Dos especialistas en cuestiones de América Latina y
el Caribe, el Subsecretario de Relaciones Exteriores de Uruguay, Carlos
Pérez del Castillo, y el economista estadounidense, Albert Fishlow,
respondieron un cuestionario de la revista Capítulos del SELA sobre el tema central de
este número: las tendencias de la globalización, los problemas del comercio y las
perspectivas de la integración regional.
Economista e ingeniero agrónomo,
Carlos Pérez del Castillo, de nacionalidad uruguaya, se desempeñó en la División de
Productos Básicos de la UNCTAD y en la División de Comercio Internacional y Desarrollo
de la CEPAL. En 1985 fue designado Director General para Asuntos Económicos del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay y en 1987 fue electo Secretario Permanente
del SELA.
Albert Fishlow es actualmente Senior
Fellow for Economics, Council on Foreign Relations, con sede en Nueva York. Fue profesor
de Economía y Decano de Estudios Internacionales y Regionales en la Universidad de
California, en Berkeley. Entre 1975 y el 76 se desempeñó como Asistente al Subsecretario
de Estado para los Asuntos Interamericanos y ha sido miembro de numerosos grupos de
trabajos relacionados con Asuntos Latinoamericanos.
1. El último cuarto de siglo se caracteriza por
un proceso acelerado y creciente de globalización que supuestamente redundará en grandes
posibilidades de progreso en términos de eficacia económica, competitividad y difusión
del conocimiento. Sin embargo, paralelamente, persiste una gran incertidumbre por el
estallido de crisis financieras, conflictos comerciales y la marginación de amplios
sectores de la sociedad. Desde esta doble perspectiva ¿cuáles son, a su juicio, las
mejores oportunidades y los riesgos más amenazantes que ofrece la globalización?
Carlos Pérez del Castillo: La mejor oportunidad que
ofrece la globalización para América latina, está ligada, a mi criterio, con las
posibilidades de incorporar con rapidez y adaptar y difundir a nuestros sectores
productivos las tecnologías disponibles internacionalmente en áreas tales como la
informática, las telecomunicaciones, la biotecnología y los nuevos materiales, lo que
nos permitirá reducir la brecha de productividad y competitividad que hoy nos separa de
los países desarrollados, así como el logro de una inserción más competitiva y
sostenida en el tiempo en los mercados internacionales. La globalización, puede,
asimismo, brindar mejores oportunidades de inversión extranjera y acceso a los mercados,
el desarrollo del capital humano y una movilización más racional de nuestros recursos
naturales y humanos.
Los riesgos más notorios se vinculan, en primer lugar, con
la progresiva pérdida de autonomía en el manejo de nuestras políticas nacionales o
regionales que trae aparejado la globalización, lo que aumenta nuestra vulnerabilidad. En
segundo t)rmino, se relacionan con las consecuencias negativas de los rápidos movimientos
de capitales especulativos que siguen los altibajos de los centros financieros y
bursátiles mundiales. Finalmente, se relaciona con el hecho de que la globalización
podría, en ciertas circunstancias, agravar problemas estructurales muy importantes para
América Latina como son la disparidad de ingresos entre sectores de la sociedad y el
aumento del desempleo.
Albert Fishlow: La globalización es una realidad.
La tasa de crecimiento del comercio internacional -incluso haciendo abstracción del hecho
de que los flujos financieros diarios estén por el orden del billón de dólares- ha
crecido en los últimos treinta años a un ritmo dos veces superior al del producto. Una
de las consecuencias de este hecho es que el porcentaje que representan las importaciones
en el producto interno bruto de los Estados Unidos se ha duplicado. Otros países han
registrado incrementos similares -los éxitos de los países asiáticos constituyen un
ejemplo evidente-. Desafortunadamente, Latinoamérica ha registrado -en ese mismo
período- una disminución en la cuota correspondiente al comercio.
No se puede negar que la globalización conlleva una serie
de problemas. Sin embargo, hay una realidad imposible de ocultar: la magnitud del cambio
ocurrido es extraordinaria. La crisis financiera y económica que sufriera México a fines
de 1994, a pesar de que dejó sentir de inmediato el «efecto tequila» en muchos países,
no se extendió. La asistencia directa brindada por Estados Unidos y el FMI logró
prevenir un problema mayor. De forma similar, las dificultades bancarias y financieras por
las que ha atravesado el Japón, si bien han desacelerado su tasa de crecimiento en los
años recientes, no han traído consigo un colapso similar en Europa y en Estados Unidos.
Hay que notar igualmente que en este período los países ex-comunistas reestructuraron
sus sociedades y adoptaron una economía de mercado.
Todavía quedan por abordar un gran número de aspectos
relacionados con la globalización. Los flujos de capital y las inversiones foráneas,
así como las normas que rigen los derechos de propiedad intelectual, son algunos ejemplos
en los que las normas existentes aún coliden entre sí. Sin embargo, resulta muy fácil
mencionar los problemas e ignorar los logros. La creación de la Organización Mundial de
Comercio y la reducción de las barreras al intercambio, aun cuando se hayan ampliado los
vínculos regionales, es una muestra del reconocimiento que los principales países del
mundo le otorgan a las normas universales como medio de garantizar beneficios mutuos
debido a la continua expansión del comercio. En un mundo de tales características, los
beneficios marginales a obtener son mayores en los casos de las regiones con poco
intercambio comercial, como América Latina, y no tan sólo en un sentido estático sino
en una forma dinámica. Los países tienen la oportunidad de especializarse y de producir
bienes para la exportación que son sofisticados y tecnológicamente avanzados.
El principal riesgo planteado por la globalización es la
interdependencia: a las economías de menores dimensiones no les resulta fácil evitar las
consecuencias de la recesión, la inflación o las dificultades financieras que aquejen a
las principales potencias del mundo. Sn embargo, se pueden tomar ciertas medidas de
precaución para prevenir esta inevitable consecuencia. Desde los años 30, no se han
producido guerras comerciales. La crisis de la deuda de los años 80 tampoco se compara,
en cuanto a sus efectos globales, con lo vivido en la era de la Gran Depresión. Se pueden
adoptar más medidas, como en efecto se ha hecho, para contrarrestar los posibles efectos
negativos. Está surgiendo un nuevo orden internacional.
2. En este escenario de cambios profundos y acelerados,
se requiere una nueva gestión de la economía mundial. ¿Qué papel le incumbe a los
organismos económicos tanto internacionales como regionales?
Carlos Pérez del Castillo: Pienso que ha llegado el
momento de abordar con firmeza y convicción el tan postergado pero necesario intento de
adecuar a la institucionalidad, tanto internacional como regional, a las nuevas exigencias
y realidades de la economía mundial. Es imperativo redefinir sus objetivos y funciones,
así como racionalizar sus modalidades operativas para que puedan volver a incidir y
apoyar nuestros procesos de crecimiento y desarrollo. En el campo internacional, los
progresos en esta materia han sido nulos o marginales y de ahí la crisis de identidad y
propósito que sufren la gran mayoría de los organismos internacionales, tanto dentro
como fuera del sistema de las Naciones Unidas. En la región, hay señales positivas,
aunque aún incipientes, en la buena dirección que indicarían una voluntad política
para encontrar una solución inteligente que redefina el papel de los organismos
económicos de América Latina y el Caribe.
Albert Fishlow: En este nuevo orden, las
organizaciones internacionales tendrán que jugar un papel diferente. El FMI, a diferencia
de lo ocurrido en los años 60, debe ser una organización cuyos esfuerzos estén más
dirigidos a las economías en desarrollo que a las de los países desarrollados. En este
último caso, los países tienen un acceso independiente a vastos flujos de recursos. La
importancia proporcional de los créditos otorgados por el Banco Mundial y por diversos
bancos regionales, con respecto a la afluencia de capitales internacionales ha disminuido
considerablemente. Las inversiones privadas directas han recobrado su relativa
importancia. Las organizaciones regionales de este hemisferio, como la CEPAL, la OEA y el
SELA también deben hacer frente a nuevas obligaciones.
El Fondo desempeñará cada vez con mayor frecuencia el
papel de prestamista de última instancia con el fin de garantizar la liquidez de los
países en desarrollo de mayores dimensiones. Estas sumas de dinero inevitablemente
pasarán a formar parte de los grandes flujos financieros que seguirán creciendo. El
Banco Mundial actuará más como asesor que como ente prestamista, con el fin de
garantizar que las políticas de los países no se aparten radicalmente de lo que dictan
las normas internacionales. Finalmente, los grupos regionales se dedicarán a supervisar y
a contribuir al logro de una mayor compatibilidad entre regionalización y globalización.
3. Refiriéndose al impacto de la globalización
financiera, el Director Gerente del Fondo Monetario Internacional calificó la crisis
financiera mexicana como «la primera crisis del siglo XXI». ¿Qué opinión le merece
esta afirmación?
Carlos Pérez del Castillo: La crisis mexicana
demostró, por primera vez, y con mucha claridad, la interdependencia de las economías a
nivel regional y mundial como resultado de la globalización financiera. Asimismo,
señaló los peligros y vulnerabilidad para la estabilidad del sistema económico y
financiero global que esconde este fenómeno. Sin duda, esta interdependencia y reflejo a
nivel regional o mundial de crisis en un determinado país o sector, será una
característica del siglo XXI. El peligro de una repetición de la experiencia mexicana le
da una buena cuota de verdad a las palabras del Sr. Camdessus.
Albert Fishlow: La crisis mexicana de 1994 es la
primera del siglo XXI en una serie de aspectos. En primer lugar sus orígenes no fueron
totalmente económicos: la incertidumbre política contribuyó claramente a generar una
caída en la entrada de capitales y a un incremento en la fuga de capitales. En segundo
término, la crisis también se origina en el hecho de que, en un momento dado, la
pesencia de un tipo de cambio significativamente sobrevaluado estaba -hasta cierto punto-
oculta por el rápido ingreso de capitales privados destinados a las inversiones en los
mercados de capitales y en los títulos del Estado. En tercer lugar, aunque el problema
tenía un origen y un impacto fudamentalmente financieros, la crisis se produjo luego de
un período de desaceleración del crecimiento que estuvo vinculado con un nivel poco
adecuado del ahorro interno. En cuarto término, la principal solución que se adoptó fue
la de aceptar el fuerte impacto que se produjo de inmediato a nivel interno con el fin de
recuperar rápidamente una situación de equilibrio, como lo establece la existencia del
TLCAN. En quinto lugar, un elemento especialmente importante: se dispuso de una asistencia
financiera masiva para enfrentar el problema de forma rápida y efectiva.
Deberíamos poner un énfasis especial en este último
punto. Después de una larga década de ajustes, resulta esencial que la magnitud de la
asistencia futura corresponda de inmediato a la magnitud del problema.
4. El tema de la UNCTAD IX, a celebrarse en Sudáfrica
en abril próximo se refiere a la «Globalización y Liberalización»; por otra parte, en
diciembre, en la Reunión Ministerial de la OMC, en Singapur, se abordará el tratamiento
de los «Nuevos Temas del Comercio». En ambos foros multilaterales, ¿cuáles deberían
ser los objetivos prioritarios de América Latina y el Caribe?
Carlos Pérez del Castillo: El objetivo prioritario
para la región es hacer cumplir al pie de la letra los compromisos asumidos en el pasado
en los sectores de su interés. En la OMC, la plena instrumentación de los resultados de
la Ronda Uruguay debe tener prioridad sobre los «nuevos temas del comercio». En la
UNCTAD, deben recuperarse las funciones de análisis, negociación y cooperación
técnicas, que le permitieron en el pasado encontrar soluciones concretas a los problemas
de los países en desarrollo. Tenemos asimismo que aunar esfuerzos para que el perfil y la
participación de la región se fortalezcan en las dos organizaciones. Muchos de los
problemas, cuestiones o riesgos mencionados en las respuestas anteriores deberían ser
objeto de debates y búsqueda de soluciones a través de la cooperación internacional en
esos foros.
Albert Fishlow: la UNCTAD IX debe hacer lo posible
por convertirse de nuevo en una organización pertinente para abordar los problemas de los
países en desarrollo. Las posiciones opuestas entre las economías de los países
desarrollados y en desarrollo que caracterizaron pasados períodos de la historia resultan
-hoy en día- obsoletas. El papel de los países latinoamericanos y del Caribe en la
definición de ese nuevo objetivo, debería ser precisamente el de recalcar la
compatibilidad que existe entre globalidad y regionalismo en un marco basado en una
continua liberalización. Asimismo, los países de la región deberían indicar la
creciente importancia que tienen las políticas públicas en el manejo de temas como la
educación y la salud que son vitales para resolver el persistente y, en la mayoría de
los casos, agravado nivel de desigualdad imperante en la región. Sin embargo, esas
políticas públicas son inevitablemente diferentes a las adoptadas en el pasado ya que en
aquel entonces el efecto de los subsidios y de otros incentivos fue el de evitar las
inversiones reales necesarias para enfrentar este problema.
Entre los nuevos temas comerciales a abordar en la primera
reunión de la Organización Mundial del Comercio, se encuentra el papel fundamental que
deben jugar las nuevas estructuras regionales que han tratado de desarrollar los países
de América Latina y el Caribe. Sin embargo, esos nuevos temas comerciales también
abarcan los derechos de propiedad intelectual, los asuntos relacionados con el sector
servicios, las inversiones extranjeras y otros más. La OMC, al igual que lo hiciera el
GATT antes de la creación del nuevo organismo, reacciona inevitablemente de una forma
más favorable ante los problemas y dificultades de los países desarrollados, debido a
sus mayores dimensiones. La posición regional se ve más disminuida debido a las
diferencias reales en la estructura económica entre los diversos países. Es posible ue
los actores tiendan a ser los países de mayores dimensiones y no los de menor
importancia. Sin embargo, también es posible y necesario adoptar un papel positivo:
mantener abierto a los países de la región -en su condición de recién llegados- el
acceso a los mercados en crecimiento, mientras que al mismo tiempo se amplían las
oportunidades de crear condiciones más favorables por períodos limitados.
5. Los países de América Latina y el Caribe realizaron
en la última década un enorme esfuerzo de ajuste y apertura de sus economías, pero el
crecimiento promedio del volumen de sus exportaciones continúa siendo inferior al
promedio mundial. ¿Cuáles son las condiciones del entorno internacional que podrían
asegurar a nuestra región un mejor acceso a los mercados?
Carlos Pérez del Castillo: Efectivamente, las
exportaciones de América Latina y el Caribe en 1995 representan aproximadamente sólo el
3,5% del comercio mundial. El valor de las exportaciones de un país como Holanda se
asemeja, hoy día, a la del valor de las exportaciones de toda la región. Esta es una
realidad que tenemos que asumir, pero que a la vez muestra el enorme potencial que tenemos
para que nuestras exportaciones se multipliquen en el futuro. Para ello será necesario:
- un mejoramiento sustancial en la actividad económica de
los principales países desarrollados, en particular los EE.UU, la U.E. y Japón, que
incidiese en una reactivación del comercio mundial;
- el pleno cumplimiento de los compromisos de
liberalización comercial de la Ronda Uruguay;
- la negociación de nuevas facilidades de acceso en
el mercado de la OMC y de los acuerdos de integración de la región con otras zonas del
mundo (como la creación del Area de Libre Comercio de las Américas y las negociaciones
en curso con la Unión Europea);
- la consolidación de nuestros procesos de
integración a nivel subregional y regional, que ha traído aparejado un incremento muy
importante del comercio intrarregional;
- el fortalecimiento de nuestra presencia en nuevos
mercados como China, el Sudeste Asiático y Africa; y
- el rechazo a todo esfuerzo proteccionista.
Albert Fishlow: El problema que enfrentan los
países latinoamericanos al presentar una tasa de crecimiento de las exportaciones
inferior al promedio no es tan sólo un reflejo del acceso al mercado. Hasta cierto punto,
refleja la continua dependencia de las exportaciones primarias en las cuales la demanda
aumenta más lentamente. También es una medida de la continua dependencia frente a los
mercados internos de los países productores, costumbre que se remonta al período de
sustitución de las importaciones; cuando aumenta la demanda local, hay una tendencia
natural a que se produzca una disminución en la orientación de la economía hacia las
exportaciones. Finalmente, los mercados viven en una fiera competencia. Hay un costo fijo
inicial que está vinculado con el acceso y existe la necesidad de garantizar un rápido
progreso en la productividad con el fin de seguir siendo una fuente principal de
exportaciones.
En ocasiones, la perspectiva que se tiene de esta
situación adopta un carácter parcial: el problema sólo se expresa en términos de
acceso al mercado. Para que América Latina emprenda con éxito un modelo de crecimiento
«adecuado en materia de exportaciones», en lugar de un modelo exclusivamente dirigido
por las exportaciones, se debe garantizar que las restricciones y limitaciones internas
serán enfrentadas con éxito. Esto implica la aplicación de una política que sea
genuinamente estimulante que permita ganar una posición en el mercado de forma regular y
continua, en lugar de ofrecer un estímulo único e inmediato. Una vez que se adopten las
políticas internas adecuadas, las medidas externas adicionales producirán un mayor
rendimiento y serán más fáciles de cumplir.
6. En la Reunión de Responsables Gubernamentales de
Política Comercial, celebrada en febrero de 1996 en el SELA, se reafirmó que la
«conformación de una zona de libre comercio hemisférica deberá efectuarse sobre la
base de los acuerdos subregionales y bilaterales existentes». Se reconoció también que
se vienen registrando avances en el proceso de convergencia regional y se coincidió en la
necesidad de acelerar el ritmo de articulación entre los distintos esquemas
subregionales. En este contexto: a) ¿qué acciones deberían emprenderse para acelerar la
convergencia de los esquemas y acuerdos de integración regionales?; b) ¿cómo se
compatibilizan los procesos de profundización de la integración regional con la meta de
la zona de libre comercio hemisférica?
Carlos Pérez del Castillo: Los países del MERCOSUR
han defendido con mucha firmeza que el proceso hacia el ALCA debe efectuarse sobre la base
de los acuerdos subregionales y bilaterales existentes. Si bien esta premisa fue
reconocida por todos los países en las reuniones de Miami y de Denver, ha comenzado a ser
cuestionada en Cartagena de Indias, por países (en particular EE.UU, Canadá y México)
que señalan que hay otras opciones o caminos para llegar a esta meta. La integración
subregional que vive la región responde a realidades inmediatas de los países
participantes. Está destinada a contemplar problemas y situaciones que son fundamentales
para el desarrollo económico y social de los mismos. Dichos procesos tienen objetivos,
modalidades, plazos, ritmos y cronogramas de ejecución que reflejan arduos procesos de
negociación. La consolidación de estos procesos subregionales y la articulación y
convergencia de los mismos en estadios mayores de integración regional, es lo que le
permitirá a la región obtener los niveles de competitividad internacional y el poder de
negociación para entablar negociaciones más auspiciosas a nivel hemisférico.
La Zona de Libre Comercio Hemisférica es un objetivo al
cual nos hemos comprometido todos en la Cumbre Presidencial de Miami. Sin embargo, por las
razones expuestas anteriormente, su conformación no puede ignorar y menos aun debilitar o
menoscabar, los importantes esfuerzos de integración subregional que se vienen dando en
la región.
Debemos, por lo tanto, armonizar los respectivos sistemas
de evolución de uno y otro proceso de manera que la convergencia se produzca con
naturalidad.
Albert Fishlow: La reforma comercial constituye una
realidad en América Latina. La fortaleza del proceso de reformas no proviene de la
creación de un área interna con bajos aranceles que venga acompañada por una elevada
protección externa, que fue la lógica original del comercio hemisférico en los años 60
y 70, sino del establecimiento de aranceles menores, en general. Esta reducción en las
restricciones ha llevado a un incremento en el intercambio comercial. Al adoptar un
compromiso de esa naturaleza, el fortalecimiento del proceso de integración surgirá de
una forma más natural que si se establece una protección amplia frente a las fuentes de
importaciones no hemisféricas. De hecho, para América Latina es esencial que la región
no se integre de una forma artificial con los Estados Unidos. Sólo a través de una
continua competencia, los países de la región podrán sacar provecho a las fuentes de
suministro más económicas y, de esta forma, desarrollar una base para sus propios
avances en materia de productividad. El regionalismo puede ser compatible con la
globalidad y es esencial que América Latina seleccione un modelo como el descrito si
desea obtener un beneficio máximo de la liberalización comercial.
7. Muchos opinan que la meta del año 2005 para la
conclusión de las negociaciones de la zona de libre comercio hemisférica es ambiciosa, a
la par que existen señales preocupantes tal como el rechazo de la «vía rápida» para
la adhesión de Chile al TLC, o las medidas de protección ambiental delos EEUU que
afectan a las exportaciones de América Latina y el Caribe. En este contexto: a) ¿cuáles
deberían ser las modalidades de las negociaciones hemisféricas en 1996?; b) ¿cómo
deberán abordarse las asimetrías entre los países que participan en esas negociaciones
para que los beneficios se distribuyan equitativamente?
Carlos Pérez del Castillo: En primer lugar, quiero
destacar que no están previstas negociaciones en 1996 en el marco del ALCA. Seguimos en
la etapa preparatoria y todavía les queda mucho trabajo por realizar a los grupso de
trabajos antes de que puedan hacer recomendaciones sobre eventuales negociaciones. En el
momento oportuno tendremos que decidir cuándo y cómo empezaremos a negociar. Las
modalidades operativas y el cronograma de negociación deberán tener en cuenta, como ya
lo he señalado, el proceso de articulación y convergencia de los mecanismos
subregionales de integración que ya está en curso.
Como un ejemplo de esta realidad, puedo referirme a las
negociaciones exitosas que el Mercosor logró con Bolivia en diciembre del año pasado y
las que está cerrando con Chile en los próximos días.
No me parece relevante opinar sobre si la meta del año
2005 para la conclusión de las negociaciones del ALCA es ambiciosa o no. La propia
dinámica del proceso nos irá señalando la respuesta a esta pregunta.
En cuanto a las asimetrías entre los países que
participan en esas negociaciones pienso que, contrariamente a lo que sostienen algunos,
los países más pequeños o débiles deben ser objeto de un trato especial y más
favorable. Este es un principio básico en el sistema de relaciones económicas
internacionales que fue recogido plenamente en la Ronda Uruguay. Considero, por lo tanto,
que lo primero es convenir el principio. Segundo, debemos concertar las modalidades de
aplicación que pueden diferir según los temas o aspectos de negociación contemplados.
Si el ALCA no brinda a esos países la perspectiva cierta de mejores condiciones de acceso
a los mercados, de inversión y de incentivos a la producción, uno podría preguntarse
para qué intervendrían en el proceso conducente al ALCA.
Albert Fishlow: En realidad, las negociaciones
comerciales hemisféricas se verán sustancialmente limitadas en 1996. Al ser año
electoral en Estados Unidos, las iniciativas de ese país se verán considerablemente
restringidas. Ya hemos visto que no se dará aprobación a la vía expedita en el TCLAN, y
que habrá que esperar hasta la elección del presidente y de los miembros del Congreso
para emprender una negociación más seria. Esto no significa que será imposible cumplir
con la fecha tope del año 2005 establecida en la Cumbre de Miami sino simplemente que en
el período inmediato resulta más útil iniciar un proceso de negociación entre los
propios países latinoamericanos que con los Estados Unidos.
Mientras el tema se circunscriba excesivamente en el
ámbito de la equidad, la situación tenderá a estancarse. Para muchos de los países de
la región, los beneficios que se obtendrán como resultado de la adopción del libre
comercio serán de poca cuantía. Sólo se podrán percibir todas las bondades debidas a
un cambio en la política, si el libre comercio viene acompañado de un mayor incremento
del ahorro y de las inversiones y de una estabilidad macroeconómica. En el pasado, las
negociaciones que se produjeron entre los países de la región para lograr un intercambio
más libre se prolongaron mucho tiempo y se alcanzaron pocos objetivos. Las disparidades
en las situaciones económicas iniciales de los países hacen que sea inevitable las
diferencias en los beneficios obtenidos.
Lo esencial es garantizar que las nuevas condiciones
que permiten un mayor intercambio comercial generen en el campo interno nuevas
oportunidades para las inversiones en áreas en las que haya mayores ventajas
competitividas en la calidad de la fuerza de trabajo y en otros factore. Al brindarle un
nuevo impulso a la importancia de la educación, se hará mucho más por garantizar una
mayor equidad en la distribución de los ingresos, en general, que si se aplican varias
reglas "ad hoc".