"Crecimiento y empleo"
Edición Nº 52
Octubre - Diciembre 1997 |
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El impacto del cambio
tecnológico
sobre los problemas del empleo
Luis Maira
Embajador de Chile en México y ex-Ministro de Planificación
y Cooperación de Chile.
Texto de la intervención en
el Panel sobre Crecimiento y Empleo, efectuado el 8 de octubre de 1997, en el marco de la
XXIII Reunión Ordinaria del Consejo Latinoamericano del SELA, realizada en Puerto España
(Trinidad y Tobago).
Creo que tiene una enorme
importancia y valor esta reunión del Consejo del SELA como espacio de reflexión de un
problema estratégico de América Latina y el Caribe, cual es el tema de las relaciones
entre el crecimiento y el empleo. Esto no me parece casual ya que el Sistema Económico
Latinoamericano ha sido desde sus orígenes -y se ha acentuado bajo la gestión del actual
Secretario Permanente -un escenario privilegiado para examinar temas que importan a largo
plazo a los diversos países de nuestra región.
De algún modo, los debates que
el SELA organiza, vienen a llenar un vacío que sentimos en nuestras discusiones internas
país por país en América Latina y el Caribe, dado que las urgencias políticas del día
a día van dejando poco espacio a la dimensión prospectiva del examen de las políticas
públicas, pues vivimos apremiados con nuestras urgencias. Es por ello que los estudios
prospectivos y la planificación estratégica deseables y materia de un consenso cuando se
habla de ellas, encuentran escaso espacio concreto.
Quisiera señalar que no soy
por cierto un experto en temas de empleo y en sus relaciones con el crecimiento. Mi
oficio, mi área académica de interés, son las relaciones internacionales y mi
experiencia en las políticas públicas ha estado en la coordinación de políticas
sociales en mi país de origen, Chile. Desde esa doble distancia, que sin embargo me
convierte en un interesado en un tema tan trascendente como el empleo, quisiera organizar
mis reflexiones y quisiera hacerlo en dos ámbitos:
tratando de mirar el
impacto estratégico que sobre los problemas del empleo tienen los desafíos que nos
plantea hoy día el cambio tecnológico en el mundo y en nuestra región; y
estableciendo una
vinculación más concreta entre los temas del empleo y las restantes políticas sociales,
con principal énfasis en las cuestiones de pobreza que hemos estado encarando en América
Latina los últimos años.
I. Reestructuración
internacional y transformación productiva
Sobre el primer punto, quisiera
concordar con la percepción que seguramente tenemos todos los que estamos en esta sala,
de qué manera las increíbles transformaciones producidas en el sistema internacional
entre 1989 y 1991, produjeron sin excepción, incluyendo los tomadores de decisiones de
las políticas públicas, un fenómeno de estupefacción que por un tiempo no breve, nos
dejó paradojizados en cuanto a nuestra inserción en el mundo. Los viejos y conocidos
esquemas y la racionalidad de la guerra fría ya no funcionaba, pero no disponíamos de un
conjunto de ideas ni de un instrumental para ordenarnos en un nuevo mundo que estaba en
transición y, digámoslo francamente, nos tomó un tiempo reponernos para empezar a
actuar de nuevo con una cierta certeza y eficacia respecto de lo que estábamos haciendo.
Sentimos de un modo muy
evidente el hecho de que, por primera vez en un mínimo número de años, confluyeran dos
procesos que hasta entonces se habían presentado por separado en los cambios del sistema
internacional: de una parte, una profunda reestructuración del orden mundial, de sus
factores hegemónicos y de su funcionamiento; y, por otra, una sustancial transformación
en la organización de los procesos productivos, un cambio científico, tecnológico que
madura justamente en la segunda mitad de los años ochenta y que, desde un punto de vista
más popular, hemos conocido como la tercera revolución industrial. Nunca en el mundo
previamente, en un mínimo número de años, habían coincidido estos dos fenómenos; por
lo tanto, la retroalimentación de su impacto y sus efectos ha sido mayor y de este modo,
probablemente cuando se haga el balance del siglo XX, esta transformación, podrá ser
considerada como la más impactante, profunda y drástica que ha experimentado el mundo en
estos cien años. Las dos anteriores, por último, estuvieron precedidas por la
certidumbre de dos conflictos mundiales de larga duración.
Este cuadro, atenazó a los
países en desarrollo más distantes y menos expertos en el manejo de las tendencias del
cambio y fue produciendo una difícil reacción que tuvo, sin embargo, como uno de sus
núcleos centrales de examen, los problemas del empleo y la pobreza, que justamente hacen
parte de la mesa de esta tarde.
Necesitamos, parece obvio,
colocar en su justa perspectiva el tema de la transformación productiva y los cambios
tecnológicos y su impacto sobre el fenómeno del empleo. Y habría que decir quizás,
para entrar a este tema, que en nuestros exámenes ha estado mucho más presente el
fenómeno de la globalización que el de la transformación productiva, probablemente
porque el de la globalización hace sentir su impacto en nuestros países de un modo más
rápido y la transformación productiva tiene un efecto diferido que, sin embargo, no debe
reducir la consideración de su substancial importancia en los años venideros. Es ese el
sentido innovador que tiene este debate, que es el primero de los que a mí me toca por lo
menos asistir que tiene como núcleo este tema, mientras uno ha participado en una decena
de discusiones sobre globalización en los últimos dos o tres años. Por lo mismo, parece
obvio, como lo prueban los documentos que el SELA ha encargado a expertos de la región,
que hay la necesidad de asumir estas transformaciones productivas y el impacto
tecnológico de ellas, como parte de un proceso que se instala gradual y desigualmente en
nuestra región, donde el empleo es un fenómeno central, en cuanto a las consecuencias
que debemos examinar y corregir.
Los cambios recientemente
producidos, la nueva organización del proceso productivo, tiene una suerte de doble
impacto inicial desfavorable sobre el fenómeno del empleo que debe ser, sin embargo,
contrabalanceado con tendencias más benévolas, más favorables que emergerán en el
curso y en la maduración de este mismo proceso. Sin embargo, parece evidente que uno
tiene que asumir, como un primer efecto permanente de la nueva forma de producir del nuevo
patrón productivo que reemplaza al viejo diseño fordista, el de una reducción y
sustitución significativa del trabajo humano. La reducción del empleo es así, un
problema común a la agenda de los países desarrollados en Europa, Estados Unidos o Asia
y empieza a serlo dramáticamente también en los países en desarrollo como ocurre con
nuestra región.
El fenómeno de la
automatización y la robotización, en su modalidad particular en este tercer ciclo de
cambio científico-técnicos, tiene este primer efecto negativo de reducir el espacio y la
cantidad de trabajo humano necesario para crear bienes y servicios. Creo que todos hemos
sido suficientemente impactados hace unos meses cuando en las revistas especializadas
leímos que en la más reciente planta industrial de Toyota, enteramente robotizada, sus
ejecutivos habían decidido suprimir la luz eléctrica de la planta, porque estos robots
producen con la misma eficacia y precisión a oscuras y, como vamos en vía de ahorros, se
decidió simplemente cortar la luz eléctrica, algo que la imaginación humana no
concebía como asociado posible a la tarea productiva.
Introduciendo este efecto de
disminución del volumen y la cantidad de trabajo disponible en la sociedad, junto con
esto, el nuevo proceso productivo plantea un efecto no tan duradero como el de la
automatización, sino algo más transitorio pero que es igualmente importante de
contemplar por su significación social. Cuando nuestros países empiezan a estar
afectados por manchones de modernidad a través de plantas y establecimientos que recogen
las tendencias de esta tercera revolución industrial, advertimos un fenómeno social
injusto y poco deseable, pues la introducción de esta tecnología de punta lleva a un
aumento de la productividad y de las utilidades de las empresas, pero no conlleva un
aumento en la participación de los trabajadores y a un mayor salario, al menos durante un
número significativo de años, que los expertos cuantifican en al menos unos diez. Puesto
que la posición de esos trabajadores no se mide en relación a la nueva productividad que
generan y a la modernidad de su establecimiento productivo, sino a los salarios promedios
que los establecimientos atrasados de ese mismo espacio territorial siguen pagando. De esta manera, muchas veces asistimos al fenómeno
tremendamente injusto de que planteles productivos más especializados, que generan una
enorme productividad y mayores ganancias en grandes empresas, no dan por resultado un
mejoramiento en la calidad del trabajo y en las percepciones de ingreso y prestaciones
sociales de los trabajadores. Esta participación en la mayor productividad se va
produciendo sólo en la medida que se generalizan las modalidades más modernas de la
organización productiva.
Creo que en América Latina
esta coexistencia de formas nuevas y viejas de producir, ya presentes en buena parte de
esos países, va teniendo un efecto muy concreto en el aumento de la diferenciación
productiva y social que se da al interior de muchas naciones. Las ideas del norte y el sur
como sinónimos del progreso y el atraso, eran hace 25 o 30 años nociones globales. Los
latinoamericanos, sin problema, nos reconocíamos como países subdesarrollados
noción que ya no simpatizamos con lo que queríamos denotar el hecho de que,
en general, nuestra actividad productiva y social se encontraba retrasada respecto a los
países industrializados.
Los años ochenta, en las
vísperas del colapso del sistema internacional de la guerra fría, fueron relevando la
importancia de las macro-regiones, que tanto han operado y funcionado en los años noventa
y, entonces, las nociones del norte y el sur, del atraso y el progreso, se hicieron
nociones regionales. Junto al núcleo duro del progreso de la Europa de los Quince,
ampliada a comienzos de esta década, funcionaba una periferia que tenía mucho del viejo
sur en la antigua Europa socialista oriental y del este y sobre todo en los países del
mar Griego, generando problemas de presiones migratorias y de demandas de modernidad que
provocaron tensiones y ajustes en la política de muchos de los países europeos. Lo mismo
ocurría en el Asia del Pacífico o en la América del Norte. Entonces, de un sur y de un
norte pasamos a varios nortes y a varios sur.
Pero en los años noventa la
expansión del cambio tecnológico y productivo y la existencia de ya no enclaves sino de
áreas significativas de modernidad en los países más importantes de la propia región
que forman América Latina y el Caribe, han llevado a que las nociones del progreso y el
atraso, asociadas a las viejas ideas del norte y del sur, sean conceptos endógenos para
entender la realidad de nuestros países y que éstos estén cada vez más segmentados en
su propio interior. Son los propios especialistas de Brasil y México, los dos países
más relevantes de la región, los que nos hablan de la diferencia de ingreso, niveles
tecnológicos y capacidades productivas de un "norte" mexicano, cercano a la
frontera, que va desde Tamaulípa hasta Baja California, de parte de los establecimientos
productivos del centro del país, en el occidente de Jalisco y en el Distrito Federal; y
luego de un país más profundo y parecido al "sur" que se extiende precisamente
en el centro del istmo de Tehuantepec y que abarca estados como Guerrero, Oaxaca, Morelos
y Chiapas, que tienen ingresos y niveles considerablemente menores respecto de los
sectores más avanzados de la nación. En el caso de Brasil, el propio Presidente de la
República, Fernando Enrique Cardoso, nos hablaba de las diferenciaciones entre el extenso
rectángulo que va de Fortaleza hasta Manaos, que baja por el Amazonas y que puede ser
trazado hasta la altura de Belo Horizonte; y el resto del país, más moderno y
productivo, que empieza precisamente de allí hacia abajo, lejos del norte y del este, y
donde núcleos muy dinámicos son el Estado de Sao Paulo, Santa Catarina, Río Grande do
Sul y parte del propio estado de Río de Janeiro.
Cualquier país de la América
Latina, Chile desde luego, tiene mapas de pobreza que muestran como en cada una de sus
regiones se alternan, sin formar parte de circuitos reproducibles o interconectables,
áreas de pobreza y áreas de modernidad. Esto tiene que ver precisamente con los
problemas del empleo, con los problemas del crecimiento y sobre todo con las dificultades
de la homologación hacia formas más modernas que experimentan los países de América
Latina y el Caribe, unos antes que otros, pero todos inexorablemente en este ciclo
modernizador de la tercera revolución científico-técnica.
Al lado de los fenómenos
desfavorables, sin embargo, podemos por fortuna otros que son positivos y respecto de los
cuales podemos trabajar para su potenciación.
El primero es que la
modernización productiva, el gran cambio tecnológico que vivimos, no sólo elimina y
ahorra trabajo creando problemas de desempleo, sino que ahorra también capital que se
puede aplicar a nueva inversión generando nuevo empleo. Este ciclo es el que están
intentando aprender precisamente los países desarrollados. En la experiencia de nuestras
vidas todos sabemos que esto es cierto y recordamos, por ejemplo, las primeras ceremonias
que tuvieron lugar en casi todos los países latinoamericanos a fines de los años
sesenta, cuando los presidentes de la República concurrieron a inaugurar costosos
edificios donde se instalaba una computadora, cuyo poderío es menor al de cualquier
computadora personal que hoy día transportamos en los aviones, pero que sin embargo nos
costó una cantidad inmensa de dinero que originó instalaciones extremadamente
sofisticadas y también muy caras. O el ejemplo que coloca Joseph Ramos, uno de los
expertos que ha preparado para el SELA excelentes documentos donde nos indica cuánto se
ha ahorrado en el simple proceso de reemplazo de una calculadora electromecánica, pesada
e incierta, con la que funcionaban las oficinas públicas y las instituciones privadas
hace treinta años, respecto a las computadoras portátiles que valen cincuenta veces
menos y que podemos adquirir y portar con gran facilidad. De modo que el proceso de
modernización tecnológica conlleva la reducción de empleos, pero conlleva también a
ahorros en materia del gasto necesario para adquirir algunos productos y, por lo tanto,
origina un proceso de ahorro, que puede dinámicamente ser conducido hacia nueva creación
de empleo y debemos trabajar en esa dirección.
Lo mismo podemos decir de un
segundo efecto positivo importante de esta transformación científico técnica: la
modernización va acompañada de nuevos diseños industriales que permiten
miniaturización, achicamiento o adelgazamiento de los diseños, lo que permite ahorrar
materias primas, especialmente minerales escasos.
Junto con ello, tiene como uno
de sus sectores líderes, al lado de la micro-electrónica y de la biotecnología, a la
industria de nuevos materiales, que dota a la humanidad de elementos nuevos que le dan,
por primera vez, una mayor viabilidad al objetivo de un desarrollo sustentable, que nos
permita proyectar el crecimiento sin comprometer la suerte misma de la humanidad y sus
ecosistemas. Basta con reflexionar de qué manera los expertos del Club de Roma en los
años setenta iniciales, eran escépticos respecto de la duración de minerales, recursos
naturales y materias primas y cómo la OECD corrigió a finales de esa misma década, con
su informe "Facing the Future", la idea del agotamiento peligroso en recursos
naturales, lo que convirtió en un problema de rentabilidad el aprovechamiento de las
sustancias alojadas en fondos marinos y facilitó la cuadruplicación de los precios del
petróleo en los años setenta. Hoy día ninguna duda cabe que el horizonte de la
transformación tecnológica va permitiendo razonables explotaciones de los recursos
existentes y, por la vía de los nuevos materiales, coloca dimensiones insospechadas a la
posibilidad de un desarrollo sustentable.
Por lo mismo, para los países
de América Latina - y ese es exactamente, creo, el punto en que concluyen los exámenes
académicos y la reflexión política - el dilema prácticamente no existe como una
alternativa y resulta inescapable avanzar a la profundización de la transformación
productiva, probablemente en las próximas dos décadas, de un modo que debiera llevarnos
a una posición más favorable para resolver los problemas del empleo y especialmente de
la calidad del trabajo que, tal como señalaba, son tan difíciles de resolver por la vía
del puro aumento de la productividad, cuando es marginal el impacto de la modernización
productiva. Por tanto, el tema de la homologación modernizadora de la capacidad
productiva de los países latinoamericanos constituye, por desgracia, por la dificultad
que esto involucra, la única respuesta posible para resolver el dilema de fondo que está
planteado en torno a la relación entre el crecimiento y el empleo.
Esto nos lleva a una conclusión que debe orientar las
políticas públicas de los próximos años: la necesidad de invertir en la innovación.
II. Invertir en la innovación
En uno de los mejores trabajos
que leí, de los que el SELA ha preparado sobre este tema, el experto uruguayo, José
Quijano, cita el influyente informe de la OECD, conocido como el Manual de Oslo, que
justamente se basa en el impacto de la tecnología y la transformación productiva, y
allí se anota lo siguiente: hasta hace poco tiempo, el complejo proceso de la innovación
había sido insuficientemente comprendido, al nivel macro sabemos hoy que hay un cuerpo
sustancial de evidencias en el sentido que la innovación es el factor dominante en
cualquier crecimiento económico nacional y en el desempeño de un país en el comercio
internacional. Al nivel micro agrega que en el Manual de Oslo, la investigación y
desarrollo es percibida como la mejora de la capacidad empresarial que hace posible
absorber y usar los nuevos conocimientos de todo tipo, no sólo los nuevos conocimientos
tecnológicos. Dentro de este contexto de una revalorización de los procesos innovativos,
Quijano, pensando desde América Latina, concluye apropiadamente lo siguiente: puede
sugerirse que la integración tecnológica, entendiendo como tal la investigación y
desarrollo programada, fomentada y aplicada, tanto por las empresas como por los estados,
en el ámbito regional puede convertirse en un objetivo estratégico de máxima relevancia
para la América Latina y el Caribe.
En este contexto invertir en
innovación significa hacer un conjunto de tareas concretas, como aumentar el gasto en
ciencia y tecnología, impresionantemente descuidado en nuestros países, al punto que,
como se puede ver en cuadros comparativos, los países latinoamericanos no sólo no
avanzan sino que retroceden desde los últimos veinticinco años. En 1969, México tenía
67 patentes registradas en Estados Unidos y Brasil tenía 18. A 1992 esa cifra había
bajado a 39 en el caso de México y había pasado a 40 en el caso de Brasil, mientras
Taiwan y Corea del Sur, que tenían cero en 1969, habían pasado a 1000 y 538 patentes
registradas en Estados Unidos respectivamente. Cuando la región no gasta más, en
promedio, de un 0,3% de su Producto en investigación y desarrollo, la posibilidad de
cumplir la meta que se ha señalado de llegar a invertir el 1% del PBI, aunque parece
amplia, es enteramente indispensable para recuperar un cierto horizonte que nos permita
llegar a políticas selectivas de especialización, políticas donde el Estado asuma un
rol relevante en la reconstrucción e impulso de la comunidad científica y en la
escogencia de las áreas que queremos desarrollar complementariamente como región.
En segundo lugar, está todo el
tema de la cooperación en el sector público y el privado en el campo de la
investigación y desarrollo, de la relación entre las universidades y las empresas, tan
ausente y distante en nuestros países y tan relevante en países dinámicos y
desarrollados; el tema de la capacitación y participación de los trabajadores,
especialmente la creación de mecanismos de negociación colectiva para hacer posible, no
la discusión demagógica sobre mayores ingresos, sino la participación en los aumentos
de productividad conseguida en torno a metas explícitas y logradas.
Tal es, cuando menos, parte
central de la agenda latinoamericana en materia de empleo y crecimiento, desde una
perspectiva estratégica que ligue estos temas con el progreso del cambio científico
técnico y la homologación productiva de la región.
III. El déficit social
Pero hay un segundo ámbito que
brevemente quiero examinar y es el de las políticas sociales más concretas e inmediatas
que estamos hoy día manejando. En esta perspectiva no podríamos dejar de subrayar el
hecho que así como llamamos a los años 80 la década perdida, la década de los 90 se
registra, ya pasada más de sus dos tercios de tiempo, como mediocre o discutible.
En los años noventa,
efectivamente, América Latina y el Caribe tienen más pobreza que hace un tiempo, tienen
más desempleo, tiene una peor distribución del ingreso y afrontan riesgos, en muchos
casos inocultables, de desintegración social. En 1980 los pobres en la región de
América Latina y el Caribe eran 130 millones, subieron a 190 en 1990 y en 1996 eran ya
210 millones.
En materia de desempleo, la
media del desempleo que en 1990 era de 5,7% había pasado a 8% en 1996, la distribución
del ingreso país por país, con poquísimas excepciones, se hacía notoriamente más
regresiva y la disparidad productiva más aguda y, el conflicto entre atraso y progreso
originaba cuadros que en muchos lugares prefiguraban situaciones inquietantes o riesgos de
conflictos sociales.
El triángulo de Copenhague que
animó la Cumbre sobre Desarrollo Social de 1995, consistente en suprimir pobreza y
eliminar el desempleo y lograr por ende la integración social, digámoslo claramente, en
estos años no ha funcionado de la mejor manera en nuestra región. Las reformas
económicas no rinden frutos inmediatos y los mejores estudios prueban que son las
reformas antiguas las que, con un alto costo social, después de diez o más años
empiezan a mostrar indicadores más favorables y los países que emprendieron reformas
modernizadoras de la economía en los años noventa están pagando justamente, este costo
inicial elevado y al parecer por naturaleza de la estrategia actual de desarrollo
prevaleciente en el mundo. En este cuadro habría que agregar que la aplicación de
amplios programas de superación de la pobreza, que son materia de consenso en los
gobiernos de nuestros países en los años noventa, aunque no siempre con las condiciones
generales del proceso de crecimiento, han sido interrumpidos en muchos casos abruptamente
a mediados de la década, anulando los resultados incrementales que se esperaban.
Con todo, sabemos hoy más que
ayer, de cómo hacer programas de superación de la pobreza que tengan una dimensión
nacional, y hemos aprendido, sobre todo dialogando y trabajando cotidianamente con los
pobres del continente, que hay cinco impulsos principales respecto de los cuales la
autoridad pública debe encargarse:
extender los servicios
sociales básicos: la luz eléctrica, el agua potable, el alcantarillado, la telefonía;
desarrollar programas de
infraestructura social que liguen los espacios abandonados y apartados de las comunidades
pobres con caminos secundarios, puentes y sitios de conexión;
que tenemos que
rediseñar las políticas sociales históricas del Estado latinoamericano: salud,
educación, vivienda, empleo;
que tenemos que
modernizar la gestión de municipios y entidades regionales apartadas; y
que no hay solución a
los problemas de la pobreza, sin asumir la dimensión territorial que ella tiene y hacer
acciones para llevar actividad productiva a las localidades pobres y dar una opción de
trabajo a los sectores más pobres que les proporcione autonomía y dignidad personal.
Concluyo señalando que todos
estos temas, los temas de largo plazo y los temas de mediano plazo, podrían originar
notables experiencias de cooperación internacional y que el SELA tiene en este campo una
posibilidad no sólo pionera sino eficaz, para hacer posible muchos esfuerzos que
surgieron después de la Cumbre de Copenhague entre los coordinadores del desarrollo
social de los países latinoamericanos, y que permitiría mejorar el diseño y contenido
de las políticas sociales, confrontar y replicar experiencias y programas exitosos y
evaluar mejor los proyectos sociales, generar modalidades de gerencia social más efectiva
y buscar un uso óptimo del financiamiento social.
En síntesis, finalizo
diciendo, que América Latina y el Caribe tienen delante un difícil paso hacia la nueva
modernidad tecnológica y productiva, y una doble agenda social de pobreza y equidad, que
ojalá podamos encarar en los años venideros con eficacia y con oportunidad.
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