En esta sección analizaremos
cuatro episodios de los eternos esfuerzos por estrechar las relaciones económicas y
políticas en el continente americano. Cada uno de estos episodios demuestra dos reglas
básicas de la política interna estadounidense en las iniciativas interamericanas:
Regla 1: El Congreso
está dispuesto a respaldar cualquier solicitud que pudiera hacer el presidente para
fomentar relaciones más estrechas con los países de Latinoamérica y el Caribe, excepto
cuando se cumplen una o más de las siguientes condiciones:
(a) la Casa Blanca y el
Congreso son controlados por diferentes partidos políticos,
(b) la iniciativa requiere de
nuevos gastos considerables, o
(c) la iniciativa se mezcla
políticamente con asuntos controversiales de la política interna estadounidense.
Regla 2: Una o más de
las tres condiciones identificadas en la Regla 1 casi siempre se cumplen.
En la historia interamericana
sólo ha habido un período que estuvo marcado por al acuerdo amplio y sostenido entre los
países latinoamericanos, el presidente estadounidense y el Congreso de Estados Unidos. La
Política del Buen Vecino del Presidente Franklin D. Rooselvet se benefició del hecho de
que no se dio ninguna de las tres condiciones establecidas en la Regla 1. En primer lugar,
el Partido Demócrata controlaba ambas ramas del gobierno estadounidense desde 1933 hasta
finales de la Segunda Guerra Mundial. Segundo, la política de Rooselvet se basaba
principalmente en iniciativas que o bien estaban dentro del poder diplomático del
ejecutivo o no requerían de nuevo financiamiento (especialmente la negociación de los
acuerdos para la reducción de aranceles). En tercer lugar, la política se asentaba en un
principio popular que no generaba oposición interna (es decir, un frente unido contra la
amenaza de la agresión nazi y la subversión). Bajo estas especiales condiciones, las
relaciones interamericanas alcanzaron alturas jamás logradas anteriormente y que no se
han visto desde entonces. Ninguno de los cuatro episodios analizados a continuación
indica una coyuntura similar.
1. El Congreso de Panamá de
1826
En 1825 Simón Bolívar propuso
que el Congreso Panamericano se reuniera en Panamá. El objetivo original del Libertador
era crear una alianza militar que fuera tanto defensiva (España amenazaba con recuperar
sus antiguas colonias) como ofensiva (algunos líderes deseaban lanzar una campaña para
liberar Cuba y Puerto Rico). Bolívar no invitó a Estados Unidos, pero los gobiernos de
Colombia y México extendieron invitaciones por separado a la república del norte.
El propio secretario de Estado
Henry Clay fue un vehemente partidario de la independencia latinoamericana y las
instrucciones que les dio a los delegados estadounidenses revelaron las enormes esperanzas
que tenía en la conferencia. Creyendo que la reunión «formaría una nueva era en las
relaciones humanas»2, Clay autorizó a los delegados
estadounidenses a conferenciar con los otros ministros sobre paz, comercio, leyes
marítimas, derechos neutrales y beligerantes y otros asuntos. Las relaciones comerciales
ocuparon un lugar prominente en sus planes. Específicamente, Clay planteó el principio
fundamental de que ninguna nación americana debería concederle favores en el comercio o
la navegación a una potencia extranjera sin extenderles los mismos privilegios a todas
las demás naciones americanas3. También se adelantó
mucho a su época al sugerir que los delegados discutieran la posibilidad de crear «un
canal para fines de naveganción en algún lugar del Istmo que conecta las dos Américas,
para unir el Océano Pacífico con el Océano Atlántico»4.
El presidente John Quincy Adams
mostró menos entusiasmo que Clay en aceptar la incitación y complicó considerablemente
las cosas al buscar la aprobación del Congreso. Le pidió al Senado que confirmara a las
dos personas designadas que deseaba enviar y que ambas Cámaras aprobaran los fondos para
sus gastos. En breve los legisladores escépticos expresaron una serie de objeciones a la
participación de Estados Unidos en el cónclave. Algunos temieron que la primera reunión
interamericana representara una amenaza para la bien afianzada política estadounidense de
neutralidad, mientras otros simplemente vieron el debate como una oportunidad proselitista
para avergonzar a la administración. Sin embargo, la más férrea oposición provino de
aquellos que se espantaron de que este acontecimiento diplomático se inmiscuyera en un
asunto sumamente delicado de la política interna estadounidense.
Los legisladores sureños
entrevieron un peligro en dos puntos propuestos para ser incluidos en la agenda de la
conferencia: la abolición del tráfico de esclavos africanos y el establecimiento de
relaciones diplomáticas con Haití. Desde 1820 hasta el estallido de la Guerra Civil en
1860, prácticamente todos los temas importantes en la política estadounidense estuvieron
subordinados al debate sobre la esclavitud. Incluso los legisladores norteños temieron
que la discusión en Panamá perturbara el frágil equilibrio entre las fuerzas
proesclavistas y las fuerzas abolicionistas en los Estados Unidos. El Senador John Holmes
de Maine les advirtió a sus colegas que «los derechos de los esclavos de Cuba serían
discutidos allí» y que «los negros [en Estados Unidos] se levantarían y las escenas de
Santo Domingo se repetirían en casa». Holmes concluyó con una descripción que resumió
perfectamente la teoría que tenía el Congreso de la diplomacia: «Cuando no puedan ver
hacia dónde ir o qué hacer, no se muevan ni hagan nada»5.
Muchos de sus colegas tanto del sur como del norte expresaron temores similares. En otras
palabras, Estados Unidos casi rechazó la invitación a asistir a la conferencia debido a
la ansiedad de que una discusión multilateral sobre comercio y derechos laborales
constituyera una intervención en los asuntos internos de un Estado soberano.
A pesar de estas
preocupaciones, el Congreso eventualmente le concedió al Presidente Adams lo que éste
quería. La Cámara de Representantes autorizó los fondos para la delegación
estadounidense a esta conferencia mediante una votación de 134 a 60, mientras que el
Senado ratificó a los representantes presidenciales por 24 votos a favor y 19 en contra.
No obstante, pasaron casi cinco meses desde que el Presidente Adams propuso la aprobación
del Congreso hasta que se realizó la votación, y este retraso resultó ser literalmente
fatal. Uno de los delegados estadounidenses murió de fiebre en Cartagena mientras iba
rumbo a Panamá y el otro decidió no viajar mientras durase el mal tiempo, pero cuando
llegó la conferencia había terminado. Esta fue la ignominiosa y precursora conclusión
al primer esfuerzo por crear una unión más permanente en el continente americano.
2. La Conferencia Americana
Internacional de 1889-1890
Más de sesenta años después,
Estados Unidos pasó de invitado renuente a anfitrión mal dispuesto. La Conferencia
Americana Internacional de 1889-1890 contó con una presencia mucho mayor que el Congreso
de Panamá -todos los invitados, excepto la República Dominicana, enviaron delegaciones6- pero fue más disputada e igualmente improductiva.
Bajo la dirección del
secretario de Estado James Blaine, Estados Unidos convocó a esta conferencia para
discutir la liberalización comercial, el arbitraje pacífico de disputas y otros
aspectos. El Congreso aparentemente dio su consentimiento para que se realizara dicha
reunión, pero es incierto que la rama legislativa estaba preparada para aprobar todo lo
que Blaine deseaba. Inspirado por el éxito del Zollverein alemán, Blaine propuso
que los países negociaran una unión aduanera hemisférica. Esta habría incluido la
eliminación de las barreras arancelarias entre los estados americanos y la instauración
de un arancel externo común.
Estas propuestas no obtuvieron
un respaldo generalizado en la región. «La mayoría de los delegados latinoamericanos»,
de acuerdo con un historiador, «había asistido a la conferencia con el recelo de que
Estados Unidos trataría de conseguir el predominio político y comercial sobre los
Estados del continente»7. A los delegados
latinoamericanos les preocupaba particularmente un proyecto legislativo de aranceles
proteccionistas que estaba siendo considerando por el Congreso y el cual, según estimaba
Blaine, no «los estimulaba a esperar respuestas favorables de Estados Unidos a cambio de
las concesiones que sus respectivos gobiernos pudieran ofrecer»8.
Los dignatarios asistentes no pudieron llegar a un acuerdo sobre un plan para reducir las
barreras comerciales. En vez de negociar una unión aduanera o incluso ponerse de acuerdo
para explorar esa posibilidad, en el informe principal se declaró que la liberalización
«debería realizarse mediante pasos graduales». Estos deberían comenzar con «la
negociación de tratados de reciprocidad parcial entre las naciones americanas, mediante
los cuales cada uno de ellos pudiera comprometerse a eliminar o reducir los derechos de
importación que éste cobra por algunos de los productos naturales o manufacturados de
una o más de las demás naciones, a cambio de ventajas similares y equivalentes»9.
Aunque estas recomendaciones
estaban muy por debajo de lo que deseaba el Secretario Blaine, éste le pidió al Congreso
que lo autorizara a negociar e implementar los acuerdos bilaterales propuestos. Su
planteamiento tuvo lugar en un momento el cual el Congreso estaba deliberando sobre la Ley
McKinley sobre Aranceles de 1890, que de hecho se convirtió en uno de los instrumentos
más proteccionistas en la historia estadounidense. En vez de aceptar la petición de
Blaine, la ley aumentó los aranceles y asumió un enfoque punitivo para acabar con las
barreras extranjeras. Las disposiciones de reciprocidad contenidas en la Ley McKinley
sobre Aranceles le permitía al presidente imponer sanciones arancelarias a las
importaciones de azúcar, melaza, té, café y pieles, si se determinaba que el país
exportador «imponía aranceles u otros impuestos a los productos estadounidenses
agrícolas o de otra clase» que fuesen «recíprocamente injustos o excesivos». Los
países de Latinoamérica y el Caribe eran los blancos obvios de estas disposiciones.
Estados Unidos logró acuerdos recíprocos con casi todos los países americanos, pero
emprendió acciones de represalia contra Colombia, Haití y Venezuela. Estas sanciones
eran justamente lo contrario a lo que había buscado Blaine y enrarecieron las relaciones
con los socios comerciales de Estados Unidos.
3. Tratados comerciales
fallidos
El Secretario Blaine tenía
buenas razones para tratar de conseguir un medio especial para aprobar los acuerdos
comerciales. El único mecanismo de aprobación que la Constitución estadounidense
reconoce de manera explícita es el consentimiento senatorial para la ratificación de los
tratados, para lo cual se requiere de que dos tercios del Senado voten a favor de un
acuerdo. Esta regla garantizaba que los tratados encontrarían dificultades aunque el
partido del presidente tuviera mayoría en el Senado; el partido minoritario casi siempre
tiene por lo menos un tercio del Senado y, por consiguiente, un tratado necesita de al
menos unos cuantos votos de la oposición. El Congreso no ofreció una alternativa a este
engorroso procedimiento hasta 1934, cuando la Ley sobre Tratados Comerciales Recíprocos
(LTCR) le permitió al Presidente Rooselvet suscribir pactos para la reducción de
aranceles en forma de acuerdos ejecutivos (es decir, firmarlos como leyes por decreto
presidencial). La LTCR sentó el precedente para la autorización de negociar por la vía
rápida.
Antes de la LTCR, el Congreso
sólo permitió un acuerdo para la reducción de aranceles con un país latinoamericano
que entró en vigencia. El tratado sobre relaciones comerciales entre Estados Unidos y
Cuba, que estableció un margen preferencial de 20 por ciento para los productos cubanos
importados al mercado estadounidense10, fue la
excepción que confirmaba la regla. El Congreso descartó o simplemente ignoró una docena
de tratados comerciales alcanzados entre 1860 y 1900 con países latinoamericanos y
caribeños.
En dos oportunidades, el
Congreso estadounidense rechazó tratados comerciales con México. En 1860, la mayoría
del Senado estaba a favor de un tratado para la reducción de aranceles con México, pero
en la votación de 27 a 18 faltaron 3 votos para lograr los tres tercios necesarios. Ambos
países estuvieron mucho más cerca de consumar su relación comercial 24 años más
tarde, cuando el Senado aprobó un tratado arancelario en 1884. Sin embargo, este pacto
nunca entró en vigencia, porque la Cámara de Representantes no aprobó el ejecútese a
ley para enmendar la nomenclatura arancelaria estadounidense11.
Mucho después, la Ley sobre Aranceles de 1897 incluyó disposiciones que alentaban a los
presidentes a negociar tratados arancelarios recíprocos. Dichos tratados entrarían en
vigencia si dos terceras partes del Senado los aprobaban y la Cámara de Representantes
autorizaba el ejecútese a la ley. El Presidente William McKinley concluyó catorce de
estos tratados entre 1899 y 1900, incluyendo acuerdos con Argentina, República
Dominicana, Ecuador y Nicaragua, así como varios tratados por separado con Gran Bretaña
en nombre de sus colonias en el continente americano (es decir, Barbados, Bermudas, Guyana
Británica, Jamaica, Terranova, las Islas de Turcos y Caicos, y Trinidad). El Senado nunca
tomó acciones sobre cualquiera de estos pactos, ni siquiera después de que el presidente
Theodore Rooselvet negociara acuerdos complementarios para permitir extensiones al tiempo
permitido para la ratificación12.
Los intereses presidenciales
también incidieron en el tema, y cuatro tratados para la reducción de aranceles
fracasaron porque fueron negociados por un presidente pero no contaron con el respaldo de
su sucesor. Estados Unidos y México suscribieron un tratado en 1857 que contemplaba la
eliminación mutua de aranceles para numerosos productos. Las negociaciones de este
tratado comenzaron bajo la presidencia de Franklin Pierce, pero finalizaron entre las
elecciones presidenciales de 1856 y la toma de poder del Presidente James Buchanan en
1857. Ni Pierce ni Buchanan sometieron este tratado para que el Senado diera su
recomendación y consentimiento. Igualmente, justo después de las elecciones de 1884 el
Presidente Chester A. Arthur (republicano) sometió al Senado un tratado con República
Dominicana y dos tratados con España (en nombre de Cuba y Puerto Rico), los cuales
incluían concesiones arancelarias recíprocas. Pero al asumir la presidencia en 1885,
Grover Cleveland (demócrata) le pidió al Senado que rechazara los tratados de su
predecesor sin mayores consideraciones13.
4. La Guerra Fría
La Guerra Fría introdujo
elementos completamente nuevos en las relaciones interamericanas. La política
estadounidense durante este periodo reflejó varias de las mismas motivaciones contenidas
en la Doctrina Monroe -para evitar que las doctrinas foráneas y no democráticas echaran
raíces en el continente americano- pero lo hacía dentro de una estrategia global. El
continente americano ya no era la región principal de los intereses estadounidenses, sino
un sector más en la lucha a nivel mundial entre las superpotencias. La disposición de
Estados Unidos a dedicarle atención política y recursos materiales a la región cambió
durante el transcurso de su competencia con Moscú. Mientras el Congreso generalmente
estaba dispuesto a financiar los programas de asistencia externa y de otro tipo
solicitados por los distintos presidentes, siempre se insistía en que el ejecutivo
ahorrara. Por regla general, el Congreso se mostraba bastante renuente a aprobar ayuda
extranjera para las regiones que no parecían estar bajo una amenaza inminente. Las
complicaciones políticas se hicieron más graves en los años posteriores de la Guerra
Fría, a medida que el Congreso se volvió más asertivo como institución, se erosionó
el consenso bipartidista sobre los objetivos estadounidenses y las limitaciones
presupuestarias generaron una competencia entre los programas internos y los programas
extranjeros.
Durante la Guerra Fría, la
política estadounidense siguió un patrón cíclico. Cada vez que Washington determinaba
que había concedido insuficientes recursos y atención a América Latina y el Caribe,
desarrollaba un programa y lo anunciaba con bombos y platillos; cuando el supuesto peligro
cedía, la atención y el respaldo estadounidenses pasaban a otra región. De esta forma,
las perspectivas, conclusiones y recomendaciones emanadas de los viajes de análisis de
Milton Eisenhower a la región en 1953 y 1959 se repitieron en el informe de 1961 de la
Misión Especial para América Latina del Presidente Kennedy y posteriormente
reaparecieron en el informe de 1984 de la Comisión Kissinger. Estas tres administraciones
consideraban que la intranquilidad en América Latina se debía tanto a la desigualdad
social como a la interferencia soviética, y recomendaron que Estados Unidos respondiera
dándole mayores recursos económicos y militares a la región. El Fondo para el Progreso
Social de Eisenhower, la Alianza para el Progreso de Kennedy y la Iniciativa para la
Cuenca del Caribe (ICC) de Reagan nacieron de la misma teoría de contención mediante el
desarrollo económico y cada uno estuvo acompañada por un incremento de la asistencia
externa y las operaciones estadounidenses de seguridad.
El auge y caída de la Alianza
para el Progreso promovida por la administración Kennedy sirve como ejemplo de esta
situación, así como del breve lapso de atención del Congreso. Esta política fue la
respuesta estadounidense a la Revolución Cubana, la cual (según la prevaleciente Teoría
del Dominó) amenazaba con difundirse al resto de la región. En el febril clima político
de principios de los años 60, el Congreso estaba dispuesto a conceder lo que el
Presidente Kennedy solicitaba: mayores montos de asistencia externa, creación de los
Cuerpos de Paz y la adhesión de Estados Unidos al Acuerdo Internacional del Café. Sin
embargo, en el transcurso de unos pocos años, el foco de atención de la Guerra Fría se
había mudado al Sudeste Asiático, al igual que la mayor parte de la asistencia externa
estadounidense. Para el Presidente Johnson fue cada vez más difícil conseguir nuevos
fondos del Congreso y en 1969 el Presidente Nixon declaró oficialmente el fin de la
Alianza para el Progreso. Algo muy similar sucedió en los años 80, cuando la Revolución
Nicaragüense impulsó a la administración Reagan a proponer la ICC. Al terminar la
Guerra Fría y los Sandinistas abandonar el poder, el Congreso no siente mayores presiones
por ampliar los beneficios de la ICC.
La Iniciativa para las
Américas (IPA) del Presidente Bush sufrió una falta de urgencia parecida. En 1990 el
Presidente Bush planteó una serie de medidas orientadas a fomentar las reformas
democráticas y liberales que entonces se emprendían en toda la región, entre ellas se
incluía el alivio de la deuda, la liberalización del comercio y nuevo financiamiento
para los programas del Banco Interamericano de Desarrollo. El mismo hecho de que las cosas
iban bien en la región llevó a que los miembros del Congreso cuestionaran la necesidad
de tomar tales acciones. Aunada a la recesión interna y al colapso de la Unión
Soviética, esta apatía resultó difícil de superar. El Congreso jamás adjudicó todos
los fondos que la administración solicitaba para el BID y estableció estrictas
restricciones presupuestarias a los planes para el alivio de la deuda esbozados por el
gobierno.
¿Cuáles son las lecciones de
esta breve historia? Dicho en pocas palabras, los episodios analizados anteriormente
muestran que el actual impasse entre la administración Clinton y el Congreso no
representa nada nuevo. De hecho, las tres condiciones identificadas en la Regla 1 se
cumplen actualmente.
En primer lugar, diferentes
partidos políticos controlan la Casa Blanca y el Congreso. Los demócratas han ocupado la
presidencia desde 1993 y seguirán haciéndolo hasta el año 2000, pero los republicanos
obtuvieron el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado en 1994. El
primer instinto de la oposición es oponerse, por lo que el Presidente Clinton ha tenido
dificultades para convencer a los republicanos de que deberían apoyar cualquier nueva
iniciativa que él proponga. No es coincidencia el hecho de que los dos éxitos claros de
la administración Clinton en materia de política comercial (la ratificación del TLCAN y
los acuerdos de la Ronda Uruguay) tuvieron lugar entre 1993 y 1994, cuando los demócratas
aún controlaban ambas Cámaras del Congreso. Los republicanos no querían concederle al
presidente la autorización para negociar por la vía rápida antes de las elecciones de
1996, por la preocupación de que la esgrimiera como una victoria de política exterior, y
las elecciones del año 2000 ya se están haciendo sentir en las deliberaciones del
Congreso. Por otra parte, esta división del control político exacerba considerablemente
las dos complicaciones que discutimos a continuación.
Segundo, las solicitudes del
presidente sí requieren que el Congreso autorice y asigne los fondos necesarios. Esto no
es evidente a primera vista, ya que la actual política cae en el amplio concepto de
«comercio en vez ayuda», pero las peculiaridades de las normas presupuestarias
estadounidenses señalan lo contrario. Desde 1990, estas normas han estipulado que deben
conseguirse medidas compensatorias (es decir, nuevos ingresos o recortes a los gastos)
para cualquier nueva iniciativa que aumente el gasto o reduzca los ingresos. Esto
significa que el Congreso debe «pagar» por cualquier propuesta para negociar acuerdos
comerciales, renovar el SGP o mejorar la ICC, porque las tres medidas conducen a una
disminución del ingreso arancelario. Estas normas prespuestarias se sumaron a las
dificultades políticas para aprobar el TLCAN en 1993 y los acuerdos de la Ronda Uruguay
en 1994. Los opositores de estos convenios fueron capaces de argumentar no sólo contra
los méritos de los propios pactos, sino también contra los medios por los cuales serían
financiados. El problema financiero es la razón fundamental por la que el Congreso ha
aprobado únicamente breves renovaciones del SGP, el cual ha sido suspendido tres veces en
los últimos cuatro años.
En tercer lugar y más
importante que todo lo anterior, la iniciativa se ha complicado políticamente con temas
controversiales de la política interna estadounidense. El principal obstáculo es el
intenso desacuerdo sobre los derechos laborales y el medio ambiente. La política
comercial per se es un asunto relativamente aislado, en el cual ambos partidos
tienen alas proteccionistas y liberales. Por el contrario, los temas laborales y
ambientales han sido puntos esenciales de conflicto político durante décadas. Los
demócratas insisten en que todos los nuevos acuerdos comerciales se deben basar en las
disposiciones del TLCAN que incrementan la protección de los trabajadores y el medio
ambiente, mientras los republicanos son igualmente inflexibles en su insistencia para que
tales aspectos no sean relacionados con el comercio. Las desavenencias sobre este
principio ha obstaculizado la concesión de la autoridad para negociar por la vía rápida
desde 1993, y hay pocos indicios de que esta controversia pueda resolverse pronto.
¿Qué debería hacer la
región en esta situación? Sería recomendable que asumiera expectativas realistas sobre
lo que Washington será capaz de cumplir. Es sumamente fácil dejarse llevar por los
sentimientos alentadores de los gobernantes estadounidenses, muchos de los cuales están
sinceramente inspirados por el deseo de ser un buen vecino. Los propios estadistas de la
región deberían recordar con que rapidez estas cálidas palabras pueden templarse en las
frías aguas del río Potomac, y mantenerse atentos al cariz interno de la política
económica exterior de Estados Unidos.