"Tendencias de la
Integración
de América Latina y el Caribe"
Edición Nº 49
Enero - Marzo 1997 |
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La proyección social
de la integración
Telasco Pulgar
Coordinador Jefe de Integración y Cooperación
de la Secretaría Permanente del SELA.
I. El modelo de
desarrollo
Las políticas de desarrollo de
los países latinoamericanos dieron un vuelco importante en los últimos años,
particularmente desde mediados de los ochenta, a la par que la situación económica del
mundo fuera modificada significativamente por la globalización y el nuevo paradigma
tecno-productivo. Casi todos, unos más tarde que otros, se vieron en la necesidad de
adoptar medidas heroicas tendentes a estabilizar la economía interna y a enfrentar la
gravosa carga de la deuda externa, sustituyendo el modelo de desarrollo orientado al
mercado interno por otro orientado al exterior, propósito éste que se lograría mediante
políticas de liberalización casi ilimitadas, las cuales fueron aplicadas después de
más de medio siglo de proteccionismo. La base teórica fue aportada por el
neoliberalismo, según el cual debe darse proridad a las fuerzas del mercado como
asignador de recursos y el Estado debe abstenerse o limitar al mínimo su participación
en la gestión y conducción de la economía. Con diferentes grados de intensidad y
celeridad, se introdujeron profundas reformas económicas y comerciales, muchas de ellas
rápidas y abruptas, como parte de un vasto programa destinado irremisiblemente a entregar
a las fuerzas del mercado la mayoría de las decisiones económicas, si no todas, sin
preverse mecanismos de propagación y redistribución del ingreso nacional.
II. El déficit social
Ese modelo debía conducir en
una etapa posterior a una expansión económica de nuevo tipo, basada en la competitividad
internacional, que a la larga se traduciría en un aumento consistente del bienestar
social. Lamentablemente, el tránsito a esa segunda etapa no sólo no se ha logrado sino
que pareciera tornarse cada vez más difícil, agrandándose día a día el llamado
déficit social. Bástese dar una rápida ojeada a los últimos informes de las agencias
internacionales que manejan estadísticas sobre los temas sociales para darse cuenta de la
triste realidad de América Latina.
A mediados de los años noventa
cerca de 200 millones de latinoamericanos, 46% de la población total, no estaban en
condiciones de satisfacer sus necesidades fundamentales, al tiempo que casi 100 millones
se encontraban en situación de extrema pobreza. Los salarios reales han caído
significativamente a niveles muy inferiores a los de los años ochenta. A pesar de la
recuperación del crecimiento en la mayoría de los países, la pobreza continúa
ascendiendo y la indigencia ha aumentado notablemente en la región.
Esta situación tiende a
agravarse en virtud de la decadencia y atraso de los sectores productores de alimentos en
las economías latinoamericanas. En efecto, desde comienzos de los ochenta, América
Latina ha invertido su condición de productor y exportador neto de alimentos para
convertirse en fuerte importador con creciente déficit, tanto de rubros de la dieta
básica como de materias primas e insumos necesarios para producirlos. La autosuficiencia
de cereales, legumbres y leche ha descendido marcadamente. Según informes calificados, la
tendencia al año 2000, cuando los latinoamericanos rondaremos los 600 millones, presagia
descensos mayores en el grado de autosuficiencia en el caso de los cereales, las
legumbres, la leche y la carne.
Las siguientes opiniones
expresan nítidamente la cruda realidad social latinoamericana:
- «El modelo económico que
tenemos permite el crecimiento de la producción, pero no implica incremento del empleo.
Este es un problema universal. América Latina está creciendo, pero su mano de obra no.
Esta es una situación de gran preocupación para los gobiernos de la región» (Moneta,
entrevista en Economía Hoy, 1997, Caracas).
- «En un contexto de
globalización de los mercados, la inversión industrial se destina principalmente a
reducir costos, no a aumentar el empleo. En el período 1990-1995 se registró un
crecimiento aproximado (en La Argentina) del 30 por ciento en el Producto Interno Bruto,
pero ese avance incrementó solamente un 3 por ciento la ocupación global» ( Rocca,
líder empresarial argentino, 1997).
- «Latinoamérica es hoy la
región con más inequidad en el mundo. Ello influye seriamente en que los logros en
crecimiento no lleguen a los sectores pobres. Tampoco amplios sectores de las clases
medias son favorecidos con ellos. Mientras que en sociedades como Suiza la clase media es
el 60 por ciento de la población, en diversos países de América Latina es menor que el
20 por ciento. La inequidad traba los mecanismos de propagación de los logros
económicos» (Kliksberg, Chile, 1995).
- «La evolución más
favorable del crecimiento económico no se ha traducido en un incremento del empleo. Por
el contrario, los datos correspondientes a los tres primeros trimestres del año (1996)
indican que el desempleo siguió aumentando, luego de acentuarse considerablemente en
1995. De hecho, el desempleo urbano muestra en 1996 el nivel más alto de la década»
(CEPAL, Balance 1996).
Pero, por suerte, el largo
período de aplicación del modelo neoliberal y de las políticas de ajuste
macroeconómico, basados en la tutoría de los organismos económicos y financieros
internacionales preponderantes (BM y FMI) ha dejado, a nuestro juicio, tres enseñanzas
fundamentales: primero, el crecimiento económico no genera automáticamente bienestar
social, por el contrario, puede generar pobreza; segundo, se requieren políticas
públicas que incorporen equidad en el proceso económico, principalmente las de
redistribución del ingreso creciente, de manera de propagarlo hacia los estratos menos
favorecidos de la sociedad, complementando y sustentando socialmente las políticas de
apertura económica; y tercero, que, al igual que en la política, los extremismos tampoco
son eficaces en materia económica, entendiendo por eficacia la conversión de crecimiento
en desarrollo, única vía que conduce al aumento del bienestar social de las mayorías.
III. La nueva agenda social
En el contexto anteriormente
descrito, la consideración de los aspectos sociales en las políticas de desarrollo y,
particularmente de la integración, se hizo absolutamente urgente. Ello ha dado lugar,
paulatinamente, al convencimiento de la necesidad de articular las políticas económicas
con las sociales, rescatando éstas del ámbito exclusivamente nacional.
En efecto, poco a poco la
política social se ha ido transnacionalizando (Gretschmann, Chile, 1995) y ha pasado a
formar parte indisoluble de las negociaciones internacionales en los más diversos
ámbitos. En ese sentido, los hechos más sobresalientes son la Cláusula Social emanada
de la Ronda Uruguay, bajo presión de los países industrializados, la cual vincula el
tema social con el comercio internacional, y la Cumbre Mundial Social de Copenhague, la
cual «internacionalizó» el tratamiento de temas como reducción de la pobreza,
capacitación para la competitividad y articulación de políticas económicas y sociales.
Todo ello aunado a los esfuerzos realizados prioritariamente por instituciones como la
UNESCO, UNICEF y el PNUD, entre otras, de alcance universal y de méritos indiscutibles.
En América Latina,
principalmente la CEPAL ha desarrollado un enfoque integral de políticas económicas con
énfasis en los aspectos sociales, desarrollando el concepto de «transformación
productiva con equidad», el PNUD ha producido aleccionadores informes sobre la cuestión
y ha acuñado el concepto de «desarrollo humano» y el BID ha declarado el tema social
como un asunto central en sus programas de desarrollo para la región, destinando una
parte muy importante de su financiamiento a la inversión en los sectores sociales de
América Latina y creando el Instituto Interamericano de Desarrollo Social.
En el plano político,
declaraciones y mandatos emanados de diferentes instancias de muy alto nivel, como las
reuniones de presidentes del Grupo de Río, las Cumbres Iberoamericanas, la Cumbre de
Miami y los Consejos Latinoamericanos del SELA, relacionadas con los aspectos sociales del
desarrollo, son hechos demostrativos de la extraordinaria importancia que se le asigna al
tema ahora desde una óptica transnacional.
Cabe señalar, en tal sentido,
la coordinación de esfuerzos que han venido realizando el Centro Latinoamericano de
Administración para el Desarrollo (CLAD), la CEPAL y el SELA, y que han dado lugar al
Proyecto «Articulación de Políticas Económicas y Sociales», iniciado en 1995 y
destinado a la elaboración de propuestas concretas que pongan a disposición de los
responsables del diseño y ejecución de políticas económicas y sociales un conjunto
homogéneo de sugerencias para el mejor desarrollo de políticas integradas. Este proyecto
ha sido concluido en su primera etapa, la cual fue dedicada a la realización de estudios
y preparación de documentos para talleres de expertos en la materia. La segunda etapa se
encuentra en curso y va dirigida al análisis de determinados aspectos y problemas
previamente identificados; al estudio comparativo de experiencias de varios países de la
región; a seminarios de formación para funcionarios gubernamentales; así como a
reuniones y actividades de difusión de los resultados alcanzados.
IV. La integración
como proyecto social
Consecuentemente, el tema
social también ha pasado a formar parte de los nuevos esfuerzos de profundización y
reestructuración de las modalidades de integración que habían venido imperando desde
los años sesenta, los cuales abordaron en muy poca medida acciones concretas para
enfrentar dos asuntos cruciales para el avance de la propia integración: en primer lugar,
la dimensión social de la integración, es decir, los problemas relacionados con la
salud, la educación, la cultura, la circulación de personas, las migraciones, la
formación de recursos humanos calificados para enfrentar el nuevo paradigma
tecno-productivo y la progresiva adecuación de las condiciones laborales a las cada vez
más exigentes condiciones del espacio ampliado, todos los cuales son elementos necesarios
para que la integración se transforme en realizaciones y se consolide institucionalmente.
En segundo lugar, modalidades de acción para enfrentar y atenuar las consecuencias del
avance de la integración económica en las sociedades de los diferentes países
participantes, particularmente en sectores específicos intensivos en mano de obra, zonas
fronterizas especialmente afectadas y determinados grupos sociales que pudieran verse
marginados.
En otras palabras, lograr una
integración con equidad y con proyección positiva en las sociedades de los países
involucrados parecería ser la etapa subsiguiente al proceso que se ha venido
desarrollando desde comienzos de los años noventa, caracterizado por la profundización y
aceleración de los compromisos integracionistas dentro de políticas de apertura a los
mercados internacionales y de inserción competitiva en la economía mundial.
En realidad, el tema social
siempre ha estado presente al momento de asumir compromisos de integración económica
(CEPAL, Serie Políticas Sociales, 1996).
Ejemplo de ello son los
convenios cultural (Andrés Bello), de salud (Hipólito Unánue y socio-laboral (Simón
Rodríguez) adoptados por el Grupo Andino ya en sus primeros de vida, aunque el logro más
trascendental es, sin duda alguna, la Carta Social Andina, suscrita en 1994.
En la ALADI se adoptaron
importantes resoluciones para crear un mercado común de bienes culturales y educativos,
entre otros logros de moderado alcance social.
En el marco del proceso
integracionista centroamericano se suscribieron importantes convenios dirigidos a
enfrentar problemas sociales acuciantes como el de los menores discapacitados, de vivienda
y asentamientos humanos, de circulación de bienes culturales y de desarrollo de recursos
humanos, entre otros. Pero el hecho más significativo en ese sentido ha sido, sin duda,
la suscripción del Tratado de la Integración Social Centroamericana en 1995.
Más recientemente, en el marco
del MERCOSUR, el Protocolo de Ouro Preto estableció el Foro Consultivo Económico y
Social como una instancia a la cual se incorporan los trabajadores y consumidores, el cual
constituye un complemento de las actividades del Subgrupo de Trabajo 11 que venía
estudiando los asuntos laborales, de empleo y la seguridad social. Los países del
MERCOSUR tienen muy adelantadas la negociación de un acuerdo en materia de seguridad
social.
Sin embargo, salvo algunas
honrosas excepciones limitadas al comercio y los aranceles, los compromisos de
integración latinoamericanos han considerado la cuestión social tradicionalmente como un
asunto marginal, una especie de subproducto de tardía materialización, y no han previsto
ni mecanismos ni recursos económicos, como hicieron los europeos desde el inicio de sus
políticas integracionistas hasta el presente -recuérdese el Fondo Social que forma parte
de los Fondos Estructurales de la Unión Europea-, para proyectar socialmente la
integración, atenuar las grandes disparidades económicas y espaciales, ni mucho menos
apoyar en forma comunitaria a sectores sociales que pudieran ser afectados sensiblemente
por la integración comercial.
En realidad, como dicen los
expertos, es evidente que «Resulta metodológicamente muy difícil diferenciar los
efectos sociales de un proceso de integración de aquellos que son producto de la
inserción en la economía global, sobre todo si se considera que esta última viene
acompañada por un proceso de desregulación de los mercados domésticos» (Pareja, F.,
Cartagena, 1996)
Por tal motivo, resulta
necesario concentrar los esfuerzos en aspectos muy puntales para alcanzar,
progresivamente, una proyección social del proceso de integración. Los análisis y
debates realizados hasta ahora en el marco de la CEPAL, el CLAD,el BID, el CEFIR, las
Secretarías de integración, y el SELA, sobre todo en el seno de las reuniones y
seminarios conjuntos que se están efectuando, permiten deducir que las preocupaciones
centrales van dirigidas a la conformación de una «agenda social de la integración»
-materia que será analizada dentro de unas semanas en un Taller conjuntamente por el
CEFIR, BID/INTAL, ALADI, JUNAC, OIT y el SELA- que contenga, por lo menos, los siguientes
elementos: (i) cooperación entre organismos y países para enfrentar problemas
relacionados con la circulación de personas, reconocimiento de estudios y títulos,
derechos laborales, migración, y normas sobre protección y seguridad social (salud,
jubilaciones, entre otros); y (ii) medidas y políticas que atenúen los efectos sociales
negativos de la integración, tales como reconversión laboral, formación de recursos
humanos para la modernización productiva, apoyo a zonas fronterizas, apoyo a sectores
productivos claves, entre otros.
Bibliografía
CEFIR, Informe del
Seminario «La Dimensión Social de la Integración Regional», Santiago de Chile, 1995.
CEPAL, - Balance de la
Economía de América Latina y el Caribe, 1996.
------«Aspectos Sociales de
la Integración», Serie Políticas Sociales 14, Vol. I y II.
Moneta, Carlos J.,
Entrevista del Diario Economía Hoy, Caracas, 9 de enero de 1997. Entrevista del Diario El
Globo, 22 de enero de 1997.
Rocca, Roberto, líder
de holding industrial Techint argentino, «El caso argentino: Empleo y Productividad»,
1997.
Sela, Proyecto
Articulación de Políticas Económicas y Sociales, marzo de 1995.
Pareja, Francisco,
«Reflexiones sobre el alcance y contenido de las políticas sociales en los procesos de
integración», Seminario «Políticas Sociales en los Procesos de Integración»,
Cartagena de Indias, septiembre de 1996.
Pulgar, Telasco, «Sin
Estado no hay beneficio social», trabajo inédito, 1996.
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