Esas tendencias implican
políticas y estrategias de desarrollo internas y externas flexibles pero con objetivos
claros, tanto en el plano microeconómico (es decir, a nivel de la gerencia de las
empresas) como en el macroeconómico (cuya responsabilidad le incumbe al gobierno). Los
elementos claves de dichas políticas y estrategias se comentan a continuación:
1. Políticas a nivel interno
La estabilidad macroeconómica
es un requisito indispensable para el crecimiento económico, el desarrollo del sector
privado, la atracción de la inversión nacional y extranjera, el control de la
inflación, la eficiencia de las políticas sociales y la disminución de la pobreza. En
otros términos, le corresponde al gobierno proporcionar el «telón de fondo» estable y
apropiado para que las acciones sectoriales, públicas y privadas, se maximicen en pro de
un desarrollo integral.
El Estado tiene un nuevo papel,
que implica asumir plena y eficientemente su responsabilidad, en particular en materia de:
desarrollo social y equidad, desarrollo institucional, desarrollo sostenible y desarrollo
tecnológico, según los lineamientos que se comentan a continuación:
a. Desarrollo social y
equidad
La alarmante brecha entre pobres y
ricos, la creciente inequidad en la distribución del ingreso y la marginalidad de amplios
sectores de la población de América Latina y el Caribe deben constituir la primera
preocupación de los Estados, no sólo porque es parte de su razón de ser intrínseca,
sino porque la calidad del capital humano es la que determina, en última instancia, tanto
el desarrollo interno como la posición de un país en el escenario económico mundial.
Es indispensable la intervención
estatal mediante políticas sociales adecuadas, tanto para corregir las asimetrías
derivadas del funcionamiento del mercado, como para compensar las rigideces estructurales
económicas y sociales. El ritmo de crecimiento del PIB de un 3% anual logrado entre 1991
y 1994 en promedio regional es todavía demasiado lento para permitir conquistas
significativas en la superación de la pobreza y la generación de empleo productivo.
Por eso es imperativo dinamizar el
crecimiento económico mediante avances sustanciales en materia de productividad y
competitividad. Esto significa que la equidad social ha de convertirse en un componente
inseparable del proceso productivo mismo, pues el logro de la calidad del producto que se
requiere para elevar los niveles de competitividad supone la integración de criterios
sociales a la gestión microeconómica.
Por otra parte, los programas
sociales coyunturales («redes de seguridad»), destinados a compensar los efectos de los
ajustes macroeconómicos sobre los grupos más desfavorecidos, seguirán siendo necesarios
por un tiempo, a fin de evitar que importantes porciones de la población queden fuera de
los beneficios del desarrollo.
Sin embargo, es de esperar que las
políticas sociales cambien su énfasis, basándose en la provisión de oportunidades de
desarrollo en el largo plazo más que en el enfoque asistencialista de los subsidios o
dádivas. Los estudios más recientes asocian estas políticas con la provisión eficiente
y permanente de servicios básicos de educación, salud y seguridad social. La
rentabilidad social de este tipo de políticas es muy superior a las inversiones en
educación universitaria o en medicina especializada, las cuales pueden contar con mayor
apoyo del sector privado.
Las políticas sociales de largo
plazo que se requieren en la fase «post-ajuste» macroeconómico en América Latina y el
Caribe requieren, además del apoyo técnico y financiero externo, recursos internos
estables provenientes de medidas tributarias equitativas y de la reasignación de los
recursos públicos liberados por la privatización. En efecto, al definir el papel del
Estado en la conducción de la política social para el largo plazo, es importante
reorientar hacia sectores tales como educación y salud tanto los recursos financieros
como las instituciones estatales anteriormente dedicados a las empresas privatizadas.
Pero hay que tomar en cuenta que la
dimensión cuantitativa de los programas sociales en América Latina y el Caribe no agota
el tema del desarrollo social: igualmente importante es el aspecto cualitativo, donde
interviene la eficiencia en el uso de los recursos destinados a los programas sociales. En
los programas de cooperación internacional para la región, este tema debe ser
debidamente incluido como prioritario.
a. Desarrollo institucional
El desarrollo institucional implica
consolidar la capacidad de la administración pública de poner en práctica marcos
regulatorios adecuados para el funcionamiento de la empresa privada, la libre competencia
y la protección del consumidor (particularmente en el contexto de las privatizaciones),
garantizar un buen funcionamiento del sector judicial, y en general, atender el desfase
entre las demandas sociales y la capacidad de respuesta del Estado de tal manera que el
proceso de modernización se base en un amplio consenso político.
Este último aspecto es de gran
importancia en los programas de reforma del Estado, tanto a nivel central como en la
descentralización a nivel local, ya que el surgimiento de nuevos actores requiere de
canales de participación ágiles y eficientes para procesar las demandas y hacer que el
acceso al proceso de toma de decisiones se realice dentro del marco de la gobernabilidad
democrática.
Con respecto a las legislaciones y
políticas de competencia, es importante el desarrollo y la consolidación de las agencias
estatales encargadas de la materia: dichas agencias merecen tener suficiente apoyo
político y capacidad técnica para enfrentar con éxito sus funciones de defensa y de
aplicación de la legislación de la competencia. Ello significa aumentar la capacidad de
sanción de los infractores y difundir la importancia de este tema entre los actores
involucrados: empresarios, parlamentarios, jueces, consumidores, inversionistas y agentes
económicos en general.
Cabe destacar que, en esta materia,
la UNCTAD está realizando desde hace varios años una labor pionera que reviste carácter
prioritario en el contexto de las aperturas económicas, de las privatizaciones y del
fomento del sector privado en América Latina y el Caribe.
Los programas de privatización que
vienen aplicándose a nivel regional constituyen un importante instrumento de apoyo al
desarrollo institucional y a la modernización del Estado. Las privatizaciones realizadas
en forma transparente y con el establecimiento de marcos regulatorios oportunos y
eficientes, permiten descongestionar y descentralizar las complejas y costosas estructuras
gubernamentales, reformular la asignación del presupuesto nacional y estimular la
participación del capital privado. El mayor o menor éxito de los procesos de
privatización se medirá, en los próximos años, tanto en términos de beneficios para
el consumidor como en términos de liberación de recursos y responsabilidades del Estado
en pro de funciones que son de absoluta y exclusiva competencia.
Las necesidades que se evidencian en
la región en materia de desarrollo institucional implican darle mayor énfasis a esta
materia en los programas de cooperación técnica y financiera -bilateral y multilateral-
dirigidos a los países de América Latina y el Caribe.
b. Desarrollo sostenible
La instrumentación de políticas
ambientales articuladas con los procesos de industrialización se ha convertido en un reto
multidisciplinario para todos los gobiernos de América Latina y el Caribe, ya que la
preservación del medio ambiente debe conciliarse con las necesidades de explotar
racionalmente los recursos naturales mediante tecnologías «limpias».
A ello se añade la problemática de
los vínculos pobreza/contaminación, y comercio/exportaciones no contaminantes. La
«Agenda 21» ya puso en evidencia el primer vínculo. Al concluir la Ronda Uruguay,
surgió en la agenda del comercio internacional el vínculo comercio/medio ambiente. Con
este nuevo tema, las políticas de desarrollo sostenible adquieren, además de la
dimensión interna, una dimensión externa donde las normas ambientales con las cuales
debe cumplir una nación tienden a definirse a nivel multilateral. Es importante que la
región reafirme los principios de la «Agenda 21», evitando que temas puntuales como el
del vínculo comercio/medio ambiente pasen a ser más importantes en la agenda de las
negociaciones económicas.
Se ha detectado en la región que
las dificultades en la puesta en práctica de las políticas requeridas para lograr el
objetivo del desarrollo sostenible tienen principalmente dos orígenes: por una parte, las
insuficiencias financieras, ya que la reconversión industrial hacia tecnologías
«limpias» es costosa, en particular para las pequeñas y medianas empresas; por otra
parte, las insuficiencias institucionales, ya que los ministerios o instancias competentes
en la materia, por lo general, no tienen suficiente capacidad para garantizar el cabal
cumplimiento de las legislaciones ambientales.
Ambos aspectos ameritan ser
enfatizados en los programas de cooperación al desarrollo, de tal manera que, en dichos
programas, el tema de la protección ambiental sea considerado en estrecha relación con
la problemática del desarrollo. Es importante que la región inicie un proceso de
evaluación tanto de la instrumentación nacional como del apoyo externo disponible en
materia de desarrollo sostenible, a la luz de los requerimientos de la industrialización
y de la protección del medio ambiente de la región.
c. Desarrollo tecnológico
El desarrollo tecnológico requiere
el diseño y la puesta en práctica de políticas integrales que van desde el mejoramiento
de los sistemas educativos hasta el apoyo a las pequeñas y medianas empresas en sus
procesos de reconversión industrial y gerencial. Es a nivel de los cambios tecnológicos
donde se registran los avances más acelerados desde la segunda guerra mundial, y por
consiguiente, los efectos más visibles a nivel empresarial y social.
El crecimiento exponencial de los
progresos científicos y tecnológicos y de su rápida transformación en productos
comerciales implica establecer nuevos vínculos entre universidades y empresas, nuevas
instituciones públicas y privadas (o mixtas), nuevas formas de financiamiento y difusión
de la investigación, y nuevos criterios en la asignación de recursos o definición de
áreas prioritarias en función de los requerimientos de la competitividad. Aquí,
América Latina y el Caribe tiene que dar un salto cualitativo importante en sus
políticas educativas, de desarrollo industrial y de ciencia y tecnología, introduciendo
estos cambios sistémicos y fortaleciendo o reorientando los instrumentos de cooperación
internacional y regional existentes.
En el plano de las políticas internas, también es
importante enfatizar los cambios estructurales que caracterizan la fase «post-ajuste»
macroeconómico, en particular, mediante la articulación entre políticas económicas y
sociales. El tema de la articulación entre políticas económicas y sociales debería ser
prioritario en la posición de América Latina y el Caribe en la UNCTAD IX, ya que es en
su adecuada articulación que radica, en el mediano y largo plazo, la viabilidad y el
éxito definitivo de las políticas de apertura y de modernización.
El logro de un desarrollo integrador, con equidad
social, único capaz de asegurar la gobernabilidad, un crecimiento económico sostenible y
niveles crecientes de competitividad para una inserción creativa en la economía global,
implica el diseño de políticas específicamente dirigidas a superar el grave rezago
social de la región.
En la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social de
Copenhague, la larga lista de necesidades sociales insatisfechas se sintetizó en tres
grandes objetivos de mediano y largo plazo: erradicar la pobreza, generar empleo
productivo y promover la integración social. Estos son objetivos tanto de política
social como de política económica, y es preciso destacar esta característica para
superar las visiones asistencialistas propias de la política social tradicional.
La articulación de políticas económicas y
sociales es necesaria tanto en la fase de diseño como en la de ejecución y evaluación.
Esta articulación de políticas requiere, por otra parte, la incidencia creciente de
grupos organizados de las poblaciones-objetivo a través de canales de participación que
vayan convirtiéndolas en actores soberanos, condición sin la cual es impensable la
superación de la pobreza.
La descentralización administrativa en el diseño y
ejecución de políticas,dotada de los recursos necesarios, es otro instrumento
fundamental para la articulación entre los objetivos macroeconómicos y las necesidades
sociales: en los procesos que se adelantan en América Latina y el Caribe a nivel de
municipios, gobernaciones u otras entidades locales, es importante tomar en cuenta y
conciliar la tensión entre la indispensable continuidad de las políticas y el valor del
enfoque de conjunto, propios de la gestión centralizada, y la riqueza de la diversidad,
de la participación y el conocimiento inmediato de los problemas, propios de la gestión
descentralizada.
Asimismo, las políticas internas deberían
consolidar la apertura económica y comercial mediante la modernización de los sistemas
financieros: el aprovechamiento de las nuevas oportunidades que brinda la globalización y
la apertura implica disponer e sistemas financieros nacionales adecuados.
El objetivo de todos los procesos de reforma de los
sistemas financieros es garantizar que el sistema financiero nacional alcance el mayor
grado de eficiencia posible. El sector financiero, con sus políticas e instituciones
públicas y privadas, debe adaptarse al ritmo de apertura de la economía en su conjunto,
constituirse en una herramienta de las políticas macroeconómicas y sectoriales y asumir
su función de movilizador confiable de capitales dentro y fuera del país.
La experiencia de América Latina y el Caribe ha
demostrado que la modernización de los sistemas financieros implica conciliar la apertura
y la desregulación con la definición de normas y el establecimiento de eficientes
mecanismos de supervisión para paliar los efectos negativos de la volatilidad de los
flujos de capital.
En efecto, a la luz de los resultados en distintas
latitudes, la primera lección «universal» de los procesos de apertura financiera se
refiere a la necesidad de un contexto macroeconómico estable: es indispensable controlar
los déficit fiscales y la tasa de inflación antes de proceder a la apertura de los
mercados de capital.
La segunda lección fundamental se refiere a la
calidad de los mecanismos de supervisión del sector financiero en el contexto de una
liberalización. Si bien la modernización del sistema financiero generalmente implica
atracción de capital foráneo, hay que tomar en cuenta el revés de la medalla: la
apertura puede también ser fuente de una mayor deuda externa privada, al facilitar el
acceso directo a las fuentes de financiamiento externo en divisas, y sobre todo, fuente de
capitales especulativos de corto plazo que no generan inversiones productivas para el
país. La experiencia de varios países de la región demuestra que es más fácil
desregular el sector financiero que mejorar su marco regulatorio y adaptarlo a las nuevas
necesidades.
El manejo de las transacciones especulativas y el
fomento del ahorro interno y de la inversión productiva (nacional y extranjera) de largo
plazo, son temas aún poco considerados en los programas de cooperación multilateral o
bilateral, donde deberían formar parte integrante del apoyo a la modernización del
sector financiero y al desarrollo de los mercados de capital nacionales.
En este marco, una política que se ha convertido en
la columna vertebral de cualquier proceso de apertura y modernización se refiere a
fomentar el ahorro interno y la inversión extranjera directa como fuentes fundamentales
del desarrollo: América Latina y el Caribe sigue teniendo tasas de ahorro interno muy
bajas y flujos de inversión extranjera directa relativamente reducidos, en comparación
con los flujos de capital «golondrina».
El concurso de mayores recursos, tanto nacionales
como extranjeros, específicamente vinculados a los procesos productivos, reduciría la
vulnerabilidad de las economías ante la globalización, las turbulencias de los mercados
de capital y la disminución de los flujos de origen multilateral y bilateral. Además de
medidas puntuales e incentivos tanto para el ahorro interno como la inversión directa,
nuevamente cabe reconocer el papel del marco macroeconómico estable como primer requisito
general.
Asimismo, el fomento del ahorro interno requiere un
cambio en la mentalidad de los consumidores y los demás agentes económicos. Como se ha
señalado anteriormente, el fomento del ahorro interno debería ser incluido, como un
complemento indispensable, en los procesos de modernización de los sistemas financieros y
de desarrollo de los mercados nacionales de capital.
2. Políticas a nivel externo
Las políticas económicas externas de los países
de América Latina y el Caribe deben ser, a la vez, el reflejo y el instrumento de las
políticas internas, garantizar una beneficiosa inserción en el sistema globalizado
mundial, maximizar las oportunidades y minimizar los riesgos, y atender, en particular,
los siguientes aspectos prioritarios:
La interrelación entre los temas a negociar en los
distintos foros: el nivel de complejidad creciente impuesto por la globalización ha
generado una interrelación entre los temas que conforman la agenda de las negociaciones
económicas regionales, hemisféricas e internacionales. Las nuevas interrelaciones entre
los temas de la economía internacional implican, por ejemplo, negociar en materia de
propiedad intelectual en función de la política industrial y tecnológica nacional, y en
función de la atracción de la inversión extranjera en determinados sectores o negociar
en materia de comercio y medio ambiente en función de los mercados que se pretende
penetrar y de qué reconversiones industriales se pueden introducir en el contexto del
desarrollo sostenible.
Ya no es posible comprender, planificar y negociar
desde la perspectiva sectorial; por el contrario, es indispensable una visión integral y
multidisciplinaria, que implica necesariamente una nueva metodología y una nueva
concepción del negociador y una mayor coordinación interministerial a nivel interno,
antes de formular las posiciones nacionales.
Asimismo, a nivel multilateral, la
multidisciplinaridad implica un nuevo manejo de las instituciones internacionales o
regionales que sirven de foro para las negociaciones: por ejemplo, hay que definir si la
Organización Mundial del Comercio (OMC) es el foro apropiado para el tratamiento
multilateral del vínculo comercio/medio ambiente o qué tipo de relaciones hay que
establecer entre las instituciones financieras internacionales (Fondo Monetario
Internacional y Banco Mundial) y la OMC para asegurar la coordinación entre los temas
monetarios, financieros y comerciales. Por consiguiente, la visión integral de la agenda
internacional implica, a nivel nacional, una política externa basada en una sólida
coordinación interministerial y a nivel multilateral, el uso adecuado de los foros de
negociación regionales e internacionales. En este contexto, la coordinación
interinstitucional (en particular, entre las agencias especializadas y demás
instituciones del sistema de las Naciones Unidas) adquiere una relevancia que trasciende
la mera preocupación de evitar la duplicación de esfuerzos: aquí la coordinación
significa traducir la multidisciplinaridad de la agenda económica y social en acciones
integrales, en función de los nuevos requisitos que impone la globalización. Esta
debería ser la pauta general de la cooperación al desarrollo en los próximos años.
En las políticas económicas externas se está
planteando en términos novedosos y urgentes el aprovechamiento de alianzas, asociaciones,
bloques, esquemas o acuerdos regionales o subregionales cuya gestación, en varios casos,
se produce independientemente de criterios de cercanía geográfica.
Ya no hay Estados que actúen individualmente en el
escenario económico internacional, al igual que son muy pocos los actores económicos
(Estados o empresas) que se concentran en un solo escenario geográfico en cuanto a
operaciones y estrategias. Asimismo, el comercio intra-firmas, que trasciende no sólo las
fronteras nacionales sino también las de los acuerdos internacionales, forma un tejido de
corrientes comerciales, financieras y tecnológicas cuyo avance no se rige por el ritmo de
las negociaciones entre gobiernos.
En este contexto, la integración entre los países
de América Latina y el Caribe sigue siendo prioritaria, al igual que en las últimas dos
décadas, pero hoy en día debe ser concebida, en primer lugar, como un complemento
natural e indispensable del esfuerzo de apertura individual, y en segundo lugar, como un
instrumento de acercamiento a otras regiones o subregiones del mundo en apoyo a la
apertura interna.
El pleno aprovechamiento de los acercamientos entre
zonas o grupos de países implica también transformaciones cualitativas: el acercamiento
e incluso la integración cultural y tecnológica, así como la inversión intrarregional,
son, hoy en día, tan importantes como el intercambio de bienes (que eran hasta hace poco
el único criterio determinante para «medir» el impacto de un acuerdo o esquema de
integración).
En este enfoque, regionalismo y multilateralismo no
son contradictorios sino complementarios: al igual que los países de la región tienen
intereses específicos en consolidar los esquemas de integración regional y subregional,
también tienen un interés muy concreto en fortalecer la Organización Mundial del
Comercio en su papel de vigilante de los compromisos asumidos en la Ronda Uruguay. Al
diseñar y ejecutar la política económica externa, se ha vuelto indispensable considerar
el papel del sector privado en todas las facetas de la economía internacional: esto
implica que, en todos las etapas de la formulación de la posición nacional, regional o
internacional de los países de América Latina y el Caribe y además de la ya mencionada
coordinación interministerial, es importante involucrar al sector privado.
La participación del sector privado en la
formulación de la política económica exterior debería acompañar la tarea -que le
compete al Estado- de brindar al empresario las condiciones adecuadas para su actividad y
ofrecer incentivos o apoyo a aquellos sectores que el Estado considera prioritarios. En
este contexto se ubica el tratamiento, a nivel de los foros multilaterales, de los temas
prioritarios para el fomento del sector privado, es decir la captación de inversiones
extranjeras directas, la transferencia de tecnología, el aprovechamiento de las nuevas
oportunidades comerciales, el apoyo a la pequeña y mediana empresa: estos temas deberían
seguir consolidándose en las actividades de las instituciones internacionales.
La participación de América Latina y el Caribe en
el proceso de reforma de las instituciones financieras internacionales (Fondo Monetario
Internacional y Banco Mundial) y en la Organización Mundial de Comercio es un tema que ha
recibido relativamente poca atención hasta la fecha, pero que merece pasar a ser
prioritario en la agenda de la región, considerando el papel que le atribuyen los países
industrializados a estos organismos en la coordinación macroeconómica internacional.
En efecto, el Grupo de los Siete países más
industrializados ha fijado, en su Cumbre de Halifax de junio de 1995, pautas precisas para
el proceso de reforma de dichas instituciones. Es de fundamental importancia para la
región y para los países en desarrollo en su conjunto, tener una participación activa
en ese proceso, presentando una posición definida y firme para balancear el péndulo a
favor de sus intereses y aspiraciones de desarrollo y para que el reordenamiento de esas
instituciones se efectúe con transparencia.
Uno de los objetivos de las reformas que se han
iniciado en el funcionamiento de las instituciones de Bretton Woods debería referirse al
vínculo moneda/finanzas/ comercio y a su tratamiento, tanto conceptual como operativo:
este es un aspecto primordial de la nueva gestión del sistema económico global que
debería propiciar América Latina y el Caribe.
Otro objetivo fundamental que justifica ampliamente
una activa participación en el proceso de reforma de las instituciones financieras se
refiere a la evaluación de la capacidad de estas instituciones (el Fondo Monetario
Internacional en particular) de responder a situaciones de emergencia generadas por las
turbulencias en los mercados de capital. En ese orden de ideas, es de particular interés
para América Latina y el Caribe el establecimiento de un «Mecanismo de Emergencia
Financiera» y la revisión de la asignación de los Derechos Especiales de Giro en el
FMI, de conformidad con los planteamientos del Grupo de los 24, así como la evaluación
de otras propuestas, tales como la venta de una parte de las reservas de oro del FMI y el
establecimiento de una Facilidad para la Deuda Multilateral destinada a renegociar las
deudas con las instituciones financieras internacionales.
En cuanto al papel de los bancos multilaterales de
desarrollo, es importante evaluar su participación en el financiamiento externo global
para el desarrollo, en comparación con el papel que desempeña la inversión privada
directa (tanto nacional como extranjera) y la asistencia oficial al desarrollo. Deben
incluirse en esta evaluación las nuevas «ventanillas» del Banco Interamericano de
Desarrollo y del Banco Mundial destinadas a facilitar la participación del capital
privado en el financiamiento de proyectos de infraestructura (que siguen representando una
porción muy importante de las necesidades de financiamiento externo de América Latina y
el Caribe).
También le incumbe a las instituciones financieras
internacionales -tarea en la cual la UNCTAD debería participar- evaluar permanentemente
el impacto de las políticas macroeconómicas de los países industrializados sobre los
países en desarrollo, así como la contribución de la apertura de estos últimos al
crecimiento del comercio y de la inversión a nivel mundial.
No puede estar ausente de ninguna política
económica externa el tratamiento del tema del endeudamiento externo en términos de
financiamiento del desarrollo. Hay que reconocer que, para un número importante de
países de la región el peso del servicio de la deuda (pública o privada según el caso)
sigue siendo importante y continúa afectando su desarrollo. No obstante, también debe
señalarse que hoy en día, han surgido otras preocupaciones en el ámbito de las
políticas monetarias y financieras de América Latina y el Caribe.
Por ejemplo, el ya mencionado problema del manejo de
los flujos especulativos de capital ha pasado a ser, al menos, tan grave en cuanto a su
impacto sobre el desarrollo, como la deuda externa en sí. La crisis experimentada por
México a finales de 1994 puso en evidencia la vulnerabilidad de las economías
«emergentes» ante los capitales de corto plazo. Resaltó también la inefectividad del
Fondo Monetario Internacional en su papel de vigilante del sistema monetario, así como su
limitada capacidad de financiar crisis de esa magnitud.
Por consiguiente, además del tema del
sobreendeudamiento externo que sigue afectando a distintos países en desarrollo -y que
amerita un tratamiento especial-, es importante analizar las nuevas formas de deuda
externa que pueden derivarse de la globalización de los sistemas financieros, y
evaluarlas en términos de necesidades de crecimiento: ¿qué representa la inversión
directa (nacional y extranjera) en relación con las necesidades de financiamiento del
desarrollo de un país? Tal como se señaló anteriormente, el fomento del ahorro interno
y de la inversión productiva son los dos elementos claves para financiar el desarrollo de
América Latina y el Caribe, considerando que las otras fuentes de recursos (inversión
pública y ayuda o préstamos externos) disminuyen constante e irreversiblemente.
En esta concepción de la deuda externa, donde es
más importante medir las necesidades de financiamiento que el peso intrínseco de la
deuda, se podría recurrir a indicadores basados en una tasa de crecimiento determinada
para evaluar la capacidad de pago y para recomendar las acciones de apoyo pertinentes por
parte de las instituciones financieras internacionales.
Como parte de este enfoque, que enfatiza el
financiamiento del desarrollo más que el endeudamiento como problema de interés general
para todos los países del mundo, se debería plantear el uso de los recursos financieros
liberados por el desarme («dividendo para la paz»).
En ese contexto, cabe recordar la iniciativa de
preparar una Conferencia sobre el Financiamiento del Desarrollo, que empezó a gestarse en
la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1991. Esta iniciativa perdió impulso
político porque coincidió con el aumento repentino de los flujos de capital privado a
varos países en desarrollo («las economías emergentes») y porque fue interpretada como
una nueva manera de abordar el tema de la deuda externa, que ya tiene sus propias
instancias de negociación.
Por lo expuesto, sería conveniente que, en el marco
de la UNCTAD y con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, se retomara,
con una visión de conjunto, el tema del financiamiento del desarrollo, evaluando los
flujos de capital público y privado (incluyendo ahorro interno, inversión nacional y
extranjera y ayuda al desarrollo) disponibles y previsibles en el mediano plazo, en
comparación con las estimaciones de las necesidades mínimas en materia de programas para
la pobreza crítica, infraestructura y servicios sociales básicos. Un ejercicio de esta
naturaleza estaría básicamente encaminado a formular propuestas tanto para el fomento de
los flujos de capital privado (el Comité de Desarrollo del Banco Mundial y del Fondo
Monetario Internacional ya ha iniciado esa tarea), como para las pautas que deberían
regir el volumen y el destino de los flujos multilaterales y bilaterales para el
desarrollo.
Las nuevas políticas económicas externas deberían
aprovechar los instrumentos de consulta y cooperación de los cuales dispone América
Latina y el Caribe para consolidar su posición en los foros económicos internacionales.
La globalización implica una pérdida de control sobre muchas de las decisiones que,
tradicionalmente, eran de exclusiva competencia nacional. En tal sentido, es más
importante que nunca el fortalecimiento de los instrumentos regionales para apoyar las
estrategias individuales de los países.
Para ello, se requiere contar con una mayor
coordinación interinstitucional en la región, sumando esfuerzos y actuando
conjuntamente. En efecto, al igual que a nivel interno, donde las instituciones públicas
de los países de la región sufren de insuficiencias técnicas y financieras, a nivel
externo también es débil la institucionalidad regional: no por falta de mecanismos u
organismos, sino por carecer de un adecuado grado de coordinación y de recursos o por un
uso poco eficiente de los mismos.
Por ejemplo, las políticas nacionales de promoción
del comercio e inversión deberían ser sistemática y simultáneamente apoyadas por el
BID y por el Banco Mundial, las instituciones financieras regionales y las secretarías de
integración, enfatizando los contactos con los actores económicos extrarregionales
mediante «road-shows» u otras iniciativas de divulgación. Las actividades en materia de
desarrollo social que se adelantan en distintos foros de la región también podrían ser
objeto de un esfuerzo para sumar los recursos existentes y captar nuevas fuentes de
financiamiento dentro y fuera de la región.
En algunos casos, un enfoque de acciones conjuntas como el
que se menciona implicaría rediseñar, en el seno de cada organismo internacional o
regional, el programa de actividades o los instrumentos de acción. El objetivo debería
ser la articulación de las políticas e instituciones regionales con las necesidades de
la agenda de la globalización; por consiguiente, con la acción en el plano de las
instituciones internacionales.
Por último, es fundamental aprovechar la credibilidad
política que adquirió América Latina y el Caribe al negociar como grupo en la Ronda
Uruguay para el seguimiento y la instrumentación de los resultados de la Ronda y para las
negociaciones que se realicen en la OMC. En otros términos, es importante que la región
actue con coherencia ante temas tales como la vigilancia de los compromisos agrícolas, la
propiedad intelectual o el vínculo comercio/medio ambiente.
Asimismo, es importante que la presencia de América Latina
y el Caribe en la OMC se traduzca en posiciones técnicamente sólidas y políticamente
respaldadas, de tal manera que el manejo de los «nuevos» temas del comercio en ese
organismo no se desarrolle en detrimento de los interese de la región.