El papel de los
parlamentos ante la globalización
y la integración regional
Andrea Manzella
Diputado del Parlamento Europeo
Ponencia presentada en la XIII Conferencia
Interparlamentaria Unión Europea/América Latina, celebrada en Caracas, del 19 al 22 de
mayo de 1997
y organizada por el Parlamento Europeo y el Parlamento Latinoamericano.
I. El deber de representación parlamentaria en
tiempos de globalización
Por vocación constitucional,
el cometido de los Parlamentos es defender algunos bienes públicos fundamentales, sea
cual sea el sistema constitucional en el que actúan. La reflexión parlamentaria europea
y latinoamericana sobre los fenómenos de la globalización y de la integración ha de
partir de esta toma de conciencia jurídica y política.
Estos bienes públicos
constituyen el deber de representación de los Parlamentos hacia la sociedad civil que los
expresa. La esencia, original y permanente, del deber de representación parlamentaria es
salvaguardar la identidad de la comunidad política de referencia.
Esto no significa defender el
inmovilismo sino intervenir en favor de un desarrollo de la comunidad sostenible y
coherente con su estructura cultural, su vocación productiva, sus recursos de trabajo y
los derechos de las personas que conviven en la misma.
Identidad cultural, destino
productivo, radicación laboral, fundamentos constitucionales de los derechos: estos son
los cuatro bienes públicos primarios cuya protección es misión de los Parlamentos.
Precisamente, son éstas las cuatro dimensiones de la identidad que la globalización pone
en peligro. La necesidad de garantizar condiciones homogéneas a una producción masiva y
garantizar ganancias cada vez más elevadas a la inversión financiera ha dado origen a
amplios fenómenos de nivelación y homogeneización cultural de traslado de los modos de
producción, de abandono de los recursos laborables y de depreciación de los derechos del
trabajo y del trabajador.
II.
Los parlamentos frente a los efectos de la globalización
La función objetiva de los
parlamentos es estar en primera línea, incluso delante de los gobiernos, para señalar
los peligros de la globalización y proponer soluciones. Pero estas soluciones no pueden
ser neoludistas. Al contrario, el análisis parlamentario ha de reunir tres
características:
1. Se ha de llevar a cabo, sin
perjuicios, sobre los procesos reales que se denominan globalización. El análisis ha de
distinguir, al mismo tiempo que los aspectos negativos mencionados, los aspectos
positivos, que tienen la misma extraordinaria evidencia. Estos aspectos son los
siguientes: el multiplicador de riqueza mundial que constituye la libre circulación de
mercancías, personas, capitales y servicios; la constitución de un área global de
cultura común del rigor económico; el acceso al trabajo y a la historia de amplios
grupos de humanidad hasta ahora «sumergidos»; la difusión progresiva de una conciencia
social de los derechos de la persona.
2. El análisis parlamentario
ha de distinguir claramente entre los automatismos necesariamente vinculados al desarrollo
informativo, a la economía de los transportes, a las dimensiones articuladas de la
producción, a la presión migratoria, a las corrientes de inversión financiera y la
ideología, absoluta y definitiva, que trata de desarmar no sólo una imposible oposición
a la globalización sino también el posible esfuerzo conceptual -económico, político y
jurídico- para controlar sus repercusiones, tanto positivas como negativas, en la
comunidad.
3. Por último, el análisis
parlamentario deberá desembocar en la propuesta de nuevas políticas económicas e
institucionales. Dichas políticas habrán de dirigirse, mediante una adecuada
«canalización», al aprovechamiento máximo de los beneficios de la globalizaciórn.
Esto puede lograrse gracias a:
la cultura de la estabilidad
monetaria; el desmantelamiento de los obstáculos burocráticos y fiscales de los mercados
mediante el adecuado funcionamiento de la competencia; la creación de puntos de
excelencia organizativa para la localización de las inversiones directos productivas; la
formación de sectores laborales cada vez más preparados a la cultura de la flexibilidad.
Las «nuevas políticas» se
destinarán a preparar una red de defensas interinstitucionales contra los efectos
negativos de la globalización. Defensas que serán tanto más eficaces cuanto que se
construirán en términos positivos, homogéneos con las lógicas de mercado y su
evolución. Esto significa:
- gestión de la economía en
espacios cada vez más amplios y «más cercanos» de las dimensiones reales de los
fenómenos económicos (una especie de «subsidiariedad hacia arriba»);
- opciones políticas que no
sean contrarias al mercado y que favorezcan, entre los posibles «capitalismos», el que
en mayor medida respete las culturas, los sistemas de producción, la vocación laboral,
los derechos personales, y utilizarlo para dar impulso a la política y a la legislación;
- políticas que amorticen el
desempleo y la infrautilización de los recursos laborales, para que los presupuestos
públicos sufraguen la flexibilidad, una vez que las empresas hayan cumplido con una
obligación recíproca de «estabilidad mínima».
III. Los parlamentos
frente a las instituciones internacionales de gobierno económico
Frente a los procesos de
globalización, las propuestas políticas parlamentarias europeas y latinoamericanas han
de tener en cuenta, para ser eficaces, su interacción con las políticas de las
instituciones de gobierno global de la economía (Banco Mundial; Fondo Monetario
Internacional; Organización Mundial de Comercio; Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico).
Respecto de estas instituciones
y sus procedimientos, y de los técnicos de gran capacidad que las dirigen, la actitud de
los parlamentos, para ser constructiva con vistas a un new deal, ha de evitar tanto
la hostilidad preconcebida como la aceptación acrítica de la doctrina única que con
frecuencia caracteriza sus intervenciones.
Las organizaciones económicas
internacionales han de desempeñar un papel decisivo contra las políticas de liquidación
de los Estados. Su objetivo es eliminar de los mercados mundiales los obstáculos
jurídicos, las instituciones, los obstáculos aduaneros, las políticas inflacionistas,
los grandes riesgos de cambio, la acumulación anormal de deuda pública. Es decir,
desempeñan una acción de persuasión operativa para estabilizar unas condiciones
homogéneas de desarrollo, para una cultura común de salud financiera, para establecer
nuevos mecanismos fiscales que no reproduzcan de forma repetitiva los daños del pasado.
El buen funcionamiento del nuevo orden internacional, libremente aceptado en el momento de
la ratificación de los correspondientes tratados por los parlamentos, se funda
ampliamente en el buen funcionamiento de estos organismos supranacionales.
Por otra parte, queda bien
claro en la conciencia institucional de los parlamentos europeos y latinoamericanos que
los organismos de gobierno global de la economía, aunque constituyan una autoridad que ha
de actuar en condiciones de absoluta independencia y autonomía, no pueden cruzar la
última frontera entre técnica y política.
Esta frontera, en definitiva,
queda fijada por los cuatro bienes públicos que forman el núcleo esencial del deber de
representación de los Parlamentos: la identidad cultural, la vocación productiva, los
recursos laborales y los derechos personales.
Frente a los organismos de
gobierno global de la economía, los Parlamentos ya no pueden reivindicar una obsoleta y
en todo caso ilusoria «soberanía del presupuesto». Sin embargo, aunque respeten las
obligaciones macroeconómicas indicadas por dichos organismos y aunque adopten las medidas
que estos proponen contra las distorsiones estatales, origen de corrupción generalizada,
los parlamentos tienen el derecho y el deber de defender los bienes públicos esenciales.
Este delicado equilibrio
parlamentario implica difíciles opciones de técnica política que consisten en una
mezcla de persuasión moral, incentivos fiscales y financieros, estudio detenido de las
condiciones y tradiciones de la economía productiva así como de los mercados laborales
en los que habrán de incidir los reajustes estructurales. La representación
parlamentaria ha de hacerse cargo de forma responsable de los inevitables automatismos
transportados por las corrientes de fondo del desarrollo mundial y que «se repiten» en
las políticas consecuenciales de las instituciones internacionales (las innovaciones
científicas y tecnológicas, la explosión de la interdependencia social y cultural del
pueblo global, la suma flexibilidad de las localizaciones productivas). Pero los
parlamentos también tienen que actuar para que estas corrientes queden canalizadas,
«racionalizadas» y «humanizadas» en los términos de las culturas (históricas,
productivas, laborales y jurídicas) de las regiones, de las ciudades, de las comunidades
indígenas y de los pueblos que representan.
En esto consiste la decisiva
diferencia entre la evaluación parlamentaria y la evaluación de las instituciones de
gobierno global de la economía. Estas han de emitir en condiciones de neutralidad
subjetiva y objetiva (que sin embargo con frecuencia no es suficiente para evitar el
riesgo de una «ideología de institución») un juicio técnico, facilitar los datos
macroeconómicos de base y los de la meta. En cambio, los Parlamentos son los que,
partiendo de esos mismos datos, han de emitir un juicio «político» y formular la
consiguiente propuesta política para alcanzar los objetivos programados. En definitiva,
el papel de las instituciones económicas supranacionales no puede llegar hasta la
expropiación total de las políticas parlamentarias. Existe una subsidiariedad, en este
caso hacia abajo, que se ha de salvaguardar absolutamente para los parlamentos. Esto,
también en interés de la eficacia de las medidas de reajuste estructural. Esta eficacia
depende en gran medida de un conocimiento profundo de las características económicas
territoriales, de la organización del gobierno local, del calendario de las
intervenciones respecto de las condiciones sociales reales, del consenso recogido.
IV. Los parlamentos
ante la globalización y la regionalización
La reflexión de los
parlamentos europeos y latinoamericanos sobre la globalización deberá también
plantearse la cuestión globalización-regionalización. Es decir, aclarar si los procesos
de integración regional en los que intervienen en distinta medida (Unión Europea,
Mercosur, ANALC, Pacto Andino, Proceso Centroamericano) constituyen etapas intermedias o
bien fases críticas en el camino hacia el universalismo económico (doctrina indiscutida
de las instituciones internacionales, especialmente de la OMC).
La respuesta a esta cuestión
será resultado del análisis de la especificidad del papel que las instituciones
políticas pueden desempeñar frente a los fenómenos de globalización. Se entenderá
entonces que la dimensión regional multiestatal es la que, por dimensión territorial,
afinidades culturales, vocación productiva y concepción jurídica, permite el ejercicio
del deber de representación política en mejores condiciones.
No obstante, esta constatación
no resuelve el problema. Aunque la dimensión territorial constituya un factor decisivo
para la eficacia de las instituciones democráticas, es muy posible que con fórmulas de
tipo federal, en un espacio económico único, convivan también órganos parlamentarios
diferenciados (Latinoamérica podría ser un ejemplo de vanguardia con sus órganos
parlamentarios parciales como el Parlacen, el Parlamento Andino, la Comisión
Parlamentaria de Mercosur, el Parlamento Amazónico, el Parlamento Indígena, órganos que
se vinculan al Parlamento Latinoamericano). El regionalismo multiestatal, incluso cuando
está estructurado en forma parlamentaria, no es un obstáculo para el universalismo
económico.
No obstante, tampoco puede
considerarse una simple etapa intermedia en el proceso de globalización, un momento de
integración geográficamente delimitada para facilitar el fin último de la integración
global.
En realidad, la integración
regional, sobre todo en el caso de uniones regionales parlamentarizadas, es decir de las
regiones multiestatales políticamente más «maduras», otorga valor añadido al marco
económico real.
Este valor añadido viene dado
por la capacidad de ponderación supranacional del desarrollo económico en curso y, en
consecuencia, de la posibilidad de medidas de gestión económica adaptadas a una
dimensión significativa tanto por extensión geográfica como por volumen financiero o
por número de consumidores.
La fase regional no es la
simple «preparación» de un espacio económico previo a un espacio mayor. Es, más
propiamente, la construcción de un sujeto político e institucional que se plantea, en
dimensiones supranacionales, las andaduras del mercado en plazos y en medidas más
eficaces de lo que podrían lograr cada una de las componentes estatales. Naturalmente, el
marco de constitución material internacional en el que se inscriben las uniones
regionales es la fundamental del mercado abierto, según los principios de libre
competencia. No obstante, el «paso» regional es el más adecuado para introducir en el
desarrollo económico criterios reguladores que, sin contradecir aquel principio
fundamental, hacen del mismo algo «distinto» de cualquier otro ejemplo de «economía
salvaje».
En esta fase resultan posibles
tanto eficaces políticas de acompañamiento de los efectos positivos de la globalización
como las políticas de defensa contra sus efectos negativos. Un verdadero gobierno
económico regional puede manifestarse:
1. A través de la
coordinación de polítíticas selectivas de las inversiones:
- con el fomento de las
inversiones directas productivas y de las inversiones de más alta intensidad laboral;
- con la creación de
condiciones favorables para el accionariado popular, el accionariado de los asalariados y
de otros stakeholders;
- con el fomento de la
localización de empresas que garanticen un mínimo de «estabilidad» de ingresos;
- con la promoción, incluso
mediante el control de empresas afianzadas, de iniciativas empresariales juveniles;
- con el tratamiento, sobre una
base regional, de las condiciones para la reducción equilibrada de la deuda exterior de
los Estados miembros;
- con instituciones que
contrarresten el monopolio a escala regional (también para las concentraciones de
propiedad de la tierra);
- otorgando a los organismos
regionales cuotas de capital privilegiado (golden share) en empresas de interés público
con sede en la región;
2. A través de la
coordinación de las políticas de empleo:
- con la creación de vínculos
funcionales entre formación profesional y flexibilidad laboral;
- otorgando a las comunidades
locales y a las familias las condiciones para hacer frente al gasto público que supone el
desempleo;
- fomentando la movilidad
reversible de los trabajadores en un espacio laborable más amplio que el nacional;
- con la creación de
movimientos sindicales transnacionales estableciendo vínculos entre las empresas
multinacionales con formas de representación sindical regional.
Este gobierno de las políticas
económicas a escala regional es el más alto resultado a que deben tender los acuerdos de
integración. Éste constituye también el momento institucional en que se puede reconocer
una verdadera unión política.
Es la meta que aún no ha
alcanzado la Unión Europea. Los Estados europeos han preferido aplazar el problema del
gobierno supranacional de las políticas económicas al momento de constitución de una
unión monetaria, de un Banco Central Europeo, de una moneda única (el Euro). No
obstante, los últimos Consejos Europeos a nivel de jefes de Estado y de Gobierno, han
demostrado que la cuestión sufre fuerte aceleración. Actualmente, oscila entre temores
opuestos: los que temen que un gobierno europeo para los asuntos económicos constituya un
verdadero riesgo para la independencia del Banco Central Europeo y los que, al contrario,
temen un poder «monetario» excesivo del Banco Central, sin una serie de evaluaciones de
los aspectos económicos y sociales.
En cualquier caso, precisamente
con la difícil y aún precaria experiencia de la unificación monetaria, la Unión
Europea ha demostrado la capacidad de una región integrada para guiar la convergencia de
quince políticas estatales presupuestarias a través de parámetros económicos fruto de
un convenio jurídico y político libremente estipulado en Maastricht del 7 de febrero de
1992 no «importados» del mercado. Con ello se demuestra que incluso en tiempos de
globalización, una opción política, con amplios márgenes de arbitrariedad, puede ser
«adoptada» por los mercados (y no sólo por el mercado europeo). Es decir, los mercados
han conformado y siguen conformando sus evaluaciones sobre esos parámetros convencionales
que se han convertido en referencia también para los países no europeos. Sea cual sea el
resultado final del esfuerzo iniciado en Maastricht, el resultado europeo es altamente
instructivo puesto que ha roto el mito de la necesaria pasividad de la política y del
derecho ante el avance «automático» de la globalización. Naturalmente, lo que hay que
subrayar al mismo tiempo es que los parámetros de Maastricht, aunque decididos a
discreción de los Estados europeos, se oponen desde el punto de vista tanto cultural como
estructural a las medidas tradicionales de dirigismo público de carácter administrativo.
Estos parámetros forman parte de las lógicas de fondo del mercado y, al poner rígidos
límites a los desequilibrios de las finanzas públicas, la inflación, la devaluación,
tratan de crear un espacio económico sin distorsiones de tipo estatal.
Más allá de esta necesaria
homogeneidad de las tendencias básicas del mercado, la Unión Europea se ha movido con
gran libertad de instrumentos, de calendario y de equilibrios macroeconómicos. La
lección, válida para cualquier experiencia regional, es que la política y el derecho
pueden recuperar espacio y poder frente a la economía.
Esta lección es naturalmente
mucho más justificada para las experiencias regionales parlamentarizadas, es decir,
aquellas cuyo proceso de integración va acompañado de instituciones de democracia
parlamentaria supranacional. La representación y el control parlamentario, colocados en
el justo nivel institucional, de los procesos de integración, son el factor que mejor que
cualquier otro contribuye a equilibrar las razones de la economía con las de la sociedad
civil. Los Parlamentos nacionales son también el mejor «procedimiento de comunicación
política» para la cooperación entre las regiones multiestatales del mundo.
V. Los parlamentos
frente a la integración regional
La respuesta de la integración
regional a la globalización no se basa por tanto, en una oposición entre concepciones
económicas; al contrario, los datos objetivos demuestran hoy que, por lo menos en el caso
de los procesos productivos reales, las empresas multinacionales entienden la
«globalización» como la creación de redes regionales de sus proveedores y de
aproximación a los consumidores. Viceversa, tanto en las integraciones regionales
institucionalizadas como en las integraciones regionales de hecho, el pacto asociativo de
base es la creación de condiciones de competencia cada vez mayores, en el interior de la
Unión, y el respeto de las normas de la OMC en su exterior. Los dos fenómenos tienden
por lo tanto a componerse y sostenerse mutuamente. No se puede olvidar que la
globalización es un fenómeno centrífugo y de carácter microeconómico (fruto de las
opciones y de los comportamientos de una infinidad de empresas y de operadores). La
regionalización no se limita a crear una entidad económica, sino que es un fenómeno
político, de carácter centrípeto (fruto de las opciones de los Gobiernos y de los
Parlamentos).
Debido a su especificidad, la
región multiestatal es el lugar en el que hoy se puede captar el carácter proteico de la
globalización. El patrimonio institucional heredado de la historia se ha de utilizar para
inventar un nuevo constitucionalismo, un nuevo derecho público de la economía. Los
ordenamientos de la integración regional no habrán de «romper» el mercado global sino
crear «gobiernos no espaciales», interesados en cruzar los fenómenos económicos en una
lógica funcional y no territorial.
Es la concepción de una
economía mundial interdependiente pero dotadas de varios niveles de gobierno. En esta
concepción la norma jurídica que protege los derechos y las normas sociales y
ambientales se ha de considerar una «regla de compatibilidad» entre los distintos
valores existentes y no una regla de supremacía de algunos Estados sobre otros. Es decir,
la regla que, en definitiva, fija la «rigidez de la flexibilidad».
Frente a la globalización, la
«nueva política» trata de fundar una democracia sin fronteras que pueda comprender la
racionalidad de los procesos económicos reales pero también «ver» al ciudadano junto
al «consumidor global» y reunir responsabilidad y poder (también cuando dicho poder lo
tienen las grandes empresas multinacionales o las grandes instituciones internacionales).
En un mundo en el cual «las
grandes culturas humanas», que han permanecido separadas durante milenios, están
trabajosamente «encontrándose» en una realidad que, cada vez con más frecuencia, es un
«collage de tiempos y de mundos heterogéneos», la respuesta de la integración
regional, de la «soberanía colectiva», sigue siendo, en definitiva, la antigua
respuesta de la democracia.