y potencial económico son superiores a los de Estados Unidos, tenderá a ser dominada por éste si no logra encontrar fórmulas que superen los obstáculos socioculturales que la privan de la posibilidad de una política externa común, lo que actualmente no parece viable.

    La cuestión de la viabilidad de una política europea externa común no se agota, sin embargo, en los términos que hemos enunciado. Dentro de este marco dos tipos de consideraciones introducen importantes modificaciones. Por un lado, está el hecho de que diversas circunstancias, particularmente de índole económica, están introduciendo, aunque de manera no deliberada, importantes diferenciaciones en el nivel de integración de los miembros de la Unión Europea. La adhesión o no al euro constituye un decisivo factor de diferenciación. Otras circunstancias operan en el sentido de llevar a los miembros de la Unión Europea a lo que se denomina «geometrías variables». El nivel de integración ya alcanzado, probablemente con cierto debilitamiento, parece tener condiciones de perduración para el conjunto. Por sobre ese círculo más amplio, sin embargo, se encuentra en proceso de formación un círculo más restringido, el de la adhesión al euro. Ese círculo más restringido, como tal o mediante la generación de un tercer círculo aún más restringido, presenta indicios de que permitirá la formación de un consenso en materia de política externa común. Francia y los países latinos, por un lado, y Alemania, por el otro, dan claras indicaciones de que aspiran a una política externa común e independiente de Estados Unidos. Para los fines de la formación de un sistema multipolar, una política externa común de Europa continental, con o sin los nórdicos, es plenamente suficiente.

    El segundo tipo de consideraciones que cabe tener en cuenta se refiere al hecho de que Rusia y China ya han definido su propósito de perseguir, a largo plazo, una política externa independiente de Estados Unidos. Esa posición ruso-china tendrá una influencia decisiva en el fortalecimiento de la posición latino-germánica en pro de una política externa independiente de Estados Unidos. Resta saber en qué medida Rusia y la Europa de gravitación latino-germánica tenderán a objetivos internacionales comunes. Lo que se puede afirmar desde ya es que se ha trazado claramente un objetivo común: la independencia con respecto a Estados Unidos. Otra incógnita aún por despejar es cuál será la orientación a más largo plazo de la política externa china. Sin embargo, como en el caso de Rusia, el propósito de la independencia con respecto a Estados Unidos ya ha sido también claramente definido.

    La alternativa de un orden mundial fundado en un sistema multipolar no depende, sin embargo, únicamente de que Europa continental, Rusia y China logren configurar de manera estable una política externa independiente de Estados Unidos. Depende igualmente de la medida en que estos países logren una propuesta de ordenamiento mundial alternativa a la estadounidense -lo que no se deriva únicamente de políticas externas independientes- y de que dicha propuesta resulte más atractiva para el mundo que el proyecto de la Pax Americana.

    Este asunto, como muchos otros abordados en este breve estudio, permanece aún en un plano hipotético. Las condiciones económico-culturales propias de Europa continental la conducen a una política internacional más cooperativa y menos satelizante que la de Estados Unidos. Éste, en compensación, dispone de condiciones inmediatas de favorecimiento y coercitividad internacionales significativamente superiores a las europeas. Esta cuestión, justamente por las interrogantes planteadas sobre aspectos decisivos de la misma, tenderá a ser patentemente influenciada, entre otros factores, por las decisiones sobre política externa que llegue a adoptar MERCOSUR, a despecho del relativamente modesto peso internacional de este sistema.

    V. MERCOSUR

    El Tratado de Asunción, de 1991, mediante el cual se instituye un mercado común entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay -el MERCOSUR- dio inicio a un proceso de integración que se ha acelerado en cuanto al alcance de las metas, se ha profundizado en lo que se refiere al grado de integración pactada y se está ampliando con la perspectiva de participación a corto plazo de Chile, Bolivia, Venezuela y, más a largo plazo, de todos los países de América del Sur. De un modesto nivel de intercambio, las exportaciones de los miembros hacia otros miembros de MERCOSUR aumentaron a US$20.339 millones en 1997, sobre un total de US$82.267 millones por concepto de las exportaciones de MERCOSUR para todo el mundo, lo que representa cerca de 25% de ese total.

    Este breve estudio no pretende ofrecer una descripción ni siquiera resumida de las características de MERCOSUR; tampoco un análisis cuantitativo de los resultados alcanzados hasta la fecha. Sólo pretende discutir la importancia de MERCOSUR como sistema regional y para los países que lo integran, en el escenario internacional, frente a las dos alternativas de regulación del orden mundial con mayores posibilidades de concretarse en los próximos decenios previamente enunciadas. El asunto reviste particular importancia y urgencia ante la propuesta de Estados Unidos de constituir a corto plazo un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que incluya a todos los países del continente.

    Los países de MERCOSUR, especialmente Brasil, ante la obvia existencia de elementos de conflicto entre el proyecto MERCOSUR y el proyecto ALCA, han intervenido en las negociaciones relacionadas con la creación del ALCA con propuestas dilatorias, intentando transferir para fechas futuras, por ejemplo el año 2005, el momento de decisión, mientras que Estados Unidos, contrariamente, propone el año 2005 o incluso el 2002 como plazo para que el ALCA se encuentre plenamente constituido. La constitución del ALCA implica prácticamente la desaparición del MERCOSUR, por cuanto conducirá a la eliminación de fronteras aduaneras entre todos los países de las Américas, eliminando de este modo el arancel externo común, característica fundamental de MERCOSUR.

    Ante el hecho evidente de que el proyecto ALCA constituye una alternativa excluyente de MERCOSUR se hace igualmente evidente que la posición de los países de MERCOSUR no puede ser sólo la de darle largas a la firma del convenio constitutivo del ALCA sino la de considerar el propio mérito del asunto. ¿Qué representa MERCOSUR para sus miembros? ¿Qué representaría el ALCA para los países miembros de MERCOSUR y en qué medida les convendría participar en ese sistema? ¿Qué tipo de inserción internacional conviene a los miembros de MERCOSUR ante las alternativas de ordenamiento mundial discutidas anteriormente?

    A objeto de mantener este breve estudio dentro de los restringidos límites propuestos, plantearemos sólo tres interrogantes: (1) entre las dos alternativas de ordenamiento del mundo ¿cuál es la que le conviene a los países de MERCOSUR? (2) Definida la alternativa más conveniente ¿qué instrumentos institucionales son más favorables para tal fin, MERCOSUR, el ALCA o alguna otra alternativa? (3) ¿Dentro de qué condiciones los países miembros de MERCOSUR podrían encaminar mejor sus intereses, en el supuesto de que el tipo de orden mundial que se configure no sea el que más les convenga?

    1. Subcompetitividad y ALCA

    La cuestión relacionada con las alternativas de ordenamiento del sistema internacional discutida anteriormente no requiere de mayor elaboración para poder determinar la modalidad que más conviene a los países de MERCOSUR. Es evidente que lo que más les conviene es que prevalezca un sistema multipolar en el que puedan tener una capacidad de intervención razonable.

    Sin embargo, de la obvia procedencia de la afirmación anterior importa tener en cuenta que el proyecto imperial estadounidense no se presenta como tal y, en realidad, si exceptuamos algunas personalidades más lúcidas, como Kissinger o Huntington, no es concebido como tal por el centro de poder de Estados Unidos. El proyecto ALCA es sintomático de ello. El proyecto no constituye un cínico intento de atraer a los países latinoamericanos a un régimen de libre comercio en el que se encuentren, de entrada, condenados a ser los socios perdedores del juego. Los estadounidenses creen en la teoría neoliberal, conforme a la cual un amplio mercado internacional abierto es una opción optimizante para todos, porque la distribución de factores se establecerá en función de los criterios de maximización de las ventajas. Si determinados países tuvieran que cerrar sus industrias ello significa que no son competitivas y que esos países deben producir otros bienes o servicios, exactamente los que el libre juego del mercado les dé la oportunidad de producir.

    Excedería las dimensiones de este sucinto estudio intentar una elaborada crítica de las tesis neoliberales. Baste mencionar el hecho de que partió del propio Estados Unidos, en el período histórico en que era manifiestamente subcompetivivo con relación a Europa, la adopción del arancel de Hamilton, gracias al cual, además de otros factores, lograron, un siglo después, convertirse en la economía más competitiva del mundo.

    Confrontados con objeciones de esa naturaleza, los neoliberales oponen dos órdenes de argumentos. Observan, por un lado, que el régimen de la libre distribución de factores, en función de criterios de competitividad, conduce a los centros acumuladores de capitales y tecnología a invertir en los países carentes de dichos factores, lo que les proporcionará mayor lucro y, a través de este proceso, permitirá el reequilibrio de los niveles de competitividad. Observan, por otro lado, que en las actuales condiciones de globalización de la economía, los aranceles neohamiltonianos agravan la obsolecencia tecnológica y conducen al empobrecimiento de los países proteccionistas. De allí, según esa teoría, derivan las ventajas del ALCA para América Latina, porque abastecería sus mercados de productos estadounidenses buenos y baratos, por un lado, y, por el otro, atraería un inmenso flujo de inversiones estadounidenses que recuperarían a mediano plazo la competitividad industrial de esos países sin sacrificar a sus poblaciones.

    Sin pretender dar una mayor elaboración a estas cuestiones, baste con señalar que la improcedencia de los argumentos en favor del ALCA provienen de dos circunstancias. La primera es que las condiciones derivadas del proceso de globalización afectarán la procedencia de los proteccionismos tradicionales cuando se aplican con propósitos autarquizantes a países aislados. Las modernas formas eficaces de proteccionismo, a diferencia del proteccionismo tradicional, no pretenden la autarquía, no se aplican de forma permanente ni son utilizados en pequeños países aislados sino en amplios sistemas de integración, como la Unión Europea (proteccionismo agrícola y cripto-proteccionismo de determinadas industrias), o como también podría ser el caso de MERCOSUR y de países continentales como China. El neoproteccionismo pretende sobre todo asegurar condiciones que permitan elevar la competitividad de sectores que, si fueran protegidos durante un cierto lapso y debidamente modernizados, pudieran adquirir una competitividad futura.

    Resulta improcedente, por otra parte, la tesis según la cual el ALCA atraería grandes inversiones estadounidenses hacia los demás países miembros. Muy por el contrario, la supresión de barreras aduaneras eliminaría los estímulos para las inversiones estadounidenses. Para vender sus productos en esos países las empresas estadounidenses ya no necesitarían hacer grandes inversiones en ellos -con lo que reducen la oferta de empleos en Estados Unidos- sino simplemente pasarían a vender sus productos sin ninguna carga aduanera. Lo que atrae la inversión extranjera es la existencia de un gran mercado, protegido aduanalmente, en el que la inversión extranjera tenga un tratamiento favorable o no discriminatorio. MERCOSUR ofrece esas condiciones -lo que explica el inmenso flujo anual de dólares hacia un país como Brasil-, las cuales justamente dejarían de existir si el ALCA llega a prevalecer sobre MERCOSUR.

    Las consideraciones hasta ahora expuestas evidencian claramente la necesidad económica de preservar, consolidar y ampliar el MERCOSUR. Demuestran igualmente la necesidad por parte de los países miembros de MERCOSUR de abandonar inmediatamente su política de darle largas a la fecha de suscripción del convenio constitutivo del ALCA y substituirla por un franco y nítido rechazo a ingresar al ALCA mientras el nivel promedio de competitividad de la economía suramericana siga siendo nítidamente inferior al de Estados Unidos.

    2. MERCOSUR en el escenario mundial

    MERCOSUR no es para sus países miembros únicamente un sistema que les proporciona una ampliación de mercado -am-pliación esta de proporciones extraordinarias para todos salvo Brasil, para el que sin embargo presenta proporciones significativas- sino también un instrumento fundamental de política externa.

    La importancia internacional de MERCOSUR depende, por un lado, de la medida en que logre formular una política externa común y ejecutarla satisfactoriamente; por el otro, esta importancia dependerá de la alternativa de orden mundial que llegue a prevalecer.

    Al igual que en el caso de la Unión Europea, la importancia internacional de MERCOSUR depende de la medida en que logre un consenso interno en materia de política exterior. MERCOSUR cuenta, para tal efecto, con condiciones más favorables que la Unión Europea. Con dos idiomas que permiten un entendimiento recíproco directo y sin intereses externos conflictivos, MERCOSUR reúne todas las condiciones para formular y ejecutar una política externa común. Sin embargo, hay sectores relativamente importantes, en los países de MERCOSUR y en América del Sur en general, que consideran que se puede obtener más ventajas para sus respectivos países con una política de inserción dentro del proyecto imperial estadounidense que con una posición de independencia. El satelitismo cultural lleva a algunos a buscar el aplauso estadounidense y a considerar que las concesiones honoríficas otorgadas por Estados Unidos engrandecen el prestigio internacional de quien las recibe. Otros consideran que el respaldo a la política externa estadounidense estimula la transferencia de capitales y tecnología hacia su respectivo país. Hay quienes, por último, piensan que el apoyo estadounidense es necesario para contener los riesgos de un imperialismo brasileño en América del Sur.

    Las preferencias debidas a motivaciones psicológicas escapan al ámbito del análisis racional, y obviamente no conducen a opciones racionales. Lo que importa destacar, en relación con la materia en discusión, es la improcedencia de las dos suposiciones invocadas. Suponer que un apoyo a la política externa estadounidense traiga como contrapartida importantes transferencias de capitales y de tecnología equivale a ignorar los hechos condicionantes de las inversiones extranjeras, especialmente de la estadounidense. Es cierto que una política de hostilidad contra Estados Unidos no estimulará el ingreso de capitales estadounidenses y, en caso extremo, tendería a suscitar un embargo económico del gobierno estadounidense, como el de Cuba. Lo que quizás estimule las inversiones extranjeras, incluso las estadounidenses, es la conjugación, ya señalada, de un amplio mercado protegido por aranceles aduaneros razonables, con condiciones favorables o no discriminatorias para los inversionistas.

    Por otra parte, entender que un alineamiento previo con Estados Unidos constituya una condición necesaria para evitar los riesgos de un imperialismo brasileño dentro del ámbito de MERCOSUR o de la América Latina en general representa un error de análisis de los factores. Mencionemos de entrada el hecho no irrelevante de que la cultura brasileña es lírica, no épica y, por lo mismo, no propensa a imperialismos. Lo que, sin embargo, objetivamente importa tener en cuenta es que un país como Brasil, aun cuando quisiera ser imperialista, no dispone de condiciones para ello dentro del ámbito de asociaciones libres como MERCOSUR, tanto en el restringido sistema existente como en lo que respecta a la posible (y deseable) incorporación a este sistema por parte de los demás países de América del Sur. Es así por el simple hecho de que cualquier país integrante de MERCOSUR que llegase a ser objeto de actos imperialistas por parte de Brasil dispondría de condiciones para salirse del sistema e insertarse en la órbita estadounidense. No puede ejercerse miniimperialismos en ámbitos sujetos, a solicitud de los interesados, a la automática intervención macroimperialista de la potencia hegemónica.

    Si todo contribuye a facilitar una política externa común por parte de MERCOSUR y nada impide, en términos objetivos, la adopción de semejante política ¿qué beneficios podrán obtenerse de ella? En las condiciones internacionales discutidas en el presente estudio una política externa común aplicada por MERCOSUR, si se orienta adecuadamente, tendería a producir un beneficio triple, a saber: (1) contribuir significativamente en la construcción de un orden mundial multipolar, (2) proporcionar a los países de MERCOSUR importantes beneficios económicos y políticos, tanto durante el proceso de formación de este sistema como en el ámbito del sistema multipolar que llegue a constituirse y (3) optimizar la posición relativa de los países de MERCOSUR en la hipótesis de que, contrariamente, llegue a constituirse un sistema imperial estadounidense.

    La contribución de MERCOSUR en la formación de un orden mundial multipolar puede ser extremadamente relevante a despecho del modesto peso relativo de MERCOSUR en el escenario internacional. Ello se desprende de la circunstancia, anteriormente analizada, de que un orden mundial multipolar depende de la adopción, por parte de la Europa de orientación latino-germánica, de una política externa común. Una apropiada política externa de MERCOSUR puede ser el factor de ruptura del presente estado de indefinición en Europa, lo que generaría atractivos adicionales que favorezcan, para los sectores proclives a una política externa europea independiente, las condiciones necesarias para prevalecer.

    Otros beneficios podrían derivarse de una articulación más estrecha de MERCOSUR con la Unión Europea. A corto y mediano plazos, en vista de que el nivel promedio de competitividad europea se aproxima al de MERCOSUR -con las ventajas de ciertos sectores productivos de MERCOSUR compensando a las de los europeos en otros sectores- el fortalecimiento de la cooperación económica entre los dos sistemas será extremadamente beneficioso para ambos. Más a largo plazo, si llegara a constituirse un orden mundial multipolar, la contribución de MERCOSUR para ese logro habrá generado condiciones que asegurarán la relevancia de la participación de MERCOSUR en un probable Directorio Mundial futuro.

    Si, por el contrario, llegara a prevalecer un ordenamiento mundial bajo la hegemonía de Estados Unidos, la posición de estrecha articulación de MERCOSUR con la Unión Europea le asegurará las condiciones más favorables posibles. En esa hipótesis, la adhesión de MERCOSUR al sistema imperial estadounidense podrá ser negociada de forma más ventajosa de lo que ocurriría si MERCOSUR ya fuera un sistema satélite de Estados Unidos, como ocurriría en el caso de la inserción de los países del Sur dentro del ALCA.

    VI. Nuevo ordenamiento mundial

    Ante la alternativa de una Pax Americana o de un ordenamiento mundial multipolar, y en ambos casos, los regímenes regulatorios del sistema internacional que se fundamenten en una de esas bases de poder se enfrentarían a la cuestión -ya planteada por los estoicos romanos y reformulada por Kant en su propuesta de la paz perpetua- de cómo someter el sistema internacional a una regulación equitativa, racional, estable y empíricamente viable. Suponiendo que dicho objetivo tenderá a ser más viable en la hipótesis de una regulación multipolar del orden mundial, se plantea la interrogante de si el mundo puede ser mejor de lo que es. La respuesta afirmativa más coherente a esta pregunta fue dada por Kant, al sostener la tesis de que la universalización de la institución del Estado de Derecho conduciría, por vía de consecuencia, a un sistema confederativo que universalizaría, para todo el mundo, el régimen que los Estados de Derecho lograban regular a nivel interno.

    La impecable coherencia analítica de Kant lo condujo, en esta como en las otras cuestiones que trató, a una formulación formalmente correcta. El problema, como siempre lo sustentó el propio Kant, estriba en las condiciones empíricas de las que depende la posibilidad de ese ecuacionamiento analíticamente correcto. Es decir, en este caso, en las condiciones de poder en que se funde un posible ordenamiento del mundo: si se fundara con base en la hegemonía de una nación imperial, como Estados Unidos, la cuestión depende de la medida en que las condiciones que conduzcan, en la nación hegemónica, a la formación de su centro de poder conduzcan inherentemente a un ordenamiento mundial equitativo, racional y estable. Las consideraciones anteriormente presentadas en este estudio permiten afirmar que difícilmente se podría alcanzar un ordenamiento equitativo y racional del mundo a partir de una incontrastable hegemonía mundial estadounidense, y menos aún asegurar la estabilidad de semejante ordenamiento.

    ¿El objetivo deseable de un ordenamiento equitativo, racional y estable del mundo sería alcanzable en el supuesto de que se instaurara un sistema multipolar? Como en lo referente a otras cuestiones, los restringidos límites de este breve estudio no incluyen una discusión más elaborada de esta interrogante. Se puede, sin embargo, simplificando una cuestión tan compleja, observar que es posible avanzar una respuesta relativa y moderadamente positiva. El mundo puede ser establemente mejor de lo que es. El mundo no podrá alcanzar en términos de calidad social y humana un nivel mejor del nivel promedio de calidad social y humana existente en las sociedades que lo integran, en general, y de quienes lo dirigen, en particular. Pero puede alcanzar, de manera estable, un nivel de razonabilidad social y humana significativamente superior al actual.

    La regulación multipolar del mundo tenderá a ser ejercida, formal o informalmente, por un Directorio Mundial, como ya se ha mencionado en este estudio, que tenderá a su vez a apoyarse para ese fin en la maquinaria institucional de las Naciones Unidas, dentro de un margen de autonomía e independencia por parte de esta organización. Este régimen de ordenamiento sólo podrá funcionar fundamentado en normas jurídicas internacionales estables, racionales y razonablemente equitativas, a objeto de minimizar la necesidad de intervenciones coercitivas, siempre costosas y tendencialmente desequilibradoras. Los países dotados de mayor o menor interferencia en las deliberaciones de este probable Directorio Mundial futuro tenderán a darse cuenta rápidamente de que la forma más eficaz y menos costosa de asegurar sus intereses internacionalmente es haciéndolos compatibles básicamente con los intereses generales de la comunidad internacional. Se llegaría así, como preveía Kant, a un ordenamiento jurídico del mundo razonable y sancionable. Lo que faltaba en el esquema de Kant era un desarrollo del sistema internacional, para su época fragmentado entre muchos centros de poder, que condujese, por la concentración del poder de decisión en un pequeño número de países, a la posibilidad de la constitución, formal o informal, de un Directorio Mundial.

    En el plano internacional, al igual que en el nacional, la posibilidad de un ordenamiento estable, racional y equitativo de los intereses en juego depende de un ajuste de tipo hobbesiano. Los súbditos delegan en el soberano, o reconocen en él, el derecho a ordenar la sociedad, a cambio y bajo la condición de que lo haga en forma institucional y que se respeten y protejan los intereses fundamentales de los súbditos. La gobernabilidad, tanto a nivel nacional como internacional, requiere un equilibrio entre el privilegio de ejercer el poder por parte del soberano y la aceptabilidad, por parte de los súbditos, de las normas adoptadas por éste. La coercitividad del príncipe a largo plazo sólo es eficaz si es marginal. Lo esencial es la aceptabilidad de la norma.

    Cabe pues, para concluir este breve estudio, observar que, en la medida en que la evolución actual de las naciones las esté encaminando, aunque informalmente, hacia regímenes de tipo social-liberal, combinando la competitividad con la preservación de intereses sociales esenciales, un sistema multipolar de ordenamiento del mundo tenderá, aunque más moderadamente, a un social-liberalismo internacional. Se elevarán las condiciones que generalizan entre las naciones su acceso a niveles razonables de igualdad de oportunidades, pero persistirán, por otro lado, formas crecientes de competitividad económica, política y cultural, que diferenciarán a las sociedades colocándolas en distintos niveles de importancia y de poder mundiales.


    Notas

    1. A diferencia de los imperios convencionales, el imperio estadounidense preserva la independencia formal de los países sometidos a su hegemonía, así como su autonomía administrativa, pero les impone las políticas económicas y la política exterior que convenga a la metrópoli.

    2. El Grupo de los Siete constituye actualmente un ejemplo rudimentario y parcial de lo que en futuro podría ser, con una composición distinta, un Directorio Mundial.

 

 


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