Vivimos en medio de una falacia
descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se
pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Millones de destinos son destruidos,
aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener
con vida para siempre nuestro tabú más sagrado: el trabajo.
En efecto, disimulado bajo la
forma perversa de «empleo», el trabajo constituye el cimiento de la civilización
occidental, que reina en todo el planeta. Se confunde con ella hasta el punto de que, al
mismo tiempo que se esfuma, nadie pone oficialmente en tela de juicio su arraigo, su
realidad ni menos aún su necesidad. ¿Acaso no rige por principio la distribución y por
consiguiente la supervivencia? La maraña de transacciones que derivan de él nos parece
tan indiscutiblemente vital como la circulación de la sangre. Ahora bien, el trabajo,
considerado nuestro motor natural, la regla del juego de nuestro tránsito hacia esos
lugares extraños adonde todos iremos a parar, se ha vuelto hoy una entidad desprovista de
contenido.
Nuestras concepciones del
trabajo y por consiguiente del desempleo en torno de las cuales se desarrolla (o se
pretende desarrollar) la política se han vuelto ilusorias, y nuestras luchas motivadas
por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote con sus molinos de viento. Pero
nos formulamos siempre las mismas preguntas quiméricas para las cuales, como muchos
saben, la única respuesta es el desastre de las vidas devastadas por el silencio y de las
cuales nadie recuerda que cada una representa un destino. Esas preguntas perimidas, aunque
vanas y angustiantes, nos evitan una angustia peor: la de la desaparición de un mundo en
el que aún era posible formularlas. Un mundo en el cual sus términos se basaban en la
realidad. Más aún: eran la base de esa realidad. Un mundo cuyo clima aún se mezcla con
nuestro aliento y al cual pertenecemos de manera visceral, ya sea porque obtuvimos
beneficios en él, ya sea porque padecimos infortunios. Un mundo cuyos vestigios
trituramos, ocupados como estamos en cerrar brechas, remendar el vacío, crear sustitutos
en torno de un sistema no sólo hundido si no desaparecido.
¿Con qué ilusión nos hacen
seguir administrando crisis al cabo de las cuales se supone que saldríamos de la
pesadilla? ¿Cuándo tomaremos conciencia de que no hay una ni muchas crisis sino una
mutación, no la de una sociedad sino la mutación brutal de toda una civilización?
Vivimos una nueva era, pero no logramos visualizarla. No reconocemos, ni siquiera
advertimos, que la era anterior terminó. Por consiguiente, no podemos elaborar el duelo
por ella, pero dedicamos nuestros días a momificarla. A demostrar que está presente y
activa, a la vez que respetamos los ritos de una dinámica ausente. ¿A qué se debe esta
proyección de un mundo virtual, de una sociedad sonámbula devastada por problemas
ficticios... cuando el único problema verdadero es que aquéllos ya no lo son sino que se
han convertido en la norma de esta época a la vez inaugural y crepuscular que no
reconocemos?
Por cierto, así perpetuamos lo
que se ha convertido en un mito, el más venerable que se pueda imaginar: el mito del
trabajo vinculado con los engranajes íntimos o públicos de nuestras sociedades.
Prolongamos desesperadamente las transacciones cómplices hasta en la hostilidad, rutinas
profundamente arraigadas, un estribillo cantado desde antaño en familia... una familia
desgarrada, pero atenta a ese recuerdo compartido, ávida de los rastros de un denominador
común, de una suerte de comunidad aunque sea fuente y sede de las peores discordias, las
peores infamias. ¿Cabría decir, de una suerte de patria? ¿De un vínculo orgánico tal
que cualquier desastre es preferible a la lucidez, a la comprobación de la pérdida,
cualquier riesgo es más aceptable que la percepción y conciencia de la extinción del
que fuera nuestro medio?
A partir de ahora nos
corresponden los medicamentos suaves, las farmacopeas vetustas, las cruentas cirugías,
las transfusiones sin ton ni son (que benefician sobre todo a ciertos personajes). A
nosotros nos corresponden los discursos tranquilizantes y pontificadores, el catálogo de
las redundancias, el encanto reconfortante de las eternas cantilenas que disimulan el
silencio severo, inflexible de la incapacidad; uno las escucha atónito, agradecido de
verse sustraído a los espantos de la vacuidad, reconfortado al mecerse al ritmo de las
necedades familiares.
Pero detrás de las
supercherías, bajo los subterfugios oficializados, las pretendidas «operaciones» cuya
ineficacia se conoce de antemano, el espectáculo morosamente asimilado, aparece el
sufrimiento humano, real y grabado en el tiempo, en ese que trama la verdadera Historia
siempre oculta. Sufrimiento irreversible de las masas sacrificadas, lo que viene a
significar conciencias torturadas y negadas una por una.
En todas partes se habla
constantemente del «desempleo». Sin embargo, se despoja al término de su sentido
verdadero porque oculta un fenómeno distinto de aquel, totalmente obsoleto, que pretende
indicar. No obstante, nos hacen al respecto laboriosas promesas, generalmente falaces, que
nos permiten vislumbrar cantidades ínfimas de puestos de trabajo ágilmente emitidos
(saldados) en el mercado; porcentajes despreciables en comparación con los millones de
individuos excluidos del trabajo asalariado y que, tal como van las cosas, seguirán en
esa condición durante décadas. ¿Y en qué estado se encontrarán la sociedad, ellos y
el «mercado del empleo»?
Es verdad que no faltan las
alegres imposturas, como por ejemplo aquella que eliminó de las estadísticas entre
250.000 y 300.000 desocupados de un solo golpe... al borrar a los que trabajan por lo
menos 78 horas mensuales, es decir, menos de dos semanas y sin estabilidad1. ¡Había que pensar en eso! Recordar también que es
sólo un cálculo, que no tiene la menor importancia modificar la suerte de los cuerpos y
las almas disimulados bajo las cifras de las estadísticas. Lo que cuenta son las cifras
aunque no correspondan a un número real, a algo orgánico, al menor resultado, aunque no
sean sino la manifestación de una fullería. ¡Travesuras alegres! Como la de un gobierno
francés que se pavoneaba feliz, cantando victoria. ¿Había disminuido el desempleo? Por
cierto que no. Al contrario, había aumentado... ¡pero menos que el año anterior!
Pero mientras se distrae así a
la gente, millones de personas, digo bien, personas, puestas entre paréntesis,
tienen derecho por un tiempo indeterminado, acaso sin otro límite que la muerte, a la
miseria o su amenaza próxima, con frecuencia a la pérdida del techo, de la
consideración social e incluso de la autoestima. Sólo pueden aspirar a la angustia de la
inestabilidad o el naufragio de la propia identidad. Al más vergonzoso de los
sentimientos: la vergüenza. Porque cada uno aún se cree (se le alienta a creerse) el amo
frustrado de su destino, cuando en realidad es una cifra introducida por el azar en una
estadística.
Hay multitudes de seres que
bregan, solos o en familia, para evitar o no caer en exceso y antes de tiempo, en el
estancamiento. Otros, en la periferia, temen y corren el riesgo de caer en ese estado.
Lo más nefasto no es el
desempleo en sí sino el sufrimiento que engendra y que deriva en buena medida de su
insuficiencia con respecto a aquello que lo define; con respecto a aquello que proyecta el
término «desempleo», que si bien ha perdido vigencia, aún sigue determinando su
significado. El fenómeno actual del desempleo ya no es lo que designa ese
término, pero se pretende encontrarle solución y, sobre todo, juzgar a los desempleados
sin tener en cuenta ese hecho y en función del reflejo de un pasado destruido. En
realidad, aún no se ha precisado ni definido la forma contemporánea de lo que aún se
llama desempleo, y por consiguiente no se la ha tenido en cuenta. La verdad es que no
tiene nada que ver con lo que habitualmente se llama «desempleo» y «desempleados»;
aunque se dice que el problema está en el centro de las preocupaciones generales, en
realidad se oculta el fenómeno verdadero.
En la actualidad, un
desempleado no es objeto de una marginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a
determinados sectores; está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable
con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede
resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se
llama trabajo, es decir, de los puestos de trabajo.
Pero aún hoy se pretende que
lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del
trabajo cuando éste ha dejado de existir. Las consecuencias de este desfasaje son
crueles. Se trata y se juzga a los sin trabajo, víctimas de esa desaparición, en
función de los criterios propios de la época en que abundaban los puestos de trabajo.
Despojados de empleo, se los culpa por ello, se los engaña y tranquiliza con promesas
falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia, la mejoría rápida de la
coyuntura afectada por los contratiempos.
De ahí resulta la marginación
inexorable y pasiva de un número inmenso y creciente de «buscadores de empleo» que,
irónicamente, por el hecho de serlo, se incorporan a una norma actual; norma que no es
reconocida como tal ni siquiera por los marginados del trabajo, quienes por el contrario
son los primeros (hay quien se asegura de que lo sean) en considerarse incompatibles con
una sociedad de la cual, sin embargo, son el producto más natural. Se los convence de que
son indignos de ella y sobre todo responsables por su situación, a la que encuentran
envilecedora (por ser envilecida) e incluso reprochable.
Se acusan de aquello de lo cual
son víctimas. Se juzgan con la mirada de quienes los juzgan, adoptan esa mirada que los
ve culpables y a continuación se preguntan qué incapacidad, qué vocación de fracaso,
qué mala voluntad, qué errores los arrojaron a semejante situación. A pesar de la
irracionalidad de las acusaciones, los acosa la desaprobación general. Se reprochan -como
se les reprocha- por llevar una vida miserable o estar al borde de ella. Una vida con
frecuencia «subsidiada» (por lo demás, por debajo de un umbral tolerable).
Estos reproches que se les hace
y ellos mismos se hacen se basan en nuestras percepciones desfasadas de la coyuntura, en
viejas opiniones antes infundadas, hoy redundantes, más torpes y absurdas que nunca; sin
el menor vínculo con el presente. Todo esto, que no tiene nada de inocente, les inculca
esa vergüenza, ese sentimiento de ser indignos que conduce a la sumisión plena. El
oprobio desalienta toda reacción distinta de la resignación mortificada.
Porque nada debilita ni
paraliza tanto como la vergüenza. Ella altera al individuo hasta la raíz, agota las
energías, admite cualquier despojo, convierte a quienes la sufren en presa de otros; de
ahí el interés del poder en recurrir a ella e imponerla. La vergüenza permite imponer
la ley sin hallar oposición y violarla sin temer la protesta. Genera el impasse, paraliza
cualquier resistencia, impide rechazar, desmitificar, enfrentar la situación. Distrae de
todo aquello que permitiría rechazar el oprobio y exigir un ajuste de cuentas político
con el presente. Más aún, permite explotar esta resignación, así como el pánico
virulento que ella misma ayuda a crear.
La vergüenza debería
cotizarse en la Bolsa: es un factor importante de las ganancias.
La vergüenza es un valor
contante y sonante, como el sufrimiento que la provoca o que ella suscita. Por
consiguiente, no sorprende ver la saña inconsciente, diríase característica, con que se
trata de reconstituir y rellenar a voluntad aquello que la origina: un sistema difunto y
fracasado, pero cuya prolongación artificial permite ejercer subrepticiamente vejaciones
y despotismos de buena ley en nombre de la cohesión social».
Sin embargo, en este sistema
sobrenada una pregunta esencial, jamás formulada: «¿Es necesario merecer el
derecho de vivir?» Una ínfima minoría, provista de poderes excepcionales, propiedades y
derechos considerados naturales, posee de oficio ese derecho. En cambio el resto de la
humanidad, para «merecer» el derecho de vivir, debe demostrar que es «útil» para la
sociedad, es decir, para aquello que la rige y la domina: la economía confundida más que
nunca con los negocios, la economía de mercado. Para ella, «útil» significa casi
siempre «rentable», es decir que les dé ganancias a las ganancias. En una palabra,
significa «empleable» («ex plotable» sería de mal gusto).
Este mérito mejor dicho,
este derecho a la vida pasa por el deber de trabajar, de estar empleado, que a
partir de entonces se vuelve un derecho imprescriptible sin el cual el sistema social
sería una vasta empresa de asesinato.
¿Pero qué sucede con el
derecho de vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohíbe cumplir el deber que da
acceso al derecho, cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación? Se sabe que
hoy están permanentemente cerrados estos accesos a los puestos de trabajo, que a
su vez han prescrito debido a la ineficiencia general, el interés de algunos o el curso
de la Historia... todo colocado bajo el signo de la fatalidad. Por lo tanto, ¿es normal o
siquiera lógico imponer aquello que falta por completo? ¿Es siquiera legal imponer
como condición necesaria para la supervivencia aquello que no existe?
No obstante, se busca
obstinadamente perpetuar este fiasco. Se da como norma un pasado trastornado, un modelo
perimido; se imprime a las actividades económicas, políticas y sociales un rumbo oficial
basado en esta carrera de fantasmas, esta invención de sucedáneos, esta distribución
prometida y siempre postergada de lo que ya no existe; se sigue fingiendo que no hay impasse,
que se trata solamente de pasar las consecuencias malas y transitorias de errores
reparables.
¡Qué embuste! Tantos destinos
masacrados con el solo fin de construir la imagen de una sociedad desaparecida, basada en
el trabajo y no en su ausencia; ¡tantas vidas sacrificadas al carácter ficticio del
adversario que se promete vencer, a los fenómenos ilusorios que se pretende querer
reducir y poder controlar!
¿Cuánto tiempo nos
dejareremos engañar y consideraremos enemigos a aquellos que se nos indica: los
adversarios desaparecidos? ¿Seguiremos cerrando los ojos a los peligros que se presentan,
a los escollos reales? La nave ya naufragó, pero preferimos (y se nos alienta a ello) no
reconocerlo y permanecer a bordo, refugiarnos en un ambiente conocido antes que intentar,
aunque fuese en vano, alguna forma de salvataje.
¡Seguimos rutinas insólitas!
No se sabe si es cómico o si-niestro que ante la falta constante, indesarraigable y
creciente de puestos de trabajo se obligue a los millones de desempleados, cada día
laborable de la semana, el mes, el año, a salir a la búsqueda «efectiva y permanente»
de ese trabajo que ya no existe. Cada día, semana, mes, año, se los condena a postularse
en vano, frustrados de antemano por las estadísticas.
Porque hacerse rechazar cada
día laborable de cada semana, mes e incluso año, ¿no sería un empleo, un oficio, una
profesión? ¿No sería un puesto, un trabajo, incluso un aprendizaje? ¿Es un destino
verosímil? ¿Una ocupación racional? ¿Una forma recomendable de emplear el tiempo?2. Esto se asemeja más bien a un intento de demostrar
que los ritos del trabajo se perpetúan, que los interesados se interesan, que llevados
por un optimismo conmovedor forman filas ante las ventanillas de las Bolsas de Trabajo,
detrás de las cuales se amontonarían los puestos de trabajo virtuales, insólita y
transitoriamente desviados por corrientes adversas. En tanto sólo subsiste la ausencia
provocada por su desaparición...
A golpes de negativas, de
sucesivos rechazos, ¿no se crea una puesta en escena destinada a convencer a esos
«solicitantes» de su nulidad? ¿A inculcar en el público la imagen de su derrota y
propagar la idea (falsa) de la responsabilidad, culpable y castigada, de aquellos que
pagan el error general o la decisión de algunos con la ceguera de todos, incluida la
propia? ¿A mostrar en público su mea culpa, a la cual por otra parte adhieren?
Vencidos.
Son otras tantas vidas
amarradas, acorraladas, zamarreadas, desmoronadas, tangentes a una sociedad en retroceso.
Entre esos desposeídos y sus contemporáneos se alza una suerte de ventana cada vez menos
transparente. Y puesto que son cada vez menos visibles, puesto que se los quiere borrar,
apartar de esta sociedad, se los llama excluidos. Por el contrario, están sujetos,
encarcelados, ¡incluidos hasta la médula! Son absorbidos por ella, fagocitados,
relegados para siempre, deportados y repudiados en su sitio, exiliados, sometidos y
desposeídos, pero tan molestos: ¡unos estorbos! jamás se los expulsa del todo, no,
¡jamás en exceso! Incluidos, demasiado incluidos y repudiados.
Es la única manera de preparar
una sociedad de esclavos definidos exclusivamente por su esclavitud. Pero, ¿de qué sirve
atiborrarse de esclavos si su trabajo es superfluo? Como en un eco a la pregunta que
«sobrenadaba» un poco más arriba, nace otra que uno teme escuchar: ¿es «útil» una
vida que no le da ganancias a las ganancias?
Aquí aparece quizá la sombra,
el anuncio o el rastro de un crimen. No es poca cosa cuando una sociedad lúcida,
sofisticada, conduce a toda una «población» (en el sentido que le dan los sociólogos)
como quien no quiere la cosa hasta los extremos del vértigo y la fragilidad: a las
fronteras de la muerte y tal vez más allá. Tampoco es poca cosa inducir a aquellos a
quienes avasalla a buscar, mendigar un trabajo, de cualquier tipo y a cualquier precio (es
decir, el menor). Y si no todos se entregan en cuerpo y alma a la búsqueda vana, la
opinión general es que deberían hacerlo.
Y aún no es poca cosa que los
detentadores del poder económico, es decir, del poder, tengan a sus pies a esos
agitadores que hasta ayer reclamaban, reivindicaban, combatían. Qué placer verlos
implorar por aquello que hasta ayer denostaban y hoy anhelan con fervor. Y tampoco es poca
cosa tener a su merced a los otros, los que al poseer un salario, un puesto, se cuidarán
de la menor agitación, temerosos de perder esas conquistas tan escasas, tan preciosas y
precarias, para unirse a la cohorte porosa de los «hundidos en la miseria».
En vista de cómo descartan a
hombres y mujeres en función de un mercado de trabajo errático, cada vez más virtual,
comparable a la «piel de zapa», un mercado del cual dependen ellos y sus vidas pero que
no depende más de ellos; de cómo con frecuencia no se los contrata ni se los contratará
más, y cómo vegetan, sobre todo los jóvenes, en un vacío sin límites, degradante, en
el cual se las ven negras; de cómo, a partir de entonces, la vida los maltrata y se la
ayuda a maltratarlos; de que hay algo peor que la explotación del hombre por el hombre:
la ausencia de explotación... ¿cómo evitar la idea de que al volverse inexplotables,
imposibles de explotar, innecesarias para la explotación porque ésta se ha vuelto
inútil, las masas y cada uno dentro de ellas pueden echarse a temblar?
Pues bien, la pregunta, «¿es
útil una vida que no le da ganancias a las ganancias?», que a su vez es eco
de «¿es necesario merecer la vida para tener el derecho de vivir?»
despierta el miedo insidioso, el pavor difuso, pero justificado, de que se tenga por
superfluo a un gran número de seres humanos, incluso a la mayoría. No inferiores ni
réprobos: superfluos. Y por ello nocivos. Y por ello...
Este veredicto aún no ha sido
pronunciado ni enunciado, indudablemente ni siquiera pensado de manera consciente. Vivimos
en democracia. Para el conjunto de la población, el propio conjunto todavía es
objeto de un interés real, vinculado con sus culturas, con afectos profundos, adquiridos
o espontáneos, aunque a la vista de todos aparece una indiferencia creciente. No
olvidemos que este conjunto también representa a una clientela electoral y
consumidora que genera otra clase de «interés» y lleva a los políticos a movilizarse
en torno de los problemas de «trabajo» y «desempleo», convertidos en problemas de
rutina; a oficializar esos problemas falsos o al menos mal planteados; a ocultar cualquier
verificación y proporcionar a corto plazo siempre las mismas respuestas anémicas a las
preguntas artificiales. No es cuestión ¡lejos de ello! de eximirlos de
buscar soluciones, siquiera parciales y precarias. Pero el efecto principal de sus
chapucerías es dar a un sistema agotado la apariencia de que funciona aunque sea
mal, y sobre todo prolongar la vida de instituciones y jerarquías perimidas.
Nuestra larga experiencia con
estas rutinas crea la ilusión de que las dominamos y a la vez les confiere cierto aire de
inocencia, una cierta impronta de humanismo, y sobre todo las rodea de resguardos legales
como otras tantas barandas. En verdad, vivimos en democracia. Sin embargo, falta poco para
expresar la palabra amenazante, que acaso ya se murmura: «Superfluos...».
¿Qué sucedería si
desapareciera la democracia? ¿No aparecería el riesgo de formular el «exceso» (que por
otra parte se acrecentará inexorablemente)? ¿De pronunciarlo y de esa manera
consagrarlo? ¿Qué sucedería si el «mérito» del cual dependería más que nunca el
derecho de vivir, y el derecho en sí mismo, fueran juzgados y administrados por un
régimen autoritario?
No ignoramos, no podemos fingir
que ignoramos, que al horror nada le es imposible y que las decisiones humanas no conocen
límites. De la explotación a la exclusión, de ésta a la eliminación e incluso a
desastrosas explotaciones aún desconocidas: ¿es ésta una hipótesis inconcebible?
Sabemos por experiencia que la barbarie, siempre latente, se conjuga de maravillas con la
mansedumbre de esas mayorías que saben incorporar el horror a la frivolidad ambiente.
Se advierte que frente a
ciertos peligros, virtuales o no, es el sistema basado en el trabajo (aún reducido al
estado de sombra) el que aparece como nuestra defensa, lo cual acaso justifica que nos
aferremos regresivamente a esas normas que ya no tienen vigencia. Pero no por ello es
menos cierto que el sistema descansa sobre cimientos podridos, más permeables que nunca a
toda forma de violencia y perversidad. Sus rutinas, aparentemente capaces de atenuar o
demorar lo peor, giran en el vacío y nos mantienen adormecidos en aquello que en otra
parte he llamado la «violencia de la calma» 3.
Es la más peligrosa, la que permite a las demás desencadenarse sin obstáculos; proviene
de un conjunto de imposiciones derivado de una tradición terriblemente larga de leyes
clandestinas. «La calma de los individuos y las sociedades se obtiene mediante el
ejercicio de antiguas fuerzas coercitivas subyacentes, de una violencia enorme y tan
eficaz que pasa inadvertida», y que en última instancia se la incorpora a tal punto que
deja de ser necesaria. Esas fuerzas nos coaccionan sin necesidad de manifestarse. Lo
único que aparece a la vista es la calma a la que nos vemos reducidos incluso antes de
haber nacido. Esa violencia, agazapada en la calma instituida por ella, se prolonga y
actúa, indetectable. Entre otras funciones, vigila los escándalos que ella misma
disimula para imponerlos mejor, y suscita una resignación generalizada tal, que uno ya no
sabe a qué se ha resignado: ¡tan hábil es para imponer el olvido!
Contra ella no hay otra arma
que la exactitud y la frialdad de la verificación. La crítica es más espectacular pero
menos drástica porque entra en el juego propuesto y acepta sus reglas, les da legitimidad
incluso al oponerse a ellas. Resulta así que «desbaratar» es la palabra clave. Se trata
de desbaratar la inmensa y febril partida planetaria cuyos premios nunca se conocen, ni la
clase de espectáculo que nos brinda (o quién nos lo brinda) y detrás de la cual se
jugaría otra.
A los fines de la
verificación, nunca está de más poner en duda incluso la existencia de los problemas ni
poner en tela de juicio sus términos. Sobre todo cuando esos problemas implican los
conceptos de «trabajo» y «desempleo» en torno de los cuales desgranan sus melopeas los
políticos de todas las tendencias y se cantan letanías de soluciones banales,
superficiales, machaconas, que se sabe son ineficaces, que no contienen la desgracia
acumulada y ni siquiera la contemplan.
El mejor ejemplo de ello es que
los textos, los tratados que analizan los problemas del trabajo y por ende del desempleo,
en realidad sólo tratan sobre la ganancia que conforma su base, su matriz, pero sin
mencionarla jamás. Aunque en ese terreno calcinado la ganancia sigue siendo el gran
ordenador, se la conserva en secreto. Persiste más allá, considerada tan evidente que va
de suyo. Todo se organiza, prevé, prohíbe y realiza en función de la ganancia, que por
lo tanto parece insoslayable, unida al meollo mismo de la vida hasta el punto que no se la
distingue de ella. Opera a la vista de todos, pero no se la percibe. Aparece activamente
por todas partes pero jamás se la menciona a no ser bajo la forma de esas púdicas
«creaciones de riquezas» consideradas beneficiosas para toda la especie humana y
proveedoras de multitudes de puestos de trabajo.
Por consiguiente, todo cuanto
afecta a esas riquezas es criminal. Hay que conservarlas a toda costa, jamás ponerlas en
tela de juicio, olvidar (o fingir que se olvida) que siempre benefician al mismo grupo
reducido de personas, cuyo poder se acrecienta constantemente para imponer esa ganancia
(que es suya) como única lógica, como la sustancia misma de la existencia, el pilar de
la civilización, la garantía de la democracia, el móvil (fijo) de toda movilidad, el
centro neurálgico de toda circulación, el motor invisible e inaudible, intocable, de
nuestras actividades.
Por consiguiente, la ganancia
tiene la prioridad; es el origen de todo, como una suerte de big bang. Sólo
después de garantizar y deducir la parte que le toca a los negocios a la economía
de mercado se tiene en cuenta (cada vez menos) a los demás sectores, entre ellos
los de la ciudad. Ante todo está la ganancia, en función de la cual se instituye lo
demás. Sólo después se distribuyen las sobras de las dichosas «creaciones de
riquezas» sin las cuales, se nos dice, no habría nada, ni siquiera esas migajas que por
otra parte se van reduciendo: no hay otra reserva de trabajo ni de recursos.
«¡Dios nos libre de matar a
la gallina de los huevos de oro!», decían las niñeras al insistir en la necesidad de
que hubiera ricos y pobres. «Siempre harán falta los ricos. Si no existieran, ¿me
quieres decir qué harían los pobres?» ¡Eran unas verdaderas políticas, esas niñeras,
magníficas filósofas! Habían comprendido.
La prueba: sordos a sus
verdaderas intenciones, seguimos escuchando los halagos engañosos de esos poderes que
veneraban las niñeras. Ellos por otra parte nos halagan y mienten cada vez menos: a tal
punto han inculcado sus postulados y su credo en las masas planetarias anestesiadas. ¿De
qué sirve derrochar energía para persuadir a personas convencidas o al menos desarmadas
por años de propaganda?
Esta propaganda eficaz supo
apoderarse, lo que no es baladí, de una serie de términos positivos, seductores, para
acapararlos, tergiversarlos y conservarlos juiciosamente. Así pues, tenemos un mercado
libre para obtener ganancias; planes sociales encargados de expulsar de su trabajo,
al menor costo posible, a hombres y mujeres que a partir de entonces quedan privados de
medios de subsistencia e incluso de un techo; un Estado providencial que actúa como si
reparara las injusticias flagrantes, a menudo inhumanas. Y a ellos se suman esos beneficiarios
que se sienten humillados por hallarse en tal estado (y lo están), cuando no se
considerará «beneficiario», de la cuna a la tumba, a un heredero.
¿Baladí?
No escuchamos el doblar de las
campanas por ciertas palabras. Si las palabras «trabajo» y por consiguiente
«desempleo» persisten despojadas del sentido que aparentan transmitir, es porque
en virtud de su carácter sagrado, imponente, ayudan a conservar los restos de una
organización caduca, pero capaz de salvaguardar durante un tiempo la «cohesión social»
a pesar de su «fractura»... ¡y así se enriquece la lengua!
Por el contrario, cuántos
términos caen en el encanto del desuso: «ganancia», por cierto, pero también, por
ejemplo, «proletariado», «capitalismo», «explotación», ¡incluso esas «clases»
por ahora impermeables a toda «lucha»! Emplear esos arcaísmos sería un acto heroico.
¿Quién aceptaría de buen grado el papel de fisgón iluminado, de bobo desinformado, de
sabio versado en cuestiones tan actuales como el transporte en carroza? ¿Quién
apreciaría el derecho de tener las cejas, no fruncidas por la furia sino alzadas en una
mirada atónita e incrédula no exenta de compasión? «De todas maneras, usted no querrá
decir que... Usted no pretenderá... Cayó el muro de Berlín, ¿sabía usted? ¿A usted
realmente le gustaba la Unión Soviética? ¿Stalin? Pero la libertad, el mercado libre...
¿no?» Y frente a semejante individuo atrasado, conmovedor de tan kitsch, sólo
cabe una dulce sonrisa.
Sin embargo, su contenido hace
necesario rescatar estas palabras del índice, caso contrario su contenido oculto, jamás
expresado ni verificado, es prolongado sin fin. Castrado de estos términos, ¿cómo
podría el lenguaje rendir cuenta de la Historia, que está cargada de ellos y continúa
acarreándolos en silencio?
¿Están prohibidos o perdieron
su sentido porque una monstruosa empresa totalitaria los empleó e incluso promovió?
¿Debemos rechazar por decreto de la autoridad, maquinalmente, lo que otros aceptaban de
la misma manera? ¿La autoridad y lo maquinal son lo único que persiste? ¿El stalinismo
habrá erradicado todo, incluso a partir de su ausencia, hasta el punto absurdo de no
autorizar sino el silencio de los mediadores, los árbitros, los intérpretes e incluso
los interlocutores válidos? ¿Le permitiremos determinar esos mutismos, esas amputaciones
del lenguaje que mutilan el pensamiento? Es evidente que la autoridad del razonamiento
lacunar, organizado en torno de sus lagunas, impide cualquier análisis, cualquier
reflexión seria... y con mayor razón cualquier refutación de lo que se ejerce sin
decirlo.
Si a esos vocabularios,
herramientas del pensamiento capaces de expresar los sucesos, no sólo se los declara
sospechosos sino que se los decreta vacíos de contenido, y si en su contra se esgrime la
más eficaz de las amenazas, la del ridículo, ¿qué armas, qué aliados les quedan a
aquellos a quienes sólo un examen estricto de la situación los salvaría no tanto de la
miseria y el ultraje como de sentirse avergonzados de ellos y de ser olvidados en vida?
¿Cómo llegamos a semejante
amnesia, a esta memoria lacónica, al olvido del presente? ¿Qué sucedió para que reinen
hoy semejante impotencia de un lado y dominación del otro; la aceptación generalizada de
ambas; semejante hiato? No hay lucha alguna, salvo la que reivindica un espacio creciente
para una economía de mercado, si no triunfante al menos omnipotente, y que por cierto
posee una lógica propia a la cual no se enfrenta ninguna otra. Todos parecen participar
del mismo campo, considerar que el estado actual de las cosas es el único natural, que el
punto al que ha llegado la Historia es el que todos esperaban.
Nadie apoya a los condenados.
El otro discurso ahoga todos los demás. Impera una atmósfera totalitaria. Aterradora. Y
no hay otros comentarios que los del señor Homais4,
más sempiterno, oficial, solemne y plural que nunca. Sus monólogos. La ponzoña que
destila.