"El comercio en las economías
de América Latina y el Caribe"
Edición Nº 50
Abril - Junio 1997 |
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Repercusiones de la
globalización en el desarrollo: la integración como respuesta
Ney Lopes
Diputado del Congreso de la República Federativa de Brasil y Secretario General del
Parlamento Latinoamericano
Extractos de la ponencia presentada en la XIII
Conferencia Interparlamentaria Unión Europea/América Latina, realizada en Caracas, del
19 al 22 de mayo de 1997, organizada por el Parlamento Europeo y el Parlamento
Latinoamericano.
I. Globalización
comercial y financiera
De una manera muy general,
puede definirse el proceso de globalización como la expansión de la actividad
económica, de manera simultánea, sin que las fronteras nacionales constituyan
obstáculos de relieve. Se acostumbra asociar la idea de globalización a la mera
ampliación del comercio internacional de mercancías, lo que se aplica a la actualidad.
De hecho, cabe observar que, en los 19 años transcurridos entre 1977 y 1996, mientras que
el PIB mundial creció un 83%, el volumen del comercio mundial de mercancías aumentó un
167% y el volumen total del comercio mundial de bienes y servicios un 158%. Debe
señalarse asimismo la reducción significativa de los niveles de protección arancelaria
registrada tras la II Guerra Mundial, bajo los auspicios del GATT. En resumen,
independientemente de los parámetros que empleemos, no puede negarse la explosión del
comercio mundial en los últimos años.
No obstante, en nuestra
opinión, el hecho de identificar la globalización con la mera generalización del
multilateralismo comercial únicamente refleja una parte de un fenómeno más amplio. En
primer lugar, no se toman en cuenta los significativos incrementos registrados en los
flujos de inversión directa. Entre 1982 y 1992, por ejemplo, estos flujos aumentaron en
un porcentaje medio del 30% anual en el mundo, un ritmo de crecimiento cinco veces
superior al del comercio mundial y 10 veces superior al del producto mundial. Cabe estimar
que, a lo largo de dicho período, las inversiones directas exteriores aumentaron de los
500.000 millones de dólares (EE.UU.) a los dos billones de dólares.
En segundo lugar, la visión
simplista de la globalización como mero multilateralismo no consigue explicar los
obstáculos al comercio creados por los países industrializados. Efectivamente, el propio
GATT señala que, en los últimos diez años, 63 países en desarrollo redujeron de manera
significativa sus restricciones aduaneras. Sin embargo, durante el mismo período 22
países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE) elevaron sus barreras, especialmente las no arancelarias, que inciden en los
productos agrícolas, productos siderúrgicos, aparatos electrónicos, calzado y prendas
de vestir. Se calcula que el porcentaje del comercio de productos manufacturados afectado
por estas medidas proteccionistas aumentó desde el 14% del total, en 1981, a más del 19%
en 1990.
En tercer lugar, la visión
meramente comercial de la globalización olvida uno de los fenómenos más importantes de
los últimos años: la globalización de las finanzas. Ilustraremos este proceso con
algunos datos estadísticos. Las transacciones diarias en los mercados de cambio
evolucionaron de 15.000 millones de dólares en 1973 a 1,3 billones el pasado año, una
cantidad casi 60 veces superior al flujo comercial diario. Asimismo se calcula que el
total de los activos financieros objeto de transacción en el mundo aumentó de los 5
billones en 1980 a 35 billones en 1992, lo que equivale al doble del PIB de todos los
países de la OCDE reunidos.
Incluso la propia
Latinoamérica entró en este proceso. Los países de la región lanzaron, sólo en el
pasado año, emisiones en títulos en los mercados internacionales voluntarios de renta
fija por un valor de 67.300 millones de dólares, un incremento superior al 90% con
respecto al total de emisiones de 1995. Por su parte, entre 1990 y 1994, la región fue
receptora líquida, como media anual, de 40.100 millones de dólares, alcanzando las
inversiones directas la cantidad de 11.900 millones de dólares, mientras que la media
anual entre 1983 y 1989 fue de 16.600 millones de salida líquida de capitales. Asimismo
la media anual de inversiones de los países desarrollados en los mercados de capitales
denominados emergentes alcanzó entre 1990 y 1993 los 44.900 millones de dólares, de los
cuales más de 33.000 millones de invirtieron en Latinoamérica y en el Caribe. Además,
la cotización bursátil internacional de empresas de la región superó los 6.000
millones de dólares en 1993.
II. Causas y efectos de
la globalización
¿Cómo pudo llegarse a cifras
tan impresionantes? Suele explicarse esta eclosión de las finanzas mundiales con
menciones vagas a la «desregulación» o a las «innovaciones tecnológicas»,
confiriendo a estos factores un carácter más o menos autónomo. En realidad, somos de la
opinión de que la globalización financiera registrada en los últimos 15 años fue, al
mismo tiempo, causa y efecto de la globalización comercial concomitante. Sin embargo,
también fue causa y efecto de tres fenómenos simultáneos: la expansión del comercio
mundial, la actuación más libre de los mercados financieros y las innovaciones
registradas en las prácticas y en los instrumentos de dichos mercados. Hubo, pues, de
este modo tres canales de influencia y fortalecimiento mutuos.
En el primero de ellos, la
expansión del comercio mundial en el decenio de 1970 aceleró la demanda de recursos para
financiar los flujos más importantes de bienes y servicios. En contrapartida, la
ampliación de los mercados de capitales internacionales produjo la disponibilidad de
liquidez necesaria para la propia expansión del comercio. En el segundo canal de
influencia, las restricciones reguladoras en los países desarrollados fomentaron la
búsqueda de innovaciones financieras en el exterior por parte de las instituciones
participantes, a semejanza de la creación de los denominados «Euromercados» en el
decenio de 1950. De este modo creció el volumen de las transacciones bancarias
transfronterizas. En compensación, esa masa de recursos disponibles en el exterior
obligó a las entidades de carácter no internacional, a promover su cuota de innovaciones
en los productos y servicios ofrecidos a los consumidores nacionales. Por último, la
expansión de los mercados financieros situó a las entidades que todavía estaban sujetas
a las restricciones domésticas en desventaja competitiva frente a los competidores
exteriores, lo que dio origen a presiones en los gobiernos respectivos para acelerar la
desregulación de los mercados financieros. Evidentemente, el proceso de desregulación
contribuyó a la globalización financiera.
Además de la acción
recíproca entre el comercio, las innovaciones financieras y la desregulación de los
mercados financieros por una parte, y la expansión de las finanzas globales, por otra,
algunos factores específicos contribuyeron a acelerar las tendencias apuntadas. En primer
lugar, la importante afluencia de petrodólares a partir del inicio del decenio de 1970 y
la existencia de grandes desequilibrios en las cuentas exteriores de las principales
economías a partir del final de dicho decenio produjeron importantes flujos de capital
entre los países, lo cual reforzó la expansión de los flujos financieros
internacionales. En segundo lugar, también tiene su origen en esta época la tendencia al
incremento de los niveles y de la inestabilidad de los tipos de interés estadounidenses,
lo cual exacerbó la preocupación por la inestabilidad de las paridades monetarias. El
aumento de la actividad comercial y la expansión de las finanzas internacionales en un
marco de inestabilidad de los cambios y de los tipos de interés provocaron la aparición
de una importante demanda de técnicas de protección contra riesgos financieros como
consecuencia de la inestabilidad de dichas variables. Por este motivo, se desarrollaron
los denominados mercados de «derivados» -como los de futuros y de opciones- destinados a
reducir dichos riesgos y que sirvieron de impulso adicional para la aparición de
innovaciones financieras.
El vertiginoso avance
tecnológico en los ámbitos de la informática y de las telecomunicaciones registrado a
partir del decenio de 1980 se reveló de suma importancia para la aceleración del proceso
de globalización financiera.
Por otra parte, al igual que
con la globalización de las finanzas, algunos factores confluyeron de manera circular en
el proceso de expansión del comercio y de las inversiones transfronterizas, reforzando y
siendo reforzados al mismo tiempo por la globalización. Creemos que dos aspectos
desempeñaron un papel destacado en este fenómeno: por una parte, la propia
globalización financiera; por otra, la generalización de una nueva forma de
organización industrial en las grandes empresas del Primer Mundo, esto es, el sistema
«post Ford» o «flexible» de producción.
Al contrario que la tradicional
organización de tipo «Ford», el sistema «post Ford» de producción propugna la
integración entre la planificación y la ejecución de la actividad industrial,
implicando la organización de los trabajadores en equipos flexibles y relativamente
autónomos y reuniendo mano de obra dotada de múltiples habilidades y de capacidades de
aprendizaje. Otro aspecto muy importante asociado a este sistema productivo es la
relación de estrecha colaboración, con vínculos de largo plazo, entre los productores y
sus proveedores y clientes. Queda establecida, pues, una organización «en red», por la
que se unen elementos situados en etapas diferentes del proceso de producción.
Como consecuencia de la
generalización del sistema «post Ford», las características de la producción flexible
dieron origen a dos tendencias que tomaron cuerpo a partir de comienzos del decenio de
1980 y determinaron el rumbo del proceso de globalización. En primer lugar, la
disminución de la importancia de los costes de la mano de obra en relación con los
costes totales del producto, como fruto de la automatización, de la pérdida de
importancia de la mano de obra poco especializada (y, por lo tanto, barata) y del
crecimiento del volumen de inversión en I+D (investigación y desarrollo) a escala
global. En segundo lugar, la importancia de la proximidad física entre los productores,
por una parte, y sus proveedores y clientes, por otra, lo que supuso la afirmación de las
estructuras «en red».
La unión de ambos factores con
el aumento de las tendencias proteccionistas del Primer Mundo a partir del decenio de 1980
y con la aparición de los problemas derivados de la inestabilidad del cambio condujo, de
este modo, al establecimiento de un movimiento que plasma, quizás, toda la complejidad
del momento actual. Se trata de la tendencia irrefrenable a la constitución de redes
regionales de producción y contratación de factores de producción en los grandes
mercados regionales del Primer Mundo, especialmente de la Unión Europea y de
Norteamérica, por parte de las empresas líderes de los países industrializados.
Cabe observar que esta
tendencia innegable supone un cambio radical en la estrategia aplicada por las grandes
empresas multinacionales. En la fase anterior de globalización comercial, entre las
posguerra y mediados del decenio de 1970, la mayoría de estas empresas buscó una
presencia global, tanto en la producción, como en la obtención de los insumos. Se
popularizó el reparto por diferentes países de etapas diferentes de los procesos de
elaboración industrial de una misma clase de productos. Se concedió un papel importante
a los países del Tercer Mundo como sedes de este reposicionamiento industrial, habida
cuenta de que su mano de obra barata representaba una ventaja comparativa en un sistema
Ford de producción.
En la actualidad, debido a los
movimientos originados en la nueva fase de globalización y que hemos mencionado
anteriormente, los esfuerzos de innovación, inversión, producción y conquista de
mercados por parte de las empresas multinacionales tienden a concentrarse en los mercado
regionales desarrollados. Como ilustración de esta tendencia cabe señalar que el
porcentaje de los flujos de inversión directa procedente de los países ricos hacia los
países en desarrollo, que en el decenio de 1970 llegó a una tercera parte, descendió al
25% entre 1980 y 1984 y a aproximadamente el 19% en la segunda mitad del decenio de 1980.
En resumen, la actual etapa de
globalización se caracteriza por la ampliación de la globalización comercial, de forma
simultánea a la importante globalización financiera, junto a las tendencias
concomitantes de regionalización de los mercados de bienes y servicios, de progreso
tecnológico vertiginoso y de generalización de los sistemas flexibles de producción. Se
produce la interacción de estos factores entre sí, lo que contribuye a un movimiento
dirigido a la concentración en las regiones más desarrolladas de la actividad económica
y del aprovechamiento de los frutos del progreso tecnológico.
III. Desafíos y
riesgos de América Latina
Sin duda alguna, el gran
peligro que acecha a los países latinoamericanos es la posibilidad de que se vean
excluidos de la dinámica de la globalización, con lo que se incrementará aún más la
distancia que les separa del Primer Mundo. El principal desafío para nuestro continente
en los albores del siglo XXI es integrarse en los flujos comerciales, financieros y
tecnológicos que recorrerán los centros dinámicos de la economía mundial.
Una integración efectiva a la
economía globalizada, regionalizada e intensiva en conocimientos e información, como la
de hoy en día, únicamente podrá concretarse mediante un ambiente económico interno en
nuestros países que favorezca el desarrollo de empresas orientadas a la competencia
internacional. Por este motivo, el paso más importante en esa dirección debe ser el
desarrollo de mercados interiores dotados de ambiente competitivo, organizados sobre bases
que conduzcan a la eficacia económica. Para alcanzar este fin, naturalmente, se
presuponen Estados suficientemente fuertes y preparados para estimular la acumulación del
capital humano imprescindible, para mantener la estabilidad macroeconómica y para
propiciar los incentivos microeconómicos necesarios para la búsqueda permanente de
eficacia e innovación.
Más concretamente,
consideramos absolutamente necesaria la supresión de tres obstáculos para que nuestros
países puedan cumplir con las exigencias de la globalización. Se trata de la
recuperación de la efectividad y credibilidad del Estado, la desarticulación de las
estructuras de concentración de poder político y económico heredadas del pasado y, por
último, la superación de la inmensa deuda social para con nuestros pueblos.
En este marco, la propuesta de
integración regional de los países de la América Latina a través de la Comunidad
Latinoamericana de Naciones (CLAN) puede ser un poderoso instrumento para la consecución
de dichos objetivos. No a la integración de espaldas al mundo, llevada a cabo
artificialmente en el contexto de un diagnóstico poco acertado de los obstáculos al
desarrollo de la región, como fue la propuesta de hace unas décadas, y sí a la
integración comercial y financiera que refleje las peculiaridades del momento actual y
sepa identificar los objetivos que pueden alcanzarse mejor con una acción de cooperación
colectiva.
Son tres los principales
beneficios estructurales que cabe esperar de una integración abierta, orientada hacia los
demás grandes mercados regionales, por parte de los países latinoamericanos. En primer
lugar, el fortalecimiento de la soberanía colectiva de los Estados nacionales para hacer
frente a los poderosos grupos de interés, oligopolios y cárteles profundamente
enraizados en el entramado social y económico de la América Latina, fruto de nuestra
trayectoria de colonización y desarrollo. Por lo general, no interesa a estos grupos
dominantes -que deben su poder a los acuerdos tácitos firmados con las élites locales en
un contexto de protección de las influencias exteriores y mantenimiento del statu quo-
una hipótesis de rápido crecimiento económico, en el que las posiciones de predominio
relativo tienden a modificarse con rapidez. De este modo, el mantenimiento de esas
estructuras de poder supone un influyente factor de desaceleración del crecimiento, de
limitación de la capacidad de las empresas nacionales para destinar recursos ante la
aparición de cambios en el ambiente económico, de incentivo a la regulación excesiva y,
por último, de enfriamiento de la competitividad interior y exterior de los países.
Un proceso de regionalización
puede contribuir a la reducción o debilitamiento de la rigidez derivada del predominio de
dichos grupos de interés, mediante el estímulo a la competencia y la mayor eficacia en
la asignación de recursos que aparecen con el espacio económico ampliado. La influencia
diluida de los oligopolios internos estimula de manera circular a las fuerzas competitivas
interiores y, por lo tanto, el dinamismo competitivo de toda la región. Esta tarea puede
ser inviable para Estados nacionales poco estructurados, de ahí la utilidad de una
acción colectiva concertada en esa dirección.
Por otra parte, cabe considerar
que el predominio de las formas de producción de acuerdo con sistemas post Ford plantea
algunos problemas a las economías de la América Latina. De hecho, las ventajas
competitivas derivadas de esta forma de organización se asientan en dos bases. Por una
parte, buena calidad de la infraestructura y de los recursos humanos disponibles. Por
otra, el establecimiento de redes de cooperación entre los productores y sus proveedores
y clientes, lo que implica la necesidad de un acceso permanente a los mercados dinámicos
del Primer Mundo, para que las empresas latinoamericanas puedan integrarse en los flujos
de información y tecnología que dan acceso a una estrategia lograda de competitividad.
Bien es verdad que muy pocas de nuestras empresas, nutridas en el contexto ineficaz de
mercados protegidos, presentan condiciones técnicas y financieras de conquista de
mercados acostumbrados a una innovación permanente y a la competencia.
Por otra parte, la integración
abierta de la América Latina puede contribuir en gran medida a atraer inversiones
directas hacia sus países al reforzar las perspectivas de estabilidad política y
macroeconómica derivadas del compromiso de las naciones de la región con dichos
objetivos, lo que representa un segundo factor positivo.
Un tercer efecto beneficioso de
la integración abierta latinoamericana está relacionado con las negociaciones en marcha
en el ámbito de lo que se pretende que sea un sistema multilateral de comercio. De este
modo, sería importante el poder negociador de un bloque comercial y económico
latinoamericano que hiciera oír su voz común en los foros de negociaciones
multilaterales del comercio mundial. En realidad, es lícito suponer que su peso sería
superior a la suma del de cada una de las naciones de la región consideradas
individualmente.
En estas condiciones, el
fortalecimiento de la integración de la América Latina no tendría el propósito de
servir como alternativa al multilateralismo. Por el contrario, la aplicación de un
sistema multilateral de comercio con normas claras, estables y equitativas reviste un
interés prioritario para la América Latina. De esta forma, el establecimiento efectivo
de un sistema multilateral de comercio, basado en normas claras y estables, que refrene
los abusos proteccionistas de las naciones desarrolladas y, al mismo tiempo, garantice
condiciones de acceso a los grandes mercados regionales redundará evidentemente en
interés de la América Latina. Por estos motivos, el hecho de considerar la ampliación
de los acuerdos en el ámbito de la OMC como un instrumento de dominio por parte de las
grandes potencias o un neoimperialismo disfrazado forma parte de los juicios simplistas,
mal elaborados y lesivos con respecto a los objetivos a largo plazo de nuestros países.
Una vez aceptada la
conveniencia de la integración latinoamericana, cabe estudiar si este proceso debería o
no incluir a los Estados Unidos ya desde la etapa inicial. Los defensores de esta
estrategia apuntan a la formación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA)
como el instrumento por excelencia para su consecución. De acuerdo con esta visión, los
países latinoamericanos se beneficiarían del libre acceso al mercado estadounidense,
así como del abaratamiento de las importaciones procedentes de este país.
Por el contrario, un número
considerable de estudiosos no recomienda esta integración comercial inmediata con los
Estados Unidos, especialmente en los términos defendidos por este país en las recientes
reuniones de viceministros de Comercio Exterior de las naciones del continente convocadas
para tratar el tema. De acuerdo con la posición estadounidense, las reducciones de los
aranceles que inciden en el comercio entre los 34 países participantes deberían ser
anteriores a los acuerdos sobre la supresión de obstáculos comerciales y de barreras no
arancelarias.
En realidad, la integración
comercial inmediata entre los Estados Unidos y la América Latina exige cierta cautela por
nuestra parte. Cabe considerar, por ejemplo, que la inclusión de la economía
estadounidense presenta grados diferentes de atractivo para cada uno de los países
latinoamericanos, siendo tanto más interesante cuanto mayores sean la participación de
los Estados Unidos como mercado de destino de las exportaciones, la importancia de las
exportaciones del PIB y el grado de liberalización comercial alcanzado. Asimismo, la
realización del ALCA a corto plazo encontraría aún a las economías de la América
Latina supeditadas a la rigidez empresarial y a la inmovilidad de capital características
de su fase anterior de desarrollo. De este modo, los costes para las economías
latinoamericanas de esta integración acelerada -en términos de desempleo y pérdida de
mercado de las empresas nacionales de menor importancia- se asemejarían a los de una
liberalización comercial unilateral por parte de estos países. Cabe señalar asimismo
que un acuerdo continental centrado en los aspectos de la reducción arancelaria no
ofrecería garantías de reducción del proteccionismo estadounidense en áreas
consideradas «sensibles» de su comercio exterior, precisamente las que representan un
interés exportador para la América Latina.
Tiende a llegarse a la
conclusión de que sería preferible para los países latinoamericanos conceder prioridad
a la integración económica únicamente entre ellos, dentro de los esquemas comentados
anteriormente, antes de encaminarse a la adopción del ALCA. De este modo, las ventajas de
la regionalización que acabamos de señalar se aprovecharían mejor en un contexto de
preparación a la competitividad exterior. Por el contrario, la súbita liberalización de
las importaciones estadounidenses sin que se produjeran avances en el proceso de
integración mantendría intactas las mismas estructuras económicas heredadas de la fase
de sustitución de importaciones. En este supuesto, los oligopolios nacionales
resistirían con toda probabilidad mejor al impacto de la liberalización que los
productores nacionales de menor importancia. De este modo, se habría fomentado realmente
un fortalecimiento de la concentración de oligopolios en la América Latina, lo que
podría comprometer nuestras pretensiones de desarrollo competitivo.
Todas estas consideraciones
hacen aflorar a la superficie la oportunidad de avanzar en la idea de implantar la
Comunidad Latinoamericana de Naciones (CLAN), idea lanzada originalmente en la Reunión
del Grupo de Río celebrada en Cartagena de Indias en diciembre de 1991. Posteriormente
fue consolidándose el concepto original con ocasión de la XI Conferencia
Interparlamentaria Europa-América Latina celebrada en Sao Paulo en mayo de 1993, al
recomendarse en el Acuerdo nº 21 de dicha reunión «impulsar el desarrollo del concepto
de ciudadanía europea y latinoamericana». En octubre del mismo año se creó un Grupo
Técnico de Trabajo entre el Grupo de Río y la Comisión Especial del Parlamento
Latinoamericano dedicada a este tema, de cuya labor nació el Acta de Intención
Constitutiva de la CLAN, dirigida a los ministros de Asuntos Exteriores del Grupo de Río
en mayo de 1995.
La propuesta comenzó a
definirse con mayor claridad en la V Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado celebrada en
Bariloche en octubre de 1995, en la que se creó el Comité de Alto Nivel para la
constitución de la Comunidad Latinoamericana de Naciones, integrado por representantes de
las cancillerías de los países latinoamericanos, en colaboración con el Parlamento
Latinoamericano, con miras a proponer un calendario de trabajo y promover los estudios
necesarios para su materialización. Dos meses más tarde se procedió a dar cabida a este
Comité en la propia sede del Parlamento Latinoamericano en Sao Paulo. La formación de
una institución comunitaria latinoamericana fue también claramente defendida por el
Presidente del Parlamento Latinoamericano, Juan Adolfo Singer, en su intervención ante la
X Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de Río celebrada en Cochabamba en
septiembre de 1996. Más recientemente, el texto de la Resolución Final de la VI Cumbre
Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Viña del Mar en noviembre
pasado, destacó la puesta en marcha del Comité de Alto Nivel mencionado anteriormente.
Ya se han dado los primeros
pasos hacia la constitución de la CLAN. En estas condiciones nada más indicado que
anclar esta iniciativa en bases sólidas para alcanzar la integración de la que hemos
hablado. No sólo la integración comercial y económica, sino también el aprovechamiento
de los vínculos comunes de carácter étnico, cultural, social y religioso que unen a
todas nuestras naciones. Una Comunidad Latinoamericana de Naciones organizada con plena
conciencia de las características del mundo actual, que tuviera en cuenta los objetivos
principales a largo plazo de nuestros países, que se apartara de la retórica vacía del
tercermundismo tendría la virtud de prepararnos a la integración Sur-Norte, de manera
que evitáramos los riesgos de exclusión de la dinámica de progreso y crecimiento
económico y social del proceso de globalización. Por estos motivos, urge que prosigamos
con los estudios y trabajos para hacer viable esta iniciativa.
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