"Crecimiento y empleo"
Edición Nº 52

Octubre - Diciembre 1997

Gobernar la globalización: el consenso de Brasilia

    El siguiente texto reproduce la Declaración de la Cumbre Regional para el Desarrollo Político y los Principios Democráticos, aprobada el 6 de julio de 1997, en la reunión organizada por Ministerio de Cultura y el Gobierno del Distrito Federal de Brasil y la UNESCO.

    En las vísperas de un nuevo siglo la humanidad se encuentra en la encrucijada de un cambio civilizatorio. El progreso de las innovaciones científicas y técnicas le han dado capacidades inmensas para proteger y preservar la vida; y la creatividad cultural y artística han producido la fiesta alegre de la pluralidad y la diversidad y han elevado la calidad de la experiencia de vivir. Pero la exclusión de la mayoría de los hombres y mujeres de la tierra de las mínimas condiciones de existencia, así como la desigualdad cada vez mayor, han incrementado el padecimiento y el dolor humanos. Al mismo tiempo, los efectos perversos de la cultura de masas, empobrecen la calidad de vida y propician un enorme malestar cultural, aun en los que mucho tienen. Los avances tecnológicos y científicos, que subordinados a una modernidad ética y a un humanismo moderno podrían propiciar la felicidad de hombres y mujeres, muchas veces sirven para mantener la injusticia, la falta de solidaridad y la banalidad de la vida.

    Esta encrucijada se vive también en América Latina y el Caribe. Al lado de reservas intelectuales y morales capaces de hacer realidad la promesa de la vida latinoamericana, coexisten la pobreza, el atraso y la marginación.

    Durante casi todo el siglo XX fue la región con mayor promedio de crecimiento económico. Sin embargo, nuestros países tienen también la mayor desigualdad social del mundo. En los últimos años se hizo un esfuerzo ejemplar por construir democracias y se generalizó la preocupación por los derechos humanos; pero amplios sectores de su población, especialmente las mujeres y quienes sufren segregación étnica, enfrentan dificultades a veces insuperables para ejercer sus derechos ciudadanos. La creatividad intelectual y artística, así como su diversidad cultural le han dado a Latinoamérica una personalidad histórica; pero ella no logra aún su unidad política y económica como región en la época de los bloques.

    Frente al proceso de la globalización, América Latina y el Caribe han oscilado entre la adaptación pasiva y la tentación autárquica. pero está teniendo lugar una revolución cautelosa, un proceso de maduración intelectual y social que busca apropiarse de la complejidad, que sobre la base de los aspectos positivos de modernizaciones que han costado tanto, quiere recuperar el crecimiento económico y asociarlo con la igualdad y la justicia social, preservando la sustentabilidad ambiental. Sin ignorar la globalización, pero sin someterse a ella, nuestros pueblos tienen ante sí la tarea de gobernar la globalización.

    Gobernar la globalización es un cambio de responsabilidad compartida. Compromete a los países del Norte y a los países del Sur, a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales, a las comunidades locales y a las organizaciones internacionales. Si estamos frente a problemas globales, se necesitan soluciones globales. Al final de la segunda conflagración mundial fueron necesarios plantes políticos y económicos que conquistaron la paz y recuperaron a los derrotados de las ruinas de la guerra. Al término de la guerra fría es imprescindible un nuevo pacto de gobernabilidad global. El debe incluir un nuevo contrato moral por la paz, y un nuevo arreglo que haga equitativos los flujos económicos internacionales, controle la especulación financiera y democratice las comunicaciones, para construir un orden de desarrollo compartido que libere a la humanidad de las ruinas sociales de la pobreza y la desigualdad.

    Este pacto debe expresar el diálogo entre los pocos que disfrutan de la modernidad y la inmensa mayoría que ha sido excluida de ella. Su sola realización será el reconocimiento de la necesidad de otra modernidad, una en la que las diversidades que componen nuestros mestizajes puedan reconocerse en igualdad y las potencialidades humanas puedan desplegarse. Para conquistar ese pacto que gobierne la globalización y preserve la autodeterminación de la región y de sus pueblos, América Latina y el Caribe deben integrar todas sus potencialidades. A los esfuerzos y los avances de los diversos organismos de integración regional, debe sumarse la voluntad decidida de nuestros gobiernos para la creación de una Comunidad Latinoamericana de Naciones, de una Agenda Latinoamericana común –que enfrente desde nuestra perspectiva problemas tales como la deuda externa, la protección de esa patria peregrina que son nuestros migrantes, y el combate al narcotráfico– y de una ciudadanía regional de pleno derecho. Esta es una necesidad impostergable para hacer viables las propias estrategias nacionales de cada uno de nuestros países.

    Buscar relaciones de plena igualdad en el mundo, obliga a construir la integración social, regional y técnica dentro de nuestros países. La construcción de sociedades sin exclusión es una demanda económica, social, política y ética. Si la región ya aprendió que mercados competitivos son indispensables para desatar las energías del crecimiento económico, ahora aprende que ni la igualdad social ni la estabilidad política son bienes que se logran en el mercado. El desarrollo sustentable demanda la reconstrucción democrática del Estado. Un Estado reformado y modernizado, con la legitimidad y la eficiencia suficientes para producir los equilibrios que el mercado no genera automáticamente, pero sobre todo un Estado que exprese los proyectos estratégicos de nuestras sociedades.

    La reconstrucción democrática del Estado debe estar sustentada en los ciudadanos y en las ciudadanas. Ellos son los verdaderos protagonistas de la democracia. La reconstrucción de la vida pública es la creación de espacios de participación política que eduquen en las responsabilidades, en los derechos y en las obligaciones, en un ambiente de pleno respeto a todas las libertades, singularmente, la libertad de expresión. Fortalecer los derechos inviolables de la persona y los valores de la vida en comunidad, debe conducir al florecimiento del poder local y municipal, a la modernización de los parlamentos y de los ejecutivos, a afianzar y democratizar el régimen de partidos políticos, a la plena vigencia de las organizaciones autónomas de la sociedad, y al reconocimiento de la naturaleza multiétnica y pluricultural de nuestras sociedades. La reconstrucción democrática del Estado es la reivindicación de una política austera, responsable y de profundas convicciones éticas.

    La política del futuro es la práctica cotidiana de los principios democráticos. No es suficiente un nuevo discurso. Se necesita reformar las costumbres, despertar las conciencias y predicar con el ejemplo. La vida democrática entre las naciones y entre los individuos necesita una ética de la responsabilidad. No hay futuro compartido sin refundación de un humanismo moderno basado en compromisos adquiridos en libertad. El ejercicio permanente de los principios de justicia, libertad, igualdad y solidaridad es el inicio de un gran cambio: el cambio de una civilización de la guerra a una civilización de la paz. Educar, cambiar las prácticas de la gente y crear instituciones fundadas en los principios democráticos es encender el fuego de la libertad.

    Los principios democráticos se expresan hoy como política de la inclusión. Esta exige de nosotros cuando menos ocho compromisos. El primero, desterrar la corrupción de la política. El segundo, resolver los conflictos de intereses dentro de los países, en democracia y por la vía del diálogo y la negociación. El tercero, detener el armamentismo, especialmente el de alta tecnología, propiciado por los países productores de armas, y proscribir la guerra como forma de solución de disputas fronterizas. El cuarto procurar la seguridad y la paz para todos. El quinto, darle prioridad a la infancia y a la juventud en la solución de los problemas sociales: gobernar para los niños y los jóvenes es gobernar para el presente y para el futuro. El sexto, eliminar la impunidad de las autoridades públicas y de todos los poderes fácticos, y propiciar la capacidad de los ciudadanos para ejercer el debido control del poder. El séptimo, impartir educación para todos a lo largo de toda la vida, garantizando la igual calidad de la misma. El octavo, conservar el medio ambiente, la biodiversidad y la calidad de la vida urbana.

    Ante la encrucijada que vive la humanidad a fines de siglo, América Latina y el Caribe pueden y deben elegir un nuevo rumbo. Este es imprescindible para consolidar la paz, la democracia y el desarrollo. Estos corren severo peligro si se mantienen modelos económicos sin justicia, igualdad y solidaridad. La Cumbre Regional para el Desarrollo Político y los Principios Democráticos hace un llamamiento a los dirigentes de nuestros países, a poner en práctica estos ocho compromisos para el cambio de responsabilidad compartida. Gobernar la globalización requiere líderes capaces de reflexividad, voluntad y compromiso ético. Reflexividad para comprender una situación de complejidad creciente y construir sentidos nuevos para la vida en común. Voluntad política para asumir el riesgo y la responsabilidad moral de la decisión para le cambio. Compromiso ético para elevar la calidad de la política, y ponerla al servicio de la gente.

    Los participantes a la Cumbre Regional para el Desarrollo Político y los Principios Democráticos agradecen al Ministerio de Cultura del Brasil, al Gobierno del Distrito Federal de Brasil y a la UNESCO haber apoyado esta iniciativa a través de DEMOS, espacio de debate plural y democrático.

     

    Brasilia, 6 de julio de 1997.

     

 


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