La recuperación
equilibrada
del nuevo Estado de Bienestar
Justo Villafañe
Director General de la Red de Institutos de Relaciones Internacionales de la Universidad
Complutense de Madrid.
El siguiente artículo fue
presentado como ponencia -«El papel del Estado en la articulación económica y social:
reflexiones en torno al Estado de Bienestar»- en el «Foro Iberoamericano sobre Justicia
Social: Desarrollo Integral con Equidad», efectuado en la sede del SELA del 19 al 20 de
junio de 1997 y organizado conjuntamente por el Ministerio de Relaciones Exteriores de
Venezuela y el SELA, en preparación de la VII Cumbre Iberoamericana.
La primera dificultad que
plantea el tema del desarrollo y la equidad es la heterogeneidad y la gran variedad de los
referentes geopolíticos sobre los cuales cabe reflexionar acerca del papel del Estado en
la articulación de lo económico y lo social. Si tomamos como marco de referencia el
conjunto de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, se dan distancias económicas tan
radicales como las existentes, por ejemplo, entre España, con un Producto Nacional Bruto per
capita de 13.440 dólares, frente a los 230 dólares de Haití, los 340 de Nicaragua o
los 600 de Honduras. Es decir, un ciudadano español es 58 veces más rico que un
haitiano, 40 veces más que un nicaragüense y 22 más que un hondureño. Aunque el marco
referencial se reduzca al continente latinoamericano, todavía seguimos encontrando
distancias tan grandes como las existentes entre la renta de un ciudadano argentino que
supera en 35, 24 y 14 veces respectivamente la riqueza de otro ciudadano de Haití,
Nicaragua u Honduras1.
Por otra parte, esa
articulación económico-social y el papel que el Estado puede jugar en ella, nos lleva
irremisiblemente al debate político y económico sobre el Estado de Bienestar, lo que
agudiza aún más la dificultad inicial apuntada, ya que para algunos países
iberoamericanos la cuestión prioritaria puede ser la transformación del estado social,
en tanto que para otros -muchos más, lamentablemente- el tema es bien distinto:
simplemente, qué posibilidades existen de implantar un modelo de estado mínimamente
benefactor y dónde se hallan los límites económicos de ese estado.
Lo que a continuación sigue es
un conjunto de reflexiones personales respecto al tema planteado que están formuladas,
premeditadamente, de forma genérica. También quiero advertir, por una cuestión de
elemental honestidad intelectual, que estas reflexiones están formuladas desde una
perspectiva europea, en un momento delicado de su proceso de construcción que enfila
hacia la recta final de su segunda etapa -la unión monetaria- y en el que dos
acontecimietnos electorales habidos en los últimos meses -las elecciones en el Reino
Unido y Francia- han añadido incertidumbre sobre la aplicación del Tratado de
Maastricht, proceso que ilustra como pocos las diferentes opciones de articulación de lo
económico y lo social en los países de la Unión Europea.
I. Acerca del papel del
Estado
Respecto de la primera de estas
reflexiones -el papel que debe jugar el Estado en la articulación económico-social-
existen opiniones muy sedimentadas dentro de la comunidad internacional, tal como apunta
el profesor Gómez Castañeda2, que pueden resumirse
en las siguientes tres posiciones:
En primer lugar la de aquellos
autores, claramente alineados con las tesis liberales, que postulan una redefinición del
papel del Estado en la economía, reduciendo su tamaño y sus funciones e impulsando
programas de privatización de los servicios públicos Son los epígonos del «menos
estado, más mercado».
La segunda posición es la de
aquéllos que se muestran radicalmente reticentes del papel desempañado en la economía
por el llamado Estado del Bienestar, desde posiciones críticas de izquierdas, sosteniendo
que sólo los intereses del capitalismo más ortodoxo gradúan en su beneficio -al
aprovechar la crisis y el desequilibrio de fuerzas y bloques en la economía mundial- las
tradicionales funciones de acumulación y legitimación que explican la verdadera razón
de ser del Estado benefactor.
Una tercera posición es la de
los partidarios de reformular los fundamentos teóricos del Estado del Bienestar para
adaptarlos a las coyunturas económica y fiscal actuales. Los defensores de esta tercera
posición consideran normal -como señala Gómez Castañeda- que los programas de ingresos
y gastos públicos se vean afectados en su eficacia y objetivos, pero plantean encarar el
futuro desde una posición de aprendizaje de la experiencia pasada para mejorar el
equilibrio y la eficiencia del sector público y evitar el desmantelamiento del Estado de
Bienestar.
Está claro que estas tres
posiciones no son ajenas a ópticas planteamientos ideológicos diferentes y,
personalmente, creo que está bien que tales diferencias sean destacadas justamente para
poner en evidencia la viabilidad de sus respectivas opciones, así como las alternativas
políticas que existen detrás de éstas.
Al hablar del papel del Estado
y asociarlo al Estado de Bienestar surge siempre, no sin una importante dosis de
demagogia, la cuestión del «tamaño», frecuentemente como la causa principal de su
cuestionamiento en tanto responsable de la crisis fiscal. Desde las tesis liberales se
responsabiliza al estado social, en su versión corporatista, tanto del déficit
presupuestario como del endeudamiento del sector público, algo que es cierto sólo en
determinadas circunstancias económicas pero que puede resultar admisible como crítica.
Sin embargo, lo sustancial no es si el estado debe tener la titularidad de los servicios
sociales sino la facultad de su control y la fuerza para imponerlos.
Ni el más conspicuo
socialdemócrata discute hoy, primero, que el Estado del Bienestar posible ya no coincide
con el deseable y, segundo, que el viejo modelo de estado social de corte keynesiano
contiene muchos elementos que son revisables y que, en consecuencia, deben ser revisados.
Uno de estos es el tamaño del estado.
Ahora bien, detrás de ese
aforismo antes apuntado del «menos estado, más mercado», lo que se encierra no es un
redimensionamiento del estado sino un objetivo perfectamente articulado de debilitamiento,
de éste a través de la desregulación económica y social; estrategia que, cuando menos,
me parece económicamente dudosa y socialmente injusta.
Económicamente dudosa porque,
aún desde una perspectiva liberal, la economía privada siempre se ha beneficiado de la
iniciativa pública en la medida que ésta es quien mejor garantiza, por ejemplo, la
inversión en infraestructuras, la investigación científica fundamental, la utilización
racional de los recursos naturales, etc. En mi opinión el desarrollo económico requiere
una mayor regulación social, nunca lo contrario; entendiendo por regulación
exclusivamente la asunción por parte del Estado de su inexcusable función de articular
el desarrollo económico y el social.
Lo contrario resulta
socialmente injusto como antes decía, simplemente porque los derechos sociales son
irrenunciables, igual que los derechos civiles y los políticos. Estos no sirven de nada,
son pura retórica, si los ciudadanos de una comunidad no tienen asegurados sus derechos
sociales fundamentales.
Por tanto, olvidémonos ya del
manido asunto del tamaño del estado. Todos estamos de acuerdo en que lo más conveniente
en la actual coyuntura es que el Estado sea un estado pequeñito, pero musculoso, fuerte y
con un carácter decidido.
II. La crisis fiscal de
los estados
Antes de analizar en
profundidad la necesidad de reformular el Estado de Bienestar, sintetizaré lo que han
sido las causas que han provocado la crisis fiscal de los estados, el factor que
constituye el origen del cuestionamiento del citado Estado del Bienestar. Y creo que es
conveniente hacerlo porque si bien es cierto que algunas de estas causas de la crisis
fiscal tienen su origen en el estado social, no lo es menos que otras, como la
mundialización de la economía, agudizan su situación apelando, exclusivamente, a la
maximización de los beneficios industriales.
La crisis fiscal es una
consecuencia automática del déficit presupuestario y del endeudamiento público
originada por tres grupos de factores: las crisis económicas, la globalización de la
economía y las disfunciones del sistema económico y fiscal.
Las crisis económicas producen
inexorablemente dos fenómenos simultáneos: el incremento del gasto y la discriminación
de los ingresos públicos. Según Rodríguez Cabrero3
el primer fenómeno es consecuencia de los requerimientos que desde la economía privada
se hace al Estado para la superación de las crisis mediante subvenciones, exenciones
fiscales, etc. Son los gastos derivados de la función de acumulación, destinados a
financiar los costes de capital fijo y a socializar los gastos de la fuerza de trabajo.
Además, los estados en los períodos de crisis, deben afrontar los gastos derivados de la
la función de legitimación, es decir, los que produce el aumento de los servicios
sociales (asistencia social, desempleo, etc.).
Simultáneamente, los ingresos
estatales disminuyen porque decrecen los impuestos directos al disminuir la recaudación
impositiva sobre el beneficio de las empresas, la del rendimiento del trabajo personal y
la del resto de los impuestos directos; igualmente, caen los impuestos indirectos debido a
la disminución del consumo y, finalmente, los recaudados por cotizaciones sociales.
La segunda causa de la crisis
fiscal es la globalización de la economía caracterizada por la eliminación, a
efectos económicos, de las fronteras nacionales de los estados lo que ha producido
efectos de singular importancia económica y social.
El primero de ellos es la
traslación de ese fenómeno de globalización al proceso de toma de decisiones sobre el
desenvolvimiento corporativo de las empresas. Las estrategias internacionales de las
empresas, que se orientan predominantemente hacia la optimización del beneficio de los
inversores, prevalecen sobre cualquier otra razón como pueda ser el mantenimiento del
empleo o el grado de desarrollo socioeconómico de una región. El caso reciente de la
fábrica de Renault en la ciudad belga de Villboorde es una buena ilustración de este
hecho.
Otro factor crítico derivado
del fenómeno de la globalización es la valorización mundial del capital. Todas las
variables del marketing mix son planificadas ya a nivel mundial y no nacional. Los
precios o las calidades de los productos responden a estándares internacionales con lo
que la competitividad necesaria para obtener ventajas en los mercados internacionales se
convierte en muchos países del sudeste asiático o incluso de Latinoamérica y Europa
Central en un elemento de desregulación ya que la citada competitividad suele llegar en
estos casos de la eliminación o del recorte radical de los derechos sociales de los
trabajadores.
Otro genuino efecto de la
globalización es la deslocalización de la producción; fenómeno que está ya
produciéndose en el interior de un mismo estado como es el caso de Brasil y que, en
muchos casos, constituye un elemento de presión a los gobiernos nacionales rayano al
chantaje, cuando se exigen inversiones públicas para asegurar la cuenta de resultados
bajo la amenaza de cierre de la compañía en el caso de que la administración pública
no atienda esos requerimientos. En España existen numerosos casos que ilustran este
proceder aunque quizás no sea el momento de mostrarse excesivamente localista de acuerdo
al citado principio globalizador.
La apertura comercial y el paso
de una competencia internacional a otra interempresarial es otro fenómeno característico
de la mundialización de la economía. A partir de la Ronda Uruguay del GATT los estados
han visto cercenado su protagonismo en la formación del precio de su producción interior
a través de los mecanismos proteccionistas clásicos tanto en sus políticas exteriores
(aranceles, incentivos a la exportación, etc.) como en las de proyección interior
(política salarial, condiciones laborales, cotizaciones sociales, etc.), para pasar a una
situación de apertura comercial casi total en la que aquel protagonismo es ahora de las
empresas y son éstas quienes disputan a los propios estados la regulación, o mejor
dicho, la desregulación del desenvolvimiento económico.
El desarrollo tecnológico
constituye un nuevo factor que abunda en todo lo anterior al desbordar y hacer estériles
-tal como afirma Gómez Castañeda4- muchos de los
controles y restricciones fronterizas que soporta el proceso y contribuyen al incremento
de la productividad a través de las siguientes manifestaciones: la producción en masa,
la segmentación de los procesos productivos y su consiguiente mundialización, el control
a distancia de los procesos de ventas, compras, almacenaje, financiación, etc., la
homogeneización de los productos, la generalización de los mismos hábitos de consumo,
la homologación de los sistemas de ventas, las grandes innovaciones en materia de
transportes y comunicaciones, etc.
El tercer factor de la crisis
fiscal de los estados y, por consiguiente, del Estado de Bienestar son las disfunciones
del sistema económico. La ineficiente gestión del gasto público, el fraude fiscal y
las diversas formas de economía sumergida son quizás las manifestaciones más genuinas
de esta disfunción del sistema, que constituyen los límites económicos del Estado de
Bienestar.
III. Los retos del nuevo Estado de Bienestar
El Estado de Bienestar debe ser
reinventado. Esta parece ser una conclusión unánime, al menos entre quienes piensan que
el Estado del Bienestar constituye una conquista irrenunciable de las sociedades modernas
y también entre aquéllos que, desde países en los que aún no se ha desarrollado un
estado pleno, consideran igual de irrenunciable unas bases mínimas de dicho desarrollo.
Cinco son a mi juiico los
caminos por los que debe transitar la recuperación equilibrada del nuevo Estado de
Bienestar: el crecimiento económico, la redistribución fiscal, la competitividad, las
políticas de empleo y el replanteamiento de las pensiones.
Sobre el primero de ellos -el crecimiento
económico- es sobre el que mayor consenso parece existir, otra cosa es cómo
conseguirlo. Desde la última gran guerra hasta nuestros días se dibujan dos períodos de
crecimiento económico en los países desarrollados bien diferenciados entre sí: el
primero, caracterizado por una rápida expansión económica, abarcaría desde 1950 a 1970
y el segundo, con un crecimiento más lento, desde el 70 hasta ahora. El PIB de los
países de la OCDE tuvo entre 1960 y 1973 una tasa de crecimiento anual en torno al 5%,
tasa anual que cayó hasta casi la mitad -un 2,6%- entre 1974 y 1992.
El efecto directo de esta
ralentización del crecimiento económico ha sido una progresión del desempleo que en los
países de la Unión Europea pasó de un 2,3% de desempleados entre 1964 y 1970 al 9,6%
entre el 81 y el 90 y al 11,3% en 1994, siendo en 1992 los parados de larga duración el
42,2% del total de desempleados en los países de la Unión Europea y el 28,6% en los de
la OCDE5. Parece obvio por tanto, que el primer pilar
sobre el que debe asentarse el nuevo Estado de Bienestar es el de un crecimiento
económico sostenido, que debe venir como consecuencia de la aplicación de reformas
estructurales del sistema productivo y muy especialmente del mercado laboral.
Relanzar el crecimiento
debería convertirse en una prioridad absoluta para los estados, sobre todo si aquél va
orientado a paliar el desempleo y esto se convierte en una de las mejores defensas del
Estado de Bienestar. En España, por ejemplo, la crisis financiera del estado no
existiría si el paro alcanzase sólo al 5% de la población activa.
El segundo reto es el de la redistribución
fiscal. Se hace necesario -tal como apunta Borrel6-
una honda reflexióin sobre la reestructuración del actual sistema impositivo que
favorezca la creación de empleo y un modelo de crecimiento económico sostenible, que
evite la evasión de la imposición que la globalización de la producción pueda
producir.
Deberían sustituirse las
cotizaciones sociales, fundamentalmente de los trabajadores menos cualificados, por
impuestos sobre el consumo con el fin de mejorar la competitividad gracias a la
disminución de los costes del factor trabajo. De esta manera, los productos extranjeros
contribuirían a la financiación del estado social nacional.
Debe exigirse el mismo
tratamiento fiscal progresivo a las rentas del capital que a las del trabajo bien sea
éste por cuenta propia o ajena.
Se hace necesario igualmente un
desplazamiento de la imposición que recae sobre el empleo hacia los impuestos
medioambientales con el doble objetivo de aumentar la creación del empleo y lograr un
medio ambiente menos deteriorado. En la actualidad, el modelo de desarrollo de nuestras
sociedades está infrautilizando el factor humano y sobreexplotando los recursos naturales
y este desequilibrio sólo puede paliarse mediante nuevos esquemas fiscales.
La competitividad es el
tercero de los retos del estado social. Sólo si se obtienen ventajas competitivas se
puede garantizar el crecimiento y el mismo estado social. Sin embargo en una economía
globalizada, la competitividad muchas veces es la consecuencia del dumping social
como ya se ha comentado anteriormente. Competitividad sí, pero no a costa de la
protección social mínima a la que todo trabajador tiene derecho.
Es urgente establecer acuerdos
internacionales sobre las condiciones de producción, una homogeneización mínima de la
legislación laboral y sobre ciertas restricciones medioambientales para intentar paliar
la hecatombe que una población activa de 1.200 millones de personas puede causar con su
progresiva incorporación al mercado mundial con un grado de desarrollo tecnológico
relativamente elevado en un tiempo relativamente corto. Sería igualmente necesario
establecer garantías sociales en las áreas de libre comercio para no tener que igualar a
la baja la protección social básica.
El empleo constituye el
cuarto reto del Estado del Bienestar. Pero al hablar del empleo en una tribuna desde la
que se está reflexionando sobre la articulación de lo económico y lo social en nuestras
comunidades, convendría recordar la curva de A.W. Philips que identifica la disyuntiva
existente entre el empleo y la inflación.
El pleno empleo era en el
pensamiento económico tradicional un signo de buen funcionamiento del sistema. Sin
embargo en la actualidad los precios estables son considerados por las capas más
influyentes de la sociedad como un signo de excelencia económica independientemente de
cuáles sean los índices de paro. «El desempleo se ha convertido hoy en un instrumento
para estabilizar los precios, porque quienes tienen voz e influencias políticias se ven
más perjudicados por la inflación que por el paro».
La disyuntiva entre el precio y
la inflación no puede eludirse: hay que afrontarla. Una buena sociedad -nos dice
Galbraith 7- no puede relegar una parte de la
población a la ociosidad, al infortunio soical y a la privación económica, con objeto
de lograr la estabilidad de los precios. Debe aceptarse como necesario el mal menor de que
suban los precios. Nunca puede defenderse una inflación grave -ningún tajante deterioro
del poder adquisitivo del dinero-, pero la progresiva expansión económica que
proporciona de hecho empleo a la mayor parte de los trabajadores significará
inevitablemente algún movimiento ascendente de los precios. Así ha sido, sin efectos
perjudiciales, en el pasado. Así ocurrirá también en el futuro. Esto es mejor desde el
punto de vista social, que una estabilidad lograda mediante el efecto depresivo del
extenso ocio forzoso.
También será necesario, y con
urgencia, acometer un sistema de reparto del empleo ya existente, incentivando a las
empresas a que efectúen nuevas contrataciones a cambio de eliminar las horas
extraordinarias de su producción.
El quinto reto antes mencionado
se refiere al replanteamiento del sistema de pensiones. En este sentido aparecen
cada vez más evidencias a favor de la necesidad de reformar los sistemas de pensiones
basados en el reparto tradicional e incorporar algún sistema de capitalización que
asegure unos ingresos suficientes al final de la vida activa de cada trabajador.
El sistema público de
pensiones asumiría la obligatoriedad de suministrar una «pensión mínima» que se
financiaría a través de impuestos. Además el estado deberá asumir dos funciones: la de
obligar a cada trabajador a detraer una parte de su salario destinada a la capitalización
y, en segundo lugar, a garantizar un marco regulador que asegure la solidez financiera del
nuevo sistema de pensiones.
El mayor problema para pasar
del viejo modelo público y monopolístico al nuevo privado y competitivo -afirma Bernaldo
de Quirós8- estriba en cómo enfocar la transición.
En concreto es necesario atender a cuatro frentes: primero, el de las personas ya
jubiladas; segundo, el de aquéllas que se están jubilando cuando se crea el nuevo
sistema; tercero, el de quienes desean permanecer en el viejo sistema y cuarto, los
trabajadores que han acumulado derechos en el viejo modelo pero desean incorporarse al
nuevo. La mezcla de estos elementos genera unas obligaciones fiancieras a las que es
preciso atender. De ello depende el éxito de la reforma del sistema de pensiones.
En todo caso no puede olvidarse
que las personas que deciden permanecer en el régimen público se van muriendo y no son
sustituidas por otras; es decir, las obligaciones del estado tienen un final. De entrada
debe apuntarse una cuestión: tanto con las personas jubiladas como con aquéllas en
trance de hacerlo el Estado suscribió una especie de «contrato social» que éste no
puede romper.
IV. Estado del Bienestar y sociedad democrática
Antes de concluir mi
intervención quiero destacar un hecho, no de naturaleza socioeconómica como todo lo
anterior, sino estrictamente política: la firme decisión que, al menos en Europa, están
mostrando los ciudadanos en la defensa del Estado del Bienestar como expresión de un
conjunto de valores democráticos que consideran irrenunciables.
En un análisis apresurado de
las últimas elecciones francesas del primero de junio de 1997, elecciones que fueron
anticipadas por el presidente Jacques Chirac para consolidar su mayoría parlamentaria por
cinco años y abordar desde esa cómoda situación política el último tramo de la unión
económica y monetaria, creo que sobresalen tres causas que explicarían ese cambio sobre
las expectativas electorales de la derecha francesa.
La primera causa de ese cambio
de actitud de los ciudadanos franceses parece encontrarse en la resistencia de éstos al
debilitamiento del Estado del Bienestar; no desde una formulación distanciada como la que
utilizamos quienes nos referimos a este hecho en una situación como la mía ahora, sino
desde una postura mucho más imperativa, aquella que interpela al gobernante y le exige el
mantenimiento y la defensa de unos derechos sociales adquiridos e irrenunciables. Derecho
al empleo, a la sanidad, a la instrucción pública y derecho también a poder envejecer
sin excesivos sobresaltos en una comunidad como la europea en la que la elevación de las
expectativas de vida no acaba de ser una excelente noticia debido al problema demográfico
que supone que cada vez menos personas activas -por causa de la baja natalidad pero
también por el desempleo crónico- tienen que soportar el coste social de un mayor
número de ciudadanos que no aportar contribución alguna sobre las rentas de su trabajo.
La segunda causa, mucho más
próxima y cotidiana es, a mi juicio, la inclinación de los ciudadanos franceses por unas
políticas cercanas -servicios públicos, seguridad ciudadana, programas medioambientales,
etc.- para cuya implementación confía más en la tradición socialdemócrata que en lo
que representa el neogaullismo que hasta el dos de junio gobernaba Francia. En el
fondo, esta segunda causa no deja de ser una traducción doméstica de la anterior.
Finalmente el tercer motivo que
a mi juicio explica la derrota electoral de la derecha francesa, tiene que ver con la
fractura del modelo social-republicano francés que ha encarnado, con mayor o menor
justicia en cuanto a esta percepción pública se refiere, Alain Juppé, el tecnócrata premier
de Chirac cuya imagen ultraliberal ha pesado demasiado en el último tramo de la
segunda fase de la construcción europea -la unión monetaria- en el electorado de su
país, temeroso de una interpretación de Maastricht que ahondase en el cuestionamiento de
esa identidad nacional-republicada construida en las últimas dos décadas.
Lo sucedido en las pasadas
elecciones francesas, quiero apresurarme a decirlo, es un fenómeno que ya sucedió
anteriormente en Francia y en otros países europeos con gobiernos de signo contrario:
derrotas de la izquierda francesa en 1986 y 1993 y victoria de Mitterrand en 1981 y 1988
con un mensaje muy similar al que recientemente ha llevado a Lionel Jospin al Matignon. En
Francia, los ciudadanos han castigado por igual tanto el liberalismo económico a ultranza
de la izquierda como las políticas neothacheristas de la derecha cuando ésta se
formulaban en nombre de la tradición social del estado republicano, y ambas prácticas
han tenido igual respuesta en términos electorales: la penalización de aquellas
políticas que han intentado menoscabar el estado del bienestar y los derechos del Estado
social construido en los «gloriosos treinta», no en referencia a esa década sino a los
treinta años del pensamiento keynesiano que siguió al a postguerra europea.
El caso francés al que me he
referido, es un genuino ejemplo de respuesta democrática de la ciudadanía que revela con
su comportamiento electoral sus preferencias sobre un modelo de Estado más próximo a la
sociedad civil y a sus referencias nacionales de mayor identidad. En mi opinión no
resulta descabellado pensar que para una buena parte de la ciudadanía de Francia, el
Estado del Bienestar constituye la superación de la lucha competitiva por la
supervivencia y la asunción de un compromiso moral y colectivo de atender solidariamente
las necesidades básicas de los individuos en esta sociedad de final del milenio.