"Cambios estratégicos
en las políticas industriales"

Edición No, 51
Julio - Septiembre 1997

¿Hacia una geopolítica del caos?
Ignacio Ramonet
Periodista español. Director de Le Monde Diplomatique.

    Con autorización de la editorial se reproduce el epílogo del libro «Un mundo sin rumbo. Crisis de fin siglo», de Ignacio Ramonet, publicado en la editorial española Debate.

    Texto de la reseña del libro «El ritmo precipitado y la profundidad de las transformaciones geopolíticas desde 1989, impresionan, sorprenden, aturden... ¿Anuncian estas transformaciones una era de grandes turbulencias? La caída de los regímenes autoritarios de la Europa del Este, la unificación alemana, la guerra del Golfo, la implosión de la URSS, la globalización de la economía, el renacimiento de China, la nueva hegemonía de Estados Unidos y el doble fracaso del comunismo y del ultraliberalismo, trastornan los escenarios estratégicos y diseñan un nuevo paisaje planetario. ¿A qué se asemeja éste? ¿Qué Estados, qué fuerzas, qué ideas emergen en este contexto? ¿Cuál es el sistema de pensamiento dominante? ¿Qué oportunidades y qué riesgos se plantean al ciudadano? A partir de ahora, Estados Unidos debe tener en cuenta la rivalidad de los otros dos polos de prosperidad: Europa y Japón. Pero este tríptico triunfante se ve desafiado a su vez por los países emergentes y por el desencadenamiento de los odios étnicos, nacionalistas o religiosos, que estallan en este fin de siglo. Debe hacer frente también al desfondamiento del sur, en el que vive el 80 por 100 de la población del globo. En este mundo interdependiente, la protección del medio ambiente condicionará en adelante la alta política. Sólo pueden darse respuestas globales a cuestiones cruciales como la demografía, la tecnociencia, el efecto invernadero, el subdesarrollo, la criminalidad internacional, el sistema de seguridad, etc.» A continuación se reproduce el epílogo.

    Queda muy lejos el tiempo en el que, después de la guerra del Golfo (1991), Washington pudo anunciar el nacimiento de «un nuevo orden mundial». De hecho, en materia de geoestrategia y de geopolítica todo se ha complicado terriblemente. Hasta el punto de que podría hablarse con propiedad de una "geopolítica del caos" para definir este período que vive el mundo.

    La incertidumbre es la palabra clave del momento, y cada cual trata de encontrar los principios fundadores, las líneas directrices que permitirían comprender mejor el sentido de la evolución de la política internacional en este fin de siglo. Porque todo está ligado: política, economía, sociedad, cultura y ecología.

    La dinámica dominante en este fin de siglo es la de la mundialización de la economía. Se basa en la ideología del "pensamiento único", que ha decretado que a partir de ahora sólo es posible una determinada política económica, y que únicamente los criterios del mercado y del neoliberalismo (competitividad, productividad, librecambio, rentabilidad, etc.) permiten a una sociedad sobrevivir en un planeta convertido en la jungla de la competencia. Sobre este núcleo duro de la ideología contemporánea se incorporan nuevas mitologías, que intentan hacer aceptar a los ciudadanos el nuevo estado del mundo.

    La mercantilización generalizada de las palabras y las cosas, los cuerpos y los espíritus, la naturaleza y la cultura, que es la característica central de nuestra época, sitúa a la violencia en el corazón del nuevo dispositivo ideológico. Este descansa, más que nunca, sobre la potencia de los medios de masas en plena expansión promovida por la explosión de las nuevas tecnologías. Al espectáculo de la violencia y a sus efectos miméticos se agregan cada vez más, de manera muy insidiosa, nuevas formas de censura y de intimidación que mutilan la razón y anulan el espíritu.

    Mientras aparentemente triunfan la democracia y la libertad, en un planeta parcialmente desembarazado de los regímenes autoritarios, las censuras y las manipulaciones, bajo formas muy diversas, vuelven con redoblada y paradójica fuerza. Nuevos y seductores "opios del pueblo" proponen una especie de "el mejor de los mundos", distrayendo a los ciudadanos y apartándolos de la acción cívica y reivindicativa. En esta nueva era de alienación, en el momento de la world culture, de la "cultura global" y de los mensajes planetarios, las tecnologías de la comunicación juegan un papel central, más que nunca.

    Al menos dos teorías generales de explicación han sido propuestas recientemente por ensayistas estadounidenses: la de "el fin de la historia", por Francis Fukuyama, y la del "choque de las civilizaciones", por Samuel Huntington. Las dos han mostrado rápidamente sus debilidades y sus carencias ante la complejidad de la caótica situación contemporánea.

    Esta se caracteriza, en parte, por una triple revolución: tecnológica, económica y sociológica.

    Revolución tecnológica

    Del mismo modo que la revolución industrial llevó consigo la sustitución del músculo por la máquina, la revolución informática actual supone el reemplazo del cerebro (al menos de un número cada vez más importante de sus funciones) por el ordenador. Esta "cerebralización general" de las herramientas de producción (tanto en la industria como en los servicios) se ha visto, además, acelerada por la explosión de las nuevas redes de telecomunicaciones y por la proliferación de los cibermundos.

    Revolución económica

    El fenómeno dominante sigue siendo, sin duda alguna, la mundialización; es decir, la interdependencia cada vez más fuerte de las economías de numerosos países a causa de las exigencias del librecambismo comercial. Gracias a la aceleración tecnológica, la mundialización afecta sobre todo al sector financiero que domina actualmente, y de lejos, la esfera de la economía. Funcionando según reglas fijadas exclusivamente por ellos mismos, los mercados financieros dictan sus leyes a los Estados y a los responsables políticos. En otras palabras, la economía se impone a la política.

    Revolución sociológica

    Las dos revoluciones precedentes ponen en crisis el concepto tradicional de poder. Especialmente, el del poder político. Algunos ven incluso en este aspecto el inicio de una situación que podría conducir a la muerte de la política (en el sentido moderno de este término, surgido en el siglo XVIII), lo que permitiría el retorno a la situación del antiguo régimen. En este contexto, la democracia pierde gran parte de su credibilidad, porque los ciudadanos ya no pueden intervenir eficazmente, mediante su voto, en el decisivo campo de la economía, situado ya fuera de control. Además, la economía está cada vez más desconectada de lo social y se niega a asumir las consecuencias (paro masivo, pauperización, exclusiones, fracturas) que provoca la adopción de la lógica de la globalización de los mercados. Por eso algunos anuncian al mismo tiempo la muerte del trabajo, o el fin definitivo del pleno empleo.

    Nuevos paradigmas

    Esta triple revolución va acompañada de un cambio en al menos dos paradigmas (modelos generales de pensamiento) fundamentales, sobre los que descansaba hasta ahora el edificio sociopolítico de los grandes Estados democráticos modernos: el progreso y la máquina.

    El primero se orientaba a reducir las desigualdades y a excluir la violencia en las relaciones sociales. El segundo consideraba a la colectividad nacional como una especie de reloj, constituida por piezas en las que cada una tenía una función, siendo todas solidarias entre sí (sin que ninguna sobrara en el conjunto) y que hacían funcionar colectivamente el sistema.

    Estos dos paradigmas esenciales del mundo contemporáneo han sido reemplazados, de hecho, por otros dos: la comunicación y el mercado.

    La promesa de felicidad a escala de la familia, la escuela, la empresa o el Estado es formulada por la comunicación. De ahí la proliferación sin límites de instrumentos de comunicación, de los que Internet es el resultado total, global y triunfal. Cuanto más se comunique, se nos dice, más armoniosa y más feliz será nuestra sociedad.

    Podría plantearse incluso si la comunicación no está sobrepasando su estado óptimo, su cenit, para entrar en una fase en la que todas sus cualidades se transforman en defectos, todas su virtudes en vicios. Puesto que la nueva ideología del "todo-comunicación", el imperialismo comunicacional, ejerce desde hace algún tiempo una auténtica opresión sobre los ciudadanos.

    Durante mucho tiempo la comunicación fue liberadora, porque significaba (desde la invención de la escritura y la imprenta) difusión del saber, el conocimiento, las leyes y las luces de la razón contra las supersticiones y los oscurantismos de todas clases. Imponiéndose ahora como obligación absoluta, e inundando todos los aspectos de la vida social, política, económica y cultural, ejerce una tiranía. Probablemente se ha convertido en la gran superstición de nuestro tiempo.

    Por todas partes la sociedad cede sus mandos al mercado que, como una especie de líquido o gas, se infiltra, penetra en todos los intersticios de la actividad humana y la lleva a su terreno. Incluso campos que durante mucho tiempo permanecieron al margen del mercado (cultura, deporte, religión, muerte, amor, etc.) han sido recuperados completamente por las leyes de la mercantilización general y de la oferta y la demanda.

    El sistema PPII

    Esta nueva pareja paradigmática (comunicación + mercado) favorece la expansión de todas las actividades del sistema PPII (planetario, permanente, inmediato, inmaterial)1. En particular los mercados financieros, los contenidos (programas de televisión, intercambio de datos, circulación de noticias) que sirven de vehículo a las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, y todas las actividades ligadas a la cibercultura (en primer lugar, Internet).

    Todos estos cambios, rápidos y formidables, desestabilizan en sentido estricto a los dirigentes políticos. La mayor parte de ellos se sienten desbordados por una cascada de transformaciones que modifican la reglas del juego y les dejan parcialmente impotentes. Reclaman a gritos una "modernización" y una "adaptación" a los nuevos tiempos.

    Muchos ciudadanos tienen la impresión de que los verdaderos amos del mundo2 no son los que ostentan las apariencias del poder político, y que la práctica totalidad de los jefes de Estado se encuentra superada por los acontecimientos y no parece estar a la altura de una crisis que muchos no aciertan a identificar, ni siquiera en sus contornos.

    Dos dinámicas

    A los aspectos ya citados hay que añadir, por otra parte, las dos dinámicas principales que inciden en un plano estrictamente geopolítico. Las de fisión, por un lado, y fusión, por otro.

    Fisión. Su potencia de ruptura, de fractura, de quiebra, es perceptible en el conjunto del planeta. Basándose en la energía incombustible del nacionalismo y glorificando algunos trazos distintivos étnicos, considerados como sagrados (lengua, sangre, religión, territorio), esta dinámica de fisión empuja por todas partes a las comunidades -en el sentido étnico- a reclamar un estatus político de soberanía, y a tratar de romper las estructuras del Estado-nación.

    Fue en este sentido, por ejemplo, en el que las tres federaciones que existieron hasta 1991 en el este de Europa -Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia- estallaron. Esta dinámica de fisión ha provocado en distintos lugares algunos de los conflictos recientes más graves. En particular en el Cáuccaso (guerras en Georgia, Armenia y Azerbaiyán) y en los Balcanes (guerras de Eslovenia, Croacia y Bosnia). Unicamente persiste en el este la Federación Rusa, pero ya empieza a estar roída por la fisión, como lo ha demostrado el conflicto de Chechenia de forma trágica.

    Pero la fisión fragiliza también a los Estados del oeste europeo, donde los embates separatistas se multiplican con mayor o menor intensidad y violencia. Por ejemplo, en España (País Vasco, Cataluña, Galicia), Italia (Padania), Bélgica (Flandes), Francia (Córcega), Reino Unido (Escocia, País de Gales), etc. Y puede observarse el mismo fenómeno en América del Norte (Quebec), Africa (donde se ha visto incluso a Eritrea desgajarse de Etiopía), Asia (en Sri Lanka, India, China, Indonesia) y Oceanía (Buganvilla).

    Fusión. Al mismo tiempo, y con energía comparable, los Estados tienden a asociarse en todas las regiones del mundo, a integrarse en espacios económicos, comerciales e incluso políticos. El ejemplo más potente de fusión es, por supuesto, el de la Unión Europea, en la que Estados vecinos, considerados durante mucho tiempo los peores enemigos unos de otros, convergen y encaran una unión política.

    Este modelo federador, pacificador, y en particular su embrión económico, se reproduce en numerosas regiones del planeta en las que florecen las zonas comerciales integradas. Así, en América del Norte, el Tratado de Libre Comercio (TLC), entre Canadá, Estados Unidos y México; en América del Sur, el Mercosur, entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; en el norte de Africa, la Unión del Magreb Arabe (UMA), entre Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania; en el sur de Africa, en Oriente Próximo, en el mar Negro, en Asia-Pacífico, etcétera.

    El modelo archipiélago

    ¿Ganarán las fusiones a las fisiones? Pero si las fusiones se multiplican en nombre de la mundialización, ¿no nos encaminamos hacia la proliferación de otro tipo de fisión, social esta vez, que algunos califican de «fractura»?. En este sentido, el mundo de este fin de siglo se estructura sobre el modelo de archipiélago: islas cada vez más numerosas de pobres en el norte; islotes, cada vez más concentrados, de ricos en el sur.

    Y todo ello en una planeta en el que las desigualdades se van incrementando y en el que, sobre 5.000 millones de habitantes, apenas 500 millones viven confortablemente, mientras que 4.500 millones permanecen en la necesidad. Un planeta en el que la fortuna de las 358 personas más ricas, milmillonarias en dólares, es superior al ingreso anual del 45 por 100 de los habitantes más pobres, es decir, 2.600 millones de personas3. Tales desequilibrios son fuente de amenazas contra las que las tradicionales armas de las potencias no tienen ninguna eficacia.

    Porque no se hace la guerra de la misma forma a un adversario tradicional que a las amenazas tan variadas de nuestro tiempo: el crimen organizado, las redes mafiosas, la especulación financiera, la gran corrupción, la extensión de las nuevas pandemias (sida, virus Ébola, síndrome de Creutzfeldt-Jakob, etc.), las contaminaciones de gran intensidad, los fundamentalismos, las grandes migraciones, el efecto invernadero, la desertificación, la proliferación nuclear, etcétera.

 

    NOTAS

  1. Léase Ignacio Ramonet, "Le Systeme PPII", Manière de Voir, núm. 27, París, agosto de 1995.

  2. Léase "Les nouveaux maitres du monde", Manière de Voir, núm. 28, París, noviembre de 1995.

  3. Le Monde, París, 17 de julio de 1996.

 

 


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