"Crecimiento y empleo"
Edición Nº 52

Octubre - Diciembre 1997

 

Valores éticos de la democracia
Federico Mayor Zaragoza
Director General de la UNESCO.

    Discurso presentado en la VII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, realizada en la Isla de Margarita (Venezuela), del 6 al 8 de noviembre de 1997.

    La democracia es fuerte en la medida en que representa al pueblo, en la medida en que la participación es amplia, en la medida en que todos los ciudadanos conocen y ejercen sus derechos. Una de las más importantes implicaciones éticas es la congruencia que debe existir entre los principios democráticos y las políticas de Estado, el esfuerzo permanente de privilegiar los contenidos sobre la forma, incluyendo los procesos electorales.

    Es por la educación –educación para todos a lo largo de toda la vida– que se aprende a saber, a hacer, a ser, a vivir juntos. Es por la educación que se adquiere el propio discernimiento, que se decide sin influencias externas, que se alcanza la "soberanía personal". Ser uno mismo. Andrés Bello exhortaba así a la juventud en El Araucano (1848): "Aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la independencia de pensamiento". "Participo, luego existo", es la transposición cartesiana a la genuina democracia. Si no participo, no existo como ciudadano. Soy contado, en elecciones, en encuestas de opinión, pero no cuento. Es la degradación de democracia a demoscopia, a oligocracia, a plutocracia, a tecnocracia. La paz, el desarrollo y la democracia se construyen con la educación. No con la fuerza. Se consiguen con el esfuerzo cotidiano de cada uno. No se otorgan.

    La libertad irrestricta de expresión –libertad de todos, no de unos cuantos– es imprescindible para la justicia, pilar esencial de la democracia. No basta con el imperio de la ley. Para que las leyes sean justas, no puede existir obstáculo de índole alguna en la libertad de expresión. La UNESCO, dice el artículo primero de la Constitución, debe asegurar "la libre circulación de las ideas por la palabra y por la imagen". Puede aplicarse a la democracia lo que Bolívar afirmaba, en la "Carta de Jamaica" (1815), del imperio español en América: "La opinión es toda su fuerza". Libertad de expresión para todos. La verdad nos hace libres y la libertad veraces. Si: la veracidad es otro fruto de la libertad. Libertad para argüir que una información no es veraz. Libertad para demostrar que sí lo es. La única solución para los problemas que puede plantear la libertad es mayor libertad. La libertad no admite contrapisas. Nadie puede poner pautas que enmarquen o reduzcan la libertad irrestricta de expresión. No pueden ponerse puertas al mar. ¿Quién juzga si una noticia se ajusta de forma fidedigna al acontecimiento que describe? Sólo la conciencia de cada uno. Sólo la libertad de expresión de todos.

I. Democracia, paz y desarrollo

    Democracia, paz y desarrollo, forman un triángulo interactivo, cuyos vértices se refuerzan mutuamente. No hay paz duradera sin desarrollo duradero. Y, para ser duradero, debe basarse en la justicia. Y la justicia depende de la existencia de este espacio de referencias éticas de la llamada democracia. La Constitución de la UNESCO es la única del sistema de las Naciones Unidas que refiere los principios o ideales democráticos justicia, libertad, igualdad, solidaridad. En el mismo preámbulo de este texto luminoso se dice que la paz no se logra mediante el desarrollo económico y político únicamente. Ambos son indispensables, pero no suficientes: la paz y el bienestar dependen "de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad".

    Para que la justicia pueda ponerse en práctica diligentemente son indispensables la seguridad y la estabilidad. Paz y seguridad son dos premisas y dos resultados a la vez. Hemos invertido enormes cantidades en la fuerza para defender nuestras fronteras, nuestros territorios. Ahora tenemos que invertir en la defensa de nuestra dignidad. La vergüenza colectiva que representan los niños abandonados, explotados sexual o laboralmente, la vergüenza que representan los jóvenes que se evaden a través de las drogas o las sectas, demuestran que nos hemos olvidado –de tanto defender la tierra– de defender a las personas, a los ciudadanos. Tenemos ahora que invertir en fuerzas de seguridad para garantizar el ejercicio pleno, por todo el pueblo, de los principios éticos en que se fundamenta la democracia, voz y gobierno del pueblo por el pueblo.

    Las disparidades sociales y las asimetrías en la distribución de las riquezas de todo orden –incluido en primer lugar el conocimiento– sólo pueden reducirse y anularse compartiendo mejor. El verbo compartir es la clave de una nueva era en la que, desde la escala personal a la parlamentaria y ejecutiva, deberán establecerse nuevas prioridades y repartir mejor los frutos del progreso. Tanto internacionalmente como intranacionalmente, el hecho de que el 18 por ciento de la humanidad posea el 80 por ciento de los recursos de todo orden es, no sólo una grave injusticia, sino raíz de radicalización y conflicto. Es una bomba en el tiempo. Tenemos que profundizar en las raíces de la violencia: la exclusión, la pobreza, la soledad, el consumismo, la desesperanza. Y tenemos que proclamar que nunca se han perdido –como antes indicaba en el caso de la educación– las oportunidades para siempre. Volverán ahora a pasar una y otra vez por delante de nuestra puerta, a lo largo de toda la vida.

II. Lá "ética del tiempo"

    La "ética del tiempo" es otro principio para la eficacia de la gobernabilidad democrática. Actuar a tiempo. Tenemos ya los diagnósticos y, en muchos casos, los tratamientos. Aplazar la puesta en práctica de medidas correctoras, por difíciles que sean –y a veces impopulares– puede conducir a puntos de no retorno. La irreversibilidad potencial es, en mi opinión, un imperativo ético. Si no actuamos hoy, mañana puede ser tarde. No pidamos más informes con el fin de "ganar tiempo". Lo estamos perdiendo. Hay que atreverse. Atreverse a saber y a saber atreverse. Me gusta repetir que el riesgo sin conocimiento es peligroso, pero que el conocimiento sin riesgo es inútil. La anticipación es fundamental. Saber para prever. Prever para prevenir. El fortalecimiento de la capacidad de anticipación y de prospectiva es, por lo tanto, una prioridad para los gobiernos, las organizaciones internacionales, las instituciones científicas, los actores sociales, y el sector privado. La elaboración y la aplicación de esta "gestión de intangibles" que constituyen la previsión, la anticipación y la prevención, basadas en la premisa general de que no hay que lograr ganar sino evitar, exigen, entre otros requisitos, una política de Estado de largo alcance. ¿Cuánto tiempo podremos permitirnos el lujo de no actuar? ¿Hemos calculado el precio de la inercia, de la inacción, de la carencia de una ética de futuro? Cinco años después de Río nos hemos dado cuenta de que Río +5 ha sido en realidad, Río -5. Establecer las bases de una ética del futuro implica que los actores sociales y aquellos que tienen poder de decisión dejen de "ajustarse" o de "adaptarse". Implica que sean ellos quienes se anticipen y tomen las iniciativas.

    Lo que se evita, no se ve. Y, sin embargo, es la mayor victoria. Al General que gana una pequeña batalla, se le condecora. El que evita una gran guerra, pasa desapercibido. La salud, la paz, la alegría de vivir... no se ven en los noticieros. Por ello –como decía Lawn– sólo quienes son capaces de ver lo invisible pueden ser capaces de hacer lo imposible.

    Otra dimensión ética de la gobernabilidad democrática es el respeto a la complejidad. La simplificación es un fraude, porque al actuar, lograremos a lo sumo modificar la percepción, pero no la realidad compleja que subyace. La comunidad científica e intelectual, debe proporcionar a los decisores y a los parlamentarios elementos para la toma de decisiones basados en el rigor. Es en esta reciprocidad, ética-ciencia, que se basarán muchas de las delicadas soluciones que deberemos saber hallar en interfases tan vastas como todavía inexploradas, en los campos de la genética y del ciberespacio, por ejemplo. Precisamente en estos días, la Conferencia General de la UNESCO está dando los últimos retoques a la Declaración Universal sobre el Genoma Humano, que –después de un proceso científico, jurídico y sociológico de más de cinco años– representará un importante marco de referencia ética para las experiencias de modificaciones cromosómicas, procesos de fertilización, terapia génica, clonación incluida.

III. Memoria del futuro y del pasado

    Otro factor esencial en la interdependencia ética-democracia es la continuidad. Las grandes líneas de acción inspiradas en una visión a largo plazo y en principios éticos fundamentales no pueden someterse al vaivén de las fluctuaciones políticas y de gobierno. Los Pactos de Estado, en los que los partidos políticos ponen sus acentos, pero no cambian las palabras ni sus significados, constituyen una forma adecuada. La continuidad debe extendese a las generaciones futuras. Esta "memoria del futuro", que resulta tan relevante en los albores –trémulos, confusos, esperanzados– del Tercer Milenio, no puede limitarse a los no nacidos. Se trata de una auténtica ética del porvenir y, por tanto, del por hacer. La renovación de los valores éticos de la democracia pasa por el impulso de un nuevo contrato social, que no conciba exclusivamente las obligaciones entre las generaciones presentes, sino que extienda el arco ético a las generaciones futuras. La suerte de estas generaciones dependerá cada vez más de nuestra habilidad para relacionar la visión del futuro con las decisiones del presente. Mirar al mundo de cara al futuro es darse los medios para cumplir una misión ética decisiva. Para nuestros descendientes. Porque si no actuamos a tiempo, nuestros hijos ya no tendrán tiempo de actuar. Cuanto más corre un automóvil, más potentes deben ser sus faros.

    Memoria del pasado, también, desde luego. Pero no para reabrir heridas, sino para cicatrizarlas. Memoria histórica sí, pero para usarla como el retrovisor del automóvil: el tiempo justo para conducir bien hacia adelante. Memoria del pasado para saber que las grandes transformaciones nunca se hicieron por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de las ideas, de los ideales. Memoria para saber que la integración nunca se consigue por el interés y el dinero, sino por el hilo conductor de la cultura, por el tejido denso de hebras distintas, unidas por valores comunes. Memoria para, por fin, estar a la escucha, en lugar de seguir dando directrices y consejos. E incluso, exigiendo condiciones.

    La ética implica memoria y comparación. Memoria de quienes dieron su vida por la paz que hoy disfrutamos. Memoria de quienes sufrieron cárcel y torturas por la libertad que hoy tenemos. Comparación para apreciar los bienes materiales de que gozamos. ¡Hay tantos indiferentes hoy entre los saciados, entre los que poseen casi todo sin saber el valor de casi nada! Y es que no se quiere más que aquello por lo que se ha luchado, por lo que hemos madrugado, por lo que hemos soñado, por lo que hemos estado desvelados. Comparar y pensar en los que no tienen casi nada y aprecian en tan alto grado lo poco que tienen.

IV. La globalidad

    La comparación conlleva, a su vez, la globalidad, conciencia permanente del mundo en su conjunto. Y digo globalidad y no globalización, porque la globalización implica globalizadores y globalizados. Unos cuantos globalizadores y unos muchos globalizados. La globalidad confiere, asimismo, algo especialmente importante para la gobernabilidad democrática: la proporcionalidad entre los problemas y las soluciones. Con frecuencia se pretende resolver grandes problemas con raquíticas soluciones, financiadas, además, a menudo, por la caridad y no a través de las decisiones políticas pertinentes. Las soluciones a los problemas éticos, deben basarse en principios éticos.

    Bienvenidos los avances en la tecnología de la comunicación que nos han permitido alcanzar a los hasta ahora inalcanzables y nos dan la posibilidad de incluir a los hasta ahora excluidos. Pero como instrumentos, no como fin. Las familias, las madres sobre todo, siguen siendo, junto con los maestros y educadores, los grandes protagonistas de este proceso de forja que conduce a la soberanía personal. El Homo sapiens deberá siempre prevalecer sobre el Homo virtualis. Educación multilingüe, educación que afiance la diversidad sin fin, la unicidad de cada ser humano, unida por unos valores comunes. Estos valores éticos son el principal factor de cohesión social y, al mismo tiempo, los agentes más activos de cambio y transformación. Son, a la vez, asidero y cimiento.

    El siglo que ahora termina ha demostrado, y a qué precio, el fracaso estrepitoso de la fuerza, de la violencia, de la imposición. El fracaso de llevar al mercado y a las transacciones comerciales espacios en los que sólo debe prevalecer el buen sentido y los derechos humanos.

    No podemos pagar al mismo tiempo el precio de la paz y el de la guerra. Hay que elegir. Si queremos reducir las disparidades sociales, que son fuente de conflicto; y queremos mejorar la calidad de vida en el medio rural; si queremos hacer frente a las nuevas pandemias –y a las viejas, también a las viejas, como el dengue, como la malaria, a las que no se ha dedicado la atención necesaria porque no atacan a los países industrializados–; si queremos mitigar los impactos de las catástrofes naturales o provocadas; si queremos asegurar alimento y escuela a todos los ciudadanos, tendremos que dejar de pagar el precio de la guerra y pagar el precio de la paz. Tendremos que acelerar el tránsito desde una cultura de guerra a una cultura de paz. Tendremos, con los medios de comunicación, los parlamentos, los alcaldes, que movilizarnos –en una gran campaña de responsabilidad ética compartida– para la renuncia generalizada a la violencia y el compromiso de la sociedad entera (civil, militar, eclesiástica) para consolidar un marco de convivencia pacífica y de progreso.

    Estas son las reflexiones, y la forma de ponerlas en práctica, que inspira esta Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno que ha tenido el acierto –por iniciativa del Presidente Rafael Caldera– de situar a la ética como cultura, es decir como un comportamiento cotidiano.

     

 


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