"Cambios estratégicos
en las políticas industriales"
Edición No, 51
Julio - Septiembre 1997 |
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El modelo asiático de
relaciones industriales.
¿Hacia una japonización del Asia Pacífico?
Daniel Toledo B.
Profesor de UAM-Iztapalapa e investigador
de El Colegio de México.
Extractos de la ponencia
presenada en II Reunión del Foro Regional de Política Industrial, realizado en Caracas,
en la sede del SELA, del 30 de julio al 1 de agosto de 1997. Esta ponencia, es a su vez,
una versión integrada y ampliada de artículos publicados en Asia-Pacífico 1996 y 1997,
editados por el Centro de Estudios de Asia y Africa (CEAA) de El Colegio de México.
I. Introducción
El desempeño que en materia de
industrialización, crecimiento y desarrollo económico han tenido los países de la
llamada región asiática del Pacífico en los últimos cuarenta años, ha sido uno de los
más impresionantes del mundo de la posguerra. Tal espectacularidad no sólo deriva de las
altas tasas de crecimiento exhibidas por la región entre 1955 y 1995, mismas que, en
distintos momentos y bajo distintos liderazgos, han fluctuado entre el 8 y el 10% promedio
anual, sino también porque han logrado mantener su dinamismo pese a las recesiones
mundiales, el incremento en los precios del petróleo y el creciente proteccionismo en sus
mercados de exportación. Pero quizás lo más impactante para quienes también estamos
interesados en los aspectos cualitativos de la vida económica, es saber que dicho
crecimiento ha venido acompañado por una distribución relativamente igualitaria del
ingreso, misma que se ha traducido en el mejoramiento de las condiciones generales de
vida.
La rapidez y dimensiones del
crecimiento económico impacta también por el hecho de que en la mediata posguerra, es
decir, a principios de la década de los cincuentas, la gran mayoría de estos países
podían ser conceptualizados como «típicos países del tercer mundo» o simplemente
países atrasados.
Se trataba de un conjunto de
países que, en cuanto procesos de industrialización y crecimiento económico con la sola
excepción del Japón, marchaban considerablemente rezagados, no sólo de los países
industrializados centrales, como era lógico, sino también respecto de algunos países
«en vías de desarrollo» de nuestra propia América Latina, como era el caso de
Argentina, Brasil, México, etc. quienes habían empezado su primera ola industrializadora
en los años treinta y cuarentas.
Transcurrido casi medio siglo,
las circunstancias son totalmente diferentes. Los papeles se han invertido. Ahora es
América Latina la que marcha rezagada con respecto a la región Asia Pacífico,
particularmente después de la década de los ochentas, cuando los asiáticos crecieron
aceleradamente, mientras que los latinoamericanos sufrieron un estancamiento, y aún un
retroceso, en términos absolutos y relativos. Y no se diga de la relación de los
«asiáticos» con los demás países industrializados: desde hace más de tres lustros el
Japón los ha sobrepasado a casi todos en cuanto a dinamismo económico-industrial y por
estos días, Corea del Sur, Taiwán y Singapur desafían a varios de ellos.
Actualmente, la región
asiática del Pacífico se ha constituido en el polo más dinámico de la economía
mundial con aproximadamente el 25% de las exportaciones globales, el 33% de las reservas
internacionales y una economía que en la década de los ochentas creció a una tasa
promedio anual del 7,8%, cifra muy distante del 3,1% exhibida por los países de la OECD
en el mismo período1. En definitiva, la región
asiática no sólo completó su proceso de industrialización en uno de los más breves
tiempos históricos, proceso que tomó siglos en Europa, internacionalizó su economía,
diversificó sus exportaciones de manufacturas a capitales, servicios y, aún,
tecnología, sino que, además, nos está exportando una serie de estrategias
organizacionales relativas a los procesos de trabajo y de producción que han venido a
reforzar ese carácter paradigmático que, en nuestro medio, ya se le atribuye a la
experiencia japonesa y asiática, por extensión de aquella en el campo de la sociología
del desarrollo.
En este sentido -como diría
Gipouloux -la región asiática del Pacífico se ha constituido en una locomotora de la
economía mundial2. De allí la necesidad de tratar de
entender cómo operan estas economías de tan elevado, rápido y sostenido crecimiento, es
decir, de identificar las circunstancias, factores y estrategias organizacionales que
explican el referido éxito económico.
Para llevar a cabo tal empresa
analítica hemos optado por utilizar el tópico «modelo asiático de relaciones
industriales», no sólo porque partimos del supuesto de que una determinada estrategia de
relaciones industriales está en la base explicativa del éxito económico de estos
países, sino también porque tal categoría analítica permite identificar aquellas
estructuras y procesos relevantes de las relaciones sociales de producción, identificar
actores y modalidades de los procesos productivos, explicar los mecanismos de la
negociación colectiva y toma de decisiones y recoger los efectos más sensibles del
proceso de industrialización, crecimiento y desarrollo económico.
Antes de entrar en materia, son
necesarias algunas definiciones y precisiones de carácter teórico-metodológicas y
fácticas en torno a nuestro instrumento de análisis, es decir, en torno al concepto
«modelo asiático de relaciones industriales».
Como se sabe, un sistema de
relaciones industriales comprende «ciertos actores, cierto contexto, un conjunto de
normas que gobierna a dichos actores en el lugar o comunidad de trabajo y una ideología
que integra dicho sistema.»3 Por su parte la OECD las
ha definido como «un conjunto de relaciones existentes entre el trabajo y la
administración dentro de la empresa.»4 En otras
palabras, el concepto de relaciones industriales se refiere a «un sistema o conjunto de
sistemas que, a partir de los imperativos de la industrialización, demanda una
interacción y un relativamente ordenado ajuste de la conducta de quienes participan o
actúan en la organización, operatividad y cambios en el aparato industrial.»5 En definitiva, tal concepto se refiere a una estrategia
aplicada «al campo en el cual las partes involucradas -trabajadores, administración y
gobierno- buscan la solución a problemas prácticos» en el proceso de trabajo6. Restaría por aclarar que, en tanto concepto y
estrategia asociada al desarrollo del capitalismo industrial, tiene su correspondiente
carga ideológica y adscripción histórica.
En lo que respecta al concepto
de «modelo» conviene recordar que, en el campo de la historia económica y social, no es
más que una abstracción de la realidad, formulada precisamente para interpretar dicha
realidad en un determinado tiempo y espacio. En otras palabras, el modelo no es más que
un sistema de hipótesis -como diría Braudel- una estrategia analítico-didáctica y no
la realidad misma, cuyo fin principal es «obtener una representación simplificada pero
completa de un comportamiento típico. Completa en el sentido de que incluye todos los
aspectos relevantes (de la realidad) y por lo tanto, al menos idealmente, será capaz de
proporcionar una previsión, y típico en cuanto tendrá sentido sólo hacer modelos de
comportamiento que ofrezcan cierta repetibilidad o recurrencia»7.
Es obvio que tratándose de un
modelo histórico, la validez temporal de dicho modelo es concomitante con su validez
espacial; de mismo modo que tratándose de una construcción o matriz para observar la
realidad histórica, que es siempre global, debe integrarse o conformarse tanto de
variables económicas cuantificables, como otras de tipo cualitativo que den cuenta de
comportamientos de carácter superestructural. En el primero de los casos se trata de
variables como la estructura económica, recursos naturales y humanos, relaciones entre
trabajo y capital, tecnología y producción- patrones de ingreso, consumo, ahorro,
inversión; también debe considerar el mercado, en sus múltiples acepciones; la
dotación de bienes y servicios, etc. En el segundo caso, debe integrar variables como el
rol del Estado y la política económica, la tradición, cultura, ideología, religión,
idiosincrasia, valores, normas y comportamientos éticos, el papel de las instituciones,
etc. Por último, hay que reconocer que el modelo es muy útil para la comparación
histórica, pero no sólo para encontrar similitudes o analogías, sino para explicar las
diferencias, puesto que hay que reconocer también que ninguna realidad histórico-social
es igual a otra.
Ahora bien, veamos si es
susceptible, o mejor dicho factible, hablar de un modelo asiático de relaciones
industriales, admitiendo -como lo ha señalado DobbsHigginson- que se trata de una región
con países muy heterogéneos, geográficamente separados, con marcadas diferencias
histórico-culturales y a veces hostiles unos a otros8.
La primera precisión
histórica que habría que hacer a la anterior afirmación es que, no obstante las fuertes
diferencias en los trasfondos culturales, religiosos y aún geopolíticos, la integración
regional bajo parámetros económico-comerciales y político-culturales no es un fenómeno
reciente, tiene una larga data en el área, que nos remite ya al antiguo sistema imperial
chino, ya a la presencia japonesa, tanto de la pre como de la posguerra, mismos que han
creado tanto lazos de familiaridad con la tradición confuciana, como bases de continuidad
con el modelo capitalista industrial, respectivamente. Por lo demás, entre el siglo XVII
y XIX la región del Asia Pacífico había sido escenario de un intenso tráfico
comercial que integró a la región bajo los patrones instaurados por la empresa colonial
europea.
En la misma línea, pero en su
dimensión más contemporánea, habría que considerar la gravitante presencia
norteamericana en la región, a partir de la Segunda Guerra Mundial, que resultó decisiva
para la viabilidad del modelo. En efecto, siendo un fenómeno esencialmente de la
posguerra, los también llamados «milagros asiáticos» contaron con una serie de
circunstancias favorables, propias del período, para conseguir el éxito económico:
primero, muchos de ellos se beneficiaron del bipolarismo y de la guerra fría, luego
obtendrían algunas facilidades derivadas de la distensión de fines de los setentas y
principios de los ochentas y terminarán revisando algunas de sus estrategias conforme los
cambios ocurridos a principios de los noventas.
Por último, no cabe duda de
que el derrumbe del llamado socialismo real, el término de la guerra fría, el predominio
del pragmatismo por sobre la ideología en las relaciones internacionales; pero sobre todo
el ascenso del neoliberalismo, que emerge triunfante por sobre los socialismos realmente
existentes, sin enemigo ideológico al frente, nutrirá e impulsará los esquemas de
integración regional y global, contribuyendo definitivamente a la consolidación y
generalización del «modelo» en toda la región asiática del Pacífico. En definitiva,
la tendencia en los últimos tiempos ha sido más hacia la homogeneización e
integración, que hacia la división y/o confrontación De allí que países otrora
totalmente antagónicos a los esquemas de cooperación e integración regional como China
y Vietnam, no encuentren hoy grandes dificultades para articularse progresivamente con la
estrategia regional.
II. Fundamentos históricos del paradigma asiático
En términos de contextualización histórica hablar de un
modelo asiático de relaciones industriales remite de inmediato al Japón y a los Estados
Unidos. El primero porque es el que le ha dado forma y contenido y el segundo porque ha
facilitado las condiciones para su implantación y viabilidad en la región.
En el caso del Japón no cabe
duda de que su experiencia y estrategia en materia de industrialización, crecimiento y
expansión económica, ha nutrido sustancialmente al modelo asiático, al punto de que
muchos hablan más bien de una internacionalización del modelo japonés en la región,
que de un modelo asiático propiamente tal. Y no les falta razón. La gravitación del
Japón en el área es ya antigua, empezó con su proyecto
expansionista-militarista-colonialista que lo llevó primero a confrontar y derrotar a
China en 1894-95, ocupar Taiwán desde 1895, Corea desde 1904, Manchuria desde 1931 y el
Sureste de Asia desde 1941, aunque en este último caso su presencia fue más efímera.
A diferencia de otros, el
colonialismo japonés en la región transfirió facilidades industriales a sus colonias,
creó bases productivas en las mismas, particularmente en Corea, Taiwán y Manchuria, y
vinculó mucho más funcionalmente los dominios coloniales a los proyectos metropolitanos.
En este sentido, el colonialismo japonés no sólo vinculó estructuralmente las
economías de esos países con la economía japonesa, sino que permitió una comprensión
básica y una familiarización con las estrategias de industrialización del modelo
japonés de desarrollo. Por esta vía el patrón de los «gansos asiáticos» quedaba
trazado.
Terminada dramáticamente su
incursión en la Segunda Guerra Mundial y derrumbado su proyecto de la construcción de la
gran esfera de coprosperidad asiática, ocupado por los Estados Unidos hasta 1951, el
Japón inicia su recuperación, proceso que lo llevará a constituirse, en el breve lapso
de 20 años, en la segunda o tercera potencia mundial, en cuanto a dinamismo industrial y
capacidad económica. En el camino, se ha convertido en el aliado incondicional de su
otrora frontal enemigo, los Estados Unidos, alianza clave y estratégica, que no sólo
perdura hasta hoy, sino que facilitó el rápido y alto crecimiento económico del Japón,
-el llamado «milagro económico japonés»-, permitió también la reconstrucción de la
red de relaciones con el Asia del Este y del Sureste, que se habían fracturado durante la
guerra, y dejó el camino expedito para que el Japón recuperara el liderazgo regional, ya
no sobre la base de la espada y el cañón, como era el estilo del viejo Samurai, sino que
ahora en términos de paz, premunidos de finos portafolios, armados de yenes, empresas e
inversiones, como es el estilo de los nuevos «samurai» del comercio y la economía. No
obstante, y en esencia, los fines son los mismos: trabajar en pro de la grandeza del
Japón.
Así, Tigre, Dragón o Ganso
mayor, cualquiera sea la preferencia zoológica, el liderazgo japonés en el Asia del
Pacífico es indiscutible. En efecto, en el proceso de internacionalización de su
economía, la región ocupa un lugar prioritario: capitales japoneses, desde la
coinversión hasta la inversión directa; empresas, desde las pequeñas, medianas y
grandes consorcios, a través de sus respectivas filiales, están presentes en toda la
región; los esquemas y estrategias organizacionales japoneses se combinan, trabajan y
subordinan los esquemas locales; los intercambios culturales refuerzan los vínculos y
transferencias tecnológicas; el mercado japonés, tanto en términos de disponibilidad de
capitales, bienes y servicios productivos, como opciones de consumo de productos, incluso
para absorción de fuerza de trabajo excedente de la región y, por último, el enorme
«efecto demostración» que este gigante económico ejerce en el área, no deja lugar a
dudas. De este modo, no es exagerado afirmar que hablar de un modelo asiático, es hablar
también, con mucha propiedad, del modelo japonés.
La presencia norteamericana en
la región, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, ha resultado también
definitorio en cuanto a la viabilidad del modelo. Esta afirmación puede tener varias
lectura; por lo pronto, la presencia e intervención militar, con acuerdo a sus
prioridades geopolíticas, no sólo significó la existencia de los «requerimientos
especiales» de abastos e insumos para las numerosas tropas y bases militares estacionadas
en la región, sino también el respaldo a los gobiernos político-militares del área,
acciones que hicieron viables los propios proyectos nacionales de dichos Estados, como
también contribuyeron a su reactivación económica. Por su parte, la guerra fría
facilitó la transferencia de tecnología y el suministro de materias primas de uso
industrial desde los Estados Unidos, o desde mercados bajo su control, hacia sus aliados
asiáticos con el fin de reforzar sus economías y «fortalecer la vía capitalista»,
única fórmula de contener el comunismo en la región.
Elemento clave para las
políticas de industrialización orientadas a la exportación en países como Corea del
Sur, Taiwán y en menor escala Hong-Kong y Singapur, resultaron ser la gran cantidad de
ayuda norteamericana ejercida desde mediados de los sesentas hasta principios de los
ochentas9, pero sobre todo lo ha sido la apertura del
mercado norteamericano a los productos asiáticos, en un contexto de crecimiento de la
producción y del consumo masivo, y de gran expansión del comercio internacional
impulsado por los propios Estados Unidos quienes, en una auténtica y quizás única era
de libre comercio, favorecieron de esta manera el despegue y la consolidación de las
economías asiáticas10.
Queda, por último, referirse a
uno de los fundamentos históricos de más larga duración en la tradición asiática, la
herencia confuciana. Reverenciado, oficializado, deshauciado, estigmatizado y reivindicado
a lo largo de su historia y en su propia tierra natal, el Confucianismo, ¡qué duda
cabe!, forma parte de las condiciones que explican el éxito del modelo asiático, en
tanto componente de una tradición compartida por el Este de Asia; sin embargo, no hay
unanimidad para evaluar su exacta dimensión e incidencia en tal fenómeno. Por ejemplo,
los seguidores de la tesis de Weber sobre la relación entre la ética protestante y el
desarrollo del capitalismo en Europa occidental, quieren encontrar un paralelismo entre la
ética confuciana y el desarrollo del capitalismo asiático, y le asignan, por
consiguiente, una importancia capital a dicho factor en la explicación del éxito
económico. Por su parte, los más escépticos cuestionan el por qué China, siendo la
tierra original del Confucianismo, no ha accedido al éxito económico, sino muy
tardíamente y, por el contrario, Japón y Corea del Sur primero, Malasia y Tailandia
después, se han convertido en centros industriales y económicos de importancia, sin ser
grandes reservorios de la tradición confuciana. Hay todavía quienes niegan alguna
aportación del Confucianismo, en tanto ideología conservadora, propia de la tradición
milenaria del sistema imperial chino, antítesis de la modernización económica
capitalista.
No se puede negar el carácter
controversial del Confucianismo, o aún del llamado Neoconfucianismo, en el contexto
explicativo del modelo asiático de desarrollo; sin embargo, si con este concepto aludimos
a aquella filosofía pragmática, cuasi religión, que es capaz de movilizar medios y
recursos en pro del éxito del Estado y la sociedad, que «reivindica el papel de la
educación en el desarrollo económico, el de la «meritocracia», es decir, los atributos
personales en la conformación de una burocracia eficiente; el papel de los exámenes de
ingreso en la preparación y capacitación de cuadros; la importancia del grupo en el
proceso de la producción; el autoperfeccionamiento humano, como forma de responder a los
cambios; la vocación de servicio y lealtad a la empresa, la disciplina social y la
adhesión a unas relaciones productivas armoniosas y no de confrontación, la búsqueda
del consenso para la toma de decisiones, etc, valores todos que están en la base de la
tradición confuciana»11, entonces el Confucianismo
sí tiene mucho que ver. Pero debe quedar claro que la explicación del éxito económico
está en la suma de factores y circunstancias, en donde la herencia confuciana es una
más.
III. Los actores del
modelo
No hay tiempo, ni lugar, para
un tratamiento exhaustivo de los actores y estrategias seleccionados, por lo tanto, nos
limitaremos a una identificación de los rasgos esenciales de cada uno de ellos.
Empezaremos por los actores y seguiremos con las estrategias.
1. El Estado, pionero y
promotor del desarrollo
Salvo contadísimas
excepciones, en el modelo asiático el Estado tiene un papel central y protagónico en la
vida económica. Desde esta perspectiva puede ser caracterizado como un Estado fuerte,
centralizado, vertical, autoritario y represivo, con alguna frecuencia bajo control
militar. También es reconocido como un Estado desarrollista, pionero, promotor,
interventor, inductor, concertador, mediador, proteccionista, paternalista y benefactor,
etc., y los adjetivos podrían seguir, pero ése no es el caso. De lo que se trata aquí
es destacar, por sobre otras cosas, su activo involucramiento en la planeación y el
cumplimiento de las metas económicas del proyecto nacional.
En una primera etapa, la
intervención del Estado se caracteriza por promover, tanto una rápida acumulación de
capital, como el progreso industrial, por la vía de la sustitución de importaciones,
tras el imperativo del desarrollo del mercado interno, o desarrollo hacia adentro»,
proceso en el que, por ejemplo, el Estado, dada su capacidad económica, puede iniciar
actividades económico-industriales en sectores de menor o escaso interés para los
inversionistas privados y, una vez productivos, los traspasa a estos últimos. En esta
misma dirección, pero con carácter mas permanente, el Estado propicia la cooperación
entre el sector público y privado, protegiendo y favoreciendo dicha interacción.
En una segunda etapa, que en el
caso asiático inicia más o menos paralelamente con la primera, el Estado promueve
abiertamente las estrategias de desarrollo orientadas hacia fuera con la idea de conducir
«a un mejor desempeño económico, en términos de exportaciones, crecimiento económico
y empleo, que las estrategias de desarrollo orientadas hacia adentro»12. Para el logro de tal efecto, el Estado empuja,
muchas veces compulsivamente, a sus empresarios hacia las actividades exportadoras vía
franquicias y facilidades tributario-administrativas y también vía subvención de
precios en el mercado interno.
La tercera etapa consiste en
impulsar decididamente las exportaciones más intensivas en tecnología y trabajo
especializado, concentrándose en una gama de productos de más alto valor agregado, lo
que no sólo incrementa su competitividad en el exterior, sino que en el interior estas
nuevas industrias de exportación ya no constituyen «enclaves de exportación» como la
primera etapa, sino que promueven elevados niveles de integración con una base industrial
local mucho más desarrollada, como diría Gereffi.
La originalidad asiática
dentro de todo esto consiste en haber creado una estructura dual, flexible, que promueve
tanto el desarrollo hacia adentro, como las exportaciones, alternándolas o
combinándolas, según las condiciones prevalecientes en el mercado regional o mundial y,
obviamente, en el hecho de haber llevado a cabo tal estrategia en un breve tiempo y con
mucho éxito. De allí, muy probablemente, su carácter paradigmático con que ha llegado
hasta nosotros.
De cualquier manera, la
experiencia asiática nos obliga a resituar y revalorar el papel del Estado en la vida
económica, particularmente frente a la retórica neoliberal que proclama su ineficacia y
propugna por su desaparición.
2. La empresa, núcleo
fundamental en la organización económica y social del proceso productivo
Tal como lo anuncia el
encabezado, la empresa es reconocida como el factor fundamental en la planeación,
organización, ejecución y administración económica y social de los procesos
productivos, distributivos y de consumo de bienes y servicios. En este sentido las
empresas japonesas y/o asiáticas poseen características similares a cualquier otra
empresa del mundo capitalista, en términos de administración, manejo del capital, de los
recursos humanos, tecnológicos, implementación de vínculos organizacionales, tanto
verticales como horizontales, acceso y articulación a una red nacional e internacional,
etc. ¿Dónde estaría entonces la peculiaridad del modelo?
La respuesta está
esencialmente en el «estilo y estrategias de la gestión administrativa», así como en
la habilidad para combinar y movilizar las ventajas comparativas. Esto puede tener varias
lecturas, entre las cuales está, sin duda alguna, su poderosa relación con el gobierno.
En efecto, la empresa se asume como parte, o contraparte indispensable de un Estado que, a
su vez, se muestra proclive al desarrollo de un empresariado que comparte el proyecto
nacional y que coadyuva a la construcción de esa comunidad de intereses entre la esfera
pública y privada, sin drásticas rupturas, para el logro de dichos objetivos nacionales.
El «estilo» se funda también
en el ejercicio de una administración flexible, creativa y profesionalizada, misma que va
acompañada muy frecuentemente de una visión a largo plazo en la planeación de la
actividad económica, lo cual es posible gracias a la implementación de una política de
coexistencia y complementariedad, que no de absorción o eliminación de las pequeñas y
medianas empresas, creando verdaderas redes organizacionales, tanto hacia atrás como
hacia adelante de los procesos productivos, a través de los mecanismos de la
subcontratación y la subsidiariedad.
Otro de los rasgos
característicos consiste en la promoción de la idea de la empresa como la «Gran
familia», idea inspiradora de una férrea cohesión interna sobre la base del desarrollo
de unas relaciones interpersonales intensas, sólidas, confiables y solidarias, a la vez
que eficaz ejecutara y exaltadora de la piedad filial que exige obediencia y lealtad en el
mundo laboral, por sobre cualquier otra virtud, en el cumplimiento de las metas
colectivas, que son siempre las de la empresa o conglomerado, por sobre alguna otra
aspiración individual.
No obstante lo anterior, hay
que reconocer también que las empresas y empresarios han sido grandes promotores de los
cambios y de los procesos de reconversión permanente, tanto industriales como
administrativos. Tales procesos han sido posibles gracias a la planeación estratégica
que permite, a su vez, la capacidad de anticipación de escenarios en la gestión
empresarial. La planeación, cuya base es la información disponible y la permanencia de
cuadros especializados. informados y eficientes, representa frente a otras experiencias,
una gran ventaja para la anticipación de futuros escenarios, Esta práctica es cultivada
tanto por el gobierno, como por las empresas; las experiencias se comparten y los
beneficios son recíprocos.
En definitiva, el éxito, la
expansión y el aumento de la competitividad de las empresas japonesas y asiáticas, no
sólo descansa en la flexibilidad, eficacia organizacional y operativo de las mismas, sino
sobre todo en el papel clave de sus extensas y altamente integradas redes de proveedores y
subcontratadores, no sólo de insumos y partes para subensamblar y ensamblar, sino
también para proveer de mano de obra suficiente y capacitada para trabajar en la, de por
sí, larga cadena productiva. La inversión en recursos humanos y la adecuada
articulación de la educación con los procesos de crecimiento y desarrollo económico ha
sido, desde antiguo, una de las ventajas asiáticas.
En la habilidad y pragmatismo
para combinar y movilizar todas las ventajas comparativas e integrarlas en un extenso
sistema, o red operativo, en cuyo eslabón final siempre estará la eficacia y pertinencia
de las comercializadores, reside mucho de la sobrevivencia, expansión y éxito de la
empresa japonesa y asiática.
3. Los trabajadores, de la
polivalencia y funcionalidad a la deshumanización.
En cuanto al comportamiento y
naturaleza del tercer actor del modelo, es decir, de los trabajadores, hay que decir que,
el Japón, como cualquier sociedad que ha estado sometida al impacto subordinador y
uniformizador del capitalismo, bajo cuyo influjo ha realizado la tarea de la
industrialización y modernización económica, ha recibido de este el préstamo de una
serie de usos, prácticas y métodos organizacionales respecto de los procesos de trabajo,
cuyo valor y vigencia es indiscutible y muy bien podrían corresponder a cualquier modelo
de relaciones industriales dentro del capitalismo. En este sentido nadie podría negar que
el Japón recibió ciencia, ingeniería, tecnología, instituciones y prácticas
administrativas de los Estados Unidos que hoy día continúan funcionando en fábricas y
empresas de ese país.
No obstante, tampoco nadie
podría negar que, junto a aquéllas, han prevalecido una serie de prácticas y usos de
muy larga tradición, propias del desarrollo histórico y cultural del Japón, que han
singularizado las formas de empleo, la determinación de salarios, la organización
sindical y, sobre todo, la peculiar relación entre el trabajador y la empresa frente a
cualquier otro «modelo» alternativo de relaciones industriales. He aquí que la
singularidad del modelo japonés consistió en haber creado el sistema de empleo de por
vida, la determinación de salarios por antigüedad y el sindicato por empresa, o de la
casa; es decir, los llamados «pilares de oro» que, aunque coexisten con otros
componentes y prácticas del sistema, lo determinan en gran medida.
Desde otra perspectiva se
podría coincidir en que, tanto el Taylorismo, el Fordisrno, como el Toyotismo, buscan
mejorar la producción y las ganancias a través de la racionalización de los procesos de
trabajo. Así, en cuanto a los objetivos son similares, pero entonces, ¿Donde está la
diferencia del «modelo japonés»? En la existencia del «espíritu Toyota» diría
B. Coriat13, mismo que alude a una integración
funcional entre la tradición japonesa y las modalidades y prácticas del moderno
capitalismo occidental, cuyo resultado es la estructuración de un modelo japonés de
relaciones industriales que «acondicionó y funcionalizó el factor trabajo y algunas de
sus prácticas tradicionales» en pro del proyecto nacional del Japón de la posguerra14, enfatizando valores como «armonía laboral»,
«lealtad a la compañía», «indestructibilidad del equipo de trabajo», etc.
indispensables para el éxito de la «Gran familia», que es el éxito de todos:
obrero-patrón, sindicato y empresa, individuo y equipo de trabajo; en suma, el logro del
objetivo básico, es decir, la armonía entre capital y trabajo.
El «modelo» requiere de
trabajadores polifuncionales, con una alta rotación vertical, o intraempresa, y una
escasa rotación horizontal, o interempresa, dado el sistema de empleo de por vida y la
determinación de salarios por edad y antigüedad en la empresa, mecanismos que arraigan y
flexibilizan al trabajador frente a la variación de tareas, asignación de turnos,
variación de funciones como resultado de innovaciones tecnológicas, e incluso, solicitud
de tiempo extra sin mayor remuneración.
Bajo las modalidades del
«Equipo de trabajo» y constitución de los «Círculos de calidad», valores e
instancias organizativas dentro de los procesos de trabajo altamente apremiadas dentro del
modelo, se impulsa la llamada «Participación integral» en la planeación y toma de
decisiones en el proceso productivo, proceso que articula e integra intereses y puntos de
vista de la base a las instancias jerárquicas superiores para favorecer la construcción
del consenso y facilitar la toma de decisiones en cuanto a las metas y objetivos de la
empresa. Esta práctica, así como la socialización de conocimientos y experiencias al
interior de los «Equipos de trabajo» y «Círculos de calidad», en un proceso de
capacitación efectiva y permanente en el trabajo, ha hecho exclamar a más de algún
analista que se está frente a una suerte de «democracia industrial». Refuerza esta
impresión el hecho de que en la línea de producción los "especialistas e
instructores» son pocos, los operadores efectivos son muchos, puesto que el modelo «...
no prevé tareas empobrecidas y deterioradas, así como tampoco prevé un control
burocrático desde arriba. Al contrario los trabajadores trabajan en grupo, conocen todas
las operaciones que han de realizar, intercambian frecuentemente sus funciones y
participan con sugerencias inteligentes en el mejoramiento continuo»15,
tanto de los procesos de trabajo, como de los propios productos.
Ahora bien, es un hecho que el
cabal funcionamiento del modelo «requiere -tal como lo expresa Bonazzi- un ambiente
social absolutamente favorable y una gran dedicación al trabajo» hecho que se ha
traducido en extensas e intensas jornadas de trabajo que, a menudo, extenúan, enajenan y
deshumanizan al trabajador, grave costo social que no sólo contradice el éxito
económico del modelo, sino que también deja al desnudo su naturaleza pragmática,
funcional, injusta y explotadora.
IV. Las grandes
estrategias del modelo
Más que en los actores y
componentes, es en el terreno de las estrategias donde verdaderamente se pueden apreciar
las especificidades de un modelo de desarrollo. En efecto, las corporaciones
multinacionales japonesas desplegadas por toda la región del Asia Pacífico poseen
características generales similares a cualquier otra transnacional en el área; sin
embargo, a la hora de examinar los estilos y estrategias de la gestión administrativa,
aparecen las especificidades. En este sentido podríamos decir que, en general, las
peculiaridades del sistema japonés yacen en los poderosos vínculos que sostiene la
empresa con el gobierno, en el carácter de «misión nacional» que otorga a sus
acciones, en la articulación «keiretsu», en el papel clave jugado por las
comercializadoras dentro de los procesos productivos y distributivos; en los suministros
«justo a tiempo», en la reconversión industrial permanente y en el mejoramiento
continuo; en la conformación de los «equipos de trabajo» y «círculos de calidad»,
pero sobre todo, y como ya se ha dicho, en la habilidad para combinar y movilizar todos
aquellos factores o especificidades en una estrategia única que, no sólo favorece la
expansión de los negocios japoneses, sino también la reproducción de su modelo a una
escala cada vez mas global. Empezaremos nuestra explicación por este último rasgo.
1. Los 7 Samurais en acción
Con esta denominación se alude
a la existencia de 7 factores que, asociados y/o combinados entre sí, conforman un
formidable aparato estratégico en pro del Japón y de la «japonización» del Asia
Pacífico. En primer lugar tenemos a la Administración, representada por un
disciplinado, experimentado y cohesionado equipo de administradores y gerentes; herederos
de la larga tradición japonesa en el mundo de los negocios, pero armados de las modernas
técnicas de mercadeo, cuya ideología basada en valores como la antigüedad, lealtad y
responsabilidad colectiva, los capacita y proyecta para contender con los desafíos que
plantean los diferentes escenarios de la regionalización y globalización económica.
El segundo Samurai lo
constituye la Tecnología cuya evolución, desde las etapas de la plena
dependencia, imitación y compra desde mercados de acervos tecnológicos internacionales
(Estados Unidos principalmente), posibilitó al Japón para desarrollar sus propias
capacidades de innovación tecnológica, no sólo para hacer de la tecnología algo
comercialmente factible, sino sobre todo para transitar con paso seguro hacia la «Era del
conocimiento intensivo», que garantiza mayor eficacia en los procesos productivos y mayor
autonomía en la gestión económica-comercial. Aún cuando en este terreno la brecha
entre el Japón y los NIC's es todavía notable, los esfuerzos de estos últimos por
reducirla son ya importantes.
El tercer Samurai lo representa
el Capital, recurso básico que permite activar y reproducir el «circulo virtuoso
de la economía», según palabras de Saburo Okita. Desde su reacumulación, en la mediata
posguerra, la formación y reproducción de capitales se ha visto favorecida por los
ahorros en defensa y también por la alta tasa de ahorro individual, hasta constituirse
progresivamente en un gran fondo de recursos propios que ha capacitado al sector
financiero, especialmente los grandes bancos, para proveer de capital suficiente para la
implementación del proyecto nacional de la industrialización y rápido crecimiento
económico, orientado a la exportación. Si bien ha existido el libre acceso a los
mercados de capitales internacionales en determinados momentos de la era de la posguerra,
se podría decir que el financiamiento del crecimiento y desarrollo económico japonés ha
sido, esencialmente, con recursos propios. De ahí su autonomía e internacionalización.
Al respecto, Taiwán y Hong-Kong han contado con mucho de esta pre-condición, y Corea del
Sur, después de reducir drásticamente su pesada deuda externa, accede a ella. Por lo
pronto, estos tres países son ya exportadores de capitales a la región.
El apoyo gubernamental caracterizado
ya en el apartado sobre la gestión del Estado, representa al cuarto Samurai. Alude a los
vínculos, tanto formales como informales, que existen entre los hombres de negocio,
políticos, élite burocrática y agentes gubernamentales, en donde éstos últimos
lideran y propician una atmósfera favorable al cumplimiento de las tareas y metas del
proyecto nacional. En este sentido, el gobierno asume claramente el papel de gran
concertador, es decir, convoca, inicia, innova y apoya, junto con los hombres de negocio
(empresarios, industriales, banqueros), políticos (partido gobernante) y élite
burocrática, dependiendo si se trata del medio ambiente nacional o internacional, los
esfuerzos de esta «gran combinación» -como diría Lockwood- para llevar a cabo lo
propuesto.
El quinto Samurai está
representado por esa extensa Red Internacional de información, oficinas, agencias,
representaciones, empresas, comercializadoras, etc. -desarrollada en los últimos 30
años- para trabajar en pro del Japón (Japan lnc.). Esta estrategia. se ha contituido en
un elemento clave en la capacitación de las multinacionales japonesas para alcanzar una
posición dominante en la arena de los negocios internacionales. No se puede dejar de
mencionar como partes efectivas e imprescindibles de esta red a las comercializadoras
(«Sogo Shoshas"), los Bancos, con sus respectivas filiales internacionales, las
agencias gubernamentales como JETRO (Japan External Trade Organization), la OECF (Overseas
Economic Coorporation Fund), la Asistencia al Desarrollo Exterior (ODA, en su sigla en
inglés) y el muy particular esfuerzo y gestión del MITI, es decir, del Ministerio para
la Industria y el Comercio Internacional.
El sexto Samurai lo constituye
el Keiretsu es decir, la organización vertical y horizontal de grupos que
integran el sector de los negocios, industrias, bancos, etc. lo que ha creado un muy bien
integrado y eficiente cuerpo para contender con cualquier circunstancia, desafío o
competitividad, tanto en el ámbito interno como externo. En este sentido, la estrategia Keiretsu
supone la existencia de relaciones de largo plazo, intensivas, solidarias y leales, a
la vez que multifacéticas, entre las empresas japonesas. Muchas de las grandes empresas
japonesas son parte de un Keiretsu; es decir, de una cadena o serie de
empresas articuladas, dentro o para un proceso productivo, o un negocio. Por ejemplo, el
Grupo Fuyo, con más de 30 empresas, tiene el Fuji Bank como su centro de finanzas y a la
Marubeni como su brazo comercializador; el Grupo Mitsubishi, también con más de 30
empresas asociadas, el Mitsubishi Bank como su corazón financiero y el Mitsubishi Shoji
como su agente comercializador. Lo mismo ocurre con Dai-Ichi Kangyo, Mitsui, Sumitomo,
Sanwa y Tokai16, otros grandes conglomerados
japoneses.
Las relaciones de producción
tipo Keiretsu, las cuales se aplican a la mayoría de los segmentos de la cadena
productiva, posibilita que proveedores y consumidores lleguen a desarrollar vínculos muy
familiares y a constituirse en estrechos colaboradores lo que, por un lado, es muy
importante para alcanzar altos niveles en la producción y en el control de calidad
requerido, con gran ahorro de costos en la producción y comercialización y, por el otro,
lograr relaciones muy estables y duraderas ya que, por esta vía, una empresa puede ser
accionista de otras empresas del mismo grupo. No cabe dudas, la estrategia Keiretsu
está en la base de la subcontratación y en la tendencia de los japoneses para
trabajar corporativa y cooperativamente en grupos, usar sus propias fuentes de
financiamiento, generar y diversificar su propia producción, utilizar sus propias
asociaciones comerciales y comercializadoras, tanto para distribuir sus productos, como
para recolectar información al respecto, lo que representa una ventaja competitiva
indiscutible frente a otras transnacionales.
El séptimo Samurai esta
representado por el Sentido de Misión Nacional que, tanto el gobierno, como la
empresa, le imprimen a sus acciones y recomendaciones. La idea es involucrar a la mayoría
nacional, sobre todo los trabajadores, en pro de la grandeza del Japón, de la «Japan
lnc», que es la empresa de todos. Para algunos este sentido de misión nacional
desarrollado por los japoneses representa una cierta clase de «mentalidad imperial» de
la cual habría que precaverse. Sea como fuere, se trata de una ideología de tipo
nacionalista que, consciente o inconscientemente penetra a todos los sectores sociales,
incluidos por supuesto, el mundo de los negocios, para motivar más fácilmente el logro
de las metas propuestas que son, a la vez, las de toda la nación japonesa.
En definitiva, gran parte de la
fuerza y competitividad de la estrategia japonesa esta precisamente, como ya se ha
destacado, en la habilidad para combinar y movilizar estos llamados 7 Samurais en un
sistema integrado, operativo y eficiente, que ha probado ser muy efectivo para contender,
no sólo con las necesidades de una «planeación racional de la economía» como diría
Ch. Johnson, sino también para responder a los desafíos de la globalización desde la
perspectiva del capitalismo japonés.
Para comprobar la efectividad
de esta formidable estrategia, así como para confirmar la gradual «japonización» de la
región del Asia Pacífico que hemos venido sustentando en el presente trabajo, basta
mencionar una cifra: en 1986 existían, en números acumulados, un total de 2.487 empresas
japonesas en el este y sureste de Asia, número que en 1995 había ascendido a las 7.492
empresas, es decir, un aumento de más del 300%17.
Los números hablan por sí solos.
2. La estrategia del
suministro «Justo a tiempo» o «Kan-ban»
Independientemente de toda la
discusión respecto de la representatividad de la experiencia japonesa en materia de
producción industrial, esta estrategia, ya ampliamente reconocida como «Toyotismo», se
basa en la eliminación de los recursos redundantes, considerados despilfarros, con el fin
de hacer más eficiente y racional un sistema productivo. Para el logro de tales objetivos
se requiere: «menos existencias (stocks), menos espacio, menos movimientos de materiales,
menos tiempo para preparar la maquinaria, menos personal, menos aparatos informativos y
tecnologías más austeras»18, condiciones todas que
facilitarán el suministro oportuno de las materias primas, insumos o materiales que se
van a elaborar o ensamblar en una ordenada y precisa cadena productiva. En este sentido,
para el cabal funcionamiento, dicho sistema requiere, como ya se ha dicho, de «un
ambiente social absolutamente favorable y de una gran dedicación al trabajo» y de la
posibilidad de poder interrumpir y echar a andar el proceso de producción, en sus
diferentes etapas, sin mayor pérdida de tiempo, condición que Coriat ha bautizado como
«autoactivación de la producción» que, no sólo permite la alta rotación y
polifuncionalidad del personal, sino también la flexibilidad del proceso productivo para
adaptarse, en términos de procesos de trabajo y en términos de productos terminados, a
las variaciones del mercado, lo cual garantiza la posibilidad de desarrollar mejores
ventajas competitivas a las empresas japonesas.
Otras dos condiciones básicas
para el funcionamiento adecuado del «Kan-ban» es la integración fabril, es decir, la
cercanía de los proveedores a la empresa líder (de la cual la Ciudad de Toyota es uno de
los mejores ejemplos) y la adecuada alternancia del trabajo humano directo con la
utilización de los robots en la línea de producción, sin que el trabajador pierda la
capacidad para llevar a cabo las diferentes tareas que le son asignadas, ni tampoco pierda
la idea global de todo el proceso productivo y su capacidad para incidir sobre él y
adaptarlo. Es mas, la distribución de la línea de producción se organiza en forma de
«U», de manera que el comienzo y final de esa fase productiva están la una junto
a la otra, lo que permite al trabajador no sólo tener mejor idea del proceso, sino hacer
más efectiva la «supervisión ocular».
El detonante del sistema está
en la demanda del mercado y no en la inducción del comportamiento del mismo, de allí que
el «justo a tiempo» regula también la relación entre el cliente final y los programas
de producción, que son elaborados al objeto de que presenten la mayor flexibilidad y
sensibilidad posible a las variaciones del mercado»19.
La expresión popular de que «el cliente manda», es aquí efectiva. La respuesta por
parte del sistema se ha traducido en la diversificación, que no la estandarización, de
la producción, lo cual permite producir solamente la cantidad necesaria de partes y
productos, con el consiguiente ahorro de costos por almacenamiento y comercialización,
entre otros.
Es indiscutible que una
estrategia de producción industrial como el «justo a tiempo» resulta eficientísima, si
todo funciona de acuerdo a lo previsto y existen las condiciones propias para ello, pero
¿qué ocurre cuando éstas no se dan? La respuesta nos lleva al terreno de los
detractores y críticos del sistema para quienes el correcto, coordinado, justo y preciso
accionar del modelo supone una excesiva y estresante carga de trabajo. En efecto, cuando
decimos que para su óptimo funcionamiento se requiere de un ambiente social favorable y
de una sociedad proclive al trabajo, no podemos dejar de pensar en el propio Japón en
donde dicho modelo se ha originado y ha tenido éxito, porque allí existen aquellas
condiciones; sin embargo, sería muy diferente para una sociedad como la nuestra, en
occidente, que teme que la «japonización» se traduzca en un empeoramiento de las
condiciones generales de trabajo: es decir, trabajo más intensivo, jornadas más
prolongadas, sindicato más subordinado y obsecuente con las exigencias de la empresa;
trabajo más reponsable y comprometido; más flexible, pero más diligente; más de grupo,
pero más controlable; menos burocrático, pero más compulsivo y enajenante20. En definitiva, un modelo no deseable.
Así, pensar que un paquete de
usos y prácticas laborales desarrolladas en el contexto japonés sean fácilmente
transferibles a nuestra realidad, está difícil; no obstante el contexto asiático del
Pacífico es otra cosa, la proliferación de las multinacionales japonesas y sus
respectivos Keiretsu en el área, no han hecho otra cosa que facilitar la adopción
y expansión del modelo.
3. Participación integral y
«democracia industrial»
El concepto de la Participación
integral dentro de la producción industrial japonesa, alude a aquella estrategia que
integra a patrones, gobierno (cuando éste actúa como patrón) y, sobre todo a
trabajadores, en la planeación y toma de decisiones respecto del proceso productivo. Lo
peculiar de ésto es la participación de los trabajadores en dicho proceso,
participación que no sólo se limita al perfeccionamiento de las operaciones rutinarias y
a la colaboración para solucionar los problemas planteados en la línea de producción de
forma inmediata, sino también en las instancias de planeación mas profunda y a más
largo plazo, como por ejemplo, lo relativo a los flujos y calidad de la producción, las
asignaciones de tareas que de ello se desprenden, así como las innovaciones tecnológicas
y uso de nuevos materiales que se requieran para tales efectos, Todo esto presupone una
elevada capacidad profesional y un gran compromiso de los trabajadores para con su trabajo
y su empresa.
La participación integral supone
el desarrollo de actitudes y prácticas bien precisas. Entre las primeras está, sin duda
alguna, la flexibilidad frente a los nuevos métodos de producción y ante la negociación
de las condiciones del trabajo. Si para los empresarios flexibilidad quiere decir
capacidad para variar los niveles y tipos de producción; combinar, substituir y/o adecuar
programas y estrategias a fin de responder con celeridad tanto a la necesidad de
implementación de nuevos procesos productivos, como para fabricar, a su vez, nuevos
productos demandados por el mercado; flexibilidad para los trabajadores quiere decir,
antes que nada, relación y negociación colectiva permanente con la empresa, haya o no
sindicato; flexibilidad ante los tipos de salarios, funciones y niveles de empleo, y
asignación de jornadas de trabajo. Flexibilidad quiere decir también apertura y mayor
capacidad para asumir las distintas operaciones y/o funciones derivadas de las
innovaciones tecnológicas, así como aceptación de prácticas de empleo atípicas como:
contratos por tiempo parcial, trabajo por actividades determinadas e, incluso, la
aceptación de préstamos laborales en otras empresas, si la situación lo requiere. En
definitiva, la participación integral requiere de una mano de obra polifuncional,
comprometida, diligente y flexible.
Una de las expresiones más
concretas de la participación la encontramos en la constitución del «Equipo de
trabajo» o cuadrilla que, como ya se ha descrito anteriormente, se refiere a la
práctica de trabajar juntos de ingenieros y obreros, de antiguos como nuevos operarios,
en un muy bien cohesionado y comprometido «Equipo» que se adapta constantemente a la
variación de tareas o funciones, que se ayuda para detectar anomalías y defectos, y
colabora entre sí para solucionar los problemas planteados en el proceso productivo, todo
ello con la idea de cumplir estrictamente con las metas productivas propuestas, En la
conformación y funcionamiento del «Equipo» predomina lo colectivo por sobre lo
individual, no existe una tajante división del trabajo entre ingenieros y obreros, o
entre trabajadores de cuello blanco» y «cuello azul»; las instancias de supervisión e
instrucción desde arriba y desde fuera son mínimas, los salarios son más o menos
homógeneos y las posibilidades de promoción a largo p lazo (la carrera) son amplias y
abiertas para todos. La efectividad y alcance del «Equipo de trabajo» no es
cabalmente comprendida sin el complemento de otra instancia de participación colectiva,
como lo son los Círculos de calidad.
En efecto, los Círculos de
calidad reúnen voluntaria, pero sistemáticamente, a trabajadores de una sección,
línea o departamento, para discutir e intercambiar experiencias en torno de la
utilización de técnicas, metodologías y esquemas organizacionales en los procesos
productivos e instancias administrativas con la finalidad del logro de la «Calidad
total», o el «cero-defecto» sin aumento de costo, en el producto o servicio final.
En este sentido, dicha estrategia supone una relación dinámica entre proveedor y cliente
«regulada por la autocertificación de la calidad del insumo - producto, o de la
prestación efectuada», proceso que ha dado origen a un estricto «Control de
calidad» para garantizar el objetivo del cero-defecto.
Lo que por ahora nos interesa
destacar es la articulación dialéctica entre «Círculos de calidad», «Calidad
total» y «Control total de calidad», estrategia que no sólo posibilita la
eliminación rápida, oportuna y económica del defecto detectado por los propios
trabajadores, incorpora y garantiza el requisito de la calidad en todo el proceso
productivo, eliminando progresivamente los controles foráneos, sino que también vincula
directamente la calidad con la flexibilidad de los programas productivos y las exigencias
de consumidores y usuarios, con lo que se cierra el círculo económico.
Dentro de los subproductos de
la estrategia «Equipo de trabajo» y «Círculo de calidad» están, sin
duda alguna la capacitación continua en el trabajo de obreros y empleados, y el Kaizen,
que no es otra cosa que el mejoramiento continuo de los procesos productivos a través
de la discusión, experimentación y comprobación de posibles cambios y ajustes de dicho
proceso, que en nuestro medio denominaríamos «proceso de reconversión industrial
permanente», y que en la experiencia japonesa convoca e involucro a toda la comunidad de
la empresa, desde los gerentes a los trabajadores de base, dándole forma y contenido
concreto a lo que aquí hemos denominado «Participación integral».
4. La subcontratación
Ya nos hemos referido a la
subcontratación y subsidiaridad como uno de los rasgos distintivos de la empresa
japonesa- corresponde ahora subrayar su eficacia como estrategia del sistema. Al respecto,
lo que hemos llamado la «Funcionalidad de la subcontratación» constituye otra de
las grandes estrategias del modelo japonés que deseamos incluir en el presente trabajo.
Profundamente enraizada en la tradición japonesa que, desde los inicios de la
industrialización capitalista, ha mantenido la dualidad, coexistencia y complementariedad
entre la pequeña y mediana empresa y el gran complejo industrial, la subcontratación
identifica hoy día a esa compacta y bien integrada red de colaboradores, estructurado en
base a «relaciones de confianza, recíproca transparencia y contratos a largo plazo» que
le caracterizan.
Las relaciones de
subcontratación van más allá de los lazos contractuales, costos de los insumos y del
mero suministro de partes dentro del conglomerado; se ubican en la perspectiva de
políticas y acciones planeadas a largo plazo, en la transferencia de tecnología y apoyo
financiero, si el caso lo amerita, en el aseguramiento del mercado y en la colaboración
plena y leal entre los asociados.
Desde el momento mismo en que
los subcontratistas son elegidos, después de una cuidadosa selección que
fundamentalmente ha considerado la capacidad de dicha subcontratante para colaborar con la
empresa líder, se inicia la referida relación a largo plazo que implica, a su vez, una
permanente interacción que va desde la planeación inicial de la producción del
suministro, su constante mejoramiento y sofisticación, hasta la completa seguridad en el
abastecimiento. Por otra parte, las relaciones subcontratantes, aparte de reducir costos y
asegurar suministros reducen y evitan problemas laborales a las empresas líderes porque,
en última instancia, son las que, tienen que contender con el empleo, particularmente en
momentos de crisis económica.
5. El sistema japonés de
relaciones industriales
Por último, como se ha
anticipado páginas anteriores, una de las grandes estrategias del éxito económico
japonés lo constituye, sin duda alguna, su peculiar sistema de relaciones industriales,
adoptado desde la primeras décadas del presente siglo, una vez culminada la primera
revolución industrial, reestructurado y consolidado en el llamado ciclo de la posguerra.
En este sentido, hay cierto consenso para señalar que el tránsito hacia el crecimiento
económico se ha hecho, al menos en parte, combinando (y explotando) ciertas prácticas e
instituciones tradicionales de la sociedad japonesa con las modalidades y prácticas del
moderno capitalismo occidental. Fue en esta convergencia, entre tradición oriental y
modernidad occidental, donde se fraguó el sistema japonés de relaciones industriales
que, no sólo está en la base del referido éxito económico, sino que proporciona el
contexto histórico, social e ideológico adecuado para que funcionen las demás
estrategias del sistema.
El modelo japonés de
relaciones industriales se sustenta en los siguientes componentes fundamentales: «el
sistema de empleo de por vida o vitalicio; el sistema de salarios por edad y antigüedad
en la empresa; el sindicalismo por empresa, o «de casa», y un conjunto de normas
sociales predominantes en la empresa que regulan en gran medida las relaciones en el mundo
del trabajo. En síntesis, dicho sistema garantiza el empleo, el incremento automático
del salario y la defensa sindical al trabajador desde el momento en que ingresa a la
compañía como empleado regular, entre los 17 y los 22 años, hasta que se retira de la
misma, entre los 55 y los 60 años de edad. Durante ese tiempo el trabajador recibirá
todo el entrenamiento que la empresa proporcione y usará su habilidad cuando, donde y
como ésta lo decida, dado que la empresa se ha constituido en su propia y «gran
familia», cuyo éxito o fracaso es el suyo propio»21.
Así, aunque limitado y
excluyente, pues sólo beneficia a una minoría de los trabajadores japoneses, es un hecho
que el sistema «contribuyó definitivamente a estructurar un sistema estable y eficiente
de relaciones laborales acorde, además, con el modelo y las metas económicas propuestos
por el proyecto nacional triunfante; creó y aseguró un ambiente favorable a unas
relaciones obrero-patronales predominantemente armoniosas entre los factores productivos,
particularmente entre el capital y el trabajo; permitió la falta de correspondencia entre
la productividad y los salarios favoreciendo, por tanto, la explotación de un gran
contingente de mano de obra industrial y, por último, permitió un sistemático control
de una fuerza de trabajo no sólo flexible ante los cambios tecnológicos y
administrativos, sino alineada en función del crecimiento económico del país, más que
del suyo propio22.
Creo, finalmente, que no hay duda alguna acerca de la
incontrarrestable siempre creciente presencia japonesa en la región del Pacífico
asiático. Este fenómeno se aprecia en todo lugar y a toda hora: en los comercios por la
cantidad y calidad de productos que se expenden, siempre por sobre los estándares
locales; en las fábricas, por la cantidad de máquinasherramientas que se utilizan en la
producción local, proceso que también supone una gravitación y dependencia
tecnológica, en donde el Japón predomina por sobre cualquier otro país industrializado,
etc. Y, si nos atenemos a los flujos de inversión y cantidad de empresas extranjera que
se instalan allí, al volumen del comercio exterior, particularmente las importaciones,
los procesos de suministro y participación tecnológica y, sobre todo, a la difusión de
los esquemas organizacionales y operativos en el campo de la producción y de las
relaciones industriales, etc. la presencia japonesa es, como se apuntó mas arriba,
incontrarrestable. Entonces, no es exagerado sostener que un proceso de «japonización»
está teniendo lugar en la región del Asia Pacífico, con todas sus ventajas y
agravantes. Mientras tanto, sería muy bueno saber qué está pasando en nuestra América
Latina con respecto a los paradigmas asiáticos. ¿Es que ya estamos expuestos a los
procesos de japonización?
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- Ibid, p. 13.
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