Con autorización de la
editorial se reproduce el epílogo del libro «Un mundo sin rumbo. Crisis de fin siglo»,
de Ignacio Ramonet, publicado en la editorial española Debate.
Texto de la reseña del libro «El
ritmo precipitado y la profundidad de las transformaciones geopolíticas desde 1989,
impresionan, sorprenden, aturden... ¿Anuncian estas transformaciones una era de grandes
turbulencias? La caída de los regímenes autoritarios de la Europa del Este, la
unificación alemana, la guerra del Golfo, la implosión de la URSS, la globalización de
la economía, el renacimiento de China, la nueva hegemonía de Estados Unidos y el doble
fracaso del comunismo y del ultraliberalismo, trastornan los escenarios estratégicos y
diseñan un nuevo paisaje planetario. ¿A qué se asemeja éste? ¿Qué Estados, qué
fuerzas, qué ideas emergen en este contexto? ¿Cuál es el sistema de pensamiento
dominante? ¿Qué oportunidades y qué riesgos se plantean al ciudadano? A partir de
ahora, Estados Unidos debe tener en cuenta la rivalidad de los otros dos polos de
prosperidad: Europa y Japón. Pero este tríptico triunfante se ve desafiado a su vez por
los países emergentes y por el desencadenamiento de los odios étnicos, nacionalistas o
religiosos, que estallan en este fin de siglo. Debe hacer frente también al
desfondamiento del sur, en el que vive el 80 por 100 de la población del globo. En este
mundo interdependiente, la protección del medio ambiente condicionará en adelante la
alta política. Sólo pueden darse respuestas globales a cuestiones cruciales como la
demografía, la tecnociencia, el efecto invernadero, el subdesarrollo, la criminalidad
internacional, el sistema de seguridad, etc.» A continuación se reproduce el
epílogo.
Queda muy lejos el tiempo en el
que, después de la guerra del Golfo (1991), Washington pudo anunciar el nacimiento de
«un nuevo orden mundial». De hecho, en materia de geoestrategia y de geopolítica todo
se ha complicado terriblemente. Hasta el punto de que podría hablarse con propiedad de
una "geopolítica del caos" para definir este período que vive el mundo.
La incertidumbre es la palabra
clave del momento, y cada cual trata de encontrar los principios fundadores, las líneas
directrices que permitirían comprender mejor el sentido de la evolución de la política
internacional en este fin de siglo. Porque todo está ligado: política, economía,
sociedad, cultura y ecología.
La dinámica dominante en este
fin de siglo es la de la mundialización de la economía. Se basa en la ideología del
"pensamiento único", que ha decretado que a partir de ahora sólo es posible
una determinada política económica, y que únicamente los criterios del mercado y del
neoliberalismo (competitividad, productividad, librecambio, rentabilidad, etc.) permiten a
una sociedad sobrevivir en un planeta convertido en la jungla de la competencia. Sobre
este núcleo duro de la ideología contemporánea se incorporan nuevas mitologías, que
intentan hacer aceptar a los ciudadanos el nuevo estado del mundo.
La mercantilización
generalizada de las palabras y las cosas, los cuerpos y los espíritus, la naturaleza y la
cultura, que es la característica central de nuestra época, sitúa a la violencia en el
corazón del nuevo dispositivo ideológico. Este descansa, más que nunca, sobre la
potencia de los medios de masas en plena expansión promovida por la explosión de las
nuevas tecnologías. Al espectáculo de la violencia y a sus efectos miméticos se agregan
cada vez más, de manera muy insidiosa, nuevas formas de censura y de intimidación que
mutilan la razón y anulan el espíritu.
Mientras aparentemente triunfan
la democracia y la libertad, en un planeta parcialmente desembarazado de los regímenes
autoritarios, las censuras y las manipulaciones, bajo formas muy diversas, vuelven con
redoblada y paradójica fuerza. Nuevos y seductores "opios del pueblo" proponen
una especie de "el mejor de los mundos", distrayendo a los ciudadanos y
apartándolos de la acción cívica y reivindicativa. En esta nueva era de alienación, en
el momento de la world culture, de la "cultura global" y de los mensajes
planetarios, las tecnologías de la comunicación juegan un papel central, más que nunca.
Al menos dos teorías generales
de explicación han sido propuestas recientemente por ensayistas estadounidenses: la de
"el fin de la historia", por Francis Fukuyama, y la del "choque de las
civilizaciones", por Samuel Huntington. Las dos han mostrado rápidamente sus
debilidades y sus carencias ante la complejidad de la caótica situación contemporánea.
Esta se caracteriza, en parte,
por una triple revolución: tecnológica, económica y sociológica.
Revolución tecnológica
Del mismo modo que la
revolución industrial llevó consigo la sustitución del músculo por la máquina, la
revolución informática actual supone el reemplazo del cerebro (al menos de un número
cada vez más importante de sus funciones) por el ordenador. Esta "cerebralización
general" de las herramientas de producción (tanto en la industria como en los
servicios) se ha visto, además, acelerada por la explosión de las nuevas redes de
telecomunicaciones y por la proliferación de los cibermundos.
Revolución económica
El fenómeno dominante sigue
siendo, sin duda alguna, la mundialización; es decir, la interdependencia cada vez más
fuerte de las economías de numerosos países a causa de las exigencias del librecambismo
comercial. Gracias a la aceleración tecnológica, la mundialización afecta sobre todo al
sector financiero que domina actualmente, y de lejos, la esfera de la economía.
Funcionando según reglas fijadas exclusivamente por ellos mismos, los mercados
financieros dictan sus leyes a los Estados y a los responsables políticos. En otras
palabras, la economía se impone a la política.
Revolución sociológica
Las dos revoluciones
precedentes ponen en crisis el concepto tradicional de poder. Especialmente, el del poder
político. Algunos ven incluso en este aspecto el inicio de una situación que podría
conducir a la muerte de la política (en el sentido moderno de este término, surgido en
el siglo XVIII), lo que permitiría el retorno a la situación del antiguo régimen. En
este contexto, la democracia pierde gran parte de su credibilidad, porque los ciudadanos
ya no pueden intervenir eficazmente, mediante su voto, en el decisivo campo de la
economía, situado ya fuera de control. Además, la economía está cada vez más
desconectada de lo social y se niega a asumir las consecuencias (paro masivo,
pauperización, exclusiones, fracturas) que provoca la adopción de la lógica de la
globalización de los mercados. Por eso algunos anuncian al mismo tiempo la muerte del
trabajo, o el fin definitivo del pleno empleo.
Nuevos paradigmas
Esta triple revolución va
acompañada de un cambio en al menos dos paradigmas (modelos generales de pensamiento)
fundamentales, sobre los que descansaba hasta ahora el edificio sociopolítico de los
grandes Estados democráticos modernos: el progreso y la máquina.
El primero se orientaba a
reducir las desigualdades y a excluir la violencia en las relaciones sociales. El segundo
consideraba a la colectividad nacional como una especie de reloj, constituida por piezas
en las que cada una tenía una función, siendo todas solidarias entre sí (sin que
ninguna sobrara en el conjunto) y que hacían funcionar colectivamente el sistema.
Estos dos paradigmas esenciales
del mundo contemporáneo han sido reemplazados, de hecho, por otros dos: la comunicación
y el mercado.
La promesa de felicidad a
escala de la familia, la escuela, la empresa o el Estado es formulada por la
comunicación. De ahí la proliferación sin límites de instrumentos de comunicación, de
los que Internet es el resultado total, global y triunfal. Cuanto más se comunique, se
nos dice, más armoniosa y más feliz será nuestra sociedad.
Podría plantearse incluso si
la comunicación no está sobrepasando su estado óptimo, su cenit, para entrar en una
fase en la que todas sus cualidades se transforman en defectos, todas su virtudes en
vicios. Puesto que la nueva ideología del "todo-comunicación", el imperialismo
comunicacional, ejerce desde hace algún tiempo una auténtica opresión sobre los
ciudadanos.
Durante mucho tiempo la
comunicación fue liberadora, porque significaba (desde la invención de la escritura y la
imprenta) difusión del saber, el conocimiento, las leyes y las luces de la razón contra
las supersticiones y los oscurantismos de todas clases. Imponiéndose ahora como
obligación absoluta, e inundando todos los aspectos de la vida social, política,
económica y cultural, ejerce una tiranía. Probablemente se ha convertido en la gran
superstición de nuestro tiempo.
Por todas partes la sociedad
cede sus mandos al mercado que, como una especie de líquido o gas, se infiltra, penetra
en todos los intersticios de la actividad humana y la lleva a su terreno. Incluso campos
que durante mucho tiempo permanecieron al margen del mercado (cultura, deporte, religión,
muerte, amor, etc.) han sido recuperados completamente por las leyes de la
mercantilización general y de la oferta y la demanda.
El sistema PPII
Esta nueva pareja
paradigmática (comunicación + mercado) favorece la expansión de todas las actividades
del sistema PPII (planetario, permanente, inmediato, inmaterial)1.
En particular los mercados financieros, los contenidos (programas de televisión,
intercambio de datos, circulación de noticias) que sirven de vehículo a las nuevas
tecnologías de la comunicación y de la información, y todas las actividades ligadas a
la cibercultura (en primer lugar, Internet).
Todos estos cambios, rápidos y
formidables, desestabilizan en sentido estricto a los dirigentes políticos. La mayor
parte de ellos se sienten desbordados por una cascada de transformaciones que modifican la
reglas del juego y les dejan parcialmente impotentes. Reclaman a gritos una
"modernización" y una "adaptación" a los nuevos tiempos.
Muchos ciudadanos tienen la
impresión de que los verdaderos amos del mundo2 no
son los que ostentan las apariencias del poder político, y que la práctica totalidad de
los jefes de Estado se encuentra superada por los acontecimientos y no parece estar a la
altura de una crisis que muchos no aciertan a identificar, ni siquiera en sus contornos.
Dos dinámicas
A los aspectos ya citados hay
que añadir, por otra parte, las dos dinámicas principales que inciden en un plano
estrictamente geopolítico. Las de fisión, por un lado, y fusión, por otro.
Fisión. Su potencia de
ruptura, de fractura, de quiebra, es perceptible en el conjunto del planeta. Basándose en
la energía incombustible del nacionalismo y glorificando algunos trazos distintivos
étnicos, considerados como sagrados (lengua, sangre, religión, territorio), esta
dinámica de fisión empuja por todas partes a las comunidades -en el sentido étnico- a
reclamar un estatus político de soberanía, y a tratar de romper las estructuras del
Estado-nación.
Fue en este sentido, por
ejemplo, en el que las tres federaciones que existieron hasta 1991 en el este de Europa
-Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia- estallaron. Esta dinámica de fisión ha
provocado en distintos lugares algunos de los conflictos recientes más graves. En
particular en el Cáuccaso (guerras en Georgia, Armenia y Azerbaiyán) y en los Balcanes
(guerras de Eslovenia, Croacia y Bosnia). Unicamente persiste en el este la Federación
Rusa, pero ya empieza a estar roída por la fisión, como lo ha demostrado el conflicto de
Chechenia de forma trágica.
Pero la fisión fragiliza
también a los Estados del oeste europeo, donde los embates separatistas se multiplican
con mayor o menor intensidad y violencia. Por ejemplo, en España (País Vasco, Cataluña,
Galicia), Italia (Padania), Bélgica (Flandes), Francia (Córcega), Reino Unido (Escocia,
País de Gales), etc. Y puede observarse el mismo fenómeno en América del Norte
(Quebec), Africa (donde se ha visto incluso a Eritrea desgajarse de Etiopía), Asia (en
Sri Lanka, India, China, Indonesia) y Oceanía (Buganvilla).
Fusión. Al mismo tiempo, y con
energía comparable, los Estados tienden a asociarse en todas las regiones del mundo, a
integrarse en espacios económicos, comerciales e incluso políticos. El ejemplo más
potente de fusión es, por supuesto, el de la Unión Europea, en la que Estados vecinos,
considerados durante mucho tiempo los peores enemigos unos de otros, convergen y encaran
una unión política.
Este modelo federador,
pacificador, y en particular su embrión económico, se reproduce en numerosas regiones
del planeta en las que florecen las zonas comerciales integradas. Así, en América del
Norte, el Tratado de Libre Comercio (TLC), entre Canadá, Estados Unidos y México; en
América del Sur, el Mercosur, entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; en el norte de
Africa, la Unión del Magreb Arabe (UMA), entre Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y
Mauritania; en el sur de Africa, en Oriente Próximo, en el mar Negro, en Asia-Pacífico,
etcétera.
El modelo archipiélago
¿Ganarán las fusiones a las
fisiones? Pero si las fusiones se multiplican en nombre de la mundialización, ¿no nos
encaminamos hacia la proliferación de otro tipo de fisión, social esta vez, que algunos
califican de «fractura»?. En este sentido, el mundo de este fin de siglo se estructura
sobre el modelo de archipiélago: islas cada vez más numerosas de pobres en el norte;
islotes, cada vez más concentrados, de ricos en el sur.
Y todo ello en una planeta en
el que las desigualdades se van incrementando y en el que, sobre 5.000 millones de
habitantes, apenas 500 millones viven confortablemente, mientras que 4.500 millones
permanecen en la necesidad. Un planeta en el que la fortuna de las 358 personas más
ricas, milmillonarias en dólares, es superior al ingreso anual del 45 por 100 de los
habitantes más pobres, es decir, 2.600 millones de personas3.
Tales desequilibrios son fuente de amenazas contra las que las tradicionales armas de las
potencias no tienen ninguna eficacia.
Porque no se hace la guerra de
la misma forma a un adversario tradicional que a las amenazas tan variadas de nuestro
tiempo: el crimen organizado, las redes mafiosas, la especulación financiera, la gran
corrupción, la extensión de las nuevas pandemias (sida, virus Ébola, síndrome de
Creutzfeldt-Jakob, etc.), las contaminaciones de gran intensidad, los fundamentalismos,
las grandes migraciones, el efecto invernadero, la desertificación, la proliferación
nuclear, etcétera.