La
integración económica y los paradigmas
en América Latina
Gerardo Arellano
Asesor en temas de integración del Ministro de Industria
y Comercio (MIC) de Venezuela.
I. Introducción
América Latina dispone de
todos los elementos necesarios para la conformación de una comunidad sólida y dinámica
en el contexto internacional; sin embargo, en la práctica, nuestros pueblos han vivido
aislados unos de otros, con muy poco relacionamiento y, en algunos casos, sin mayor
comunicación.
Todo parece indicar que hace
falta algún elemento que armonice las variables y estimule el desarrollo de un proceso de
articulación de la unidad latinoamericana. A tales fines, la integración económica se
presenta como la palanca que podría facilitar el proceso de conformación de la comunidad
latinoamericana. Sus potencialidades son ampliamente prometedoras y en algunos casos
revolucionarias como muy bien lo ilustra la experiencia de Europa Occidental.
En efecto, América Latina se
proyecta al mundo como una amalgama heterogénea, dentro de la cual se diluye o desaparece
nuestro importante patrimonio de valores, tradiciones, recursos y experiencias. No se
debería dudar que el fundamento histórico, nuestros varios siglos de historia común en
los que destaca el proceso emancipador traumático pero exitoso, constituye un ingrediente
decisivo para la conformación de la unidad latinoamericana. Ahora bien, es importante
observar como, aun cuando la gesta emancipadora logro conjugar esfuerzos y definir una
estrategia visionaria para una inserción eficiente en el orden mundial de aquel momento
y, paralelamente entregó al mundo un grupo de prohombres que supieron enfrentar con
valentía todas las adversidades y limitaciones, no logró establecer unas bases sólidas
en el tiempo para la consolidación del proyecto de comunidad latinoamericana.
Los pequeños intereses, las
aspiraciones territoriales, localistas y de corto plazo nos dividieron de tal forma que el
resultado ha sido un cuadro bastante próximo a la tortuosidad de un laberinto. Los muros
construidos a lo largo y ancho de nuestro geografía latinoamericana, luego secularizados
en múltiples diseños e interpretaciones cartográficas, han logrado proyectarse en la
consciencia y en el espíritu de nuestras poblaciones. Bien podríamos afirmar que el
efecto divisionista ha sido tan riguroso que aquel pasado común, con sus valores y
experiencias y el idioma común, por un lado, no han resultado lo suficientemente fuertes
como para contener las fobias y los conflictos y, por el otro, no han representado base
suficiente para sostener el proyecto estratégico de unidad latinoamericana legado por los
Padres fundadores de nuestras Repúblicas.
Muchos años de historia
todavía en evaluación y quizás bastante dispersa, no nos permite extraer conclusiones
sobre las eventuales circunstancias estructurales que impiden la consolidación del
proyecto de comunidad latinoamericana y, paralelamente, tampoco nos permite extraer
soluciones que logren vincular más activamente este conjunto de naciones heterogéneo y
fraccionado.
Uno de los conceptos más
ampliamente utilizado para tratar de explicar nuestra compleja heterogeneidad
latinoamericana ha sido el «Síndrome del Vecino», que en términos prácticos se hace
evidente cuando resulta menos costoso, desde una perspectiva política, la vinculación
con otros continentes y países exóticos que con los cercanos, frente a quienes
privilegiamos el conflicto en detrimento de la cooperación.
Ahora bien, mal podríamos
considerar que esta pesada realidad sea un privilegio latinoamericano. Los hechos nos
indican que es, en buena medida, una tendencia de los pueblos. Empero, la historia
también ilustra sobre la capacidad creativa de los hombres para construir las acciones
que hagan posible la transformación de su realidad.
La historia no está escrita,
nuestra realidad y porvenir los edificamos con el esfuerzo imaginativo y disciplinado. Al
respecto, las lecciones son significativas y bastantes los aciertos. Como una referencia
importante se destaca la experiencia de Europa Occidental.
II. La experiencia
europea
En el caso europeo, las
negativas repercusiones del «Síndrome del Vecino» desencadenaron dos devastadores
conflictos de dimensiones mundiales. Las estructurales diferencias entre las naciones
europeas determinaron un cuadro de incomunicación y conflicto, donde no sólo la ganancia
de un miembro era la perdida de otros, sino que la misma existencia de los estados estaba
en juego. El diálogo de sordos, con su consecuente fracaso colectivo, era el común
denominador.
Con el correr del tiempo Europa
cambió. Por un lado, el amargo legado de las guerras mundiales y, por el otro, la visión
creadora de algunos hombres permitió avizorar en las herramientas que ofrecen los
procesos de integración económica una alternativa para avanzar, de forma lenta pero
segura, en la conformación de una nueva filosofía de vida. Esta nueva filosofía se
fundamenta en la existencia concreta de una estrategia donde todos pueden ganar tanto como
individuos o como miembros de un conjunto social.
La experiencia europea, al
margen de las cifras económicas, ilustra claramente como ha sido posible construir un
espacio económico y de comunicación, en el cual cada ciudadano europeo en su faena
diaria está contribuyendo a la conformación del espacio económico amplio, bien sea de
zona de libre comercio, de unión aduanera o de unión económica.
En este contexto, la
integración económica ha demostrado ser un andamiaje efectivo que permite construir un
nuevo paradigma, el cual si bien por su naturaleza y dinámica de funcionamiento se
presenta revolucionario ya que derrumba los muros existentes, por su realización
práctica es reformador y progresivo ya que se basa en un trabajo diario, persuasivo y
disciplinado.
El significado más relevante
de este nuevo paradigma es la transformación que produce en el comportamiento de los
ciudadanos comunes, en su manera de ver el mundo y en la forma como toman sus decisiones.
Los individuos consciente o inconscientemente van modificando sus esquemas tradicionales
de actuación; los cuales, en gran medida, han estado definidos sobre la base de un
egoísmo racional de primer orden. El egoísmo primario en el cual los individuos conciben
que su beneficio personal está en directa contradicción con el beneficio del resto de la
comunidad, va cediendo espacio progresivamente sin mayor premeditación o efectos
traumáticos. Los individuos encuentran beneficioso utilizar las herramientas de la
integración y de esta manera, sin planteárselo deliberadamente, van desarrollando una
conducta cooperativa que conlleva beneficios para el conjunto social.
La experiencia europea es rica
en lecciones que refuerzan nuestra tesis sobre las potencialidades transformadoras que
ofrecen las herramientas de la integración económica. Ahora bien, esto no significa que
al aplicar las herramientas de la integración desaparezcan todas las trabas y
limitaciones que afectan el proceso de conformación de un conjunto sólido y comunitario;
por el contrario, en algunas experiencias se han exacerbado los conflictos. No debemos
dejar de considerar que la construcción de espacios integrados supone la exploración de
áreas que por siglos han sido reservadas a la soberanías locales.
No obstante las limitaciones y
contradicciones que conlleva todo proceso de integración económica, Europa exhibe un
expediente significativo en beneficio de la integración. Tal expediente nos debería
servir de referencia ya que no se trata de copiar modelos o seguir ciegamente manuales.
III. La experiencia
latinoamericana
En el caso de América Latina
el tema de la integración ha estado en la agenda política y económica durante varias
décadas. Su continua presencia y escasa repercusión práctica le ha granjeado pocos
amigos y, en el mejor de los casos, un marcado escepticismo.
En los primeros años varios
fueron los proyectos y ambiciosos sus objetivos; sin embargo, los resultados poco se
correspondieron con las expectativas planteadas. Una experiencias bien significativa a
destacar es el caso de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). Creada
mediante el Tratado de Montevideo de 1960, pretendía conformar una zona de libre comercio
entre los diez países de América del Sur y México.
Construir el espacio económico
latinoamericano a través de la ALALC generó serias resistencias; eran los años del
proteccionismo exacerbado y floreciente y ningún sector empresarial se sentía dispuesto
a aceptar y, mucho menos promover, la reducción de barreras a las importaciones
intralatinoamericanas.
Se sumaban al paradigma de
proteccionismo imperante las asimetrías y desniveles de desarrollo entre nuestros
países, situación que se constituyó en una bandera filosófica de batalla, sirviendo de
base para la formulación de extensos proyectos y programas tendientes a superar las
iniquidades y desequilibrios. No obstante el amplio debate teórico que ha generado este
concepto, en la práctica los esfuerzos teoricos desarrollados se han sumado a los
abundantes anaqueles de la integración latinoamericana, agravando el escepticismo de los
sectores productivos en los llamados países de menor desarrollo relativo (Bolivia,
Ecuador y Paraguay).
En concordancia con las
reflexiones que Dieter Sheengas desarrolla en su obra "Aprender de Europa",
podríamos decir que en la historia reciente de América Latina, particularmente durante
el período de sustitución de importaciones, no desarrollamos una estrategia de
protección racional y eficiente. Pretendimos protegerlo todo, lo que en la práctica se
tradujo, entre otros, en dispersión de esfuerzos, dilapidación de recursos y pérdida de
capacidad negociadora.
Podríamos afirmar que una
marcada ausencia de racionalidad, al definir las estrategias de desarrollo y de inserción
en el contexto internacional, ha contribuido a la caracterización de un ambiente
altamente contradictorio en la ejecución de los esquemas de integración económica.
Tales contradicciones, o lo que también se ha definido como la dialéctica de la
integración latinoamericana, han sido objeto de un amplio y complejo debate teórico (ver
entre otros, Juan Mario Vacchino 1981).
Para algunos analistas las
dificultades que limitan el proceso de integración latinoamericana son de naturaleza
estructural, lo que ha grandes rasgos significa que están en juego factores históricos,
macroeconómicos y de comportamiento social. Desde esta rígida perspectiva no resulta
sencillo avanzar en la adopción de los necesarios cambios que introduce la integración
económica. En cierta medida las visiones de corte estructuralista han cubierto
teóricamente el poco interés en abrir los mercados a la competencia
intralatinoamericana.
El acervo de la integración
latinoamericana se ha caracterizado por ser ampliamente prolijo en doctrina, pero bastante
débil en resultados. Un abundante discurso político favorable a la integración se ha
acompañado con una práctica, tanto de los sectores público como privado, de carácter
localista y en buena medida mercantil, donde la actuación se concentra básicamente en
vender y no comprar.
1. El caso de ALADI
El fracaso de la ALALC abrió
camino a la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). Constituida mediante el
Tratado de Montevideo de 1980, se plantea objetivos menos ambiciosos. Ya no se trataba de
construir una zona de libre comercio latinoamericana; el objetivo fundamental se orientaba
a concentrar las negociaciones en la adopción de acuerdos bilaterales. En estos acuerdos
las partes signatarias se otorgan preferencias comerciales en listas reducidas de
productos y con márgenes de preferencia muy diversos, pero que en la mayoría de los
casos también han resultado bastante reducidos.
Indiscutiblemente que, ante la
apatía e incluso rechazo contra la integración, el esquema planteado por la ALADI
resultaba realista. Ha sido una fórmula gradual para abrirse camino a la integración,
una vía que ha buscado crear amigos o al menos simpatizantes para el proyecto
integracionista. Ahora bien. obviamente que para ser exitoso se requería de un importante
apoyo y liderazgo, lo que en varios años no se alcanzó. Tal situación ha motivado que
sea común referirse a los años ochenta como la «Década perdida de la Integración
Latinoamericana».
Adicionalmente es importante
observar que algunas de las acciones emprendidas en el marco de la ALADI, particularmente
la activa participación de algunas asociaciones del sector empresarial en la negociación
de los Acuerdos de Alcance Parcial, contribuyeron efectivamente a promover una atmósfera
favorable a la integración económica.
Entre los avances más
significativos que se podrían destacar en el contexto de la ALADI se encuentran los
acuerdos de Complementación económica que suscriben los gobiernos de Argentina y Brasil.
En efecto, entre los años 1984 y 1989, Argentina y Brasil suscribieron 24 protocolos
bilaterales en diversas áreas con la finalidad de profundizar sus relaciones. Tales
acuerdos contemplaron la adopción de esquemas pragmáticos e innovadores de comercio
donde se ensayaron fórmulas de compensación y administración que facilitaron la
eliminación gradual de barreras y la formación del ambiente propicio para la empresa
integracionista.
2. El Grupo Andino
Un esquema que ilustra
claramente sobre la experiencia contradictoria de los paradigmas de protección y
apertura, proceso que bien podríamos definir como la dialéctica de la integración
latinoamericana, es el caso del Grupo Andino. Conformado desde 1969 con la suscripción
del Acuerdo de Cartagena, ha experimentado avances y retrocesos. Entre las dificultades
más significativas se destacan la salida de Chile en 1973, la parálisis que conllevó al
Protocolo de Quito en 1978 y el status especial aprobado a Perú desde 1991.
Los más escépticos de la
integración andina se han referido a ella calificándola de «entelequia o telaraña
jurídica»; realmente no era para menos cuando a finales de los años ochenta cualquier
interesado en exportar desde un país andino a la subregión, se encontraba a grandes
rasgos con el siguiente panorama:
- Existían listas de
excepciones nacionales al libre comercio que variaban de un país a otro con un número
bien importante de productos. Estas listas en su mayoría incluían, entre otros, todo el
sector textil.
- El Acuerdo contemplaba un
esquema bien innovador para el desarrollo de la capacidad industrial de la subregión
denominado como «Programa Sectorial de Desarrollo Industrial». A tales fines se
seleccionaron los sectores petroquímico, siderúrgico, metalmecánico, automotriz y de
fertilizantes para su correspondiente programación, pero en la práctica sólo el
programa petroquímico tuvo aplicación y el resto realmente constituían listas de
excepciones.
- La programación industrial
incluyó una Nómina de Reserva, compuesta por un conjunto de productos que se encontraban
en un limbo a los fines de ser programados, pero esto nunca ocurrió, por lo tanto tales
productos se sumaron a las excepciones. Entre los productos de esta nómina se destacaban
el sector papelero, el aluminio y el vidrio entre otros.
- Frente al marginal porcentaje
de productos en libre comercio los países imbuidos en la atmósfera del «Síndrome del
Vecino», adoptaron con el Protocolo de Quito la nómina de comercio administrado. De esta
forma, los escasos productos que gozaban de libre comercio se comercializaban mediante
cupos.
Definitivamente que el libre
comercio que el Acuerdo de Cartagena de 1969 aspiraba conformar en diez años quedó en un
limbo y, en la práctica los sectores productivos interesados en la integración se
enfrentaban con un laberinto.
IV. El nuevo paradigma de la integración
económica
Con los años noventa, se abre
una nueva perspectiva par la integración regional al iniciarse la transformación del
paradigma del proteccionismo. Es importante observar que si bien tal paradigma facilitó
la conformación de una infraestructura industrial importante y la consolidación de
varios proyectos productivos, nos aisló de la competitividad y de la innovación.
Podríamos afirmar que se da
inicio a la adopción del nuevo paradigma que supone la integración económica. En este
nuevo contexto a diferencia de las décadas pasadas, se otorga importancia a los
mecanismos automáticos y a la desregulación de las transacciones económicas facilitando
una mayor participación de los agentes económicos. Adicionalmente se asume un perfil
arancelario mas bajo y la progresiva eliminación de las barreras que impedían el acceso
al comercio.
Durante la década de los
noventa, paralelamente a las políticas de apertura que emprendieron los países miembros
del Grupo Andino, se efectuaron cambios importantes en el ordenamiento jurídico que emana
del Acuerdo de Cartagena. El paso más significativo lo constituyó el desmonte de todas
las excepciones mediante la formulación de un programa lineal y muy rápido de
liberación comercial. El perfeccionamiento de la zona de libre comercio se vio
acompañado de la liberación de los servicios de transporte aéreo, terrestre y
multimodal; la actualización de la normativa sobre inversiones, propiedad intelectual,
libre competencia y competencia desleal.
Todo este acelerado y positivo
proceso de cambio en el contexto de la integración andina ha sido el prolegómeno para la
adopción del nuevo paradigma que se corresponde con la progresiva consolidación de la
comunidad latinoamericana.
La integración andina,
particularmente el eje Colombo-Venezolano, empieza a formar parte de la actividad diaria
de los habitantes de esta subregión. En términos más formales podríamos decir que la
integración andina es, hoy por hoy, un elemento orgánico en la dinámica funcional de la
sociedad civil. Con ello lo que queremos significar es que el ciudadano común está
empezando a contabilizar la utilización de las herramientas de la integración como un
beneficio individual. En pocas palabras estamos avanzando progresivamente, como lo hiciera
Europa Occidental, en la consolidación del paradigma de la integración.
Otro hecho de particular
importancia en el contexto de la integración latinoamericana ha sido la suscripción del
Tratado de Asunción por los gobiernos de Argentina Brasil, Uruguay y Paraguay, el 26 de
marzo de 1991 Este tratado postula la conformación del Mercado Común del Sur para lo
cual contempla un programa de liberación comercial, la coordinación de políticas
macroeconómicas y un arancel externo común, así como otros instrumentos para la
regulación del comercio.
Estudios y evaluaciones
realizadas con respecto a MERCOSUR destacan que, pese a los obstáculos encontrados, este
esquema de integración ha alcanzado importantes progresos. El programa de reducción y
eliminación de barreras arancelarias al comercio se halla en etapa avanzada. Los
aranceles para la mayoría de los productos han sido reducidos para adecuarse al arancel
externo común adoptado.
Los avances que se han
registrado durante la presente década en materia de integración económica en nuestra
región evidencian que las herramientas de la integración constituyen un andamiaje
efectivo y confiable para la consolidación de la comunidad latinoamericana. Un indicador
que nos permite visualizar tal observación son las cifras del comercio
intralatinoamericano y del comercio intrabloques al interior de la región.
Evaluaciones sobre las cifras
de comercio realizadas por la Secretaría General de la ALADI indican que el crecimiento
del comercio intraregional viene siendo verdaderamente espectacular y sostenido, con una
tasa media anual superior al 23% desde 1990, habiendo alcanzado un nivel superior a los
US$ 34 mil millones, lo que representa alrededor de un 17% de las exportaciones totales de
los países miembros.
En lo que respecta al comercio
intra-MERCOSUR las cifras indican que ha progresado constantemente y supera, tras un
aumento del 30% sólo en 1993, los 8.000 millones de dólares anuales. Desde finales de
los años ochenta y principios de los noventa, el valor de las ventas intra-Mercosur
representaron aproximadamente 34% de las totales intraregionales. Por su parte el comercio
entre los países del Grupo Andino también ha sido un flujo dinámico que aumentó de
manera uniforme durante los últimos años y representa el 14% del comercio regional.
Otro elemento que se adiciona como potencial evidencia de
las potencialidades transformadoras de las herramientas de la integración económica para
la conformación de la comunidad latinoamericana, son las negociaciones entre el Grupo
Andino y MERCOSUR. Proceso que si bien formalmente se inicio en fecha muy reciente,
septiembre de 1996, en práctica tiene antecedentes muy importantes en los acuerdos ya
negociados en el marco de la ALADI, lo que en la jerga de la negociación ha sido
denominado como el Patrimonio Histórico.
Este proceso de negociación debería culminar con la
realización del preciado objetivo, que en la década de los cincuenta se plantearon
algunos visionarios latinoamericanos, de constituir una zona de libre comercio
latinoamericana.
Somos de la opinión de que
desde diversas perspectivas, pero particularmente desde el ángulo político, tales
negociaciones representan uno de los retos más significativos que enfrenta la región. En
este contexto es importante observar que tales negociaciones permitirán la conformación
de un espacio económico sudamericano que contribuirá positivamente en la inserción
eficiente de la región en un mundo globalizado y, adicionalmente, servirá de base para
la definición de una estrategia de negociación en la conformación de la zona de libre
comercio hemisférica.
Desde una perspectiva
económica Mercosur plantea para el Grupo Andino un mercado que cuenta con más de 200
millones de personas, con un Producto Interno Bruto que alcanza los 700 mil millones de
dólares, un nivel de importaciones que para 1994 alcanzó la cifra de 60 mil millones de
dólares y unas reservas internacionales que supera nueve meses de importaciones.
Definir las bases jurídicas para la conformación de un
espacio económico en América del Sur, permitirá que nuestra sociedad civil empiece
progresivamente a confiar en los recursos y en las instituciones de la región, lo que
seguramente desencadenara un proceso de transformación que será lento pero constante y,
en consecuencia profundo. La comunidad del sur permitirá ir sentando las bases de una
nueva filosofía de vida para los latinoamericanos, ya que se traducirá en una nueva
racionalidad de actuación para el ciudadano común quien laborando en su cotidianidad
construirá, sin planteárselo premeditadamente, un paradigma donde además de su
beneficio individual se logra el beneficio del conjunto social.