Industria, tecnología y competitividad
Edición No. 48
Octubre - Diciembre 1996
|
|
La
globalización como fenómeno cultural, generador de consecuencias económicas
Julio María Sanguinetti
Presidente de la República Oriental del Uruguay
El siguiente
artículo corresponde a la transcripción magnetofónica de la intervención del
Presidente de la República Oriental del Uruguay, doctor Julio María Sanguinetti, en el
Panel sobre «La agenda de comercio multilateral y América Latina y el Caribe»,
efectuado el 24 de octubre de 1996, en Montevideo (Uruguay), en el marco de la XXII
Reunión Ordinaria del Consejo Latinoamericano del SELA.
Yo me siento
más o menos como Paganini delante de los temas de Liszt, obligado a hacer variaciones
sobre el mismo tema. No creo que podamos en esta ocasión y creo que es muy agradable
comprobarlo al intentar una nueva partitura.
Siento que de
diversos orígenes estamos hoy aquí realmente dando una misma respuesta y ella se centra
en cuatro o cinco factores, todos ellos sustantivos y todos ellos igualmente
trascendentes.
Simplemente
hago variaciones sobre esos temas. El embajador Rubens Ricúpero, Secretario General de la
UNCTAD, nos habla del fenómeno de la globalización y nos dice: esto es una nueva etapa
del proceso de globalización que comenzó hace quinientos años. No hay duda. Hace
quinientos años se produjo lo que un gran geógrafo francés llamaba el «salto
planetario». El descubrimiento de América es el primer momento en que el mundo toma
conciencia de que existe como tal y de que los humanos tomamos posesión material de todo
eso que llamamos tierra y ello está asociado a una gran expansión del comercio.
A partir de
allí hemos vivido etapas diversas pero, naturalmente, se dejó atrás la llamada Edad
Media que era básicamente aquella de las sociedades cerradas, las soiedades comarcales
basadas en la tierra, aisladas entre sí. Fue básicamente un cambio cultural y lo que hoy
ocurre sigue siendo un cambio cultural.
I. La
globalización como fenómeno cultural
Creo que al
fenómeno de globalización le cabe introducir dos perspectivas:
Una primera es
que, fundamentalmente, es un fenómeno cultural y, sólo como consecuencia, un fenómeno
económico. ¿Por qué? Porque el asunto nace en la ciencia, no nace en la economía. Esto
es el resultado de una combinación de factores intelectuales que produce una revolución
científica igual a la que hace quinientos años permitió un día inventar la carabela.
Pero la carabela -eso que decimos que era una cáscara de nuez con la cual Colón
heroicamente llegó- era una maravilla tecnológica que sustituyó al enorme galeón, que
no hubiera podido jamás cruzar el Océano Atlántico y cada vez que lo cruzaba se
hundía. La carabela fue un producto de una altísima tecnología para la época y ese fue
el resultado del avance geométrico, del avance de la matemática que se expresó en todas
las artes y las ciencias de la época. Eso ocurre hoy también.
Los
historiadores, que tanto nos explican y nos alumbran, a veces también nos confunden
porque, en la necesidad de periodificar y de segmentar, es imposible explicar ese fluido
que es la vida como consecuencia de la historia, que es como un río. ¿Cómo se explica
éso? ¿Cómo se aprehende? Hay que traicionarlo porque hay que detenerlo un instante,
fotografiar y decir ésto es un río. Sin embargo, no es un río pues el río es un flujo
permanente de agua. La vida es igual, la historia es igual.
Nos confunden
porque dicen tal día a tal hora empezó la Edad Media, tal día a tal hora empezó el
Renacimiento, poco menos. Y un día, cuando se terminó la Guerra Fría, dijeron, bueno,
ahora empezó la Globalización. Lo que ocurrió es que estábamos encerrados en un gran
conflicto político-ideológico y cuando él se clausura, recién ese día prestamos
atención que había ocurrido detrás nuestro una revolución científica y que esa
revolución científica nos había cambiado los modos de producción y nos había
introducido un fenomenal cambio cultural, que es el gran asunto: nuestro homo-sapiens
se había transformado. Basta ver una fotografía del Japón, del comienzo de la
fotografía, y otra de hoy, de una calle de Tokio: tendríamos que mirar algún anuncio
para saber que no es de Nueva York.
Es decir, que
este homo-sapiens ha pasado ahora a globalizarse en sus hábitos como consecuencia
de sus demandas. Allí viene el impacto económico, porque todos demandamos lo mismo:
queremos el mismo video, la misma televisión. Este homo-sapiens hoy es algo como
que podríamos llamar un homo-collaginens, porque nos vestimos igual, tomamos la
misma bebida, tenemos los mismos hábitos. Los domingos ahora ya miramos todos el mismo
partido de fútbol en todo el mundo. Este es un fenómeno que luego se traduce
económicamente, porque genera demandas totalmente distintas a las que se produjeron
antes. También esto es lo que produjo naturalmente la entrada en crisis del estado
nacional, porque un estado más encerrado es más seguro. Puede darle a los ciudadanos y a
las empresas más seguridad pero lo que no le puede dar son los niveles de cosumo que el
ciudadano demanda hoy. Es imposible hoy tener un hospital y no tener un aparato de
resonancia magnética. Eso es muy discutible, quizás hasta desde el punto de vista de las
políticas sanitarias, pero es así. Es un hecho y como consecuencia de este fenómeno
cultural entonces estamos enfrentados a la globalización.
II. La
globalización es un hecho, no una ideología
El gran asunto
es este: la globalización es un hecho. No es una ideología. Allí está el punto. No
podemos transformar lo que es un hecho en una visión en función de la cual vamos a
interpretar todos los episodios del mundo, asumiendo que ciertos parámetros o ciertos
elementos de esa globalización constituyen una ideología. Eso es una transfiguración
tramposa de la realidad y una trampa mortal en la cual no podemos introducirnos. Eso es lo
que le pasó a Freud con muchos de sus seguidores, lo mismo que a Marx y a Adam Smith.
¿Por qué? Se produce una ideologización de algo que es un hecho. Un hecho científico,
económico, político. Allí vienen las ideas: ¿Cómo administramos ese hecho, pues ese
hecho está produciendo consecuencias fantásticas?
En cincuenta
años aumentó cinco veces la producción y quince veces el comercio. Este es un hecho
cualitativamente muy importante. Quiere decir que, así como en la Edad Media era la
tierra y en la Revolución Industrial era el producto manufacturado, hoy estamos frente a
otros fenómenos porque así como aumentó quince veces el comercio también aumentó
quince veces la moneda, los capitales. Es decir, los capitales aumentaron infinitamente
más que la producción, lo que quiere decir que la riqueza no es sólo el producto
físico, el producto material.
Yo siempre digo
que basta pensar que el hombre más rico del mundo es un joven que se hizo rico en diez
años y que no produjo ni una hoja de papel; solamente productos intelectuales. Ese es el
símbolo de esta economía inmaterial, que nos ha generado una situación distinta.
¿Esto qué
supone? Primero, la rotura de los modos tradicionales de producción. Ese es un fenómeno
que hay que administrar en todos los países: no podemos seguir produciendo como antes y
el resultado es el fenómeno de desocupación en el mundo entero, hasta en el Japón. En
Alemania, ver una manifestación de desocupación resultaba una cosa casi impensable hasta
hace muy poco tiempo. ¿Por qué? Porque se produce una quiebra de los mecanismos
tradicionales de producción y hoy nos están conduciendo otros factores. Tenemos una
mejor asignación de recursos, tenemos más gente que accede a más cosas, tenemos una
dinámica de crecimiento mucho mayor, pero tenemos esta quiebra de fenómenos
tradicionales.
Tenemos un
segundo asunto, también de enorme trascendencia. Como consecuencia de la necesidad de
competencia, los estados nacionales han quedado limitados enormemente en su poder,
recortados fundamentalmente en su capacidad de contribución. Es decir, que el estado
nacional que antes tenía límites muy amplios, una cierta impunidad si se quiere, para
establecer gravámenes y para establecer impuestos en función de los cuales luego
desarrollaba determinadas programaciones, hoy está limitado. ¿Por qué? Porque si
aumenta sus impuestos no puede competir el país porque sus exportaciones se vuelven no
competitivas. Allí empieza este proceso que también, a su vez, conduce a la reforma del
estado, y allí tenemos la misma variante, la misma derivación. En la búsqueda de la
competencia nos encontramos con una secuela social indiscutible que se va produciendo y un
proceso de necesidad de adaptación a este tiempo. Y allí vienen entonces las respuestas.
El Secretario
General de la ALADI, Antonio Antunes nos habla de que la globalización no ha excluido los
bloques. Esto me parece también un gran hecho. Estamos hablando, por un lado, de una
globalización universal que nos genera esos mecanismos, esos hábitos: prendemos la TV,
vemos las mismas cosas, prendemos la Internet (ayer estaba con un amigo de un diario
español y me decía: mira, yo tengo tantos diarios pero lo que más me entusiasma es que
tengo 15 mil lectores en Internet. Yo le comenté: pero esos no te pagan. Y me respondió:
pero ya es un hecho, tener 15 mil lectores en Internet). Son hechos que están ocurriendo,
fenómenos indiscutibles.
Sin embargo,
por otro lado, los países se agrupan. Aún la economía más grande del mundo, la única
super potencia militar del mundo, Estados Unidos, se asocia y hace su NAFTA y busca
ampliar su espacio. Es decir que hay un cierto reflejo distinto también: no todo el mundo
transforma ésto en ideología y dice «como vino la globalización somos todos globales,
vamos a la aldea global de la comunicación, la aldea global del comercio, la aldea global
de la industria, la aldea global de la cultura». No es así. Por algo formamos un club
aquí para distinguirnos y otro club allá.
Quiere decir
que esto es también un hecho. De allí las necesidades de respuesta en nuestra región.
De allí que el proceso de integración, lejos de desvanecerse, cobra nuevo vigor en
nuestros escenarios. Eso fue lo que nosotros sentimos en el año 1985/1986 cuando
empezamos a construir el MERCOSUR, tratando no de enfrentar el viejo proceso de
integración sino de acelerar en nuestra región ese proceso. Dentro de lo que era el
marco de un proceso de liberalización progresiva y asociación progresiva de América
Latina, había una región que sentíamos que podía andar más rápido porque estábamos
juntos, éramos vecinos, teníamos muchas cosas en común. Decidimos entonces avanzar
adaptándonos tanto a la estructura de ALADI como luego a la estructura del comercio. No
es casual que la Ronda Uruguay naciera acá. Nosotros insistimos mucho en aquello. Fue la
primera vez que el viejo GATT se reunió fuera de Europa. Nosotros en el gobierno en aquel
momento, con el apoyo de nuestros vecinos, sentíamos que ese debate iba a ser el debate
del fin del siglo (o el debate del siglo que estaba comenzando, porque en 1989 ya había
empezado el nuevo siglo) y que teníamos que estar en la vanguardia de ese debate y no en
la retaguardia de él. Que ese proceso de liberalización teníamos que tratar de
conducirlo, de impulsarlo y de estar desde el primer momento en él.
No asumimos la
actitud, como decíamos, de transformar hechos en ideologías ni tampoco la actitud
anti-histórica de renegar de lo que eran fenómenos que se estaban produciendo allí
adelante. Y allí es que entonces nace toda esta estructura luego de tantos debates. Allí
está y nosotros hemos construido nuestra regionalización con esas perspectivas. No es un
mecanismo de neo-encierro sino, por el contrario, es un mecanismo de nueva inserción en
el mundo.
En eso estamos
contentos y por eso es que nuestra acción en el caso de la Organización Mundial de
Comercio es fundamentalmente insistir en el cumplimiento de lo que hemos acordado, que no
todo se cumple del todo bien. Nos dice Seade que no es comparable lo que son las
protecciones hoy con lo que eran antes. Pero tampoco son comparables en ningún sentido.
No son comparables en cantidad ni tampoco en calidad, porque quieren decir cosas
distintas.
III.
Las restricciones comerciales
Cuando antes
había una restricción textil en Europa quería decir una cosa, pero nosotros acá
teníamos una industria textil también muy protegida y que era muy poderosa, como la
había también en Colombia, en aquellos años extraordinaria, y la había en Brasil con
el algodón, o sea que era otro mundo también. Hoy cuando uno encuentra una restricción
textil en los países desarrollados quiere decir otra cosa. Quiere decir que una industria
textil nuestra -que en cualquiera de esos países ocupa una mitad o un tercio de gente,
porque la que haya sobrevivido ha tenido que hacer un proceso de tecnificación muy fuerte
y perder muchos puestos de trabajo- hoy tampoco podría tener las condiciones de
expansión por una restricción de un país desarrollado. Naturalmente esto es algo que no
podemos aceptar, porque querría decir que si no podemos estar en la alta tecnología
tampoco es posible que estemos en la industria textil avanzada, lo que sería muy grave.
Lo mismo pasa
con la agricultura. Si en la agricultura nos encontramos eso, quiere decir cosas mucho
más graves que antes porque hoy ya no estamos nosotros queriendo colocar un trigo
subsidiado, o una soja subsidiada, o una cebada subsidiada. Nosotros estamos todos
compitiendo.
Por
consiguiente, no es posible que tengamos hoy que enfrentar ese tipo de situaciones porque
allí el tema no es vender más o menos: es sobrevivir o morir, lo que hace el problema
cualitativamente muy distinto. El valor de una restricción hoy es infinitamente mayor al
valor de una restricción hace treinta años cuando un arancel del 30 por ciento se
contestaba con uno de 80 y entonces ni nos comprábamos ni nos vendíamos. Apenas
discutíamos, nos enojábamos y cada uno a su casa con su cosa. Hoy es diferente, una
restricción es en nuestros países la capacidad de vivir o no. Es diferente, es mucho
más grave.
De allí
entonces que países como los nuestros, que no somos los dueños del poder militar del
mundo, tenemos más que nunca que apostar a las organizaciones internacionales, a su
fuerza, a su capacidad para ser el celoso custodio de los acuerdos que alcanzamos. Y, en
segundo lugar, seguir nutriendo el mundo de las ideas, el mundo del conocimiento que sigue
aún hoy vigorizando y marcando la dinámica.
De allí que
una visión humanista como la que señala el Secretario Permanente del SELA, embajador
Carlos Moneta es, en definitiva, la que a todos nos tiene que inspirar. Los reduccionismos
ideológicos le han costado demasiado al mundo. El reduccionismo de la raza nos llevó al
nazismo, el reduccionismo del estado nos llevó al fascismo, el reduccionismo de la clase
social nos llevó al comunismo, los reduccionismos económicos de los últimos años han
llevado a situaciones de inequidad social muy graves aún en países ricos.
De modo y
manera que es fundamental que asumamos una visión global porque global es la
globalización, porque cultural es en definitiva la transformación que el mundo ha tenido
para tratar de lograr que este nuevo homo-sapiens, este homo-collaginens del
que yo hablo, no sólo se uniforme a la hora de beber un refresco o de ponerse un
pantalón sino que siga asumiendo la diversidad enriquecedora de la vida.
De allí el
papel de los estados, de allí el papel de la Organización Internacional de Comercio, de
allí el papel de la res publica -como decían los romanos- para regular una res
privada que nos tendrá que dar la dinámica. Pero la res publica, que e al
final la colectividad organizada, es la que tiene que dar las reglas de juego, los fines y
los objetivos de la civilización.
|