La productividad media de la
empresa latinoamericana es apenas un tercio de la correspondiente a las empresas de los
países desarrollados. Cerrar esta brecha de productividad requiere de una modernización
tecnológica, tanto de los equipos y tecnologías de proceso, actualmente muy anticuados,
como de las formas de organización del trabajo y de la producción, también sumamente
atrasados. Sin embargo, se mira tal modernización con reticencia, puesto que se teme que
la contrapartida de tal aumento en la productividad sea una disminución en el empleo.
Primero, es cierto que la
tecnología elimina empleos, pero son viejos empleos de baja productividad, mientras que
genera empleos nuevos que suelen ser de una productividad alta. Ese no sólo ha sido el
caso histórico después de la Revolución Industrial, si no también se repite hoy. Por
ejemplo, un trabajo reciente1 demuestra que el
crecimiento industrial chileno ha sido caracterizado por un aumento significativo de
empleos de alta productividad. Sin embargo, no se notó tanto con los datos agre gados
sobre empleo total puesto que junto al fuerte aumento de los empleos de alta productividad
simultáneamente se eliminaron muchos empleos de baja productividad. De ahí que aún
persista la duda del efecto neto sobre el empleo de la modernización tecnológica.
En segundo lugar, el temor de
la tecnología se funda en la extrapolación errada de una observación cierta. En efecto,
la tecnología suele ahorrar trabajo. Mas se tiende a olvidar que la tecnología también
suele ahorrar capital. En le medida que el ahorro de capital sea proporcional o mayor al
ahorro de empleo, el efecto neto sobre el empleo será de incrementar el empleo
extrapolación errada de una observación cierta. En efecto, la tecnología suele ahorrar
trabajo. Mas se tiende a olvidar que la tecnología también suele ahorrar capital. En le
medida que el ahorro de capital sea proporcional o mayor al ahorro de empleo, el efecto
neto sobre el empleo será de incrementar el empleo productivo. Pues el capital ahorrado
podrá utilizarse para generar más empleo en éste o cualquier otro rubro.
De hecho, los adelantos
tecnológicos más llamativos de los últimos años -informática, electrónica,
transporte, biotecnología, comunicaciones y nuevos materiales- son claramente mucho más
ahorrativos de capital que de trabajo. Hoy en día una calculadora de bolsillo de US$10
hace más rápidamente lo que hacía una calculadora electromecánica pesadísima de
US$500 unos 25 años atrás. Todo ese ahorro -$490- es un ahorro en capital (materiales y
equipos), y, por consiguiente, tiene un efecto neto positivo sobre el empleo. Asimismo, en
el transcurso del tiempo ha mejorado la calidad, mientras que han caído los precios de
los televisores, de las videograbadoras, de los reproductores de cassettes y, en general,
de todos los artículos electrónicos. Toda esta reducción en costo es básicamente de
materiales y equipos, o sea, un menor gasto de capital, lo que permite generar empleo
productivo neto.
Cosa similar sucede en el campo
del transporte aéreo, donde los adelantos tecnológicos han permitido transportar más
pasajeros, más rápidamente y a mucho menor costo (unitario), ahorro en capital que
significa un mayor efecto neto a favor del empleo productivo.
La biotecnología ha permitido
el desarrollo de nuevas variedades de semillas, de mayor rendimiento por hectárea y más
resistente a plagas e insectos, así como de nuevas razas más productivas de animales.
Ambos significan un mayor aprovechamiento del capital, sea este la tierra, sea este el
stock de ganado. Asimismo, los enormes avances en las telecomunicaciones han significado
un número mucho mayor de las llamadas telefónicas por línea de tendido (así como
mejora en la recepción) lo que ha significado una fuerte caída de los precios y en
especial, los costos de capital. Finalmente, los adelantos en las técnicas de extracción
han hecho rentables minas y pozos que de otro modo no eran viables en el pasado, mientras
que el desarrollo de nuevos materiales ha significado fuertes ahorros en material y
energía, y un mucho mayor aprovechamiento de los recursos metálicos disponibles. De
nuevo, estos adelantos tecnológicos han significado «extender» y aprovechar mejor el
capital disponible y, por ende, implican un mayor empleo productivo.
Por cierto, a final de cuentas
es un asunto empírico si la modernización tecnológico es relativamente más ahorradora
de capital o de trabajo. Mas, como muestran estos ejemplos ilustrativos, de ninguna manera
es ahorrativa sólo de mano de obra. De hecho si este listado de avances fuera
representativo, no cabría duda que la modernización tecnológica del presente
significaría, igual que en el pasado, no sólo una mayor productividad si no un mayor, y
no menor, nivel de empleo.
Por último, guste o no, la
modernización es un hecho. Poco puede hacerse para frenarla. Lo que sí es más sensible
a la política económica es la difusión de esa modernización tecnológica a lo largo de
todo el aparato productivo del país. Y, como demostraré a continuación, una difusión
más rápida de la modernización tecnológica es inequívocamente positiva para el
empleo, así como para la distribución del ingreso.
En efecto, típicamente se
compara modernización con ausencia de modernización. De hecho, si la modernización es
inevitable, la comparación relevante es una modernización tecnológica lenta o una más
rápida. La Figura 1 grafica la difusión de un avance tecnológico en el transcurso de
tiempo. Esta suele tener la forma de una curva S. Al principio, un porcentaje
relativamente bajo de empresas (las más aventuradas) adopta la tecnología más avanzada,
de tal modo que, por un tiempo, sólo una pequeña fracción de empleos son de alta
productividad, mientras el grueso de los empleos son de baja productividad, con la antigua
tecnología. Como el grueso de los trabajadores son de baja productividad, las empresas
modernizadoras no tienen que pagarles su mayor productividad a los trabajadores y les
basta pagarles algo más que el salario y productividad en las demás empresas del país;
es decir, su costo (de oportunidad) en esta fase está dado por la baja productividad del
grueso de las empresas. De ahí que, durante esta fase inicial, mientras la mayoría de
las empresas no hayan adoptado la tecnología moderna, los salarios crecerán más
lentamente que la productividad, lo que implica un deterioro en la distribución del
ingreso.