Debe ser cierto
que prácticamente todas las generaciones a lo largo de la historia han atravesado
cambios, sean estos sociales, económicos o políticos. Algunos períodos son más
turbulentos que otros, pero cabe preguntarse cuántas generaciones han tenido que hacer
frente en el pasado a un cambio tan extraordinariamente rápido como el que caracteriza a
nuestra época.
¿De qué clase
de cambio estoy hablando y qué es lo que lo impulsa? El cambio a que me refiero es la
impresionante internacionalización -o mundialización- de la actividad económica que se
ha registrado durante los últimos dos o tres decenios, y las profundas consecuencias
políticas y sociales que se derivan de la misma. La mundialización es impulsada por una
poderosa confluencia de fuerzas. Algunas de ellas son sin duda el reflejo de políticas
gubernamentales, pero más fundamentalmente se trata de fuerzas que tienen una vida
propia, fuerzas liberadas por los cambios tecnológicos, especialmente en los sectores del
transporte y las comunicaciones.
En términos
económicos, la mundialización significa que la producción y el comercio se han
entrelazado de manera inexorable. Los procesos de producción se extienden por todo el
planeta. Los productores deben invertir para comerciar y deben comerciar para invertir. La
mayoría de los productos que ingresan actualmente en el mercado son objeto de comercio o
bien su producción depende decisivamente de componente que son objeto de comercio. El
hecho de que el comercio desempeña un papel más importante que nunca en la actividad
económica se puede observar fácilmente en las estadísticas: las corrientes comerciales
se han multiplicado por 15 en los últimos cuatro decenios, mientras que la producción se
ha incrementado seis veces. Al mismo tiempo, se han registrado aumentos espectaculares en
las corrientes de inversiones extranjeras directas: en los 10 años anteriores a 1993 las
corrientes de inversiones en todo el mundo se multiplicaron por cuatro, llegando a casi
200.000 millones de dólares por año. Son cada vez más los empleos que dependen del
comercio, bien de las importaciones o de las exportaciones. Todo esto ha ocurrido al mismo
tiempo que los niveles de vida aumentan constantemente en muchos países, aunque no en
todos. El hecho de que los beneficios de la mundialización aún no son gozados
mundialmente presenta un reto para la línea de acción a seguir, sobre el que volveré
más adelante. No obstante, no se debe subestimar la magnitud de la ayuda que ha prestado
y sigue prestando la integración económica mundial a la reducción de la pobreza y la
marginalización. Se prevé que en los próximos años 2.000 millones de personas en los
países en desarrollo y las economías en transición ingresarán en el mercado mundial,
reforzando las tendencias que han instalado a una docena o más de países en desarrollo
entre las economías más dinámicas del mundo.
En términos
políticos, la mundialización significa que los gobiernos deben aprender a cooperar en
más esferas que durante el pasado. Algunas de las distinciones que solíamos hacer entre
la política internacional y la política interna resultan cada vez más superficiales y
carentes de importancia. Naturalmente, se generan tensiones cuando se observa que los
gobiernos muestran un creciente interés en inmiscuirse en las políticas de los demás, y
esas tensiones se deben tratar con habilidad y flexibilidad política. A medida que se
amplía el campo de la creación internacional de normas jurídicas y de la coordinación
de políticas, y que el concepto de políticas «nacionales» se reduce, es necesario
ocuparse adecuadamente de la protección de la diversidad y la preservación de la
democracia.
En términos
sociales, la gestión de la mundialización constituye también una prueba importante. Es
erróneo suponer que la apertura de los mercados, la continuación de la integración
económica internacional y la liberalización del comercio serán siempre procesos
indoloros. Es probable que cierto número de personas se vean desplazadas por los cambios
en la asignación de recursos derivados de estos procesos. Sin embargo, debemos tener
claridad en nuestra visión de conjunto. El aumento de la eficiencia a causa de la
especialización inducida por el comercio, estimula la actividad económica y crea empleo,
compensando con creces los puestos de trabajo que se puedan perder a causa del
desplazamiento de mano de obra. La gestión de esta transición y de las consecuencias
distributivas del cambio constituye una responsabilidad fundamental de los gobiernos, pero
es evidente que esta responsabilidad no se podrá cumplir si se da la espalda al mercado
mundial.
La
mundialización no desaparecerá. Los responsables de formular las políticas no podrían
detener este proceso, incluso si quisieran hacerlo. No se trata de algo opcional, sino que
forma parte normalmente de nuestra vida cotidiana de muchas maneras. La única cuestión
real es si vamos a acompañar su avance mediante políticas nacionales que nos ayuden a
adaptarnos a la realidad del cambio sin tener que soportar un costo social intolerable.
Desde el punto
de vista internacional, la disyuntiva es si este proceso inevitable tendrá lugar en el
marco de un sistema basado en normas convenidas o simplemente mediante un juego de
fuerzas. Durante el período de posguerra hemos tratado por lo general de seguir el primer
camino. Abandonarlo ahora significaría cambiar la historia económica -y quizás también
la historia política- del mundo de un modo que sería peligroso para toda su población.
Configurar el
sistema de comercio del próximo siglo significa sobre todo dar respuesta a cuatro retos
fundamentales.
El primero de
ellos es mejorar lo que estamos haciendo actualmente para transmitir a la población de
todos los países el mensaje de que la apertura del comercio y el sistema multilateral son
beneficiosos para sus intereses. Debemos reconocer que el rápido avance de la
integración mundial ha contribuido a generar un clima de incertidumbre en muchas
sociedades, lo que se presta a ser explotado por quienes tratan de vender los falsos
remedios del proteccionismo y la xenofobia. Lo que se necesita con urgencia es que los
gobiernos, el sector privado y los círculos universitarios trabajen conjuntamente para
reafirmar de forma persuasiva y con claridad la verdad que los últimos 50 años de
nuestra historia muestran tan claramente: que la libertad de comercio en el marco de las
normas del sistema multilateral es la clave del crecimiento y, por ende, de todas nuestras
esperanzas de gozar de una existencia más próspera y estable.
El segundo reto
consiste en respetar y fortalecer el contrato fundamental que une actualmente a países
que ocupan todos los niveles de desarrollo económico. El mundo industrializado tiene que
mantener abiertos sus mercados y mejorar esta apertura en los años venideros. Por su
parte, los países en desarrollo deben continuar sus reformas de liberalización e
integrarse más en el sistema mundial. Y unos y otros, los países industrializados y los
países en desarrollo, deben colaborar para mejorar la situación de los países menos
adelantados.
Considero que
la elevación del nivel de vida en esos países es una de las tareas más urgentes a que
nos debemos dedicar. Se ha estimado que mientras la renta por habitante aumentará un 80
por ciento de promedio en el Asia Oriental desde ahora hasta el año 2005, en el Africa
subsahariana el aumento sólo será del 8 por ciento. ¿Cómo podemos contribuir a reducir
esta brecha que no deja de ahondarse y a fomentar el desarrollo en los países más
pobres?
Al menos
debemos velar porque los bienes y los servicios producidos por esos países tengan un
acceso libre y seguro a todos los mercados. Sería útil un compromiso de consolidar a
nivel cero todos los aranceles que se aplican a estos países y de eliminar en una fecha
precisa todas las restricciones cuantitativas que aún limitan sus exportaciones. Existen
muchas maneras en que podemos ayudarles, tales como mejorar su acceso a las inversiones
(otro motivo para examinar esta cuestión en la OMC), alentar las iniciativas regionales
entre los países menos adelantados y aplicar a sus productos normas de origen más
flexibles.
Igual
importancia reviste la creación de capacidad institucional y humana en esos países, de
modo que puedan aprovechar plenamente las nuevas oportunidades. Esto exige la adopción de
nuevos planteamientos en la cooperación entre los organismos que prestan asistencia
técnica y también en los medios utilizados para ello.
La OMC se ha
puesto en marcha en esa dirección, elaborando un plan integrado de cooperación técnica
con la UNCTAD y el Centro de Comercio Internacional, que patrocinamos de forma conjunta.
Resulta claro que aún quedan cosas por hacer para fomentar esa cooperación. También
debemos trabajar en estrecha relación con los demás organismos competentes para explotar
al máximo las oportunidades que ofrece la nueva tecnología de las comunicaciones a fin
de ampliar el alcance y los resultados duraderos de nuestros esfuerzos encaminados a crear
capacidad.
Por último, es
necesario dedicar una profunda atención a la situación de los países en desarrollo
importadores netos de productos alimenticios que, por diversas razones, están haciendo
frente a un aumento de precios de diversos productos agrícolas.
El tercer reto
es la universalidad, es decir, la necesidad de incorporar a China, Rusia y todos los
demás países que aún no forman parte del sistema de la OMC. Sólo cuando esto se
consiga podremos recoger todos los frutos de un sistema de comercio mundial basado en
normas. Nadie se hace ilusiones de que este proceso será fácil. En particular, la
adhesión de grandes economías en transición plantea importantes cuestiones de fondo
cuya solución exige establecer un balance aceptable entre las aspiraciones de los países
candidatos, los intereses de los Miembros existentes y la necesidad de salvaguardar la
integridad del sistema y de sus normas. Estas cuestiones no tienen una solución política
inmediata. Los Miembros existentes y los que aspiran a la adhesión comparten por igual la
responsabilidad de asegurar que las negociaciones de adhesión avancen tan rápidamente
como sea posible, pero de un modo que fortalezca al sistema en su conjunto.
El cuarto reto
es comprender la relación que existe entre el regionalismo y el sistema multilateral de
comercio. No han transcurrido aún 15 años desde que se produjo la impresionante
proliferación de acuerdos regionales, que se han convertido en el rasgo sobresaliente de
las relaciones económicas internacionales de nuestros días. En 1980, sólo había un
número relativamente pequeño de uniones aduaneras y zonas de libre comercio, pero en la
actualidad casi todos los Miembros de la OMC forman parte de uno o más acuerdos de
comercio regional. Con excepción de la Comunidad Europea, los acuerdos que existían hace
15 años solían tener un alcance limitado y se centraban principalmente, sino de forma
exclusiva, en el establecimiento de aranceles preferenciales. Se puede decir que la nueva
oleada de acuerdos regionales, como tantas otras cosas, se ha iniciado en América del
Norte.
En efecto,
Canadá desempeñó un papel inicial y decisivo en el establecimiento de un acuerdo de
libre comercio en América del Norte, que pronto se amplió para constituir el Tratado de
Libre Comercio de América del Norte. Y actualmente existen planes para establecer un
acuerdo hemisférico de libre comercio, que se basaría en los acuerdos existentes en
América del Sur, tales como el MERCOSUR, el Pacto Andino y el Mercado Común
Centroamericano. En Asia, vemos que la ASEAN ha ampliado recientemente su alcance
geográfico y ha profundizado el proceso de integración. Los países del Asia meridional
también están elaborando un acuerdo regional. Y, por supuesto, tenemos el APEC que, si
bien por ahora no supone preferencias comerciales entre sus miembros, encarna una
ambiciosa idea de libre comercio entre los países de Asia y también a través del
Pacífico, incluyendo a América del Norte y del Sur. En Africa se están elaborando
varios acuerdos regionales. En Europa, la Unión Europea ha construido una compleja
jerarquía de acuerdos preferenciales con sus vecinos inmediatos, y tiene en perspectiva
otros planes más amplios. La idea de un acuerdo transatlántico de libre comercio
también ha suscitado últimamente un considerable interés.
El impulso de
liberalización regional no es en sí mismo un motivo de alarma para los defensores del
sistema multilateral. Las iniciativas regionales pueden contribuir de manera importante al
desarrollo de normas y compromisos multilaterales, y en ciertas regiones, como el Africa
subsahariana, pueden constituir un punto de partida fundamental para la integración de
los países menos adelantados en la economía mundial. En el nivel más básico, la
divergencia real es la que separa la liberalización -en cualquiera de sus niveles- del
proteccionismo. Vistas desde esta perspectiva, las iniciativas regionales y multilaterales
deben estar en el mismo campo, apoyándose y reforzándose mutuamente.
Sin embargo, la
propia magnitud y la ambición de algunas iniciativas regionales recientes indican que no
podemos dar por sentada esta complementariedad, si es que en algún caso esto se pudo dar
por sentado. Necesitamos una clara declaración de principios, sostenidos por compromisos
firmes, a fin de garantizar que los esquemas regionales no funcionen como una fuerza
centrífuga disgregando el sistema multilateral.
A mi entender,
la respuesta se puede hallar en el principio enunciado por algunas de las nuevas
agrupaciones regionales, o sea, el regionalismo abierto.
Por supuesto,
debemos tener claro lo que significa el regionalismo abierto. Entre las distintas
posibilidades, creo que hay dos modalidades básicas.
La primera
consiste en asegurar que toda zona preferencial prevista será compatible con los
requisitos jurídicos del sistema multilateral. Según las disposiciones vigentes, estas
zonas podrían ser al mismo tiempo jurídicamente compatibles con las normas de la OMC y
tener un carácter preferencial, lo que significa que podrían constituir una excepción a
la cláusula de la nación más favorecida, que es el principio básico del sistema
multilateral. La posibilidad de establecer en el marco normativo esa excepción legal al
principio n.m.f. fue concedida en una época y en una situación completamente diferentes.
En la actualidad, con la proliferación de agrupaciones regionales, la excepción podría
convertirse en la regla, y esto podría suponer el riesgo de una modificación completa de
la naturaleza del sistema.
La segunda
interpretación del regionalismo abierto es la que expresa un cierto número de países,
algunos de los cuales son miembros del APEC o del MERCOSUR. En esta hipótesis, la
eliminación gradual de los obstáculos al comercio en el interior de una agrupación se
aplicaría aproximadamente con el mismo ritmo y el mismo calendario que la reducción de
obstáculos con respecto a los no miembros. Esto significaría que la liberalización
regional -tanto en la práctica como en la legislación- sería en general compatible con
el principio n.m.f.
La elección
entre estas opciones es decisiva, ya que ambas darían lugar a resultados muy diferentes.
En el primer caso, en no más de 20 o 25 años llegaríamos a una división del comercio
mundial en dos o tres zonas preferenciales intercontinentales; cada una de ellas tendría
sus propias normas y habría un sistema de libre comercio en el interior de cada zona,
pero seguirían existiendo obstáculos externos entre los bloques.
¿Alguno de
nosotros desea un mundo semejante?
Dejo que
ustedes imaginen las posibles consecuencias de este panorama en términos de estabilidad y
seguridades mundiales. Por ejemplo, ¿dónde estarían China y Rusia en un mundo así?
La segunda
opción apunta hacia la convergencia gradual del regionalismo y el multilateralismo
sobre la base de objetivos y principios compartidos, principalmente el respeto del
principio n.m.f. Al final tendríamos un mercado mundial libre, regido por normas y
disciplinas internacionalmente acordadas y aplicables a todos y con la capacidad de
asegurar el respeto de los derechos y obligaciones que todos habrían aceptado libremente.
En un mundo así habría y debería haber sitio para China, Rusia y todos los demás
candidatos a adherirse a la OMC.
Dada la
realidad del regionalismo y la necesidad de mantener la importancia decisiva del sistema
multilateral, la cuestión consiste en determinar cuál es la mejor manera de asegurar
esta convergencia gradual.
Por ejemplo,
¿se debería dejar a cargo de esfuerzos unilaterales concertados o debería ser objeto de
una negociación multilateral, del mismo modo que las anteriores ampliaciones de la
Comunidad Europea contribuyeron a poner en marcha las anteriores Rondas del GATT?
¿Deberíamos
tratar de establecer un plazo, en el cual a la liberalización regional del acceso a los
mercados debería seguir su ampliación en régimen n.m.f. o bien la iniciación de
negociaciones multilaterales?
Cuando las
agrupaciones regionales establecen nuevas normas comerciales, ¿deberíamos tratar de
acordar un mecanismo y un marco temporal para ponerlas en plena conformidad con las normas
multilaterales cuando ellas existan? En los casos en que por ahora no existen normas de la
OMC equivalentes, tendríamos que prever un calendario para negociar la aplicación
multilateral de las normas regionales.
El
mantenimiento de la primacía de las normas y el sistema de solución de diferencias de la
OMC es esencial, no como un fin en sí mismo, sino con el objeto de evitar una Babel de
jurisdicciones contradictorias que compiten entre sí. Como he mencionado anteriormente,
la evolución actual de las normas en materia de inversiones nos brindan un presagio de lo
que esto podría llegar a ser.
Si no
defendemos la primacía de las normas multilaterales, corremos el riesgo de que en materia
de solución de diferencias comience a funcionar una especie de Ley de Gresham, con
arreglo a la cual las normas menos estrictas desplazarían a las más severas, ya que los
gobiernos escogerían la jurisdicción que les resultara más favorable.
Obviamente, es
necesario reflexionar abundantemente sobre los mecanismos que nos permitan asegurar la
convergencia de los sistemas regionales y el sistema multilateral. Tengo la esperanza de
que el nuevo Comité de los Acuerdos Comerciales Regionales de la OMC, con la muy idónea
presidencia del Embajador del Canadá ante la OMC, Sr. John Weekes, aportará una
importante contribución a este proceso. Por ahora, lo importante es señalar claramente
la necesidad de esta convergencia.
En definitiva,
se trata de preguntarse en qué clase de mundo deseamos vivir. ¿Deseamos un mundo en el
que el avance de la integración económica mundial se vea acompañado por un marco
mundial de normas comerciales convenidas que aseguren la apertura y fomenten el
crecimiento con estabilidad? ¿O bien deseamos un sistema basado en el juego de fuerzas,
en el que los bloques competidores traten de regionalizar la economía mundial, con todas
las tensiones económicas y políticas que esto supondría?
No tengo reparo
en plantear de modo tan tajante la disyuntiva entre estas dos concepciones. Si el sistema
multilateral no está animado por una visión positiva y estimulante de su futuro, ¿cómo
podrá mantener el dinamismo y la dirección? En los esquemas regionales, es usual que una
concepción política oriente las iniciativas comerciales, y en muchos casos se dispone
también de un calendario preciso. ¿Por qué el sistema multilateral debería ser menos
ambicioso?