Relaciones externas de América Latina y el Caribe
Edición Nº 46
Abril-Junio 1996

Los retos de la liberalización comercial hemisférica
Art Eggleton
Ministro de Comercio Internacional de Canadá

    Discurso pronunciado en ocasión de la Vigésimo Sexta Conferencia del Consejo de las Américas, celebrada en Washington, el 6 de mayo de 1996.

I. Introducción

    El interés que Canadá ha manifestado por América Latina y el Caribe no es reciente ni accidental. Nuestra posición es la que se deriva de nuestra membrecía en la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCN), así como de la estrecha relación que mantenemos con la Comunidad de Estados del Caribe. Es una posición que se encuentra reforzada por nuestros compromisos frente a los objetivos de la Cumbre de Miami y cementada por los vínculos sólidos que forjó en la región nuestro Primer Ministro durante la visita que efectuara a América Latina y el Caribe el año pasado.

    La inversión canadiense en el continente americano está creciendo drásticamente: hemos visto nuestras exportaciones casi duplicarse en apenas cuatro años. Actualmente, exportamos más a América Latina que a Francia y Alemania en conjunto.

    Sin embargo, estamos conscientes de que no hemos profundizado mucho: sabemos que el potencial es inmenso y pretendemos desplegar nuestro mayor esfuerzo para desarrollar dicho potencial, porque éste genera empleos y crecimiento.

    A medida que trabajamos con nuestros socios del hemisferio para hacer del TLCN una realidad, tenemos que hacer frente a una serie de retos. Desearía que me permitiesen abordar algunos de ellos hoy.

II. Las lecciones del TLCN

    Al igual que en toda empresa, los primeros pasos son los más difíciles. Fe de ello da la experiencia canadiense con el Tratado de Libre Comercio (TLC) y luego el TLCN. La celebración del acuerdo de libre comercio con Estados Unidos en 1988 estuvo precedida de debates considerables. Y, posteriormente, incurrimos en costos de ajuste cuantiosos.

    Desde entonces, sin embargo, las exportaciones canadienses hacia Estados Unidos han crecido. Las compañías canadienses se han tornado más competitivas y se están generando puestos de trabajo a ambos lados de la frontera. Cada uno de nosotros es el socio comercial más importante del otro. En efecto: -diariamente atraviesan la frontera más de mil millones de dólares en comercio!

    Además, se ha producido otro resultado importante: al haber efectuado los ajustes necesarios para adoptar un régimen comercial más abierto con Estados Unidos, Canadá cuenta con más incentivo, y más libertad, para hacer lo mismo con otros socios.

    Y esto tiene sentido. Dar el siguiente paso lógico y abrir las puertas de nuestra economía a otros socios comerciales implica unos cuantos costos adicionales, pero nos ubica en una mejor posición para maximizar el rendimiento de los ajustes ya efectuados.

    Mi argumento es simplemente el siguiente: el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y, posteriormente, con México, no sólo abrió nuestro comercio a esos países, sino que sirvió de incentivo para liberalizarlo más allá de las fronteras continentales y abrirnos al comercio con el resto del mundo.

    Vale la pena recordar estas lecciones hoy.

III. El papel de Estados Unidos en la liberalización comercial

    Siempre resulta más sencillo escoger un destino que trazar un camino. En efecto, es relativamente fácil fijarse la meta del libre comercio en las Américas para el año 2005; mucho más difícil es, sin embargo, definir con cuáles obligaciones y derechos estamos preparados para comprometernos en un acuerdo final.

    Debemos plantearnos interrogantes difíciles. Interrogantes como: ¿Se sienten algunos actores clave todavía comprometidos a alcanzar la meta del libre comercio para el año 2005? En caso afirmativo, ¿cómo debería estructurarse el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA)? ¿Qué aspectos nos gustaría que contuviese el tratado?

    No poseo conmigo hoy las respuestas a todas estas preguntas, pero sí me gustaría plantear algunas inquietudes que en mi opinión deben abordarse.

    Una de ellas se refiere al papel que Estados Unidos debe desempeñar en el rumbo que en el futuro adoptará, no sólo el proceso del ALCA, sino el comercio liberalizado en términos más generales.

    Tras cumplir una misión protagónica en el lanzamiento de la iniciativa del ALCA hace dos años, Estados Unidos podría ahora encontrarse en peligro de perder gran parte de su influencia al no haber obtenido autorización por la vía expedita para incorporar a Chile al TLCN.

    A esta inquietud debe agregarse la perturbadora retórica comercial antiliberal que ha reverberado en partes de la campaña presidencial estadounidense. Tampoco podemos sentirnos aliviados con iniciativas como el Proyecto de Ley Helms-Burton, que nosotros, al igual que la mayoría de los países restantes, percibimos como una violación al derecho internacional y que buscan aislar, en lugar de integrar, segmentos de nuestro hemisferio. Este y otros hechos plantean una genuina interrogante, a saber, si Estados Unidos estará en capacidad de adoptar la posición de liderazgo que le corresponde en los días y meses que se avecinan.

    Y esto debería preocuparnos a todos. El peligro de perder la orientación en esta coyuntura crítica difícilmente puede calificarse de exagerado. Podría significar desaprovechar una oportunidad que nos ofrece la historia de construir puentes para conectarnos con las nuevas economías incipientes de América Latina. Podría significar correr el riesgo de socavar, o incluso revertir, la tendencia actual hacia la liberalización que muestra la región en general.

    Peor aún, podría conducir al surgimiento de bloques comerciales protectores orientados hacia el interior, lo cual no sólo debilitaría la causa del libre comercio en la región, sino que podría perjudicar las relaciones entre América del Norte y del Sur.

IV. La importancia de un sistema de comercio basado en reglas

    Ahora que centramos nuestros esfuerzos en la consecución de la meta ALCA, redediquémonos a establecer un sistema de comercio basado en reglas.

    Conviene que este mensaje se transmita hoy en este recinto y a esta ciudad, porque los estadounidenses siempre han creído en el comercio equitativo. De hecho, el comercio ha sido durante mucho tiempo la piedra angular de la política exterior norteamericana. "La eliminación de las barreras económicas y el establecimiento de una igualdad de condiciones comerciales entre las naciones" fue el tercero de los 14 puntos de Woodrow Wilson.

    En la esencia de dicho compromiso con el comercio liberalizado, se encuentra la creencia ilimitada de los estadounidenses en el espíritu del sistema de libre mercado, un sistema que considera que el papel del gobierno es actuar donde debe y hacerse a un lado cuando corresponde.

    Los estadounidenses comprendieron que el poder no siempre era equiparable al derecho, que las normas eran importantes y que incluso el pueblo fronterizo más remoto necesitaba un comisario.

    Durante muchos años, Estados Unidos ha vestido esa estrella. En efecto, fue el arquitecto y a la vez el protector del sistema mundial de comercio, un sistema que ha beneficiado a los estadounidenses y a otros también.

    Ese mismo compromiso frente a un sistema basado en reglas fue incorporado a su política comercial internacional. En el extranjero, así como dentro de su país, los estadounidenses creyeron que las reglas generan estabilidad y previsibilidad y que ni el caos ni el desorden favorecen los intereses a largo plazo de nadie.

    Más fundamentalmente, los estadounidenses sabían que las reglas impiden que se imponga la "ley de la jungla" en el comercio internacional y atenúan el uso de la fuerza bruta para resolver controversias.

    Sin embargo, es fácil creer en el libre comercio cuando se detenta una ventaja comparativa.

    Y el reto que afrontamos todos consiste en cumplir con nuestros compromisos precisamente cuando no poseemos todas las cartas o no establecemos todas las reglas.

    Sería irónico que Estados Unidos, Canadá o cualquier otro país que haya contribuido a crear el sistema de comercio basado en reglas que prevalece en la actualidad, se condujese ahora de maneras que amenacen con deshilar el tapiz que todos hemos tejido.

    No debemos transformarnos en nuestros peores enemigos.

    Si somos sinceros en el respaldo que ofrecemos al imperio de la ley, si honestamente creemos en el fortalecimiento y la expansión de los beneficios que reporta un comercio más libre, si nos comprometemos frente a un sistema basado en reglas, no sólo cuando nos conviene, sino particularmente cuando no, entonces debemos dirigir y dirigir con firmeza.

    Ahora que el mundo avanza hacia la adopción de un sistema comercial basado en reglas, con toda seguridad no es el momento de refugiarse en los métodos antiguos de los viejos tiempos. Y tampoco es el momento de reducir nuestra vigilancia, ni de abandonar nuestra responsabilidad frente a dichas reglas.

    Tratos comerciales controlados, metas numéricas o cuotas, políticas comerciales destinadas a lograr resultados predeterminados: éstos y un sinnúmero de otros términos se han transformado en eufemismos para lo que no es más que un rechazo a los ideales del libre comercio.

    Se han convertido en términos en clave que significan "el poder debe prevalecer" y sugieren que son los gobiernos, y no los mercados, los que deberían determinar los resultados del mercado.

    En resumen, son palabras y prácticas a las que debemos oponer resistencia.

    En su discurso inaugural, el Presidente Kennedy recordó a los estadounidenses que si Estados Unidos no podía proteger a la mayoría, que es pobre, no estaría en capacidad de salvar a los pocos que son ricos. Hoy en día, en el mundo del comercio, si no protegemos a los muchos países que son débiles, no podremos salvar a los pocos que son poderosos.

    Tampoco podemos dar por sentado que los ricos o los fuertes siempre ocuparán esa posición, ni que los pobres y los débiles nunca superarán su condición.

    ¿A quién se le habría ocurrido predecir, en medio de las secuelas desastrosas de la Segunda Guerra Mundial, el nacimiento de la Unión Europea, un poder económico autosuficiente y confiado en sí mismo que actualmente ostenta un PIB superior al de Estados Unidos? ¿Quién habría podido imaginar que Japón se erigiría en la segunda economía nacional más importante del mundo?

    Y ahora, China y la India, estos gigantes que habían permanecido adormecidos por tanto tiempo, están comenzando a levantarse.

    La cruel realidad es que el mundo está cambiando rápidamente, en esencia y profundidad. Ninguna nación, independientemente de su fortaleza o poderío actual, está en capacidad de pronosticar, sin temor a equivocarse, su superioridad eterna.

    Llegará el día en que las mismas reglas que se encuentran actualmente en peligro sean las que nosotros deseemos invocar.

    Y no permitamos que persona alguna dude de que, cuando nos comportamos de manera incongruente con un manejo del comercio basado en reglas, estamos debilitando los principios del libre comercio, principios por los cuales, por ejemplo, hemos acordado regirnos según el TLCN.

    Canadá debe aceptar cierta responsabilidad también. El acuerdo sobre maderas blandas firmado recientemente entre Estados Unidos y Canadá no fue más que un recurso conveniente y a corto plazo que permitía resolver el problema. Sin embargo, no debemos permitir que una solución de este tipo siente un precedente.

    En términos sencillos, al ceder a acuerdos comerciales dirigidos, introducimos termitas en el edificio del libre comercio que hemos dirigido y debilitamos así sus pilares y ponemos en peligro su futuro.

V. El proteccionismo engendra proteccionismo

    Seamos honestos: el proteccionismo engendra proteccionismo. Basta con que un mercado importante se aisle de los rigores de la competencia internacional para que otros lo imiten.

    Y debemos admitir con franqueza que, mientras más salvaguardias creen los gobiernos, más gravemente se erosionará la credibilidad de organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC).

    Las grandes instituciones precursoras del comercio equitativo y más libre, tales como el GATT, se construyeron según la tesis de que un sistema liberalizado basado en reglas generaría prosperidad y crecimiento y contribuiría al mismo tiempo a garantizar la paz y la seguridad. Esta tesis es hoy en día tan válida como lo fue en el momento de su planteamiento, hace cincuenta años.

    Para concluir, permítanme solamente recordarles algo que no ignoran: acuerdos como el ALCA o la OMC o el TLCN florecen sólo a través de la voluntad colectiva de sus miembros. Más que entidades, son ideales y sobreviven en tanto dichos ideales sean defendidos, apoyados y nutridos.

    Abandonar estas ideas ahora sería cometer un error. Error por razones prácticas: nos han beneficiado y todavía lo hacen. Error por razones estratégicas: nadie es suficientemente grande para permanecer aislado e, incluso si lo fuese, sus intereses resultarían socavados al haberse debilitado las reglas sobre las cuales se sustentan.

    Entonces, la opción que tenemos ante nosotros es clara: podemos retroceder y adoptar una posición ad hoc de arreglos rápidos o podemos optar por avanzar en la agenda.

    Creo que somos suficientemente fuertes y que estamos suficientemente comprometidos para inclinarnos por la segunda posibilidad.

    Sin embargo, esa elección requiere un liderazgo sólido.

    En 1962, al presentar la Ley de Expansión Comercial, el Presidente Kennedy recordó a los estadounidenses y al mundo en general que "en la vida de toda nación... llega un momento en que ésta se encuentra ante una encrucijada: cuando puede evadir el futuro y esconderse en su caparazón, o cuando tiene posibilidad de avanzar, haciendo valer su voluntad y su fe en un mar incierto".

    Hoy en día, volvemos a encontrarnos ante un mar incierto. En tales condiciones, es comprensible que a veces busquemos refugio en puertos de conveniencia, para así cerrar tratos y lograr acuerdos que nos permitan salir airosos de una tormenta en particular.

    No obstante, el progreso nunca se logró apegándonos exclusivamente a lo certero y lo seguro. Hoy más que nunca, debemos tener la valentía de navegar por aquellos "mares inciertos".

    Y me niego a creer que Estados Unidos dará ahora la espalda a un proceder que tantos beneficios le reportó en el pasado y que se muestra tan prometedor para el futuro.

 


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