Las
elecciones estadounidenses y el debate sobre política comercial Craig
Vangrasstek
Economista estadounidense - Consultor del SELA, UNCTAD, OCDE
y otras organizaciones internacionales y de gobiernos. Profesor en School of International
Service, American University (Washington, D.C.)
I.
Introducción
Estados Unidos
celebrará elecciones el 5 de noviembre de 1996, ocasión en la cual los electores
escogerán al Presidente, al Vicepresidente, una tercera parte del Senado y la totalidad
de los 435 miembros de la Cámara de Representantes.
Estas
elecciones podrían incidir en la política comercial estadounidense de dos maneras. A
corto plazo, existe una serie de decisiones en materia de políticas que permanecen
pendientes en Estados Unidos. Entre ellas se encuentra la solicitud que presentara el
Presidente Clinton para que le otorgasen poderes de negociación "por la vía
expedita", los cuales son necesarios para poder negociar nuevos acuerdos comerciales,
tales como el Area de Libre Comercio de las Américas y la adhesión de Chile al Tratado
de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); la renovación del Sistema Generalizado
de Preferencias, que venció a mediados de 1995; y algunas propuestas para expandir los
beneficios que concede la Iniciativa de la Cuenca del Caribe.
A más largo
plazo, los votantes podrían elegir un nuevo liderazgo cuya posición ante los asuntos
comerciales y de otra índole sea distinta, con lo que estarían sentando las bases de la
política que imperará en el siglo 21.
Este podría
resultar ser un año crucial para la evolución de la política comercial de Estados
Unidos, independientemente de quién salga airoso de la contienda. Por primera vez en
décadas, el comercio se ha perfilado como un tema clave en una elección presidencial.
Esto podría obedecer al reto que Pat Buchanan, comentarista conservador, planteó a Bob
Dole, Líder de la Mayoría del Senado, durante las elecciones por la candidatura del
Partido Republicano. Buchanan, quien fuera un candidato flagrantemente nacionalista y
proteccionista, finalmente perdió estas elecciones. El mayor peligro consiste en que el
éxito inicial de Buchanan acelere la creciente pérdida de popularidad que ha estado
experimentando la liberación del comercio entre los republicanos.
Es posible que
1996 sea un año decisivo que marque el surgimiento de un sistema de políticas donde
ambos partidos posean al mismo tiempo tendencias proteccionistas y favorecedoras del libre
comercio. De llegar a ser éste el caso, podría resultar más difícil en el futuro
continuar avanzando hacia la liberalización comercial de Estados Unidos y el mundo en
general, independientemente de cuál sea el partido que ostente el mando en la Casa Blanca
y el Congreso.
II. El
papel de la política comercial en las elecciones de EE.UU.
Hasta 1996, la
política comercial había desempeñado un papel relativamente poco importante en la
mayoría de las campañas más recientes, atribuyéndosele mucha menos relevancia que a
los asuntos económicos y sociales nacionales.
Los candidatos
se sentían presionados a propugnar la protección de industrias específicas, pero no era
probable que adoptaran un sistema de protección general. Esto resultaba ser especialmente
cierto en el caso de los aspirantes presidenciales, para quienes el proteccionismo
simplemente no constituía una posición popular. De hecho, ni el Partido Demócrata ni el
Partido Republicano han designado un candidato presidencial realmente proteccionista desde
1932. Más recientemente, los dos aspirantes que se postularon para las elecciones
presidenciales de 1988 y 1992 ganaron las elecciones de sus partidos respectivos
derrotando a otros candidatos que respaldaban posiciones más restrictivas en materia de
política comercial estadounidense.
En algunos
sectores en particular podrían existir excepciones a esta regla general contra el
proteccionismo, puesto que la estructura del sistema electoral presidencial de Estados
Unidos alienta a los candidatos a adoptar posiciones que apelen a grupos económicos
específicos.
Los presidentes
no son electos directamente por el voto popular a nivel nacional, sino más bien son
escogidos indirectamente por un colegio electoral. Cada estado emite un número de votos
en este distrito electoral equivalente al tamaño de su delegación ante el Congreso. Por
ejemplo, el Estado de Nueva York posee 36 votos en el colegio electoral, porque cuenta con
dos puestos en el Senado y 34 escaños en la Cámara de Representantes. Los votos
electorales de cada Estado se emiten en bloque y vence en la contienda aquel candidato que
gane en suficientes estados para captar por lo menos 270 del total de 538 votos del
colegio electoral. El enfoque de "el ganador se lo lleva todo" con el que se
abordan las matemáticas de la campaña estimula a los candidatos a apelar a focos
aislados de sentimiento proteccionista.
Así, por
ejemplo, la industria textil y de prendas de vestir representa un blanco atractivo para
los llamados proteccionistas. En efecto, además de constituir el principal empleador
industrial de ocho estados sureños que representan 77 votos electorales, la industria
resulta también importante en los estados norteños de Massachusetts (13 votos) y Nueva
York (36 votos). Por ende, un candidato podría calcular que, al ofrecer una protección
permanente a la industria textil y de prendas de vestir, podría tener más oportunidades
de captar estos 126 votos.
Según el mismo
razonamiento, un candidato podría buscar aumentar sus posibilidades en los estados del
noreste y centro-oeste prometiendo proteger la industria del hierro y el acero, que es un
empleador importante en cinco estados que detentan 104 votos en el colegio electoral.
Por esta
razón, las industrias textiles y del acero han logrado a menudo el apoyo de los
candidatos presidenciales. Así, en las elecciones celebradas en 1968, tanto el candidato
republicano vencedor (Richard Nixon) como el candidato demócrata derrotado (Hubert
Humphrey) se comprometieron a lograr acuerdos de restricciones voluntarias (ARV) que
abarcaran ambos sectores.
Asimismo,
durante su candidatura para las elecciones de 1980, Ronald Reagan se declaró a favor de
las restricciones en materia de importación de textiles, a fin de ganar votos en el Sur.
Cuatro años
más tarde, la industria estadounidense del acero programó su petición de proteccionismo
de manera que coincidiera con la campaña y convenció al Presidente Reagan para que
cediera ante sus demandas de protección frente a las importaciones. De igual modo, George
Bush anunció en los últimos días de la campaña presidencial de 1988 que respaldaba la
propuesta de prorrogar los ARVs del acero, cuyo expiración estaba programada para 1989.
Sin embargo,
éstas no son más que excepciones de la regla general y, de hecho, todos los presidentes
desde Franklin Roosevelt hasta Bill Clinton han brindado su apoyo a la liberalización del
comercio. Es más, resulta absolutamente posible autorizar negociaciones comerciales y
ratificar acuerdos de comercio durante un año electoral o en una época cercana al mismo.
La Ley de
Acuerdos Comerciales de 1979, que ratificó los resultados de la Ronda Tokio, fue
promulgada apenas cinco semanas antes de que se celebraran las elecciones presidenciales
de 1988. De igual modo, las leyes paraguas de comercio de 1984 y 1988 se promulgaron unos
cuantos meses antes de una elección presidencial: el primer proyecto de ley renovaba el
Sistema Generalizado de Preferencias y autorizaba la negociación de acuerdos comerciales
bilaterales, mientras que el último confería poderes de negociación para la Ronda
Uruguay.
Las elecciones
presidenciales de 1992 constituyeron el ejemplo más reciente de que la política
comercial no tiene por qué transformarse en el objeto de una disputa de adeptos durante
un año electoral. La etapa final de las negociaciones del TLCN coincidió con las
elecciones presidenciales y preocupaba realmente que el entonces gobernador Clinton
pudiese transformar el TLCN en un tema de campaña. Ya el candidato independiente Ross
Perot lo había hecho, presentando el acuerdo como una traición a la soberanía
económica. Clinton asumió una posición intermedia al declarar que favorecía la
ratificación del TLCN sólo si se acompañaba de "acuerdos complementarios" en
materia de medio ambiente, asuntos laborales y oleadas de importaciones. Esta posición
neutralizó eficazmente el TLCN como tema electoral, aunque posteriormente complicó su
proceso de ratificación en 1993.
III.
División emergente en el Partido Republicano
Existen razones
poderosas para dudar de que el Presidente Clinton y el Senador Dole decidan adoptar una
postura igualmente cooperativa en las elecciones que se celebrarán este año. Por el
contrario, se presume no sólo que 1996 estará signado por desacuerdos en relación con
problemas inmediatos, sino también que podría representar el inicio de un período más
conflictivo en la política comercial de Estados Unidos.
El aspecto más
notable del debate comercial de este año se refiere a los indicios que ofrece en
relación con la evolución de la posición del Partido Republicano. Durante las últimas
décadas, parecía que los republicanos eran los más férreos defensores de la
liberalización del comercio en Estados Unidos, pues el centro político del Partido
Demócrata había pasado a adoptar una posición más proteccionista.
Esto
constituyó un alejamiento marcado de las posiciones que cada partido había mantenido
desde la Guerra Civil (1861-1865) hasta los primeros años de la Guerra Fría, cuando los
demócratas pertenecían al partido del libre comercio y los republicanos eran los
proteccionistas.
Al parecer,
existen actualmente suficientes razones para dudar de que los republicanos continuarán
siendo defensores confiables de los mercados abiertos y más bien se cree que, al igual
que los demócratas, desarrollarán grupos pro- y anti-comerciales.
La prueba más
fehaciente en favor de este argumento adoptó la forma de Patrick Buchanan, comentarista
conservador que se desempeñó sorprendentemente bien en los primeros comicios
preliminares y cónclaves electorales. Buchanan retomó un tema que usó eficazmente en
1992 cuando desafiara sin éxito alguno a George Bush en las elecciones destinadas a
escoger el candidato presidencial del Partido Republicano. Aunque el mensaje de
nacionalismo económico que transmitió Buchanan no logró conseguirle la candidatura,
pudo haber servido de inspiración a Ross Perot (quien es por lo menos igualmente
proteccionista) para participar en las elecciones generales como candidato independiente.
El
proteccionismo no constituye un elemento aislado en la filosofía política de Buchanan.
Representa más bien uno de los componentes de un conglomerado más amplio de asuntos de
política que es de tendencia nacionalista, populista y, en opinión de algunos críticos,
hasta racista y antisemita. El busca atraer la atención de aquellos estadounidenses que
se sienten embaucados y amenazados por fuerzas que escapan de su control y que,
presuntamente, están representadas por empresas multinacionales codiciosas, extranjeros
rapaces, políticos corruptos, una burocracia en Washington que se encuentra absolutamente
desactualizada, funcionarios sin rostro de la Organización Mundial del Comercio y otras
ramificaciones del temible "nuevo orden mundial". Buchanan no es el primer
candidato presidencial que trata de agrupar todos estos elementos para lanzar su llamado
al nacionalismo económico, aunque sí es el primero en muchas generaciones que lo hace
con cierto grado de éxito.
El que Buchanan
no haya obtenido la candidatura no significa que los miembros del partido rechazaran
firmemente su argumento proteccionista. Numerosos republicanos consideraron que era un
personaje demasiado conservador y divisivo para competir exitosamente con el Presidente
Clinton. Sin embargo, permanece sin despejar la incógnita de si el éxito inicial de
Buchanan resultará ser una aberración temporal o si representará más bien una
división permanente dentro del Partido Republicano. Su partido podría comenzar a
escindirse en alas proteccionistas y partidarias del libre comercio, lo que constituiría
una réplica de lo que el Partido Demócrata ha estado experimentando desde mediados de
los años 70.
IV.
Posición de Dole en materia de comercio
El
acontecimiento más perturbador ha sido la respuesta que brindara Dole a Buchanan. En una
declaración considerablemente honesta el día anterior a los decisivos comicios
preliminares de New Hampshire, Dole afirmó que él "no se había percatado de que el
empleo y el comercio y todo aquello que hace trabajar a Estados Unidos se convertirían en
un tema clave durante los últimos días de esta campaña".
A diferencia de
otros republicanos cuyos puntos de vista en materia de comercio podrían atribuirse a su
educación (por ejemplo, el Senador Phil Gramm de Texas) o a sus vinculaciones
ideológicas (por ejemplo, Newt Gingrich, Presidente de la Cámara), Dole no cuenta con un
fundamento filosófico firme en este respecto. A pesar de que ha ejercido funciones
durante una generación en el Comité de Finanzas del Senado (que presidió a principios
de la década de los 80) y que, por ende, ha contado con numerosas oportunidades para
desempeñar un papel vital en la política comercial estadounidense, el historial de Dole
está significativamente repleto de eclecticismo .
En efecto, a
principios de los años 80, acogió la política de reciprocidad (por ejemplo, amenazas
con tomar represalias en contra de los socios comerciales de Estados Unidos que restrinjan
el acceso a sus mercados) y a finales de dicha década adoptó una posición
proteccionista en materia de importaciones de textiles y calzado. Ninguno de estos puntos
de vista lograron el objetivo previsto de ayudarlo a ganar la candidatura presidencial por
el Partido Republicano para las elecciones de 1988.
Dole retomó la
tendencia principal después de su fracaso en 1988. Respaldó la ratificación del TLCAN y
de los acuerdos de la Ronda Uruguay, aunque sí insistió en que estos últimos debían
estar complementados por una cláusula de "optar por no recibir". Asimismo, se
pronunció el año pasado en contra de una prórroga de los poderes de negociación por la
vía expedita, a fin de negarle un victoria a Clinton y una oportunidad a Buchanan. No
puede darse por sentado que Dole volverá a apoyar la liberalización del comercio,
Dole adoptó
una postura ambigua en el debate que tuvo lugar en 1994 con miras a la ratificación de
los resultados de la Ronda Uruguay. En esa oportunidad Dole insistió en que la
ratificación debía estar condicionada al establecimiento de un mecanismo que permitiese
revisar los resultados de los paneles de resolución de controversias de la OMC que
podrían fallar en contra de la posición estadounidense, así como a la amenaza de que
Estados Unidos podría retirarse de la organización si se determinaba que los paneles
estaban parcializados. La legislación de ejecución de este acuerdo sobre revisión de
paneles no ha sido aún promulgada.
Dole ya ha
demostrado en este ciclo de la campaña actual que adopta una posición flexible en
materia de comercio. Se ha presentado en numerosas ocasiones como un partidario del libre
comercio (en censura a Buchanan y en apoyo a sus propios votos a favor del TLCN y los
acuerdos de la Ronda Uruguay), al igual que como un defensor de la reciprocidad (juzgando
así a la administración Clinton por no hacer uso de la sección 301 de la ley de manera
suficientemente enérgica).
No resultaría
sorprendente, pues, que llegara a complementar este mensaje prometiendo protección a una
u otra industria en los meses venideros, especialmente si dicha industria es un empleador
fundamental de un estado "que todavía está disponible" en las elecciones
generales. Y ya ha mostrado indicios de que podría hacerlo. Dole comenzó a hacer suya
parte de la retórica de Buchanan en los últimos días de la campaña de New Hampshire al
criticar a las grandes empresas y a la tendencia hacia la baja que experimentaba el
salario real. Asimismo, viró hacia el proteccionismo al declarar que la administración
Clinton no ha sido suficientemente enérgica en la utilización de las leyes antidumping y
de derechos compensatorios.
Se ha seguido
una línea de continuidad en la política comercial estadounidense durante las últimas
administraciones, pero existen suficientes razones para preguntarse si un Presidente Dole
conservaría dicha continuidad. Como mínimo, caben dudas de que se sienta obligado por
los compromisos que adquiriera la Administración Clinton en lo concerniente a la
negociación del ingreso de Chile al TLCN, o de que se sienta sujeto al compromiso de
establecer un Area de Libre Comercio de las Américas y de propiciar el libre comercio
entre los países APEC.
V.
Candidatos de otros partidos
Como si las
divisiones dentro del Partido Republicano no fuesen suficientes, preocupa que el sistema
bipartidista de Estados Unidos enfrente amenazas serias. Ross Perot obtuvo un sorprendente
19 por ciento de los votos en las elecciones de 1992, producto en parte de su mensaje
proteccionista, y es posible que los candidatos de otros partidos cobren la misma
importancia.
Existen en la
actualidad al menos tres hombres que podrían participar en la contienda como
contrincantes de terceros partidos. El más importante de ellos es el propio Perot, quien
está constituyendo un Partido Reformista y (contrariamente a sus declaraciones a
principios del año) ha señalado últimamente que desea postularse para las elecciones.
Por su parte, a
Patrick Buchanan se le ha negado la candidatura republicana, pero amenaza con lanzarse
como independiente o candidato de un tercer partido. Sin embargo, no se sabe con certeza
si esta amenaza constituye simplemente un intento de incrementar su poder dentro del
Partido Republicano.
Finalmente,
Ralph Nader, defensor de los consumidores, podría postularse como candidato del Partido
Ecologista (que, si bien no es un partido nacional serio, ha ganado adeptos en el Estado
de California, el cual es electoralmente importante).
Aunque existen
numerosas diferencias políticas entre estos tres candidatos, sus posiciones en materia de
comercio son bastante similares. Cada uno de ellos se ha perfilado como un destacado
opositor del TLCN y de los acuerdos de la Ronda Uruguay. Estos tres caballeros, sin
embargo, fundamentan sus posiciones en argumentos ligeramente distintos: Perot califica
los acuerdos comerciales de malos negocios, Buchanan los considera una amenaza a la
soberanía de Estados Unidos y Nader afirma que socavan la salud, la seguridad y las leyes
ambientales. No obstante, a pesar de sus muy distintas filosofías políticas y
económica, encuentran causa común en su oposición a estos acuerdos y a otros que puedan
celebrarse en el futuro.
Estos tres
candidatos también incidirían de manera distinta en los resultados de las elecciones
presidenciales. Obviamente, Nader captará votos que de otro modo le corresponderían a
Clinton, y de eso precisamente se trata: Nader espera que la amenaza de participar en la
contienda presione a Clinton para que adopte posiciones más beneficiosas para los
sindicatos y los ambientalistas.
Por otra parte,
la candidatura de Buchanan supuestamente obraría en favor de Clinton al dividir el voto
conservador, pero los efectos de la postulación de Perot están menos claros. La mayoría
de los profesionales en el área de la política creen que Perot, a la larga, absorbería
más votos de Dole que de Clinton, pero algunas encuestas efectuadas recientemente
señalan que él reduce el apoyo que reciben los dos candidatos.
VI.
Opinión pública sobre el comercio
Estos
acontecimientos políticos no suceden en el vacío. La opinión pública estadounidense
parece mostrarse cada vez más hostil frente a la liberalización del comercio y esta
tendencia genera una oportunidad que hombres como Perot y Buchanan no están dispuestos a
desperdiciar.
Las encuestas
nacionales muestran algunas tendencias perturbadoras, aunque ambiguas. Por una parte, la
posición que adopta Buchanan frente al comercio atrae a una minoría del electorado
estadounidense, pero esta minoría es suficientemente grande para llamar de manera
considerable la atención de los políticos.
En una encuesta
realizada a nivel nacional y divulgada a finales de febrero, el 21 por ciento de los
entrevistados afirmó que, en general, coincidía con la postura de Buchanan en materia de
acuerdos comerciales tales como el TLCN y la Ronda Uruguay, mientras que el 27 por ciento
alegó que básicamente no estaba de acuerdo con él (otro 48 por ciento desconocía su
punto de vista al respecto)1.
Por otra parte,
una encuesta que efectuara el Wall Street Journal reconfirmó la ambivalencia que
reflejaba el público respecto a este tema. Cuando se les interrogó acerca de las
consecuencias que para el empleo acarrearían los acuerdos de libre comercio, el 59 por
ciento señaló que dichos convenios cuestan puestos de trabajo en Estados Unidos y sólo
el 25 por ciento afirmó que los mismos generaban más empleo. Sin embargo, cuando se les
preguntó qué era más importante, el 72 por ciento se pronunció a favor de expandir las
exportaciones para crear puestos de trabajo, mientras que el 19 por ciento manifestó que
prefería restringir las importaciones para salvar empleos2.
En un
"exit poll" de electores republicanos efectuada en los siete estados que
celebraban elecciones el "Super Martes" (12 de marzo), el 44 por ciento
manifestó que creía que el comercio cuesta más empleos que los que genera, en
comparación con un 38 por ciento que pensaba que el comercio produce más puestos de
trabajo que los que sacrifica3.
Otra encuesta
nacional4 refleja que la mayoría de los residentes de
Estados Unidos considera que los convenios sobre libre comercio cuestan puestos de
trabajo. Esta encuesta refuerza la impresión ya generalizada de que el público adopta
una postura pesimista ante los acuerdos comerciales y de que a los candidatos políticos
les convendría evitarlos durante este año electoral. A continuación, se enumeran
algunos de los resultados principales de la encuesta:
- El 42 por
ciento cree que los acuerdos comerciales reducen el empleo en Estados Unidos, mientras que
el 24 por ciento opina que más bien lo incrementan;
- El 55 por
ciento de las personas considera que los acuerdos de libre comercio hacen más por
incrementar las importaciones de bienes extranjeros hacia Estados Unidos, mientras que el
26 por ciento piensa que contribuyen a fomentar las exportaciones estadounidenses;
- El 72 por
ciento opina que los empresarios son quienes más se benefician de los convenios de libre
comercio, mientras que el 19 por ciento afirma que los consumidores son los más
favorecidos; y
- El 48 por
ciento alega que sus puntos de vista acerca del libre comercio son menos favorables que
hace un año a causa de lo que ya conocen acerca del TLCN y el GATT, mientras que el 27
por ciento manifiesta que sus opiniones son más favorables.
Asimismo, la
encuesta sondeó directamente las opiniones acerca del comercio con los países
latinoamericanos y los resultados no fueron alentadores. En efecto, el 58 por ciento
considera plenamente que el gobierno de Estados Unidos no debería adoptar más acuerdos
de libre comercio con América Latina este año, mientras que sólo el 29 por ciento se
mostró a favor de la firma de nuevos convenios.
Es más, el 62
por ciento opina que los países de América Latina están más interesados en establecer
nuevos acuerdos de libre comercio, mientras que el 26 por ciento estima que es Estados
Unidos el que está más interesado.
Lo irónico de
la situación estriba en que la encuesta fue encomendada por un grupo que aspira a
incentivar más negociaciones comerciales, pero lo más probable es que estas cifras
terminen por reforzar la impresión que ya poseen los políticos estadounidenses de que el
comercio no constituye un tema cautivador para ellos.
Las tendencias
aparentemente contradictorias que reflejan los resultados de estas encuestas sugieren que
los candidatos que esperan derivar provecho de la popularidad que ha cobrado la expansión
de las exportaciones tratarán de hacerlo resaltando iniciativas distintas a la opción
impopular de los acuerdos de libre comercio. En otras palabras, es de esperar que tanto
Dole como Clinton presionen para que se utilicen de manera más enérgica las leyes de
reciprocidad y otras opciones que colocan el peso del ajuste sobre los hombros de los
socios comerciales de los estadounidenses, en lugar de hacerlo sobre los de Estados
Unidos. Esta tendencia ya ha comenzado a manifestarse y podría muy bien acelerarse en los
próximos meses.
VII.
Efectos a corto plazo en la política comercial estadounidense
A corto plazo,
el problema consiste en definir cómo este entorno político afectará los debates que se
celebren en relación con las iniciativas en materia de políticas que afectan el acceso
de los Países Miembros del SELA al mercado de Estados Unidos.
Actualmente,
son tres las iniciativas de dicha naturaleza que están analizándose en Washington: la
renovación del Sistema Generalizado de Preferencias (SGP), la ampliación de los
beneficios que se conceden en virtud de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC) y el
otorgamiento de nuevos poderes para negociar por la vía expedita otros acuerdos
comerciales.
Parecería que
el SGP podría volver a ser autorizado en 1996, a pesar de que sea un año electoral. Este
programa, que confiere un trato exento del pago de derechos a numerosos artículos
procedentes de los países en desarrollo, resulta de particular importancia para los
países suramericanos. Expiró en julio de 1995, pero (para la fecha de elaboración de
este artículo) existe un proyecto de ley sometido a la consideración del Congreso en
virtud del cual se renovaría y modificaría ligeramente el programa5.
Por razones de
restricciones presupuestarias, sin embargo, no pareciera que el Congreso renueve el
programa por un período largo. Así, por ejemplo, el proyecto de ley introducido en el
Congreso reautorizaría el programa sólo hasta el 12 de mayo de 1997.
Aunque el SGP
ha logrado evadir complicaciones electorales, no puede decirse lo mismo de la ICC. Este
programa fue objeto de criticas severas durante las elecciones presidenciales de 1992,
cuando fue descrito como un esfuerzo activo por parte del gobierno para desplazar puestos
de trabajo estadounidenses hacia la Cuenca del Caribe y, desde entonces, son pocos los
responsables de la formulación de políticas de Washington que están dispuestos a gastar
algún capital político para expandir los beneficios que confiere la ICC.
La Cámara de
Representantes sí está de acuerdo con la extensión de la "relación de paridad
TLCN" a la industria textil y de prendas de vestir de la ICC, al igual que, en
teoría, la administración Clinton, pero actualmente parece que la oposición del Senado
obstaculizará una vez más cualquier acción definitiva que se tome respecto de esta
iniciativa.
Por otra parte,
la solicitud que presentara el Presidente Clinton para que le renovaran los poderes de
negociación por la vía expedita es la propuesta que más claramente ha sido víctima de
la política partidista. El presidente necesita estos poderes para concluir las
negociaciones referentes a la adhesión de Chile al TLCN, lo cual constituye un paso
crucial para el establecimiento de un Area de Libre Comercio de las Américas, pero Dole
manifestó su oposición a dicha petición a finales del año 1995.
La oposición
de Dole fue considerada por muchos como una tentativa de negarle al presidente la
oportunidad de anotarse un triunfo durante un año electoral. Independientemente de
cuáles sean sus razones, Dole demostró que estaba en capacidad de asegurar, casi sin
necesidad de ayuda alguna, que esta petición de poderes de negociación por la vía
expedita no será aplicada en 1996.
La decisión de
Dole puso claramente de manifiesto que éste no será el año de nuevas iniciativas en
materia de cooperación, lo cual no significa que no se producirán acontecimientos en la
política comercial, sino que, muy por el contrario, 1996 podría ser un año importante
para los conflictos comerciales. Es muy posible que los socios comerciales de Estados
Unidos se vean obligados a llevar sobre sus hombros parte del peso de la política
presidencial estadounidense en los meses venideros.
El entonces
Representante Comercial de Estados Unidos, Mickey Kantor, anunció el 4 de enero la
creación de una oficina especial que se dedicaría exclusivamente a supervisar acuerdos
estadounidenses de comercio exterior. Ahora que es el Secretario de Comercio, Kantor
contará con una unidad similar a su disposición en el Departamento de Comercio. El
propósito político de estas nuevas unidades consiste en brindar a la administración
Clinton "protección" durante la campaña presidencial de 1996. En efecto, las
unidades darán cumplimiento a las leyes comerciales estadounidenses, a fin de garantizar
que los gobiernos extranjeros no permitan la venta de productos subsidiados u objeto de
dumping a Estados Unidos. Esto representa un viraje en la mezcla de negociaciones y
amenazas que la administración ha utilizado hasta ahora.
El nuevo rumbo
adoptado en estos tiempos puede apreciarse también en otras iniciativas "de mano
dura", tales como la nueva guerra que Estados Unidos ha declarado al soborno y la
corrupción como forma de barrera al comercio.