El siguiente texto
reproduce la Declaración de la Cumbre Regional para el Desarrollo Político y los
Principios Democráticos, aprobada el 6 de julio de 1997, en la reunión organizada por
Ministerio de Cultura y el Gobierno del Distrito Federal de Brasil y la UNESCO.
En las vísperas de un nuevo
siglo la humanidad se encuentra en la encrucijada de un cambio civilizatorio. El progreso
de las innovaciones científicas y técnicas le han dado capacidades inmensas para
proteger y preservar la vida; y la creatividad cultural y artística han producido la
fiesta alegre de la pluralidad y la diversidad y han elevado la calidad de la experiencia
de vivir. Pero la exclusión de la mayoría de los hombres y mujeres de la tierra de las
mínimas condiciones de existencia, así como la desigualdad cada vez mayor, han
incrementado el padecimiento y el dolor humanos. Al mismo tiempo, los efectos perversos de
la cultura de masas, empobrecen la calidad de vida y propician un enorme malestar
cultural, aun en los que mucho tienen. Los avances tecnológicos y científicos, que
subordinados a una modernidad ética y a un humanismo moderno podrían propiciar la
felicidad de hombres y mujeres, muchas veces sirven para mantener la injusticia, la falta
de solidaridad y la banalidad de la vida.
Esta encrucijada se vive
también en América Latina y el Caribe. Al lado de reservas intelectuales y morales
capaces de hacer realidad la promesa de la vida latinoamericana, coexisten la pobreza, el
atraso y la marginación.
Durante casi todo el siglo XX
fue la región con mayor promedio de crecimiento económico. Sin embargo, nuestros países
tienen también la mayor desigualdad social del mundo. En los últimos años se hizo un
esfuerzo ejemplar por construir democracias y se generalizó la preocupación por los
derechos humanos; pero amplios sectores de su población, especialmente las mujeres y
quienes sufren segregación étnica, enfrentan dificultades a veces insuperables para
ejercer sus derechos ciudadanos. La creatividad intelectual y artística, así como su
diversidad cultural le han dado a Latinoamérica una personalidad histórica; pero ella no
logra aún su unidad política y económica como región en la época de los bloques.
Frente al proceso de la
globalización, América Latina y el Caribe han oscilado entre la adaptación pasiva y la
tentación autárquica. pero está teniendo lugar una revolución cautelosa, un proceso de
maduración intelectual y social que busca apropiarse de la complejidad, que sobre la base
de los aspectos positivos de modernizaciones que han costado tanto, quiere recuperar el
crecimiento económico y asociarlo con la igualdad y la justicia social, preservando la
sustentabilidad ambiental. Sin ignorar la globalización, pero sin someterse a ella,
nuestros pueblos tienen ante sí la tarea de gobernar la globalización.
Gobernar la globalización es
un cambio de responsabilidad compartida. Compromete a los países del Norte y a los
países del Sur, a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales, a las
comunidades locales y a las organizaciones internacionales. Si estamos frente a problemas
globales, se necesitan soluciones globales. Al final de la segunda conflagración mundial
fueron necesarios plantes políticos y económicos que conquistaron la paz y recuperaron a
los derrotados de las ruinas de la guerra. Al término de la guerra fría es
imprescindible un nuevo pacto de gobernabilidad global. El debe incluir un nuevo contrato
moral por la paz, y un nuevo arreglo que haga equitativos los flujos económicos
internacionales, controle la especulación financiera y democratice las comunicaciones,
para construir un orden de desarrollo compartido que libere a la humanidad de las ruinas
sociales de la pobreza y la desigualdad.
Este pacto debe expresar el
diálogo entre los pocos que disfrutan de la modernidad y la inmensa mayoría que ha sido
excluida de ella. Su sola realización será el reconocimiento de la necesidad de otra
modernidad, una en la que las diversidades que componen nuestros mestizajes puedan
reconocerse en igualdad y las potencialidades humanas puedan desplegarse. Para conquistar
ese pacto que gobierne la globalización y preserve la autodeterminación de la región y
de sus pueblos, América Latina y el Caribe deben integrar todas sus potencialidades. A
los esfuerzos y los avances de los diversos organismos de integración regional, debe
sumarse la voluntad decidida de nuestros gobiernos para la creación de una Comunidad
Latinoamericana de Naciones, de una Agenda Latinoamericana común que enfrente desde
nuestra perspectiva problemas tales como la deuda externa, la protección de esa patria
peregrina que son nuestros migrantes, y el combate al narcotráfico y de una
ciudadanía regional de pleno derecho. Esta es una necesidad impostergable para hacer
viables las propias estrategias nacionales de cada uno de nuestros países.
Buscar relaciones de plena
igualdad en el mundo, obliga a construir la integración social, regional y técnica
dentro de nuestros países. La construcción de sociedades sin exclusión es una demanda
económica, social, política y ética. Si la región ya aprendió que mercados
competitivos son indispensables para desatar las energías del crecimiento económico,
ahora aprende que ni la igualdad social ni la estabilidad política son bienes que se
logran en el mercado. El desarrollo sustentable demanda la reconstrucción democrática
del Estado. Un Estado reformado y modernizado, con la legitimidad y la eficiencia
suficientes para producir los equilibrios que el mercado no genera automáticamente, pero
sobre todo un Estado que exprese los proyectos estratégicos de nuestras sociedades.
La reconstrucción democrática
del Estado debe estar sustentada en los ciudadanos y en las ciudadanas. Ellos son los
verdaderos protagonistas de la democracia. La reconstrucción de la vida pública es la
creación de espacios de participación política que eduquen en las responsabilidades, en
los derechos y en las obligaciones, en un ambiente de pleno respeto a todas las
libertades, singularmente, la libertad de expresión. Fortalecer los derechos inviolables
de la persona y los valores de la vida en comunidad, debe conducir al florecimiento del
poder local y municipal, a la modernización de los parlamentos y de los ejecutivos, a
afianzar y democratizar el régimen de partidos políticos, a la plena vigencia de las
organizaciones autónomas de la sociedad, y al reconocimiento de la naturaleza
multiétnica y pluricultural de nuestras sociedades. La reconstrucción democrática del
Estado es la reivindicación de una política austera, responsable y de profundas
convicciones éticas.
La política del futuro es la
práctica cotidiana de los principios democráticos. No es suficiente un nuevo discurso.
Se necesita reformar las costumbres, despertar las conciencias y predicar con el ejemplo.
La vida democrática entre las naciones y entre los individuos necesita una ética de la
responsabilidad. No hay futuro compartido sin refundación de un humanismo moderno basado
en compromisos adquiridos en libertad. El ejercicio permanente de los principios de
justicia, libertad, igualdad y solidaridad es el inicio de un gran cambio: el cambio de
una civilización de la guerra a una civilización de la paz. Educar, cambiar las
prácticas de la gente y crear instituciones fundadas en los principios democráticos es
encender el fuego de la libertad.
Los principios democráticos se
expresan hoy como política de la inclusión. Esta exige de nosotros cuando menos ocho
compromisos. El primero, desterrar la corrupción de la política. El segundo, resolver
los conflictos de intereses dentro de los países, en democracia y por la vía del
diálogo y la negociación. El tercero, detener el armamentismo, especialmente el de alta
tecnología, propiciado por los países productores de armas, y proscribir la guerra como
forma de solución de disputas fronterizas. El cuarto procurar la seguridad y la paz para
todos. El quinto, darle prioridad a la infancia y a la juventud en la solución de los
problemas sociales: gobernar para los niños y los jóvenes es gobernar para el presente y
para el futuro. El sexto, eliminar la impunidad de las autoridades públicas y de todos
los poderes fácticos, y propiciar la capacidad de los ciudadanos para ejercer el debido
control del poder. El séptimo, impartir educación para todos a lo largo de toda
la vida, garantizando la igual calidad de la misma. El octavo, conservar el medio
ambiente, la biodiversidad y la calidad de la vida urbana.
Ante la encrucijada que vive la
humanidad a fines de siglo, América Latina y el Caribe pueden y deben elegir un nuevo
rumbo. Este es imprescindible para consolidar la paz, la democracia y el desarrollo. Estos
corren severo peligro si se mantienen modelos económicos sin justicia, igualdad y
solidaridad. La Cumbre Regional para el Desarrollo Político y los Principios
Democráticos hace un llamamiento a los dirigentes de nuestros países, a poner en
práctica estos ocho compromisos para el cambio de responsabilidad compartida. Gobernar la
globalización requiere líderes capaces de reflexividad, voluntad y compromiso ético.
Reflexividad para comprender una situación de complejidad creciente y construir sentidos
nuevos para la vida en común. Voluntad política para asumir el riesgo y la
responsabilidad moral de la decisión para le cambio. Compromiso ético para elevar la
calidad de la política, y ponerla al servicio de la gente.
Los participantes a la Cumbre Regional para el Desarrollo
Político y los Principios Democráticos agradecen al Ministerio de Cultura del Brasil, al
Gobierno del Distrito Federal de Brasil y a la UNESCO haber apoyado esta iniciativa a
través de DEMOS, espacio de debate plural y democrático.
Brasilia, 6 de julio de 1997.